Llegamos juntos a París
Xavier Mena Vásconez
|
A nostro figlio, Marcello |
En memoria de nuestro querido compañero del Colegio Alemán de Quito, Christian Elie |
A todas
las mujeres que lavaron y plancharon mi
ropa
Por qué
nunca más iré a ver una corrida de toros
Pero, por
favor, ¡¡si tenemos el Cotopaxi!!
Regreso a la tabla de contenidos
Para
mí, de las sinfonías de Ludwig van Beethoven, la sexta, conocida como la
“Pastoral”, es la más bella. Tal vez no tiene la potencia de la quinta ni la
grandeza de la novena, pero sus movimientos son una secuencia melódica y de
cadencias rítmicas llenas de colorido y armonía que bien le han valido la
definición de “el retrato musical de la naturaleza”.
No
siendo un entendido de la materia, no sé si existe alguna otra sinfonía con
cinco movimientos. Supongo que Beethoven compuso esta obra maestra como un
homenaje a la siembra y, a la cosecha, y sobre todo, a los pastores y labradores
que echan la semilla y cuidan de su tierra hasta que el fruto germine. En
Washington escuché esta sinfonía en vivo, dirigida por el director japonés
Seiji Osawa. Definitivamente el quinto movimiento es bellísimo. Es la canción
de los pastores y labradores, hombres y mujeres que cantan su alegría luego del
largo tiempo que duró el cuidado de su siembra, después de tormentas y peligros
por las que tuvieron que atravesar hasta el día de la gran cosecha. El día en
que germina el fruto; el día en que se perpetúa la presencia humana sobre el
planeta.
El 3 de noviembre del 2001, mientras Giovanna
aguarda la llegada de los médicos y enfermeras, juntos escuchamos el quinto
movimiento de esa sinfonía. Había llegado el día, el día que germinaría nuestra
cosecha, la continuación de nuestra estirpe. Nos tenemos de la mano. Ella está
más bella que nunca, con el miedo y la ansiedad reflejada en su rostro, cuyos
ojos verdes brillan cual esmeralda encendida. Trato de ser lo más tierno que
puedo. “La naturaleza está haciendo lo que debe hacer”, le digo.
Nuestra
única compañía en ese momento es la sinfonía Pastoral y el recuerdo de los últimos
nueve meses, de los meses de la gravidez de Giovanna, desde el mismo día que
llegue a París, el día en que la criatura y yo llegamos juntos a París y al
vientre de Giovanna.
En
diciembre del 2000 salí con el corazón roto de Guatemala, luego de casi seis
años llenos de recuerdos, de tristezas, alegrías, aventuras y de seguras
nostalgias. Regresé a Quito a preparar mi tercera boda con la misma mujer y,
además, a preparar el lanzamiento del libro “De Venecia a Xococ”.
La
fiesta en San Elías, con mi familia y amigos fue de una alegría desbordante,
con banda de pueblo, danzantes de Zuleta y fuegos artificiales de Píntag. Así
dábamos fin a tres ceremonias que testificaban nuestra unión. El lanzamiento
del libro fue en la Meca de la cultura ecuatoriana, el aula “Benjamín Carrión”
de la Casa de la Cultura.
Después
de días intensos en Quito salí para encontrarme con Giovanna en París. Me tocó
hacer una escala interminable y aburrida en Caracas de casi nueve horas. Quise
salir a dar una vuelta pero no tenía visa. Qué ironía, tenemos con Venezuela la
misma bandera, el mismo libertador, el mismo idioma, pero los ecuatorianos
necesitamos visa. ¡¡¡Viva Latinoamérica Unida!!!
Llegué
a París cargado de ilusiones y de maletas, pues con Giovanna habíamos decidido
irnos a esa ciudad para que ella terminara su doctorado y yo aprendiera a
hablar francés y sobre todo, italiano. Apenas bajé del avión, me encontré con
un policía aeroportuario francés que preguntaba a los pasajeros su origen. A
los ecuatorianos nos retuvieron el pasaporte y luego nos llevaron a la
comisaría del aeropuerto “Charles de Gaulle”. Para esa época, yo todavía tenía
el pasaporte azul de la ONU, pues mi contrato terminaba dos días después, y
gracias a este documento color de cielo, salí, sin saber la suerte de los otros
compatriotas. Fue un aviso para entender que a los ecuatorianos no nos quieren
mucho a ese lado del Atlántico.
Con
este mal sabor salí y allí estaba Giovanna, para llenarme otra vez la vida de
dulzura. Hacía un frío glacial pero la sangre me corría desbocadamente y nos
fundimos en un abrazo que duro casi seis días. Nos fuimos a nuestra nueva morada,
la casa del músico uruguayo Daniel Viglietti, ése que hizo delirar a la
juventud revolucionaria americana en los años 80 con canciones como “Dale tu mano al indio” o “Canción de amor para Nicaragua” o “A desalambrar” que la cantaba el
inmortal Víctor Jara.
Allí,
en ese nido revolucionario, con Giovanna nos amamos sin parar y sin pensar que
estábamos tal vez en la ciudad más bella del mundo. Estábamos allí amándonos,
sin pensar en el tiempo, ni en el invierno, ni en Notre Dame, ni en el Louvre,
ni en nada que no fuéramos nosotros, como si fuéramos poesía pura de Benedetti.
Nos
dejamos llevar por la fantasía. Éramos poder, éramos imaginación, éramos los
dos unidos por el beso, por el cuerpo, por la pasión, por el deseo, por la
alegría que sienten un hombre y una mujer que se aman, sin importar el origen,
el nombre, la piel, sin prejuicios, tal como la naturaleza quiere que se
quieran los amantes de la vida. Así nos quedamos entrelazados, días y noches,
viéndonos con el ojo cíclope “Rayuela”
de Cortázar.
Después
de tan imponente bienvenida a París, inicié el descubrimiento de esta ciudad y
el curso de francés, en La Sorbonne, donde volví a sentirme como un párvulo
pendejo que arriba al primer día de escuela. La profesora era de esas chapadas
a la antigua y cada día nos tomaba lección. “Xavier…la phonetique!!”, me gritaba cada vez que yo habría la boca.
Era increíble, apenas dos meses atrás había estado en la última emergencia en
Cobán, cuando se intentaba linchar a cuatro hombres, y ahora estaba en un
banquito de escuela, supertenso, preparando a diario la lección.
Así
fueron pasando los meses y así pasé yo el examen. Ahora algo hablo de este
idioma, tan difícil pero tan bello. Leí la poesía de Jacques Prévert y leí mi
primer libro en francés, “Au revoir, les
enfants” de Louis Malle. Como el horario me lo permitía, durante cinco
meses me dediqué a descubrir la “ville lumiére”, sin la presión y prisa del
turista común. A veces solo, a veces con el Beto Ávila, con quien hicimos el
peregrinaje a la tumba de James Douglas Morrison al cementerio de Pére
Lachaise. Caminar por los cementerios parisinos se convirtió en un placer
singular. El Beto y su esposa Carol son especiales para nosotros. Cuando fui a
visitarlo la primera vez en Juvisy, se produjo mi primera gran perdida en el
gran París, de casi trece millones de habitantes. Ir a su casa era algo que
genuinamente me gustaba, pues al entrar sentía el calor ecuatoriano y también
el frío de los Andes No conozco a nadie más apasionado por los volcanes del
Ecuador que el Beto, y ahora los dos están por allá, caminando en algún cráter,
en algún valle, en algún rincón andino del Ecuador.
París
me cautivó. No es nada raro que eso haya ocurrido pues a la gran mayoría
cautiva esta ciudad de bellos rincones y espectaculares palacios, museos,
avenidas, parques e iglesias. Sin embargo, tengo una afición que creo que
pocos, por no decir nadie, tiene en París. Me gusta buscar por donde sea,
reminiscencias de la Segunda Guerra Mundial. En esta inusual tarea, me dediqué
a leer los nombres de decenas de parisinos que murieron combatiendo al fascismo
nazi, sobre todo en el Barrio Latino, el mismo que en mayo del 68 se cubrió de
gloria cuando los estudiantes se cansaron de tanto convencionalismo y
decidieron llevar la imaginación al poder. Está justamente en el Boulevard
Saint Michel, No. 3, frente a la fuente, lo que me interesaba conocer, pues en
ese edificio vivió mi Papá en esos años rebeldes.
A un
costado del puente que une Saint Michel con la isla donde se encuentra Notre
Dame, encontré una bala incrustada en la piedra. Estoy casi seguro que debe ser
de la batalla de París, entre el 19 y 25 de agosto de 1944. Me propuse mutilar
el patrimonio histórico de París tratando de arrancar la bala y llevármela
conmigo. Puede ser que sea un acto de barbarie, y de hecho lo es, pero los
franceses se han llevado tanto de otros que una balita perdida no le haría mal
a nadie. Lastimosamente para mis intenciones, la bala sigue incrustada en la
piedra, pero algún día lograré sacármela, aunque no le guste a nuestro querido
amigo Jean-Philippe.
Por
suerte, no estoy solo en esta pasión de la Segunda Guerra Mundial. Con dos
amigos, dos queridísimos amigos de Quito, Mauricio Montalvo y Julio Laso,
compartimos esta extraña afición. Cada vez que nos veíamos, no dejábamos de
hablar sobre el tema, y gracias a Mauricio, descubrí lugares muy interesantes,
como el Velódromo de Invierno donde fueron concentrados los judíos franceses
antes de su último viaje a algún campo de concentración, o que en el famoso
Hotel Lutecia se armaban grandes orgías organizadas por la GESTAPO, etc.
Un
martes, Julio y Lorena nos invitaron a Giovanna y a mí a cenar en su
apartamento del boulevard Garibaldi. Fue una cena encantadora, escuchando la
música de Margarita Laso y saboreando la comida del Ecuador, pero la de
adeveras. Allí tuvimos el gusto de conocer al pequeño Juan Felipe, que a sus
cinco años es capaz de saber la extensión territorial de Benin, la capital de
Burundi, la moneda de Belice, los colores de la bandera de Nueva Guinea. Con
Julio asistimos a la final de la copa de Francia en el estadio donde se jugó la
final del mundial del 98. El partido fue aburrido, pero ver un partido de
fútbol con Julio no sólo es divertido sino también didáctico, pues el hombre
sabe de la materia, como de muchas cosas más. Ese día, el gol del triunfo del
Strasbourg lo hizo José Luis Chilavert, y aunque me es muy antipático, ese día
lo admiré; a pesar de que lo abuchearon todo el partido, este paraguayo se paró
firme, demostrando que ser extracomunitario en Europa no es sinónimo de ser un
pelele, como muchos europeos ven a quienes somos de otro continente.
París fue
un lugar de encuentros con viejos amigos. Allí encontré a Goran, a Samira, a
Lawrencia, a Jorge y Christof, a José María y Fotini, y descrubrí un nuevo y
ahora ya gran amigo, Alexei.
Pero no
todo es maravilla en París. Para obtener el permiso de estadía debía viajar a
Creteil, un lugar el cual espero olvidar pronto. Una verdadera tortura cada
tres meses. Si no fuera por Giovanna, que se convirtió en la defensora de mis derechos
humanos, capaz que yo estaría escribiendo esto en Quito o en cualquier lugar
fuera de Europa. Esta prefectura es conocida por su postura rígida frente a los
extranjeros residentes en Francia y el trato que allí se da no es precisamente
el de “igualdad, libertad y fraternidad”.
La
situación de inseguridad para miles de ecuatorianos es patética en Europa.
Cuando estuve en el mes de julio en Roma haciendo un curso de italiano, tuve la
oportunidad de conocer a muchos ecuatorianos y en cada uno hay una historia de
lucha, de dolor, de hidalguía, de amor y de coraje. Conocí a Richard, un
guayaquileño que trabaja de camarero en Perugia; a José que viene de Latacunga
y trabaja como jardinero explotado; a Amparo, quiteña que cuida a una señora.
Cada uno con una historia, con ideales y sueños, batallando contra la
ingratitud de la gente, contra fascistas como Bossi que quiere poner pena de
prisión de cuatro años para los “indeseables clandestinos”. Cuando oigo estos
comentarios racistas, no entiendo cómo se puede tratar mal a los inmigrantes
cuando los italianos llegaron por millones a América. Más de seis millones de
italianos encontraron una tierra que los albergó. Y qué decir de España, donde
hay quienes se quejan del ruido y de las fiestas que hacen los ecuatorianos.
Habría que recordarse un poquito lo que hicieron los españoles cuando llegaron
a América. No hicieron fiesta. Destruyeron una cultura, provocando el mayor
genocidio que se registra en la historia universal. En día en que cuatro
conquistadores ecuatorianos tomen de rehén al rey de España y luego lo quemen
vivo por no aceptar una nueva religión, saqueen todas las iglesias y se lleven
todo el oro a América, entonces que reclamen.
En Roma
estuve en la casa de mi querido amigo Alfonso Buondestino. Realmente, no podía
tener mejor destino que llegar a su casa. Con su esposa Caterine y su hijo
Rómolo, disfrute un mes espléndido, conociendo el sur de Italia, su tierra, la
tierra de la camorra y de la pasta. A Alfonso lo conocí en Guatemala. Miembro
del contingente de policías italianos, es un hombre de un corazón enorme.
Pensamos diferente, pero cuando se tiene a un amigo como Alfonso, el pensar diferente
es lo de menos. En Roma también me encontré con Juan Carlos González y su
esposa Sandra. Que grato fue el encuentro, caminando por la Piazza dil Popolo o
por Il Trastevere, con este amigo genuino nos une una especial y singular
amistad. Ya nos encontramos una vez en Washington y ahora en Roma. ¿Dónde será
la próxima? También con la queridísima amiga María Sara Jijón, quien lleva a
cabo un trabajo excepcional, demostrando la capacidad de las ecuatorianas en
cualquier latitud del planeta. En la gira por Italia llegué a un pueblito
veneto que se llama Portoguaro, donde me esperaba Édgar Jiménez, ese pana que
estuvo en nuestra boda en Turín, representando a los panas del Colegio Alemán.
Junto con su esposa Fresia y sus dos hijitas bellas, nos fuimos a Padova y me
sorprendí de ver en la catedral la lengua y las amígdalas de San Antonio, algo
que me pareció un fetichismo llevado al extremo.
En esos
mismos días, en Génova se llevó a cabo la reunión de los países
industrializados, más conocidos como el G8. Este grupo de ocho presidentes
tiene por tarea determinar la suerte de los seis mil millones de personas que
habitamos el mundo. Representan a los ocho países que consumen el 80% de los
recursos de la Tierra. Para rechazar las políticas económicas de este grupo,
miles de personas se hicieron presentes en la histórica ciudad. La marcha tenía
un carácter de no violenta, pero lo que ocurrió en esos tres días fue
completamente todo lo contrario: las fuerzas del orden chocaron con grupos
anarquistas, destruyendo el centro de esa joya medieval. La policía, en una
acción desordenada, irrumpió en la sede de los organizadores y pegó tal paliza
a gente indefensa que dejó patética la línea dura del gobierno de Berlusconi,
más afín al garrote que a la idea.
En
agosto nos reencontramos con Giovanna en el sur de Francia, donde mi cuñado
Daniele nos prestó su apartamento en Roquebrune, en el departamento de los
Alpes Marítimos, que colinda con el Principado de Mónaco. Fueron tres semanas
increíbles, pues Giovanna, con ya seis meses de embarazo, estaba llena de
energía y alegría, haciendo mis días, y sobre todo mis noches, las más felices
de las cuales yo tenga memoria. Las salidas al mar a la madrugada luego de haber
hecho el amor hasta el alba, para luego recorrer los pueblitos del interior o
visitar las ciudades costeras para regresar y empezar a hacer el amor hasta
madrugada para luego volver a salir al mar, marcaron un ritmo de amor y belleza
que nunca antes había vivido.
