Regreso

 

Un Momentito, Por Favor

Compilado por Xavier Mena Vásconez

 

Tabla de Contenidos

 

Un momentito, por favor

Prólogo

Un sapo en el metro de París

Tu hijo es el hijo del sol

Record Guiness

Bella Ciao

Es tamal

“Shukran”

Telepatía, sin duda

Abuelito, ¿por qué crece el pasto?

¿¡Tres en un día!?

Mi primer viaje a la selva

Diario de vida: A los nietos y nietas de la anaconda ancestral

El Alejito

Doña Clarita

La Mona Lisa

Nina

El Xavier

Tratado sobre la importancia de llevar el pasaporte en la mano dentro de los aeropuertos

Mi primer trabajo

Las diosas del Olimpo

José Pop

El adiós

Eder

La presencia

Tandacucha

Anónimo ginebrés

Veinte años y ocho meses después (When I say I love you, you say you better, your better you bet) The Who

Evil Empire (Ciudad de Guatemala)

Nos queda la palabra

Navidad en Zacapa

Primera Navidad en paz en Bosnia

¡¡¡Pero que grande es el mundo!!!

Mi amiga que miraba girasoles

Anima multicolore

Ci vidiamo a Aramengo

Así le hablo

Las risas

Dicen que existe un dios omnipotente

La historia de Pepeperro

“Pensamientos”

 

 

Un momentito, por favor


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“Malditas sean las guerras y los canallas que las hacen”. Con estas sufridas palabras se refirió Julio Anguita al enterarse de la muerte de su hijo en la guerra en Irak.

No hacen falta muchas palabras para darse cuenta de la enorme pena y angustia que debe haber sentido este dolido padre cuando se enteró de la infame muerte de su hijo reportero luego de que un misil lo mató mientras cubría la estúpida guerra en Irak que apenas acaba de terminar.

Justo cuando finalizaba esa maldita guerra, me preparaba para ir con Giovanna y Marcello a Italia, a visitar la tierra de ella, y por lo tanto, la de él. Durante tres semanas tuve la inmensa satisfacción de no haber leído la prensa y de no haber visto la televisión, sino más bien de deleitarme con mi familia de ese hermosísimo país.

La frase de Anguita me dejó pensando sobre los momentos. Por ejemplo, ¿cómo será el momento en que un soldado aprieta el gatillo y en menos de un segundo, otro ser humano ya no es tal, sino un simple cadáver? Me pregunto sobre lo que habrá sentido ese soldado en ese momento que mató a un semejante, al que nunca antes había visto y al que nunca más lo volverá a ver.

Los momentos. ¿Cuántos momentos tiene uno en la vida? ¿Cuál ha sido nuestro mejor o peor momento? Nuestras vidas están hechas de momentos y de nada más. Desde el momento en que naciste hasta el momento en que te morís, solo tuviste momentos, buenos o malos, pero momentos al fin.

Sobre estas intrigas me entretuve pensando mientras viajábamos por Veneto y Trentino. Pero sobre todo, me puse a pensar, ¿en qué momento pude yo haber hecho feliz a otro ser humano, sin haberlo visto nunca antes y que nunca más posiblemente lo volvería a ver? Y en el mismo sentido, ¿cuánta gente me ha dado un momento suyo y tal momento me hizo sentir bien?

Parecerían banalidades las que pienso yo, pero prefiero pensar banalidades a leer la porquería diaria de lo que pasa en este mundo al revés, donde en Argentina los niños de Mendoza se mueren de hambre y de falta de medicinas y al mismo tiempo se dan el lujo de inaugurar un zoológico con animales exóticos que deben estar siempre bien alimentados, con un gasto millonario en comida balanceada para animales.

Así que en este preciso momento me dedico a pensar en esos momentos de mi vida en los cuales a alguien yo le di un segundo de mi tiempo o alguien me regaló un gesto, una palabra, una mirada, que me hizo sentir que la humanidad en su mayoría es buena. Aunque también pienso en otros momentos grandes de mi vida, como aquellos 27 pasos que dio nuestro hijo Marcellino el 24 de diciembre del 2002 en las ruinas mayas de Zaculew. Esos primeros 27 pasos que dio nuestro hijo y que los conté un por uno, cada paso que, en su momento, fueron momentos de alegría infinita.

Y por eso, en este momento, te pido a vos un momentito de tu tiempo, por favor. Un momentito para que me contés un momento de tu vida, en el que un gesto tuyo, una palabra tuya, una mirada tuya, haya dado a alguien un momento de alegría, de paz, de serenidad, de amor. O lo que alguien te hizo a ti, sin pedirte después nada a cambio, más que tu sonrisa de agradecimiento, y ni siquiera eso.

Por eso vos, te invito a que compartás conmigo y con los que quieran leer estas banalidades, un momentito tuyo, pues tu momento feliz contado por ti, me hará compartir tu momento, y así tendré yo un momentito tuyo que me hará bien.

Si querés escribir ese momento y compartirlo, escribí pues. Escribí lo que querrás, pero ponele tu corazón y tu buena vibra, así dejaremos un libro de buenos momentos para que alguien que tenga un momento, lo lea, y capaz que llega a tener un momento de paz. Si querés, pon tu nombre, tu seudónimo, tu país, o si no querés, no pongas nada.

Yo quiero compartir con vos algunos de esos momentos. Escribí vos los tuyos y luego me lo enviás, si querés. Luego los ponemos todos juntos, y me hermano Patricio se encarga de ponerlos en Internet. ¿Qué te parece vos? Y si querés, le pedís al que vos querrás que escriba también, y generamos una cronología de buenos momentos.

Este librito de momentos se lo quiero dedicar a todos esos locos pacifistas que, en su momento, quisieron impedir la estúpida guerra preventiva. A esos locos pacifistas que salieron a las calles para protestar contra la guerra y perdieron. A esos locos pacifistas que cantaron contra la guerra y perdieron. A esos locos pacifistas que pintaron paredes contra la guerra y perdieron. A esos locos pacifistas que perdieron todo, todo, menos la razón.

Gracias por tu darme un momentito, vos.

Huehuetenango, 6 de mayo del 2003
 
 
 
 
 
 
 
 


 

Prólogo

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Eran los últimos años de los ochenta. Yo estaba en segundo de periodismo y el profesor de Tecnología de la Información nos había pedido hacer un trabajo de investigación relacionado con la asignatura. Sin saber dónde me metía empecé a trabajar el tema de los bancos de información y las bases de datos. Aprendí que el mundo de la informática avanzaba a tal velocidad que se preveía que en un futuro cercano el mundo entero podría estar comunicado a través de una gran red informática. Que los periódicos se podrían leer en la pantalla de nuestro ordenador en casa, que podríamos hacer compras sin tener que salir a la puerta de la calle, que tendríamos acceso a nuestras cuentas bancarias, y que a través de una mágica red de información podríamos obtener datos de todo tipo. Todo desde nuestro escritorio, con un ordenador no más. Mientras escribía en mi trabajo el resultado de mi investigación pensaba que aquello parecía más bien un relato de ciencia ficción que un trabajo realista para la universidad. Sin embargo se trataba de realismo puro y duro.

Desde hace ya varios años una de nuestras principales herramientas de comunicación es Internet. Con Internet nos conectamos con nuestros amigos y seres queridos en cualquier parte del planeta donde se encuentren. Por Internet leemos los periódicos de todo el mundo, con Internet negociamos con los bancos, con las bolsas de valores y además compramos y vendemos productos de todo tipo. Y además Internet nos brinda la posibilidad de unirnos un grupo de gente, conocidos unos, desconocidos otros, pero todos con algo en común: el gusto por escribir y por recordar anécdotas de nuestras vidas que nos han quedado grabadas, y hacer un libro juntos. Un libro virtual, un libro cibernético.

Y esa ha sido precisamente la idea de nuestro amigo común Xavier Mena: elaborar entre todos aquellos que se han querido sumar a la aventura un libro de anécdotas que probablemente nunca se verá impreso y encuadernado, pero estará en Internet al alcance de todos los que quieran pasar un buen rato leyendo historias ajenas y amenas. Historias reales y curiosas que forman parte de nuestras vidas, y que como no queremos ser posesivos ni apegados, las soltamos a la red para que sean un poco de todos. Ojalá os gusten.

Conchi González
 


 

Un sapo en el metro de París

Por Xavier Mena, Ecuador

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Era el mes de octubre en París. Hacía ya un frío de la puta madre. Entré en el último vagón de la línea 7, que me llevaría hasta nuestra casa en Ivry sur Seine. Estaba casi vacío. Saludé a un hombre que llevaba a su hijita de unos cuatro años en sus rodillas. El hombre, un árabe, me saludó con un simple gesto. La niña jugaba con un sapito de goma.

Sonó la señal de arranque y de cierre de las puertas. En el preciso momento que se cerraban las puertas, la niña soltó el sapito y este cayó fuera del vagón. Su padre quiso atraparlo pero la puerta se cerró y no logró su objetivo. La niña gritó y la cara de su padre fue patética. Me levanté y le grité a un hombre que caminaba por el andén "¡¡¡el sapo!!!". Supongo que no entendió, pero lo vio en el suelo y lo agarró. El tren empezó su marcha y el hombre corrió tras nosotros y justamente antes de que el vagón ingrese al túnel, logró lanzar el sapo por la ventana. Corrí hasta el final del vagón y atrapé el anfibio.

Se lo entregué en las manos a la niña que lo abrazó con toda sus fuerzas. Su padre me dijo algo en francés y me sonrió.



Tu hijo es el hijo del sol

Por Xavier Mena, Ecuador

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Caminaba con nuestro hijito Marcello, a quien lo cargaba en mis brazos, por el parque central de Huehuetenango, lugar al que se dan cita diariamente miles de personas. Mientras mirábamos unos pajaritos, se nos acercó un niño indígena, de unos siete años, y muy tranquilamente me preguntó: ¿este niño es hijo tuyo? Sí, le contesté, por qué, le pregunté. Y me contestó, porque tu hijo es el hijo del sol, y se fue.

Qué momento que viví. Qué regaló me dio este niño, no por que yo me considere el sol, sino por que tenía en mis brazos esa luz que es Marcellino para Giovanna y para mí. Esa luz que brilla en su pelo rubio, en sus ojos azules, en su inocencia, en su grandeza, en su belleza, en su sonrisa, en su mirada.

Cada momento que veo a Marcellino, veo la luz, veo el sol.


Record Guiness

Por Xavier Mena, Ecuador

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Cuando me gradué de abogado en 1992, empecé mi carrera como penalista y acudía todos los sábados a visitar en el Penal "García Moreno" de Quito, a mi único cliente, un norteamericano de 74 años acusado de ser narcotraficante. En una de estas visitas, mi Mamá me acompañó. Estaba un poco nerviosa, pues nunca antes había entrado a una cárcel.

Luego de la visita, en el centro del penal, había que esperar que el guardián abriera la enorme puerta del panóptico. El centro tiene la característica que es un círculo en el que
deambulan algunos presos, y otros se dedican a vender artesanías.

Mi Mamá se acercó a uno de ellos y empezó a platicar durante unos diez minutos, sin que
yo interviniera en ningún momento.

Era un hombre de unos 55 años, pequeño y de sonrisa amable. Le compró un par de sus artesanías y se despidió con un apretón de manos. Mi Mamá salió contenta de su primera visita a una cárcel y más de su nuevo amigo. Me dijo que le había impactado la tranquilidad y buen humor de ese pobre hombre y que no podía imaginarse que delito habría cometido. Se sentía contenta por haber tenido un momento con un preso. "Estuve
preso y me fuiste a visitar”, reza la bienaventuranza.
 

Mi Mamá no supo, hasta que se lo dije, que había estado conversando con Pedro Alonso López, más conocido como "El Monstruo de los Andes", que en un período de casi diez años, dio muerte a 203 mujeres entre Colombia y Ecuador, considerado todo un record Guiness.


Bella Ciao

Por Xavier Mena, Ecuador

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El 1 de mayo del 2003 participé con mi suegro Battista en la gran marcha de los trabajadores en la ciudad de Turín.

Nuestra intención era llegar entre los primeros a la plaza San Carlos para escuchar los discursos. Así que nos metimos en la marcha avanzando entre los diferentes sectores gremiales.

Hubo un momento, en el que sin darme cuenta, estaba junto con un grupo de ancianos, pensando que eran viejos obreros de la FIAT, pero para mi sorpresa, no eran antiguos obreros, eran los partisanos sobrevivientes que combatieron al fascismo en la II Guerra Mundial. Al momento de darme cuenta con quien estaba, me sentí enormemente privilegiado, pues estaba marchando con esos héroes anónimos que dieron todo para combatir a los nazis y fascistas que habían sumido a Italia en una de sus peores horas.

Iban cantando la célebre canción "Bella Ciao", símbolo de libertad y rebeldía. Miré la cara de estos hombres y mujeres, casi todos sobre los 80 años y pensé en los momentos que ellos habrán tenido que vivir, soportando la muerte de camaradas, el exilio, la tortura, el odio, y en ese momento, se me nublaron los ojos por unas lágrimas de agradecimiento a estos luchadores de la libertad, y en ese momento, me uní a ellos cantado questa matina, mi sono alzato, oh bella ciao, bella ciao, bella ciao, ciao, ciao.


Es tamal

Por Conchi González, España

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Con los meses que llevaba viviendo en Costa Rica -el primer país en el que caí en Centroamérica- ya había aprendido muy bien lo que es un tamal, cómo se hace, los ingredientes que lleva, y, por su puesto, su delicioso sabor. En cambio mi amigo Manolo, bien español él y recién aterrizado en las américas, conocía muy poco de las artes culinarias ticas.

Al segundo día de llegar a visitarme andábamos de excursión cuando decidimos parar en una especie de cafetería de carretera para comer algo. Junto a la barra donde se pedían las bebidas había una vitrina con estantes repletos de pasteles dulces y salados, y entre ellos, como no, los tan apreciados tamales. Yo me pedí un café con un pastelito de crema y Manolo, queriendo deleitarse con nuevos sabores los observó uno a uno, y sin duda el que más llamó su atención fue el que estaba envuelto en la hoja de banano. Señalándolo con su dedo índice le preguntó a la camarera "¿Y esto qué es?", y ella le respondió con aire de indiferencia mientras seguía colocando los vasos en los estantes "Es tamal". "¿Está mal?", preguntó Manolo con sorpresa. "Sí, es tamal", volvió a repetir la camarera secándose las manos con el delantal mientras esperaba que él le pidiera ya el tamalito para sacarlo. Pero Manolo puso cara de mayor sorpresa aún, mezclada ahora con algo de indignación. Me mira, la mira a ella con los ojos muy abiertos y le pregunta "Pero si está mal, ¿por qué lo tiene ahí?". La mujer se quedó perpleja, y a mi me dio tal ataque de risa al entender lo que estaba pasando que no pude intervenir inmediatamente para hacerle ver el malentendido. Manolo estaba cada vez más enfadado viéndome reír a mí y viendo la cara de inocencia y de no entender nada de la pobre camarera a quien le preguntaba una y otra vez "Explíquemelo, a ver, si está mal ¿por qué lo tiene ahí? ¡Mejor lo tira a la basura!".

Tardé varios minutos en poder aclarar la situación, porque la risa me impedía hablar. Claro, hubo que pedirle perdón a la camarera y explicarle que se trataba de un españolito recién aterrizado en tierras americanas y sin muchos conocimientos de los platos típicos del lugar.


 

"Shukran"

Por María Sara Jijón, Ecuador

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Aeropuerto de Milano (Malpensa) [Martes 6 de mayo de 2003, a eso de las 8:30 am] Iba yo saliendo (o entrando, depende del punto de vista) del filtro de migración de la Unión Europea. Había aterrizado mi vuelo de Alitalia proveniente de Boston 30 minutos antes, y me estaba dirigiendo hacia la puerta de salida de mi vuelo de conexión a Roma (donde vivo). En uno de los tantos corredores en uno de los aeropuertos más grandes y menos organizados del mundo (siempre se pierde alguna maleta), se me acerca una señora mayor (de unos 60 años más o menos) evidentemente musulmana y con varios paquetes en las manos (seguramente llenos de recuerdos, comida, y cositas varias para algún ser querido) quien con señas (y en árabe) me pregunta como hacer para llegar a su puerta de salida.

Yo no hablo árabe, y por tanto no entiendo sus palabras, pero entiendo su preocupación. Entonces, paro mi veloz caminar y me acerco a ella, le pido que me de su boleto aéreo, leo la información, le pido que me espere un ratito hasta regresar al sector donde están las pantallas de televisión con la información de vuelos y puertas de salida. Le digo que tanto su vuelo como el mío aun no tienen anunciadas las puertas específicas, pero que igual nos tenemos que dirigir a la Sección A, y esperar allí. Entonces, nos vamos juntas, ella con sus paquetes, yo con mi pequeña maleta negra llena de papeles (también recuerdos) y nos sentamos a esperar....

Allí estábamos, dos mujeres, una ecuatoriana y una árabe. Luego descubrí que venía del Líbano, y viajaba hacia París, en donde la esperaba su hija. Ella no habla español, yo no hablo árabe. Pero, entre sonrisas, gestos, miradas, muecas, y demás, nos íbamos entendiendo. Yo tenía un libro en las manos, pero no lo leí mientras estuve con ella (o sí, ya no recuerdo). Me contó que tenía varios hijos, que tenía ya algunos nietos, me enseñó fotos de toda su familia, en París, Líbano e Inglaterra. Miradas iban y venían, sonrisas intercambiadas. Y ..... dos mujeres esperando que fueran anunciadas sus puertas de salida. Me regaló una barra de galleta cubierta con chocolate (producida en Damasco-Siria). Me la comí (buenísima, parecía un "tango" de La Universal). Luego, imagino que como un gesto de amistad (y quien sabe, tal vez de agradecimiento) me regaló pan árabe amasado con sus propias manos, y unos dulces libaneses, parecidos a los cuadrados de maní que tenemos en Quito (hasta ahora los tengo en mi cartera).

Finalmente, a eso de las 9:30, ambas puertas fueron anunciadas. Y, que coincidencia, las puertas estaban cerca, una de la otra. Ella en la A-9, yo en la A-3. Entonces, comenzamos nuestro caminar hacia nuestras puertas. Estaban un poco lejos, así que íbamos caminando sobre esas bandas eléctricas móviles. Que angustia me daba, pues me di cuenta de que era la primera vez que las iba a usar. Ella iba súper cargada de bolsas. Le ofrecí ayuda, y ella -con una sonrisa en sus labios- no la aceptó. Cada vez que caminaba sobre la banda móvil tambaleaba un poco, pero era aun peor cuando la banda terminaba y se topaba con el pavimento llano (ahí sí que escapaba de resbalar). Iba con tacos altos, y yo iba detrás de ella para cuidar que no cayera. Nunca cayó. Reía cada vez que tambaleaba, era como un juego para ella.

La dejé en su puerta, y me despedí de ella. Nunca supe su nombre (o, no me acuerdo), ella tampoco el mío (o tal vez sí....). Nos sonreímos. Me dijo "Shukran" (gracias en árabe), le dije "Afwan" ("De nada" en árabe, y una de las pocas palabras en ese bello idioma que conozco). [Me dije a mi misma, Sara, tienes que aprender este idioma, con cuanta gente maravillosa te podrías comunicar, y cuanto podrías aprender del mundo árabe, si pudieras hablarlo.

Y me dirigí hacia mi puerta, sonriendo.


