Un Momentito, Por Favor
Compilado por Xavier Mena
Vásconez
Abuelito,
¿por qué crece el pasto?
Diario de vida:
A los nietos y nietas de la anaconda ancestral
Tratado sobre
la importancia de llevar el pasaporte en la mano dentro de los aeropuertos
Evil Empire (Ciudad
de Guatemala)
Primera Navidad en paz en Bosnia
¡¡¡Pero
que grande es el mundo!!!
Dicen que
existe un dios omnipotente
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“Malditas sean las guerras y los
canallas que las hacen”. Con estas sufridas palabras se refirió Julio
Anguita al enterarse de la muerte de su hijo en la guerra en Irak.
No hacen falta muchas palabras para darse
cuenta de la enorme pena y angustia que debe haber sentido este dolido padre
cuando se enteró de la infame muerte de su hijo reportero luego de que un misil
lo mató mientras cubría la estúpida guerra en Irak que apenas acaba de
terminar.
Justo cuando finalizaba esa maldita
guerra, me preparaba para ir con Giovanna y Marcello a Italia, a visitar
la tierra de ella, y por lo tanto, la de él. Durante tres semanas tuve la
inmensa satisfacción de no haber leído la prensa y de no haber visto la
televisión, sino más bien de deleitarme con mi familia de ese hermosísimo país.
La frase de Anguita me dejó pensando
sobre los momentos. Por ejemplo, ¿cómo será el momento en que un soldado
aprieta el gatillo y en menos de un segundo, otro ser humano ya no es tal, sino
un simple cadáver? Me pregunto sobre lo que habrá sentido ese soldado en ese
momento que mató a un semejante, al que nunca antes había visto y al que nunca
más lo volverá a ver.
Los momentos. ¿Cuántos momentos tiene uno
en la vida? ¿Cuál ha sido nuestro mejor o peor momento? Nuestras vidas están
hechas de momentos y de nada más. Desde el momento en que naciste hasta el
momento en que te morís, solo tuviste momentos, buenos o malos, pero momentos
al fin.
Sobre estas intrigas me entretuve
pensando mientras viajábamos por Veneto y Trentino. Pero sobre todo, me puse a
pensar, ¿en qué momento pude yo haber hecho feliz a otro ser humano, sin
haberlo visto nunca antes y que nunca más posiblemente lo volvería a ver? Y en
el mismo sentido, ¿cuánta gente me ha dado un momento suyo y tal momento me
hizo sentir bien?
Parecerían banalidades las que pienso yo,
pero prefiero pensar banalidades a leer la porquería diaria de lo que pasa en
este mundo al revés, donde en Argentina los niños de Mendoza se mueren de
hambre y de falta de medicinas y al mismo tiempo se dan el lujo de inaugurar un
zoológico con animales exóticos que deben estar siempre bien alimentados, con
un gasto millonario en comida balanceada para animales.
Así que en este preciso momento me dedico
a pensar en esos momentos de mi vida en los cuales a alguien yo le di un
segundo de mi tiempo o alguien me regaló un gesto, una palabra, una mirada, que
me hizo sentir que la humanidad en su mayoría es buena. Aunque también pienso
en otros momentos grandes de mi vida, como aquellos 27 pasos que dio nuestro
hijo Marcellino el 24 de diciembre del 2002 en las ruinas mayas de Zaculew.
Esos primeros 27 pasos que dio nuestro hijo y que los conté un por uno, cada
paso que, en su momento, fueron momentos de alegría infinita.
Y por eso, en este momento, te pido a vos
un momentito de tu tiempo, por favor. Un momentito para que me contés un
momento de tu vida, en el que un gesto tuyo, una palabra tuya, una mirada tuya,
haya dado a alguien un momento de alegría, de paz, de serenidad, de amor. O lo
que alguien te hizo a ti, sin pedirte después nada a cambio, más que tu sonrisa
de agradecimiento, y ni siquiera eso.
Por eso vos, te invito a que compartás
conmigo y con los que quieran leer estas banalidades, un momentito tuyo, pues
tu momento feliz contado por ti, me hará compartir tu momento, y así tendré yo
un momentito tuyo que me hará bien.
Si querés escribir ese momento y
compartirlo, escribí pues. Escribí lo que querrás, pero ponele tu corazón y tu
buena vibra, así dejaremos un libro de buenos momentos para que alguien que
tenga un momento, lo lea, y capaz que llega a tener un momento de paz. Si
querés, pon tu nombre, tu seudónimo, tu país, o si no querés, no pongas nada.
Yo quiero compartir con vos algunos de
esos momentos. Escribí vos los tuyos y luego me lo enviás, si querés. Luego los
ponemos todos juntos, y me hermano Patricio se encarga de ponerlos en Internet.
¿Qué te parece vos? Y si querés, le pedís al que vos querrás que escriba
también, y generamos una cronología de buenos momentos.
Este librito de momentos se lo quiero
dedicar a todos esos locos pacifistas que, en su momento, quisieron impedir la
estúpida guerra preventiva. A esos locos pacifistas que salieron a las calles
para protestar contra la guerra y perdieron. A esos locos pacifistas que
cantaron contra la guerra y perdieron. A esos locos pacifistas que pintaron
paredes contra la guerra y perdieron. A esos locos pacifistas que perdieron
todo, todo, menos la razón.
Gracias por tu darme un momentito, vos.
Huehuetenango, 6 de mayo del 2003
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Eran los últimos años de los ochenta. Yo
estaba en segundo de periodismo y el profesor de Tecnología de la Información
nos había pedido hacer un trabajo de investigación relacionado con la
asignatura. Sin saber dónde me metía empecé a trabajar el tema de los bancos de
información y las bases de datos. Aprendí que el mundo de la informática
avanzaba a tal velocidad que se preveía que en un futuro cercano el mundo
entero podría estar comunicado a través de una gran red informática. Que los
periódicos se podrían leer en la pantalla de nuestro ordenador en casa, que
podríamos hacer compras sin tener que salir a la puerta de la calle, que
tendríamos acceso a nuestras cuentas bancarias, y que a través de una mágica
red de información podríamos obtener datos de todo tipo. Todo desde nuestro
escritorio, con un ordenador no más. Mientras escribía en mi trabajo el
resultado de mi investigación pensaba que aquello parecía más bien un relato de
ciencia ficción que un trabajo realista para la universidad. Sin embargo se
trataba de realismo puro y duro.
Desde hace ya varios años una de nuestras
principales herramientas de comunicación es Internet. Con Internet nos conectamos
con nuestros amigos y seres queridos en cualquier parte del planeta donde se
encuentren. Por Internet leemos los periódicos de todo el mundo, con Internet
negociamos con los bancos, con las bolsas de valores y además compramos y
vendemos productos de todo tipo. Y además Internet nos brinda la posibilidad de
unirnos un grupo de gente, conocidos unos, desconocidos otros, pero todos con
algo en común: el gusto por escribir y por recordar anécdotas de nuestras vidas
que nos han quedado grabadas, y hacer un libro juntos. Un libro virtual, un
libro cibernético.
Y esa ha sido precisamente la idea de
nuestro amigo común Xavier Mena: elaborar entre todos aquellos que se han
querido sumar a la aventura un libro de anécdotas que probablemente nunca se verá
impreso y encuadernado, pero estará en Internet al alcance de todos los que
quieran pasar un buen rato leyendo historias ajenas y amenas. Historias reales
y curiosas que forman parte de nuestras vidas, y que como no queremos ser
posesivos ni apegados, las soltamos a la red para que sean un poco de todos.
Ojalá os gusten.
Conchi González
Por Xavier Mena, Ecuador
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Era el mes de octubre en París. Hacía ya
un frío de la puta madre. Entré en el último vagón de la línea 7, que me
llevaría hasta nuestra casa en Ivry sur Seine. Estaba casi vacío. Saludé a un
hombre que llevaba a su hijita de unos cuatro años en sus rodillas. El hombre,
un árabe, me saludó con un simple gesto. La niña jugaba con un sapito de goma.
Sonó la señal de arranque y de cierre de
las puertas. En el preciso momento que se cerraban las puertas, la niña soltó
el sapito y este cayó fuera del vagón. Su padre quiso atraparlo pero la puerta
se cerró y no logró su objetivo. La niña gritó y la cara de su padre fue
patética. Me levanté y le grité a un hombre que caminaba por el andén
"¡¡¡el sapo!!!". Supongo que no entendió, pero lo vio en el suelo y
lo agarró. El tren empezó su marcha y el hombre corrió tras nosotros y
justamente antes de que el vagón ingrese al túnel, logró lanzar el sapo por la
ventana. Corrí hasta el final del vagón y atrapé el anfibio.
Se lo entregué en las manos a la niña que
lo abrazó con toda sus fuerzas. Su padre me dijo algo en francés y me sonrió.
Por Xavier Mena, Ecuador
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Caminaba con nuestro hijito Marcello, a
quien lo cargaba en mis brazos, por el parque central de Huehuetenango, lugar
al que se dan cita diariamente miles de personas. Mientras mirábamos unos
pajaritos, se nos acercó un niño indígena, de unos siete años, y muy
tranquilamente me preguntó: ¿este niño es hijo tuyo? Sí, le contesté, por qué,
le pregunté. Y me contestó, porque tu hijo es el hijo del sol, y se fue.
Qué momento que viví. Qué regaló me dio
este niño, no por que yo me considere el sol, sino por que tenía en mis brazos
esa luz que es Marcellino para Giovanna y para mí. Esa luz que brilla en su
pelo rubio, en sus ojos azules, en su inocencia, en su grandeza, en su belleza,
en su sonrisa, en su mirada.
Cada momento que veo a Marcellino, veo la
luz, veo el sol.
Por Xavier Mena, Ecuador
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Cuando me gradué de abogado en 1992,
empecé mi carrera como penalista y acudía todos los sábados a visitar en el
Penal "García Moreno" de Quito, a mi único cliente, un norteamericano
de 74 años acusado de ser narcotraficante. En una de estas visitas, mi Mamá me
acompañó. Estaba un poco nerviosa, pues nunca antes había entrado a una cárcel.
Luego de la visita, en el centro del
penal, había que esperar que el guardián abriera la enorme puerta del
panóptico. El centro tiene la característica que es un círculo en el que
deambulan algunos presos, y otros se dedican a vender artesanías.
Mi Mamá se acercó a uno de ellos y empezó
a platicar durante unos diez minutos, sin que
yo interviniera en ningún momento.
Era un hombre de unos 55 años, pequeño y
de sonrisa amable. Le compró un par de sus artesanías y se despidió con un
apretón de manos. Mi Mamá salió contenta de su primera visita a una cárcel y
más de su nuevo amigo. Me dijo que le había impactado la tranquilidad y buen
humor de ese pobre hombre y que no podía imaginarse que delito habría cometido.
Se sentía contenta por haber tenido un momento con un preso. "Estuve
preso y me fuiste a visitar”, reza la bienaventuranza.
Mi Mamá no supo, hasta que se lo dije,
que había estado conversando con Pedro Alonso López, más conocido como "El
Monstruo de los Andes", que en un período de casi diez años, dio muerte a
203 mujeres entre Colombia y Ecuador, considerado todo un record Guiness.
Por Xavier Mena, Ecuador
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El 1 de mayo del 2003 participé con mi
suegro Battista en la gran marcha de los trabajadores en la ciudad de Turín.
Nuestra intención era llegar entre los
primeros a la plaza San Carlos para escuchar los discursos. Así que nos metimos
en la marcha avanzando entre los diferentes sectores gremiales.
Hubo un momento, en el que sin darme
cuenta, estaba junto con un grupo de ancianos, pensando que eran viejos obreros
de la FIAT, pero para mi sorpresa, no eran antiguos obreros, eran los
partisanos sobrevivientes que combatieron al fascismo en la II Guerra Mundial.
Al momento de darme cuenta con quien estaba, me sentí enormemente privilegiado,
pues estaba marchando con esos héroes anónimos que dieron todo para combatir a
los nazis y fascistas que habían sumido a Italia en una de sus peores horas.
Iban cantando la célebre canción
"Bella Ciao", símbolo de libertad y rebeldía. Miré la cara de estos
hombres y mujeres, casi todos sobre los 80 años y pensé en los momentos que
ellos habrán tenido que vivir, soportando la muerte de camaradas, el exilio, la
tortura, el odio, y en ese momento, se me nublaron los ojos por unas lágrimas
de agradecimiento a estos luchadores de la libertad, y en ese momento, me uní a
ellos cantado questa matina, mi sono alzato, oh bella ciao, bella ciao, bella
ciao, ciao, ciao.
Por Conchi González, España
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Con los meses que llevaba viviendo en
Costa Rica -el primer país en el que caí en Centroamérica- ya había aprendido
muy bien lo que es un tamal, cómo se hace, los ingredientes que lleva, y, por
su puesto, su delicioso sabor. En cambio mi amigo Manolo, bien español él y
recién aterrizado en las américas, conocía muy poco de las artes culinarias
ticas.
Al segundo día de llegar a visitarme
andábamos de excursión cuando decidimos parar en una especie de cafetería de
carretera para comer algo. Junto a la barra donde se pedían las bebidas había
una vitrina con estantes repletos de pasteles dulces y salados, y entre ellos,
como no, los tan apreciados tamales. Yo me pedí un café con un pastelito de
crema y Manolo, queriendo deleitarse con nuevos sabores los observó uno a uno,
y sin duda el que más llamó su atención fue el que estaba envuelto en la hoja
de banano. Señalándolo con su dedo índice le preguntó a la camarera "¿Y
esto qué es?", y ella le respondió con aire de indiferencia mientras
seguía colocando los vasos en los estantes "Es tamal". "¿Está
mal?", preguntó Manolo con sorpresa. "Sí, es tamal", volvió a
repetir la camarera secándose las manos con el delantal mientras esperaba que
él le pidiera ya el tamalito para sacarlo. Pero Manolo puso cara de mayor
sorpresa aún, mezclada ahora con algo de indignación. Me mira, la mira a ella
con los ojos muy abiertos y le pregunta "Pero si está mal, ¿por qué lo
tiene ahí?". La mujer se quedó perpleja, y a mi me dio tal ataque de risa
al entender lo que estaba pasando que no pude intervenir inmediatamente para
hacerle ver el malentendido. Manolo estaba cada vez más enfadado viéndome reír
a mí y viendo la cara de inocencia y de no entender nada de la pobre camarera a
quien le preguntaba una y otra vez "Explíquemelo, a ver, si está mal ¿por
qué lo tiene ahí? ¡Mejor lo tira a la basura!".
Tardé varios minutos en poder aclarar la
situación, porque la risa me impedía hablar. Claro, hubo que pedirle perdón a
la camarera y explicarle que se trataba de un españolito recién aterrizado en
tierras americanas y sin muchos conocimientos de los platos típicos del lugar.
Por María Sara Jijón, Ecuador
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Aeropuerto de Milano (Malpensa) [Martes 6
de mayo de 2003, a eso de las 8:30 am] Iba yo saliendo (o entrando, depende del
punto de vista) del filtro de migración de la Unión Europea. Había aterrizado
mi vuelo de Alitalia proveniente de Boston 30 minutos antes, y me estaba
dirigiendo hacia la puerta de salida de mi vuelo de conexión a Roma (donde
vivo). En uno de los tantos corredores en uno de los aeropuertos más grandes y
menos organizados del mundo (siempre se pierde alguna maleta), se me acerca una
señora mayor (de unos 60 años más o menos) evidentemente musulmana y con varios
paquetes en las manos (seguramente llenos de recuerdos, comida, y cositas
varias para algún ser querido) quien con señas (y en árabe) me pregunta como
hacer para llegar a su puerta de salida.
Yo no hablo árabe, y por tanto no
entiendo sus palabras, pero entiendo su preocupación. Entonces, paro mi veloz
caminar y me acerco a ella, le pido que me de su boleto aéreo, leo la
información, le pido que me espere un ratito hasta regresar al sector donde
están las pantallas de televisión con la información de vuelos y puertas de
salida. Le digo que tanto su vuelo como el mío aun no tienen anunciadas las
puertas específicas, pero que igual nos tenemos que dirigir a la Sección A, y
esperar allí. Entonces, nos vamos juntas, ella con sus paquetes, yo con mi
pequeña maleta negra llena de papeles (también recuerdos) y nos sentamos a
esperar....
Allí estábamos, dos mujeres, una
ecuatoriana y una árabe. Luego descubrí que venía del Líbano, y viajaba hacia
París, en donde la esperaba su hija. Ella no habla español, yo no hablo árabe.
Pero, entre sonrisas, gestos, miradas, muecas, y demás, nos íbamos entendiendo.
Yo tenía un libro en las manos, pero no lo leí mientras estuve con ella (o sí,
ya no recuerdo). Me contó que tenía varios hijos, que tenía ya algunos nietos,
me enseñó fotos de toda su familia, en París, Líbano e Inglaterra. Miradas iban
y venían, sonrisas intercambiadas. Y ..... dos mujeres esperando que fueran
anunciadas sus puertas de salida. Me regaló una barra de galleta cubierta con
chocolate (producida en Damasco-Siria). Me la comí (buenísima, parecía un
"tango" de La Universal). Luego, imagino que como un gesto de amistad
(y quien sabe, tal vez de agradecimiento) me regaló pan árabe amasado con sus
propias manos, y unos dulces libaneses, parecidos a los cuadrados de maní que
tenemos en Quito (hasta ahora los tengo en mi cartera).
Finalmente, a eso de las 9:30, ambas
puertas fueron anunciadas. Y, que coincidencia, las puertas estaban cerca, una
de la otra. Ella en la A-9, yo en la A-3. Entonces, comenzamos nuestro caminar
hacia nuestras puertas. Estaban un poco lejos, así que íbamos caminando sobre
esas bandas eléctricas móviles. Que angustia me daba, pues me di cuenta de que
era la primera vez que las iba a usar. Ella iba súper cargada de bolsas. Le
ofrecí ayuda, y ella -con una sonrisa en sus labios- no la aceptó. Cada vez que
caminaba sobre la banda móvil tambaleaba un poco, pero era aun peor cuando la
banda terminaba y se topaba con el pavimento llano (ahí sí que escapaba de
resbalar). Iba con tacos altos, y yo iba detrás de ella para cuidar que no
cayera. Nunca cayó. Reía cada vez que tambaleaba, era como un juego para ella.
La dejé en su puerta, y me despedí de
ella. Nunca supe su nombre (o, no me acuerdo), ella tampoco el mío (o tal vez sí....).
Nos sonreímos. Me dijo "Shukran" (gracias en árabe), le dije
"Afwan" ("De nada" en árabe, y una de las pocas palabras en
ese bello idioma que conozco). [Me dije a mi misma, Sara, tienes que aprender
este idioma, con cuanta gente maravillosa te podrías comunicar, y cuanto
podrías aprender del mundo árabe, si pudieras hablarlo.
Y me dirigí hacia mi puerta, sonriendo.
Por Conchi González, España
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Acababa de llegar a Guatemala como
corresponsal de la revista "Panorama". Era el año 1992. El país era
nuevo para mí y yo era todavía algo inmadura, pero como siempre, muy impulsiva,
sin freno. El arzobispado de Guatemala presentó en esos días una carta pastoral
pidiendo perdón a los mayas por los 500 años de represión mediante la cruz y la
espada. Yo tenía que hacer un reportaje especial para la revista en esa semana,
y propuse como tema este paso tan importante dado por la iglesia católica.
Contaba con el apoyo de mi asistente y amiga Fabiana Freyssenet, y entre las
dos redactamos un magnífico reportaje. Pero una vez terminado sentí la
necesidad de acompañarlo con dos entrevistas, una de las cuales debía ser con
un sacerdote maya. Poco sabía yo de los sacerdotes mayas en ese entonces, por
no decir nada. Es más, sólo sabía que algunas personas eran denominadas con ese
nombre, pero ya el término me sugería algo interesante.