Entre
ir al mar y amarnos con Giovanna, también me volvieron las ganas de escribir.
De escribir algo distinto que el anterior ensayo literario, dejando que se
antepongan las ideas a los recuerdos, pues este año me ha servido sobre todo
para ser un observador de las grandes desigualdades entre una Europa rica y una
América pobre. Escribir sobre temas como el culto a las máquinas, el desinterés
por seres humanos, como se hace con las empleadas domésticas, la influencia pacifista
de hombres como Ghandi, Jesús o el Che, el anteponer sueños a las tendencias
agresivas o competitivas, tan de boga en la actualidad. Y allí empecé a
escribir este mi segundo librito, que si es bueno o malo me resulta
indiferente, pues escribo como me sale, y si a alguien le gusta, qué bien.
El mes
de septiembre empezó con una grata visita de Françoise a Francia. Nos vimos y
durante toda una tarde caminamos por las calles del bello París, escuchándola
hablar apasionada de su vida en Colombia, llena de sueños, de anhelos y también
de frustraciones.
El
martes 11 de septiembre lo recordaba como el vigésimo octavo del golpe militar
en Chile. Pensaba que un día así no podía olvidarse nunca y que habría que
recordar a las generaciones futuras el fascismo militar. Obviamente que no pensaba
sólo en eso. Habíamos terminado de almorzar y con Giovanna nos fundimos en una
siesta amorosa donde el sueño fue el gran ausente y el amor el gran presente.
Luego de habernos amado con ganas, me fui al Internet a ver contra quién
jugaría la selección del Ecuador en las eliminatorias del mundial de fútbol. Al
abrir la página de El Comercio, me asombró ver la noticia de que las torres
gemelas de Nueva York habían sido atacadas por camicaces terroristas.
Encendimos la radio y efectivamente daban la noticia de los cuatro aviones
secuestrados y estrellados en Estados Unidos. Cómo es de irónica la vida, pues
con la diferencia horaria, mientras nosotros hacíamos el amor como Dios manda,
al otro lado del Atlántico morían miles de personas.
El 11
de septiembre ya no será solamente recordado por la barbarie pinochetista sino
porque la primera potencia militar y económica del mundo sufría por segunda vez
un ataque. El primero lo hizo Doroteo Arango (Pancho Villa), en 1916, cuando
invadió Texas. El ataque a Pearl Harbor no fue en el continente. Esta vez fue
en el centro mismo del mundo capitalista y militar.
Un día
trágico. Allí murieron 34 ecuatorianos. Nunca antes habían muerto tantos
ecuatorianos simultáneamente fuera del Ecuador. Gente humilde, gente que
buscaba nuevos rumbos. Allí murieron 343 bomberos de Nueva York, que dejaron su
vida por rescatar a otros seres atrapados en las torres.
Pero,
¿por qué se dio tanta barbarie? ¿Por qué tanto odio a ese país? El Presidente Bush dijo que el país es blanco del terrorismo
porque defiende la democracia, la libertad y los derechos humanos del mundo. Un
sacerdote católico de Miami, por su parte manifestó:
“Somos
blanco de los terroristas porque, en la mayor parte del mundo, nuestro gobierno
defendió la dictadura, la esclavitud y la explotación humana.
Somos
blanco de los terroristas porque somos odiados. Y somos odiados porque nuestro
gobierno ha hecho cosas odiosas. ¿En cuántos países agentes de nuestro gobierno
depusieron a líderes popularmente elegidos, sustituyéndolos por dictadores
militares, marionetas deseosas de vender a su propio pueblo a corporaciones
norteamericanas multinacionales?
Hicimos
eso en Irán cuando los marines y la CIA derrocaron a Mossadegh porque él tenía la
intención de nacionalizar el petróleo. Y lo sustituimos por el Sha Reza Palhevi
y armamos, entrenamos y pagamos a su odiada guardia nacional -la Savak- que
esclavizó y embruteció al pueblo iraní para proteger el interés financiero de
nuestras compañías de petróleo. Después de eso, ¿será difícil de imaginar que
existan en Irán personas que nos odien? Hicimos lo mismo en Chile, hicimos lo
mismo en Vietnam, más recientemente intentamos hacerlo en Irak. Y claro,
¿cuántas veces hicimos eso en Nicaragua y en otras repúblicas de América
Latina?”.[1]
Yo
residí dos años en Estados Unidos. Tengo grandes amigos y durante un año viví
como estudiante de intercambio en Colorado. Creo que el pueblo de Estados
Unidos es bueno, pero creo que hay que saber que lo que los gobiernos de ese
país han hecho por el mundo, les ha generado un odio colosal.
Cómo me
gustaría escuchar al Presidente de Estados Unidos decir que se eliminarán las
armas nucleares, y que se enviarán a sus hombres y mujeres no en aviones ni en
barcos de combate para buscar más petróleo, sino en misiones de paz.
Cómo me
gustaría saber que la gente de ese país se va a Irak a ayudar a reconstruir las
infraestructuras destrozadas por los bombardeos, a proveer de agua y alimentos
a miles de niños que se mueren cada día de sed, en vez de continuar la matanza
con el embargo económico.
Ojalá
en vez de invertir 270.000.000.000 millones de dólares en la “guerra de las
galaxias” se invirtieran en ayudar al África en su lucha contra el sida, a
Latinoamérica en salir de la crisis económica, etc., etc., etc.
Tal vez
así se combatiría mejor al terrorismo. Tal vez así.
Con el
pretexto de llevar a la justicia internacional, se creó una coalición de los
países occidentales para dar caza al supuesto responsable del crimen del 11 de
septiembre. Pero, ¿es ésa la forma de buscar justicia? ¿Es una forma de buscar
justicia bombardear población civil?
¿Cómo
se puede hablar de justicia cuando, en 1985, Nicaragua apeló a la Corte
Internacional de Justicia de La Haya para poner fin a los ataques financiados
por el gobierno norteamericano y cuya sentencia fue la de ordenar el cese de
los ataques, además del pago de una indemnización por los daños causados,
provocando la negativa norteamericana a este fallo del máximo órgano de
justicia internacional? Nicaragua luego apeló al Consejo de Seguridad de la
ONU, el cual dispuso que se debía acatar el fallo de la Corte, provocando el
consiguiente veto norteamericano. Por último, Nicaragua acudió a la Asamblea
General, donde obtuvo una resolución similar, con 151 votos a favor y 2 en
contra (Estados Unidos e Israel).
La
actitud asumida por Nicaragua es una actitud verdaderamente correcta que
buscaba justicia. Utilizando el argumento de que hay que exterminar a los
terroristas, se debe considerar primero quién es el terrorista. En el caso en
concreto, pienso que una actitud de presentación ante la justicia internacional
de quienes hayan cometido el abominable crimen del 11 de septiembre habría sido
mejor y más congruente que bombardear poblaciones enteras de uno de los países
más pobres del mundo. ¿Habría tenido Nicaragua el mismo derecho de ir a
bombardear Washington para exterminar a Reagan? Qué ejemplo de justicia el de
Nicaragua!!
Mucho
se ha escrito luego de lo que pasó. Cada cual tiene su opinión. Unos a favor de
la reacción brutal norteamericana y otros en contra. Yo soy, por supuesto, de
los que está en contra de esa reacción que ha costado la vida a centenares de
civiles en Afganistán. Es cierto, no existe justificación alguna al crimen masivo
del 11 de septiembre, pero pensar a los Estados Unidos como víctima inocente de
este atentado es ignorar todo un pasado militar que sembró de muerte a miles de
personas en demasiados países. Muchos escritores han opinado al respecto y me
ha gustado mucho leer a Noam Chomsky, en el libro “11 de septiembre, ¿las razones
de quién?”. Este autor analiza a fondo el papel jugado por los Estados
Unidos fuera de sus fronteras, sobre todo, en cuanto al uso de la fuerza.
La vida
en París también cambió a partir de ese día. Esa noche llegaba mi prima Susana
desde Vigo, España. Teníamos un poco de temor, pues no sabíamos como estarían
los controles migratorios. Por suerte ella llegó bien y pasamos unos días muy
lindos en París. Me sorprendió la agilidad de las autoridades francesas para
reaccionar. El metro de París, el punto neurálgico y más vulnerable, fue
inmediatamente puesto bajo una vigilancia total y en menos de 24 horas todos
los basureros, no sólo del metro sino de París, estaban sellados.
Los
meses sucesivos fueron un ir y venir de noticias que poco a poco verdaderamente
me fueron hinchando las pelotas. Para el parto de nuestra criatura, Giovanna
fue a Turín, a la casa de sus padres, y luego me uní a ella para esperar el
gran día. Prácticamente todo el día eran noticias brutales, que una bomba
inteligente hizo estallar la Cruz Roja en Kabul, Afganistán. Que por un
lamentable error murieron ocho niños con un bombazo que no dio en el blanco, y
así, día tras día. Hasta que un buen día, Roberto Benigni apareció promocionando
su película clásica “La vita é bella”. Creo que todos los italianos ya la han
visto, pero ese 24 de octubre, más de 18 millones la volvieron a ver,
provocando un nuevo récord de espectadores para un filme en TV. Qué gusto fue
volver a ver esa joya en medio de tanta porquería.
Los
días previos al nacimiento de nuestro nene o nena fueron muy bellos en compañía
de la familia de Giovanna. Qué gusto grande fue para mí ir a Turín y sentirme
como uno más. Con mi italiano incipiente me entablo en largas y amenas
discusiones con el suegro Battista mientras devoro la pasta más exquisita que
he comido, que es la de mi suegra Giancarla. Con mis cuñados Daniele, Paola y
Maddy hay buena sintonía y los días en Turín fueron de un gran apoyo moral y espiritual.
Así
estaba llegando el gran día. Habían pasado casi nueve meses, los más lindos,
con la mujer de mi vida. Había sido testigo del crecimiento de su pancita desde
el séptimo día, cuando hicimos la ecografía y sentimos un corazoncito que iba a
más de 100 latidos por minuto. Empezaba otra etapa de nuestras vidas. Estar con
ella en el embarazo, ver sus cambios físicos y emocionales, estar juntos cuando
había inseguridades. Había la posibilidad de hacer un examen al cuarto mes para
ver si no existían problemas en el feto. Con Giovanna ni siquiera lo pensamos,
no hicimos el examen. Pues un niño nace como nace y punto. Tampoco quisimos
saber si sería un nene o una nena. Si era nene se llamaría Marcello y si era
nena se llamaría Martina.
Habíamos
hecho el camino juntos y habíamos llegado casi al final, sólo era cuestión de
que la natura disponga que la criatura salga al mundo. Y ese día llegó, nueve
meses después de mi llegada a París, por eso, el nene y yo llegamos juntos a
París y al vientre de Giovanna. Las contracciones empezaron a ser más seguidas.
Giovanna se despertó a las dos de la madrugada y me despertó a mí a las cuatro.
A las siete la llevé al hospital de Moncalieri.
Era 3
de noviembre del 2001, mientras Giovanna aguarda la llegada de los médicos y enfermeras,
juntos escuchamos el quinto movimiento de la sexta sinfonía Pastoral. Había
llegado el día, el día que germinaría nuestra cosecha, la continuación de
nuestra estirpe. Nos tenemos de la mano. Ella está más bella que nunca, con el
miedo y la ansiedad reflejada en su rostro, cuyos ojos verdes brillan cual
esmeralda encendida. Yo trato de ser lo más tierno que puedo. “La naturaleza
está haciendo lo que debe hacer” le digo.
El
médico determinó que había que hacer cesárea, pues el cordón umbilical le daba
tres vueltas al cuello del o de la nena. Con una pena enorme me despedí de mi
amor, pues yo no podía estar en el parto quirúrgico. Me fui a fumar, como debe
hacer cualquier padre que se respeta antes de tener un hijo. Una enfermera me
había dicho que demoraría una hora, así que tranquilo le di una buena dosis de
nicotina a los pulmones. Regresé cuando habían pasado unos 30 minutos. Estaba
leyendo las instrucciones para utilizar un extintor cuando salió una enfermera
bastante guapa con un nenito y dijo “chi
é il padre di Marcello?”. Me demoré un segundo que me pareció un siglo y
sólo atiné a decir “io sono”.
En ese
momento me entregaba a “Marcellino pane e vino”, nuestro hijo. Chiquitito,
lindísimo. En ese momento ya ni me acordaba de la enfermera guapa, estaba sin
hablar, sin llorar, sin poder expresar el momento más increíble de mi vida. Leí
una vez una entrevista a Luis Sepúlveda, el gran escritor chileno, quien decía
que la máxima aventura que ha tenido en su vida es sentir las manitas de sus
hijos apenas nacen. Yo sentí algo así, mi hijo que lloraba a gritos su derecho
a comer. Lo porté a su mamma, que
acababa de salir bellísima de la sala de operaciones. Le puse a Marcellino en
su pecho y el nene se instaló a comer su primera comida, su primera miel, su
primera leche materna.
La
alegría posterior fue desbordante. Llamé a Quito y hablé con mi Papá que
derramó la noticia. Esa noche escribí un texto en cuatro idiomas para anunciar
a nuestros amigos que están repartidos por los cinco continentes. Las felicitaciones
llovían y sobre todo llegó una, una carta lindísma para Marcello, titulada
“Luces en otoño”.
Nuestro
hijo nos había portado un gozo extraordinario. En un mundo tan feo y belicoso,
un nene nacía en paz. Este año de muertes, de bombas, nacieron mi sobrino
Mateo, mi hermano Juan David y nuestro hijo Marcellino. Qué año más redondo.
Qué comienzo de milenio, y encima de todo, el Ecuador que clasifica al mundial
de fútbol.
Después
de los días en el hospital, donde Giovanna se recuperó de la operación,
llevamos a Marcellino a la casa de sus nonos. Esa fue la primera noche que pasé
junto a él y me invadieron mil temores. Me levanté unas quince veces para ver
si estaba bien. ¿Y por qué llora así? ¿Y cómo se le saca el eructo? ¿Y es
normal que cague tantas veces? ¿Y cómo se esteriliza el biberón? Menos mal que
las primeras semanas estuvimos con los abuelos maternos, sobre todo, con la
nona Giancarla, que nos ayudó enormemente en esta nueva aventura.
Ahora
que estamos solos en París, nos debemos batir Giovanna y yo en la seguridad y
desarrollo de nuestro hijo. Las preguntas que me hacía al inicio hoy me parecen
ingenuas, pero nadie nace sabiendo ni los hijos traen consigo un “manual de
instrucciones”, y cada día hay nuevas preguntas en el crecimiento de
Marcellino. Creo que todo padre debería tener la suerte mía, es decir, poder
estar casi las 24 horas cerca de su mujer y de su hijo, al menos los dos
primeros meses.
Las
leyes deben dar ese apoyo a la familia, pues si el trabajo que hace la madre es
enorme, el padre debe dar un apoyo en todo lo que más pueda. Además, cambiar
los pañales es algo muy íntimo y que me encanta hacerlo, pues me siento que
realmente estoy con mi hijo ayudándole a limpiar su culito cagado, pero sobre
todo, que se va creando una relación superestrecha.
Este
fin de semana, Giovanna y Marcellino tuvieron una fiebre muy alta y me tocó
hacer un esfuerzo muy grande, pero al saber que lo hacía por MI FAMILIA, el
esfuerzo no fue tanto. Fueron casi 40 horas sin dormir, entre idas a la farmacia,
al mercado, limpiando al nene, limpiando la casa, preparando la comida
(histórico, mi último reducto machista sucumbió el día de hoy, cuando preparé,
y con bastante éxito, un pescado blanco que me salió bastante potable y hasta
ahora el estómago no se queja), tomando la temperatura, etc.