Telepatía, sin duda

Por Conchi González, España

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Acababa de llegar a Guatemala como corresponsal de la revista "Panorama". Era el año 1992. El país era nuevo para mí y yo era todavía algo inmadura, pero como siempre, muy impulsiva, sin freno. El arzobispado de Guatemala presentó en esos días una carta pastoral pidiendo perdón a los mayas por los 500 años de represión mediante la cruz y la espada. Yo tenía que hacer un reportaje especial para la revista en esa semana, y propuse como tema este paso tan importante dado por la iglesia católica. Contaba con el apoyo de mi asistente y amiga Fabiana Freyssenet, y entre las dos redactamos un magnífico reportaje. Pero una vez terminado sentí la necesidad de acompañarlo con dos entrevistas, una de las cuales debía ser con un sacerdote maya. Poco sabía yo de los sacerdotes mayas en ese entonces, por no decir nada. Es más, sólo sabía que algunas personas eran denominadas con ese nombre, pero ya el término me sugería algo interesante.

Era miércoles por la tarde cuando mi amigo George Rodríguez, corresponsal en ese momento de Notimex, me sugería contactar con una organización maya para conseguir la entrevista con el sacerdote. Llamé a "Majawik ix, 500 años de resistencia". Eran las cinco de la tarde. (Señalo la hora por la importancia que tiene en esta historia.) Una señorita de voz dulce, cuyo acento denotaba no ser hispanohablante de nacimiento, me respondió. Cuando le expliqué quién era y el motivo de mi llamada, Margarita, que así se llamaba, me informó que todos los sacerdotes mayas vivían lejos de la capital, con lo cual tendría que esperar unos días hasta que alguno pasara por la sede de la asociación para preguntarles si deseaban responder a mis preguntas. Le dije que lo sentía mucho pero que no había tiempo. Era miércoles y tenía que entregar mi reportaje el viernes a más tardar. "¡Ay, cuánto lo siento!", exclamó ella. "No, no lo sienta", respondí yo, "simplemente déme el número de teléfono de algunos de ellos y yo me comunico para preguntar quién quiere responder a mi entrevista". "Fíjese seño" -todos los que hemos estado en Guatemala sabemos lo que este comienzo fatalista significa. El “fíjese seño” quiere decir que lamentándolo mucho no hay nada que hacer- "que ninguno tiene teléfono. Ellos viven en comunidades pobres donde no hay teléfonos". "Pues entonces dígame dónde vive alguno, el que esté más cerca, y yo llegaré hasta su casa". Como periodista no puedo evitar ser bastante terca, y cuando creo que puedo lograr algo, no paro hasta dar con ello. "Lo siento mucho, seño, pero viven lejos", dijo Margarita. "Está bien, no importa lo lejos que estén, seguro que habrá un modo de llegar a la casa de alguno, usted simplemente déme la dirección del que esté más cerca y yo veo cómo llego", insistí. "Verá, hay uno que vive en las montañas de San Lucas, pero él apenas se mantiene en casa porque es un desplazado de Quiché, y seguido viaja a su tierra para vender las telas que teje su esposa". Margarita seguía poniendo obstáculos y yo empezaba a perder la paciencia. "Mire, por favor, esto es importante y urgente, y de todos modos, si llego hasta su casa y no está, pues me regreso y punto", alegué subiendo un poco el tono de voz. "Pero ¿y si no quiere recibirla?", argumentó esta vez. Ya estaba a punto de perder la paciencia del todo cuando un presentimiento muy fuerte me invadió. Era tan fuerte que le dije con una seguridad absoluta y aplastante "Margarita, no se preocupe, él estará en su casa cuando yo llegue y además sé que está dispuesto a colaborar conmigo". No sabía en ese momento de dónde había partido tanta seguridad, pero la sentía tan fuerte que sin duda se la trasmití a mi interlocutora, quien ya no tuvo otra opción que aceptar mi propuesta. Decidió acompañarme al día siguiente.

Eran las once de la mañana cuando nos juntábamos en la Avenida Bolívar. Margarita vestía su traje típico indígena. Era la primera vez que yo trataba directamente con indígenas guatemaltecas, y pesar de nuestras diferencias logramos hacernos amigas. Tomamos un bus que nos dejó en el parque central de San Lucas Sacatepéquez y ahí nos subimos en un pick-up que nos llevó montaña arriba. Al pasar frente a unas casas muy humildes de bloc y lámina Margarita golpeó la cabina del pick-up (por supuesto nosotras y los demás pasajeros viajábamos en la palangana) y nos bajamos. Pasábamos por delante de una casa rodeada con una cerca de alambre de espino cuando vi a un hombre que salía de la casa y se dirigía al camino. Enseguida supe que se trataba del sacerdote maya que estábamos buscando. Enseguida él supo que le buscábamos a él y recibió mi mirada con una sonrisa. No le dimos tiempo a Margarita para presentarnos. Ambos nos habíamos reconocido, a pesar de no habernos visto nunca antes. "¿Antonio Clemente es usted?", pregunté. Margarita me miró asombrada. "Sí, soy yo", respondió él. Saludó a Margarita en su lengua quiché, después me saludó a mí y continuó: "Ayer, como a eso de las cinco de la tarde, estaba en el Quiché. Había ido a vender unas telas, cuando sentí que alguien me necesitaba y que vendrían a buscarme aquí. Logré adivinar que se trataba de dos mujeres, pero no sabía quiénes eran ni qué querían. Decidí que lo mejor era venirme para recibirlas y averiguarlo, y he pasado toda la noche viajando para estar aquí desde temprano.

Sin duda Antonio Clemente y yo habíamos conectado ¿por la vía telepática, tal vez? Y si no, ¿de qué otro modo? A las cinco de la tarde del miércoles él y yo intercambiamos un mensaje, nos comunicamos con nuestra mente, con nuestro deseo, con nuestra intuición quizás. Después nos reconocimos inmediatamente que nos vimos, sin necesidad de presentaciones. Definitivamente entre el sacerdote maya y yo había conexiones más allá de lo explicable.

Por supuesto Antonio Clemente recibió mi solicitud con total agrado. Respondió a todas mis preguntas e incluso me llevó ante su altar, donde mediante unos frijolitos logró adivinar algunas cosas importantes y bastante íntimas de mi vida. Pasamos juntos cerca de cuatro horas. Cuatro horas de casi cuatro décadas de existencia, pero cuatro horas que no olvidaré jamás.


 

Abuelito, ¿por qué crece el pasto?

Por Ricardo Cohen, Argentina

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Cuando Aldana, mi nieta de 5 años, incursiona por el fondo de mi casa siempre se asombra por algo y en este caso, la cuestión vino a través de una pregunta "por qué crece el pasto?" te imaginarás el esfuerzo que significaba para mi contestarle, eso me obligó ese domingo de sol a pararme sobre mis pensamientos y mirar unos ojos azules profundos hambrientos de conocer algo que para mi era cotidiano pero que nunca cuestionado.

Reconozco que me esforcé en la respuesta pero no satisfacía, ni a ella ni a mí. Entonces traté de pensar como una persona de 5 años y me hice la misma pregunta a lo que respondí "veamos". A continuación y en una primera etapa nos acostamos con el oído en el pasto y tratamos de escuchar el crecimiento, cosa que aconsejo llevar a cabo, y oh!!! sorpresa escuchamos y olimos un universo de cosas, lo que nos llevó a una respuesta en conjunto: el pasto crece porque sí.


¿¡Tres en un día!?

Por Conchi González, España

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Era un día de agosto como otro cualquiera en la Ciudad de Guatemala. Aparentemente todo era normal en mi vida cuando me desperté, temprano, como de costumbre, para escuchar las primeras noticias y tratar de sacar algo que enviar a la Cadena Ser o a Diario 16. Después de ver el primer noticiero y decidir que no había nada que pudiera interesar a la prensa española, me senté a desayunar tranquilamente, para después irme al centro a hacer unas compras aprovechando el día de calma laboral.

Fue a mitad del desayuno cuando sonó el teléfono. Era Antonio, un joven andaluz muy simpático con quien había mantenido una relación de dos meses. Nos habíamos separado un par de semanas antes en México, él regresaba definitivamente a España después de padecer una fuerte hepatitis y yo volvía a Guatemala donde vivía en ese momento. Habíamos pasado cinco semanas juntos, las primeras trabajando y viajando, y las últimas él en la cama y yo haciendo las veces de enfermera. Su voz se oía alegre y exaltada al otro lado del hilo telefónico. Me preguntó cómo estaba y enseguida fue al grano: "Conchi, desde que nos separamos no he hecho otra cosa que pensar en ti. Eres la mujer de mi vida, estoy seguro de ello. Ya le he hablado de ti a mi madre y ella me ha animado a llamarte. Quiero que tomes el primer vuelo, que vengas a Málaga y que nos casemos. Viviremos donde tú quieras. Aquí se está muy bien y estoy seguro que esto te va a encantar". Yo me quedé muda, pero tratándose de alguien que de cada momento hacía un chiste no sabía si era sincero o me estaba tomando el pelo. Cuando logré reaccionar me reí y le dije que no se burlara de mí, que agradecía mucho su llamada tan simpática para alegrarme el día, pero que con eso era suficiente. El insistió en que no era broma, que me estaba hablando muy en serio. Finalmente, ya convencida de que aquello no era lo que yo pensaba, me disculpé diciendo que se lo agradecía mucho aún siendo en serio, pero que mejor se lo pensara bien, que yo no era una mujer adecuada para él, que no me conocía lo suficiente,... En fin, hice lo que pude para no herirle, pero a la vez dejarle claro que no podía aceptar su solicitud. Cuando colgué el teléfono me quedé un poco triste, pues pensaba que él debía estar muy decepcionado en ese momento. Sin embargo, obviamente no era yo la persona más adecuada para consolarle.

Terminé el desayuno, y tal como había planeado me fui al centro a comprar algunas cosas que tenía pendientes. Caminaba por la sexta avenida cuando de frente vi venir a Gustavo, el catedrático de historia de la Universidad de San Carlos con quien tantas veladas habíamos pasado hablando de temas muy variados. Los dos habíamos sido inquilinos de una casa en la que cada cual tenía su apartamento propio pero compartíamos la cocina y la sala comedor. Entre nosotros nunca hubo nada, más que aquellas largas conversaciones antes de irnos a acostar, y desde que me fui del apartamento para viajar a España no le había vuelto a ver ni a saber de él. Habían pasado siete meses, pero enseguida nos reconocimos. El se mostró muy feliz con el reencuentro y me invitó a tomar un café. Llevábamos unos pocos minutos conversando, hablando de los siete meses que habían pasado desde mi partida, cuando comenzó a insinuarse. Empezó diciendo que se había acordado muchas veces de mí, y que había tratado de conseguir algún número de teléfono donde contactarme, pero no había tenido suerte. Estaba muy, pero muy contento de aquel encuentro casual, porque eso le permitía decirme lo que muchas veces había pensado: yo podía ser la mujer perfecta para él. El tenía trabajo, había recuperado la casa que tenía alquilada, no tenía problemas familiares, y estaba seguro que era capaz de hacerme feliz. Dios mío, ¿qué está pasando?, me pregunté inmediatamente. Estaba perpleja, ¡no podía dar crédito a mis oídos! Pero después del shock vino lo peor: me dio un ataque de risa que no pude controlar, y el pobre Gustavo me miraba sin saber si reírse o llorar. Le pedí disculpas. Por supuesto no le conté la conversación telefónica de un par de horas antes, sólo traté de disculparme diciendo que era una reacción emotiva al impacto que me habían producido sus palabras.

Cuando me separé de Gustavo no sabía qué pensar. ¿Le pasa a cualquiera que en menos de cuatro horas dos hombres, sin ninguna conexión entre sí, sin ponerse de acuerdo, obviamente, porque no se conocían de nada, pidan a la misma mujer que se case con ellos??? Me volví a casa sin poder pensar en otra cosa. Estaba alucinada, por ponerle un calificativo, y me preguntaba si los astros tendrían una disposición especial en ese día.

Como casi hacía a diario, si nada lo impedía, me senté a almorzar con mi querido amigo Julio, quien me había dado protección en su casa tras recibir serias amenazas de muerte y a quien además de amigo y protector consideraba como un padre por la diferencia de edad que nos separaba. No pude dejar de contarle lo que me había sucedido. El me escuchó detenidamente, como hacía siempre que yo le hablaba. Pues Julio, aparte de ser un gran economista, es un estupendo psicólogo. Cuando terminé me dijo: "Conchi, no me extraña esto que te ha pasado, porque cualquier hombre se podría enamorar de ti. Y ¿sabes? Me alegro muchísimo de que hayas dicho que no a tus dos pretendientes, porque a mí me encantaría que te casaras conmigo". "Pero Julio, ¡me estás tomando el pelo! ¿Cómo puedes hacerme esto?... Te cuento algo tan personal, como a un gran amigo que siento que eres para mi, y ahora me resultas con esto!". Yo estaba más bien indignada. Pero mi indignación se volvió perplejidad cuando insistió, muy serio, en que no era ninguna broma ni ninguna tomadura de pelo, que por favor no respondiera inmediatamente, y que me tomara mi tiempo antes de darle una respuesta.

Claro, a estas alturas, la que no sabía si reír o llorar era yo.

Quiero aclarar que no cuento esta historia con el afán de presumir, pues no soy ninguna top model ni algo que se le parezca. Es más, por fin hace cuatro meses decidí casarme con un hombre que me ha abandonado hace dos. Quizás cualquiera de aquellos tres pretendientes hubiera hecho lo mismo. Más bien cuento esta anécdota porque dudo que algo así se haya repetido alguna vez en la historia de la humanidad, y porque muchos años después me sigo preguntando qué factores del destino pudieron haber influido para que tres hombres, el mismo día, me pidieran en matrimonio.


Mi primer viaje a la selva

Por Nelson Mamián Guzmán, Colombia

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Me piden que escriba algo y aquí estoy: el papel en blanco y las letras enredadas en la mente.

Mis recuerdos son dirigidos hacia un lugar hermoso, a miles de kilómetros de mi origen. Estoy completamente solo, sentado en una canoa en medio de la selva amazónica y a la orilla de un mar de agua dulce, color chocolate; los objetos voladores sí identificados me quieren dejar sin sangre y un perro, que es mi única garantía, desea hacer lo mismo con mi escasa comida; la noche, hace rato, me abrazó con su sombra y tengo miedo..... Espero con impaciencia el regreso de los dueños del bote y de mi destino, una familia indígena Nonuya, que osó adentrarse en la selva sin mi compañía.

 Ustedes se preguntaran que hace ese infeliz ahí... yo la verdad pensé lo mismo más de una vez; en realidad había aceptado un contrato con la Fundación GAIA para que apoyara jurídicamente al Consejo Indígena del Medio Amazonas -CRIMA- y a aquellas comunidades alejadas y olvidadas por siempre,.. Sí, aquí estoy temblando de miedo y desesperanza.

Luego de un eterno esperar, escuche unas voces enviadas con palabras ininteligibles y observé las primeras luces de sus linternas. Estoy a salvo pensé. Mientras mi corazón bajaba la marcha, el motor Yamaha aceleraba la propia para dirigirnos, río abajo, rumbo a la casa de mi nueva familia. En ese lugar mágico permanecí una semana; esta familia joven me acogió con su hospitalidad y sonrisa y me alimentó con sus manjares amazónicos preparados con yuca brava y pescado ahumado; les devolví sus atenciones con agradecimientos, alimentos de saber que multinacional y muchas leyes... me siento Al retorno de mi viaje me contaron una historia sobre esta familia; me dijeron que la mujer no se casó por amor sino fue el producto del pago de una deuda; supe que, por error, su hermano había envenenado al hermano de su actual esposo, lo que generó un serio conflicto familiar; los mayores de ambas familias se reunieron para saldar la deuda y de común acuerdo convinieron en que la matriz de ella debía devolver al varón perdido, como efectivamente sucedió.... Cada lector o lectora puede sacar sus propias conclusiones, yo, a veces, me pongo a pensar en lo que sentirá aquella bella joven mujer. Eso sí, aprendí que hay otros mundos con diversas realidades, cosmovisiones y situaciones y, como es elemental, diversas maneras de ordenar la vida comunal y familiar, así sea a un costo enorme de las libertades y sentimientos individuales..

Ahora que lo pienso nunca volví a esa casa ubicada en la llanura de la selva, en el centro del mundo. Me gustaría volver algún día para recordar viejos olvidos y a bañarme en sus aguas cristalinas.. Espero que la vida me dé vida para recuperar ese tiempo y espacio hoy perdido.

Aquí estoy: las letras enredadas en el papel y la mente en blanco.

Huehuetenango, Guatemala, Mayo del 2003


Diario de vida:
A los nietos y nietas de la anaconda ancestral

Por Nelson Mamián Guzmán - Colombia

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Me encuentro ahora recordando los primeros tiempos en el río Pirá Paraná (1), en el noroeste amazónico colombiano. Me acompañan en este viaje, hacia lo profundo de la selva y de mi ser, la felicidad de Maria C. y sus dos hijas gemelas, actuales y perennes habitantes de mi vida.

El traslado hacia ese lugar maravilloso fue largo, costoso y espectacular y, como es obvio, estuvo cargado de infinidad de emociones que la mente actual nunca quisiera olvidar. Desde la vieja avioneta en que viajaba, a través de las nubes y en el centro de una maravillosa e inmensa llanura verde, pude apreciar aquel río en forma de culebra, que hoy y siempre seguirá avanzando perezoso hacia el muy lejano atlántico mar ... Desde ese día no se me olvida su color negro transparente; tampoco se me olvidará jamás el aprecio inmenso de aquellos gentiles corazones encontrados en sus orillas- hijos e hijas de la gran anaconda ancestral, que dará vida a este escrito y a los futuros hombres y mujeres de esta madre selva-, quienes nos amarraron con sus brazos y sonrisas, a pesar de la diferencia cultural e idiomática existente entre nosotros.

Viajar por ese río y sus caños es una experiencia sin igual. Los jóvenes motoristas que a la vez son nuestros guías e interpretes(2) en las comunidades con que trabajamos, fueron nuestra familia. Con ellos compartimos experiencias propias y extrañas, nos contaron, sin preguntar, historias pasadas y antepasadas; nos transmitieron sus saberes milenarios escuchados y aprendidos de generación en generación; nos leyeron los múltiples mensajes que a lo largo del río dejaron sus ancestros gigantes y que nuestros ciegos ojos negros apenas pudieron “ver”. En este mágico lugar cada espacio navegado tiene un sentido, cada salto natural guarda un mensaje, cada mito es una historia real: aquí-dicen- fue la matanza de los blancos(3)”; “aquí estuvo warime(4) descansando”; “aquí en este salto vive la anaconda ancestral”.. Con alegría y dificultad recorrimos sus caminos y trochas ... le agradezco a la vida el permiso que me dio para poder ser y estar, justo en ese tiempo y espacio que me sirve para recordar.

Este escrito quiere ser un homenaje a aquellos jóvenes amigos y amigas que, abandonando sus familias, nos dieron una mano y nos sirvieron de puente para transportar los mensajes que queríamos dejar. Sin motoristas nuestro trabajo no vale nada; sin intérpretes y guías la situación es aún peor!. Muchas veces, acostados en la hamaca, nos preguntamos: qué diablos hacemos aquí?; nuestros múltiples palabras tendrán voz en su idioma?; el oyente captará el mensaje que sale de nuestra mente?; nosotros mismos no entendemos las palabras castellanas, podrán ellos entenderlas siendo tan diferentes?; Para qué aprender sino lo puedo transmitir?; para qué hablar si el interlocutor no me entiende o no hay un interprete cerca que recoja lo dicho y lo desenrede con nuevas voces, letras y palabras? Sí. Sin ellos hubiera sido imposible acceder a sus enseñanzas; sin ellos, los ancianos y ancianas, no podrían robar nuestros mensajes de “blanco” que les sirve para transformarse y permanecer. Sin esos jóvenes la vida no hubiera sido fácil. Cuantas veces cargaron los botes y motores de navegación; cuantas veces colgaron en su cuerpo nuestra ropa y alimentos para sobrevivir -las gemelas de Maria C no se acuerdan, pero fueron las causantes de los muchos sudores extraídos de sus cuerpos musculosos color miel-. Sí. A ellos, con los que tuvimos la fortuna de compartir historias y de vivir con intensidad, es a quien va dirigida esta carta de vida, porque son ellos, en últimas, los encargados de cultivar para siempre los frutos dejados por sus fabulosos ancestros..