Era miércoles por la tarde cuando mi
amigo George Rodríguez, corresponsal en ese momento de Notimex, me sugería
contactar con una organización maya para conseguir la entrevista con el
sacerdote. Llamé a "Majawik ix, 500 años de resistencia". Eran las
cinco de la tarde. (Señalo la hora por la importancia que tiene en esta
historia.) Una señorita de voz dulce, cuyo acento denotaba no ser
hispanohablante de nacimiento, me respondió. Cuando le expliqué quién era y el
motivo de mi llamada, Margarita, que así se llamaba, me informó que todos los
sacerdotes mayas vivían lejos de la capital, con lo cual tendría que esperar
unos días hasta que alguno pasara por la sede de la asociación para
preguntarles si deseaban responder a mis preguntas. Le dije que lo sentía mucho
pero que no había tiempo. Era miércoles y tenía que entregar mi reportaje el
viernes a más tardar. "¡Ay, cuánto lo siento!", exclamó ella.
"No, no lo sienta", respondí yo, "simplemente déme el número de
teléfono de algunos de ellos y yo me comunico para preguntar quién quiere
responder a mi entrevista". "Fíjese seño" -todos los que hemos
estado en Guatemala sabemos lo que este comienzo fatalista significa. El
“fíjese seño” quiere decir que lamentándolo mucho no hay nada que
hacer- "que ninguno tiene teléfono. Ellos viven en comunidades pobres
donde no hay teléfonos". "Pues entonces dígame dónde vive alguno, el
que esté más cerca, y yo llegaré hasta su casa". Como periodista no puedo
evitar ser bastante terca, y cuando creo que puedo lograr algo, no paro hasta
dar con ello. "Lo siento mucho, seño, pero viven lejos", dijo
Margarita. "Está bien, no importa lo lejos que estén, seguro que habrá un
modo de llegar a la casa de alguno, usted simplemente déme la dirección del que
esté más cerca y yo veo cómo llego", insistí. "Verá, hay uno que vive
en las montañas de San Lucas, pero él apenas se mantiene en casa porque es un
desplazado de Quiché, y seguido viaja a su tierra para vender las telas que
teje su esposa". Margarita seguía poniendo obstáculos y yo empezaba a
perder la paciencia. "Mire, por favor, esto es importante y urgente, y de
todos modos, si llego hasta su casa y no está, pues me regreso y punto",
alegué subiendo un poco el tono de voz. "Pero ¿y si no quiere
recibirla?", argumentó esta vez. Ya estaba a punto de perder la paciencia
del todo cuando un presentimiento muy fuerte me invadió. Era tan fuerte que le
dije con una seguridad absoluta y aplastante "Margarita, no se preocupe,
él estará en su casa cuando yo llegue y además sé que está dispuesto a
colaborar conmigo". No sabía en ese momento de dónde había partido tanta
seguridad, pero la sentía tan fuerte que sin duda se la trasmití a mi
interlocutora, quien ya no tuvo otra opción que aceptar mi propuesta. Decidió
acompañarme al día siguiente.
Eran las once de la mañana cuando nos
juntábamos en la Avenida Bolívar. Margarita vestía su traje típico indígena.
Era la primera vez que yo trataba directamente con indígenas guatemaltecas, y
pesar de nuestras diferencias logramos hacernos amigas. Tomamos un bus que nos
dejó en el parque central de San Lucas Sacatepéquez y ahí nos subimos en un
pick-up que nos llevó montaña arriba. Al pasar frente a unas casas muy humildes
de bloc y lámina Margarita golpeó la cabina del pick-up (por supuesto nosotras
y los demás pasajeros viajábamos en la palangana) y nos bajamos. Pasábamos por
delante de una casa rodeada con una cerca de alambre de espino cuando vi a un
hombre que salía de la casa y se dirigía al camino. Enseguida supe que se
trataba del sacerdote maya que estábamos buscando. Enseguida él supo que le
buscábamos a él y recibió mi mirada con una sonrisa. No le dimos tiempo a
Margarita para presentarnos. Ambos nos habíamos reconocido, a pesar de no
habernos visto nunca antes. "¿Antonio Clemente es usted?", pregunté.
Margarita me miró asombrada. "Sí, soy yo", respondió él. Saludó a
Margarita en su lengua quiché, después me saludó a mí y continuó: "Ayer,
como a eso de las cinco de la tarde, estaba en el Quiché. Había ido a vender
unas telas, cuando sentí que alguien me necesitaba y que vendrían a buscarme
aquí. Logré adivinar que se trataba de dos mujeres, pero no sabía quiénes eran
ni qué querían. Decidí que lo mejor era venirme para recibirlas y averiguarlo,
y he pasado toda la noche viajando para estar aquí desde temprano.
Sin duda Antonio Clemente y yo habíamos
conectado ¿por la vía telepática, tal vez? Y si no, ¿de qué otro modo? A las
cinco de la tarde del miércoles él y yo intercambiamos un mensaje, nos
comunicamos con nuestra mente, con nuestro deseo, con nuestra intuición quizás.
Después nos reconocimos inmediatamente que nos vimos, sin necesidad de
presentaciones. Definitivamente entre el sacerdote maya y yo había conexiones
más allá de lo explicable.
Por supuesto Antonio Clemente recibió mi
solicitud con total agrado. Respondió a todas mis preguntas e incluso me llevó
ante su altar, donde mediante unos frijolitos logró adivinar algunas cosas
importantes y bastante íntimas de mi vida. Pasamos juntos cerca de cuatro
horas. Cuatro horas de casi cuatro décadas de existencia, pero cuatro horas que
no olvidaré jamás.
Abuelito, ¿por qué crece el pasto?
Por Ricardo Cohen, Argentina
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Cuando Aldana, mi nieta de 5 años,
incursiona por el fondo de mi casa siempre se asombra por algo y en este caso,
la cuestión vino a través de una pregunta "por qué crece el pasto?"
te imaginarás el esfuerzo que significaba para mi contestarle, eso me obligó
ese domingo de sol a pararme sobre mis pensamientos y mirar unos ojos azules
profundos hambrientos de conocer algo que para mi era cotidiano pero que nunca
cuestionado.
Reconozco que me esforcé en la respuesta
pero no satisfacía, ni a ella ni a mí. Entonces traté de pensar como una
persona de 5 años y me hice la misma pregunta a lo que respondí
"veamos". A continuación y en una primera etapa nos acostamos con el
oído en el pasto y tratamos de escuchar el crecimiento, cosa que aconsejo
llevar a cabo, y oh!!! sorpresa escuchamos y olimos un universo de cosas, lo
que nos llevó a una respuesta en conjunto: el pasto crece porque sí.
Por Conchi González, España
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Era un día de agosto como otro cualquiera
en la Ciudad de Guatemala. Aparentemente todo era normal en mi vida cuando me
desperté, temprano, como de costumbre, para escuchar las primeras noticias y
tratar de sacar algo que enviar a la Cadena Ser o a Diario 16. Después de ver
el primer noticiero y decidir que no había nada que pudiera interesar a la
prensa española, me senté a desayunar tranquilamente, para después irme al
centro a hacer unas compras aprovechando el día de calma laboral.
Fue a mitad del desayuno cuando sonó el
teléfono. Era Antonio, un joven andaluz muy simpático con quien había mantenido
una relación de dos meses. Nos habíamos separado un par de semanas antes en
México, él regresaba definitivamente a España después de padecer una fuerte
hepatitis y yo volvía a Guatemala donde vivía en ese momento. Habíamos pasado
cinco semanas juntos, las primeras trabajando y viajando, y las últimas él en
la cama y yo haciendo las veces de enfermera. Su voz se oía alegre y exaltada
al otro lado del hilo telefónico. Me preguntó cómo estaba y enseguida fue al
grano: "Conchi, desde que nos separamos no he hecho otra cosa que pensar
en ti. Eres la mujer de mi vida, estoy seguro de ello. Ya le he hablado de ti a
mi madre y ella me ha animado a llamarte. Quiero que tomes el primer vuelo, que
vengas a Málaga y que nos casemos. Viviremos donde tú quieras. Aquí se está muy
bien y estoy seguro que esto te va a encantar". Yo me quedé muda, pero
tratándose de alguien que de cada momento hacía un chiste no sabía si era
sincero o me estaba tomando el pelo. Cuando logré reaccionar me reí y le dije
que no se burlara de mí, que agradecía mucho su llamada tan simpática para
alegrarme el día, pero que con eso era suficiente. El insistió en que no era
broma, que me estaba hablando muy en serio. Finalmente, ya convencida de que
aquello no era lo que yo pensaba, me disculpé diciendo que se lo agradecía
mucho aún siendo en serio, pero que mejor se lo pensara bien, que yo no era una
mujer adecuada para él, que no me conocía lo suficiente,... En fin, hice lo que
pude para no herirle, pero a la vez dejarle claro que no podía aceptar su
solicitud. Cuando colgué el teléfono me quedé un poco triste, pues pensaba que
él debía estar muy decepcionado en ese momento. Sin embargo, obviamente no era
yo la persona más adecuada para consolarle.
Terminé el desayuno, y tal como había
planeado me fui al centro a comprar algunas cosas que tenía pendientes.
Caminaba por la sexta avenida cuando de frente vi venir a Gustavo, el
catedrático de historia de la Universidad de San Carlos con quien tantas
veladas habíamos pasado hablando de temas muy variados. Los dos habíamos sido
inquilinos de una casa en la que cada cual tenía su apartamento propio pero
compartíamos la cocina y la sala comedor. Entre nosotros nunca hubo nada, más
que aquellas largas conversaciones antes de irnos a acostar, y desde que me fui
del apartamento para viajar a España no le había vuelto a ver ni a saber de él.
Habían pasado siete meses, pero enseguida nos reconocimos. El se mostró muy
feliz con el reencuentro y me invitó a tomar un café. Llevábamos unos pocos
minutos conversando, hablando de los siete meses que habían pasado desde mi
partida, cuando comenzó a insinuarse. Empezó diciendo que se había acordado
muchas veces de mí, y que había tratado de conseguir algún número de teléfono
donde contactarme, pero no había tenido suerte. Estaba muy, pero muy contento
de aquel encuentro casual, porque eso le permitía decirme lo que muchas veces
había pensado: yo podía ser la mujer perfecta para él. El tenía trabajo, había
recuperado la casa que tenía alquilada, no tenía problemas familiares, y estaba
seguro que era capaz de hacerme feliz. Dios mío, ¿qué está pasando?, me
pregunté inmediatamente. Estaba perpleja, ¡no podía dar crédito a mis oídos!
Pero después del shock vino lo peor: me dio un ataque de risa que no pude
controlar, y el pobre Gustavo me miraba sin saber si reírse o llorar. Le pedí
disculpas. Por supuesto no le conté la conversación telefónica de un par de
horas antes, sólo traté de disculparme diciendo que era una reacción emotiva al
impacto que me habían producido sus palabras.
Cuando me separé de Gustavo no sabía qué pensar.
¿Le pasa a cualquiera que en menos de cuatro horas dos hombres, sin ninguna
conexión entre sí, sin ponerse de acuerdo, obviamente, porque no se conocían de
nada, pidan a la misma mujer que se case con ellos??? Me volví a casa sin poder
pensar en otra cosa. Estaba alucinada, por ponerle un calificativo, y me
preguntaba si los astros tendrían una disposición especial en ese día.
Como casi hacía a diario, si nada lo
impedía, me senté a almorzar con mi querido amigo Julio, quien me había dado
protección en su casa tras recibir serias amenazas de muerte y a quien además
de amigo y protector consideraba como un padre por la diferencia de edad que
nos separaba. No pude dejar de contarle lo que me había sucedido. El me escuchó
detenidamente, como hacía siempre que yo le hablaba. Pues Julio, aparte de ser
un gran economista, es un estupendo psicólogo. Cuando terminé me dijo:
"Conchi, no me extraña esto que te ha pasado, porque cualquier hombre se
podría enamorar de ti. Y ¿sabes? Me alegro muchísimo de que hayas dicho que no
a tus dos pretendientes, porque a mí me encantaría que te casaras
conmigo". "Pero Julio, ¡me estás tomando el pelo! ¿Cómo puedes
hacerme esto?... Te cuento algo tan personal, como a un gran amigo que siento
que eres para mi, y ahora me resultas con esto!". Yo estaba más bien
indignada. Pero mi indignación se volvió perplejidad cuando insistió, muy
serio, en que no era ninguna broma ni ninguna tomadura de pelo, que por favor
no respondiera inmediatamente, y que me tomara mi tiempo antes de darle una
respuesta.
Claro, a estas alturas, la que no sabía
si reír o llorar era yo.
Quiero aclarar que no cuento esta
historia con el afán de presumir, pues no soy ninguna top model ni algo que se
le parezca. Es más, por fin hace cuatro meses decidí casarme con un hombre que
me ha abandonado hace dos. Quizás cualquiera de aquellos tres pretendientes
hubiera hecho lo mismo. Más bien cuento esta anécdota porque dudo que algo así
se haya repetido alguna vez en la historia de la humanidad, y porque muchos años
después me sigo preguntando qué factores del destino pudieron haber influido
para que tres hombres, el mismo día, me pidieran en matrimonio.
Por Nelson Mamián Guzmán, Colombia
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Me piden que escriba algo y aquí estoy:
el papel en blanco y las letras enredadas en la mente.
Mis recuerdos son dirigidos hacia un
lugar hermoso, a miles de kilómetros de mi origen. Estoy completamente solo,
sentado en una canoa en medio de la selva amazónica y a la orilla de un mar de
agua dulce, color chocolate; los objetos voladores sí identificados me quieren
dejar sin sangre y un perro, que es mi única garantía, desea hacer lo mismo con
mi escasa comida; la noche, hace rato, me abrazó con su sombra y tengo
miedo..... Espero con impaciencia el regreso de los dueños del bote y de mi
destino, una familia indígena Nonuya, que osó adentrarse en la selva sin mi
compañía.
Ustedes se preguntaran que hace ese
infeliz ahí... yo la verdad pensé lo mismo más de una vez; en realidad había
aceptado un contrato con la Fundación GAIA para que apoyara jurídicamente al
Consejo Indígena del Medio Amazonas -CRIMA- y a aquellas comunidades alejadas y
olvidadas por siempre,.. Sí, aquí estoy temblando de miedo y desesperanza.
Luego de un eterno esperar, escuche unas
voces enviadas con palabras ininteligibles y observé las primeras luces de sus
linternas. Estoy a salvo pensé. Mientras mi corazón bajaba la marcha, el motor
Yamaha aceleraba la propia para dirigirnos, río abajo, rumbo a la casa de mi
nueva familia. En ese lugar mágico permanecí una semana; esta familia joven me
acogió con su hospitalidad y sonrisa y me alimentó con sus manjares amazónicos
preparados con yuca brava y pescado ahumado; les devolví sus atenciones con
agradecimientos, alimentos de saber que multinacional y muchas leyes... me
siento Al retorno de mi viaje me contaron una historia sobre esta familia; me
dijeron que la mujer no se casó por amor sino fue el producto del pago de una
deuda; supe que, por error, su hermano había envenenado al hermano de su actual
esposo, lo que generó un serio conflicto familiar; los mayores de ambas
familias se reunieron para saldar la deuda y de común acuerdo convinieron en
que la matriz de ella debía devolver al varón perdido, como efectivamente
sucedió.... Cada lector o lectora puede sacar sus propias conclusiones, yo, a
veces, me pongo a pensar en lo que sentirá aquella bella joven mujer. Eso sí,
aprendí que hay otros mundos con diversas realidades, cosmovisiones y
situaciones y, como es elemental, diversas maneras de ordenar la vida comunal y
familiar, así sea a un costo enorme de las libertades y sentimientos
individuales..
Ahora que lo pienso nunca volví a esa
casa ubicada en la llanura de la selva, en el centro del mundo. Me gustaría
volver algún día para recordar viejos olvidos y a bañarme en sus aguas
cristalinas.. Espero que la vida me dé vida para recuperar ese tiempo y espacio
hoy perdido.
Aquí estoy: las letras enredadas en el
papel y la mente en blanco.
Huehuetenango, Guatemala, Mayo del 2003
Diario de vida:
A los nietos y nietas de la anaconda ancestral
Por Nelson Mamián Guzmán - Colombia
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Me encuentro ahora recordando los primeros
tiempos en el río Pirá Paraná (1), en el noroeste amazónico colombiano. Me
acompañan en este viaje, hacia lo profundo de la selva y de mi ser, la
felicidad de Maria C. y sus dos hijas gemelas, actuales y perennes habitantes
de mi vida.
El traslado hacia ese lugar maravilloso
fue largo, costoso y espectacular y, como es obvio, estuvo cargado de infinidad
de emociones que la mente actual nunca quisiera olvidar. Desde la vieja
avioneta en que viajaba, a través de las nubes y en el centro de una maravillosa
e inmensa llanura verde, pude apreciar aquel río en forma de culebra, que hoy y
siempre seguirá avanzando perezoso hacia el muy lejano atlántico mar ... Desde
ese día no se me olvida su color negro transparente; tampoco se me olvidará
jamás el aprecio inmenso de aquellos gentiles corazones encontrados en sus
orillas- hijos e hijas de la gran anaconda ancestral, que dará vida a este
escrito y a los futuros hombres y mujeres de esta madre selva-, quienes nos
amarraron con sus brazos y sonrisas, a pesar de la diferencia cultural e
idiomática existente entre nosotros.
Viajar por ese río y sus caños es una
experiencia sin igual. Los jóvenes motoristas que a la vez son nuestros guías e
interpretes(2) en las comunidades con que trabajamos, fueron nuestra familia. Con
ellos compartimos experiencias propias y extrañas, nos contaron, sin preguntar,
historias pasadas y antepasadas; nos transmitieron sus saberes milenarios
escuchados y aprendidos de generación en generación; nos leyeron los múltiples
mensajes que a lo largo del río dejaron sus ancestros gigantes y que nuestros
ciegos ojos negros apenas pudieron “ver”. En este mágico lugar cada
espacio navegado tiene un sentido, cada salto natural guarda un mensaje, cada
mito es una historia real: aquí-dicen- ‘fue la matanza de los blancos(3)”;
“aquí estuvo warime(4) descansando”; “aquí en este salto vive
la anaconda ancestral”.. Con alegría y dificultad recorrimos sus caminos
y trochas ... le agradezco a la vida el permiso que me dio para poder ser y
estar, justo en ese tiempo y espacio que me sirve para recordar.
Este escrito quiere ser un homenaje a
aquellos jóvenes amigos y amigas que, abandonando sus familias, nos dieron una
mano y nos sirvieron de puente para transportar los mensajes que queríamos
dejar. Sin motoristas nuestro trabajo no vale nada; sin intérpretes y guías la
situación es aún peor!. Muchas veces, acostados en la hamaca, nos preguntamos:
qué diablos hacemos aquí?; nuestros múltiples palabras tendrán voz en su
idioma?; el oyente captará el mensaje que sale de nuestra mente?; nosotros
mismos no entendemos las palabras castellanas, podrán ellos entenderlas siendo
tan diferentes?; Para qué aprender sino lo puedo transmitir?; para qué hablar
si el interlocutor no me entiende o no hay un interprete cerca que recoja lo
dicho y lo desenrede con nuevas voces, letras y palabras? Sí. Sin ellos hubiera
sido imposible acceder a sus enseñanzas; sin ellos, los ancianos y ancianas, no
podrían robar nuestros mensajes de “blanco” que les sirve para
transformarse y permanecer. Sin esos jóvenes la vida no hubiera sido fácil.
Cuantas veces cargaron los botes y motores de navegación; cuantas veces
colgaron en su cuerpo nuestra ropa y alimentos para sobrevivir -las gemelas de
Maria C no se acuerdan, pero fueron las causantes de los muchos sudores
extraídos de sus cuerpos musculosos color miel-. Sí. A ellos, con los que
tuvimos la fortuna de compartir historias y de vivir con intensidad, es a quien
va dirigida esta carta de vida, porque son ellos, en últimas, los encargados de
cultivar para siempre los frutos dejados por sus fabulosos ancestros..