Hoy,
hace un año exacto, fue nuestra boda en Ecuador. En la ceremonia, el padre Pío
habló de que vengan los hijos. Y Marcellino llegó, llegó conmigo a París y al
vientre de mamma Giovanna en febrero del 2001, y ahora, la familia unida
seguirá su curso al lugar que resulta obvio, aunque nunca pensé que sería tan
pronto, al lugar que provocó que esta pareja se haya unido y que haya procreado
al hijo que llamamos Marcello.
Nos
vamos a Huehuetenango, la tierra de las palabras sabias. Allí nuestro nene
tendrá la posibilidad de respirar aire, de ver otros nenes, de correr, de
besar, de bailar, de reír, de estar con sus padres, de estar lejos de las
bombas inteligentes y de camicaces dementes, de supermanes y de talibanes.
Donde estará cerca de la naturaleza, de las montañas, de los lagos, de la gente
linda de Guatemala.
Nuestra
vida sigue adelante. Nosotros somos sólo los guardianes de la vida de
Marcellino, y mientras nos toque cuidarlo, con la mamma Giovanna le daremos
todo el amor y la ternura del mundo, y daremos la vida para que su vida sea
feliz.
Aquí
empieza este librito “Llegamos juntos a
París” y mientras escucho el disco de Manu Chao, veo a Giovanna que duerme
junto a Marcello, y empiezo a cantarle “Me gusta Guatemala, me gustas tú…”
Regreso a la tabla de contenidos
La
llamábamos La Dolo. La recuerdo muy bien, pequeña, con su pelo blanco con cola de
caballo y sus lentes redondos. Ella fue la que me puso la estelita que queda en
el huevo duro, entre la cáscara y la yema, cuando a los cinco años me rompí la
frente y nada podía contener la hemorragia. También fue ella la que “me sacó el
diablo” con una chilca, cuando un auto me atropelló en la avenida Brasil. Ella
fue, junto con mi Mama, la primera que lavó y planchó mi ropa, y seguramente,
la que me cambiaba también los pañales.
Después
de La Dolo, hubo otras mujeres, como Luz María, Eloísa, Eugenia, Rosa, Carmen
Elena, Carmela, Migda, María, Beverly, Érika. Todas aquellas que alguna vez
lavaron y plancharon mi ropa.
Venir a
París ha significado para mí el reconocimiento de muchos aspectos que antes, o
no los veía, o simplemente no les hacía el menor caso. Por ejemplo, cuando veía
a un ejecutivo, a un político, a un profesor, todos ellos pulcros y perfectamente
bien vestidos, nunca me preguntaba quién
les habría hecho el favor de lavarles y plancharles la ropa. Y ahora, cada
lunes, que es el día de planchado y lavado de ropa en nuestra casita en París,
me acuerdo de todas esas mujeres que lavaron y plancharon mi ropa, y pienso en
las mujeres que habrán lavado y planchado la ropa de todos estos hombres tan
bien vestidos.
Mi vida
ha estado llena de privilegios. Y uno de esos grandes privilegios ha sido, sin
duda alguna, que alguien siempre lavara y planchara mi ropa. En París empiezo
una nueva etapa de mi vida y empiezo a conocer a profundidad el trabajo
doméstico, ése al que casi no le damos la menor importancia, pues siempre había
alguien que lo hacía por nosotros, y siempre, o casi siempre, esa persona era
una mujer.
En
París, con Giovanna, cada semana nos toca no sólo lavar y planchar la ropa. Nos
toca barrer, lavar y trapear el piso, limpiar el escusado, sacar la basura,
pasar la aspiradora, lavar los trastos, secar los trastos, guardar los trastos,
romper los trastos, lavar y planchar la ropa. Gran enseñanza ésta la de París:
valorar el trabajo que hacen otras personas por nosotros y que nunca o casi
nunca vimos y peor agradecimos.
En
sociedades de grandes desigualdades sociales, como la ecuatoriana, el servicio
doméstico es una fuente de trabajo para que unas sirvan a otros. Antes no se
pagaba y eso se llamaba esclavitud. Ahora, en muchos casos, no se paga bien y
eso se llama cuasiesclavitud.
La
persona que hace el servicio doméstico es, en la mayoría de las veces, una
mujer. En la jerga burguesa de Quito, a la empleada doméstica se la llama “la
muchacha” o “la china”. Conozco hogares donde a la empleada doméstica se le da
un trato muy digno, llegando a ser parte de la familia. Pero también conozco
otros donde el trato que se da a “la muchacha” es indigno y hasta humillante.
Por ejemplo, en muchos casos se utiliza el “tú” para hablarle a la empleada,
quien a su vez debe contestar con el “usted”, pues de otra manera, se estaría
“igualando”. Si es de puertas adentro, tiene un cuartito en la parte trasera de
la casa y trabaja hasta seis días a la semana. Hay veces en que “la salida” se
le restringe a los domingos por la tarde. Otras veces son sujetas a acosos
sexuales por parte del joven adolescente, que ve en “la china” su primera
opción para terminar su virginidad.
El
papel de la empleada doméstica es fundamental. Por ejemplo, cuando se trata de
niños pequeños, ellas asumen un papel importantísimo, pues cuidan con
diligencia y amor a los hijos de los dueños de casa. La madre sale a trabajar y
deja en esa mujer una gran responsabilidad. Sin embargo, en algunos casos, el
trato que recibe no es compatible con el trabajo que hace. Come sola, no
participa en las reuniones familiares o sociales, sólo recibe órdenes y viste
siempre con delantal.
Es muy
interesante dar un paseo un domingo por la tarde por la Plaza de la
Constitución en Ciudad de Guatemala, ciudad de marcados y grandes contrastes
sociales. Esa plaza enorme se llena de huipiles de todos los colores y regiones
de Guatemala, pues es el día clásico de salida de las empleadas domésticas,
quienes no tienen la posibilidad de retornar a sus hogares, por lo que se
reúnen en gran número a conversar en su idioma natal maya.
Mi
querido amigo Jesús Peña me hizo notar algo muy interesante respecto a esa
ciudad. El se trasladó a la capital de Guatemala con su esposa y sus dos hijos.
Empezó a buscar una casa en una zona residencial y en cada casa que vio notó un
detalle muy interesante: había el cuartito para la empleada doméstica, pero en
ninguna había conexión para el agua caliente, es decir, la ducha en el cuarto
de baño de la empleada no tenía agua caliente, y para quienes hemos vivido en
esa ciudad, sabemos que en los meses de invierno hace mucho frío en la
madrugada.
Otro
caso patético de discriminación hacia la empleada doméstica se da en algunos clubes
privados. Dos amigas españolas llevaban a sus hijos a un curso de natación en
uno de estos clubes. Un día, una de ellas no pudo ir por lo que envió a la
empleada para que estuviera con la criatura en el agua.
Cuando
la chica se metió a la piscina, el gerente del club la llamó y le pidió que
saliera. Ella así lo hizo. Mi otra amiga, que vio la escena, se acercó al
gerente y le preguntó que por qué había solicitado a la chica que saliera del
agua. El gerente le contestó que “el club tenia un nombre que había que
respetar y que por respeto a las personas que acuden a nadar a la piscina, no
cualquiera podía entrar al agua, y mucho menos si es una… india”. Algo similar
ocurre en otro club, uno de esos superlujo que dan al Pacífico, donde se
prohíbe la entrada de perros y empleadas domésticas al área de la piscina.
Este
racismo se ve también reflejado en la ley. Cuando vivíamos en San Benito,
Petén, contratamos a una señora para que planchara y lavara la ropa. Acudí al
Instituto Guatemalteco de Seguridad Social, el IGSS, con la intención de afiliarla
al seguro social. Al llegar a la ventanilla, el empleado me dijo de manera muy
natural que “en Guatemala no se afilia a las muchachas al IGSS, eso sólo se
hace en los países desarrollados”. En el Código de Trabajo hay todo un apartado
que trata del trabajo doméstico y dentro de los derechos que tiene una empleada
doméstica están los domingos como día de descanso obligatorio, que el patrono
les pague los funerales en caso de que se muera, y otros asuntos. Sin embargo,
no se establecen derechos fundamentales tales como el derecho a las vacaciones,
al seguro social, de enfermedad, etc.
El tema
del servicio doméstico no es un tema que apasione mucho a los políticos ni a
los sindicalistas y tampoco me parece que apasione mucho a los grupos de
defensa de la mujer, pues no tengo mayor conocimiento que alguien haya tenido
la idea de presentar una reforma a la ley sobre este tópico. Al final, “las
muchachas” no pesan mucho en la vida política de un país. Eso sí, planchan y
lavan muy bien la ropa de los encopetados que se dicen defender al pueblo.
Como
dije, París ha sido una gran experiencia para mí. Ha sido el lugar donde me uní
más a Giovanna, donde concebimos a nuestro hijo. Aprendí a hablar algo de
francés, la historia apasionante de Francia, y también algo muy importante:
aunque tal vez nunca llegue a hacerlo como lo hacía La Dolo, aprendí a lavar y
planchar mi ropa.
Regreso a la tabla de contenidos
Estoy
aquí, junto con Giovanna, en nuestro micro apartamento de Ivry sur Seine,
escuchando un disco de Paco de Lucía. Disco extraordinario. Es el disco del
concierto que dio en Guatemala, el 2 de noviembre de 1998, el mismo día que el
huracán Mitch arrasó con toda Honduras, con medio El Salvador y un tercio de
Guatemala.
Mientras escucho su guitarra flamenca, una bulería
llamada Río de la Miel, vienen a mi memoria aquellas tardes en la plaza de
toros de Iñaquito, en las cuales yo era espectador de un espectáculo bello,
sangriento y brutal. Recuerdo la vez que fui con mi abuelo Alfonso, aquel que
una vez ayudó a Rafael Gómez, El Gallo, a ponerse la taleguilla para una tarde
en la legendaria plaza Belmonte, en La Tola, y con mi Papá, a la plaza de toros
de Quito. Corría el año 1969, es decir, el año que Armstrong pisó la luna, el
amor y la paz se hacían presentes en Woodstock y el Vietcong lanzaba la
ofensiva del Tet en Saigón.
En esa
época, todo lo anterior para mi no tenía la menor importancia. Lo único que me
importaba era ir a los toros y había una razón muy especial. Esa tarde de
diciembre del 69, se hacía presente en Quito nada menos que Manuel Benítez, El
Cordobés, aquel que nació en Palma del Río, provincia de Córdoba, y que un día
le dijo a su hermana, “o te visto de gloria o te visto de luto”.
La
locura invadió no sólo a los que estábamos en los tendidos. Toda la ciudad
quería ver a este nuevo fenómeno del toreo y a este nuevo fenómeno social. Recuerdo
que mucha gente le pedía al torero que fuese el padrino de bautizo de sus
hijos. La iglesia de El Belén, la más antigua de Quito, estaba repleta, pues El
Cordobés fungía de padrino de decenas de criaturas quiteñas.
El
Cordobés es el típico representante de una generación de españoles que les tocó
vivir la posguerra y la era franquista. Movido por el hambre, este hombre
analfabeto, se fue de albañil a Madrid. Un día dejó sus herramientas de trabajo
y con una muleta se lanzó de espontáneo al ruedo para luego ir a parar preso a
la comisaría de policía. Así comenzaba una leyenda taurina y así también
comenzaba mi afición.
En
1972, mi Papá me regaló un capote y una muleta. Las hizo “El Diablo”
Calahorrano. El Diablo nos daba clases de toreo a mi, a mis hermanos y al Lucho
Ponce. Hicimos una pequeña plaza en un terreno atrás de la casa que teníamos en
el Quito Tenis.
A
los doce años había leído ya “Un verano peligroso” y “Muerte en la tarde”, las
dos obras del inmortal Hemingway. Recitaba la oda a Ignacio Sánchez Mejías, de
García Lorca. Recuerdo haber visto una película con Ángel Teruel, “Sangre en la
arena”, y nunca olvidaré “El niño y el toro”. Sabía que Paco Camino había
toreado trece veces en Quito y una en Ambato. No había mes en que no comprara “Ecuador
Taurino” y un sábado en que no viera Sol y Sombra, con Pepe Luis Castillo.
Vi
a prácticamente a todos los toreros de los 70 y 80. Tuve el honor de ver torear
por última vez a Luis Miguel Dominguín, aquel que estuvo en la plaza de Linares
el 28 de agosto de 1948 junto con Gitanillo de Triana, Manuel Rodríguez Sánchez
Manolete, y con el toro Islero, “mardita sea la raza de Miura”.
Cuando
lo vi en Quito en diciembre de 1972, vestía un impecable traje creado para él
por Pablo Picasso, otro gran aficionado taurino. Alternó con Sebastián Palomo
Linares y con el quiteño Edgar Peñaherrera, a quien le dio la alternativa. Ésa
fue la última vez que Dominguín se vistió de luces, pues fue corneado y se
fracturó en la pierna. Nunca más volvió a torear.
Sabía cada
detalle de la temporada en Ecuador. Seguía de cerca la campaña de Fabián Mena.
Cuando Armando Conde toreaba, se caía de emoción la plaza de Iñaquito.
Escuchaba por radio las tardes de novillero de Peñaherrera toreando en la plaza
Santamaría de Bogotá. Mariano Cruz era el torero de Riobamba que derramaba
valentía y suerte. Sabía de memoria todos los pasodobles y hasta me los
inventaba. Cuando niño, mi Mamá cantaba “El niño de las monjas” un pasodoble
dramático que termina con la cogida y muerte del niño y yo bañado en lágrimas.
Ver a
Paquirri, Teruel, los Esplá, Miguelín, Paco Camino, Manolo Martínez, Pedro
Moya, Manzanares, Eloy Cavazos, Arruza, Curro Rivera, Alfredo Leal, Manzanares,
El Viti, Dámaso González, etc., era un verdadero rito que comenzaba con la
compra de entradas, el hablado con acento español, las sevillanas en los bares
de Quito, etc.
Recuerdo,
con claridad, una faena en diciembre de 1988 de Roberto Domínguez, que estuvo
soberbio. Esto picó al portugués Víctor Méndez, que recibió al toro con una
larga cambiada y dio una lección de arte taurino.
Otro
recuerdo fue la magnífica faena que hizo Rafael Ortega Cano al toro de Saúl
Montenegro, Cayaco, que fue indultado, o la faena que catapultó al colombiano
César Rincón a la fama, cuando ni siquiera le habían quitado los puntos de su
última cornada. Recuerdo también la espectacular cornada que sufrió Rodrigo
Marín a cargo del toro Licenciado y como no acordarse de los banderilleros
ecuatorianos, sobre todo a Neptalí Caza, El Tortuga, héroe de la afición y a
Jorge Nieto, impecable en los trajes, más o menos en los quites.
Muchos
buenos amigos también compartían esta afición. Yo formé parte de dos peñas
taurinas. Una muy particular y muy singular, que tenía un nombre por demás
extraño, pero cuando uno es joven, hace lo que quiere, así que le llamamos “Las
Tres Hijas de Elena” vaya usted a saber por qué, y la integrábamos Álvaro
Muñoz, Édgar Terán, Renato Terán, Juan del Pozo y el Chagra Roldán. Después fui
miembro de una verdadera peña taurina, “El Campillo”, donde Enrique Ponce, los
hermanos Darquea, Manolo Fernández de Córdoba, Pablo Cobo, Mario Cárdenas,
César Aulestia, Alejandro Ponce y otros amigos nos juntábamos a hablar de toros
y de diez mil cosas más, bebiéndonos todo lo que más podíamos. Era tanta mi
afición que hasta me di mi propio nombre taurino: Ciruelo.