Con los hijos e hijas de ese maravilloso río vivimos. Sí. vivimos!. En sus casas; en sus “malocas”(5); en todo ese universo tan suyo lleno de magia y sabiduría. Fueron meses sin tiempo; noches oscuras o grises, apenas visibles a través del brillo ancestral que emana el fuego producido por el breo(6) o el popai(7). Ahí estuvimos: a veces viendo; a veces sintiendo; a veces compartiendo pequeñas historias nacidas de nuestro breve caminar por alejadas, olvidadas y andinas tierras; a veces escuchando mensajes escondidos en mitos, llenos de parábolas, con el que nos dieron su conocimiento sin esperar nada a cambio.... Ese río se quedó con nuestros olores y fragancias.. esas gentes sencillas se “robaron” nuestras voces y palabras. Nosotros, a cambio, alimentamos nuestro cuerpo con el sabor natural de la madre selva y le proporcionamos a la mente un poquito de saber espiritual.

Devolver el pasado me gusta. Contar historias cargadas con viejas voces pensadas en idiomas naturales me hace reflexionar ..... espero, eso sí, que toda esa sabiduría verde escondida en su mente oral se mantenga incólume a través del tiempo, para que siga siendo alimento de vida por siempre jamás!!..

Esos tres primeros meses que caminamos por aquel río no tienen tiempo. Aún, en este presente, se me eriza la piel al recordar emocionado el eterno shhhhhhh de los sonidos de la selva y ese golpe del viejo pilón de coca(8) gritando su lamento en forma de pom pom a través del viento..
 

Huehuetenango, Guatemala. Mayo del 2003
 

Notas:
_________
1) El Rió Pira Paraná es afluente del río Apaporis,, que es, a su vez, afluente del río Caquetá; El río Caquetá vierte sus aguas en el gran río Amazonas.. y luego el mar. En ese lugar trabajé desde 1997 con la Fundación GAIA- Amazonas, brindando apoyo legal a la Asociación de Capitanes Indígenas de Rió Pirá Paraná (ACAIPI).
2) Personas bilingües que nos ayudaron a desenredar las palabras castellanas. En la orillas del río Pirá Paraná y en sus caños habitan varias etnias que tienen sus propios idiomas: Makuna, Barasano, Taywano, Tatuyo, Tuyuka, Siriano, Carapana, Maku, etc.
3) En la selva se le dice blanco al foráneo. Así sea negro o indígena de otro lugar.
4) Personaje mitológico que caracteriza las historias y leyendas del lugar.
5) Gran casa circular comunitaria muy tradicional, donde se desarrolla la espiritualidad amazónica. Tiene techo de hoja de palma caraná
6) Sabia de árbol que al prenderse da luz a la gran noche.
7) Astilla de un árbol que se enciende para dar luz. Una vez se termina una astilla se prende otra y otra. Así sucesivamente...
8) La hoja de coca, una vez seca al fuego, se golpea en el pilón para convertirla en polvo. Al mezclarla con ceniza de hoja seca de yarumo, se convierte en el alimento espiritual de todos los indígenas amazónicos.


El Alejito

Por Alexei, Ecuador

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Yo tengo amigos fuera del molde. El Alejito es un hombre trabajador y profundamente humano al que las desgracias no pueden doblegar. Yo estaba en los preparativos de mi viaje, pidiendo prestado dinero a la mitad del Ecuador y Alejito ya me había prestado una fuerte suma, cuando unos días antes de que saliera para Francia, se me acerca y me dice: “mi hermano, ten este cariñito”. Me entregó el dinero que necesitaba para completar lo necesario para pasar unos días en una playa, con mi familia, con mis amores, antes de partir por largo tiempo. Al Alejito le habían robado su carro nuevo, que le costó 17 mil dólares.



Doña Clarita

Por Alexei, Ecuador

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Podría escribir un libro de recuerdos de doña Clarita, por ahora te voy a contar solamente dos o tres cositas que fueron claves para mí. Nunca hubiera podido imaginar cómo conocería a Doña Clarita (que resulta ser la mamá de un amigo de un amigo de una amiga, o como dice Serrat “tengo un amigo que conoce una persona que dice que ha escuchado a alguien decir que tiene un amigo que conoció a un sujeto que un día fue feliz”), quiero decir con esto que si yo hubiera tenido la intención clara y consciente de encontrarme con Doña Clarita, no lo hubiera podido hacer, pero la vida se construye de proyectos y milagros.

Estaba en el aeropuerto de Caracas, esperando el trasbordo para llegar a París, entré al Internet para saber novedades de la gente que me esperaba en Francia. ¡Sorpresa! La persona que debía esperarme, no estaba en París, sino en Estrasburgo, y no podría recibirme. Yo no hablaba francés, así que vi las cosas de color de hormiga. Desesperado llamé a mi esposa y le pedí “que encuentre a alguien que me reciba”; así llegué a Paris. En el aeropuerto, luego de los chequeos, un poco resignado “a dormir en el parque por tres días”, salí tratando de encontrar lo que era imposible: una cara conocida. De pronto vi una viejita toda sonriente con un letrero que decía “Dr. Vargas”; era Doña Clarita; me preguntó si tenía dinero para el taxi, si quería comer antes de dejarme en la dirección que yo tenía para llegar. Se quedó conmigo hasta el fin, atenta servicial. Nada me hizo imaginar que unos meses después viviría con ella y conocería el tremendo calor humano y la solidaridad de la que solo ella es capaz. Un mes después fue ella quien llamó a la persona con quien yo vivía para preguntar noticias de mí y saber si yo estaba bien, quedamos en encontrarnos unas semanas después frente a la Torre Eiffel. A inicios de mi estadía en París tenía muchas dificultades y había perdido cerca de 10 kilos de peso; al verme, Doña Carlita se aterrorizó y me invitó a comer, me hizo conocer los mercados más baratos de París y me indicó cómo debía utilizar el metro.

Finalmente, a finales de noviembre, mis problemas llegaban a su clímax, mi visa expiraba y no tenía domicilio ni carta de residencia, Doña Clarita acababa de llegar del Ecuador y me llamó para darme las cartas que había enviado mi familia, le conté mi problema y me dijo sin titubeos: “venga a mi casa, yo le doy la testación de domicilio”; así comenzó realmente mi estadía en París y mi cariño y admiración por esa mujer pobre que da todo, sistemáticamente, sin esperar recompensa.


La Mona Lisa

Por Alexei, Ecuador

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Era un primer domingo del mes de diciembre 2001 y mí primera visita al museo de Louvre, imaginaba la enorme cantidad de gente que iría, así que madrugué. Delante mío habían unas 20 personas, llovía y comenzaba a hacer un frío de perros y yo sin ropa de invierno, así, esperamos cerca de tres horas, la cola ya tenía un par de cientos de metros cuando se anunció la apertura del museo (que de paso jamás había recibido tal número de visitantes en un día, la cola se mantuvo tan laga como te cuento casi hasta les 4 de la tarde).

Detrás de mí estaba una parejita de extranjeros que seguramente eran nórdicos y, claro, no hablaban una sola palabra de francés. Yo tenía la viva intención de ir directamente a ver “La Mona Lisa” de Leonardo, así que apenas entré, pregunté a la guía -en mi tzantzaco francés- cómo podía encontrar el famoso cuadro y ella me indicó el camino. Estaba a punto de emprender solo el viaje cuando descubrí a la parejita tratando de descifrar el mapa del museo con la intención de llegar precisamente a “La Mona Lisa” de Leonardo. Las miradas eran más que claras, estaban desesperados. Les hice señas que me siguieran y arribamos los primeros, estuvimos solitos casi 15 minutos frente a la magna obra de Leonardo que nos miraba sonriente, casi feliz, ellos abrazándose y amándose en esa soledad privilegiada. Yo partí a buscar la Venus de Milo y la famosa escultura de “Psiquis rescatada por el amor” y ellos quedaron allí, abrazados y felices frente a su “Mona Lisa”.


Nina

Por Alexei, Ecuador

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Era mi segundo día de trabajo como auxiliar de enfermería y no sabía nada del oficio, el día anterior me había roto la espalda levantando, lavando, bañando a los viejitos de la casa de retiro, nadie me dirigía la palabra ni me ayudaba y de paso, no recibía ni el almuerzo. Esa mañana llegó para trabajar, como yo, en el “trabajo temporario” un negrito senegalés, alto y muy fino, dulce al trato, llamado Nina. Era auxiliar de profesión pero estaba haciendo sus estudios de enfermero, tenía dos hijas pequeñas y muchos sueños entre las manos. Vio las dificultades que yo tenía y me acompañó toda la mañana, hicimos el trabajo juntos y rápido, me enseñó el oficio entre señas y rizas. Yo no tenía dinero para el almuerzo así que al medio día me escondí para evitar tener que dar respuestas embarazosas. Nina había notado mi ausencia y sin dudarlo me buscó para ofrecerme la mitad de su sánduche (que su esposa le había dado para el almuerzo); en mi media lengua hablamos un poco y compartimos proyectos y certezas. Nunca más he vuelto a ver a Nina, pero donde quiera que esté, sé que hará un buen papel como enfermero.


El Xavier

Por Alexei, Ecuador

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Uno de los seres humanos más humanos que conozco se llama Xavier, su aspecto serio logra realmente ocultar la dulzura de su alma. Una tarde nos citamos como siempre en Place de Saint Michel y caminamos juntos por esas calles del frío Paris decembrino, Xavier me contaba los anécdotas de cada calle, de cada barrio, compartiéndome el calor humano que me faltaba. Fue Xavier quien satisfizo mi sed de conocimiento sobre sitios culturales, cinemas latinos y cursos de francés. Fueron Xavier y su esposa Giovanna quienes me regalaron la única plancha y la única mesa de planchar que he tenido en dos años, a quienes “ayudé” -si lo poco que hice puede llamarse ayudar- a “demenager” cuando tuvieron que irse de Francia. Fue Xavier quien me ha regalado la noche y la mañana más agradables de toda mi estadía en Francia, al leer sus libros.

Xavier, quien con su aspecto serio logra realmente ocultar su humanidad.
 


Tratado sobre la importancia de llevar el pasaporte en la mano dentro de los aeropuertos

Por José Luis Pimentel, español desde Uruguay

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Hice la maleta la noche anterior, todo perfectamente controlado hasta el último detalle insignificante para pasar un mes trabajando en Bolivia. Vuelo Montevideo-La Paz haciendo escala en Buenos Aires. Que no se me olvide nada, de todo lo que me iba acordando que me faltaba lo apuntaba en la agenda...Bien, todo en orden, la maleta hecha, desayuno con Ana María sin prisas, dos horas antes en el aeropuerto de Montevideo, el primero en abordar, fácil, todo hecho, equipaje facturado y a Buenos Aires, donde tengo que hacer una escala de cuatro horas para después viajar a la Paz. Un paseo de media hora en avión desde Montevideo hasta Buenos Aires, leo la revista de Aerolíneas Argentinas y hasta parezco que llevo toda la vida viajando, un profesional vamos. En Buenos Aires me espera un tipo con mi nombre y que me acompaña hasta el mostrador de la aerolínea boliviana, como tengo cuatro horas hasta las cinco de la tarde me voy a ver donde comer, reviso cual de los dos restaurantes es mejor, cual tiene mas luz, cual tiene las sillas mas cómodas... en fin, decido que es mejor el restaurante que está mirando a la pista para poder ver los avioncitos despegar. Antes de sentarme a comer espero un rato leyendo El País, no quería comer demasiado pronto (no sea que luego llegue muy tarde a La Paz, y me dé el hambre), tampoco como mucho para que no me sienta muy pesado, una ensaladita y un café, claro que como me he quedado con hambre me como un pedazo bestial de pastel y acabo igual de pesado que si hubiera comido un bocadillo. En fin, que sean esos todos los problemas que uno puede tener en la vida...Termino, pido la cuenta, pago y antes de levantarme junto el pasaje de avión y el pasaporte...y el pasaporte”y el pasaporte”.Y EL PASAPORTE!!! Dónde coño está el pasaporte!, si lo tenía en el abrigo, no está en el abrigo, en el maletín...tampoco. AAARRG!!, HE PERDIDO EL PASAPORTE, no puede ser, me siento en otro lado, vacío todos los bolsillos, saco todo, monto un mercadillo improvisado de discos, papeles, la calculadora, los tapones de los oídos, el despertador, los disquetes, la cámara de fotos, el cepillo de dientes, los billetes....TODO!, ESTÁ TODO MENOS EL PASAPORTE!... vuelvo a mirar el abrigo y el calor corporal empieza a aumentar, sudo por la cara, NO PUEDE SER....recojo todo, que nadie se de cuenta, nadie me ha visto...QUE HAGO??? A ver tranquilízate, piensa, hay una solución, siempre hay una solución. Primero, dónde coño está el pasaporte, entré con él en el avión en Montevideo, de eso estoy seguro porque me lo pidieron en inmigración, ahora hay dos posibilidades, una, que se me cayera en el avión...estoy jodido porque el avión seguro que ya se ha marchado...otra que se me cayera en este aeropuerto, pero no se me ha podido caer porque solo he hecho un recorrido desde la salida del avión hasta el restaurante y ese ya lo he revisado, si alguien lo hubiera encontrado me avisarían digo yo”decidido, está en el avión, me voy corriendo a la ventanilla de aerolíneas a decirles que un avión suyo tiene mi pasaporte, cuando llego a la ventanilla me doy cuenta de que a la hora que es ya el avión se ha marchado fijo, entonces?, a ver, asumámoslo, he perdido el pasaporte en un país en tránsito entre dos países, ninguno de los cuales es el mío, con lo cual no puedo quedarme en Argentina y aunque me devolvieran tampoco podría entrar en Uruguay, sin olvidar el pequeño detalle de que tengo un contrato firmado que empieza mañana por la mañana en La Paz y como no llegue alguien me va a demandar...a esta altura ya sudo como un pollo, la boca se me reseca, y el corazón lo siento en la cabeza. Me siento y pienso”a ver mi única oportunidad es hacerme el tonto e intentar llegar hasta Bolivia, que entro en el avión a Bolivia bien, que no, les intento convencer de que voy en viaje oficial y que arreglaré los papeles en mi embajada en Bolivia cuando llegue. Vale, soy un actor”cómo disimulo, hasta le sonrío a las azafatas de tierra cuando pasan a mi lado”holaaaaa.. llego a la sala de embarque y me siento, saco un par de papeles y me pongo a leer, uuuuy que interesaaante, anoto algo con el lápiz”soy un genio, tenía que haberme dedicado a la interpretación, nadie se ha dado cuenta de que he perdido el pasaporte y que estoy sudado hasta la espalda. Y llega la hora, como la del examen final, o la del odontólogo, o la de la entrevista de trabajo. Me levanto ahora sí con mi mejor sonrisa, la azafata es mujer, algo mayor Hola señor Pimentel le estábamos esperando, ¿Ah, sí? me alegro, Su pasaje por favor? Tome, Muy bien pues enseguida traen la tarjeta de embarque, me puede enseñar el pasaporte?... ¡¡¡ME PUEDE ENSEÑAR EL PASAPORTE!!!.... no, esa no es la pregunta adecuada, es más, se supone que esa pregunta no tenía que hacerla, NO, está usted suspendido, esa muela hay que sacarla y ahora, no reúne las calificaciones necesarias para este trabajo......Ah, sí, el pasaporte, espere un momento que ahora se lo doy, reviso el abrigo y no está, que raro?, abro el maletín y tampoco está, pero que raro?, Disculpe señora voy a revisar tranquilamente en el asiento porque me estoy poniendo nervioso, Revise porque sin pasaporte no le puedo dejar pasar, y además tendríamos que devolverle a su país, de donde dice que es usted?... Sí, sí, no se preocupe, si lo llevaba encima hace un rato”Vuelvo a montar el mercadillo de cosas inútiles ahora sí con 235 personas mirando, que actuación, vuelvo a sudar, (lo que es la autosugestión), Mire señora no lo encuentro no se que pasa, Donde ha estado, vaya a la cafetería a ver si se le ha caído ahí. Voy sin mucho convencimiento sabiendo a ciencia cierta que mi pasaporte está en un avión camino a Brasil. Mire, no lo encuentro, Verá yo soy funcionario de la delegación de la comisión europea en Bolivia, necesito tomar ese avión. No no no, yo sin pasaporte no le dejo pasar. A todo esto ya todo el mundo se ha dado cuenta de que he perdido el pasaporte y que estoy acabado, todos me miran con ojos muy abiertos...y de repente pasa algo inesperado: me doy cuenta de la inevitabilidad del asunto: no hay nada que hacer”será lo que tenga que ser, a pesar de apuntarlo todo, de hacer la maleta el día anterior, de tenerlo todo controlado, voy y pierdo el pasaporte en medio de ningún sitio”ya me da igual todo, que me devuelvan a España, total que mas da, para que fingir, soy un desastre, toda mi vida intentando no parecerlo pero para qué, apuntando los recados, tratando de acordarme de todo, de no olvidar las llaves, de no perder la agenda, tratando de demostrar a todo el mundo que no es verdad, que no se me olvida todo constantemente, que no pierdo las cosas cada dos por tres......y estaba en estas divagaciones cuando de repente se escucha por el walkie talkie”He encontrado el pasaporte del señor Pimentel. Que suerte tiene, hemos encontrado su pasaporte tirado en un pasillo, ahora lo traen, puede subir al avión...


Mi primer trabajo

Por Ángela Mejía, Guatemala

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Mi primera experiencia laboral fue un perfecto fracaso. Estaba aún en el colegio cuando tuve la brillante idea de emplearme durante la época de las vacaciones y ganar dinero para ir de viaje a la costa caribe. La idea había caído en buen momento porque mi hermana estaba inaugurando una pequeña empresa y estaba buscando a dos personas que se dedicaran a hacer sobres tamaño carta; junto con una amiga, nos ofrecimos para hacer la tarea y así fue como nos lanzamos en nuestra primera aventura laboral. El trabajo se hacía en una imprenta; al llegar nos dieron una bata color gris de aspecto sumamente lúgubre la cual decidimos no usar porque nos pareció muy fea y fuera de moda; esto nos hizo ganar nuestra primera llamada de atención, además de no permitir nuestro ingreso a la planta de producción.

Aclarado este asunto y ya con nuestras batas puestas, nos explicaron lo que debíamos hacer, nos asignaron nuestro lugar de trabajo: una mesa con dos sillas incómodas, duras y sin respaldo, nos señalaron la meta del día y empezamos a trabajar. En este lugar había cerca de cincuenta personas, el ambiente era de un silencio sepulcral apenas interrumpido por el sonido de las máquinas; de inmediato nos sentimos atraídas, fascinadas por todo aquello, nunca habíamos visto algo semejante y nos pareció pertinente hacer un recorrido para observar en carne propia el funcionamiento de una empresa. Sobra decir el enojo de nuestra supervisora cuando llegó a la mesa y el lugar estaba vacío; nos encontró dos secciones más adelante con uno de los obreros que nos estaba explicando el proceso de impresión de un libro. La imprudente mujer nos mandó de vuelta a nuestro lugar, no sin antes advertirnos de las sanciones que tendríamos si esto volvía a ocurrir; sus amenazas no debieron asustarnos lo suficiente porque en su primer descuido decidimos tomarnos un descanso: buscamos agua, estiramos nuestro cuerpo, conversamos sin ninguna prisa y volvimos a nuestro lugar una vez sentimos que habíamos recuperado las energías perdidas.