Con los hijos e hijas de ese maravilloso
río vivimos. Sí. vivimos!. En sus casas; en sus “malocas”(5); en
todo ese universo tan suyo lleno de magia y sabiduría. Fueron meses sin tiempo;
noches oscuras o grises, apenas visibles a través del brillo ancestral que
emana el fuego producido por el breo(6) o el popai(7). Ahí estuvimos: a veces
viendo; a veces sintiendo; a veces compartiendo pequeñas historias nacidas de
nuestro breve caminar por alejadas, olvidadas y andinas tierras; a veces
escuchando mensajes escondidos en mitos, llenos de parábolas, con el que nos
dieron su conocimiento sin esperar nada a cambio.... Ese río se quedó con
nuestros olores y fragancias.. esas gentes sencillas se “robaron”
nuestras voces y palabras. Nosotros, a cambio, alimentamos nuestro cuerpo con
el sabor natural de la madre selva y le proporcionamos a la mente un poquito de
saber espiritual.
Devolver el pasado me gusta. Contar
historias cargadas con viejas voces pensadas en idiomas naturales me hace
reflexionar ..... espero, eso sí, que toda esa sabiduría verde escondida en su
mente oral se mantenga incólume a través del tiempo, para que siga siendo
alimento de vida por siempre jamás!!..
Esos tres primeros meses que caminamos
por aquel río no tienen tiempo. Aún, en este presente, se me eriza la piel al
recordar emocionado el eterno shhhhhhh de los sonidos de la selva y ese golpe
del viejo pilón de coca(8) gritando su lamento en forma de pom pom a través del
viento..
Huehuetenango, Guatemala. Mayo del 2003
Notas:
_________
1) El Rió Pira
Paraná es afluente del río Apaporis,, que es, a su vez, afluente del río
Caquetá; El río Caquetá vierte sus aguas en el gran río Amazonas.. y luego el mar.
En ese lugar trabajé desde 1997 con la Fundación GAIA- Amazonas, brindando
apoyo legal a la Asociación de Capitanes Indígenas de Rió Pirá Paraná (ACAIPI).
2) Personas
bilingües que nos ayudaron a desenredar las palabras castellanas. En la orillas
del río Pirá Paraná y en sus caños habitan varias etnias que tienen sus propios
idiomas: Makuna, Barasano, Taywano, Tatuyo, Tuyuka, Siriano, Carapana, Maku,
etc.
3) En la selva se le
dice blanco al foráneo. Así sea negro o indígena de otro lugar.
4) Personaje
mitológico que caracteriza las historias y leyendas del lugar.
5) Gran casa
circular comunitaria muy tradicional, donde se desarrolla la espiritualidad
amazónica. Tiene techo de hoja de palma caraná
6) Sabia de árbol
que al prenderse da luz a la gran noche.
7) Astilla de un
árbol que se enciende para dar luz. Una vez se termina una astilla se prende
otra y otra. Así sucesivamente...
8) La hoja de coca,
una vez seca al fuego, se golpea en el pilón para convertirla en polvo. Al
mezclarla con ceniza de hoja seca de yarumo, se convierte en el alimento
espiritual de todos los indígenas amazónicos.
Por Alexei, Ecuador
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Yo tengo amigos fuera del molde. El
Alejito es un hombre trabajador y profundamente humano al que las desgracias no
pueden doblegar. Yo estaba en los preparativos de mi viaje, pidiendo prestado
dinero a la mitad del Ecuador y Alejito ya me había prestado una fuerte suma,
cuando unos días antes de que saliera para Francia, se me acerca y me dice:
“mi hermano, ten este cariñito”. Me entregó el dinero que
necesitaba para completar lo necesario para pasar unos días en una playa, con
mi familia, con mis amores, antes de partir por largo tiempo. Al Alejito le
habían robado su carro nuevo, que le costó 17 mil dólares.
Por Alexei, Ecuador
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Podría escribir un libro de recuerdos de
doña Clarita, por ahora te voy a contar solamente dos o tres cositas que fueron
claves para mí. Nunca hubiera podido imaginar cómo conocería a Doña Clarita
(que resulta ser la mamá de un amigo de un amigo de una amiga, o como dice
Serrat “tengo un amigo que conoce una persona que dice que ha escuchado a
alguien decir que tiene un amigo que conoció a un sujeto que un día fue
feliz”), quiero decir con esto que si yo hubiera tenido la intención
clara y consciente de encontrarme con Doña Clarita, no lo hubiera podido hacer,
pero la vida se construye de proyectos y milagros.
Estaba en el aeropuerto de Caracas,
esperando el trasbordo para llegar a París, entré al Internet para saber
novedades de la gente que me esperaba en Francia. ¡Sorpresa! La persona que
debía esperarme, no estaba en París, sino en Estrasburgo, y no podría recibirme.
Yo no hablaba francés, así que vi las cosas de color de hormiga. Desesperado
llamé a mi esposa y le pedí “que encuentre a alguien que me
reciba”; así llegué a Paris. En el aeropuerto, luego de los chequeos, un
poco resignado “a dormir en el parque por tres días”, salí tratando
de encontrar lo que era imposible: una cara conocida. De pronto vi una viejita
toda sonriente con un letrero que decía “Dr. Vargas”; era Doña
Clarita; me preguntó si tenía dinero para el taxi, si quería comer antes de
dejarme en la dirección que yo tenía para llegar. Se quedó conmigo hasta el
fin, atenta servicial. Nada me hizo imaginar que unos meses después viviría con
ella y conocería el tremendo calor humano y la solidaridad de la que solo ella
es capaz. Un mes después fue ella quien llamó a la persona con quien yo vivía
para preguntar noticias de mí y saber si yo estaba bien, quedamos en
encontrarnos unas semanas después frente a la Torre Eiffel. A inicios de mi
estadía en París tenía muchas dificultades y había perdido cerca de 10 kilos de
peso; al verme, Doña Carlita se aterrorizó y me invitó a comer, me hizo conocer
los mercados más baratos de París y me indicó cómo debía utilizar el metro.
Finalmente, a finales de noviembre, mis
problemas llegaban a su clímax, mi visa expiraba y no tenía domicilio ni carta
de residencia, Doña Clarita acababa de llegar del Ecuador y me llamó para darme
las cartas que había enviado mi familia, le conté mi problema y me dijo sin
titubeos: “venga a mi casa, yo le doy la testación de domicilio”;
así comenzó realmente mi estadía en París y mi cariño y admiración por esa
mujer pobre que da todo, sistemáticamente, sin esperar recompensa.
Por Alexei, Ecuador
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Era un primer domingo del mes de
diciembre 2001 y mí primera visita al museo de Louvre, imaginaba la enorme
cantidad de gente que iría, así que madrugué. Delante mío habían unas 20
personas, llovía y comenzaba a hacer un frío de perros y yo sin ropa de
invierno, así, esperamos cerca de tres horas, la cola ya tenía un par de
cientos de metros cuando se anunció la apertura del museo (que de paso jamás
había recibido tal número de visitantes en un día, la cola se mantuvo tan laga
como te cuento casi hasta les 4 de la tarde).
Detrás de mí estaba una parejita de
extranjeros que seguramente eran nórdicos y, claro, no hablaban una sola
palabra de francés. Yo tenía la viva intención de ir directamente a ver
“La Mona Lisa” de Leonardo, así que apenas entré, pregunté a la
guía -en mi tzantzaco francés- cómo podía encontrar el famoso cuadro y ella me
indicó el camino. Estaba a punto de emprender solo el viaje cuando descubrí a
la parejita tratando de descifrar el mapa del museo con la intención de llegar
precisamente a “La Mona Lisa” de Leonardo. Las miradas eran más que
claras, estaban desesperados. Les hice señas que me siguieran y arribamos los
primeros, estuvimos solitos casi 15 minutos frente a la magna obra de Leonardo
que nos miraba sonriente, casi feliz, ellos abrazándose y amándose en esa
soledad privilegiada. Yo partí a buscar la Venus de Milo y la famosa escultura
de “Psiquis rescatada por el amor” y ellos quedaron allí, abrazados
y felices frente a su “Mona Lisa”.
Por Alexei, Ecuador
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Era mi segundo día de trabajo como
auxiliar de enfermería y no sabía nada del oficio, el día anterior me había
roto la espalda levantando, lavando, bañando a los viejitos de la casa de
retiro, nadie me dirigía la palabra ni me ayudaba y de paso, no recibía ni el
almuerzo. Esa mañana llegó para trabajar, como yo, en el “trabajo
temporario” un negrito senegalés, alto y muy fino, dulce al trato,
llamado Nina. Era auxiliar de profesión pero estaba haciendo sus estudios de
enfermero, tenía dos hijas pequeñas y muchos sueños entre las manos. Vio las
dificultades que yo tenía y me acompañó toda la mañana, hicimos el trabajo
juntos y rápido, me enseñó el oficio entre señas y rizas. Yo no tenía dinero para
el almuerzo así que al medio día me escondí para evitar tener que dar
respuestas embarazosas. Nina había notado mi ausencia y sin dudarlo me buscó
para ofrecerme la mitad de su sánduche (que su esposa le había dado para el
almuerzo); en mi media lengua hablamos un poco y compartimos proyectos y
certezas. Nunca más he vuelto a ver a Nina, pero donde quiera que esté, sé que
hará un buen papel como enfermero.
Por Alexei, Ecuador
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Uno de los seres humanos más humanos que
conozco se llama Xavier, su aspecto serio logra realmente ocultar la dulzura de
su alma. Una tarde nos citamos como siempre en Place de Saint Michel y
caminamos juntos por esas calles del frío Paris decembrino, Xavier me contaba
los anécdotas de cada calle, de cada barrio, compartiéndome el calor humano que
me faltaba. Fue Xavier quien satisfizo mi sed de conocimiento sobre sitios
culturales, cinemas latinos y cursos de francés. Fueron Xavier y su esposa
Giovanna quienes me regalaron la única plancha y la única mesa de planchar que
he tenido en dos años, a quienes “ayudé” -si lo poco que hice puede
llamarse ayudar- a “demenager” cuando tuvieron que irse de Francia.
Fue Xavier quien me ha regalado la noche y la mañana más agradables de toda mi
estadía en Francia, al leer sus libros.
Xavier, quien con su aspecto serio logra
realmente ocultar su humanidad.
Tratado sobre la importancia de llevar el pasaporte en la mano
dentro de los aeropuertos
Por José Luis Pimentel, español desde
Uruguay
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Hice la maleta la noche anterior, todo
perfectamente controlado hasta el último detalle insignificante para pasar un
mes trabajando en Bolivia. Vuelo Montevideo-La Paz haciendo escala en Buenos
Aires. Que no se me olvide nada, de todo lo que me iba acordando que me faltaba
lo apuntaba en la agenda...Bien, todo en orden, la maleta hecha, desayuno con
Ana María sin prisas, dos horas antes en el aeropuerto de Montevideo, el primero
en abordar, fácil, todo hecho, equipaje facturado y a Buenos Aires, donde tengo
que hacer una escala de cuatro horas para después viajar a la Paz. Un paseo de
media hora en avión desde Montevideo hasta Buenos Aires, leo la revista de
Aerolíneas Argentinas y hasta parezco que llevo toda la vida viajando, un
profesional vamos. En Buenos Aires me espera un tipo con mi nombre y que me
acompaña hasta el mostrador de la aerolínea boliviana, como tengo cuatro horas
hasta las cinco de la tarde me voy a ver donde comer, reviso cual de los dos
restaurantes es mejor, cual tiene mas luz, cual tiene las sillas mas cómodas...
en fin, decido que es mejor el restaurante que está mirando a la pista para
poder ver los avioncitos despegar. Antes de sentarme a comer espero un rato
leyendo El País, no quería comer demasiado pronto (no sea que luego llegue muy
tarde a La Paz, y me dé el hambre), tampoco como mucho para que no me sienta
muy pesado, una ensaladita y un café, claro que como me he quedado con hambre
me como un pedazo bestial de pastel y acabo igual de pesado que si hubiera
comido un bocadillo. En fin, que sean esos todos los problemas que uno puede
tener en la vida...Termino, pido la cuenta, pago y antes de levantarme junto el
pasaje de avión y el pasaporte...y el pasaporte”y el pasaporte”.Y
EL PASAPORTE!!! Dónde coño está el pasaporte!, si lo tenía en el abrigo, no
está en el abrigo, en el maletín...tampoco. AAARRG!!, HE PERDIDO EL PASAPORTE,
no puede ser, me siento en otro lado, vacío todos los bolsillos, saco todo,
monto un mercadillo improvisado de discos, papeles, la calculadora, los tapones
de los oídos, el despertador, los disquetes, la cámara de fotos, el cepillo de
dientes, los billetes....TODO!, ESTÁ TODO MENOS EL PASAPORTE!... vuelvo a mirar
el abrigo y el calor corporal empieza a aumentar, sudo por la cara, NO PUEDE
SER....recojo todo, que nadie se de cuenta, nadie me ha visto...QUE HAGO??? A
ver tranquilízate, piensa, hay una solución, siempre hay una solución. Primero,
dónde coño está el pasaporte, entré con él en el avión en Montevideo, de eso
estoy seguro porque me lo pidieron en inmigración, ahora hay dos posibilidades,
una, que se me cayera en el avión...estoy jodido porque el avión seguro que ya
se ha marchado...otra que se me cayera en este aeropuerto, pero no se me ha
podido caer porque solo he hecho un recorrido desde la salida del avión hasta
el restaurante y ese ya lo he revisado, si alguien lo hubiera encontrado me
avisarían digo yo”decidido, está en el avión, me voy corriendo a la ventanilla
de aerolíneas a decirles que un avión suyo tiene mi pasaporte, cuando llego a
la ventanilla me doy cuenta de que a la hora que es ya el avión se ha marchado
fijo, entonces?, a ver, asumámoslo, he perdido el pasaporte en un país en
tránsito entre dos países, ninguno de los cuales es el mío, con lo cual no
puedo quedarme en Argentina y aunque me devolvieran tampoco podría entrar en
Uruguay, sin olvidar el pequeño detalle de que tengo un contrato firmado que
empieza mañana por la mañana en La Paz y como no llegue alguien me va a
demandar...a esta altura ya sudo como un pollo, la boca se me reseca, y el
corazón lo siento en la cabeza. Me siento y pienso”a ver mi única
oportunidad es hacerme el tonto e intentar llegar hasta Bolivia, que entro en
el avión a Bolivia bien, que no, les intento convencer de que voy en viaje
oficial y que arreglaré los papeles en mi embajada en Bolivia cuando llegue.
Vale, soy un actor”cómo disimulo, hasta le sonrío a las azafatas de
tierra cuando pasan a mi lado”holaaaaa.. llego a la sala de embarque y me
siento, saco un par de papeles y me pongo a leer, uuuuy que interesaaante,
anoto algo con el lápiz”soy un genio, tenía que haberme dedicado a la
interpretación, nadie se ha dado cuenta de que he perdido el pasaporte y que
estoy sudado hasta la espalda. Y llega la hora, como la del examen final, o la
del odontólogo, o la de la entrevista de trabajo. Me levanto ahora sí con mi
mejor sonrisa, la azafata es mujer, algo mayor Hola señor Pimentel le estábamos
esperando, ¿Ah, sí? me alegro, Su pasaje por favor? Tome, Muy bien pues
enseguida traen la tarjeta de embarque, me puede enseñar el pasaporte?... ¡¡¡ME
PUEDE ENSEÑAR EL PASAPORTE!!!.... no, esa no es la pregunta adecuada, es más,
se supone que esa pregunta no tenía que hacerla, NO, está usted suspendido, esa
muela hay que sacarla y ahora, no reúne las calificaciones necesarias para este
trabajo......Ah, sí, el pasaporte, espere un momento que ahora se lo doy,
reviso el abrigo y no está, que raro?, abro el maletín y tampoco está, pero que
raro?, Disculpe señora voy a revisar tranquilamente en el asiento porque me
estoy poniendo nervioso, Revise porque sin pasaporte no le puedo dejar pasar, y
además tendríamos que devolverle a su país, de donde dice que es usted?... Sí,
sí, no se preocupe, si lo llevaba encima hace un rato”Vuelvo a montar el
mercadillo de cosas inútiles ahora sí con 235 personas mirando, que actuación,
vuelvo a sudar, (lo que es la autosugestión), Mire señora no lo encuentro no se
que pasa, Donde ha estado, vaya a la cafetería a ver si se le ha caído ahí. Voy
sin mucho convencimiento sabiendo a ciencia cierta que mi pasaporte está en un
avión camino a Brasil. Mire, no lo encuentro, Verá yo soy funcionario de la
delegación de la comisión europea en Bolivia, necesito tomar ese avión. No no
no, yo sin pasaporte no le dejo pasar. A todo esto ya todo el mundo se ha dado
cuenta de que he perdido el pasaporte y que estoy acabado, todos me miran con
ojos muy abiertos...y de repente pasa algo inesperado: me doy cuenta de la
inevitabilidad del asunto: no hay nada que hacer”será lo que tenga que
ser, a pesar de apuntarlo todo, de hacer la maleta el día anterior, de tenerlo
todo controlado, voy y pierdo el pasaporte en medio de ningún sitio”ya me
da igual todo, que me devuelvan a España, total que mas da, para que fingir,
soy un desastre, toda mi vida intentando no parecerlo pero para qué, apuntando
los recados, tratando de acordarme de todo, de no olvidar las llaves, de no
perder la agenda, tratando de demostrar a todo el mundo que no es verdad, que
no se me olvida todo constantemente, que no pierdo las cosas cada dos por
tres......y estaba en estas divagaciones cuando de repente se escucha por el
walkie talkie”He encontrado el pasaporte del señor Pimentel. Que suerte
tiene, hemos encontrado su pasaporte tirado en un pasillo, ahora lo traen,
puede subir al avión...
Por Ángela Mejía, Guatemala
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Mi primera experiencia laboral fue un
perfecto fracaso. Estaba aún en el colegio cuando tuve la brillante idea de
emplearme durante la época de las vacaciones y ganar dinero para ir de viaje a
la costa caribe. La idea había caído en buen momento porque mi hermana estaba
inaugurando una pequeña empresa y estaba buscando a dos personas que se
dedicaran a hacer sobres tamaño carta; junto con una amiga, nos ofrecimos para
hacer la tarea y así fue como nos lanzamos en nuestra primera aventura laboral.
El trabajo se hacía en una imprenta; al llegar nos dieron una bata color gris de
aspecto sumamente lúgubre la cual decidimos no usar porque nos pareció muy fea
y fuera de moda; esto nos hizo ganar nuestra primera llamada de atención,
además de no permitir nuestro ingreso a la planta de producción.
Aclarado este asunto y ya con nuestras
batas puestas, nos explicaron lo que debíamos hacer, nos asignaron nuestro
lugar de trabajo: una mesa con dos sillas incómodas, duras y sin respaldo, nos
señalaron la meta del día y empezamos a trabajar. En este lugar había cerca de
cincuenta personas, el ambiente era de un silencio sepulcral apenas
interrumpido por el sonido de las máquinas; de inmediato nos sentimos atraídas,
fascinadas por todo aquello, nunca habíamos visto algo semejante y nos pareció
pertinente hacer un recorrido para observar en carne propia el funcionamiento
de una empresa. Sobra decir el enojo de nuestra supervisora cuando llegó a la
mesa y el lugar estaba vacío; nos encontró dos secciones más adelante con uno
de los obreros que nos estaba explicando el proceso de impresión de un libro.
La imprudente mujer nos mandó de vuelta a nuestro lugar, no sin antes
advertirnos de las sanciones que tendríamos si esto volvía a ocurrir; sus
amenazas no debieron asustarnos lo suficiente porque en su primer descuido
decidimos tomarnos un descanso: buscamos agua, estiramos nuestro cuerpo,
conversamos sin ninguna prisa y volvimos a nuestro lugar una vez sentimos que
habíamos recuperado las energías perdidas.
En la hora del almuerzo, continuamos
visitando las instalaciones ante las miradas de asombro de los demás obreros,
quienes seguramente se preguntaban quiénes eran esas dos adolescentes que se
atrevían a desafiar las reglas de esta manera. Nosotras ni siquiera sabíamos
que las reglas existían. Al finalizar el día, no habíamos cumplido ni la tercera
parte de la meta asignada y fuimos despedidas de inmediato. Salimos felices y
satisfechas del lugar. Por primera vez en mi vida, entendí que trabajar era un
asunto muy serio.