Participé
en algunos festivales. Con qué cariño recuerdo los días anteriores al festival.
Haciendo toreo de salón en el parque de La Carolina junto con Jaime Benavides,
El Pico, preparando el traje corto para el festival, ir al campo, tomar vino y
Trópico en el páramo, tantear las vaquillas, mucha solidaridad y mucho
compañerismo. En todos los festivales que toreé, que son cuatro, nunca se
lastimó a las vaquillas, se toreó a la usanza portuguesa y el único que salió
vapuleado fui yo.
En mi
primer festival, el becerro mi tiró al piso y mi Papá casi se lanza al ruedo a
gallear al burel. La segunda vez, me dio la oportunidad de hacer sueño la
realidad cuando le brindé la lidia de la vaquilla a Andrea, allá en la plaza de
La Cantera.
Podría
seguir hablando y escribiendo mucho sobre este tema, que como se ve, me gusta
mucho. Pero desde hace doce años que no he vuelto a una corrida y nunca más
volveré a una plaza de toros.
Dura decisión,
pues no puedo ocultar mi afición, pero tampoco puedo ser insensible al dolor, a
la tortura, a la fiesta de sangre y la enorme desigualdad que hay en un ruedo
entre un toro bravo y un torero bueno.
Primero,
el toro está allí sin saber por qué está allí a diferencia del torero que está
allí porque quiere estar allí. Segundo, la lidia no es más que un desgaste
paulatino en la cual el toro va perdiendo gas y prácticamente llega muerto a
“la hora de la verdad”. Pero lo que más me impide volver a una corrida de toros
es sentir regocijo al momento de la pica, banderilleo y estoque del toro.
Simplemente va contra mi principio de la no-violencia y no puedo ser cómplice
de la fiesta que se hace de la muerte de un animal noble y fiero como ningún
otro en la naturaleza.
Es
cierto cuando se dice que la existencia del toro de lidia se debe a la cultura
taurina, pues si no hubiera corridas, no existirían los Vitorinos, los Miuras,
los Cebada Gago, los Santa Coloma, etc. Es cierto también cuando se dice que el
toro muere al menos con la posibilidad de matar a su matador, y que su muerte
puede ser más digna que ir a morir al matadero. Pero no por estas razones, el
acto de sacrificar a un toro de una manera violentísima, sangrienta y cruel,
justifica esa pasión. Si tengo que escoger entre que desaparezca la fiesta
brava y mi afición a los toros, prefiero que desaparezca, pues así la gente ya
no les verá más sufrir y su recuerdo quedará en las carreteras de España, con
la legendaria figura del toro de lidia en los carteles de Osborne, en los
naturales de Paco Ojeda y en las fotografías de Bolívar Castro. Definitivamente
prefiero saber más de toros que matarlos. Nunca dejaré de escuchar a Paco de
Lucía y la música flamenca. Si un día estoy en Sevilla en Semana Santa y torea
Curro Romero, me moriría por entrar a la Real Maestranza y verle lancear una
verónica. Siempre seguiré la temporada taurina en España y América y trataré de
ver a los toros bravos pero en el campo, no en la arena. Siempre que pueda, me
reuniré con mis viejos amigos a cantar “Campillo grito de muerte”, a dar unos
lances en una capea, a recordar faenas y anécdotas taurinas. Se que esto que
escribo tal vez no guste a mis buenos amigos toreros, pero por suerte, son mis
amigos toreros, y aunque no compartan mis opiniones, la sabrán respetar.
Nunca
más podré ir a ver morir un toro bravo en la arena de una plaza de toros, nunca
más.
París,
27 de septiembre del 2001
Regreso a la tabla de contenidos
El
demonio existe y está entre nosotros. Mucha gente está poseída por él, y hay
que hacer algo por exorcizarla. Es un demonio que ha causado un daño enorme a
la humanidad. Sólo en el siglo XX mató a más un millón y medio de armenios en
1915, a seis millones de judíos entre el 39 y 45, a más de ciento cincuenta mil
mayas en Guatemala, a cien mil negros en Sudáfrica, a sesenta mil musulmanes en
la ex Yugoslavia, ochocientos mil tootsies en Ruanda en 1994 y a miles de
palestinos en Tierra Santa desde 1948. Ese demonio se llama “racismo”.
En
1982, fui a vivir un año a un pequeño pueblo en el centro de los Estados
Unidos. Fue un año muy bello por la gente maravillosa que conocí y hoy, 19 años
después, todavía mantengo un estrecho contacto con la familia que me acogió.
Recuerdo,
sin embargo, algunos detalles no tan bellos. El pueblo al que hago referencia
se llama Canon City y se encuentra al sur del estado de Colorado. En este
pueblo no hay negros y alguien me explicó que había una razón para ello y es
que durante muchos años, allí existió una célula del Ku Klux Klan.
Yo
acudía con mi familia a los servicios religiosos de la iglesia Metodista. En la
ceremonia, me acuerdo, había un momento de éxtasis entre los parroquianos. “Jesus is the lord” gritaba un pastor, y los
fieles se abrazaban y lloraban gritando “Aleluya”.
A
mucha de esa gente después la veía en las calles o en el colegio y la escuchaba
hablar, y no tenían el menor empacho en hablar pestes de los negros y de los
mexicanos. Alardeaban de su origen ario y se lamentaban que el general Lee
hubiera perdido la guerra civil de secesión.
Incongruencia
total. El domingo lloraban cristianamente y el resto de la semana el demonio
los poseía y derramaban toda la mierda que podían.
Algo
similar he visto en Ecuador, donde la mayoría de las personas son católicas,
apostólicas y romanas. Conozco a gente que cada domingo pasa a recibir la
comunión y cada miércoles se arrodilla rezar el rosario. Y a esa misma gente la
he escuchado hacer comentarios extremadamente racistas en contra de los negros
y de los indígenas.
Hace
algunos años se publicó un estudio sobre un cacique indígena de la zona de
Alóag, llamado Sancho Hacho. En dicho estudio, el autor hace referencia a que
muchas familias de Quito, Ambato y Riobamba descienden de este hombre.
“Yo no
desciendo de ningún indio”. “En nuestra familia está probado que todos
descendemos de nobles de España”. “Seguro que ese estudio fue hecho por algún
resentido social”. Fueron algunas de las expresiones que escuché hacer a cierta
gente que cree poseer pureza en su sangre.[2]
En el
libro “Confieso que he vivido”, Pablo Neruda relata algo muy interesante con
relación al racismo que se vive en el Ecuador. Hace referencia a una expresión,
por suerte ya no muy usada en la actualidad, pero hace cuarenta años muy común.
“En Ecuador, (dice Neruda) a los indios se los trata de verdugos”. Y es cierto,
yo lo he escuchado. Los indígenas en el Ecuador han sido marginados y
explotados durante siglos, y curiosamente, a ellos se les llama verdugos. Si
ellos son los verdugos, ¿quiénes serán las víctimas?
Mario
Benedetti escribió que “los verdugos suelen ser católicos, creen en la
santísima trinidad y martirizan al prójimo como un medio de combatir al
anticristo, pero cuando mueren no van al cielo porque allí no aceptan asesinos.
Sus víctimas en cambio son mártires y hasta podrían ser ángeles, prefieren ser
desechos antes que traicionar, pero tampoco van al cielo, porque no creen que
el cielo exista.”[3]
En las
eliminatorias para el mundial de fútbol en Estados Unidos, la selección de
Ecuador fue eliminada y se clasificó la selección de Bolivia. En esa ocasión,
los ataques racistas fueron contra los jugadores negros, pues si los indios de
Bolivia habían clasificado a su país, la razón era porque los negros del
Ecuador no eran siquiera capaces de jugar fútbol, peor de pensar y que “el
único inteligente era el Aguinaga”, que curiosamente, es rubio.
La
cárcel de varones de Quito está repleta de gente. El porcentaje de presos negros
es de casi el 35% cuando la población negra en todo el país es de menos de 10%.
Pregúntese y contéstese usted mismo el por qué.
No
puedo entender cómo es posible que mucha gente joven (no toda, por supuesto),
que proviene de colegios privados que cuestan un montón de dinero, donde se
supone que se recibe una excelente educación, no se dé cuenta de que está
poseída. Aunque es injustificable, se puede entender que algunos mayores tengan
ciertas ideas racistas; pero ahora en el siglo XXI, que un joven, mujer u
hombre, sea racista, es algo inaceptable.
Conozco
a una madre de familia, cuyo hijo se había enamorado de “una chola”. Estaba
indignada porque su precioso se pueda contaminar con alguien inferior.
Obviamente, ella prefería una chica con pedigrí para su bebé. A esa señora yo
le he visto comulgar.
Otro
caso similar lo vi en Bahía de Caráquez. Muchas de mis vacaciones las pasé en
este bello balneario de la costa ecuatoriana en compañía de mi querido amigo y
hermano Eduardo Vélez. Recuerdo que un sábado por la noche en una reunión
social, escuché a una niñita bien de Bahía referirse a que unos muchachos se le
habían acercado en la playa y habían querido hablar con ella. Ella se refirió a
los jóvenes como “negros igualados”. Al domingo siguiente era la primera en
pasar a recibir la hostia consagrada.
Creo
que hay que ser coherentes. Una persona que se dice católica es porque cree en
Jesucristo. No hay mandamiento más claro que aquel que dice “que amarás a tu
prójimo como a ti mismo”. Quien va a la iglesia, quien se arrodilla frente al
altar, quien comulga, quien reza el rosario, no tiene derecho a decirse
cristiano si después profesa una ideología racista, así de simple. Quien es
racista debe tener el coraje de no volver nunca más a una iglesia, ni de santiguarse,
ni de invocar el nombre de Dios. Más bien lo que debe hacer es buscar la
dirección del partido nazi más cercano y hacer el acto de fe al Führer.
El
medio en que se crece puede influir en nuestro comportamiento frente a los
otros y a veces, el medio está endemoniado y por eso hay que descontaminarlo,
exorcizarlo. Creo que toda persona que nace, nace pura. Un niño es puro, puede
jugar con niños distintos a él. Su naturaleza es la de ser solidario, amable,
alegre. ¿Por qué después se vuelve racista? Por el ejemplo que ve de sus
mayores. Si queremos una sociedad más justa, más igual, hay que ser mejores,
hay que ser más tolerantes con el que no es igual a uno, hay que ser más
humanos, hay que educar a los hijos, hay que hacer más el amor.
El tema
del racismo es importante, no hay que eludirlo. Tuve una conversación con un
líder mapuche, quien se refería a que los mapuches eran una raza pura y que no
querían contaminarla con sangre europea. Me pareció un discurso por demás
racista y le dije que no veía gran diferencia entre su discurso y el de los
nazis. El me contestó que efectivamente no la había, salvo una y muy
importante, que ellos no se consideraban superiores a nadie ni tampoco querían
destruir ni conquistar a los otros. Sin embargo, en la negación al mestizaje,
hay siempre un menosprecio y desprecio “al otro” a “lo diferente” y una
exaltación de “lo genéticamente propio”.
El
demonio está con nosotros y a ese demonio debemos expulsarlo de nuestras vidas.
Quiero que mi hijo crezca en un mundo donde la gente se quiera, o la menos se
respete, donde no importen ni el color de la piel ni el apellido. Quiero que
juegue y no tenga conceptos y prejuicios raciales, quiero que sea una persona.
Hay
maneras de combatir al racismo. Seamos más solidarios, seamos más humanos,
sonriamos más a la gente. Imitemos más a Jesucristo, al Che Guevara, a Mandela
y a Gandhi.
Regreso a la tabla de contenidos
¿Qué
sos vos. Sos rico o sos pobre?. Mucha gente cree que es pobre y lo es. Otra
piensa que lo es y en realidad es rica, o al menos no es pobre. Quién es rico o
quién es pobre es una cuestión de saber qué es lo que uno tiene o qué es lo que
a uno le falta. Si uno tiene lo que necesita, obviamente no es pobre y si
alguien no tiene lo que necesita, tampoco necesariamente es pobre. Pero hay
gente que no tiene nada, o muy poco, ni siquiera lo indispensable para tener
una vida digna.
Suponete
vos que en el mundo hay cien personas y que vos sos una de éstas. Imaginate vos
que de esas cien, habrá seis que poseerán el 59% de la riqueza total de la
tierra y esas seis personas son originarias de un solo país, Estados Unidos[4].
De esos
cien, habrá ochenta que viven en casas sin todos los servicios básicos, es
decir, o no tienen agua potable, o no tienen drenaje, o no tienen electricidad,
o no tienen acceso a transporte público, o no tienen teléfono, o simplemente,
no tienen nada. En cambio, habrá un 0.50% que tiene una persona que hace el
servicio doméstico, la china dirías vos.
De los
cien habitantes, el 50% estará mal nutrido. No habrá desayunado, o no habrá
almorzado, o no habrá tenido una cena, o simplemente no habrá comido en todo el
día. Y vos, ¿comiste algo hoy entre el desayuno y el almuerzo?
Setenta
de los cien son analfabetos. Si vos estás leyendo esta estúpida encuesta, vos
sos parte del 30% privilegiado. Y si vos tenés una computadora desde donde
enviar correos electrónicos, significa que estás en el uno por ciento de la
población que tiene el lujo de tener un procesador de palabras en su casa. Y
si, además, has estudiado en una universidad y te has graduado, sos parte del
maravillosamente privilegiado uno por ciento.
Si vos
te levantaste hoy con más salud que enfermedad, vos tenés mucho más chance que
un millón de personas que no vivirá hasta la próxima semana y si nunca has
vivido la soledad de estar preso, la agonía de la tortura, la desesperación del
hambre o de la sed, vos estás mejor que 500 millones de personas.
Además,
si vos podés ir a tu iglesia sin estar amenazado, torturado o muerto, estás
mejor que 30 millones de personas que no pueden expresar libremente su culto.
Si vos tenés en tu casa una refrigeradora con comida y podés cambiarte de
calzoncillos cada día, estás mejor que el 75% y si, además, tenés una cuenta de
ahorros y una corriente, o simplemente tenés plata en el bolsillo, estás dentro
del 8% de los más privilegiados del mundo.
La
crisis económica no es una broma. Es real y afecta a todos, a algunos más que a
otros, sobre todo si son aquellos que casi no tienen acceso a las maravillas
que nos regala el mundo. El mundo está dividido por los que tienen y los que
no. Si vos tenés lo necesario para vivir bien, sos rico. Tal vez no tenés un
yate, o un Volvo, pero si tenés donde vivir, donde comer, donde respirar, donde
hacer tus necesidades biológicas y, sí
además, tenés el tiempo de leer, es que eres rico, riquísimo.
Por eso
pensá en los otros, pensá como si no tuvieras la necesidad del pisto. Hacé
cosas que no cuestan, como sonreírle al guardián que cuida tu auto, a la
empleada que lava y plancha tu ropa, al hombre que recoge la basura que vos
dejás, mirale al que está al lado tuyo no como un competidor, sino como un ser
humano. Comprá lo que necesités, no babosadas, viví bien, comé lento, andá al
cine, jugá más con los niños.
Qué
mejor terminar este relato con una frase de ese cantor que tanto nos gusta, a vos
como a mí, que tenemos la suerte de estar en el 5% que puede comprar un CD
cuando nos gusta una canción.
“Prefiero querer a poder,
prefiero volar a correr,
palpar a pisar,
hacer a pensar,
ganar a perder,
amar a querer,
besar a reñir,
tomar a pedir.
bailar a desfilar
disfrutar a medir
Antes que nada soy
partidario de vivir.