En la hora del almuerzo, continuamos visitando las instalaciones ante las miradas de asombro de los demás obreros, quienes seguramente se preguntaban quiénes eran esas dos adolescentes que se atrevían a desafiar las reglas de esta manera. Nosotras ni siquiera sabíamos que las reglas existían. Al finalizar el día, no habíamos cumplido ni la tercera parte de la meta asignada y fuimos despedidas de inmediato. Salimos felices y satisfechas del lugar. Por primera vez en mi vida, entendí que trabajar era un asunto muy serio.


Las diosas del Olimpo

Por Ángela Mejía, Guatemala

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Lo tengo, lo tengo, ya sé qué hacer para que los mortales no nos despojen del poder, vociferaba felizmente Venus, no sin antes lanzar con fuerza un dardo en forma de trueno.

-Qué has pensado hacer? Preguntó ansiosamente Cibeles.

-Muy fácil querida, simplemente nosotras acaparemos la información esencial y a los mortales les damos el resto.

-Qué ingenioso! Ahora ya veo por qué eres la coordinadora. En pocas palabras lo que quieres decir es que los casos políticos serán solo de nuestra incumbencia y ningún mortal tendrá acceso a la esencia del poder? ¡¡¡Asombroso!!! “.. Pero solo vislumbro un pequeño problema: cómo has pensado hacer para que la información no se filtre?

-Ya lo he pensado Cibeles. Solo necesitamos un contenedor exclusivo, una especie de búnker desde donde atenderemos nuestros casos, sin que nadie pueda escucharlos. Tengo visto el lugar, solo que actualmente está ocupado por una mortal insignificante que hace un oficio de tercera y de la cual me desharé fácilmente, ya verás.

-Te refieres al contenedor que está en el patio? El que está ocupado por aquella que se dedica a hacer educación en derechos humanos? preguntó Cibeles mientras degustaba un refrescante vaso de agua.

-Exacto, respondió Venus al mismo tiempo que soltaba una bocanada de humo. Esta misma tarde le ordenaré que abandone el lugar porque tú lo ocuparás.

-Y qué piensas hacer con ella? Dónde la ubicarás? Hay que cuidarse de no enviar un mensaje muy nocivo. Además, qué dirán en la sede? Ya sabes que tienes que cuidar tu buena imagen a la que tanto he contribuido.

-No te preocupes Cibeles, le asignaremos tu antiguo lugar.

-Mi antiguo lugar? Pero Venus, tú sabes bien que esto no es posible porque en dos semanas vendrá el nuevo oficial político y ocupará esa oficina.

-Lo sé muy bien, yo misma se la ofrecí cuando hablamos por teléfono pero mientras tanto le haremos creer a ella y a los demás que somos muy buenas, que nos preocupa su bienestar y que somos casi humanas, ya verás”

Fue así como me quedé sin un lugar de trabajo por espacio de varios meses. Anduve deambulando hasta encontrar una nueva oficina. Las diosas del Olimpo habían decidido mi destino, sin yo saberlo.


José Pop

Por Ángela Mejía, Guatemala

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Trabajar en MINUGUA fue una cosa terrible y a la vez maravillosa. Lo mejor: los amigos y amigas en un sin fin de países, entre ellos José Pop, nuestro querido traductor. No hemos vuelto a tener contacto desde hace mucho tiempo, pero ambos sabemos que la amistad y el cariño allí están.

Con José tuve una memorable expedición en la que me sentí una absoluta inútil. No recuerdo el nombre del lugar de El Petén hacia donde nos dirigíamos, pero teníamos que caminar unas cuantas horas por en medio de un gran lodazal. José vestía un pantalón blanco, calzaba caites e iba ligero de equipaje; yo tenía una gran mochila, vestía jeans apretados y mis zapatos especiales para el campo. En aquel ambiente, José se movía con una gracia increíble; me fascinaba verlo saltar como una gacela para luego poner su pie en el lugar preciso. Yo en cambio, por más que me esforzaba, siempre caía en el lodo una y otra vez mientras José seguía con su pantalón blanco impecable. Al inicio, él tenía mucha paciencia conmigo, intentó ayudarme y darme una lección práctica, pero después de la última caída que me enterró de lodo hasta las rodillas, José perdió su compostura y me increpó fuerte: Y a usted qué le pasa? Acaso no ve bien? Tiene problemas en los pies o en los ojos? Se adelantó en la caminata y ya no volvió a dirigirme la palabra ni a guiarme por entre las piedras. Sin duda, logré agotar su paciencia.


El adiós

Por Ángela Mejía, Guatemala

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No creo en lo sobrenatural, ni en los OVNIS, ni en la vida del más allá o cosas parecidas, pero cuando mi madre murió, vino desde Medellín hasta Guatemala para decirme adiós.

Eran cerca de las dos o tres de la mañana cuando sentí que una mano cálida tocaba suave y amorosamente mi pelo. Estaba entre dormida y al principio creí que era Eduardo, estiré mis brazos, abrí mis ojos y me di cuenta que él estaba volteado, profundamente dormido y sin hacer ningún tipo de movimiento. De inmediato entendí de qué se trataba, pensé en mi madre enferma y supe que había venido para darme su última caricia. Nunca la olvidaré. Ese día me avisaron de su muerte.


Eder

Por Conchi González, España

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Visto en el mapa del atlas geográfico, ir desde La Habana hasta Santiago de Cuba parecía un propósito sin mayores méritos, pero una vez allí mi amigo Manolo y yo nos dimos cuenta de que el reto era de los grandes. Más aún empeñada como estaba en viajar en tren al precio que fuera. Era el año 1991, el mes de octubre, y el 1 de noviembre los cubanos entrarían en lo que llamaban “opción 0", o sea, todo bajo mínimos. Logramos avanzar desde La Habana hasta Camagüey combinando el autobús con las famosas “máquinas”, esos autos rehechos una y mil veces con la carrocería de los rebeldes sin causa de los años cincuenta americanos. Pero llegados a ese punto el viaje empezaba ya a volverse demasiado largo y bastante cansado. Habíamos dormido en un pequeño hotel al lado de la estación de ferrocarril, y por la mañana temprano me levanté dispuesta a subirme en el primer tren con dirección a Santiago. Ya conocía las dificultades para conseguir una plaza, que había que solicitar con al menos quince días de antelación, pero también conocía ya las artes de “darle a la muela”, o lo que es lo mismo, inventar cualquier historia convincente para llevar a cabo un propósito, o simplemente un deseo. Así que ni corta ni perezosa me hice pasar por una enviada de la Facultad de Biología de la Universidad Complutense de Madrid que tenía la importante misión de recoger una colección de mariposas en Santiago de Cuba para llevarla a Madrid, y como mi vuelo La Habana-Madrid salía en una semana, tenía que llegar sin demora a Santiago para tener tiempo de terminar con éxito la misión. Obviamente el jefe de la estación no pudo decir que no ante un argumento tan sólido y tres horas después embarcábamos en los asientos reservados para funcionarios con rumbo a Santiago.

Llegamos a la segunda ciudad cubana a mitad de la tarde. El calor era sofocante, pero se respiraba un aire a bohemia que invitaba a quedarse. Apenas habíamos caminado dos pasos desde el autobús cuando se acercaron dos jóvenes preguntando si queríamos hotel. Uno era cubano y el otro italiano. Amablemente les dijimos que ya teníamos uno que habíamos visto en la guía y que nos iríamos allí, pero eso no les importó y siguieron hablando de Santiago y sus encantos. Como en realidad los chicos eran muy agradables decidimos quedar con ellos para seguir charlando una vez registrados en el hotel, comidos y bañados.

A las siete en punto estábamos sentados en una mesa del Café del Obispo esperando a nuestros nuevos amigos. Era un lugar con el cielo estrellado por techo, rodeado de hiedra y rosales y con fama de servir el mejor café de Cuba. Yo estaba junto a una de las entradas con Manolo enfrente. De repente, por el rabillo del ojo, percibí que alguien entraba por mi lado. Volví la cabeza y vi un hombre con guayabera y pantalón blanco, el pelo largo y negro y con barba, y sin saber de dónde salían las palabras exclamé: “¡Cuánto tiempo sin verte!”. El me miró y sonrió. Detrás de él llegaban el cubano y el italiano, y Manolo se levantó a recibirlos. El hombre vestido de blanco aprovechó el momento para sentarse en el lugar que Manolo dejaba libre, y sin perder la sonrisa habló: “¡Sí, cuánto tiempo! La última vez que nos vimos tú eras la hija del faraón y yo no era más que un esclavo rebelde”. Y siguió contando la historia de nuestro encuentro en una vida pasada, muy lejana, en el antiguo Egipto, cuando él encabezó una rebelión de esclavos y yo le ayudé a obtener su libertad. Yo creo que no pestañeé en los aproximadamente veinte minutos que tardó en relatar nuestra historia.

Después de aquel encuentro, Eder, que así se llamaba el hombre vestido de blanco, se quedó con nosotros toda la noche. Fuimos a un concierto con él y con los nuevos amigos y tuvimos la oportunidad de hablar mucho. Entre nosotros había una conexión muy fuerte e inexplicable. En realidad era como si de verdad nos conociéramos desde hacía muchos muchos años.

Esa noche nos despedimos a altas horas de la madrugada, y desde entonces, durante los cuatro días que pasamos en Santiago, no necesitábamos quedar con Eder, pues a cualquier lugar donde fuéramos ahí estaba él, y cada vez que nos encontrábamos nos quedábamos juntos hasta la hora de irnos a dormir. Cada vez que nos veíamos, Eder, que tenía vendada la muñeca de su mano izquierda, me pedía que metiera mis dedos por debajo de la venda, en el hueco que quedaba con la palma de la mano, y allí tenía siempre una flor blanca y fresca guardada. Una de esas flores que llenan los árboles de Santiago perfumando el aire de la noche.

En aquellos cuatro días tuvimos tiempo de conocernos más. Cierto que yo estaba totalmente impresionada con ese hombre, pero lo que más me sorprendía es que Manolo -el chico de cabeza cuadrada, analista de sistemas informáticos e incrédulo por naturaleza- lo estuviera también. Nos fascinaba él, nos fascinaba la forma en que nos encontrábamos, como por casualidad, en una ciudad de cinco millones de habitantes, y nos fascinaba la flor blanca que parecía guardar siempre para mí debajo de su venda. Eder era un fotógrafo sin cámara. La revolución se la había quitado. También era maestro -alfabetizador-. Hablaba cinco idiomas a la perfección. En cualquier descuido escribía un poema, un cuento, una frase filosófica,... Eder era como un ser de otro mundo, con la paz de un gurú, con la sabiduría de un hombre que lo ha estudiado todo, lo ha analizado todo y ya nada le impresiona, nada le altera. Por momentos llegué a pensar que Eder no era real.

Llevábamos ya una semana en Madrid cuando llegó la primera carta. Más bien era un paquete. Contenía un especie de librillo hecho a mano, de unas veinte páginas, todas ellas decoradas y pintadas a mano, y sobre los dibujos y las orlas de flores naturales Eder me escribía más y más historias de nuestras vidas pasadas y de nuestro reencuentro en esta. Al día siguiente llegó un paquete similar, y al siguiente otro más, y así durante seis días consecutivos. A partir de ahí nuestra correspondencia fue muy fluida durante un año. Eder me relataba con detalle los apuros que estaban pasando en la isla, sin luz, sin apenas comida y cada vez con menos esperanzas. A pesar de que yo no estaba más de dos o tres meses en el mismo lugar, las cartas de Eder siempre lograban encontrarme. La comunicación se fue espaciando, hasta que en algún momento desapareció. Había pasado cerca de un año sin tener noticias suyas cuando, estando ya en Guatemala, recibí una carta muy sencilla, muy corta. Era una carta de búsqueda. Estaba escrita desde París. Eder, el cubano revolucionario, había abandonado su querida isla. O más bien tendría que decir que Cuba había perdido un hombre sabio.


La presencia

Por Conchi González, España

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A lo largo de mis casi cuatro décadas de existencia he vivido en más veinte casas diferentes. Unas me han gustado más y otras menos, pero sin duda alguna la que más me atrajo desde el primer momento fue la última casa en la que viví en La Ciudad de Guatemala, en un pequeño y bien situado condominio. Me instalé en ella por los niños, para que estuvieran seguros, cómodos y tuvieran espacio verde donde jugar con otros chicos de su edad. Pues bien, siendo esta la casa que más me ha gustado de todas, es también en la que me dejó una de las experiencias más fuertes e impactantes de mi vida.

Fue a los pocos días de entrar a vivir en ella cuando sentí por primera vez su presencia. Mi dormitorio tenía su baño propio. El lavabo estaba junto a la puerta de entrada al baño. Me preparaba para acostarme. La puerta estaba abierta; yo me estaba lavando los dientes cuando sentí que había alguien en el límite entre el baño y el dormitorio, justo a mi lado. Volví la mirada, pero no vi a nadie. Seguí lavándome los dientes, pero cada pocos segundos volvía de nuevo la mirada hacia el mismo lugar, hacia mi derecha, porque seguía sintiendo como si alguien estuviera ahí. Podía sentir una energía, algo más fría de la habitual, pero no podía ver nada. Decidí no darle más importancia. Terminé de lavarme y me acosté, pensando que serían imaginaciones mías.

Sin embargo, dos o tres días después, estaba frente al espejo, cuando de nuevo lo sentí. Ahí estaba, esa masa de aire frío en leve movimiento, muy cerca, casi pegado a mi cuerpo. Volví a mirar, pero una vez más no vi nada ni nadie. Mi cabeza no podía dejar de girar cada pocos segundos hacia mi lado de derecho, porque era evidente que había algo extraño, diferente. De nuevo traté de convencerme de que eran imaginaciones mías, y que además me estaba obsesionando y mejor me olvidaba de ello.

Pero cada pocos días la presencia volvía, siempre de noche. La sentía ahí, en el mismo sitio, casi a la misma hora, y sin poderlo evitar comencé a tener miedo. Comencé a pensar que tal vez alguien había muerto en esa casa en algún momento y ese alguien no había logrado aún cortar su conexión con este mundo. Traté de no alborotarme, de tomármelo con la mayor tranquilidad que las circunstancias me lo permitían, y, disimuladamente, fui tratando de averiguar con los vecinos más antiguos algo de historia de esa casa. Don Francisco -el vigilante, jardinero y chico para todo- me contó infinidad de detalles de los inquilinos anteriores, y cuando directamente le pregunté si alguien se había muerto en ella me respondió que no, hasta donde él sabía. Me quedé tranquila, porque parecía conocer muy bien todos los detalles, no sólo de mi casa, sino de todas las del condominio.

Un día se me ocurrió comentarlo con Lucía. Lucía era nuestra empleada, una indígena queckchí muy inteligente y perceptiva, de gran fortaleza interna y que no se asustaba por cualquier cosa. Sin embargo cuando le conté lo que me estaba pasando se asustó, y pude ver cómo su piel se ponía como la de una gallina. Me dijo que le resultaba extraño lo que contaba, pues ella también había sentido algo raro en esa casa, pero no sabía exactamente qué era.

Hablar con Lucía me asustó de nuevo y decidí contárselo a Alex, mi profesor de yoga, con quien a menudo sostenía largas conversaciones sobre temas trascendentales. Alex me explicó que a veces se forman nebulosas de energía negativa, que son parásitos que se alimentan de energía positiva y pueden instalarse en cualquier lugar y en cualquier rincón, que no son tan malos, pero sí molestos. Me sugirió que si volvía a sentir esa presencia que la insultara y dijera claramente que se fuera, que no la quería en mi casa. Yo no estaba muy segura de que esto fuera precisamente así ni de que la fórmula pudiera funcionar, pero a falta de otra cosa quise recordarla por si llegaba el momento.

Y el momento llegó. Era hacia finales del año 2000. Una vez más comencé mi ritual de antes de acostarme, y justo cuando estaba delante del espejo y el lavabo, la sentí. En el mismo sitio, donde siempre la había sentido. ¡Estaba allí de nuevo! En ese momento la mente se me quedó en blanco. Ni siquiera recordaba que había hablado con Alex del tema, y simplemente sentí miedo, más miedo que nunca. Pero me dije a mi misma que no debía tenerlo, que debía actuar como si nada pasara. Sin embargo el miedo iba en aumento y la boca se me secó. Necesitaba un vaso de agua. En Guatemala no se puede beber el agua del grifo, hay que tomarlo embotellado, y el agua bebible estaba abajo, en la cocina. Traté de convencerme a mí misma de que no me dejaría vencer por el miedo, y para probármelo decidí bajar a la cocina sin encender ninguna luz en el camino. Bajé las escaleras, sintiendo como la presencia me seguía, pegada a mí, unos centímetros por detrás, a mi lado derecho. Llegué a la cocina sin encender la luz, y seguía notando esa energía fría, en leve movimiento, a mi lado. Bebí, llené de nuevo el vaso y regresé a mi cuarto. El miedo había ido en aumento. Era tan grande en ese momento que quería ponerme a gritar. Quería llorar, quería reírme de mi misma, de mi miedo, de la situación... Mi corazón estaba muy acelerado y pensé llamar a alguien, a cualquiera, a quien me echara una mano o me dijera unas palabras que me tranquilizaran. Pero decidí no hacerlo. Me metí en la cama, acostada boca arriba, cogí el edredón con las dos manos y me tapé el cuerpo y el rostro. Me quedé con los brazos estirados, sin soltar el edredón, pensando que ahí estaba a salvo, que todo era producto de mi imaginación y que esos pensamientos no iban a poder conmigo. Decidí que lo mejor era ignorarlo y pensar en algo alegre. Empecé a pensar en mi compañero, que en ese momento estaba en Nicaragua. Recordé algunos de los momentos más divertidos que habíamos pasado juntos, y con esos pensamientos logré serenar la mente, relajarme, y dormirme sin mover ningún músculo de mi cuerpo.

Habían pasado sólo unos minutos cuando oí a Silvana, mi hija de cinco años, que lloriqueaba. Primero la oía muy lejos, y poco a poco el sonido se fue acercando, hasta que al final fui consciente de lo que ocurría. Pensé “Silvana se ha despertado, ¡qué raro! Tengo que ir a ver qué pasa”. Mi cuerpo seguía boca arriba, con los brazos estirados por encima de la cabeza, tal y como me había quedado un rato antes. Traté de incorporarme, pero no pude. Algo grande y pesado estaba acostado sobre mí. Era una energía fría, densa, con un ligero movimiento, que me sujetaba por las piernas y por las muñecas y me mantenía pegada al colchón. Me asaltaron al mismo tiempo un gran cúmulo de sensaciones: desde miedo profundo hasta placer. Pero al sentirme atada me enfadé. Me enfadé mucho, y mentalmente comencé a insultar a aquella cosa, fuera quien fuera o lo que fuera. La llamé todas las cosas horribles que se me ocurrieron y le dije que me dejara, que saliera de mi casa... Y mientras mi mente se desbocaba con los insultos hice acopio de una gran fuerza y tiré de mi cuerpo hacia arriba logrando al fin levantarme. Salí de la habitación consternada, trastornada, caminando como si estuviera borracha. Llegué al cuarto de Silvana y vi que dormía plácidamente. Seguramente había tenido un mal sueño. Volví a mi cuarto, bastante temerosa, pero enseguida me di cuenta de que la presencia había desaparecido.

Desde entonces, nunca más volvió.