Por Ángela Mejía, Guatemala
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Lo tengo, lo tengo, ya sé qué hacer para
que los mortales no nos despojen del poder, vociferaba felizmente Venus, no sin
antes lanzar con fuerza un dardo en forma de trueno.
-Qué has pensado hacer? Preguntó ansiosamente
Cibeles.
-Muy fácil querida, simplemente nosotras
acaparemos la información esencial y a los mortales les damos el resto.
-Qué ingenioso! Ahora ya veo por qué eres
la coordinadora. En pocas palabras lo que quieres decir es que los casos políticos
serán solo de nuestra incumbencia y ningún mortal tendrá acceso a la esencia
del poder? ¡¡¡Asombroso!!! “.. Pero solo vislumbro un pequeño problema:
cómo has pensado hacer para que la información no se filtre?
-Ya lo he pensado Cibeles. Solo necesitamos
un contenedor exclusivo, una especie de búnker desde donde atenderemos nuestros
casos, sin que nadie pueda escucharlos. Tengo visto el lugar, solo que
actualmente está ocupado por una mortal insignificante que hace un oficio de
tercera y de la cual me desharé fácilmente, ya verás.
-Te refieres al contenedor que está en el
patio? El que está ocupado por aquella que se dedica a hacer educación en
derechos humanos? preguntó Cibeles mientras degustaba un refrescante vaso de
agua.
-Exacto, respondió Venus al mismo tiempo
que soltaba una bocanada de humo. Esta misma tarde le ordenaré que abandone el
lugar porque tú lo ocuparás.
-Y qué piensas hacer con ella? Dónde la
ubicarás? Hay que cuidarse de no enviar un mensaje muy nocivo. Además, qué
dirán en la sede? Ya sabes que tienes que cuidar tu buena imagen a la que tanto
he contribuido.
-No te preocupes Cibeles, le asignaremos
tu antiguo lugar.
-Mi antiguo lugar? Pero Venus, tú sabes
bien que esto no es posible porque en dos semanas vendrá el nuevo oficial político
y ocupará esa oficina.
-Lo sé muy bien, yo misma se la ofrecí
cuando hablamos por teléfono pero mientras tanto le haremos creer a ella y a
los demás que somos muy buenas, que nos preocupa su bienestar y que somos casi
humanas, ya verás”
Fue así como me quedé sin un lugar de
trabajo por espacio de varios meses. Anduve deambulando hasta encontrar una
nueva oficina. Las diosas del Olimpo habían decidido mi destino, sin yo
saberlo.
Por Ángela Mejía, Guatemala
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Trabajar en MINUGUA fue una cosa terrible
y a la vez maravillosa. Lo mejor: los amigos y amigas en un sin fin de países,
entre ellos José Pop, nuestro querido traductor. No hemos vuelto a tener
contacto desde hace mucho tiempo, pero ambos sabemos que la amistad y el cariño
allí están.
Con José tuve una memorable expedición en
la que me sentí una absoluta inútil. No recuerdo el nombre del lugar de El
Petén hacia donde nos dirigíamos, pero teníamos que caminar unas cuantas horas
por en medio de un gran lodazal. José vestía un pantalón blanco, calzaba caites
e iba ligero de equipaje; yo tenía una gran mochila, vestía jeans apretados y
mis zapatos especiales para el campo. En aquel ambiente, José se movía con una
gracia increíble; me fascinaba verlo saltar como una gacela para luego poner su
pie en el lugar preciso. Yo en cambio, por más que me esforzaba, siempre caía
en el lodo una y otra vez mientras José seguía con su pantalón blanco
impecable. Al inicio, él tenía mucha paciencia conmigo, intentó ayudarme y
darme una lección práctica, pero después de la última caída que me enterró de
lodo hasta las rodillas, José perdió su compostura y me increpó fuerte: Y a
usted qué le pasa? Acaso no ve bien? Tiene problemas en los pies o en los ojos?
Se adelantó en la caminata y ya no volvió a dirigirme la palabra ni a guiarme
por entre las piedras. Sin duda, logré agotar su paciencia.
Por Ángela Mejía, Guatemala
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No creo en lo sobrenatural, ni en los
OVNIS, ni en la vida del más allá o cosas parecidas, pero cuando mi madre
murió, vino desde Medellín hasta Guatemala para decirme adiós.
Eran cerca de las dos o tres de la mañana
cuando sentí que una mano cálida tocaba suave y amorosamente mi pelo. Estaba
entre dormida y al principio creí que era Eduardo, estiré mis brazos, abrí mis
ojos y me di cuenta que él estaba volteado, profundamente dormido y sin hacer
ningún tipo de movimiento. De inmediato entendí de qué se trataba, pensé en mi
madre enferma y supe que había venido para darme su última caricia. Nunca la
olvidaré. Ese día me avisaron de su muerte.
Por Conchi González, España
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Visto en el mapa del atlas geográfico, ir
desde La Habana hasta Santiago de Cuba parecía un propósito sin mayores
méritos, pero una vez allí mi amigo Manolo y yo nos dimos cuenta de que el reto
era de los grandes. Más aún empeñada como estaba en viajar en tren al precio
que fuera. Era el año 1991, el mes de octubre, y el 1 de noviembre los cubanos
entrarían en lo que llamaban “opción 0", o sea, todo bajo mínimos.
Logramos avanzar desde La Habana hasta Camagüey combinando el autobús con las
famosas “máquinas”, esos autos rehechos una y mil veces con la
carrocería de los rebeldes sin causa de los años cincuenta americanos. Pero
llegados a ese punto el viaje empezaba ya a volverse demasiado largo y bastante
cansado. Habíamos dormido en un pequeño hotel al lado de la estación de
ferrocarril, y por la mañana temprano me levanté dispuesta a subirme en el
primer tren con dirección a Santiago. Ya conocía las dificultades para
conseguir una plaza, que había que solicitar con al menos quince días de
antelación, pero también conocía ya las artes de “darle a la
muela”, o lo que es lo mismo, inventar cualquier historia convincente
para llevar a cabo un propósito, o simplemente un deseo. Así que ni corta ni
perezosa me hice pasar por una enviada de la Facultad de Biología de la
Universidad Complutense de Madrid que tenía la importante misión de recoger una
colección de mariposas en Santiago de Cuba para llevarla a Madrid, y como mi
vuelo La Habana-Madrid salía en una semana, tenía que llegar sin demora a
Santiago para tener tiempo de terminar con éxito la misión. Obviamente el jefe
de la estación no pudo decir que no ante un argumento tan sólido y tres horas
después embarcábamos en los asientos reservados para funcionarios con rumbo a
Santiago.
Llegamos a la segunda ciudad cubana a
mitad de la tarde. El calor era sofocante, pero se respiraba un aire a bohemia
que invitaba a quedarse. Apenas habíamos caminado dos pasos desde el autobús
cuando se acercaron dos jóvenes preguntando si queríamos hotel. Uno era cubano
y el otro italiano. Amablemente les dijimos que ya teníamos uno que habíamos
visto en la guía y que nos iríamos allí, pero eso no les importó y siguieron
hablando de Santiago y sus encantos. Como en realidad los chicos eran muy
agradables decidimos quedar con ellos para seguir charlando una vez registrados
en el hotel, comidos y bañados.
A las siete en punto estábamos sentados
en una mesa del Café del Obispo esperando a nuestros nuevos amigos. Era un
lugar con el cielo estrellado por techo, rodeado de hiedra y rosales y con fama
de servir el mejor café de Cuba. Yo estaba junto a una de las entradas con
Manolo enfrente. De repente, por el rabillo del ojo, percibí que alguien
entraba por mi lado. Volví la cabeza y vi un hombre con guayabera y pantalón
blanco, el pelo largo y negro y con barba, y sin saber de dónde salían las
palabras exclamé: “¡Cuánto tiempo sin verte!”. El me miró y sonrió.
Detrás de él llegaban el cubano y el italiano, y Manolo se levantó a
recibirlos. El hombre vestido de blanco aprovechó el momento para sentarse en
el lugar que Manolo dejaba libre, y sin perder la sonrisa habló: “¡Sí,
cuánto tiempo! La última vez que nos vimos tú eras la hija del faraón y yo no
era más que un esclavo rebelde”. Y siguió contando la historia de nuestro
encuentro en una vida pasada, muy lejana, en el antiguo Egipto, cuando él
encabezó una rebelión de esclavos y yo le ayudé a obtener su libertad. Yo creo
que no pestañeé en los aproximadamente veinte minutos que tardó en relatar
nuestra historia.
Después de aquel encuentro, Eder, que así
se llamaba el hombre vestido de blanco, se quedó con nosotros toda la noche.
Fuimos a un concierto con él y con los nuevos amigos y tuvimos la oportunidad
de hablar mucho. Entre nosotros había una conexión muy fuerte e inexplicable.
En realidad era como si de verdad nos conociéramos desde hacía muchos muchos
años.
Esa noche nos despedimos a altas horas de
la madrugada, y desde entonces, durante los cuatro días que pasamos en
Santiago, no necesitábamos quedar con Eder, pues a cualquier lugar donde
fuéramos ahí estaba él, y cada vez que nos encontrábamos nos quedábamos juntos
hasta la hora de irnos a dormir. Cada vez que nos veíamos, Eder, que tenía
vendada la muñeca de su mano izquierda, me pedía que metiera mis dedos por
debajo de la venda, en el hueco que quedaba con la palma de la mano, y allí
tenía siempre una flor blanca y fresca guardada. Una de esas flores que llenan
los árboles de Santiago perfumando el aire de la noche.
En aquellos cuatro días tuvimos tiempo de
conocernos más. Cierto que yo estaba totalmente impresionada con ese hombre,
pero lo que más me sorprendía es que Manolo -el chico de cabeza cuadrada,
analista de sistemas informáticos e incrédulo por naturaleza- lo estuviera
también. Nos fascinaba él, nos fascinaba la forma en que nos encontrábamos,
como por casualidad, en una ciudad de cinco millones de habitantes, y nos
fascinaba la flor blanca que parecía guardar siempre para mí debajo de su
venda. Eder era un fotógrafo sin cámara. La revolución se la había quitado.
También era maestro -alfabetizador-. Hablaba cinco idiomas a la perfección. En
cualquier descuido escribía un poema, un cuento, una frase filosófica,... Eder
era como un ser de otro mundo, con la paz de un gurú, con la sabiduría de un
hombre que lo ha estudiado todo, lo ha analizado todo y ya nada le impresiona,
nada le altera. Por momentos llegué a pensar que Eder no era real.
Llevábamos ya una semana en Madrid cuando
llegó la primera carta. Más bien era un paquete. Contenía un especie de
librillo hecho a mano, de unas veinte páginas, todas ellas decoradas y pintadas
a mano, y sobre los dibujos y las orlas de flores naturales Eder me escribía
más y más historias de nuestras vidas pasadas y de nuestro reencuentro en esta.
Al día siguiente llegó un paquete similar, y al siguiente otro más, y así
durante seis días consecutivos. A partir de ahí nuestra correspondencia fue muy
fluida durante un año. Eder me relataba con detalle los apuros que estaban
pasando en la isla, sin luz, sin apenas comida y cada vez con menos esperanzas.
A pesar de que yo no estaba más de dos o tres meses en el mismo lugar, las
cartas de Eder siempre lograban encontrarme. La comunicación se fue espaciando,
hasta que en algún momento desapareció. Había pasado cerca de un año sin tener
noticias suyas cuando, estando ya en Guatemala, recibí una carta muy sencilla,
muy corta. Era una carta de búsqueda. Estaba escrita desde París. Eder, el
cubano revolucionario, había abandonado su querida isla. O más bien tendría que
decir que Cuba había perdido un hombre sabio.
Por Conchi González, España
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A lo largo de mis casi cuatro décadas de
existencia he vivido en más veinte casas diferentes. Unas me han gustado más y
otras menos, pero sin duda alguna la que más me atrajo desde el primer momento
fue la última casa en la que viví en La Ciudad de Guatemala, en un pequeño y
bien situado condominio. Me instalé en ella por los niños, para que estuvieran
seguros, cómodos y tuvieran espacio verde donde jugar con otros chicos de su
edad. Pues bien, siendo esta la casa que más me ha gustado de todas, es también
en la que me dejó una de las experiencias más fuertes e impactantes de mi vida.
Fue a los pocos días de entrar a vivir en
ella cuando sentí por primera vez su presencia. Mi dormitorio tenía su baño
propio. El lavabo estaba junto a la puerta de entrada al baño. Me preparaba
para acostarme. La puerta estaba abierta; yo me estaba lavando los dientes
cuando sentí que había alguien en el límite entre el baño y el dormitorio,
justo a mi lado. Volví la mirada, pero no vi a nadie. Seguí lavándome los
dientes, pero cada pocos segundos volvía de nuevo la mirada hacia el mismo
lugar, hacia mi derecha, porque seguía sintiendo como si alguien estuviera ahí.
Podía sentir una energía, algo más fría de la habitual, pero no podía ver nada.
Decidí no darle más importancia. Terminé de lavarme y me acosté, pensando que
serían imaginaciones mías.
Sin embargo, dos o tres días después,
estaba frente al espejo, cuando de nuevo lo sentí. Ahí estaba, esa masa de aire
frío en leve movimiento, muy cerca, casi pegado a mi cuerpo. Volví a mirar,
pero una vez más no vi nada ni nadie. Mi cabeza no podía dejar de girar cada
pocos segundos hacia mi lado de derecho, porque era evidente que había algo
extraño, diferente. De nuevo traté de convencerme de que eran imaginaciones
mías, y que además me estaba obsesionando y mejor me olvidaba de ello.
Pero cada pocos días la presencia volvía,
siempre de noche. La sentía ahí, en el mismo sitio, casi a la misma hora, y sin
poderlo evitar comencé a tener miedo. Comencé a pensar que tal vez alguien
había muerto en esa casa en algún momento y ese alguien no había logrado aún
cortar su conexión con este mundo. Traté de no alborotarme, de tomármelo con la
mayor tranquilidad que las circunstancias me lo permitían, y, disimuladamente,
fui tratando de averiguar con los vecinos más antiguos algo de historia de esa
casa. Don Francisco -el vigilante, jardinero y chico para todo- me contó
infinidad de detalles de los inquilinos anteriores, y cuando directamente le
pregunté si alguien se había muerto en ella me respondió que no, hasta donde él
sabía. Me quedé tranquila, porque parecía conocer muy bien todos los detalles,
no sólo de mi casa, sino de todas las del condominio.
Un día se me ocurrió comentarlo con
Lucía. Lucía era nuestra empleada, una indígena queckchí muy inteligente y
perceptiva, de gran fortaleza interna y que no se asustaba por cualquier cosa.
Sin embargo cuando le conté lo que me estaba pasando se asustó, y pude ver cómo
su piel se ponía como la de una gallina. Me dijo que le resultaba extraño lo
que contaba, pues ella también había sentido algo raro en esa casa, pero no
sabía exactamente qué era.
Hablar con Lucía me asustó de nuevo y
decidí contárselo a Alex, mi profesor de yoga, con quien a menudo sostenía
largas conversaciones sobre temas trascendentales. Alex me explicó que a veces
se forman nebulosas de energía negativa, que son parásitos que se alimentan de
energía positiva y pueden instalarse en cualquier lugar y en cualquier rincón,
que no son tan malos, pero sí molestos. Me sugirió que si volvía a sentir esa
presencia que la insultara y dijera claramente que se fuera, que no la quería
en mi casa. Yo no estaba muy segura de que esto fuera precisamente así ni de
que la fórmula pudiera funcionar, pero a falta de otra cosa quise recordarla
por si llegaba el momento.
Y el momento llegó. Era hacia finales del
año 2000. Una vez más comencé mi ritual de antes de acostarme, y justo cuando
estaba delante del espejo y el lavabo, la sentí. En el mismo sitio, donde
siempre la había sentido. ¡Estaba allí de nuevo! En ese momento la mente se me
quedó en blanco. Ni siquiera recordaba que había hablado con Alex del tema, y
simplemente sentí miedo, más miedo que nunca. Pero me dije a mi misma que no
debía tenerlo, que debía actuar como si nada pasara. Sin embargo el miedo iba
en aumento y la boca se me secó. Necesitaba un vaso de agua. En Guatemala no se
puede beber el agua del grifo, hay que tomarlo embotellado, y el agua bebible
estaba abajo, en la cocina. Traté de convencerme a mí misma de que no me
dejaría vencer por el miedo, y para probármelo decidí bajar a la cocina sin
encender ninguna luz en el camino. Bajé las escaleras, sintiendo como la
presencia me seguía, pegada a mí, unos centímetros por detrás, a mi lado
derecho. Llegué a la cocina sin encender la luz, y seguía notando esa energía
fría, en leve movimiento, a mi lado. Bebí, llené de nuevo el vaso y regresé a
mi cuarto. El miedo había ido en aumento. Era tan grande en ese momento que
quería ponerme a gritar. Quería llorar, quería reírme de mi misma, de mi miedo,
de la situación... Mi corazón estaba muy acelerado y pensé llamar a alguien, a
cualquiera, a quien me echara una mano o me dijera unas palabras que me
tranquilizaran. Pero decidí no hacerlo. Me metí en la cama, acostada boca
arriba, cogí el edredón con las dos manos y me tapé el cuerpo y el rostro. Me
quedé con los brazos estirados, sin soltar el edredón, pensando que ahí estaba
a salvo, que todo era producto de mi imaginación y que esos pensamientos no
iban a poder conmigo. Decidí que lo mejor era ignorarlo y pensar en algo
alegre. Empecé a pensar en mi compañero, que en ese momento estaba en
Nicaragua. Recordé algunos de los momentos más divertidos que habíamos pasado
juntos, y con esos pensamientos logré serenar la mente, relajarme, y dormirme
sin mover ningún músculo de mi cuerpo.
Habían pasado sólo unos minutos cuando oí
a Silvana, mi hija de cinco años, que lloriqueaba. Primero la oía muy lejos, y
poco a poco el sonido se fue acercando, hasta que al final fui consciente de lo
que ocurría. Pensé “Silvana se ha despertado, ¡qué raro! Tengo que ir a
ver qué pasa”. Mi cuerpo seguía boca arriba, con los brazos estirados por
encima de la cabeza, tal y como me había quedado un rato antes. Traté de
incorporarme, pero no pude. Algo grande y pesado estaba acostado sobre mí. Era
una energía fría, densa, con un ligero movimiento, que me sujetaba por las
piernas y por las muñecas y me mantenía pegada al colchón. Me asaltaron al
mismo tiempo un gran cúmulo de sensaciones: desde miedo profundo hasta placer.
Pero al sentirme atada me enfadé. Me enfadé mucho, y mentalmente comencé a
insultar a aquella cosa, fuera quien fuera o lo que fuera. La llamé todas las
cosas horribles que se me ocurrieron y le dije que me dejara, que saliera de mi
casa... Y mientras mi mente se desbocaba con los insultos hice acopio de una
gran fuerza y tiré de mi cuerpo hacia arriba logrando al fin levantarme. Salí
de la habitación consternada, trastornada, caminando como si estuviera
borracha. Llegué al cuarto de Silvana y vi que dormía plácidamente. Seguramente
había tenido un mal sueño. Volví a mi cuarto, bastante temerosa, pero enseguida
me di cuenta de que la presencia había desaparecido.
Desde entonces, nunca más volvió.
Dos años después tomé un curso sobre
viajes astrales, otras dimensiones y varias cosas más, donde tuve la
oportunidad de contar mi experiencia. Cual no sería mi sorpresa cuando Chati,
la mujer que imparte estos cursos y que desde hace años tiene a los mejores
maestros del mundo a través de sus viajes astrales, me dijo que había cometido
un error echando de mi casa a la presencia. Me explicó que todos tenemos
guardianes y guías espirituales. Que normalmente la mayoría de los mortales
pasamos por esta vida sin prestar atención a los mensajes que ellos nos envían,
pero que de todos modos ellos siguen ahí, haciendo su trabajo de guías y de
protectores. Me dijo que seguramente ese ser era un mensajero que traía algún
mensaje de mis maestros espirituales, y que habría bastado con que mentalmente
le preguntara qué quería para que el mensaje hubiera llegado a mí, y después se
habría ido. Cuando oí esto me quedé perpleja, y también triste, porque
posiblemente había perdido una oportunidad. La oportunidad de algo, de no sé
qué.