Regreso a la tabla de contenidos
Es
inaudito que un país como el Ecuador, plagado de maravillas naturales y
culturales, no pinte nada en el concierto internacional. No es nada nuevo que
cuando uno sale del país, nadie o casi nadie sepa donde queda el Ecuador.
Cuando
estuve en Carolina del Norte en 1979, una chica norteamericana creía que el
Ecuador era uno de los estados de la Unión Americana. Y cuando fui a un curso
en Estrasburgo, en julio del 94, una chica portuguesa creía que el Ecuador era
una ex colonia de su país en el África.
Mucha gente
conoce las islas Galápagos y muy poca las relaciona con nuestro país.
Únicamente cuando afectó el ambiente de las islas porque se derramó combustible
(que menos mal no fue petróleo, por lo que la tragedia ecológica no fue más
grave, pues el derrame se evaporó más rápido y fue desplazado con mayor
facilidad por las corrientes) de un tanquero viejo y destartalado (lo cual
hacía más criminal y reprochable lo ocurrido, el Ecuador fue reconocido por la
comunidad internacional y no necesariamente con los mejores términos. Por
suerte, en la representación del Ecuador ante la UNESCO, se actuó rápida y
eficazmente y se logró recaudar un fondo para paliar los daños producidos por
el irresponsable dueño del barco que causó no sólo un grave daño al débil
equilibrio ecológico sino una gran vergüenza internacional.
En la
década de los 90, hubo tres ecuatorianos que hicieron notar el nombre de
Ecuador a nivel internacional. El tenista guayaquileño Andrés Gómez, con su
triunfo inolvidable sobre André Agassi en la final de Abierto de Francia el 10
de junio de 1990. La medalla de oro del marchista azuayo Jefferson Pérez en las
olimpiadas de Atlanta en julio de 1996, y Lorena Gallo, de Bucay, cuando le
cortó el pene a su esposo en Manassas, Virginia, EEUU, en enero de 1994.
Hay
varias razones para que casi nadie sepa dónde queda nuestro país. Una, por
supuesto, es la gran ignorancia de la gente, y la otra, lamentable pero cierta,
es que no hay una política de promoción del Ecuador.
En
marzo del 2001, el Presidente Gustavo Noboa Bejarano vino a dar una conferencia
en La Sorbonne, en representación de los países hispano parlantes, invitado a
una reunión convocada por La Francophonie, una organización de países
francófonos, cuyo director es Butros Butros Gali, ex Secretario General de las
Naciones Unidas. Éste presentó a nuestro presidente como “Monsieur Le President de’l Equateur, Gustavo Nabao.”
Es
patético ver en París la promoción turística que hacen países mucho más pobres
que el Ecuador: Ver propaganda de Cuba, Guatemala, Panamá o la República
Dominicana en el metro, en los autobuses, en las agencias de viajes, los cines,
etc. demuestra que, aunque la economía esté por los suelos, privilegian el uso
de los fondos públicos en promocionar sus bellezas naturales y culturales. Si
eso lo hacen países en peor situación que la nuestra, imagínate lo que hacen
países como México, Chile, Perú o Argentina.
Sólo
piensa que en las estaciones de metro se ponga una foto del Cotopaxi de las que
toma Anhalzer desde el aire. No hay montaña más hermosa que esa. El Majo me
dirá que para él la más bella es el Alpamayo en Perú y mi amigo japonés Tasuo
Higuchi me dirá que el Monte Fuji no tiene competencia. Eso queda a gusto de
cada cual, pero nadie puede negar que el Cotopaxi sea un símbolo inexplotado
por todos los gobiernos que han pasado por Carondelet. Es tan inaudito que una
marca de café colombiano utilizó al Cotopaxi para mejorar sus ventas, y en
París se toma mucho café de Colombia.
Ése es
otro hecho que me ha golpeado dolorosamente la atención. Que sea gente de otros
países la que promociona al nuestro. Por ejemplo, fui a ver con Giovanna y
Lawrencia una película venezolana, bastante mala por cierto, sobre la vida de
Manuelita Sáenz. Dejando a un lado la calidad de la película, en ésta se hace
un gran elogio a la heroína de Quito. O la vez que fui con Samira y Belén a ver
un espectáculo de la misa criolla argentina en la iglesia de Saint Pierre, en
Montmartre donde más de cuarenta coristas y doce músicos de ese país abrieron
el espectáculo con “Vasija de Barro” dejando en claro su origen ecuatoriano.
París
es una ciudad que privilegia el cine. Realmente una de las grandes
satisfacciones de haber vivido en esa ciudad es la de poder acceder al cine de
todo el mundo, o casi todo el mundo. He tenido la oportunidad de ver filmes
peruanos, argentinos, chilenos, venezolanos, colombianos, mexicanos etc. Del
Ecuador nada, absolutamente nada. Dos películas ecuatorianas, “Entre Marx y una
mujer desnuda” de Luzuriaga y “Ratas, ratones y rateros” de Cordero, se
presentaran en noviembre en la Maison de l’Amerique Latine, en funciones muy
poco promocionadas, lo mismo que tres presentaciones del grupo de teatro
Malayerba. Felicitaciones a esta gente que hace un gran esfuerzo privado por
mostrar al mundo lo que es el Ecuador.
Una
película, que lamentablemente fue un fracaso, fue “El viejo que leía historias
de amor” basada en la novela del mismo nombre del escritor chileno Luis
Sepúlveda. A pesar de tener a Richard Dreyfuss en el papel principal, la película
deja mucho que desear. Leí el libro de Sepúlveda cuando fui a Madrid en 1995.
No tenía idea de lo que se trataba, solamente sabía que era un exitazo
literario, así que como buen consumista, compré la novela. Novela
extraordinaria, novela que catapultó a Sepúlveda como gran escritor. ¿Sabes
sobre qué se trata el libro? De un viejo ecuatoriano que leía historias de amor
en el oriente amazónico y se desarrolla en medio de la campaña electoral de
1988 entre Rodrigo Borja y Abdalá Bucaram.
Nuestro
país sirve para promocionar a otros pero nosotros, los ecuatorianos, no somos
capaces de promocionar al Ecuador. Sepúlveda es el mimado de los lectores
italianos. Cuando estuve estudiando en Roma, cada día tenía que llegar hasta la
estación de trenes de Termini, pues de allí salía y llegaba el autobús que me
llevaba hasta la casa de Alfonso, mi gran amigo carabiniere, que durante un mes
me hospedó en su casa. Cuando tenía tiempo, entraba en las librerías del sector
y en la sección de autores latinoamericanos, encontraba libros de Vargas Llosa,
García Márquez, Isabel Allende, Eduardo Galeano, Pablo Neruda, Augusto
Monterroso, Sergio Ramírez, Jorge Amado, Alfredo Bryce Echenique, Jaime Baily,
etc. Nunca vi un libro de un escritor ecuatoriano, nunca, ni siquiera Huasipungo.
Lo mismo que en cualquier librería de París.
El
hecho de que no se lea a escritores ecuatorianos en París, no significa que no
haya habido escritores ecuatorianos que hayan sido leídos en esta ciudad luz.
En la década de los treinta, escritores como Gonzalo Zaldumbide, Jorge Carrera
Andrade y otros, dejaron una huella de la literatura nacional, pues sus obras
fueron traducidas al francés y fueron acogidos en ciertos círculos literarios
importantes de Francia, pero esa huella sólo quedó en niveles de élite, como el
caso de Gangotena quien publicaba en francés y mantenía amistad personal con
tipos de la talla de Cocteau, Michaux, Superville, Breton, etc.
Otro
hecho que también me llamó la atención fue ver como los peruanos tienen en
César Vallejo un verdadero icono de su nacionalidad. Asistí en París a un acto
conmemorativo organizado por la Embajada del Perú por los 109 años de su
natalicio. Hubo una presentación de una señora de Cuzco que declamó la poesía
de Vallejo. Algo emocionante, vibrante y profundo. La tumba de Vallejo, al
igual que de Julio Cortázar, las dos en el cementerio parisino de Montparnasse,
y la de Miguel Ángel Asturias, en el cementerio de Pére Lachesse, son lugares
de peregrinaje de peruanos, argentinos y guatemaltecos orgullosos de estos
grandes exponentes de la lengua castellana.
¿Por
qué no se lee a los escritores nacionales fuera del Ecuador? Con el Beto Ávila
hemos hablado mucho de esto. Tal vez por que no tenemos una infraestructura que
impulse a los escritores nacionales hacia el exterior, como lo hace, por
ejemplo, el brasileño Paulo Coelho, que en Europa vendió doce millones de
libros de “El Alquimista”. O tal vez
por qué en el Ecuador no se escribe bien, pero no lo creo. He leído a Raúl
Pérez Torres, a Javier Vásconez, a Jorge Enrique Adoum, entre otros, y me gusta
como escriben, pero sus libros no se venden en las librerías europeas.
Nuestro
amigo Mauricio Montalvo tuvo el gesto de regalarnos a Giovanna y a mí un libro
titulado “Obras Completas” de Pablo Palacio. Es un libro coordinado por
Wilfrido Corral y publicado por la UNESCO. En el intervienen quince críticos
literarios, de los cuales ocho son extranjeros. Es una obra monumental y recoge
gran parte de la producción literaria del escritor lojano. Soy sincero, yo
nunca leí a Pablo Palacio en Ecuador, con excepción de su cuento "Un
hombre muerto a puntapiés”. Fue en París donde pude leer más de este gran
escritor nacional.
Dentro
de los intelectuales invitados a discernir sobre la obra de Pablo Palacio está el
sociólogo, profesor universitario y crítico literario Agustín Cueva quien
manifiesta “…que durante los últimos cinco años (deben ser bastantes más) jamás
vi un suplemento cultural dedicado aunque sea muy parcialmente a Palacio en
ningún país latinoamericano…En las librerías de México y Argentina, por lo
menos, que es donde hemos consultado, los libros de Palacio son absolutamente
inencontrables.”[5]
Es la
triste realidad. Nadie lee a los escritores ecuatorianos. Consulté en el Centro
Cultural Pompidou de París acerca de Juan Montalvo y su obra y apenas hay una
leve referencia. En mi estadía en Ginebra, José Valencia me prestó un libro de
obras completas de Montalvo. Nunca había leído a Montalvo en Ecuador. Me
impactó mucho una carta de Montalvo a Pedro Carbo y me gustó leer “Las Catilinarias”. Que ironía, leer a
Montalvo en un parque de Ginebra donde estuve cuatro días y no haberlo leído
jamás en Ecuador donde viví 28 años.
De toda
la experiencia en Europa, una de las más increíbles nos ocurrió en un pequeño
pueblo francés ubicado en el departamento de los Alpes Marítimos, al sur de
Francia. Fui a Saint Agnes con Giovanna a ver una presentación artística de
grupos andinos de Perú y Bolivia. Espectacular la presentación del grupo
boliviano. Deleitaron a los franceses con la saya boliviana, los carnavales de
Oruro. Magnífica representación de este grupo boliviano en un pueblito perdido
en los Alpes Marítimos.
Mientras
veíamos el espectáculo, una señora a mi derecha me preguntó algo en francés y
yo respondí algo no en francés. La señora pensó que yo era italiano y me hizo
la misma pregunta en italiano y yo respondí algo no en italiano. Por fin, me
pregunto en español que de dónde era yo, y le dije que soy ecuatoriano, en algo
que si era español. “Me encanta su país” me dijo amablemente. Le pregunté “¿Y
qué conoce del Ecuador?”, esperando la típica respuesta de que conoce Otavalo,
el Cotopaxi, Baños, Guayaquil, etc.
Me
responde “me gusta la historia de su país” y sigue “sobre todo me gusta la
época histórica de la segunda mitad del siglo XVIII en el Virreinato de Nueva
Granada y especialmente lo escrito y realizado por Eugenio Espejo.” Y durante
un buen rato, esta ilustrada señora me dio una lección de historia sobre el
Ecuador como nadie lo había hecho. Tanto le gusta nuestro país que me envió por
correo un artículo suyo sobre Espejo titulado “De la médecine à la politique,
Espejo et des Lumières en Nouvelle-Grenade”.
Esta
dama, no sólo que fue muy gentil con Giovanna y conmigo en la presentación del
grupo boliviano, sino que, además, nos invitó a su casa en Saint Agnes, lo que
nos permitió poder entrar en una casa genuina de ese pueblo medieval y conocer
a una ciudadana francesa de enorme corazón y de gran conocimiento sobre el
Ecuador. Además, resulta que esta señora es amiga de Alfredo Bryce Echenique,
el gran escritor peruano, con quien compartió cátedra en la Universidad de
Vincennes, al sur de París, justo después de mayo del 68, donde estaba
prohibido prohibir y la imaginación era poder. Muchas gracias por su artículo
sobre Espejo, pero más por regalarnos su corazón, Jeanne.
No se
debe ser tan negativo en cuanto a la promoción cultural del Ecuador. Es cierto
que el gobierno no hace nada, al menos en París o Roma, pero hay muchos
ecuatorianos que si lo hacen. Por ejemplo, no hay ciudad grande en Europa o
Estados Unidos donde no se escuche tocar la quena, la flauta, el tambor, el
rondador y el charango. He visto danzantes y músicos de Otavalo en todas las
capitales que he visitado. En el metro de París, en la estación de Chatelet,
siempre hay un grupo de músicos ecuatorianos de primera categoría. Y no sólo
los músicos, sino toda la gama maravillosa de vendedoras y vendedores que
exportan al mundo esa gran riqueza cultural.
Es
realmente encomiable la labor de los indígenas de Otavalo promocionando su
cultura y gran favor hacen al resto de los ecuatorianos, pues muchos turistas
europeos son y quedan encantados con la riqueza andina del Ecuador, su música,
sus tejidos, sus hombres y sus mujeres.
También
es cierto que miles de ecuatorianos que han migrado son los verdaderos
embajadores de nuestro país. La gente sencilla que está luchando en Europa es
digna y gran representante del Ecuador. Es la que remite el dinero de la forma
más democrática que puede haber, pues es el único dinero que llega a todo el
país y no se queda en las manos de unos cuantos exportadores e importadores.
En Roma
conversé con muchos inmigrantes, casi todos ilegales y todos tienen historias
impresionantes, de dolor, de angustia, pero también de optimismo, de lucha, de
coraje. Recuerdo muy bien a un compatriota. Solo, casi sin dinero, explotado
por los empleadores, pero siempre con la dignidad a flor de piel. Me decía que
extrañaba su guitarra y cantar con los amigos en Quito. Pero la crisis le había
llevado por estas tierras y por acá está, sin amilanarse, como buen ecuatoriano
que es.
No
entiendo por qué no hay fotos del Cotopaxi, no entiendo. Tengo frente a mi, en
nuestro cuartito de París, cinco afiches de los volcanes de Ecuador, y cada vez
que veo la foto tomada por Jorge Anhalzer del Cotopaxi, sueño con ese volcán,
el más bello del mundo, cubriendo con su nieve los puestos de publicidad del
metro de París y sueño con ver algún día al Ecuador como el gran país que es.
Regreso a la tabla de contenidos
La
Italia de comienzos del siglo XX, era muy distinta de la Italia de comienzos de
éste. Por sus características sociales, se parecía más a lo que hoy es Latino América,
es decir, una pobreza espantosa, cientos de miles de desocupados buscando
emigrar, sobre todo a Estados Unidos, una desigualdad social enorme,
enfermedades y muertes infantiles precoces.