Dos años después tomé un curso sobre viajes astrales, otras dimensiones y varias cosas más, donde tuve la oportunidad de contar mi experiencia. Cual no sería mi sorpresa cuando Chati, la mujer que imparte estos cursos y que desde hace años tiene a los mejores maestros del mundo a través de sus viajes astrales, me dijo que había cometido un error echando de mi casa a la presencia. Me explicó que todos tenemos guardianes y guías espirituales. Que normalmente la mayoría de los mortales pasamos por esta vida sin prestar atención a los mensajes que ellos nos envían, pero que de todos modos ellos siguen ahí, haciendo su trabajo de guías y de protectores. Me dijo que seguramente ese ser era un mensajero que traía algún mensaje de mis maestros espirituales, y que habría bastado con que mentalmente le preguntara qué quería para que el mensaje hubiera llegado a mí, y después se habría ido. Cuando oí esto me quedé perpleja, y también triste, porque posiblemente había perdido una oportunidad. La oportunidad de algo, de no sé qué.

Ahora, algún tiempo después de estos hechos, me pregunto a menudo qué es mentira o qué es verdad. Me preguntó también qué es producto de nuestra imaginación y qué es real. Por más que lo pienso aún no encuentro una respuesta. Lo único que puedo asegurar es que esta historia me ocurrió a mí.


Tandacucha

Por Patricio Mena Vásconez, Ecuador

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A pesar de lo que creía la gente, pocas veces pasaban cosas dignas de novela en el Consulado de Tumbes. Las ciudades fronterizas entre países en conflicto deberían ser lugares donde se generan muchas semillas de leyendas. Pero con Tumbes no pasaba eso: el desierto circundante, monótono y bello a la vez, inmenso como pocos y seco como ninguno, se transmitía hacia este pueblo cercano a la frontera ecuatoriana y le confería una melancolía y una tranquilidad únicas. El inmenso Pacífico era un contraste brutal con lo que sucedía a su oriente.

Ahora, tampoco es que no sucediera nada. Nadie creería que después de todo lo que había habido entre estos dos países, sus pueblos fronterizos fueran como cualquier otro. Más de una vez tuve que vérmelas con turbas de gente enardecida que quería encarcelar (o más bien linchar) a un supuesto espía ecuatoriano que había logrado llegar con las uñas a las puertas del consulado, o con colegiales de Machala o Santa Rosa, cuyas profesoras traían una carga de quejas sobre como trataban los “gallinas” peruanos a los “monos” ecuatorianos. Pero estos episodios eran más un contrapunto que la melodía principal; un contrapunto que, a pesar de las consecuencias potencialmente graves, era bienvenido ante la monotonía de la existencia del Consulado. Ya había estado antes en un pueblo semejante, en la otra frontera, cumpliendo los mismos menesteres; pero Ipiales en Colombia, diferente por lo frío, lo andino y lo comercial, ni siquiera tenía estas excepciones para confirmar la regla del aburrimiento.

Mi esposa Susana, que soportaba estoicamente el clima y la sociedad tan diferentes a su Quito natal, era mi compañera en estas aventuras diplomáticas, pero a ratos sencillamente no aguantaba más y se iba a visitar a sus parientes en la capital ecuatoriana. Ella se había ido en la mañana y yo estaría solo por al menos quince días, lo que no me hacía muy feliz. Esta infelicidad se manifestó inmediatamente, esa misma noche. Casi no pude dormir pensando en Susana y en el largísimo viaje que le tocaba hacer. En las pocas horas de sueño tuve visiones extrañas, intranquilas, pero -típico de mis sueños- no recuerdo nada en particular.

Gracias a Dios, Susana me telefoneó apenas llegada a nuestra casa en Quito y me dijo que no había habido ningún contratiempo durante el viaje y que tampoco había novedades, ni buenas ni malas, entre los parientes cercanos. Sin embargo, me contó que ella también había tenido pesadillas, y lo más memorable habían sido esas inmensas mariposas negras que en Quito se llaman tandacuchas. Ustedes se acuerdan de ellas: ominosas, agoreras, oscuras, más oscuras que los sitios donde solían vivir, con los ojos de un búho horrible en las alas. A pesar de que eran totalmente inofensivas, su presencia en los garajes y bodegas provocaba espantos sin nombre y cruentas muertes a escobazo limpio. Y Susana les tenía una aversión particular. Todo esto contribuyó a que ella estuviera muy intranquila a pesar de que, en realidad, no pasaba nada. Su intranquilidad se me contagió pero después hablamos de otras cosas y nos despedimos amorosamente. Antes de colgar me dijo que no me olvidara de mandarle algo de ropa ligera porque Quito estaba sufriendo una ola de calor y solo tenía allá ropa muy pesada.

Al otro día me levanté y fui a escoger la ropa que mi mujer había solicitado para enviársela en el próximo autobús. A pesar del viaje tan largo y con tantos transbordos, el servicio de encomiendas funcionaba muy bien. Pero la selección de ropa femenina era algo que no resultaba una tarea fácil para mí, incluso después de tantos años de un matrimonio feliz que había superado crisis que muchos hubieran juzgado terminales. Así que me acerqué al armario donde estaba la ropa de Susana y abrí la puerta con cierto desgano. Pero este sentimiento se transformó en algo mucho más profundo cuando vi que sobre el vestido más blanco de todos estaban posadas dos gigantescas tandacuchas, la una a la altura del hombro y la otra en la cintura. Las monstruosas mariposas salieron volando despavoridas, pesadas y erráticas, ante el súbito aumento de luminosidad. Yo casi me desmayo cuando una de ellas pasó rozándome la mejilla. Sosteniéndome de la puerta del armario, alcancé a ver con el rabillo del ojo que ambas salían como locas por la ventana y se perdían en la mañana cegadora. Después de recuperarme regresé a la selección de ropas y, por razones que no puedo explicar con lógica, no envié el vestido blanco de las tandacuchas a pesar de que era una buena opción.

Los días siguientes pasaron más aburridos que nunca, y encima estaba solo en las oficinas del Consulado y en la casa. Con el personal no había logrado intimar mayormente, a pesar de que eran personas afables y trabajadoras. Los vecinos eran más bien parcos (después de todo, yo era ecuatoriano) y en cuanto a colegas, simplemente no los había: el Consulado ecuatoriano estaba allí precisamente porque Tumbes era un pueblo fronterizo; ningún otro país del universo tenía interés alguno en tener una representación en semejante sitio. Susana llamaba más o menos regularmente (lo máximo posible con el pésimo servicio de teléfonos). Una vez me preguntó si algo malo o extraño había pasado, porque había vuelto a soñar con las mariposas gigantes. Estuve tentado a contarle lo del vestido, pero sabiendo de la fobia verdadera que les tenía, me abstuve y le dije que todo estaba bien. Y de verdad así era: no iba a convencerme a mí mismo de que un par de mariposotas feas eran algo digno de mencionar.

Ya he dicho que la monotonía se veía de vez en cuando matizada por episodios más activos, algunos de ellos desagradables y tristes. Un día particularmente caliente llegaron a la oficina varios ecuatorianos muy alterados, algunos incluso llorando. Una señora de apariencia humilde y con acento costeño me explicó que su nuera había fallecido hace pocos minutos, arrastrada por una de las corrientes de resaca, tan amargamente famosas en las playas del lugar. Me pareció extraño que una persona costeña hubiera sufrido accidentes de este tipo, pero después caí en cuenta de algo: la chica muerta era de Guaranda y tenía muy poca experiencia en las lides del mar. En cualquier caso, traté de reconfortar a los deudos de la mejor manera, sirviéndoles algo de café o té, y tramitando la repatriación de la fallecida lo antes posible. Lo primero fue ir al levantamiento del cadáver, que se encontraba en un centro de salud cercano al sitio del infortunio. Ahí saludé brevemente con la autoridad local, con quien también mantenía una relación lejana pero tranquila. La accidentada era una mujer joven, delgada, con un rostro que, sin ser especialmente atractivo, llamó mi atención por su serenidad casi celestial, que contrastaba con la desgracia terrena que embargaba a sus parientes y amigos. Su suegra, que era la persona que parecía ser la matrona del grupo y que mantenía precariamente la entereza, me tomó del brazo y me apartó del resto del grupo, que incluía ahora a policías y personal médico, para decirme:

“Mire, yo le agradezco mucho por su ayuda. Usted sabe, aquí los peruanos se han portado buena gente a pesar de lo que dicen, pero igual en esta situación encontrar a una persona del Ecuador y tan atenta ha sido una bendición dentro de esta tragedia... Pero quiero abusar de su buena voluntad. Para mi Rebequita no tenemos ropa adecuada como para meterla en el ataúd, mandarla de regreso y enterrarla. Solo trajimos ropa ligera y no quiero que esté con eso en su viaje... Tal vez usted tenga algo que nos preste hasta que encontremos o compremos algo mejor. Yo le ruego...”

En ese momento extrañé más que nunca a Susana, con su don de gente, con su sentido práctico. Ella hubiera estado a mi lado en esos momentos incómodos, haciendo todo más fácil, o si quiera menos difícil. Pero tal vez precisamente por esa necesidad se me ocurrió rápidamente enviar a mi asistente a que trajera un vestido de mi esposa para la occisa. Confiaba en que no metiera la pata y se procurara algo apropiado.

Regresó en un cuarto de hora, sudando y sin aliento bajo el sol canicular de esos momentos. Cuando vi lo que había traído, nuevamente sentí algo similar a lo que sentí al abrir el armario hace unos días; incluso algo me rozó imperceptiblemente la mejilla al comprobar el contenido de la funda: mi asistente había escogido el mismísimo vestido blanco donde se recogían las tandacuchas.

Después de todos los trámites, la chica estaba lista para regresar a ser enterrada en su hogar. Me acerqué a verla una última vez en su tosco ataúd de madera y me pareció que la tranquilidad que tenía su rostro se había multiplicado un millón de veces al estar enmarcado por el hermoso vestido blanco de Susana. Cuando la señora me pidió que se lo vendiera por lo poco que le quedaba, yo no dudé en decirle que el vestido era suyo y que no me debía nada.

Susana está aquí desde hace unos días. Ha sentido mucho lo de la chica ahogada, aunque no tanto como si le hubiera dicho todos los detalles. No se cansa de contarme todo lo que pasa en Quito, sobre sus hermanos, sobre los míos, sobre nuestros hijos y nietos. Uno de los hijos vendrá pronto a visitarnos y debemos preparar el cuarto de huéspedes, que por el momento es depósito de archivos y papeles antiguos. Me recorre un escalofrío al pensar que allí debe haber un nido de tandacuchas especialmente colosales y sombrías... Me recupero de este trance cuando ella me pregunta sobre el vestido blanco que no llegó a Quito y que tampoco está en Tumbes. Que Dios me perdone, pero le digo algo que he preparado desde hace días: aparentemente el servicio de encomiendas ya no es como antes y allí es donde debió haber desaparecido esa hermosa prenda.

“Ojalá por lo menos esté en manos de una mujer buena y bonita”, dice Susana, suspirando, pero convencida de mi mentirita.

Me mira sorprendida cuando le contesto, casi sin darme cuenta:

“Creo que de eso puedes estar segura”... porque yo sé dónde está ahora el vestido sobre el que alguna vez soñaron las tandacuchas del destino.

 

Basado en una historia verdadera contada y protagonizada por mi abuelo Jorge Vásconez Cuvi, ex-cónsul del Ecuador en Tumbes.


Anónimo ginebrés

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He provocado algunas sonrisas en la vida. Pero ahora que lo pienso, de distinto calibre y por distintas razones. No sólo porque mi gracia alegró corazones o porque mis acciones contribuyeron a que lo cotidiano sea más llevadero para alguien. Me parece que provoqué muchas sonrisas de mero trámite, varias de conmiseración, afortunadamente sólo un puñado de sonrisas hostiles y creo que ninguna siniestra. Alguna vez desde el otro lado de un espejo me sonrieron con una sonrisa que no quiero psicoanalizar. (Por otra parte me indignaron siempre, porque no las provoqué, al menos no de forma directa, las sonrisas sarcásticas y gangsteriles de los opresores, desde las primeras planas y las páginas sociales.) Pero si recordara una sonrisa alegre y transparente, para dejar de lado a las sonrisas dudosas o duras, me viene a la mente en este momento, por algún motivo, una de los tiempos de los veranos largos con cometas. Usaba aún pantalones cortos; cuando trataba de atrapar a mi perro, que corría raudo por el patio, volé por los aires y terminé derribado en medio de la hierba, mientras miraba a mis hermanitas con sonrisas por todas sus caras. Nunca olvidare sus sonrisas ni sus ojos brillantes ni sus dientes de leche ni sus vinchas de colores.


Veinte años y ocho meses después
(When I say I love you, you say you better, your better you bet) The Who

Por Xavier Mena, Ecuador

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El 16 de octubre de 1983 es un día que quedó gravado en mi memoria. Ese día acudí a ver lo que era mi primer concierto de rock en Estados Unidos. En efecto, en la ciudad de Boulder, Colorado, se presentaron Jethro Tull y The Who. Ian Anderson hizo delirar con su flauta mágica. Canciones como “Locomotive Breath”, “Aqualung” “Thick as a Brick” y muchas más me hicieron recordar esa etapa feliz de mi vida cuando me entregaba por completo a escuchar ese heavy rock de los 60’s y 70’s.

Esa pasión me viene de mi hermano Patricio, un gurú en la materia. Me acuerdo muy bien cuando él, con sus amigos Marcelo Ramos, Jaques Martinod, Marcelo Moreano, Ranferí Aguilar (el de Alux Nahual), Fausto Arcos, Choby Larrea, Fabián Cuesta, Álvaro León, Miguel Ángel Maldonado (incluso tenían dos grupos grupo que se llamaban Crisol y Brand-X), se pasaban horas escuchando primero a The Beatles, para luego ir profundizando en la materia y escuchar ese rock sinfónico maravilloso de Genesis, YES, Emerson, Lake and Palmer y otros.

Así fue como me fui metiendo en ese mundo, y con mis amigos de siempre, Julio Vásconez, Luis Sosa, Eduardo Vélez, Alfredo Peñaherrera, César Aulestia, Oswaldo Egas, Pablo Veintimilla, Pablo Murgueytio y otros, también nos embrujaba esa música de Led Zeppelin, KANSAS, U2, Queen, Mike Oldfield, y por supuesto, Pink Floyd.

Con Julio y Luis pasábamos horas escuchando y analizando cada canción. Stairway to Heaven, por ejemplo, nos deleitaba hasta el éxtasis. Eran los 70 y había una radio, que era la Radio Musical. Cuando la ponían, me llamaba Luis y me decía, “prende la radio, que están tocando Stairway”. Diego Proaño se fue a Miami y le pedí que me trajera The Song Remains the Same, que es el título de la película de Robert Plant y Jimmy Page. Ese disco de carbón se convirtió en mi más preciado tesoro y hasta ahora lo tengo, bien rayado de tanto tocarlo.

En agosto del 79 se cumplieron los diez años del magno concierto de Woodstock. Hubo una presentación en el teatro Mariscal en Quito, donde pasaron la película del concierto, y allí estuvimos con Luis Sosa, oyendo la guitarra de Hendrix, la voz inmaculada de Joan Báez, los gritos en contra de la guerra de Vietnam y a Roger Daltrey, cantando See me, feel me, de la magnífica ópera musical “Tommy”.

Pero no fue hasta el 16 de octubre de 1983 que mi pasión por The Who entró en su apogeo. En un inmenso estadio de fútbol americano, este legendario grupo musical de Inglaterra empezó su show. Y así empezó uno de los momentos más lindos que tengo recuerdo. El día anterior, con Kevin y Greg, dos cuates gringos, llegamos a las puertas del estadio y dormimos en una camioneta. En realidad, no dormimos, ya que todo el mundo estaba en una onda tan positiva y se escuchaba por ahí a Supertramp, por allá a Eric Clapton, más acá a Paul Simon o The Doors. La gente tomaba cerveza y fumaba marihuana en un ambiente muy pleno y apacible.

Ya en el concierto, luego de la fantástica presentación de Jethro Tull, saltó The Who al escenario y la locura fue total. Y yo también estaba loco. Qué alegría, qué libertad, qué sentimiento. Yo tenía ya alguna noción del este grupo, pues cuando estuve de intercambio en Estados Unidos, mis cuates eran locos por este grupo, así que ya me sabía las letras de las canciones, y empecé a cantar My Generation, Baba O’riley, Magic Bus, Won’t get fooled again, Behind Blue Eyes, Who are you?, Can’t explain, Pinball Wizard, y por supuesto, See me, feel me.

Me compré una camiseta del grupo, que se convirtió en parte esencial mía, hasta que por tanto uso, se acabó. Escuché todas sus canciones, toda su filosofía, vi sus películas, leí su historia y también su tragedia, cuando Keith Moon, el baterista, murió de sobredosis.

Después de ese concierto, fui a otros, el más memorable fue el de los Rolling Stones en Washington DC en el 94. Pero nunca nada habrá igual que ver a Pete, Roger y Tom tocando esa música tan rara, a veces fea, pero siempre en mi corazón.

El 16 de junio del 2003, Giovanna no se sentía muy bien, normal a los dos meses de embarazo y quería descansar, así que tomé en brazos a nuestro hijito Marcellino y nos fuimos a ver televisión. Estaba en esa estúpida rutina de ir cambiando los canales hasta que me quedé seco en el acto. Estaba Roger Daltrey con su micrófono por los aires, Pete Townshend destruyendo una guitarra y Tom Entwhistle tocando el bajo. Era un concierto de The Who and friends, en Londres en el 2002.

Ahí estaban esos tres viejos amigos, ya viejos, con la misma energía tocando como en 1964, cuando empezaron a existir, al igual que yo. Pero lo fantástico de haber prendido la TV justo cuando había un concierto de The Who, fue que estaba junto a Marcellino. Empecé a cantar Ever since I was a young boy, I placed the silver ball, from Soho down to Brighton, I must have placed them all, y Marcello empezó a bailar feliz conmigo. Y así siguieron las siguientes canciones, sobre todo Behind Blue Eyes, No one knows what is like to feel this feeling, behind Blue Eyes” y My Generation “I hope I die before I get old, talking about my generation”

En esa hora que duró el programa, sentí igual que el 16 de octubre del 83, pero ahora lo hacía con mi hijito, que saltaba como yo, que se divertía como yo, éramos uno solo. No sé qué música vaya a escuchar Marcello, pero siempre que pueda, quisiera escuchar con él a The Who y ojalá un día, podamos ir juntos a ver a esos ya viejos roqueros, que tan feliz me han hecho, y ojalá, le hagan a él también.

El 16 de junio del 2003, ya lo hicieron.

Huehuetenango, 24 de junio del 2003


Evil Empire (Ciudad de Guatemala)

Por Michel Andrade, Ecuador

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"Por supuesto, la ciudad se ve distante desde el piso doce. Tal vez por eso debo recurrir a la búsqueda de algún recuerdo, fragmento de conversaciones, o personas que ya no están. Claro, doce pisos abajo solo hay luces, autos que van con prisa..."

El hombre sentado del otro lado del teclado escribía estas líneas, mirando por la ventana de su departamento hacía una Ciudad de Guatemala en la que se ha hecho de noche, y en la noche las luces de la Torre del Reformador (10). Tal vez podría arrancarle algunas palabras a las imágenes de una librería esa misma tarde hace unas horas, con aquel hombre que parecía haberse encontrado con una edición de algún autor cuyas palabras lo impresionaron hace unos años atrás, o la de esa mujer que en la mesita de un café adornada con un mantel bordado de margaritas, esperaba visiblemente nerviosa, mirando el reloj con impaciencia. Inclusive, tal vez podría interpretar que uno de esos "chicos solitarios" de los que hablaba Sábato (11) podía encontrarse caminado por las calles, arrastrando una soledad gris de aquellas de las que se puede construir la locura....