Ahora, algún tiempo después de estos
hechos, me pregunto a menudo qué es mentira o qué es verdad. Me preguntó
también qué es producto de nuestra imaginación y qué es real. Por más que lo
pienso aún no encuentro una respuesta. Lo único que puedo asegurar es que esta
historia me ocurrió a mí.
Por Patricio Mena Vásconez, Ecuador
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A pesar de lo que creía la gente, pocas
veces pasaban cosas dignas de novela en el Consulado de Tumbes. Las ciudades
fronterizas entre países en conflicto deberían ser lugares donde se generan
muchas semillas de leyendas. Pero con Tumbes no pasaba eso: el desierto
circundante, monótono y bello a la vez, inmenso como pocos y seco como ninguno,
se transmitía hacia este pueblo cercano a la frontera ecuatoriana y le confería
una melancolía y una tranquilidad únicas. El inmenso Pacífico era un contraste
brutal con lo que sucedía a su oriente.
Ahora, tampoco es que no sucediera nada.
Nadie creería que después de todo lo que había habido entre estos dos países,
sus pueblos fronterizos fueran como cualquier otro. Más de una vez tuve que
vérmelas con turbas de gente enardecida que quería encarcelar (o más bien
linchar) a un supuesto espía ecuatoriano que había logrado llegar con las uñas
a las puertas del consulado, o con colegiales de Machala o Santa Rosa, cuyas
profesoras traían una carga de quejas sobre como trataban los
“gallinas” peruanos a los “monos” ecuatorianos. Pero
estos episodios eran más un contrapunto que la melodía principal; un
contrapunto que, a pesar de las consecuencias potencialmente graves, era
bienvenido ante la monotonía de la existencia del Consulado. Ya había estado
antes en un pueblo semejante, en la otra frontera, cumpliendo los mismos
menesteres; pero Ipiales en Colombia, diferente por lo frío, lo andino y lo
comercial, ni siquiera tenía estas excepciones para confirmar la regla del
aburrimiento.
Mi esposa Susana, que soportaba
estoicamente el clima y la sociedad tan diferentes a su Quito natal, era mi
compañera en estas aventuras diplomáticas, pero a ratos sencillamente no
aguantaba más y se iba a visitar a sus parientes en la capital ecuatoriana.
Ella se había ido en la mañana y yo estaría solo por al menos quince días, lo
que no me hacía muy feliz. Esta infelicidad se manifestó inmediatamente, esa
misma noche. Casi no pude dormir pensando en Susana y en el largísimo viaje que
le tocaba hacer. En las pocas horas de sueño tuve visiones extrañas,
intranquilas, pero -típico de mis sueños- no recuerdo nada en particular.
Gracias a Dios, Susana me telefoneó
apenas llegada a nuestra casa en Quito y me dijo que no había habido ningún
contratiempo durante el viaje y que tampoco había novedades, ni buenas ni
malas, entre los parientes cercanos. Sin embargo, me contó que ella también
había tenido pesadillas, y lo más memorable habían sido esas inmensas mariposas
negras que en Quito se llaman tandacuchas. Ustedes se acuerdan de ellas:
ominosas, agoreras, oscuras, más oscuras que los sitios donde solían vivir, con
los ojos de un búho horrible en las alas. A pesar de que eran totalmente
inofensivas, su presencia en los garajes y bodegas provocaba espantos sin
nombre y cruentas muertes a escobazo limpio. Y Susana les tenía una aversión
particular. Todo esto contribuyó a que ella estuviera muy intranquila a pesar
de que, en realidad, no pasaba nada. Su intranquilidad se me contagió pero
después hablamos de otras cosas y nos despedimos amorosamente. Antes de colgar
me dijo que no me olvidara de mandarle algo de ropa ligera porque Quito estaba
sufriendo una ola de calor y solo tenía allá ropa muy pesada.
Al otro día me levanté y fui a escoger la
ropa que mi mujer había solicitado para enviársela en el próximo autobús. A
pesar del viaje tan largo y con tantos transbordos, el servicio de encomiendas
funcionaba muy bien. Pero la selección de ropa femenina era algo que no
resultaba una tarea fácil para mí, incluso después de tantos años de un
matrimonio feliz que había superado crisis que muchos hubieran juzgado
terminales. Así que me acerqué al armario donde estaba la ropa de Susana y abrí
la puerta con cierto desgano. Pero este sentimiento se transformó en algo mucho
más profundo cuando vi que sobre el vestido más blanco de todos estaban posadas
dos gigantescas tandacuchas, la una a la altura del hombro y la otra en la
cintura. Las monstruosas mariposas salieron volando despavoridas, pesadas y
erráticas, ante el súbito aumento de luminosidad. Yo casi me desmayo cuando una
de ellas pasó rozándome la mejilla. Sosteniéndome de la puerta del armario,
alcancé a ver con el rabillo del ojo que ambas salían como locas por la ventana
y se perdían en la mañana cegadora. Después de recuperarme regresé a la
selección de ropas y, por razones que no puedo explicar con lógica, no envié el
vestido blanco de las tandacuchas a pesar de que era una buena opción.
Los días siguientes pasaron más aburridos
que nunca, y encima estaba solo en las oficinas del Consulado y en la casa. Con
el personal no había logrado intimar mayormente, a pesar de que eran personas
afables y trabajadoras. Los vecinos eran más bien parcos (después de todo, yo
era ecuatoriano) y en cuanto a colegas, simplemente no los había: el Consulado
ecuatoriano estaba allí precisamente porque Tumbes era un pueblo fronterizo;
ningún otro país del universo tenía interés alguno en tener una representación
en semejante sitio. Susana llamaba más o menos regularmente (lo máximo posible
con el pésimo servicio de teléfonos). Una vez me preguntó si algo malo o
extraño había pasado, porque había vuelto a soñar con las mariposas gigantes.
Estuve tentado a contarle lo del vestido, pero sabiendo de la fobia verdadera
que les tenía, me abstuve y le dije que todo estaba bien. Y de verdad así era:
no iba a convencerme a mí mismo de que un par de mariposotas feas eran algo
digno de mencionar.
Ya he dicho que la monotonía se veía de
vez en cuando matizada por episodios más activos, algunos de ellos
desagradables y tristes. Un día particularmente caliente llegaron a la oficina
varios ecuatorianos muy alterados, algunos incluso llorando. Una señora de
apariencia humilde y con acento costeño me explicó que su nuera había fallecido
hace pocos minutos, arrastrada por una de las corrientes de resaca, tan
amargamente famosas en las playas del lugar. Me pareció extraño que una persona
costeña hubiera sufrido accidentes de este tipo, pero después caí en cuenta de
algo: la chica muerta era de Guaranda y tenía muy poca experiencia en las lides
del mar. En cualquier caso, traté de reconfortar a los deudos de la mejor
manera, sirviéndoles algo de café o té, y tramitando la repatriación de la
fallecida lo antes posible. Lo primero fue ir al levantamiento del cadáver, que
se encontraba en un centro de salud cercano al sitio del infortunio. Ahí saludé
brevemente con la autoridad local, con quien también mantenía una relación
lejana pero tranquila. La accidentada era una mujer joven, delgada, con un
rostro que, sin ser especialmente atractivo, llamó mi atención por su serenidad
casi celestial, que contrastaba con la desgracia terrena que embargaba a sus
parientes y amigos. Su suegra, que era la persona que parecía ser la matrona
del grupo y que mantenía precariamente la entereza, me tomó del brazo y me
apartó del resto del grupo, que incluía ahora a policías y personal médico,
para decirme:
“Mire, yo le agradezco mucho por su
ayuda. Usted sabe, aquí los peruanos se han portado buena gente a pesar de lo
que dicen, pero igual en esta situación encontrar a una persona del Ecuador y
tan atenta ha sido una bendición dentro de esta tragedia... Pero quiero abusar
de su buena voluntad. Para mi Rebequita no tenemos ropa adecuada como para
meterla en el ataúd, mandarla de regreso y enterrarla. Solo trajimos ropa
ligera y no quiero que esté con eso en su viaje... Tal vez usted tenga algo que
nos preste hasta que encontremos o compremos algo mejor. Yo le ruego...”
En ese momento extrañé más que nunca a
Susana, con su don de gente, con su sentido práctico. Ella hubiera estado a mi
lado en esos momentos incómodos, haciendo todo más fácil, o si quiera menos
difícil. Pero tal vez precisamente por esa necesidad se me ocurrió rápidamente
enviar a mi asistente a que trajera un vestido de mi esposa para la occisa.
Confiaba en que no metiera la pata y se procurara algo apropiado.
Regresó en un cuarto de hora, sudando y
sin aliento bajo el sol canicular de esos momentos. Cuando vi lo que había
traído, nuevamente sentí algo similar a lo que sentí al abrir el armario hace
unos días; incluso algo me rozó imperceptiblemente la mejilla al comprobar el
contenido de la funda: mi asistente había escogido el mismísimo vestido blanco
donde se recogían las tandacuchas.
Después de todos los trámites, la chica
estaba lista para regresar a ser enterrada en su hogar. Me acerqué a verla una
última vez en su tosco ataúd de madera y me pareció que la tranquilidad que
tenía su rostro se había multiplicado un millón de veces al estar enmarcado por
el hermoso vestido blanco de Susana. Cuando la señora me pidió que se lo
vendiera por lo poco que le quedaba, yo no dudé en decirle que el vestido era
suyo y que no me debía nada.
Susana está aquí desde hace unos días. Ha
sentido mucho lo de la chica ahogada, aunque no tanto como si le hubiera dicho
todos los detalles. No se cansa de contarme todo lo que pasa en Quito, sobre
sus hermanos, sobre los míos, sobre nuestros hijos y nietos. Uno de los hijos
vendrá pronto a visitarnos y debemos preparar el cuarto de huéspedes, que por
el momento es depósito de archivos y papeles antiguos. Me recorre un escalofrío
al pensar que allí debe haber un nido de tandacuchas especialmente colosales y
sombrías... Me recupero de este trance cuando ella me pregunta sobre el vestido
blanco que no llegó a Quito y que tampoco está en Tumbes. Que Dios me perdone,
pero le digo algo que he preparado desde hace días: aparentemente el servicio
de encomiendas ya no es como antes y allí es donde debió haber desaparecido esa
hermosa prenda.
“Ojalá por lo menos esté en manos
de una mujer buena y bonita”, dice Susana, suspirando, pero convencida de
mi mentirita.
Me mira sorprendida cuando le contesto,
casi sin darme cuenta:
“Creo que de eso puedes estar
segura”... porque yo sé dónde está ahora el vestido sobre el que alguna
vez soñaron las tandacuchas del destino.
Basado en una historia verdadera contada
y protagonizada por mi abuelo Jorge Vásconez Cuvi, ex-cónsul del Ecuador en
Tumbes.
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He provocado algunas sonrisas en la vida.
Pero ahora que lo pienso, de distinto calibre y por distintas razones. No sólo
porque mi gracia alegró corazones o porque mis acciones contribuyeron a que lo
cotidiano sea más llevadero para alguien. Me parece que provoqué muchas
sonrisas de mero trámite, varias de conmiseración, afortunadamente sólo un
puñado de sonrisas hostiles y creo que ninguna siniestra. Alguna vez desde el
otro lado de un espejo me sonrieron con una sonrisa que no quiero psicoanalizar.
(Por otra parte me indignaron siempre, porque no las provoqué, al menos no de
forma directa, las sonrisas sarcásticas y gangsteriles de los opresores, desde
las primeras planas y las páginas sociales.) Pero si recordara una sonrisa
alegre y transparente, para dejar de lado a las sonrisas dudosas o duras, me
viene a la mente en este momento, por algún motivo, una de los tiempos de los
veranos largos con cometas. Usaba aún pantalones cortos; cuando trataba de
atrapar a mi perro, que corría raudo por el patio, volé por los aires y terminé
derribado en medio de la hierba, mientras miraba a mis hermanitas con sonrisas
por todas sus caras. Nunca olvidare sus sonrisas ni sus ojos brillantes ni sus
dientes de leche ni sus vinchas de colores.
Veinte años y ocho meses después
(When
I say I love you, you say you better, your better you bet) The Who
Por Xavier Mena, Ecuador
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El 16 de octubre de 1983 es un día que quedó
gravado en mi memoria. Ese día acudí a ver lo que era mi primer concierto de
rock en Estados Unidos. En efecto, en la ciudad de Boulder, Colorado, se
presentaron Jethro Tull y The Who. Ian Anderson hizo delirar con su flauta
mágica. Canciones como “Locomotive Breath”, “Aqualung”
“Thick as a Brick” y muchas más me hicieron recordar esa etapa
feliz de mi vida cuando me entregaba por completo a escuchar ese heavy rock de
los 60’s y 70’s.
Esa pasión me viene de mi hermano
Patricio, un gurú en la materia. Me acuerdo muy bien cuando él, con sus amigos
Marcelo Ramos, Jaques Martinod, Marcelo Moreano, Ranferí Aguilar (el de Alux
Nahual), Fausto Arcos, Choby Larrea, Fabián Cuesta, Álvaro León, Miguel Ángel
Maldonado (incluso tenían dos grupos grupo que se llamaban Crisol y Brand-X),
se pasaban horas escuchando primero a The Beatles, para luego ir profundizando
en la materia y escuchar ese rock sinfónico maravilloso de Genesis, YES,
Emerson, Lake and Palmer y otros.
Así fue como me fui metiendo en ese
mundo, y con mis amigos de siempre, Julio Vásconez, Luis Sosa, Eduardo Vélez,
Alfredo Peñaherrera, César Aulestia, Oswaldo Egas, Pablo Veintimilla, Pablo
Murgueytio y otros, también nos embrujaba esa música de Led Zeppelin, KANSAS,
U2, Queen, Mike Oldfield, y por supuesto, Pink Floyd.
Con Julio y Luis pasábamos horas
escuchando y analizando cada canción. Stairway to Heaven, por ejemplo, nos
deleitaba hasta el éxtasis. Eran los 70 y había una radio, que era la Radio
Musical. Cuando la ponían, me llamaba Luis y me decía, “prende la radio,
que están tocando Stairway”. Diego Proaño se fue a Miami y le pedí que me
trajera The Song Remains the Same, que es el título de la película de Robert
Plant y Jimmy Page. Ese disco de carbón se convirtió en mi más preciado tesoro
y hasta ahora lo tengo, bien rayado de tanto tocarlo.
En agosto del 79 se cumplieron los diez
años del magno concierto de Woodstock. Hubo una presentación en el teatro
Mariscal en Quito, donde pasaron la película del concierto, y allí estuvimos
con Luis Sosa, oyendo la guitarra de Hendrix, la voz inmaculada de Joan Báez,
los gritos en contra de la guerra de Vietnam y a Roger Daltrey, cantando See
me, feel me, de la magnífica ópera musical “Tommy”.
Pero no fue hasta el 16 de octubre de
1983 que mi pasión por The Who entró en su apogeo. En un inmenso estadio de
fútbol americano, este legendario grupo musical de Inglaterra empezó su show. Y
así empezó uno de los momentos más lindos que tengo recuerdo. El día anterior,
con Kevin y Greg, dos cuates gringos, llegamos a las puertas del estadio y
dormimos en una camioneta. En realidad, no dormimos, ya que todo el mundo
estaba en una onda tan positiva y se escuchaba por ahí a Supertramp, por allá a
Eric Clapton, más acá a Paul Simon o The Doors. La gente tomaba cerveza y
fumaba marihuana en un ambiente muy pleno y apacible.
Ya en el concierto, luego de la
fantástica presentación de Jethro Tull, saltó The Who al escenario y la locura
fue total. Y yo también estaba loco. Qué alegría, qué libertad, qué
sentimiento. Yo tenía ya alguna noción del este grupo, pues cuando estuve de
intercambio en Estados Unidos, mis cuates eran locos por este grupo, así que ya
me sabía las letras de las canciones, y empecé a cantar My Generation, Baba
O’riley, Magic Bus, Won’t get fooled again, Behind Blue Eyes, Who
are you?, Can’t explain, Pinball Wizard, y por supuesto, See me, feel me.
Me compré una camiseta del grupo, que se
convirtió en parte esencial mía, hasta que por tanto uso, se acabó. Escuché
todas sus canciones, toda su filosofía, vi sus películas, leí su historia y
también su tragedia, cuando Keith Moon, el baterista, murió de sobredosis.
Después de ese concierto, fui a otros, el
más memorable fue el de los Rolling Stones en Washington DC en el 94. Pero
nunca nada habrá igual que ver a Pete, Roger y Tom tocando esa música tan rara,
a veces fea, pero siempre en mi corazón.
El 16 de junio del 2003, Giovanna no se
sentía muy bien, normal a los dos meses de embarazo y quería descansar, así que
tomé en brazos a nuestro hijito Marcellino y nos fuimos a ver televisión.
Estaba en esa estúpida rutina de ir cambiando los canales hasta que me quedé
seco en el acto. Estaba Roger Daltrey con su micrófono por los aires, Pete
Townshend destruyendo una guitarra y Tom Entwhistle tocando el bajo. Era un
concierto de The Who and friends, en Londres en el 2002.
Ahí estaban esos tres viejos amigos, ya
viejos, con la misma energía tocando como en 1964, cuando empezaron a existir,
al igual que yo. Pero lo fantástico de haber prendido la TV justo cuando había
un concierto de The Who, fue que estaba junto a Marcellino. Empecé a cantar
Ever since I was a young boy, I placed the silver ball, from Soho down to
Brighton, I must have placed them all, y Marcello empezó a bailar feliz
conmigo. Y así siguieron las siguientes canciones, sobre todo Behind Blue Eyes,
No one knows what is like to feel this feeling, behind Blue Eyes” y My
Generation “I hope I die before I get old, talking about my
generation”
En esa hora que duró el programa, sentí
igual que el 16 de octubre del 83, pero ahora lo hacía con mi hijito, que
saltaba como yo, que se divertía como yo, éramos uno solo. No sé qué música
vaya a escuchar Marcello, pero siempre que pueda, quisiera escuchar con él a
The Who y ojalá un día, podamos ir juntos a ver a esos ya viejos roqueros, que
tan feliz me han hecho, y ojalá, le hagan a él también.
El 16 de junio del 2003, ya lo hicieron.
Huehuetenango, 24 de junio del 2003
Evil Empire (Ciudad de Guatemala)
Por Michel Andrade, Ecuador
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"Por supuesto, la ciudad se ve
distante desde el piso doce. Tal vez por eso debo recurrir a la búsqueda de
algún recuerdo, fragmento de conversaciones, o personas que ya no están. Claro,
doce pisos abajo solo hay luces, autos que van con prisa..."
El hombre sentado del otro lado del
teclado escribía estas líneas, mirando por la ventana de su departamento hacía
una Ciudad de Guatemala en la que se ha hecho de noche, y en la noche las luces
de la Torre del Reformador (10). Tal vez podría arrancarle algunas palabras a
las imágenes de una librería esa misma tarde hace unas horas, con aquel hombre
que parecía haberse encontrado con una edición de algún autor cuyas palabras lo
impresionaron hace unos años atrás, o la de esa mujer que en la mesita de un
café adornada con un mantel bordado de margaritas, esperaba visiblemente
nerviosa, mirando el reloj con impaciencia. Inclusive, tal vez podría
interpretar que uno de esos "chicos solitarios" de los que hablaba
Sábato (11) podía encontrarse caminado por las calles, arrastrando una soledad
gris de aquellas de las que se puede construir la locura....
Así que decidió salir a caminar. Claro,
una identificación solamente y el dinero necesario para unas cervezas. Tal vez
así se podría tropezar con algo o alguien que podría merecer ser retratado en
su vocabulario limitado y pobre.
Así que hecho a andar. Cerró la puerta,
se dirigió al elevador, apretó el botón... cuando se abrió una pareja dejo de
discutir. Ella miraba al piso para no dejar ver lágrimas a un extraño y él
respiraba su enojo, bufando un poco, jugando con las llaves del auto en las
manos...