Ésta
era la característica sobre todo en la zona de Veneto. Además, esta parte de
Italia fue terriblemente arrasada durante la guerra entre Italia y Austria
entre los años 1915 y 1918. Allí nacieron los abuelos de mi esposa Giovanna en
1912 y allí también nació, en el mismo año, en un pequeño pueblo llamado Forno di
Carnale, un niño, hijo de una maestra de escuela y de un socialista católico
sin trabajo, que sobrevivió la guerra y a la posterior hambruna. Tuvo dos
hermanos, a diferencia de otras familias, donde el número de hijos era muy
numeroso. Muchos niños crecieron en la Italia de posguerra, famélicos y
desnutridos, pero sobre todo, las niñas, pues el poco alimento debía ir primero
a los hombres y las sobras, a las mujeres. Este niño, cuando tenía once años,
sintió la vocación religiosa, a pesar de la oposición de su padre socialista.
Entró al seminario en 1930 y fue ordenado sacerdote en 1935.
Como
sacerdote se identificó mucho con la gente pobre de su región. Poco a poco,
este sacerdote se fue ganando la simpatía de la gente, con su sonrisa siempre a
flor de piel, su gusto por escuchar a los otros, su gran amor por la gente y
por su poco apego por lo material. El consideraba a la Iglesia como una opción
para los pobres y mantuvo una posición de repugnancia por una Iglesia rica y
materialista.
En la
Segunda Guerra Mundial, apoyó mucho a los partisanos comunistas en la lucha
contra los nazis y confesaba a los soldados alemanes. En 1946, se convirtió
doctor en teología Magna cum laude.
En 1958, Angelo Roncalli, Juan XXIII, lo nombró obispo de la ciudad Vittorio Veneto.
En
1962, participó en el Concilio Vaticano II, donde expuso una tesis innovadora
para la época en la cual, “el Concilio debía adaptar el Evangelio y la Iglesia
al problema del siglo XX, la sobrepoblación mundial. El negar a los hombres y a
las mujeres el derecho al control de la natividad, significaba retroceder a la
Iglesia Católica a los siglos más oscuros.”[6]
Esta
posición la confrontó en 1968 con el Papa Paulo VI, que había proclamado la
encíclica Humanae Vitae, en la cual
se prohibía a los católicos el uso de cualquier medio artificial para el
control de la natalidad y consideraba como únicas opciones aceptables a las
relaciones sexuales la abstinencia y el método del ritmo.
En
1969, el Patriarcado de Venecia quedó vacante. El Papa se acordó del obispo de
Vitorio Veneto, aquel que pensaba distinto y le propuso el puesto de Patriarca,
el mismo que fue aceptado. Posteriormente el mismo Papa lo nombró cardenal en
1973.
Como
Patriarca y Cardenal, mantuvo su posición contraria a una Iglesia rica, pues
decía que Cristo fue pobre y por lo tanto, la Iglesia debería ser pobre
también. Las joyas que recibió como Patriarca, las vendió para utilizar esos
fondos en un proyecto de ayuda los minusválidos de la región.
En
1972, con el dinero obtenido de dicha venta y con algunas donaciones para su
proyecto a los minusválidos, se interesó en el manejo las finanzas de la Banca
Cattolica del Veneto. Varios obispos de la región le mostraron su preocupación
por la forma en que se había vendido un paquete accionario de dicha banca a un
grupo laico. Sin el conocimiento y consentimiento del Patriarca de Venecia, el
presidente de la Banca Vaticana, el obispo Paul Marcinkus, había vendido las
acciones de la Banca Cattolica del Veneto al Banco Ambrosiano de Milano, dirigida
por un empresario milanés con estrechos vínculos con la mafia siciliana.
Este
hecho provocó la ira del Patriarca y, además, tendría cinco años después un
efecto dramático y mortal.
El
domingo 6 de agosto de 1978, Giovanni Battista Montini, Paulo VI, murió en
Ciudad del Vaticano. El trono estaba vacante.
Se
convocó a un cónclave para elegir al sucesor de Pedro. Los cardenales
latinoamericanos, se unieron y buscaron un candidato que fuera un hombre de
esperanza, abierto al diálogo y que creyera en una Iglesia como una opción a
los pobres de la tierra, un hombre que fuera un buen pastor, como lo era Jesús,
un hombre que buscara opciones a problemas como el control de la natalidad, por
ejemplo. Habían encontrado a ese hombre: El Patriarca de Venecia.
Al
inicio del cónclave, en la Capilla Sixtina, el nombre de este Patriarca ni
siquiera era conocido entre la mayoría de los obispos reunidos. Sin embargo, su
nombre, poco a poco, empezó a escucharse en los corredores vaticanos. En el
primer escrutinio, se ubicó en el segundo lugar. Igual en el segundo. En el
tercer escrutinio, se ubicó en el primer y en el cuarto y último, de 101 votos,
obtuvo 99.
HABEMUS
PAPAM. El cónclave había elegido a un nuevo Papa, al cardenal Albino Luciani,
el Patriarca de Venecia, luego conocido como Juan Pablo I. Era el 26 de agosto
de 1978. Treinta y tres días después, el 29 de septiembre de 1978, Juan Pablo I
moría, supuestamente asesinado, en su habitación de El Vaticano.
El 28 de
julio del 2001, visité la Plaza de San Pedro y El Vaticano. De esta visita,
hubo tres lugares que me impactaron profundamente. Dos que son perfectamente
visibles para cualquier turista: El tamaño gigante de la cúpula de la basílica
y la hermosa obra maestra de Miguel Ángel, La Pietá.
El
tercer lugar no es tan fácil de ver. Lo encontré de casualidad. Caminando en
San Pedro, vi una puerta abierta, la misma que llevaba a la tumba del apóstol.
Está en el subsuelo de la basílica y no hay, por suerte, muchos turistas.
Caminado
por allí, vi algunas tumbas de varios Papas. Sin embargo, no sé por qué, me
detuve en una, muy sencilla, nada comparada con las tumbas de Paulo VI y Juan
XXIII que están dentro de la nave principal. Está a un lado, pequeñita, sin
barroquismos, sin adornos, es decir, como su propietario. Al verla de cerca, vi
el nombre de quien yacía allí, Albino Luciani, Juan Pablo I.
¿Quién
fue este sacerdote, que en treinta y tres días se ganó el corazón de millones
de católicos y de no católicos en el mundo? ¿Quién fue este hombre, con una
sonrisa marcada siempre en los labios que supo ganarse la simpatía del mundo, y
al mismo tiempo, el odio de unos cuantos poderosos? ¿Cómo murió el Papa Bueno?
Hubo un
momento en la Iglesia Católica crucial. Es el momento en que el emperador
Constantino convierte al Imperio Romano al cristianismo. En este momento, la
Iglesia Católica se convierte en una institución de un poder colosal y deja de
ser pobre. Sin embargo, ciertos sacerdotes mantuvieron la opción pobre de la
Iglesia, como San Francisco de Asís, por dar un ejemplo.
En el
siglo XIX, con el triunfo de Giusseppe Garibaldi, el Vaticano pierde mucho
poder hasta la llegada de Benito Mussolini, con quien firma un Concordato, en
el cual la Santa Sede obtiene el reconocimiento de estado soberano y queda
exonerada de pagar impuestos por sus propiedades dentro de Italia. A partir de
1929 la Iglesia empieza a manejar sus propias finanzas sin injerencia exterior
y en 50 años logra acumular un patrimonio inimaginable, convirtiendo al Vaticano
en gran poseedor de bienes inmuebles en gran parte del mundo y de grandes
cuentas en bancos suizos y de Bahamas.
Albino
Luciani era de la opción de una Iglesia para los pobres. Su infancia la
transcurrió en medio de la pobreza y de los horrores de la guerra. A diferencia
de muchos Papas, la mayoría de origen noble, Albino Luciani provenía de
extracción social muy pobre. Durante su infancia, la influencia socialista
paterna le sirvió para entender que la tierra no estaba distribuida equitativamente
y que cada vez había más niños que morían de hambre. Por la influencia materna,
buscó la opción cristiana, buscó a Jesucristo en los pobres, y los encontró. Y
la Iglesia había encontrado un Papa pobre.
Defendió
con fuerza la opción del control de la natalidad como una propuesta a terminar
con la pobreza, sobre todo en el tercer mundo. Él era consiente de que millones
de católicos seguían las pautas marcadas desde el Vaticano y creía que con la
iniciativa propuesta por Juan XXIII en el Concilio Vaticano II se abrían las
puertas para marcar una línea en este difícil asunto. Sin embargo, su
antecesor, Paulo VI, fue muy claro en la encíclica Humanae Vitae al prohibir a los católicos cualquier uso de un medio
anticonceptivo que no sea la abstinencia sexual o el método del ritmo.
Consciente
de que como Sumo Pontífice adquiría un poder inmenso, su tesis tendría una gran
opción de ser considerada. Este tema, sin embargo, no era del todo bien
aceptada por la Curia Vaticana, muy de la línea de su antecesor, que consideraban
la posición del nuevo Papa como una traición a Paulo VI.
Por
otro lado, Juan Pablo I, cuando era Patriarca de Venecia, conoció de cerca el
funcionamiento de la Banca Vaticana, especialmente por las actividades del
obispo Paul Marcinkus, conocido como “el banquero de Dios”. Este obispo tenía a
su cargo el manejo de las finanzas vaticanas. La venta de la Banca Cattolica
del Veneto, sin el conocimiento de su Patriarca, sería el inicio de una
investigación realizada por Albino Luciani para indagar la suerte de millones
de dólares que se manejaban sin control alguno por “el banquero de Dios”.
Además,
Juan Pablo II también puso énfasis en la Arquidiócesis de Chicago, al mando del
cardenal Joseph Cody. Millones de dólares fueron manejados de manera
fraudulenta por este cardenal y esto también provocó la reacción del nuevo
Papa.
Este
Papa tuvo, desde el inicio de su pontificado, acciones que lo identificaron
inmediatamente como un Papa diferente, con ganas de cambiar, desde asuntos
mínimos hasta los temas considerados tabú por muchos sectores tradicionalistas
de la Iglesia.
Su
primer acto fue el de utilizar dos nombres: Juan Pablo. Juan en honor del Papa
que lo nombró obispo y Pablo en nombre de aquel que lo nombró cardenal.
Asimismo, manifestó su deseo de no ser transportado en la silla papal, es decir,
en los hombros de la gente, pues él se consideraba un hombre como cualquiera y
no merecía ningún trato especial. Fue también el Papa que por primera vez se
refería a la posibilidad de Dios Madre y no solamente de Dios Padre. Se negaba
a que los fieles le besen su anillo papal y le gustaba hablar con los guardias
suizos, algo escandaloso para la curia vaticana.
Fue un
Papa que manifestó interés en el problema teológico generado por varios obispos
latinoamericanos que habían mostrado una posición distinta a la marcada por El
Vaticano. En otras palabras, la Teología de la Liberación encontraba por
primera vez, un aliado en el Vaticano: el propio Papa.
Durante
mi estadía en Italia en el verano del 2001, prácticamente a cualquier italiano
al que pregunté sobre la vida y acción de Juan Pablo I, lo recuerda con un
cariño inmenso. Todos lo recuerdan como el Papa Bueno, aquel de la enorme
sonrisa, aquel que se acercó a la gente y no tuvo esa posición de
cuasiemperador. Y todos coinciden en señalar que a Juan Pablo I lo asesinaron
por que quiso cambiar.
Quiso
cambiar el manejo económico de las finanzas Vaticanas. El Vaticano se había
convertido en el mayor poseedor de bienes inmuebles en el mundo. Poseía tanto
que nadie en el Vaticano sabía cuanto realmente tenía. En treinta y tres días,
Juan Pablo I había organizado un plan radical para cambiar al interior de las
finanzas Vaticanas, lo que significaba que algunos obispos se sintieran
inseguros de su futuro, y con un Papa dispuesto a terminar la corrupción, el
miedo se apoderó de ellos.
Quiso
cambiar el modo tradicional y conservador de una Iglesia que guiaba a casi mil
millones de seres humanos con su posición en favor del control de la natalidad
y el uso de métodos anticonceptivos generalizando entre millones de mujeres
católicas para frenar el incontenible incremento de la población mundial y de
los flagelos de la pobreza.
Quiso
cambiar el modo de ver de una Iglesia rica y se interesó por las nuevas líneas
de pensamiento de obispos latinoamericanos y de algunos africanos y europeos.
Quiso
cambiar la idea de una Iglesia marcadamente machista dando mayor opción a la
mujer. Fue radical contra las dictaduras del cono sur. La única salida
que hizo fuera del Vaticano fue para saludar al alcalde comunista de Roma.
Algo
quiso cambiar este hombre bueno, en el mejor sentido de la palabra “bueno”,
como diría Machado. ¿Fue acaso ésta la razón para que el 29 de septiembre de
1978, este hombre bueno, haya aparecido muerto en su recámara papal? Qui lo sa?
El
informe oficial dado por el Vaticano es que Juan Pablo I murió de un ataque
cardiaco. Sin embargo, no hubo autopsia alguna que demuestre que fue esa la
causa de su muerte.
Después
de su muerte, todos los cambios que él había iniciado se quedaron en meros
proyectos. Se mantuvo el mismo papel de una Iglesia tradicional, conservadora y
jerárquica. El “banquero de Dios, mantuvo su puesto, el obispo de Chicago,
también. No se dio ningún impulso a la propuesta de cambiar la línea acerca del
control de la natalidad.[7]
Como
católico que soy, aspiro ver nuevos cambios en la Iglesia del siglo XXI. Ojalá
el próximo Papa sea africano o latinoamericano. Quiero ver una Iglesia comprometida
en el cambio social, ver una Iglesia como la vio el padre Maxiliam Kolbe,
muerto en Auschwitz, como la vio Madeleine del Brell, la hermana comprometida
con los obreros franceses, como lo ve la hermana Elsie Monge y su lucha
incansable por los derechos humanos en Ecuador, como lo ve el cardenal Desmond
Tutu y su lucha contra la discriminación racial en Sudáfrica, como lo vio
monseñor Juan José Gerardi, muerto a ladrillazos por decir la verdad en
Guatemala, como lo vio Albino Luciani, el Patriarca de Venecia, Juan Pablo I,
muerto luego de treinta y tres días de papado.
Regreso a la tabla de contenidos
Alguna
vez escuché a mi buen y querido amigo César Aulestia referirse a alguien a
quien definía “con pantorrillas de apóstol”. Evidentemente se refería a alguien
con unas pantorrillas muy bien formadas de tanto caminar. Esto lo entendí aun
mejor cuando en julio del 2001, visité la hermosa iglesia romana de San Giovanni
in Laterano.
En
esta iglesia renacentista se encuentran las estatuas de los apóstoles. Son
estatuas de gran envergadura de casi cinco metros de alto, de mármol blanco.
Una característica común a todos los apóstoles es su avanzada edad y también sus
descomunales pantorrillas. Son pantorrillas de maratonista, con los músculos
gemelos perfectamente definidos. Y era lógico que los apóstoles, y que el mismo
Jesucristo, hayan tenido unas piernas fuertes y robustas, pues en aquellos tiempos,
todo se hacía caminando.
Desde
que llegué a Europa, en enero del 2001, mis mejores medios de transporte han
sido, sin duda alguna, el metro parisino, el autobús, el tren, y por supuesto,
mis pies. Tanto me gusta caminar, que ahora tengo un marca pasos, no para el corazón,
sino un cuenta kilómetros, el mejor juguete de mi vida.
Rara
ha sido la vez en que he utilizado un vehículo para desplazarme, y esto, sin
duda también, ha sido un factor determinante para oxigenar mis pulmones y mi
corazón, diariamente sometidos a una fuerte dosis de nicotina, de esmog y para
que mi peso no haya aumentado considerablemente con los croissants, las
baguettes y toda la gama de helados de todos los sabores y colores que se
venden en Italia y Francia.