Así que decidió salir a caminar. Claro, una identificación solamente y el dinero necesario para unas cervezas. Tal vez así se podría tropezar con algo o alguien que podría merecer ser retratado en su vocabulario limitado y pobre.

Así que hecho a andar. Cerró la puerta, se dirigió al elevador, apretó el botón... cuando se abrió una pareja dejo de discutir. Ella miraba al piso para no dejar ver lágrimas a un extraño y él respiraba su enojo, bufando un poco, jugando con las llaves del auto en las manos...

Al salir del edificio, en el parqueo que da a la calle, de una camioneta obscura emergieron cuatro hombres vistiendo chalecos negros. uno de ellos hizo una seña a los demás, y del interior de la camioneta apareció un anciano menudo y delgadito con unas rosas en la mano.

Tres calles más allá ... o tal vez cuatro, unas niñas pequeñas vestidas con güipiles y cortes esperan la luz roja para acercarse a los autos y tratar de vender rosas. Otros niños completaban un improvisado circo: uno que hacía piruetas delante del tráfico, saltando y girando, y otro más que escupía gasolina de su garganta hacia una antorcha, todo por mendigar unas monedas... cuando la luz cambió, se reunieron sobre la acera a contar lo que han conseguido, cambiando palabras (en mam, keqchi, kakchiquel, man), o cualquier otra lengua maya (gran circo es esta ciudad (12), murmuró una voz en su mente). Ninguno de ellos tendría diez años. "Quién sabe si llegarán a tenerlos" se dijo, como una reflexión amarga.

Pero ya están cerca las primeras discotecas de la zona viva. Y con ellas las sombras de muchas personas que reían, que bailaban, que gritaban, que cantaban: muchachos y muchachas con esos "raros peinados nuevos" (13) (la misma voz de hace unas calles atrás volvió a hablar en su mente), que bebían en las aceras, porteros de discotecas con intercomunicadores en sus oídos, mujeres elegantemente vestidas, de la mano de hombres elegantes, custodiados por más individuos de chalecos negros... mesas de restaurantes, meseros que servían vino o alguna delicada pasta, recogiendo luego tarjetas de crédito destinadas a pagar las cuentas.

Algún bar se encargó de proveer la cerveza, un lugar pequeño, claro, con un nombre en inglés, solo por aquello de darle categoría. Había una mujer atendiendo la barra, tal vez veinte y tantos, nunca veinticinco, el cabello largo y oscuro, muy delgada, con los pechos menudos y unos jeans apretados a las caderas... "¿qué hacés?" preguntó, mirando como al descuido... "no eres chapín... eres más del sur, ese acento no es de acá, ¿de dónde sos, pues?” .... "¿dónde decís vos que está eso? ah, Sudamérica!, por acá vienen unos colombianos" ... alguien la llamó para pedir un tequila, y ella se apartó sin quitarle los ojos de encima. Al volver con él se acercó a su oído: "mirá", dijo bajando la voz, casi hasta convertirla en un susurro "también tengo `cosas´ que te pueden poner high...."



Nos queda la palabra

Josep, Catalunya

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El amigo Xavier me invita a relatar algún momento donde sentimos algo de humanidad, como antídoto en tiempos de odios y bombas. Yo me pregunto que entiendo por humanidad, y me viene a la cabeza Benedetti, cuando en algún poema sienta que patria es humanidad. Entonces no puedo más que preguntarme que son las patrias y me aparece Roque Dalton, mi más ilustre guanaco, que entre patrias y hermanos, afirma que lo mejor de las patrias son sus mujeres. Pienso que el triangulo es casi perfecto y en mi imaginación regresan todas las mujeres que he conocido, empezando por mi madre, de quien cuando era un patojo era incapaz de separarme. También pienso en todas las mujeres que conocí desde que la adolescencia me alejó del hogar familiar y las veo a todas, con sus sonrisas maravillosas. Llega otro poeta a mi cabeza, Iván Alonso, compatriota generacional, quien sueña en juntar a todas aquellas mujeres en una isla desierta para que alguna feminista le espete lo de -machista!- termino que confunde ccon -egoísta-, porque, yo, como el poeta, también guardo en mi corazón todas las sonrisas que tuve algún día y al imaginarlas juntas, me reconforto, sabiéndome afortunado. De sonrisas y mujeres quizás se hizo mi humanidad, entonces llega otro compatriota, el de Roda de Ter, Don Miquel Marti i Pol, quien siempre me susurra que la suerte es una mujer, de ojos claros y grandes, que te mira desde el fondo de los tiempos y te sonríe maliciosa. Entonces caigo en una suerte de melancolía y solo recuerdo a Goytisolo, certero poeta de Barcelona, que escribió versos sublimes para dos mujeres; Julia Gay, su madre, enterrada entre las ruinas de los cobardes bombardeos de la guerra civil, elegías y versos rescatados de los escombros de recuerdos de una madre y de su ausencia. También sus Palabras para Julia, Julia, su hija, - tu dignidad es la de todos, hija mía-. Tenia razón José Agustín, la vida es bella ya veras, como a pesar de los pesares, tendrás amor, tendrás amigos. Seguro que Julia ya lo sabe. Amor y amigos, ahora solo pienso en el poeta de Burjassot, Vicent Andrés Estelles, el escribiente de la dignidad de un pueblo, eminentemente erótico como el valenciano, besando a su amada y gritando al viento, después del sexo mas humano, que -no hay en Valencia dos amantes como nosotros- , claro Vicent, amantes de la vida, de la humanidad, son ante todo los poetas, ahí solo puedo pensar en otra literata catalana, Maria Merce Marcal, quien un día convirtió su condición de mujer, de clase obrera y de nación oprimida, en su trébol personal; tres veces rebelde, tres veces humana.

Sí amigo Xavier, los poetas, como vos, son humanidad, porque ante todo, la palabra es lo que nos hace humanos y embellecer la palabra es el grado mas elevado de la humanidad. Que se lo pregunten a Blas de Otero, para que nos reivindique ante todo que siempre, siempre nos queda la palabra, o al vasco Gabriel Celaya, cuando gritaba que la poesía es un arma cargada de futuro, es mucho más que eso, es humanidad.

Voy repasando en mi cabeza todos esos versos que alguna vez me dejaron el corazón parado; Lorca, Machado y Miguel Hernández, a todos ellos me los presentó una misma persona. Mi padre. Me paro un segundo y le recuerdo. Era un día viernes, un día corriente, en el que mi padre llegó de su trabajo al caer la tarde, como cada día nos dio un beso a cada uno de sus cinco hijos, a mi madre y fue al cuarto a deshacerse de esos zapatos y esa corbata que tanto oprimen, entonces regresó al salón y nos invitó a todos los hermanos para que fuéramos con él a su despacho-biblioteca. Percibimos cierta solemnidad, pues mi padre estaba serio, no triste, sino con una seriedad entre comprometida y emocionada. Nos sentamos todos en la moqueta, rodeados de libros, entre un inaudito silencio, mi padre buscó entre sus libros, se sentó con nosotros y nos explicó que Salvador Espriu, el poeta de Sinera, había fallecido. Tan patojos, poco sabíamos de Espriu, pero mi padre no perdió tiempo en explicaciones, nos leyó varios fragmentos de la Pell de Brau (la piel del toro), extenso poema cargado de significado. Solo nos invitó a imaginar una piel de toro para que nosotros mismos nos encontráramos con ese mapa maltrecho de españa y ahí ir entendiendo las odas de los versos, de la convivencia de pueblos (traduzco libremente); Diversos son los hombres y diversas las hablas/ y han convivido muchos nombres a un solo amor. También de nuestra libertad; Escucha Sepharad, los hombres no pueden ser si no son libres/ Que sepa Sepharad que nunca podremos ser/ si no somos libres/. También de nuestro futuro:

A vegades és necessari i forçós
que un home mori per un poble,
però mai no ha de morir tot un poble
per un home sol:
recorda sempre això, Sepharad.
Fes que siguin segurs els ponts del diàleg
i mira de comprendre i estimar
les raons i les parles diverses dels teus fills.
Que la pluja caigui a poc a poc en els sembrats
i l'aire passi com una estesa mà
suau i molt benigna damunt els amples camps.
Que Sepharad visqui eternament
en l'ordre i en la pau, en el treball,
en la difícil i merescuda
llibertat.

Ahí va, según traducción al castellano de José Agustín Goytisolo:

A veces es necesario y forzoso
que un hombre muera por un pueblo,
pero jamás ha de morir todo un pueblo
por un hombre solo:
recuerda siempre esto, Sepharad.
Haz que sean seguros los puentes del diálogo
y trata de comprender y de estimar
las diversas razones y hablas de tus hijos.
Que la lluvia caiga poco a poco en los sembrados
y el aire pase como una mano extendida,
suave y muy benigna sobre los anchos campos.
Que Sepharad viva eternamente
en el orden y en la paz, en el trabajo,
y en la difícil y merecida
libertad

Ese fue nuestro pequeño homenaje a uno de los poetas que con los años mas he disfrutado y un pasito mas que nos abría mi padre para descubrir la humanidad de la palabra. Al día siguiente leí en la prensa que Salvador Espriu fue enterrado en el cementerio de Arenys de Mar, de su Sinera, frente al mar y que la multitud dejo paso al silencio cuando alguien entonó El Cant dels Ocells.
El poeta y el exilio

Sigo con la palabra, pues vestida de verso, es sin duda el grado mas elevado de humanidad. Siempre me atrajo la poesía de Machado, con quien imagine los llanos de Castilla mucho antes de conocerlos. También por lo que simboliza su muerte, Antonio Machado esta enterrado en Colliure, un pequeño pueblo mediterráneo de la Catalunya francesa. El poeta tuvo que huir de la guerra y exiliarse en el primer pueblo que encontró después de la frontera, ahí murió al poco tiempo, de nostalgia y de tristeza, viendo una tierra, su tierra, asesinada por la barbarie fascista.

Un verano, junto con una amiga, nos aventuramos por las carreteras del mediterráneo, sin más plan que descubrir lugares. Yo recordaba de mi infancia alguna visita a Colliure, imágenes de un lugar que recordaba maravilloso. Como que andábamos cortos de dinero, viajamos por todas las carreteras antiguas, libres de la extorsión de los peajes, y de tan abandonadas que hasta sus puestos fronterizos estaban tan vacíos como su sentido. Manejando por esa aresta carretera uno podía sentir a la muchedumbre que escapó de la guerra en la españa en 1939, me parecía verlos, cargando sus colchones, maletas y demás enseres, creía ver la tristeza de sus caras, sus abrigos carcomidos por la guerra protegiéndoles del frío de los pirineos, creía ver a mi abuelo entre ellos y también a Machado. Todos. Toda una españa asesinada y olvidada. Todos llegaban a Francia con alguna esperanza, aunque fuera sobrevivir. Las fronteras son sin duda el invento más maquiavélico y diabólico de la humanidad, pero en alguna ocasión, pueden llegar a ser una suerte de ficticia protección.

Esas carreteras te ofrecen una vista espectacular, paisajes adornados por los pirineos cayéndose hacía el mar, formando un increíble mosaico de tonos y colores profundos, el verde de la montaña con el azul mas oscuro del mar y el gris del cielo, todo sobredimensionado. En nuestro camino particular a Colliure, siguiendo los pasos de esa españa huida, paramos un momento en una playa, tan solo buscando Arles, la playa de donde escapó mi abuelo cuando entendió que ese lugar era el hogar que Francia les iba a ofrecer. En ese entonces no había ni naciones unidas, ni estatuto de refugiado ni pajas humanitarias.... cuanta gente murió calada por la humedad de una playa, petrificada con el agua salada, después de huir de sus casas en escombros... Entre esos pensamientos, por fin llegamos a Colliure, pueblo maravilloso, donde sus aguas son tan cristalinas que incluso su puerto parece una piscina. Las anchoas de ese lugar también son famosas, pero solo las podíamos observar, los precios de Francia seguían recordando que Europa existe... también me di el gusto de platicar en catalán con varios aldeanos, probándome cuan ficticias son las fronteras. Entre calles nos fuimos encontrando recuerdos, de pronto frente a nosotros estaba la Pensión Quintana, con su letrero luminoso mas propio de otra época, esta pensión fue el ultimo lugar del poeta, en una de sus camas murió. Mas tarde queríamos llegar a la tumba de Machado, pero por mas que preguntamos nadie nos daba razón. Con una lógica equivocada, también preguntamos a varios policías municipales, a quienes el nombre del poeta enterrado en su pueblo también les sonaba a chino... yo insistía en explicarle a mi compañera de viaje que Machado estaba enterrado allá. Que no era una leyenda, pero ella empezaba a dudar de mis historias.... Finalmente conseguimos llegar al cementerio, un pequeño lugar en la parte alta del pueblo. Ese Cementerio, como todos los cementerios, era la historia viva de un pueblo. Era un cementerio sencillo, limpio y con flores en casi todas las tumbas. A los nombres de los fallecidos, acompañaban las fechas y uno se iba encontrando con tantos nombres españoles cuya fecha de fallecimiento coincidía con nuestra triste guerra. Muchas de esas tumbas permanecían sin flores, casi olvidadas, fiel reflejo de esa españa robada.

Frente a nuestros pasos irrumpió una tumba sencilla, con ciertos adornos simples; varios ramos de rosas rojas, una bandera morada, amarilla y roja, la insignia de la república desterrada en españa y varias cartas escritas, posiblemente de visitas escolares. Era la tumba de Antonio Machado. El poeta reposa en su exilio de Colliure y uno se pregunta porque no esta en un gran monumento en esas ciudades hechas grandes en sus versos, en Soria o Sevilla. Pues porque Machado ya tiene el mayor de los monumentos, la sencillez de ese cementerio convertido en el mayor mausoleo contra el olvido, para que miles de españoles, todavía enfermos de esa amnesia colectiva, hagamos el recorrido tortuoso que un día tuvo que hacer el poeta, y lleguemos hasta este pueblo sencillo, con un ramo de rosas y comprendamos lo que fue el exilio de nuestros abuelos, vecinos y poetas.

Pasamos un rato frente a la tumba, en mi cabeza pasaban los versos de Machado, de un español que mira su tierra, al rato llegaron otros españoles con su ramo de flores, en esa lucha sencilla contra el olvido y homenajes diarios a todos los españoles que vivieron el exilio y a los miles de personas que tienen que huir cada día de sus tierras asediados por las putas guerras.

Después seguimos viajando por el Rosellón, maravillosa región catalano-francesa, y en cada pueblo en que parábamos yo buscaba entre los bares y cada persona mayor que veía me parecía la viva imagen del Pierre Le Maquis que describió Goytisolo y solo pensaba en aquellos hombres que lucharon primero por la República contra Franco, después por la libertad contra Hitler en la Francia ocupada y siempre por la humanidad y muchos murieron con el sueño de poder regresar a sus pueblos. Mientras sigo pensando en Antonio Machado, en Lorca y en Miguel Hernández, recuerdo a ese militar español que decía sin rubor que cuando oía la palabra cultura, empuñaba su revolver o en su versión chapina, cuando otro militar dijo que alfabetismo es comunismo, mientras yo sigo pensando en los versos de Machado y las rosas rojas en Colliure.


Navidad en Zacapa

Por Josep, Catalunya

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Recuerdo la navidad del año 2000, no por ser la primera del milenio, sino por ser la primera que pase lejos de mi familia. También la recuerdo por el contraste, pues los que venimos de la vieja Europa, entendemos la navidad en ese frío recogedor, que le lleva a uno al calor del hogar, no por costumbre, sino mas bien por necesidad, y de pronto me veía en el oriente de Guatemala, lejos de mi familia y con ese calor, mucho mas de 30 grados... La verdad es que yo nunca tuve excesivo espíritu de ese “navideño” pero en tal contexto, casi se me hacía difícil pensar que podría ser navidad...

Por esos días, la oficina de Naciones Unidas en Zacapa estábamos siendo victima de la primera reducción y de ese maravilloso equipo, quedábamos solo los restos del naufragio... Creo que fue a mitad de diciembre cuando llegaron unas personas del centro de acogida para niños abandonados, conocido en el lenguaje oficial como Hogar de Menores. Venían para dejar una solicitud de colaboración para comprar regalos de navidad para más de un centenar de niños de ese centro. Por esos días llegaban muchas solicitudes de este tipo, pero esto no es excusa para explicar que esta solicitud quedó engavetada entre papeles y burocracia de nuestra oficina.

El 23 de diciembre, ultimo día de trabajo previo al descanso navideño, llegaron de nuevo las personas del centro de menores a buscar nuestra colaboración. Sin saberlo éramos la última puerta, pues según nos contaron, todas las instituciones se habían olvidado de ellos, o sea, que su memorial había sufrido el mismo destino que en nuestra oficina.... Evidentemente nadie tuvo agallas para darles tal respuesta. Solo nos pidieron que estuviéramos en el centro en un par de horas para entregar los juguetes a los niños (juguetes que, por cierto, ni tan solo habíamos comprado...). En ese instante no nos planteamos si teníamos el tiempo suficiente, con las dos compañeras de administración y los que quedábamos por allá empezamos la colecta de rigor, juntamos el dinero y nos fuimos al mercado a comprar mas de cien regalitos, con la norma ética de que los juguetes no fueran bélicos y eso en Zacapa no es tarea fácil.... Una vez tuvimos los juguetes compramos papel de regalo, era justo y necesario que cada uno de los niños celebraran el rito de abrir un regalo en navidad, auque solo uno fuera. Una vez tuvimos los regalos listos, los pusimos en un gran saco, estamos hablando de mas de cien paquetes, solo nos faltaba disfrazar a alguno de nosotros de papa noel y a mas de 30 grados, pues....

Llegamos al Hogar de Menores a la hora prevista, nos llevaron a un salón donde, efectivamente, había más de cien niños, todos con los nervios y alegría propia de un niño en navidad. Nos pidieron participar también de la entrega, pues no había un “papa noel” disponible... La ceremonia inició puntual, el rito era de lo más tradicional; una mesa central y los niños, de todas las edades, en forma de público. El griterío se tornó en un abrumador silencio y uno a uno fueron llamados todos los niños, el mismo ritual cien veces repetido, pero cada vez diferente, pues no hay dos niños iguales; la expresión de cada uno al oír su nombre, su nerviosismo al ponerse en pie e iniciar, entre ovaciones, el camino hasta el estrado. Unos sonreían, otros miraban tímidos, algunos corrían y, entre los más pequeños, alguno lloraba abrumado por el relajo, pero todos, todos, se abalanzaban sobre la compañera que les entregaba el regalo, todos la miraban, la abrazaban y le daban un gran y sonoro beso. La ceremonia duro casi una hora, Una vez terminada, tal y como manda la tradición, los niños no dieron tiempo a otros protocolos, buscaban a los trabajadores del centro para mostrarles orgullosos su juguete y como una masa alborotada corrían mostrando sus regalos y admirando los de sus compañeros. La misma masa abandonó el salón para trasladar la fiesta al jardín o a los pasillos, donde en grupitos más pequeños descubrían lo que eran sus tesoros. Detrás dejaron la sala como un mar maravilloso de papeles de regalos de todos los colores. Las compañeras de administración de MINUGUA, después de entregar cien regalos, recibir cien abrazos, cien besos y cien miradas, tan solo podían llorar. Alberto, el coordinador de la Oficina, y yo, espectadores de la escena, nos manteníamos en silencio; los dos teníamos un brutal nudo en la garganta...

Luego tuvimos que regresar a la oficina, posiblemente para ver cosas como Informes sobre la Niñez guatemalteca o estrategias de reducción de la Pobreza..., entonces comentábamos que seguramente detalles como el vivido no cambian ninguna realidad estructural, pero la sonrisa de cien niños durante unos minutos a menudo se sienten mas que mil informes por mil reuniones.