Al salir del edificio, en el parqueo que
da a la calle, de una camioneta obscura emergieron cuatro hombres vistiendo
chalecos negros. uno de ellos hizo una seña a los demás, y del interior de la
camioneta apareció un anciano menudo y delgadito con unas rosas en la mano.
Tres calles más allá ... o tal vez
cuatro, unas niñas pequeñas vestidas con güipiles y cortes esperan la luz roja
para acercarse a los autos y tratar de vender rosas. Otros niños completaban un
improvisado circo: uno que hacía piruetas delante del tráfico, saltando y
girando, y otro más que escupía gasolina de su garganta hacia una antorcha,
todo por mendigar unas monedas... cuando la luz cambió, se reunieron sobre la
acera a contar lo que han conseguido, cambiando palabras (en mam, keqchi,
kakchiquel, man), o cualquier otra lengua maya (gran circo es esta ciudad (12),
murmuró una voz en su mente). Ninguno de ellos tendría diez años. "Quién
sabe si llegarán a tenerlos" se dijo, como una reflexión amarga.
Pero ya están cerca las primeras
discotecas de la zona viva. Y con ellas las sombras de muchas personas que
reían, que bailaban, que gritaban, que cantaban: muchachos y muchachas con esos
"raros peinados nuevos" (13) (la misma voz de hace unas calles atrás
volvió a hablar en su mente), que bebían en las aceras, porteros de discotecas
con intercomunicadores en sus oídos, mujeres elegantemente vestidas, de la mano
de hombres elegantes, custodiados por más individuos de chalecos negros...
mesas de restaurantes, meseros que servían vino o alguna delicada pasta,
recogiendo luego tarjetas de crédito destinadas a pagar las cuentas.
Algún bar se encargó de proveer la
cerveza, un lugar pequeño, claro, con un nombre en inglés, solo por aquello de
darle categoría. Había una mujer atendiendo la barra, tal vez veinte y tantos,
nunca veinticinco, el cabello largo y oscuro, muy delgada, con los pechos
menudos y unos jeans apretados a las caderas... "¿qué hacés?"
preguntó, mirando como al descuido... "no eres chapín... eres más del sur,
ese acento no es de acá, ¿de dónde sos, pues?” .... "¿dónde decís
vos que está eso? ah, Sudamérica!, por acá vienen unos colombianos" ...
alguien la llamó para pedir un tequila, y ella se apartó sin quitarle los ojos
de encima. Al volver con él se acercó a su oído: "mirá", dijo bajando
la voz, casi hasta convertirla en un susurro "también tengo `cosas´ que te
pueden poner high...."
Josep, Catalunya
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El amigo Xavier me invita a relatar algún
momento donde sentimos algo de humanidad, como antídoto en tiempos de odios y
bombas. Yo me pregunto que entiendo por humanidad, y me viene a la cabeza
Benedetti, cuando en algún poema sienta que patria es humanidad. Entonces no
puedo más que preguntarme que son las patrias y me aparece Roque Dalton, mi más
ilustre guanaco, que entre patrias y hermanos, afirma que lo mejor de las patrias
son sus mujeres. Pienso que el triangulo es casi perfecto y en mi imaginación
regresan todas las mujeres que he conocido, empezando por mi madre, de quien
cuando era un patojo era incapaz de separarme. También pienso en todas las
mujeres que conocí desde que la adolescencia me alejó del hogar familiar y las
veo a todas, con sus sonrisas maravillosas. Llega otro poeta a mi cabeza, Iván
Alonso, compatriota generacional, quien sueña en juntar a todas aquellas
mujeres en una isla desierta para que alguna feminista le espete lo de
-machista!- termino que confunde ccon -egoísta-, porque, yo, como el poeta,
también guardo en mi corazón todas las sonrisas que tuve algún día y al
imaginarlas juntas, me reconforto, sabiéndome afortunado. De sonrisas y mujeres
quizás se hizo mi humanidad, entonces llega otro compatriota, el de Roda de
Ter, Don Miquel Marti i Pol, quien siempre me susurra que la suerte es una
mujer, de ojos claros y grandes, que te mira desde el fondo de los tiempos y te
sonríe maliciosa. Entonces caigo en una suerte de melancolía y solo recuerdo a
Goytisolo, certero poeta de Barcelona, que escribió versos sublimes para dos
mujeres; Julia Gay, su madre, enterrada entre las ruinas de los cobardes
bombardeos de la guerra civil, elegías y versos rescatados de los escombros de
recuerdos de una madre y de su ausencia. También sus Palabras para Julia,
Julia, su hija, - tu dignidad es la de todos, hija mía-. Tenia razón José
Agustín, la vida es bella ya veras, como a pesar de los pesares, tendrás amor,
tendrás amigos. Seguro que Julia ya lo sabe. Amor y amigos, ahora solo pienso
en el poeta de Burjassot, Vicent Andrés Estelles, el escribiente de la dignidad
de un pueblo, eminentemente erótico como el valenciano, besando a su amada y
gritando al viento, después del sexo mas humano, que -no hay en Valencia dos
amantes como nosotros- , claro Vicent, amantes de la vida, de la humanidad, son
ante todo los poetas, ahí solo puedo pensar en otra literata catalana, Maria
Merce Marcal, quien un día convirtió su condición de mujer, de clase obrera y
de nación oprimida, en su trébol personal; tres veces rebelde, tres veces
humana.
Sí amigo Xavier, los poetas, como vos,
son humanidad, porque ante todo, la palabra es lo que nos hace humanos y
embellecer la palabra es el grado mas elevado de la humanidad. Que se lo
pregunten a Blas de Otero, para que nos reivindique ante todo que siempre,
siempre nos queda la palabra, o al vasco Gabriel Celaya, cuando gritaba que la
poesía es un arma cargada de futuro, es mucho más que eso, es humanidad.
Voy repasando en mi cabeza todos esos
versos que alguna vez me dejaron el corazón parado; Lorca, Machado y Miguel
Hernández, a todos ellos me los presentó una misma persona. Mi padre. Me paro
un segundo y le recuerdo. Era un día viernes, un día corriente, en el que mi
padre llegó de su trabajo al caer la tarde, como cada día nos dio un beso a
cada uno de sus cinco hijos, a mi madre y fue al cuarto a deshacerse de esos
zapatos y esa corbata que tanto oprimen, entonces regresó al salón y nos invitó
a todos los hermanos para que fuéramos con él a su despacho-biblioteca.
Percibimos cierta solemnidad, pues mi padre estaba serio, no triste, sino con
una seriedad entre comprometida y emocionada. Nos sentamos todos en la moqueta,
rodeados de libros, entre un inaudito silencio, mi padre buscó entre sus
libros, se sentó con nosotros y nos explicó que Salvador Espriu, el poeta de
Sinera, había fallecido. Tan patojos, poco sabíamos de Espriu, pero mi padre no
perdió tiempo en explicaciones, nos leyó varios fragmentos de la Pell de Brau
(la piel del toro), extenso poema cargado de significado. Solo nos invitó a
imaginar una piel de toro para que nosotros mismos nos encontráramos con ese
mapa maltrecho de españa y ahí ir entendiendo las odas de los versos, de la convivencia
de pueblos (traduzco libremente); Diversos son los hombres y diversas las
hablas/ y han convivido muchos nombres a un solo amor. También de nuestra
libertad; Escucha Sepharad, los hombres no pueden ser si no son libres/ Que
sepa Sepharad que nunca podremos ser/ si no somos libres/. También de nuestro
futuro:
A vegades és
necessari i forçós
que un home mori per un poble,
però mai no ha de morir tot un poble
per un home sol:
recorda sempre això, Sepharad.
Fes que siguin segurs els ponts del diàleg
i mira de comprendre i estimar
les raons i les parles diverses dels teus fills.
Que la pluja caigui a poc a poc en els sembrats
i l'aire passi com una estesa mà
suau i molt benigna damunt els amples camps.
Que Sepharad visqui eternament
en l'ordre i en la pau, en el treball,
en la difícil i merescuda
llibertat.
Ahí va, según traducción al castellano de
José Agustín Goytisolo:
A veces es necesario y forzoso
que un hombre muera por un pueblo,
pero jamás ha de morir todo un pueblo
por un hombre solo:
recuerda siempre esto, Sepharad.
Haz que sean seguros los puentes del diálogo
y trata de comprender y de estimar
las diversas razones y hablas de tus hijos.
Que la lluvia caiga poco a poco en los sembrados
y el aire pase como una mano extendida,
suave y muy benigna sobre los anchos campos.
Que Sepharad viva eternamente
en el orden y en la paz, en el trabajo,
y en la difícil y merecida
libertad
Ese fue nuestro pequeño homenaje a uno de
los poetas que con los años mas he disfrutado y un pasito mas que nos abría mi
padre para descubrir la humanidad de la palabra. Al día siguiente leí en la
prensa que Salvador Espriu fue enterrado en el cementerio de Arenys de Mar, de
su Sinera, frente al mar y que la multitud dejo paso al silencio cuando alguien
entonó El Cant dels Ocells.
El poeta y el exilio
Sigo con la palabra, pues vestida de
verso, es sin duda el grado mas elevado de humanidad. Siempre me atrajo la
poesía de Machado, con quien imagine los llanos de Castilla mucho antes de
conocerlos. También por lo que simboliza su muerte, Antonio Machado esta
enterrado en Colliure, un pequeño pueblo mediterráneo de la Catalunya francesa.
El poeta tuvo que huir de la guerra y exiliarse en el primer pueblo que
encontró después de la frontera, ahí murió al poco tiempo, de nostalgia y de
tristeza, viendo una tierra, su tierra, asesinada por la barbarie fascista.
Un verano, junto con una amiga, nos
aventuramos por las carreteras del mediterráneo, sin más plan que descubrir
lugares. Yo recordaba de mi infancia alguna visita a Colliure, imágenes de un
lugar que recordaba maravilloso. Como que andábamos cortos de dinero, viajamos
por todas las carreteras antiguas, libres de la extorsión de los peajes, y de
tan abandonadas que hasta sus puestos fronterizos estaban tan vacíos como su
sentido. Manejando por esa aresta carretera uno podía sentir a la muchedumbre
que escapó de la guerra en la españa en 1939, me parecía verlos, cargando sus
colchones, maletas y demás enseres, creía ver la tristeza de sus caras, sus abrigos
carcomidos por la guerra protegiéndoles del frío de los pirineos, creía ver a
mi abuelo entre ellos y también a Machado. Todos. Toda una españa asesinada y
olvidada. Todos llegaban a Francia con alguna esperanza, aunque fuera
sobrevivir. Las fronteras son sin duda el invento más maquiavélico y diabólico
de la humanidad, pero en alguna ocasión, pueden llegar a ser una suerte de
ficticia protección.
Esas carreteras te ofrecen una vista
espectacular, paisajes adornados por los pirineos cayéndose hacía el mar,
formando un increíble mosaico de tonos y colores profundos, el verde de la
montaña con el azul mas oscuro del mar y el gris del cielo, todo
sobredimensionado. En nuestro camino particular a Colliure, siguiendo los pasos
de esa españa huida, paramos un momento en una playa, tan solo buscando Arles,
la playa de donde escapó mi abuelo cuando entendió que ese lugar era el hogar
que Francia les iba a ofrecer. En ese entonces no había ni naciones unidas, ni
estatuto de refugiado ni pajas humanitarias.... cuanta gente murió calada por
la humedad de una playa, petrificada con el agua salada, después de huir de sus
casas en escombros... Entre esos pensamientos, por fin llegamos a Colliure,
pueblo maravilloso, donde sus aguas son tan cristalinas que incluso su puerto
parece una piscina. Las anchoas de ese lugar también son famosas, pero solo las
podíamos observar, los precios de Francia seguían recordando que Europa
existe... también me di el gusto de platicar en catalán con varios aldeanos,
probándome cuan ficticias son las fronteras. Entre calles nos fuimos
encontrando recuerdos, de pronto frente a nosotros estaba la Pensión Quintana,
con su letrero luminoso mas propio de otra época, esta pensión fue el ultimo
lugar del poeta, en una de sus camas murió. Mas tarde queríamos llegar a la
tumba de Machado, pero por mas que preguntamos nadie nos daba razón. Con una
lógica equivocada, también preguntamos a varios policías municipales, a quienes
el nombre del poeta enterrado en su pueblo también les sonaba a chino... yo
insistía en explicarle a mi compañera de viaje que Machado estaba enterrado
allá. Que no era una leyenda, pero ella empezaba a dudar de mis historias....
Finalmente conseguimos llegar al cementerio, un pequeño lugar en la parte alta
del pueblo. Ese Cementerio, como todos los cementerios, era la historia viva de
un pueblo. Era un cementerio sencillo, limpio y con flores en casi todas las
tumbas. A los nombres de los fallecidos, acompañaban las fechas y uno se iba
encontrando con tantos nombres españoles cuya fecha de fallecimiento coincidía
con nuestra triste guerra. Muchas de esas tumbas permanecían sin flores, casi
olvidadas, fiel reflejo de esa españa robada.
Frente a nuestros pasos irrumpió una
tumba sencilla, con ciertos adornos simples; varios ramos de rosas rojas, una
bandera morada, amarilla y roja, la insignia de la república desterrada en
españa y varias cartas escritas, posiblemente de visitas escolares. Era la
tumba de Antonio Machado. El poeta reposa en su exilio de Colliure y uno se
pregunta porque no esta en un gran monumento en esas ciudades hechas grandes en
sus versos, en Soria o Sevilla. Pues porque Machado ya tiene el mayor de los
monumentos, la sencillez de ese cementerio convertido en el mayor mausoleo
contra el olvido, para que miles de españoles, todavía enfermos de esa amnesia
colectiva, hagamos el recorrido tortuoso que un día tuvo que hacer el poeta, y
lleguemos hasta este pueblo sencillo, con un ramo de rosas y comprendamos lo
que fue el exilio de nuestros abuelos, vecinos y poetas.
Pasamos un rato frente a la tumba, en mi
cabeza pasaban los versos de Machado, de un español que mira su tierra, al rato
llegaron otros españoles con su ramo de flores, en esa lucha sencilla contra el
olvido y homenajes diarios a todos los españoles que vivieron el exilio y a los
miles de personas que tienen que huir cada día de sus tierras asediados por las
putas guerras.
Después seguimos viajando por el
Rosellón, maravillosa región catalano-francesa, y en cada pueblo en que
parábamos yo buscaba entre los bares y cada persona mayor que veía me parecía
la viva imagen del Pierre Le Maquis que describió Goytisolo y solo pensaba en
aquellos hombres que lucharon primero por la República contra Franco, después
por la libertad contra Hitler en la Francia ocupada y siempre por la humanidad
y muchos murieron con el sueño de poder regresar a sus pueblos. Mientras sigo
pensando en Antonio Machado, en Lorca y en Miguel Hernández, recuerdo a ese
militar español que decía sin rubor que cuando oía la palabra cultura, empuñaba
su revolver o en su versión chapina, cuando otro militar dijo que alfabetismo
es comunismo, mientras yo sigo pensando en los versos de Machado y las rosas
rojas en Colliure.
Por Josep, Catalunya
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Recuerdo la navidad del año 2000, no por
ser la primera del milenio, sino por ser la primera que pase lejos de mi
familia. También la recuerdo por el contraste, pues los que venimos de la vieja
Europa, entendemos la navidad en ese frío recogedor, que le lleva a uno al
calor del hogar, no por costumbre, sino mas bien por necesidad, y de pronto me
veía en el oriente de Guatemala, lejos de mi familia y con ese calor, mucho mas
de 30 grados... La verdad es que yo nunca tuve excesivo espíritu de ese
“navideño” pero en tal contexto, casi se me hacía difícil pensar
que podría ser navidad...
Por esos días, la oficina de Naciones
Unidas en Zacapa estábamos siendo victima de la primera reducción y de ese
maravilloso equipo, quedábamos solo los restos del naufragio... Creo que fue a
mitad de diciembre cuando llegaron unas personas del centro de acogida para
niños abandonados, conocido en el lenguaje oficial como Hogar de Menores.
Venían para dejar una solicitud de colaboración para comprar regalos de navidad
para más de un centenar de niños de ese centro. Por esos días llegaban muchas
solicitudes de este tipo, pero esto no es excusa para explicar que esta
solicitud quedó engavetada entre papeles y burocracia de nuestra oficina.
El 23 de diciembre, ultimo día de trabajo
previo al descanso navideño, llegaron de nuevo las personas del centro de
menores a buscar nuestra colaboración. Sin saberlo éramos la última puerta,
pues según nos contaron, todas las instituciones se habían olvidado de ellos, o
sea, que su memorial había sufrido el mismo destino que en nuestra oficina....
Evidentemente nadie tuvo agallas para darles tal respuesta. Solo nos pidieron
que estuviéramos en el centro en un par de horas para entregar los juguetes a
los niños (juguetes que, por cierto, ni tan solo habíamos comprado...). En ese
instante no nos planteamos si teníamos el tiempo suficiente, con las dos
compañeras de administración y los que quedábamos por allá empezamos la colecta
de rigor, juntamos el dinero y nos fuimos al mercado a comprar mas de cien
regalitos, con la norma ética de que los juguetes no fueran bélicos y eso en
Zacapa no es tarea fácil.... Una vez tuvimos los juguetes compramos papel de
regalo, era justo y necesario que cada uno de los niños celebraran el rito de
abrir un regalo en navidad, auque solo uno fuera. Una vez tuvimos los regalos
listos, los pusimos en un gran saco, estamos hablando de mas de cien paquetes,
solo nos faltaba disfrazar a alguno de nosotros de papa noel y a mas de 30
grados, pues....
Llegamos al Hogar de Menores a la hora
prevista, nos llevaron a un salón donde, efectivamente, había más de cien
niños, todos con los nervios y alegría propia de un niño en navidad. Nos
pidieron participar también de la entrega, pues no había un “papa
noel” disponible... La ceremonia inició puntual, el rito era de lo más
tradicional; una mesa central y los niños, de todas las edades, en forma de
público. El griterío se tornó en un abrumador silencio y uno a uno fueron
llamados todos los niños, el mismo ritual cien veces repetido, pero cada vez
diferente, pues no hay dos niños iguales; la expresión de cada uno al oír su
nombre, su nerviosismo al ponerse en pie e iniciar, entre ovaciones, el camino
hasta el estrado. Unos sonreían, otros miraban tímidos, algunos corrían y,
entre los más pequeños, alguno lloraba abrumado por el relajo, pero todos,
todos, se abalanzaban sobre la compañera que les entregaba el regalo, todos la
miraban, la abrazaban y le daban un gran y sonoro beso. La ceremonia duro casi
una hora, Una vez terminada, tal y como manda la tradición, los niños no dieron
tiempo a otros protocolos, buscaban a los trabajadores del centro para
mostrarles orgullosos su juguete y como una masa alborotada corrían mostrando
sus regalos y admirando los de sus compañeros. La misma masa abandonó el salón
para trasladar la fiesta al jardín o a los pasillos, donde en grupitos más
pequeños descubrían lo que eran sus tesoros. Detrás dejaron la sala como un mar
maravilloso de papeles de regalos de todos los colores. Las compañeras de
administración de MINUGUA, después de entregar cien regalos, recibir cien
abrazos, cien besos y cien miradas, tan solo podían llorar. Alberto, el
coordinador de la Oficina, y yo, espectadores de la escena, nos manteníamos en
silencio; los dos teníamos un brutal nudo en la garganta...
Luego tuvimos que regresar a la oficina,
posiblemente para ver cosas como Informes sobre la Niñez guatemalteca o
estrategias de reducción de la Pobreza..., entonces comentábamos que
seguramente detalles como el vivido no cambian ninguna realidad estructural,
pero la sonrisa de cien niños durante unos minutos a menudo se sienten mas que
mil informes por mil reuniones.
La noche de navidad, una compañera de la
oficina nos invitó a compartir la cena con su familia, ahí descubrí la
costumbre chapina de darse un abrazo a medianoche para desear una feliz
navidad. Todos los abrazos los sentí preciosos. Fue mi primera navidad en
América.