El
usar mis piernas como medio de transporte también ha significado que cada vez
desee menos tener un auto, al menos para usos no indispensables. No digo que un
auto no sea necesario, pero tal como veo a este mundo globalizado, los automóviles
han adquirido tal importancia en las vidas de las personas que pienso que una
máquina tiene ahora más derechos que las mismas personas.
Por
ejemplo, recuerdo que en Ciudad de Guatemala, en la Zona Viva, el alquiler de
un estacionamiento era de 10 quetzales por hora (1.5 dólares). Arrendar un
apartamento con estacionamiento privado equivalía a pagar un 50% más, es decir,
el metro cuadrado de garaje vale más que un metro cuadrado en el dormitorio o
en la cocina.
Ciudad
de Guatemala es una ciudad fea, feísima. No tiene árboles, no tiene parques y
tampoco tiene veredas. Lo que tiene es una cantidad impresionante de autos que
cada año crece más y más. Si uno es peatón, está condenado a esperar la buena
voluntad de algún conductor para poder cruzar una calle. La agresividad de los
conductores es patética. Manejar en esa ciudad es ir con el estrés a flor de
piel. Una vez en la 7ma. Avenida, un tipo se paró en media calle, pues tenía
urgencia de comprar cigarrillos. Yo me clavé en la bocina, lo que enojó al
fumador, y con mucha soltura, se abrió la chaqueta y me mostró una enorme
pistola en el cinturón, lo que hizo que me clavara en el acelerador y me
largara del lugar.
Es
una ciudad hecha para tener automóvil. La entrada o salida de Ciudad de
Guatemala por la vía que conduce al Atlántico es una verdadera pesadilla por
las inmensas colas de vehículos. El esmog en el centro de la ciudad es terrible
por la afluencia masiva de carros a cualquier hora. Cada día llegan más y más
autos que son desechados en Estados Unidos. Es decir, es el basurero de
chatarra contaminante. No es raro ver en la aldea más alejada de ese país, un
bus amarillo de transporte estudiantil que diga “Property of Freemont County, Virginia” o “school bus”.
En
Latinoamérica, quien no tiene auto, está condenado a tener que usar un servicio
público urbano o extra urbano atroz, peligroso y sucio por dentro y
contaminante por fuera. Cuántos accidentes ocurren diariamente porque a un bus
se le fueron los frenos, porque a otro le explotó una rueda y se cayó al
abismo, etc.
Pero
no es solamente un problema del Tercer Mundo. En Turín, capital italiana del
automóvil y, por ende de la FIAT, quien no dispone de auto está condenado casi
al ostracismo. Me preguntaba por qué una ciudad sumamente rica, no tenía un
metro o un buen sistema de transporte público, y la razón es una, y, además,
obvia: porque la FIAT necesita crear la necesidad en los italianos de tener
auto propio para poder hacer casi cualquier actividad.
En
el verano italiano, el éxodo de vacacionistas es impresionante. En un país de
57 millones de habitantes, 26 millones salen en busca de las playas o de la
montaña. De este total, 20 millones lo hacen en auto particular, el resto en
tren o en avión. En la autopista Salerno-Calabria, el 15 de agosto se registró
una cola de 18 kilómetros de largo para pasar por el peaje. Horas y horas de
espera con un calor sobre los 35 grados. Eso me recordó el memorable cuento de
Julio Cortázar, “Autopista Sur”.
En
Roma, hay que ser un verdadero malabarista para no ser atropellado por las motorinos. Solamente en Roma existen 2
millones, que aparte de meter un ruido infernal, constituyen un medio ideal
para matarse, pues me impresionó sobremanera la cantidad de accidentes de
tráfico que se producen en Italia.
En
abril del 2001, tuve la suerte de viajar con Giovanna y Paola a un lugar
hermoso llamado le Cinque Terre. Son cinco pueblos de pescadores al borde del
mar en la Liguria, costa occidental de Italia. Aparte de lo bellos que son el
paisaje costero y los pueblos centenarios, un hecho notable que me llamó la atención
era que el único requisito para llegar a cualquier de estos pueblos era el de
hacerlo sin automóvil.
Se
llega o caminando o por la estación del tren. No hay comparación con los otros
pueblos, donde reinan las máquinas y la contaminación se mete por doquier. Aquí
se camina, se respira, se ejercita y se goza.
Para
viajar por tierra, no creo que exista otro medio más idóneo que el ferrocarril.
Es económico, es ecológico, es social, es masivo. Admiro de Francia su
espectacular sistema de transporte público masivo. Me pregunto, ¿cuánto habría
ahorrado el Ecuador si algún gobierno hubiera tomado el riesgo de crear una red
ferroviaria entre Quito, Guayaquil y Cuenca?
Lastimosamente
somos sujetos de consumo. Cada año aparecen nuevos modelos, más cómodos, más
seguros, más lindos. Y cada vez el mundo está más y más contaminado por el
ruido, por el humo, por la chatarra, por el aceite, por el pavimento.
Hemos
perdido la capacidad natural de caminar. El gran paso del ser humano se dio cuando
dejó de usar las manos y los pies para apoyarse y transportarse en cuatro.
Cuando se paró, pudo usar mejor su vista, y sobre todo, dio un uso diferente a
las manos. Pero los pies mantuvieron su naturaleza, la de caminar. Con el
desarrollo, el automóvil volvió al ser humano a su estado anterior, es decir, a
las cuatro patas.
El
auto es un símbolo de estatus. Tener un auto significa tener dinero, y por lo
tanto, significa tener poder. Cuando estuve en Mónaco, me impresionó el poder
que tiene la gente que allí vive, y la mejor forma de demostrar ese poder, aparte
de los yates que tienen, es tener un Ferrari, un Rolls Royce, un Mercedes Benz
o un Jaguar. Característica de esta gente también es la de ser muy gorda y muy
arrogante.
Por
otro lado, cuando estuve en La Habana, donde no existen casi autos, aparte de
los hermosos modelos prerrevolución o los horribles Lada posrevolución, la
gente se mueve en bicicleta, a pie, o en “los camellos”. No vi ni un solo gordo
en La Habana, y tampoco vi ni un solo auto de lujo. Es cierto que la gente
cubana atraviesa una crisis económica enorme, pero de algo estoy seguro, que
allí se usan mucho las piernas y los pulmones.
Si el comunismo cae en la isla y la invasión consumista y de autos
llegue desde Miami, el índice de obesos, con problemas cardiovasculares, de
infartos y atropellados crecerá notablemente.
Tener
un auto significa también tener gastos de todo tipo, aparte de los normales de
gasolina y aceite, que ya es bastante. Significa gastar en seguros, en aditivos,
en mecánicos, en repuestos, en matrícula, en multas, en roces, en alarmas, en
vigilantes, etc. En otras palabras, sirve mucho, pero, sobre todo, sirve para
gastar.
En
todo el año 2001 caminé mucho por Europa y no gasté casi nada. Un año
excepcional. Sé que algún momento tendré que depender otra vez de una máquina
para movilizarme, pero haré todo lo posible por seguir el ejemplo de Jesucristo
y de los apóstoles, es decir, caminar, caminar y caminar.
Turín,
29 de agosto de 2001
Regreso a la tabla de contenidos
Admiro
a mucha gente. Admiro a mi abuelo Jorge que casi a los noventa años todavía
cree que puede haber un mundo mejor, más humano, más socialista, donde no haya
explotadores ni explotados. Así es mi abuelo, eterno soñador. Admiro también a
mi sobrina Isabel, que a los once años tuvo ya su primera representación
teatral, representando magistralmente a Oliverio Twist. No estuve presente pero
el eco de los aplausos llegó hasta París. Admiro a Juan Felipe, que a los cinco
años sabe cual es la capital de Benín, la moneda de Lesotho, la extensión
territorial de Italia y la población de Nicaragua, y cuando no lo sabe, va a su
libro y consulta.
Admiro
a la señora que todos los días veo pasar con su balde y escoba a limpiar los
baños de hombres y mujeres en la Sorbonne. Cada día, a las diez en punto, la
veo pasar a realizar su trabajo, y siempre está sonriente. Admiro al africano
que todos los días llega a nuestro edificio a recoger la basura que sale del
multifamiliar. Con su carrito verde, recoge las inmundicias de los otros.
Admiro
también a Rigoberta Menchú, que representa la dignidad y coraje de la mujer de
Guatemala. Esta mujer, que paradójicamente en su país es insultada como la
mujer que daña la imagen internacional de Guatemala, no sólo ha llevado al
mundo el dolor de su pueblo, sino que es, además, el símbolo viviente de los
pueblos indígenas de América. Es la persona guatemalteca más conocida en el
mundo, aún más que el mismísimo Miguel Ángel Asturias.
Admiro
a gente común y corriente. Podría nombrar a muchas personas más pero me voy a
limitar a tres, a quienes admiro. Las admiro, sobre todo, por su valor y
valentía de enfrentar a los poderosos sin amilanarse y con la seguridad de que
lo que hacían estaba bien.
Son
tres hombres, de los cuales, dos vivieron en la misma época y el otro no. Dos
de ellos eran barbudos y melenudos, el otro era completamente pelado. Dos
tenían reloj y el otro no, de hecho, el uno llevaba un Rolex. De la manera de vestir,
dos vestían de blanco y el otro de verde olivo. Dos no usaban lentes y el otro
los llevaba al estilo de John Lennon. Uno fumaba muchísimo y los otros dos no.
De los
tres, dos tuvieron hijos y el otro no. Uno de ellos, a los treinta y tres años,
optó por no tener más relaciones sexuales; el otro las tuvo casi hasta el día
mismo de su muerte, y del tercero no se sabe muy bien cuales eran sus preferencias
sexuales, aunque creo yo, que con el carisma que tenía, muchos hombres y
mujeres se habrán sentido seducidos con su palabra y su físico.
Los
tres tenían profesiones que al final de sus días, es decir, cuando los
asesinaron, no las ejercían. Uno era abogado, otro era dentista y el otro era
carpintero. El abogado, que se graduó en Londres, abandonó su profesión un día
que no lo dejaron subir a un vagón de un tren en Sudáfrica, porque no era
blanco. El dentista dejó su profesión cuando un día se fue a Guatemala y el
tercero dejó su profesión para dedicarse a hablar de amor.
Cuando
murieron, los tres no tenían nada más que lo que traían puesto. Ninguno dejó
propiedades. Uno dejó un testamento que fue leído en Cuba en 1965 y los otros
no. Su herencia fue dejar al mundo su ejemplo de solidaridad y entrega al
prójimo. Dos de ellos prefirieron hablar de amor y arengar a la multitud
lanzando ideas y no bombas. El otro, en cambio, prefirió el uso de la fuerza
para lograr sus objetivos.
El uno
era judío, el otro hinduista y el otro era ateo.
Los
tres son iconos universales. Sus seguidores no representan a un solo grupo
étnico y no están en un solo continente. Afiches con sus imágenes se venden en
el metro de París, en la calle Ipiales de Quito, en la zona 1 de Ciudad de Guatemala,
en el gran bazar de Estambul, en el Callejón de los Milagros de El Cairo, etc.
Cada
uno en su época, desafió a los imperios más grandes hasta esa fecha conocidos,
y a pesar de los seguros miedos que habrán tenido, no dejaron de luchar hasta
el final. El primero desafió al imperio más grande conocido hasta su época. El
segundo desafió al imperio más grande conocido hasta su época, y el tercero,
desafió al imperio más grande conocido hasta su época.
El
emperador César Augusto veía en este hombre un factor desequilibrante a su
política imperial. Sir Winston Churchill veía en este hombre un factor
desequilibrante para su política imperial y John F. Kennedy veía en este hombre
un factor desequilibrante para su política imperial.
Con el
primero, el representante del imperio trató de negociar su libertad, pues sabía
que estaba frente a un hombre fuera de lo común, mucho más fuerte que cualquier
ejército de los bárbaros. Lo crucificaron luego de una sesión de torturas
impresionantes. Nunca perdió su dignidad, ni ante el representante del imperio
ni ante sus torturadores. El segundo impulsó una forma de hacer política, la
huelga de brazos caídos y no sacar un quintal más de sal. Al representante del
imperio no le quedó más que negociar con el Alma Grande, la salida humillante
del imperio Un año después, una bala le partió el corazón. El tercero, cuyo
alias era Alonso Mena, llevó su lucha a todo el mundo y la juventud rebelde se
hizo eco de su llamado a no ser sumisos y para buscar una utopía de un mundo
mejor y del nuevo ser humano. El representante del imperio buscó negociar con
él en Punta del Este en Uruguay. Al final, luego de capturarlo vivo, un
soldadito boliviano, como dice Nicolás Guillén, le disparó en el corazón.
A estos
tres hombres admiro yo, los tres inmortales para siempre.
Regreso a la tabla de contenidos
El 19
de julio del 2001, me encontraba en un tren viajando de Roma a Portoguaro,
cerca de Padova, donde debía encontrarme con mi querido amigo Edgar Jiménez,
quien cordialmente me invitó a pasar el fin de semana en su casa en compañía de
su esposa Fresia y su dos lindas hijas. Al llegar a su casa, Edgar encendió la
televisión y empezamos a ver unas imágenes brutales de lo que ese día había
ocurrido en Génova.
¿Qué pasó
en Génova ese viernes y el sábado y domingo siguientes? El balance luego de los
tres días fue de 83 vehículos destruidos o incendiados, 39 bancos, 41 negocios,
16 bombas de gasolina, 9 oficinas de correo, innumerables cabinas telefónicas y
depósitos de basura fueron asaltados o semidestruidos. Decenas de domicilios
afectados por la violencia callejera. A los hospitales de Génova se trasladó a
351 heridos, de los cuales 108 eran miembros de las fuerzas del orden, 224
manifestantes y 19 periodistas. 301 personas fueron arrestadas. Pero de todo
este triste recuerdo, lo más dramático fue la muerte de un joven de 23 años a
manos de otro joven de 21.
Pero,
¿qué fue lo que paso en Génova?
Durante
esos tres días, se reunieron en Génova los presidentes de los ocho países más
desarrollados e industrializados del mundo para tratar el tema de la pobreza en
el planeta. Este grupo de los ocho presidentes se lo conoce como el G8.
Inicialmente se denominó el Grupo de los Siete, creado en 1975 por una
iniciativa franco-alemana (Giscard d’Estaing y Schmidt), con el objetivo de
constituir un grupo de “alto nivel” para discutir asuntos de “gran importancia”
macroeconómica y de política monetaria.
Este
grupo es bastante sui generis, pues
no fue creado mediante un tratado de derecho internacional, no dispone de una
estructura autónoma y no dispone tampoco de un secretario general. Funciona
como un foro donde las acciones se realizan de acuerdo a la voluntad de sus
miembros. El grupo inicial lo conformaban Canadá, Francia, Alemania, Japón, el
Reino Unido, Italia y los Estados Unidos. En 1998 se incluyó un octavo país,
Rusia, aunque en algunos temas de índole netamente financiero, se mantiene el
grupo original de siete miembros.
Pero...,
¿qué fue lo que pasó en Génova, por favor?
Para
entender lo que pasó en Génova hay que remontarse a Seattle, a noviembre de
1999. El 30 de noviembre de ese año se llevaba a cabo una reunión de la
Organización Mundial del Comercio (OMC) y, al mismo tiempo, una enorme ballena
azul, una tortuga gigante y mariposas de todos los colores invadían las afueras
del Hotel Sheraton, para protestar por las políticas económicas tomadas
fundamentalmente por los países ricos e industrializados representados en la
OMC.