La noche de navidad, una compañera de la oficina nos invitó a compartir la cena con su familia, ahí descubrí la costumbre chapina de darse un abrazo a medianoche para desear una feliz navidad. Todos los abrazos los sentí preciosos. Fue mi primera navidad en América.


Primera Navidad en paz en Bosnia

Por Josep, Catalunya

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24 de Diciembre de 1995, noche de navidad en Croacia. Varios meses antes se habían firmado los acuerdos de paz en los Balcanes. Esa noche en Split, Croacia, tomábamos el ferry que nos había de llevar de regreso a Italia, después de haber transportados varios camiones de ayuda humanitaria a un pueblecito de Bosnia que había sufrido por muchos años el asedio militar y la crueldad de la guerra.

Yo tenía veinte y pocos años y mucha ilusión. Llevar unos camiones de ayuda humanitaria en esos tiempos no era tarea fácil; conseguir el material y los camiones, vencer la burocracia y sobretodo sobrevivir a las continuas fronteras y controles militares desplegados en Bosnia. Era una verdadera locura, pero como digo, teníamos veinte años. Durante el viaje por Bosnia mi única obsesión era que nuestros camiones llegaran íntegros a su destino, esa era mi único pensamiento y a donde iba toda mi energía. Solo tenía ojos para eso.

Subir al ferry de regreso significaba muchas cosas. El barco zarpaba en el puerto de Split, al atardecer y con la maravillosa vista de ese rincón del adriático, entonces era el primer momento en varias semanas que uno podía pensar lo de -tarea cumplida-, y en silencio fumar un cigarro, tomar una cerveza y pensar.

Era la noche de navidad, veníamos de esos pueblos destrozados por la guerra, con una firma de la paz tan reciente y tan soñada que nadie se la acababa de creer. En nuestro trayecto nos cruzamos con demasiados controles militares, con personas asustadas, con soldados perdidos arma en mano, con casas, iglesias y mezquitas quemadas. No hay nada más triste con un pueblo entero arrasado, sus casas teñidas de negro por el fuego, su terrible silencio y su soledad. Cuando te paras en uno de estos pueblos, te preguntabas donde estará la gente. No había nadie. Nadie. Solo restos de casas vacías de vida. Demasiada muerte, demasiada crueldad, demasiada tristeza. En los Balcanes todo es excesivo. Mi cabeza daba muchas vueltas, nuestros camiones habían llegado, todo fue mucho mejor de lo esperado, lo que me daba una satisfacción especial, pero ese trayecto me llenó la cabeza de imágenes que no conseguía ordenar, ya no me acordaba de los camiones, solo veía casas quemadas y rostros, miradas perdidas, caras cansadas. Terror, en casi todos los ojos, más allá de miedo, solo veía los restos del terror. Era la noche de navidad, pero yo ya había decidido que para mi no era navidad, yo no podía pensar en navidad después de todo eso, mi concepto de navidad era muy diferente al vivido. Era una forma de rebeldía muy equivocada.

Cuando la noche ya entraba, nos fuimos a la cafetería del barco, era una sala grande, lógicamente fría, pero que entre todos y entre cervezas, fuimos calentando. Todos hablaban, pero yo me mantenía en silencio, apartado de la conversación e intentando ordenar las secuencias en mi cabeza y buscar una explicación donde no la había. Miraba alrededor de la sala, cada vez había más personas y entre ellos se distinguía un grupo muy numeroso, unas treinta personas, hombres y mujeres, formando un gran círculo. Se distinguían por su ropa, pues frente al blanco y negro general, ese grupo vestían telas de todos los colores, azul, verde, rojo, celeste y amarillo, con unos maravillosos bordados que irradiaban toda la luz. Era una coral de Sarajevo que viajaba a Italia invitada para dar algunos conciertos. De pronto empezaron a cantar y todo el salón enmudeció por completo. Las voces unidas de esos hombres y mujeres formaban una maravillosa melodía que se deslizaba por la sala, instantes antes tan fría, y parecía querer llegar a todos los rincones. Todas las caras iban quedando atónitas, dejándose llevar por las canciones, había miradas perdidas, sonrisas y ojos humedecidos. Después de la sorpresa y del silencio inicial, las voces cada vez se sentían más y más fuertes, y lo eran por que en verdad resonaban en todos esos corazones y repicaban en las paredes haciendo tambalear el barco, con tal suerte, que tomaron la fuerza necesaria y salieron como un vendaval para perderse en la inmensidad del mar. La ventolera era un gran soplo de notas y voces de paz, que como la brisa del mar tenía que llegar a todos esos pueblos que dejábamos atrás. Entonces yo solo podía imaginar esa ventolera de canciones abriendo las puertas y ventanas de todas y cada una de las casas que vi vacías en los pueblos de Bosnia, sentía la música llenar cada habitación donde antes hubo una vida y, de casa en casa, llenar sus calles, sus bares y sus plazas, y como esa música ya estaba llegando a tantos lugares huérfanos de vida y se multiplicaba con tal fuerza que iría llegando a los oídos de todas esas personas que me fui encontrando en esos días. Veía todos esos rostros y miradas, como sentían a lo lejos la llegada del vendaval, y como su rostro iba cambiando y sus ojos, que antes cargaban el terror, ahora se abrían de esperanza, porque después de muchos años, era la primera navidad en paz en Bosnia.


¡¡¡Pero que grande es el mundo!!!

Por Josep, Catalunya

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Tengo algunos recuerdos de cuando era patojo, pero por alguna razón, este lo tengo bien presente. Debía ser muy niño, cuando nos fuimos con mis padres y todos mis hermanos de excursión a un monte cercano de mi pueblo, Sant Llorenc del Munt, una montaña de mil metros de altura. Los latinoamericanos me dirán que eso no es ni montaña, pero en mi tierra es una de las montañas de altura significativa....

Cuando llegamos arriba, me fui hasta lo mas alto, era un día de verano, después de una tormenta, con una claridad increíble, desde allá arriba solo se veían montañas y montañas, a lo lejos la sierra del Montseny y del otro lado los picos de Montserrat, cuando fui descubriendo el paisaje que me rodeaba, creía estar descubriendo algo nuevo, salte eufórico, brazos en alto y como anunciando mi dicha, grite admirado -¡¡¡pero qué grande es el mundo!!!!-. Se pueden imaginar las risas que provocó mi descubrimiento entre mis padres y mis amigos.

Me pase toda la mañana dando vueltas en la cima, observando maravillado las montañas en el horizonte, tantos lugares a los que sentía y todavía siento, una irremediable necesidad de llegar y conocer.


Mi amiga que miraba girasoles

Por Josep, Catalunya

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Tenía una amiga que creció en un pueblo de la rivera navarra, un pueblo de extensos campos de agricultura, de llanos y tranquilidad, aliñado con el mejor patxaran que se conoce. Mi amiga pasó sus veranos en ese pueblo, aprendiendo a desaprender todo lo que le enseñaban en la escuela. De muy niña en el colegio le explicaron de las plantas y sus nombres, en especial los girasoles, así llamados, porque según el profesor, la flor gira siguiendo el curso del sol.

Mi amiga, tan obediente, en verdad lo creía y hasta descubrió que uno de los prados de su pueblo había girasoles y se determinó a ver como esas flores se movían siguiendo el sol. Paso mañanas y tardes enteras, quieta, parada, en silencio frente a los girasoles, pero las flores nunca giraban. Pensó que su presencia quizás les asustaba, así que lo intentó escondida, disimulada entre otras plantas y paso de nuevo horas espiando los girasoles, sin un mínimo movimiento que pudiera asustar a las flores, si era necesario contenía la respiración, tan solo para ver como esas flores se movían. A pesar de su persistencia, nunca pudo llegar a ver el baile de esas flores, y de regreso a la escuela, cuestionó, como siempre ha hecho, esa enseñanza que no pudo comprobar por sí misma.

Pero la historia no tiene un final triste, pues mi amiga ahora anda dando vueltas por el mundo, pero creo de verdad que algún día volverá a su pueblo, para lograr ver como los girasoles se mueven siguiendo al sol, y de bien seguro lo verá.



Anima multicolore

Por Nina, Torino, Italia

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Il posto era uno di quelli che si può tranquillamente definire abbandonato da Dio, dove il calore asfissiante e l’afa la fanno da padroni, assieme alla polvere e al sentimento d’inerzia dominante. Si chiama Chisec, non si sa bene se per essere il posto della “Navajuela” o per” ma è più famoso per essere stato il primo “Polo de desarrollo” con successo del Guatemala. Un “Polo di sviluppo”, detto in italiano, non è altro che, mettiamo, un villaggio rurale più o meno popolato, raso completamente al suolo bruciando tutto quello sta in piedi dopo aver massacrato con macete o a fucilate la maggior parte delle famiglie che vi abitavano, tutti sospettati, bambini come donne e vecchi, d’essere dei pericolosi ribelli guerriglieri. Dopo, una volta fatta pulizia, i militari stessi richiamano i pochi sopravvissuti, con altoparlanti, con volantini gettati dagli aerei, insomma battendo la grancassa per recuperare il pieno controllo dell’area. E lo fanno ben bene: offrono a quelli che si consegnano legna e lamine per costruirsi una nuova dimora, una catapecchia diciamo, che però è sempre meglio delle pendici di una montagna, di una selva per dormire e per procurarsi di che mangiare. Il tutto in lotti di dieci per cinque, ovvero ben accatastati, per controllarsi
meglio e per controllarli meglio. Infatti in ogni “polo” che si rispetti si trova presente un distaccamento militare, a cui tocca principalmente il compito di vigilare e raccogliere informazioni utili per la controinsurgenza, e poi “favorire lo sviluppo” a suo modo, rieducando gli sbandati raccolti ai veri valori della patria anzitutto. Tutto questo e molto di più
ovviamente, è Chisec, o meglio era: da quell’epoca, di rieducazione, di ricostruzione sotto l’egida e la protezione militare sono passati circa vent’anni e le cose cambiano in fretta, anche qui. O non cambiano affatto, però per lo meno i volti si arrugano, i capelli s’imbiancano, le forze cedono, e si scompare. Una ragazzetta di quei tempi adesso ha i suoi buoni quaranta, malportati ovviamente, non tanto per i lineamienti che appesantiti non sono, quanto per i nove figli partoriti ed allevati nella povertà quasi totale, e per quella tristezza custodita nel fondo del cuore per le morti care sofferte al tempo della guerra. Il dolore logora, e Ada ne è una prova patente. Il dolore, se non è razionalizzato con tempo,estirpato dalle viscere, guardato, analizzato per il dritto, il rovescio, circoscritto e poi abbracciato nuovamente, riaffiora in ogni istante, e non si fa maneggiare. In questo caso, ipretesti possono essere mille, inclusi i più banali, ed ognuno sembrerà valido e interessante per ritornare a quel dolore attualissimo, e parlarne, e descriverlo e riviverlo e” chiedere pietà e un po’ di compassione. Così succedeva spesso con Ada, di ritrovarci parlando del suo primo, e unico marito, ucciso di sorpresa dai militari non si sa perchè, e di sua mamma, morta d’inedia scappando nella selva. Però oggi è il 29 giugno, festa di San Pietro e Paolo, i due santi protettori di questa cittadina impolverata e incandescente. La feria di paese s’è installata già da qualche giorno, e il clima è quello delle grandi feste, di quelle che vengono solo due otre volte l’anno, la feria appunto, la Settimana Santa di Pasqua e il giorno dei morti, in novembre, con il fiambre e gli aquiloni. Oggi è il giorno clou di questi festeggiamenti di giugno, che includono gare sportive fra scuole di qui e di lì, sfilate degli alunni tirati in gran pompa, su e giù per le strade della cittadina, con tanto di gran cassa e di lira suonate a più non posso. E poi le giostre, i banchi di dolci e caramelle e zucchero filato, il tiro a segno con gli elefanti, le pannocchie abbrustolite e croccanti condite con maionese, ketch-up, formaggio grattuggiato” E’ strano, non sono mai stata a una sagra di paese dei paesini del Polesine, dove mio padre e mia madre sono nati, si sono conosciuti ed hanno cominciato a scoprire l’amore assieme, eppure stando qui oggi, 29 giugno, è come se mi si accendesse una lucetta nella testa, e il faro di luce illuminasse una scena famigliare, con queste stesse giostre ben artigianali e precarie, i ragazzotti in un nugolo in cerca di far colpo sulle signorinelle fresche di vita là in grappolo raccolte, la musica del xx come sottofondo, e queste stesse bancherelle piene di leccornie d’altri tempi e d’altri sapori, semplici semplici, pieni di sogni e fantasie. E’ un attimo, ma è una sensazione chiarissima: la capacità di sognare e sorridere di quelli che poco hanno o nulla è identica a qualsiasi latitudine. Identica.

Stasera, come in tutte le ferie che si rispettino, c’è l’elezione di miss Chisec, per dirla con i termini di qui, señorita Bombilpek, dal nome di una grotta delle vicinanze, dove secondo la cosmovisione maya locale si trova la divinità del Colle e del Valle che praticamente regola l’intero svolgersi, sereno o meno, della vita dell’indigeno q’eqchi. Qui, sin dai tempi della violenza, ovvero dagli anni Ottanta ormai, non si usa uscire la notte a passeggiare o a prendere semplicemente una boccata d’aria: il massimo che si tollera nel proprio concetto di sicurezza personale, è una scappata al tempio o alla chiesa per le funzioni religiose vespertine: si prega, si canta, si recita il rosario a seconda dei casi e delle Chiese, e poi di corsa a casa. Diversamente si è di malaffare, e allora tutto è possibile e legittimo. Per Ada, i suoi otto figli e un nipotino, andare alla elezione della señorita oggi è un sogno bellamente accarezzato: le piacerebbe eccome, ma il bus che il sindaco ha messo a disposizione dei suoi concittadini per andare fino al salone multiuso, laggiù vicino all’hotel di doña Alicia, già quasi in periferia, parte dalla piazza centrale, davanti al municipio. E per arrivare lì a Ada ci vogliono ancora otto isolati, da farsi tutti a piedi con i bimbi al collo e la fioca luce nello
stradone polveroso che dà paura a solo pensarci. Però oggi vado su e giù per Chisec anch’io, con il mio geep nero Pippistrello (così l’ha chiamato in onore al colore e alla lingua del “sì” il mio ragazzo) un Chevrolet decapottabile piccolo piccolo, e l’elezione della signorina indigena non mi voglio perdere sicuramente. Arrivo a notte fatta alla casa di Ada, e senza nemmeno il bisogno di strombazzare con il clacson eccoli tutti fuori, gli otto eredi di casa Choc! Scendo senza dire una parola - loro, già mezzi euforici hanno la speranza ben accesa - faccio i quattro gradini di terra battuta che mi facilitano l’entrata, vedo Ada, in cucina pulendo i resti di una frugale cena, e le dico:”Olá, che aspettiamo, andiamo all’elezione della Señorita, o no?”. Beh, il sorriso e l’allegria più spontanea e autentica che abbia mai visto si dipinge nelle otto faccette, ancora mezze sporche dei fagioli neri mangiati da poco:
“Andiamo alla gran festa tutti e dieci in una sola macchina?”, è il pensiero unanime che attraversa le nove menti di fronte a me. Beh, il mio ragazzo non lo verrà a sapere salvo che glielo dica io, e poi, un po’ strettini e uno sull’altro come solgono fare qui, ci dovremmo proprio stare. Per fortuna la gente q’eqchi’ non è mai molto alta”
 



Ci vidiamo a Aramengo

Por Nina, Torino, Italia

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Incredibile, incredibile, continuava a ripertersi Lucia quella mattina. Incredibile. La notte era passata lentissima, fra un chiudere e riaprire gli occhi, in un’agitazione incontrollabile, e adesso bisognava preparasi ed essere “bella più che mai”! E che ci faccio con queste occhiaie terribili???, era il suo secondo pensiero assillante, questo sabado 23 settembre del 2000. Non riusciva a crederci: come aveva potuto lasciare che tutto questo gran pasticcio le si montasse attorno, e lei come se non bastasse, condannata oggi ad essere, per tutto il giorno, nell’occhio del ciclone? Lucia voleva sì un matrimonio cristiano, credeva profondamente che il sacramento del matrimonio avrebbe dato radici saldissime alla sua unione con Luis, però un matrimonio semplice semplice, essenziale, e non un vero “pachangón” internazionale, come si dice in Guatemala per dire un festone dei più accesi! Per partecipare alla gioia del suo Luis (un ecuatoriano con la codina, che prima di vedere in tutti i suoi 85 kili per il metro e ottanta che era, alcune sue vecchie zie avevano chiesto timorose: “ma è nero?”) e alla sua venivano dall’Ecuador, dal Guatemala, dal Salvador, dall’Inghilterra, dalla Svizzera e da Parigi, i più vicini, dal Belgio, dalla Toscana e dal Ticino” mamma mia, e che ci faccio con sta faccia? I tre mesi di preparazione a “full” per quest’unione l’avevano stremata per davvero: Luis non c’era, lui era rimasto a lavorare in Guatemala fino a una settimana prima delle nozze, per mettere da parte un po’ di ferie e darsi il gusto di una lunetta di miele di dieci giorni in Sicilia, e lei, dopo tanta assenza dalla sua cara Torino, aveva dovuto inventarsi tutto, dalla chiesa, alla comunità che facesse anche da agriturismo per poterci mangiare tutti, dal gruppo per la musica al menù, adatto a tanti palati” strampalati, dai gazebo (con o senza palchetto???) all’itinerario più semplice per tutta questa tribù di compaesani di terre lontane! E poi, il peggio, l’hotel per tutti, insieme, non insieme, economico o già discreto, centrico per conoscere un po’ la capitale sabauda, o più vicino a casa sua possibile, nella “bassa” moncalierese? Uffa, quanti cavilli e dettagli a complicarla alla grande. Ma il peggio non era nemmeno questo degli alberghi: il peggio era stato fare tutte le benedette pratiche che l’ufficio diocesano matrimoni voleva con largo anticipo per autorizzare le nozze: lei residente a Parigi, lui in Guatemala, volevano a tutti i costi sposarsi a Torino, nella chiesetta che più vicina era alla cascina della comunità di Terra e Gente, quella di Aramengo! Oddio, già il nome la dice lunga: la pratica non si sapeva bene chi dovesse metterla su. Il parroco di lei, dicevano a Torino, e quindi il parroco della sua parrocchia di Parigi. Però il tranquillo prete transalpino obiettava le sue ragioni: secondo l’uso della Figlia prediletta della Chiesa la pratica di matrimonio doveva aprirla il parroco della chiesa dove il matrimonio stesso si celebrava, e quindi il parroco di Aramengo, che declinava senza tentennamenti. Alla fine, viaggi alla Ville Lumiere, dichiarazioni di intenzioni scritte in quattro e quattr’otto via fax dal Guatemala, corso pre-matrimoniale impartito da un missionario congolese di ventott’anni (a loro che di anni ne avevano 36 e 37!!!) in quella piccola cittadina nella Alta Verapaz dove avevano vissuto l’utimo anno e mezzo, atti di e di battesimo e di cresima tradotti e trascritti, tutta la pratica italo-franco-spagnola s’era messa su” e una settimana prima delle benedette nozze s’era potuto tirare un respiro di sollievo. Senonchè all’ultima riunione in ufficio matrimoni era sorta la domanda sibillina: “E dove sono le pubblicazioni?”. S’erano guardati tutti in faccia, Luis, sbalzato giù dall’aereo qualche ora prima e ancora frastornato dal fuso orario di otto ore di scarto, Lucia che moriva dalla voglia di rispondere “ma che ne posso sapere io?”ma non voleva rovinare tutto, l’incaricato della diocesi che era quanto di più burocratico si potesse fantasiare per quell’incarico di concetto” Dov’erano le pubblicazioni? Di sicuro non a Parigi, dove armata la pratica il parroco s’era bello che lavato le mani di ogni altra incombenza che a sua maniera di vedere non gli toccava per niente; no in Guatemala, dove Luis aveva altro a cui pensare, fra linciaggi da scongiurare e diritti umani da difendere in un modo o nell’altro; no a Moncalieri, dove il parroco di Lucia avrebbe anche voluto sposarli, ma era per lei troppo semplice” e non a Aramengo, dove don Peppe aveva dato tutta la sua disponibilità per aiutare questa coppia d’innamorati senza bussola, ma di pubblicazioni non aveva parlato nemmeno lontanamente. Oddio, dove sono le pubblicazioni? Di fronte all’evidenza internazionale si fece fede alla pratica francese: se il vescovo di Nanterre aveva dato il via libera a quest’unione sicuramente doveva averlo fatto a buona ragione, e a pubblicazioni avvenute. Perciò, con un atto di fede meritorio, il matrimonio si poteva celebrare il sabato 23 come previsto. Sennonchè, proprio la notte della vigilia, verso le 10 di sera suona il telefono un’ennesima volta a casa della fidanzata: era fratel Sergio che avvertiva che don Luigi, il monaco cui toccava officiare il matrimonio l’indomani, stava male, all’ospedale, e non si poteva proprio sperare in un miglioramento tanto repentino da poter fare come se niente fosse. Non fu l’ultimo nè l’unico colpo di scena di questa travagliata unione, e Lucia lo sapeva bene: ma adesso doveva correre a farsi i capelli (chissà se alla fine la parrucchiera questa volta si sarebbe ricordata di come fare questa benedetta acconciatura!!!), truccarsi come s’usa fare in queste occasioni, infilarsi l’abito e correre a Aramengo dal suo Luis, impettito e “ chissà com’era il suo vestito? Speriamo di buon gusto, con i latini non si sa mai! Ma tant’è, lui era lui in qualunque maniera venisse vestito, e questa notte sarebbero stati per davvero marito e moglie!!!
Così come i preparativi e l’organizzazione, nemmeno il matrimonio fu uno dei tanti, comune e corrente: la gente accorsa da ogni dove, il giallo di chi avrebbe alla fine unito questi due “promessi”, il coro di ex scout amici di Lucia a cantare e suonare, la gioia contagiosa che si trasmise come scossa elettrica in quella chiesetta del Monferrato, le intenzioni espresse e condivise, le offerte portate all’altare, e il Guatemala presente più che mai, fecero di quel matrimonio una festa speciale, specialissima. Sicchè a Luis e Lucia non parve strano nemmeno un po’ che all’uscita dal tempio, a salutarli e congratularsi con un sorriso dolcissimo ci fosse anche una signora minuta, dai capelli canuti, non conosciuta nè da lei nè da lui, ma dall’aria stranamente famigliare: “Sono la custode della Chiesa - aveva allora detto quasi in risposta alle loro facce stupite - ero venuta per curiosità, ma non ho potuto andarmene sino ad ora. Auguri, auguri tanti, e di cuore, sposini!!!”:

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Así le hablo

Por Nina, Torino, Italia

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Pienso en ella y una sonrisa se me pinta en el rostro sin ni darme cuenta. La veo moverse por el mundo entero sola, fuerte sólo de sus luchas, su amor por todo, por todos, por la vida misma. Pienso en ella y sonrío, y así le hablo.


Las risas

Èlia Susanna. Catalunya

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A mi me encanta sonreír. Me encanta tumbarme bajo los cielos estrellados de San Juan Atitán y de Huehuetenango, en el jardín de la casa de Marco, y mirar las estrellas. Allí descubrí la Vía Láctea y Cáncer. Y en la casa de Carlos, en San Juan, observamos como va creciendo Marte, los días, raros, en que no llueve.
Me encanta tumbarme a mirar las estrellas porque pienso en las personas que me gusta como se ríen y, si me concentro, puedo oír como las estrellas se ríen, ¿y sabes como se ríen las estrellas?, con el sonido de las risas de esas personas, mientras tintinean en el cielo. Todo el mundo debería probarlo. Aunque no se si algunos que he conocido por ahí, podrían entender eso.
El Señor alcalde de San Juan Atitán, siempre sonríe.
Las niñas y los niños de San Juan se ríen de mi, porque intento pronunciar el Mam, y claro, no me sale.
Las niñas de Santa Eulalia se ríen porque las llamo Nawal (Bruja en Q’anjob’al), una palabra que me encanta. Las brujas pueden hacerte sentir momentos que nunca imaginaste, y sonríes.
Las mujeres de San Juan se ríen por bromas que no entiendo, pero sus risas me hacen reír a mi también.
Don Pedro Ramírez, Concejal 2º de San Juan, tiene una de las sonrisas más tiernas que he visto.
Deberías ver como se reía Izabel de Santa Eulalia cuando no sabía donde está Asia.
Y si miro al cielo en la noche puedo ver, y oír, perfectamente la sonrisa de Eugeni. Tú, seguro que puedes ver la de quién quieras.
Creo que nunca me hubiese dado tanta pena irme de Guatemala si yo no hubiese conseguido sonreír a toda esa gente que están tan lejos de mi, que son tan diferentes a mi, si no hubiese utilizado también mi sonrisa. Por suerte, yo también tengo sonrisa. Sin ella, nada habría sido como es y los recuerdos de San Juan Atitán serían otros, pero no los que se van conmigo de las Sanjuaneras y Sanjuaneros. Tampoco los de Santa, con todos esos problemas, serían los mismo. Creo que los de toda mi vida serían diferentes. Suerte que las personas que me han rodeado en Huehue también han conseguido sacar mis mejores sonrisas en esa ciudad tan gris, que a mis ojos, también sonríe, y me sonríe.

`Gracias Xavier por hacerme pensar un poco’.


Dicen que existe un dios omnipotente

Por Carlos González, España

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Dicen que existe un dios omnipotente. (¿Quiere decir esto que nunca le falla el miembro?, o ¿Quizás que se le pone dura con todo lo que tenga dos tetas?, si es que es de sexo masculino). Lo más seguro es que no sea eso. Recuerdo cuando estudiaba el catecismo en el Colegio de la Salle San Ildefonso, colegio obvio que de curitas con sotana puros, castos y moralistas. Decían que el significado del binomio "dios omnipotente" era algo así como aquel ser (que era tres cosas a la vez, cosa que jamás entendí, entre ellas una paloma aparecía siempre) que todo lo podía. Es decir, que poseía el poder, o la posibilidad, o la habilidad de transformar o dejar tal cual todo aquello que le placía. Creó el mundo, y según parece, así como lo hizo, puede destruirlo con un chasquido de sus dedos de dios omnipotente. Afinando más, si dios quisiera que tuvieras el miembro más chico, pues lo piensa y ya. Puede hacer que te salga una peta en la espalda, que las rosas huelan a lirios, o que cualquier día puedas volar como superman. Todo eso y mucho más.
La otra característica de la paloma esa, que además es un padre y un hijo, hijo que nació de una mujer, pero por lo visto nadie la fecundó, y que luego ese hijo le dijo a un cadáver de un tal Lázaro, que estaba comenzando a pudrirse, que se levantara y se fuera a su casa, y....bueno, no se cuantas más.

Pues el caso es que dicen también que además es "omnipresente". La palabreja, según los curas ildefónsicos que me guiaban en mi más tierna edad, significa que está en la pantalla de esta compu, en la cerveza que me estoy bebiendo y en la cerveza del de al lado, y hasta en la que te vas a tomar tú en cualquier momento. Cuando levantas la tapa del W.C., también está en el agua de la cisterna, y detrás de las piedras del monte, y debajo de las suelas de tus zapatos, y encima de tu cabeza, y los tugurios de mala muerte de cualquier barrio kutre de todas las ciudades, y....bueno, en todos los sitios que imagines, pero a la vez.

Es decir, hasta ahora tenemos un fulano que no es fulano, pero tenía un hijo que sí lo era, y que no te lo quitas de encima ni pa'trás. Ahora creo que está aquí, y que dirige mis dedos en este teclado...¿O es este otro al que le llaman el diablo? Según dicen los que visten trajes negros y que no se si llevan calzones o no, cuando las cosas que haces son "buenas", entonces eso es dios que guía tus movimientos, pero si lo que haces es malo malísimo, entonces es ese otro que vive en las entrañas de la tierra, y que se pasa el día quemando gente en unas cuevas muy tenebrosas que nadie ha visto, pero que por algún lado se hayan.

En el mundo hay mucha gente puteada, con una familia hipernumerosa en pésimas condiciones, andrajosos y desgraciados como ellos solos (creo que es cerca del 80% de los terrícolas). Gran parte de ellos dicen que ese dios omnipresente y omnipotente se encargará de ellos, y les dará la vida eterna, y vivirán en un lugar fabuloso lleno de pajaritos y plantitas superbonitas, pero que para eso, ahora en esta vida de mierda que les ha tocado, pues que tienen vivirla así, para que se les incluya en la lista de esos afortunados que tendrán su boleto a ese lugar.

También los hay que en el nombre de la palomita rara esa, agarran un kalasnikov y se van a pegar tiros al monte, o a las ciudades donde viven otras personas, que piensan igual, solo que su dios no tiene un hijo, cuyo padre es una paloma, sino que...bueno, no se si su dios tiene un hijo, o si no lo tiene; no se si fue concebido por un rinoceronte blanco o una pulga del ártico. El caso es que hay muchas clases de dioses.

Pero hay más. Hay otros que no hacen daño a nadie, pero que se pegan todo el día encerrados en unas mansiones que poco tienen que ver con la pobreza, con unas fuentecillas de piedra bien hermosas, y que dicen que están casados con el tipo este, y que por tanto no se acuestan con nadie, aunque yo, la verdad, creo que de vez en cuando le ponen un poco los cuernos a la paloma, o al hijo de la paloma. Por lo menos una buenas manuelas se hacen, como nos hacemos todos los homo sapiens del mundo, que por algo provenimos del homo erectus, digo yo.

Esta gente está todo el día comunicándose con Dios mediante alabanzas y frases que alguien hizo en su tiempo, frases como: No soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme. (Debe ser algo así como que están enfermos y que bueno, la casa debe estar muy sucia y Dios, que es muy limpio, pues que no está bien que entre, pero que si desde la puerta dice algo, lo que sea.. no se cualquier palabra, pongamos.....avechucho!. Pues que el guarro que está dentro se cura rápidamente.....¿Será eso?

Bueno, volviendo a éstos, a los que rezan en las mansiones, pues dicen que así tocándose los huevos en esas mansiones y diciendo esas hilipoyeces, pues que el mundo puede ir mejor, porque dios que es su marido o esposa (debe ser marido, puesto que las mujeres de la iglesia son esclavas del señor de segunda clase), les escucha sus peticiones, y entonces arregla los problemas. Por ejemplo: La familia de treinta y cuatro hijos, por supuesto emigrantes, todos desnutridos, marginados y follados por una sociedad que los aparta en guetos nauseabundos, por el simple hecho de no haber nacido en el chalet de la familia superguay que vive a dos cuadras, o quizás en un país más "desarrollado" como Estados Unidos (que dicen que son los “más mejores” de todos), pues que de repente puede ocurrir que llega Dios, y como escuchó a éstos de las mansiones, pues le da un trabajo de ingeniero aeronáutico al cabeza de esta supuesta familia; a la mujer la coloca de ejecutiva de una importante empresa de químicos; a los hijos les pasa una beca a cada uno para estudiar en Cambridge, y hasta al perro le sale un hermoso pelaje y se transforma en un bonito iredale terrier que sabe traer el periódico, se sienta cuando le dices, "sit", y te da la pata si se lo pides. Puede ocurrir. Alguien me contó que le pasó a un vecino.


Yo no se si este dios existe o no. La mayoría dice que sí, y algunos dicen que hasta lo han visto en no se cuantas formas diferentes (porque además el tío puede cambiar de disfraz cuando le plazca).

Yo tan solo comencé a hacerme una reflexión, desde el día en que abandoné ese colegio de curas. A mi todo esto me suena un poco a chino. De pequeño la imaginación te permitía creer que las brujas volaban en una escoba, y que las cigüeñas traían niños en bolsas desde París directamente hasta la cuna que te vio crecer, que los reyes magos eran unos fulanos (uno de los cuales se pintaba la cara con marcador negro, o al menos así lo conocí siempre), de más de 2000 años de edad, que los días cinco de enero de cada año, repartían regalos a los niños de las familias con un nivel de ingresos económicos determinados (eso me jode, también), y no se cuantas historias más, pero afortunada o desafortunadamente, uno creció y cada día que pasaba, se daba cuenta de que el gordo de papa noel no cabe por las chimeneas, y de que el pobre San José fue víctima de unos cuernazos impresionantes, aunque su mujer le contara el cuento de la paloma.

Entonces: Si dios no existiera, ya podríamos empezar a ponernos las pilas y comenzar a pensar que ni somos el centro de la creación, como piensan la mayoría de los homo Sapiens que creen en un dios que los creó a su imagen y semejanza, ni que dicho dios nos va a sacar de los problemas en los que nos estamos metiendo solitos.

Ahora, y si dios existe....¿Que coño está haciendo ese tío? Ya le vale. Y si se encuentra detrás de mí mirando esto que escribo, pues le diría que mejor se mande a mudar a otro planeta, que éste lo está manejando fatal.
 
 

 Xela, a nosequé día de fines de Agosto de 2003


La historia de Pepeperro
 

Por Carlos González, España

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Érase que se era la historia de un perro, que por común y conocido, todos los vecinos conocían como Pepeperro. Era éste un perro curioso por su manía de planearlo todo, y así, pensaba que te pensaba, siempre andaba meditabundo. Pensaba sobre el origen de los perros, de su afición por los excrementos ajenos, del porqué de sus largas lenguas, de su rabo danzante, de sus amigas las pulgas, y hasta de quién sería el primer perro que fue domesticado por el hombre. Tenía además un gran corazón, aunque sus alcobas andaban cerradas hace algún tiempo, puesto que no llegaban los suministros necesarios para mantenerlas abiertas, ya que éstos desviaban su camino varias manzanas mas arriba, a villa neurona, que trabajaba a destajo día y noche.

 Pepeperro siempre tenía la sensación de que algo se le olvidaba, y cada vez que llegaba a su casa de perro amplia y con mucha luz exterior, pensaba lo que en ese día había olvidado su canina memoria.

 Al principio de su vida de perro, Ppprro recibía visitas de forma casi continua en su morada de la calle la inopia, de la que todos los días comprobaba su número, no fuera cosa de que alguien le hubiera dado el cambiazo en cualquier momento, y en el paso del tiempo, el susodicho fue quedándose cada vez más solo debido a sus reiteradas negativas a compartir las demandas de juego que sus amigos proponían incansablemente. El pensaba que no tenía tiempo para malgastar sus pensamientos profundos en vacíos juveniles que no aportaban nada a sus conocimientos. Se diría que Ppperro tuvo que nacer con algunas cuantas neuronas más que sus mortales congéneres.

 Ppperro se sentaba en la lontananza a contemplar los atardeceres, y mientras observaba ese curiosos fenómeno, se imaginaba como serían las estrellas de aquella misma noche, aunque al llegar ésta, él siempre pensaba en su próximo atardecer. Y así transcurrió su vida, y hasta una preciosa can, que le rondaba hacía un tiempito, decidió marcharse con uno que fue su amigo, en esa etapa de la vida de los perros, donde lo que más les gustaba era morder zapatos, esconder cosas debajo de las camas, tirar de las esquinas de los manteles, mearse en las camas, ir detrás de palos voladores, morder los pies de las personas mientras caminan, y esas tareas de perros más propia de la infancia.

 Mientras, Ppperro seguía preguntándose cada día que fue lo que olvidó ese día, y los días anteriores, y hasta ya sabía que muy posiblemente, mañana también sería víctima del olvido.

 Liz, su amiga humana se cansó de traerle objetos que otros perros que pasaban por la calle recogían gustosamente, y más bien, pareciese que pretendía jugar con un perro estático, de esos que se colocan en la bandeja trasera de los carros, y que mueven la cabeza con cada bache. Y no es que él no se apercibiera de las intenciones de su querida amiga, era más bien su abstracción en planear su inmediata actividad. Cuando decidía jugar un ratito al “tira que lo agarro”, Liz ya se había cansado de esperar, y para entonces ya se había marchado, quizás a echarse un buen polvo con su cuate.

 Era dormilón el condenado, tanto es así que había fines de semana completitos, en los que el maligno se apoderaba de él, y entre teorías filosóficas y ancianas dormitadas, iba de la cama al sofá, y de éste a la alfombra, y ahí en la alfombra completaba el ciclo para iniciarlo de nuevo en la cama. Ppperro siempre decía que dormir es al perro, como la luz a las plantas de función clorofílica, o como el oxígeno a los microorganismos de vida aerobia.

 He ahí, que un día cualquiera de invierno, Ppperro se levantó bien temprano, y marchando a la primera de sus verborreas mentales, en un parque de robles muy coqueto cercano a su morada, Ppperro, al cruzar la calle, ensimismado como de costumbre, no se dio cuenta de la llegada de uno de esos gigantes de cuatro ruedas que a tantos colegas suyos habían dado la boleta al ultramundo. Fue rápido el instante, tanto que no hubo casi resuello de dolor, y así Ppperro yacía confundido entre el asfalto frío de la mañana , y mientras exhalaba su último aliento, recordó al fin aquello que durante toda su vida había olvidado, y así, pudo balbucear entre dientes: Ya se que olvidé. Olvide vivir!!.
 
 

 Ixquilams, esperando a los paisanos que nunca llegaron. 3/6/03


“Pensamientos”

Por Carlos González, España

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Pensamiento 1:
Joder, si me acuerdo de ti. En cualquier lugarcito de estos hermosos rincones puedes aparecer debajo de las setas, o debajo de un retorcido roble próximo a cualquier riachuelo de estas inmensas montañas que constituyen mi preciado hábitat.

Pensamiento 2:
Digo yo que la vida debe ser un continuo amanecer, donde los primeros rayos te acarician las ilusiones, el entusiasmo, y las ganas de vivir. ¿Cuánto vale una sonrisa?, Cuanto un guiño?,.....y una caricia? Cada una de ellas es un rayito de sol, cada una un tesoro escondido en la isla de Robinson, y de cada uno de nosotros depende desenterrarlo, o alargar los amaneceres hasta los confines de nuestra vida.

Pensamiento 3:
¿Qué es lo que mueve la pobreza, la injusticia, la intolerancia, las envidias, las desigualdades y las sinrazones? Tú lo sabes? ¿Será el egoísmo? En todo caso, tenemos toda una vida para resolver este enigma, vital para no continuar dormitando en el mismo saco de incongruente egocentrismo que cargamos a nuestras espaldas.

Pensamiento 4:
Si hablamos de locura, que viva para siempre en nuestros corazones, que crezca el árbol de los sueños y que florezcan los frutos de la infinita pasión. Que muera la vergüenza, los políticos, los lucradores, el capitalismo, la comodidad y los curas. Y que vivan las curvas de tu espalda, los besos al aire, las lágrimas sinceras, los pájaros y las montañas, las miradas y las fuentes de piedra.

Pensamiento 5:
¿Cuál es la mejor creación del hombre? Sin duda.....¡LA MÚSICA!. La música es el color del cielo, la boca de un niño que se aferra a los pechos de su madre, el sexo y el amor. La música es un viaje que te eleva y juega contigo en pleno aire. Con la música me quedo, ¿y tú?

Bueno, no es gran cosa, pero es lo que ha nacido ahora desde el centro de mi corazón. Te lo doy. ¿Lo quieres? Un besazo. Carlos