Primera Navidad en paz en Bosnia
Por Josep, Catalunya
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24 de Diciembre de 1995, noche de navidad
en Croacia. Varios meses antes se habían firmado los acuerdos de paz en los
Balcanes. Esa noche en Split, Croacia, tomábamos el ferry que nos había de llevar
de regreso a Italia, después de haber transportados varios camiones de ayuda
humanitaria a un pueblecito de Bosnia que había sufrido por muchos años el
asedio militar y la crueldad de la guerra.
Yo tenía veinte y pocos años y mucha
ilusión. Llevar unos camiones de ayuda humanitaria en esos tiempos no era tarea
fácil; conseguir el material y los camiones, vencer la burocracia y sobretodo
sobrevivir a las continuas fronteras y controles militares desplegados en
Bosnia. Era una verdadera locura, pero como digo, teníamos veinte años. Durante
el viaje por Bosnia mi única obsesión era que nuestros camiones llegaran
íntegros a su destino, esa era mi único pensamiento y a donde iba toda mi
energía. Solo tenía ojos para eso.
Subir al ferry de regreso significaba
muchas cosas. El barco zarpaba en el puerto de Split, al atardecer y con la
maravillosa vista de ese rincón del adriático, entonces era el primer momento
en varias semanas que uno podía pensar lo de -tarea cumplida-, y en silencio
fumar un cigarro, tomar una cerveza y pensar.
Era la noche de navidad, veníamos de esos
pueblos destrozados por la guerra, con una firma de la paz tan reciente y tan
soñada que nadie se la acababa de creer. En nuestro trayecto nos cruzamos con
demasiados controles militares, con personas asustadas, con soldados perdidos
arma en mano, con casas, iglesias y mezquitas quemadas. No hay nada más triste
con un pueblo entero arrasado, sus casas teñidas de negro por el fuego, su
terrible silencio y su soledad. Cuando te paras en uno de estos pueblos, te
preguntabas donde estará la gente. No había nadie. Nadie. Solo restos de casas
vacías de vida. Demasiada muerte, demasiada crueldad, demasiada tristeza. En
los Balcanes todo es excesivo. Mi cabeza daba muchas vueltas, nuestros camiones
habían llegado, todo fue mucho mejor de lo esperado, lo que me daba una
satisfacción especial, pero ese trayecto me llenó la cabeza de imágenes que no
conseguía ordenar, ya no me acordaba de los camiones, solo veía casas quemadas
y rostros, miradas perdidas, caras cansadas. Terror, en casi todos los ojos,
más allá de miedo, solo veía los restos del terror. Era la noche de navidad,
pero yo ya había decidido que para mi no era navidad, yo no podía pensar en
navidad después de todo eso, mi concepto de navidad era muy diferente al
vivido. Era una forma de rebeldía muy equivocada.
Cuando la noche ya entraba, nos fuimos a
la cafetería del barco, era una sala grande, lógicamente fría, pero que entre
todos y entre cervezas, fuimos calentando. Todos hablaban, pero yo me mantenía
en silencio, apartado de la conversación e intentando ordenar las secuencias en
mi cabeza y buscar una explicación donde no la había. Miraba alrededor de la
sala, cada vez había más personas y entre ellos se distinguía un grupo muy
numeroso, unas treinta personas, hombres y mujeres, formando un gran círculo.
Se distinguían por su ropa, pues frente al blanco y negro general, ese grupo
vestían telas de todos los colores, azul, verde, rojo, celeste y amarillo, con
unos maravillosos bordados que irradiaban toda la luz. Era una coral de
Sarajevo que viajaba a Italia invitada para dar algunos conciertos. De pronto
empezaron a cantar y todo el salón enmudeció por completo. Las voces unidas de
esos hombres y mujeres formaban una maravillosa melodía que se deslizaba por la
sala, instantes antes tan fría, y parecía querer llegar a todos los rincones.
Todas las caras iban quedando atónitas, dejándose llevar por las canciones,
había miradas perdidas, sonrisas y ojos humedecidos. Después de la sorpresa y del
silencio inicial, las voces cada vez se sentían más y más fuertes, y lo eran
por que en verdad resonaban en todos esos corazones y repicaban en las paredes
haciendo tambalear el barco, con tal suerte, que tomaron la fuerza necesaria y
salieron como un vendaval para perderse en la inmensidad del mar. La ventolera
era un gran soplo de notas y voces de paz, que como la brisa del mar tenía que
llegar a todos esos pueblos que dejábamos atrás. Entonces yo solo podía
imaginar esa ventolera de canciones abriendo las puertas y ventanas de todas y
cada una de las casas que vi vacías en los pueblos de Bosnia, sentía la música
llenar cada habitación donde antes hubo una vida y, de casa en casa, llenar sus
calles, sus bares y sus plazas, y como esa música ya estaba llegando a tantos
lugares huérfanos de vida y se multiplicaba con tal fuerza que iría llegando a
los oídos de todas esas personas que me fui encontrando en esos días. Veía
todos esos rostros y miradas, como sentían a lo lejos la llegada del vendaval,
y como su rostro iba cambiando y sus ojos, que antes cargaban el terror, ahora
se abrían de esperanza, porque después de muchos años, era la primera navidad
en paz en Bosnia.
¡¡¡Pero que grande es el mundo!!!
Por Josep, Catalunya
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Tengo algunos recuerdos de cuando era
patojo, pero por alguna razón, este lo tengo bien presente. Debía ser muy niño,
cuando nos fuimos con mis padres y todos mis hermanos de excursión a un monte
cercano de mi pueblo, Sant Llorenc del Munt, una montaña de mil metros de
altura. Los latinoamericanos me dirán que eso no es ni montaña, pero en mi
tierra es una de las montañas de altura significativa....
Cuando llegamos arriba, me fui hasta lo
mas alto, era un día de verano, después de una tormenta, con una claridad
increíble, desde allá arriba solo se veían montañas y montañas, a lo lejos la
sierra del Montseny y del otro lado los picos de Montserrat, cuando fui
descubriendo el paisaje que me rodeaba, creía estar descubriendo algo nuevo,
salte eufórico, brazos en alto y como anunciando mi dicha, grite admirado
-¡¡¡pero qué grande es el mundo!!!!-. Se pueden imaginar las risas que provocó
mi descubrimiento entre mis padres y mis amigos.
Me pase toda la mañana dando vueltas en
la cima, observando maravillado las montañas en el horizonte, tantos lugares a
los que sentía y todavía siento, una irremediable necesidad de llegar y
conocer.
Por Josep, Catalunya
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Tenía una amiga que creció en un pueblo
de la rivera navarra, un pueblo de extensos campos de agricultura, de llanos y
tranquilidad, aliñado con el mejor patxaran que se conoce. Mi amiga pasó sus
veranos en ese pueblo, aprendiendo a desaprender todo lo que le enseñaban en la
escuela. De muy niña en el colegio le explicaron de las plantas y sus nombres,
en especial los girasoles, así llamados, porque según el profesor, la flor gira
siguiendo el curso del sol.
Mi amiga, tan obediente, en verdad lo
creía y hasta descubrió que uno de los prados de su pueblo había girasoles y se
determinó a ver como esas flores se movían siguiendo el sol. Paso mañanas y
tardes enteras, quieta, parada, en silencio frente a los girasoles, pero las
flores nunca giraban. Pensó que su presencia quizás les asustaba, así que lo
intentó escondida, disimulada entre otras plantas y paso de nuevo horas
espiando los girasoles, sin un mínimo movimiento que pudiera asustar a las
flores, si era necesario contenía la respiración, tan solo para ver como esas
flores se movían. A pesar de su persistencia, nunca pudo llegar a ver el baile
de esas flores, y de regreso a la escuela, cuestionó, como siempre ha hecho,
esa enseñanza que no pudo comprobar por sí misma.
Pero la historia no tiene un final
triste, pues mi amiga ahora anda dando vueltas por el mundo, pero creo de
verdad que algún día volverá a su pueblo, para lograr ver como los girasoles se
mueven siguiendo al sol, y de bien seguro lo verá.
Por Nina, Torino,
Italia
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Il posto era
uno di quelli che si può tranquillamente definire abbandonato da Dio, dove il
calore asfissiante e l’afa la fanno da padroni, assieme alla polvere e al
sentimento d’inerzia dominante. Si chiama Chisec, non si sa bene se per
essere il posto della “Navajuela” o per” ma è più famoso per
essere stato il primo “Polo de desarrollo” con successo del
Guatemala. Un “Polo di sviluppo”, detto in italiano, non è altro
che, mettiamo, un villaggio rurale più o meno popolato, raso completamente al
suolo bruciando tutto quello sta in piedi dopo aver massacrato con macete o a
fucilate la maggior parte delle famiglie che vi abitavano, tutti sospettati,
bambini come donne e vecchi, d’essere dei pericolosi ribelli
guerriglieri. Dopo, una volta fatta pulizia, i militari stessi richiamano i
pochi sopravvissuti, con altoparlanti, con volantini gettati dagli aerei,
insomma battendo la grancassa per recuperare il pieno controllo dell’area.
E lo fanno ben bene: offrono a quelli che si consegnano legna e lamine per
costruirsi una nuova dimora, una catapecchia diciamo, che però è sempre meglio
delle pendici di una montagna, di una selva per dormire e per procurarsi di che
mangiare. Il tutto in lotti di dieci per cinque, ovvero ben accatastati, per
controllarsi
meglio e per controllarli meglio. Infatti in ogni “polo” che si
rispetti si trova presente un distaccamento militare, a cui tocca
principalmente il compito di vigilare e raccogliere informazioni utili per la
controinsurgenza, e poi “favorire lo sviluppo” a suo modo,
rieducando gli sbandati raccolti ai veri valori della patria anzitutto. Tutto
questo e molto di più
ovviamente, è Chisec, o meglio era: da quell’epoca, di rieducazione, di
ricostruzione sotto l’egida e la protezione militare sono passati circa
vent’anni e le cose cambiano in fretta, anche qui. O non cambiano
affatto, però per lo meno i volti si arrugano, i capelli s’imbiancano, le
forze cedono, e si scompare. Una ragazzetta di quei tempi adesso ha i suoi
buoni quaranta, malportati ovviamente, non tanto per i lineamienti che
appesantiti non sono, quanto per i nove figli partoriti ed allevati nella
povertà quasi totale, e per quella tristezza custodita nel fondo del cuore per
le morti care sofferte al tempo della guerra. Il dolore logora, e Ada ne è una
prova patente. Il dolore, se non è razionalizzato con tempo,estirpato dalle
viscere, guardato, analizzato per il dritto, il rovescio, circoscritto e poi
abbracciato nuovamente, riaffiora in ogni istante, e non si fa maneggiare. In
questo caso, ipretesti possono essere mille, inclusi i più banali, ed ognuno
sembrerà valido e interessante per ritornare a quel dolore attualissimo, e
parlarne, e descriverlo e riviverlo e” chiedere pietà e un po’ di
compassione. Così succedeva spesso con Ada, di ritrovarci parlando del suo
primo, e unico marito, ucciso di sorpresa dai militari non si sa perchè, e di
sua mamma, morta d’inedia scappando nella selva. Però oggi è il 29
giugno, festa di San Pietro e Paolo, i due santi protettori di questa cittadina
impolverata e incandescente. La feria di paese s’è installata già da
qualche giorno, e il clima è quello delle grandi feste, di quelle che vengono
solo due otre volte l’anno, la feria appunto, la Settimana Santa di
Pasqua e il giorno dei morti, in novembre, con il fiambre e gli aquiloni. Oggi
è il giorno clou di questi festeggiamenti di giugno, che includono gare
sportive fra scuole di qui e di lì, sfilate degli alunni tirati in gran pompa,
su e giù per le strade della cittadina, con tanto di gran cassa e di lira
suonate a più non posso. E poi le giostre, i banchi di dolci e caramelle e
zucchero filato, il tiro a segno con gli elefanti, le pannocchie abbrustolite e
croccanti condite con maionese, ketch-up, formaggio grattuggiato”
E’ strano, non sono mai stata a una sagra di paese dei paesini del
Polesine, dove mio padre e mia madre sono nati, si sono conosciuti ed hanno
cominciato a scoprire l’amore assieme, eppure stando qui oggi, 29 giugno,
è come se mi si accendesse una lucetta nella testa, e il faro di luce
illuminasse una scena famigliare, con queste stesse giostre ben artigianali e
precarie, i ragazzotti in un nugolo in cerca di far colpo sulle signorinelle
fresche di vita là in grappolo raccolte, la musica del xx come sottofondo, e
queste stesse bancherelle piene di leccornie d’altri tempi e
d’altri sapori, semplici semplici, pieni di sogni e fantasie. E’ un
attimo, ma è una sensazione chiarissima: la capacità di sognare e sorridere di
quelli che poco hanno o nulla è identica a qualsiasi latitudine. Identica.
Stasera, come in tutte le ferie
che si rispettino, c’è l’elezione di miss Chisec, per dirla con i
termini di qui, señorita Bombilpek, dal nome di una grotta delle vicinanze,
dove secondo la cosmovisione maya locale si trova la divinità del Colle e del
Valle che praticamente regola l’intero svolgersi, sereno o meno, della
vita dell’indigeno q’eqchi. Qui, sin dai tempi della violenza,
ovvero dagli anni Ottanta ormai, non si usa uscire la notte a passeggiare o a
prendere semplicemente una boccata d’aria: il massimo che si tollera nel
proprio concetto di sicurezza personale, è una scappata al tempio o alla chiesa
per le funzioni religiose vespertine: si prega, si canta, si recita il rosario
a seconda dei casi e delle Chiese, e poi di corsa a casa. Diversamente si è di
malaffare, e allora tutto è possibile e legittimo. Per Ada, i suoi otto figli e
un nipotino, andare alla elezione della señorita oggi è un sogno bellamente
accarezzato: le piacerebbe eccome, ma il bus che il sindaco ha messo a
disposizione dei suoi concittadini per andare fino al salone multiuso, laggiù
vicino all’hotel di doña Alicia, già quasi in periferia, parte dalla
piazza centrale, davanti al municipio. E per arrivare lì a Ada ci vogliono
ancora otto isolati, da farsi tutti a piedi con i bimbi al collo e la fioca
luce nello
stradone polveroso che dà paura a solo pensarci. Però oggi vado su e giù per
Chisec anch’io, con il mio geep nero Pippistrello (così l’ha
chiamato in onore al colore e alla lingua del “sì” il mio ragazzo)
un Chevrolet decapottabile piccolo piccolo, e l’elezione della signorina
indigena non mi voglio perdere sicuramente. Arrivo a notte fatta alla casa di
Ada, e senza nemmeno il bisogno di strombazzare con il clacson eccoli tutti
fuori, gli otto eredi di casa Choc! Scendo senza dire una parola - loro, già
mezzi euforici hanno la speranza ben accesa - faccio i quattro gradini di terra
battuta che mi facilitano l’entrata, vedo Ada, in cucina pulendo i resti
di una frugale cena, e le dico:”Olá, che aspettiamo, andiamo
all’elezione della Señorita, o no?”. Beh, il sorriso e
l’allegria più spontanea e autentica che abbia mai visto si dipinge nelle
otto faccette, ancora mezze sporche dei fagioli neri mangiati da poco:
“Andiamo alla gran festa tutti e dieci in una sola macchina?”, è il
pensiero unanime che attraversa le nove menti di fronte a me. Beh, il mio
ragazzo non lo verrà a sapere salvo che glielo dica io, e poi, un po’
strettini e uno sull’altro come solgono fare qui, ci dovremmo proprio
stare. Per fortuna la gente q’eqchi’ non è mai molto alta”
Por Nina, Torino, Italia
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Incredibile,
incredibile, continuava a ripertersi Lucia quella mattina. Incredibile. La
notte era passata lentissima, fra un chiudere e riaprire gli occhi, in
un’agitazione incontrollabile, e adesso bisognava preparasi ed essere
“bella più che mai”! E che ci faccio con queste occhiaie
terribili???, era il suo secondo pensiero assillante, questo sabado 23
settembre del 2000. Non riusciva a crederci: come aveva potuto lasciare che
tutto questo gran pasticcio le si montasse attorno, e lei come se non bastasse,
condannata oggi ad essere, per tutto il giorno, nell’occhio del ciclone?
Lucia voleva sì un matrimonio cristiano, credeva profondamente che il
sacramento del matrimonio avrebbe dato radici saldissime alla sua unione con
Luis, però un matrimonio semplice semplice, essenziale, e non un vero
“pachangón” internazionale, come si dice in Guatemala per dire un
festone dei più accesi! Per partecipare alla gioia del suo Luis (un ecuatoriano
con la codina, che prima di vedere in tutti i suoi 85 kili per il metro e ottanta
che era, alcune sue vecchie zie avevano chiesto timorose: “ma è
nero?”) e alla sua venivano dall’Ecuador, dal Guatemala, dal
Salvador, dall’Inghilterra, dalla Svizzera e da Parigi, i più vicini, dal
Belgio, dalla Toscana e dal Ticino” mamma mia, e che ci faccio con ‘sta
faccia? I tre mesi di preparazione a “full” per quest’unione
l’avevano stremata per davvero: Luis non c’era, lui era rimasto a
lavorare in Guatemala fino a una settimana prima delle nozze, per mettere da
parte un po’ di ferie e darsi il gusto di una lunetta di miele di dieci
giorni in Sicilia, e lei, dopo tanta assenza dalla sua cara Torino, aveva
dovuto inventarsi tutto, dalla chiesa, alla comunità che facesse anche da
agriturismo per poterci mangiare tutti, dal gruppo per la musica al menù, adatto
a tanti palati” strampalati, dai gazebo (con o senza palchetto???)
all’itinerario più semplice per tutta questa tribù di compaesani di terre
lontane! E poi, il peggio, l’hotel per tutti, insieme, non insieme,
economico o già discreto, centrico per conoscere un po’ la capitale
sabauda, o più vicino a casa sua possibile, nella “bassa”
moncalierese? Uffa, quanti cavilli e dettagli a complicarla alla grande. Ma il
peggio non era nemmeno questo degli alberghi: il peggio era stato fare tutte le
benedette pratiche che l’ufficio diocesano matrimoni voleva con largo
anticipo per autorizzare le nozze: lei residente a Parigi, lui in Guatemala,
volevano a tutti i costi sposarsi a Torino, nella chiesetta che più vicina era
alla cascina della comunità di Terra e Gente, quella di Aramengo! Oddio, già il
nome la dice lunga: la pratica non si sapeva bene chi dovesse metterla su. Il
parroco di lei, dicevano a Torino, e quindi il parroco della sua parrocchia di
Parigi. Però il tranquillo prete transalpino obiettava le sue ragioni: secondo
l’uso della Figlia prediletta della Chiesa la pratica di matrimonio
doveva aprirla il parroco della chiesa dove il matrimonio stesso si celebrava,
e quindi il parroco di Aramengo, che declinava senza tentennamenti. Alla fine,
viaggi alla Ville Lumiere, dichiarazioni di intenzioni scritte in quattro e
quattr’otto via fax dal Guatemala, corso pre-matrimoniale impartito da un
missionario congolese di ventott’anni (a loro che di anni ne avevano 36 e
37!!!) in quella piccola cittadina nella Alta Verapaz dove avevano vissuto
l’utimo anno e mezzo, atti di e di battesimo e di cresima tradotti e
trascritti, tutta la pratica italo-franco-spagnola s’era messa su”
e una settimana prima delle benedette nozze s’era potuto tirare un respiro
di sollievo. Senonchè all’ultima riunione in ufficio matrimoni era sorta
la domanda sibillina: “E dove sono le pubblicazioni?”.
S’erano guardati tutti in faccia, Luis, sbalzato giù dall’aereo
qualche ora prima e ancora frastornato dal fuso orario di otto ore di scarto,
Lucia che moriva dalla voglia di rispondere “ma che ne posso sapere
io?”ma non voleva rovinare tutto, l’incaricato della diocesi che
era quanto di più burocratico si potesse fantasiare per quell’incarico di
concetto” Dov’erano le pubblicazioni? Di sicuro non a Parigi, dove
armata la pratica il parroco s’era bello che lavato le mani di ogni altra
incombenza che a sua maniera di vedere non gli toccava per niente; no in
Guatemala, dove Luis aveva altro a cui pensare, fra linciaggi da scongiurare e
diritti umani da difendere in un modo o nell’altro; no a Moncalieri, dove
il parroco di Lucia avrebbe anche voluto sposarli, ma era per lei troppo
semplice” e non a Aramengo, dove don Peppe aveva dato tutta la sua
disponibilità per aiutare questa coppia d’innamorati senza bussola, ma di
pubblicazioni non aveva parlato nemmeno lontanamente. Oddio, dove sono le
pubblicazioni? Di fronte all’evidenza internazionale si fece fede alla
pratica francese: se il vescovo di Nanterre aveva dato il via libera a
quest’unione sicuramente doveva averlo fatto a buona ragione, e a
pubblicazioni avvenute. Perciò, con un atto di fede meritorio, il matrimonio si
poteva celebrare il sabato 23 come previsto. Sennonchè, proprio la notte della
vigilia, verso le 10 di sera suona il telefono un’ennesima volta a casa
della fidanzata: era fratel Sergio che avvertiva che don Luigi, il monaco cui
toccava officiare il matrimonio l’indomani, stava male,
all’ospedale, e non si poteva proprio sperare in un miglioramento tanto
repentino da poter fare come se niente fosse. Non fu l’ultimo nè
l’unico colpo di scena di questa travagliata unione, e Lucia lo sapeva
bene: ma adesso doveva correre a farsi i capelli (chissà se alla fine la
parrucchiera questa volta si sarebbe ricordata di come fare questa benedetta
acconciatura!!!), truccarsi come s’usa fare in queste occasioni,
infilarsi l’abito e correre a Aramengo dal suo Luis, impettito e “
chissà com’era il suo vestito? Speriamo di buon gusto, con i latini non
si sa mai! Ma tant’è, lui era lui in qualunque maniera venisse vestito, e
questa notte sarebbero stati per davvero marito e moglie!!!
Così come i preparativi e l’organizzazione, nemmeno il matrimonio fu uno
dei tanti, comune e corrente: la gente accorsa da ogni dove, il giallo di chi
avrebbe alla fine unito questi due “promessi”, il coro di ex scout
amici di Lucia a cantare e suonare, la gioia contagiosa che si trasmise come
scossa elettrica in quella chiesetta del Monferrato, le intenzioni espresse e
condivise, le offerte portate all’altare, e il Guatemala presente più che
mai, fecero di quel matrimonio una festa speciale, specialissima. Sicchè a Luis
e Lucia non parve strano nemmeno un po’ che all’uscita dal tempio,
a salutarli e congratularsi con un sorriso dolcissimo ci fosse anche una
signora minuta, dai capelli canuti, non conosciuta nè da lei nè da lui, ma
dall’aria stranamente famigliare: “Sono la custode della Chiesa -
aveva allora detto quasi in risposta alle loro facce stupite - ero venuta per
curiosità, ma non ho potuto andarmene sino ad ora. Auguri, auguri tanti, e di
cuore, sposini!!!”:
.
Así
le hablo
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Pienso en ella y una sonrisa se me pinta
en el rostro sin ni darme cuenta. La veo moverse por el mundo entero sola,
fuerte sólo de sus luchas, su amor por todo, por todos, por la vida misma.
Pienso en ella y sonrío, y así le hablo.
Èlia Susanna. Catalunya
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A mi me encanta sonreír. Me encanta
tumbarme bajo los cielos estrellados de San Juan Atitán y de Huehuetenango, en
el jardín de la casa de Marco, y mirar las estrellas. Allí descubrí la Vía
Láctea y Cáncer. Y en la casa de Carlos, en San Juan, observamos como va
creciendo Marte, los días, raros, en que no llueve.
Me encanta tumbarme a mirar las estrellas porque pienso en las personas que me
gusta como se ríen y, si me concentro, puedo oír como las estrellas se ríen, ¿y
sabes como se ríen las estrellas?, con el sonido de las risas de esas personas,
mientras tintinean en el cielo. Todo el mundo debería probarlo. Aunque no se si
algunos que he conocido por ahí, podrían entender eso.
El Señor alcalde de San Juan Atitán, siempre sonríe.
Las niñas y los niños de San Juan se ríen de mi, porque intento pronunciar el
Mam, y claro, no me sale.
Las niñas de Santa Eulalia se ríen porque las llamo Nawal (Bruja en
Q’anjob’al), una palabra que me encanta. Las brujas pueden hacerte
sentir momentos que nunca imaginaste, y sonríes.
Las mujeres de San Juan se ríen por bromas que no entiendo, pero sus risas me
hacen reír a mi también.
Don Pedro Ramírez, Concejal 2º de San Juan, tiene una de las sonrisas más
tiernas que he visto.
Deberías ver como se reía Izabel de Santa Eulalia cuando no sabía donde está Asia.
Y si miro al cielo en la noche puedo ver, y oír, perfectamente la sonrisa de
Eugeni. Tú, seguro que puedes ver la de quién quieras.
Creo que nunca me hubiese dado tanta pena irme de Guatemala si yo no hubiese
conseguido sonreír a toda esa gente que están tan lejos de mi, que son tan
diferentes a mi, si no hubiese utilizado también mi sonrisa. Por suerte, yo
también tengo sonrisa. Sin ella, nada habría sido como es y los recuerdos de
San Juan Atitán serían otros, pero no los que se van conmigo de las Sanjuaneras
y Sanjuaneros. Tampoco los de Santa, con todos esos problemas, serían los
mismo. Creo que los de toda mi vida serían diferentes. Suerte que las personas
que me han rodeado en Huehue también han conseguido sacar mis mejores sonrisas
en esa ciudad tan gris, que a mis ojos, también sonríe, y me sonríe.
`Gracias Xavier por hacerme pensar un
poco’.
Dicen que existe un dios omnipotente
Por Carlos González, España
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Dicen que existe un dios omnipotente.
(¿Quiere decir esto que nunca le falla el miembro?, o ¿Quizás que se le pone
dura con todo lo que tenga dos tetas?, si es que es de sexo masculino). Lo más
seguro es que no sea eso. Recuerdo cuando estudiaba el catecismo en el Colegio
de la Salle San Ildefonso, colegio obvio que de curitas con sotana puros,
castos y moralistas. Decían que el significado del binomio "dios
omnipotente" era algo así como aquel ser (que era tres cosas a la vez,
cosa que jamás entendí, entre ellas una paloma aparecía siempre) que todo lo
podía. Es decir, que poseía el poder, o la posibilidad, o la habilidad de
transformar o dejar tal cual todo aquello que le placía. Creó el mundo, y según
parece, así como lo hizo, puede destruirlo con un chasquido de sus dedos de
dios omnipotente. Afinando más, si dios quisiera que tuvieras el miembro más
chico, pues lo piensa y ya. Puede hacer que te salga una peta en la espalda,
que las rosas huelan a lirios, o que cualquier día puedas volar como superman.
Todo eso y mucho más.
La otra característica de la paloma esa, que además es un padre y un hijo, hijo
que nació de una mujer, pero por lo visto nadie la fecundó, y que luego ese
hijo le dijo a un cadáver de un tal Lázaro, que estaba comenzando a pudrirse, que
se levantara y se fuera a su casa, y....bueno, no se cuantas más.
Pues el caso es que dicen también que
además es "omnipresente". La palabreja, según los curas ildefónsicos
que me guiaban en mi más tierna edad, significa que está en la pantalla de esta
compu, en la cerveza que me estoy bebiendo y en la cerveza del de al lado, y
hasta en la que te vas a tomar tú en cualquier momento. Cuando levantas la tapa
del W.C., también está en el agua de la cisterna, y detrás de las piedras del
monte, y debajo de las suelas de tus zapatos, y encima de tu cabeza, y los
tugurios de mala muerte de cualquier barrio kutre de todas las ciudades,
y....bueno, en todos los sitios que imagines, pero a la vez.
Es decir, hasta ahora tenemos un fulano
que no es fulano, pero tenía un hijo que sí lo era, y que no te lo quitas de
encima ni pa'trás. Ahora creo que está aquí, y que dirige mis dedos en este
teclado...¿O es este otro al que le llaman el diablo? Según dicen los que
visten trajes negros y que no se si llevan calzones o no, cuando las cosas que
haces son "buenas", entonces eso es dios que guía tus movimientos,
pero si lo que haces es malo malísimo, entonces es ese otro que vive en las
entrañas de la tierra, y que se pasa el día quemando gente en unas cuevas muy
tenebrosas que nadie ha visto, pero que por algún lado se hayan.
En el mundo hay mucha gente puteada, con
una familia hipernumerosa en pésimas condiciones, andrajosos y desgraciados
como ellos solos (creo que es cerca del 80% de los terrícolas). Gran parte de
ellos dicen que ese dios omnipresente y omnipotente se encargará de ellos, y
les dará la vida eterna, y vivirán en un lugar fabuloso lleno de pajaritos y
plantitas superbonitas, pero que para eso, ahora en esta vida de mierda que les
ha tocado, pues que tienen vivirla así, para que se les incluya en la lista de
esos afortunados que tendrán su boleto a ese lugar.
También los hay que en el nombre de la
palomita rara esa, agarran un kalasnikov y se van a pegar tiros al monte, o a
las ciudades donde viven otras personas, que piensan igual, solo que su dios no
tiene un hijo, cuyo padre es una paloma, sino que...bueno, no se si su dios
tiene un hijo, o si no lo tiene; no se si fue concebido por un rinoceronte
blanco o una pulga del ártico. El caso es que hay muchas clases de dioses.
Pero hay más. Hay otros que no hacen daño
a nadie, pero que se pegan todo el día encerrados en unas mansiones que poco
tienen que ver con la pobreza, con unas fuentecillas de piedra bien hermosas, y
que dicen que están casados con el tipo este, y que por tanto no se acuestan
con nadie, aunque yo, la verdad, creo que de vez en cuando le ponen un poco los
cuernos a la paloma, o al hijo de la paloma. Por lo menos una buenas manuelas
se hacen, como nos hacemos todos los homo sapiens del mundo, que por algo
provenimos del homo erectus, digo yo.
Esta gente está todo el día comunicándose
con Dios mediante alabanzas y frases que alguien hizo en su tiempo, frases
como: No soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para
sanarme. (Debe ser algo así como que están enfermos y que bueno, la casa debe
estar muy sucia y Dios, que es muy limpio, pues que no está bien que entre,
pero que si desde la puerta dice algo, lo que sea.. no se cualquier palabra,
pongamos.....avechucho!. Pues que el guarro que está dentro se cura
rápidamente.....¿Será eso?
Bueno, volviendo a éstos, a los que rezan
en las mansiones, pues dicen que así tocándose los huevos en esas mansiones y
diciendo esas hilipoyeces, pues que el mundo puede ir mejor, porque dios que es
su marido o esposa (debe ser marido, puesto que las mujeres de la iglesia son
esclavas del señor de segunda clase), les escucha sus peticiones, y entonces
arregla los problemas. Por ejemplo: La familia de treinta y cuatro hijos, por
supuesto emigrantes, todos desnutridos, marginados y follados por una sociedad
que los aparta en guetos nauseabundos, por el simple hecho de no haber nacido
en el chalet de la familia superguay que vive a dos cuadras, o quizás en un
país más "desarrollado" como Estados Unidos (que dicen que son los
“más mejores” de todos), pues que de repente puede ocurrir que
llega Dios, y como escuchó a éstos de las mansiones, pues le da un trabajo de
ingeniero aeronáutico al cabeza de esta supuesta familia; a la mujer la coloca de
ejecutiva de una importante empresa de químicos; a los hijos les pasa una beca
a cada uno para estudiar en Cambridge, y hasta al perro le sale un hermoso
pelaje y se transforma en un bonito iredale terrier que sabe traer el
periódico, se sienta cuando le dices, "sit", y te da la pata si se lo
pides. Puede ocurrir. Alguien me contó que le pasó a un vecino.
Yo no se si este dios existe o no. La mayoría dice que sí, y algunos dicen que
hasta lo han visto en no se cuantas formas diferentes (porque además el tío
puede cambiar de disfraz cuando le plazca).
Yo tan solo comencé a hacerme una
reflexión, desde el día en que abandoné ese colegio de curas. A mi todo esto me
suena un poco a chino. De pequeño la imaginación te permitía creer que las
brujas volaban en una escoba, y que las cigüeñas traían niños en bolsas desde
París directamente hasta la cuna que te vio crecer, que los reyes magos eran
unos fulanos (uno de los cuales se pintaba la cara con marcador negro, o al
menos así lo conocí siempre), de más de 2000 años de edad, que los días cinco
de enero de cada año, repartían regalos a los niños de las familias con un
nivel de ingresos económicos determinados (eso me jode, también), y no se
cuantas historias más, pero afortunada o desafortunadamente, uno creció y cada
día que pasaba, se daba cuenta de que el gordo de papa noel no cabe por las
chimeneas, y de que el pobre San José fue víctima de unos cuernazos
impresionantes, aunque su mujer le contara el cuento de la paloma.
Entonces: Si dios no existiera, ya
podríamos empezar a ponernos las pilas y comenzar a pensar que ni somos el
centro de la creación, como piensan la mayoría de los homo Sapiens que creen en
un dios que los creó a su imagen y semejanza, ni que dicho dios nos va a sacar
de los problemas en los que nos estamos metiendo solitos.
Ahora, y si dios existe....¿Que coño está
haciendo ese tío? Ya le vale. Y si se encuentra detrás de mí mirando esto que
escribo, pues le diría que mejor se mande a mudar a otro planeta, que éste lo
está manejando fatal.
Xela, a nosequé día de fines de Agosto de 2003
Por Carlos González, España
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Érase que se era la historia de un perro,
que por común y conocido, todos los vecinos conocían como Pepeperro. Era éste
un perro curioso por su manía de planearlo todo, y así, pensaba que te pensaba,
siempre andaba meditabundo. Pensaba sobre el origen de los perros, de su
afición por los excrementos ajenos, del porqué de sus largas lenguas, de su
rabo danzante, de sus amigas las pulgas, y hasta de quién sería el primer perro
que fue domesticado por el hombre. Tenía además un gran corazón, aunque sus
alcobas andaban cerradas hace algún tiempo, puesto que no llegaban los
suministros necesarios para mantenerlas abiertas, ya que éstos desviaban su
camino varias manzanas mas arriba, a villa neurona, que trabajaba a destajo día
y noche.
Pepeperro siempre tenía la
sensación de que algo se le olvidaba, y cada vez que llegaba a su casa de perro
amplia y con mucha luz exterior, pensaba lo que en ese día había olvidado su
canina memoria.
Al principio de su vida de perro,
Ppprro recibía visitas de forma casi continua en su morada de la calle la
inopia, de la que todos los días comprobaba su número, no fuera cosa de que
alguien le hubiera dado el cambiazo en cualquier momento, y en el paso del
tiempo, el susodicho fue quedándose cada vez más solo debido a sus reiteradas
negativas a compartir las demandas de juego que sus amigos proponían incansablemente.
El pensaba que no tenía tiempo para malgastar sus pensamientos profundos en
vacíos juveniles que no aportaban nada a sus conocimientos. Se diría que
Ppperro tuvo que nacer con algunas cuantas neuronas más que sus mortales
congéneres.
Ppperro se sentaba en la lontananza
a contemplar los atardeceres, y mientras observaba ese curiosos fenómeno, se
imaginaba como serían las estrellas de aquella misma noche, aunque al llegar
ésta, él siempre pensaba en su próximo atardecer. Y así transcurrió su vida, y
hasta una preciosa can, que le rondaba hacía un tiempito, decidió marcharse con
uno que fue su amigo, en esa etapa de la vida de los perros, donde lo que más
les gustaba era morder zapatos, esconder cosas debajo de las camas, tirar de
las esquinas de los manteles, mearse en las camas, ir detrás de palos
voladores, morder los pies de las personas mientras caminan, y esas tareas de
perros más propia de la infancia.
Mientras, Ppperro seguía
preguntándose cada día que fue lo que olvidó ese día, y los días anteriores, y
hasta ya sabía que muy posiblemente, mañana también sería víctima del olvido.
Liz, su amiga humana se cansó de
traerle objetos que otros perros que pasaban por la calle recogían
gustosamente, y más bien, pareciese que pretendía jugar con un perro estático,
de esos que se colocan en la bandeja trasera de los carros, y que mueven la
cabeza con cada bache. Y no es que él no se apercibiera de las intenciones de
su querida amiga, era más bien su abstracción en planear su inmediata
actividad. Cuando decidía jugar un ratito al “tira que lo agarro”,
Liz ya se había cansado de esperar, y para entonces ya se había marchado,
quizás a echarse un buen polvo con su cuate.
Era dormilón el condenado, tanto es
así que había fines de semana completitos, en los que el maligno se apoderaba
de él, y entre teorías filosóficas y ancianas dormitadas, iba de la cama al
sofá, y de éste a la alfombra, y ahí en la alfombra completaba el ciclo para
iniciarlo de nuevo en la cama. Ppperro siempre decía que dormir es al perro,
como la luz a las plantas de función clorofílica, o como el oxígeno a los
microorganismos de vida aerobia.
He ahí, que un día cualquiera de
invierno, Ppperro se levantó bien temprano, y marchando a la primera de sus
verborreas mentales, en un parque de robles muy coqueto cercano a su morada,
Ppperro, al cruzar la calle, ensimismado como de costumbre, no se dio cuenta de
la llegada de uno de esos gigantes de cuatro ruedas que a tantos colegas suyos
habían dado la boleta al ultramundo. Fue rápido el instante, tanto que no hubo
casi resuello de dolor, y así Ppperro yacía confundido entre el asfalto frío de
la mañana , y mientras exhalaba su último aliento, recordó al fin aquello que
durante toda su vida había olvidado, y así, pudo balbucear entre dientes: Ya se
que olvidé. Olvide vivir!!.
Ixquilams, esperando a los paisanos que nunca
llegaron. 3/6/03
“Pensamientos”
Por Carlos González, España
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Pensamiento 1:
Joder, si me acuerdo de ti. En cualquier lugarcito de estos hermosos rincones
puedes aparecer debajo de las setas, o debajo de un retorcido roble próximo a
cualquier riachuelo de estas inmensas montañas que constituyen mi preciado
hábitat.
Pensamiento 2:
Digo yo que la vida debe ser un continuo amanecer, donde los primeros rayos te
acarician las ilusiones, el entusiasmo, y las ganas de vivir. ¿Cuánto vale una
sonrisa?, Cuanto un guiño?,.....y una caricia? Cada una de ellas es un rayito
de sol, cada una un tesoro escondido en la isla de Robinson, y de cada uno de
nosotros depende desenterrarlo, o alargar los amaneceres hasta los confines de
nuestra vida.
Pensamiento 3:
¿Qué es lo que mueve la pobreza, la injusticia, la intolerancia, las envidias,
las desigualdades y las sinrazones? Tú lo sabes? ¿Será el egoísmo? En todo
caso, tenemos toda una vida para resolver este enigma, vital para no continuar
dormitando en el mismo saco de incongruente egocentrismo que cargamos a
nuestras espaldas.
Pensamiento 4:
Si hablamos de locura, que viva para siempre en nuestros corazones, que crezca
el árbol de los sueños y que florezcan los frutos de la infinita pasión. Que
muera la vergüenza, los políticos, los lucradores, el capitalismo, la comodidad
y los curas. Y que vivan las curvas de tu espalda, los besos al aire, las
lágrimas sinceras, los pájaros y las montañas, las miradas y las fuentes de
piedra.
Pensamiento 5:
¿Cuál es la mejor creación del hombre? Sin duda.....¡LA MÚSICA!. La música es
el color del cielo, la boca de un niño que se aferra a los pechos de su madre,
el sexo y el amor. La música es un viaje que te eleva y juega contigo en pleno
aire. Con la música me quedo, ¿y tú?
Bueno, no es gran cosa, pero es lo que ha
nacido ahora desde el centro de mi corazón. Te lo doy. ¿Lo quieres? Un besazo.
Carlos