Las imágenes de este asalto pacífico pronto dieron
vuelta al mundo. Miles de personas aparecieron en las calles de Seattle para
protestar contra la desigualdad en el mundo, dando así origen a un nuevo
movimiento, al nacimiento de una nueva época. Lo más significativo de este
movimiento era la inmensa variedad de protestantes, pues no se trataba de una
marcha de un sindicato o de un partido político: en esta marcha se encontraban
ambientalistas, obreros, monjes tibetanos, grupos feministas, de derechos
humanos, sindicatos metalúrgicos, Greenpeace (los que portaban la ballena
azul), asociaciones agrícolas, etc., pero sobre todo, lo más significativo era
que por primera vez en la historia de la humanidad, se realizaba una
manifestación planetaria, nacida y crecida literalmente en la Web, por primera
vez se llevaba a cabo una manifestación virtual.
En
síntesis, en Seattle emergía una nueva esperanza para quienes creen un mundo
para todos. El lema de los manifestantes en esa ciudad norteamericana era “la
vida no es una mercancía, el mundo no esté en venta” y por lo tanto, no se debe
hablar de “consumidores globalizados” sino de “ciudadanos del mundo
globalizados”. Sí: “ciudadanos globalizados” que se preocupan por la suerte de
la ballena azul, por la suerte de los monjes tibetanos, por las selvas deforestadas
en la cuenca amazónica, por los derechos de la niñez en Guatemala, por la
diversidad cultural de los pueblos indígenas, por los derechos de la mujer en
Afganistán, en fin, por el respeto del ser humano como parte esencial de la
naturaleza.
En Seattle
se daba por primera vez una integración no gubernamental ambiental, social y
económica. En el campo ambiental para frenar la destrucción masiva de los
recursos naturales y en el campo socioeconómico, porque el 14% de los
habitantes de los países ricos de la tierra devora el 84% de la riqueza del
mundo.
El
mensaje de esta nueva organización globalizada es básicamente la de rediseñar
urgentemente el modelo de un desarrollo sostenible a través de regularizar en
el mercado mundial la defensa de los derechos laborales y la protección del
medio ambiente, logrando un consenso político y social necesarios para
construir este nuevo modelo de sociedad.
Con el
antecedente de lo ocurrido en Seattle, así como en otras ciudades, como en
Porto Alegre, Kioto, Niza, etc., un inmenso número de personas acudió a Génova
a reclamar ante los máximos dirigentes de los ocho países más ricos del
planeta, la solución y la urgencia de adoptar nuevas fórmulas para no destruir
lo poco que queda del mundo en este nuevo milenio.
Se calcula
que cerca de trescientas mil personas llegaron de todos los lugares del mundo
para presionar a los grandes en temas como los ya señalados así como otros como
la reducción de la deuda externa a los países del Tercer Mundo y la aplicación
de una nueva fórmula de recaudación tributaria sobre la base de las propuestas
del premio Nobel de economía Max Tobin.
Sin
embargo, en los días previos a la reunión del G8, en Italia empezó a recorrer
la idea de que esta reunión se vería empañada por actos de violencia de grupos
anarquistas opuestos a las medidas neoliberales de los ocho países. En pocos
días, Génova quedó completamente sitiada por más de veinte mil miembros de las
fuerzas del orden italianas.
Los
líderes de la manifestación indicaron que la marcha sería pacífica y que no se
requería un despliegue tan formidable para contener una manifestación pública.
Sin embargo, entre los días 19 y 21 de julio, Génova se convirtió en un verdadero
campo de batalla, con los resultados ya señalados.
¿Qué fue,
chuccha, lo que pasó en Génova?
La
marcha inició como se había previsto, con la gente manifestando con las manos
en alto y pintadas de blanco, como símbolo de paz. Pero a los pocos minutos, la
marcha se desarticuló y empezó una verdadera lucha campal entre la policía y un
grupo de los manifestantes, los llamados Tute Neri, con relación a su
vestimenta toda de negro.
Las
imágenes que se vieron en televisión mostraban choques violentísimos entre
gente con máscaras anti gas de ambos lados, con bates de béisbol y bombas
molotov por un lado, y cachiporras y bombas lacrimógenas por el otro. ¿Dónde estaba
la marcha pacífica?
Las
autoridades italianas dijeron que grupos de anarquistas habían iniciado actos
vandálicos por lo que las fuerzas del orden entraron en acción. Los líderes de
la marcha, por su parte, hablaron de una brutalidad sin límites de la policía,
agrediendo sobre todo a los manifestantes pacíficos y dejando de actuar frente
a los verdaderos agitadores. El momento culminante del choque se dio cuando un
“carabinero” disparó su arma en la cabeza de un manifestante, provocando su
muerte inmediata. Las imágenes del hecho son brutales y muestran el acto tal
como lo que fue, una brutalidad que le causó la muerte a un joven de 23 años a
manos de otro joven policía de 21.
Parecía
que con la muerte del joven manifestante, la violencia terminaría, pero lo que
sucedió el sábado 20 es algo que raya en lo absurdo e inexplicable. Las
autoridades policiales italianas irrumpieron de manera brutal en la Scuola Díaz,
que era el lugar de concentración del Génova Social Forum, argumentando que
allí se encontraban evidencias de que en las manifestaciones del viernes,
habrían participado anarquistas de varios países. Sin tener una cadena de mando
clara, cerca de sesenta antimotines irrumpieron dentro del local, y a golpes de
tolete, rompieron todo lo que tenían enfrente, sobre todo las cabezas de gente
desarmada y pacífica, provocando una paliza descomunal digna de una película de
Robocop o de las SS. Las huellas de aquella paliza luego fueron mostradas al
público. Una vergüenza sin precedentes para una policía que se dice
democrática.
Pero
ya, decime de una vez, ¿qué fue lo que paso en Génova?
Paso lo
que no tenía que pasar. Una marcha pacifista que reclamaba a los países ricos
un cambio en sus actitudes y políticas frente a la miseria del resto del mundo,
terminó en los peores desórdenes públicos que se han visto en Italia desde la
Segunda Guerra Mundial. Una ciudad asediada y luego destrozada, con millones de
dólares en daños materiales, decenas de heridos y la pérdida de la vida de un
joven, cuyo delito era procurar un mundo más justo y habitable.
En mi
opinión, la gran responsabilidad de los hechos la tiene el Presidente del
Consejo de Ministros de Italia, Silvio Berlusconi. Este hombre, desde que llegó
al poder, ha aumentado el discurso racista y ha dado lugar en su gabinete a
fascistas y personas vinculadas con la extrema derecha italiana. La presencia
masiva de miles de policías para defender el orden y el etiquetamiento de los
grupos pacifistas como “anarquistas”, crearon un ambiente de tensión semanas
antes del vértice del G8. El comportamiento aberrante de la policía italiana al
ingresar y propiciar una paliza de proporciones inimaginables, demuestra el
nivel de intolerancia dentro del nuevo gobierno de Berlusconi.
Es
cierto también que hubo la presencia de inadaptados que aprovecharon la marcha
para generar disturbios dentro de la ciudad. Jóvenes encapuchados se dedicaron
no sólo a romper las vitrinas de los símbolos del capitalismo, es decir, las vitrinas
de los bancos y los automóviles de lujo, sino que destrozaron todo lo que
encontraron a su paso: hidrantes, teléfonos, vehículos de gente trabajadora, es
decir, todo. Todo ello para desprestigio de la mayoría, pacífica y pacifista.
Con los
trágicos sucesos ocurridos en Génova, el movimiento iniciado en Seattle sufrió
un serio revés. Los ataques a sus dirigentes en la prensa derechista italiana y
de la mayoría de los países europeos no se hicieron esperar. Sin embargo, el
movimiento no se detiene, y personalmente, creo que este movimiento llena un
vacío enorme que dejó la caída del muro de Berlín y a millones de personas sin
una orientación política clara a seguir.
Lo que
me atrae de este movimiento es su forma no convencional de hacer política. Por
primera vez veo la opción de pertenecer a un grupo sin el terror de caer en
dogmatismos castrantes de la imaginación y fantasía humana. Creo que los
partidos políticos o las religiones pueden llevar a un borreguismo tal de la
gente, incluso llegando el terror como medio para obtener el fin deseado, como
Hitler con el fascismo, Stalin con el comunismo y en el caso de las religiones,
cuántas masacres no se han llevado a cabo en nombre de Dios.
No es
un movimiento vertical, con jefes y jefas, donde unos se arrogan el derecho a
mandar y otros no les queda otra opción que obedecer, como toda estructura de
arriba hacia abajo. Es un movimiento que induce a seguirlo porque creemos que
puede haber un mundo mejor para nuestros hijos e hijas. Porque el mundo no está
en venta, porque la justicia social y la seguridad ecológica del mundo son dos
caras de la misma moneda y porque no tenemos ningún derecho a consumirnos el
único lugar en el universo en el cual debemos, y todavía podemos, vivir.
Este
movimiento me gusta porque denuncia el maltrato infantil en Tailandia, el
hambre en Corea del Norte, la violencia contra las mujeres en Afganistán, las
ejecuciones en China o Estados Unidos, los secuestros en Colombia, las minas en
Sierra Leona, la prostitución rumana en Italia, el racismo contra los indígenas
en Guatemala, la tala del bosque nublado en el Ecuador, el despojo de tierra a
los sin tierra en Brasil, la comida basura de McDonald's y todo lo que la
imaginación nos pueda llevar a pensar cuando de desigualdad entre los seres
humanos se trate, o de la destrucción y la ciega depredación del planeta.
No viví
el mayo del 68 en París, tampoco viví el movimiento estudiantil de México y su
revuelta en la Plaza de las Tres Culturas, ni canté por la paz en Woodstock en
el 69, ni apoyé a la revolución de los claveles en Portugal en abril de 1974.
No estuve en 19 de julio de 1979 en Managua cuando huía el tirano de Somoza, ni
el 4 de junio del 89 junto con los estudiantes chinos en Tianamen, ni el 9 de
noviembre del mismo año en Berlín derribando el muro de la infamia. Tampoco
estuve en la caída de Bucaram el 7 de febrero del 97 ni cuando el Ecuador le
ganó al Brasil.
Pero estoy acá, en el
mundo, y cada día debe ser una lucha para que no perdamos la esperanza de dejar
un mundo mejor a nuestros hijos e hijas, el mundo que no es nuestro, que es de
ellos. Y ellos y nosotros le pertenecemos, no somos sus dueños, como dicen los
guías espirituales mayas, como también lo dijo el jefe Seattle, en 1854, cuando
Estados Unidos le compró, a la fuerza, lo que hoy es el Estado de Washington, y
su capital es, paradójicamente, Seattle.
Regreso
a la tabla de contenidos
Si vos sos abogado como yo, me dirás que sí hay
derecho. Me dirás que hay derecho penal, derecho civil, derecho mercantil,
derecho tributario, derecho internacional, derechos humanos. Que hay derecho
romano, anglosajón, chino, japonés y musulmán. En cambio, te diré que no, que
no hay derecho.
Porque con tanta injusticia derramada por el mundo, no
me dirás que se puede hablar de derecho. Si no hay justicia no hay derecho y si
hay derecho y hay injusticia, ese derecho es injusto, y por lo tanto... ¡no hay
derecho, vos!
¿Y por qué digo que no hay derecho?
Porque no hay derecho para los indígenas en Guatemala
y en Chiapas, que reclaman sus tierras, que ni siquiera entienden el español,
peor van a entender lo que es el recurso de casación in procedendo (¿acaso vos sabés lo que es?)
Porque no hay derecho a que en Guatemala haya un
premio Nobel de Literatura y una premio Nobel de la Paz, cuando en ese país más
del 60% son analfabetos y es el único país donde la ONU reconoció el exterminio
de los mayas a manos el ejército.
Porque no hay derecho para los inmigrantes
ecuatorianos en Europa, donde son explotados porque no hay un derecho que los
proteja, ni abogados que se interesen por ellos y peor un gobierno que haga
algo.
Porque no hay derecho para Juan Pérez, que, por
robarse un reloj Citizen de 4.000 sucres devaluados en la Avenida Amazonas,
haya estado cuatro años, ocho meses y diecinueve días en la cárcel, y después
haya sido declarado inocente por falta de pruebas, cuando a los ratas, ratones
y rateros de los banqueros les permitieron irse del país y hasta llevarse los
caballos de carreras que tenían en sus casas.
Porque no hay derecho a que haya más abogados
inscritos en Colegio de Abogados de Quito que presos y presas sin sentencia en
las cárceles de prisión preventiva de la calle Ambato y en la cárcel de
mujeres.
Porque no hay derecho a que un niño se muera en Cobán
por la falta de equipos médicos, cuando el estado gasta 70 millones de dólares
en comprar nuevas botas y uniformes a los soldados.
Porque no hay derecho para las mujeres en Afganistán
que deben someterse a leyes machistas y brutales de los talibanes. Porque no
hay derecho a la circuncisión femenina en varios países del África con el
pretexto de prácticas y costumbres ancestrales.
Porque no hay derecho a talar los bosques de a selva
amazónica y a joder la vida de poblaciones que estaban allí mucho antes que
llegasen Colón y los suyos.
Porque no hay derecho a que un niño tenga todos los
regalos y otros no tengan piernas o brazos porque encontraron una mina y
empezaron a jugar fútbol con ella.
Porque no hay derecho a que en Estados Unidos se
consuma el doble de la deuda externa del Ecuador en alimento balanceado para
perros.
Porque no hay derecho a derribar las Torres Gemelas de
Nueva York y tampoco hay derecho de bombardear al país más pobre del mundo,
sobre todo, cuando las víctimas son civiles. Porque no hay derecho a hablar de
justicia cuando en 1985 la Corte Internacional de La Haya condenó el ataque
criminal a Nicaragua ordenando el pago de indemnización y la libre
determinación, y ahora se habla de justicia internacional para juzgar a los
terroristas.
Porque no hay derecho a que los países se declaren
la guerra y que un día de bombardeo en Kosovo signifique un año de
reconstrucción. No hay derecho a que los países que declaran las guerras
después manifiesten que las misiones de paz de la ONU tienen presupuestos muy
elevados, cuando el costo de un solo avión de combate F-16 serviría para financiar
la reconstrucción de todas las escuelas y hospitales destruidas en la ex
Yugoslavia.
¿Con qué derecho el 20 % de la población consume el
80% de la energía? ¿Con qué derecho se cazan ballenas azules cuando están a
punto de extinguirse? ¿Con qué maldito derecho un ser humano puede explotar a
otro cuando no se pagan las prestaciones mínimas vitales, como la seguridad
social? ¿Con qué derecho uno puede tener un auto y contaminar el planeta y a mí
no me dejan fumar un cigarrillo en el aeropuerto de Ámsterdam?
¿Quién les ha dado el derecho a unos para decir que la
venta de marihuana es ilegal y esos mismos después venden armas y crean guerras
para combatir la droga?
¿Con qué derecho escribo todo esto que se me ocurre,
mientras tomo un té de manzanilla para que se me vaya el dolor de cabeza, que
me tiene ya cabreado de querer saber a quien se le ocurrió la brillante idea de
que tiene que haber, por derecho, fronteras, pasaportes, militares, armas,
cárceles, jefes, radares, religiones y mil cosas más que no se me ocurren pero
que castran la iniciativa y la imaginación?
Soy abogado. El 26 de mayo de 1992 me gradué de
abogado y juré defender el derecho.
Pero… ¿el derecho de quién?
Sólo hay que poner un poco
de imaginación. Trabajo para los abogados hay mucho. Sólo andá a la cárcel más
próxima, y escoge al azar un preso, pregúntale por qué está allí, y seguramente
te darás cuenta que por alguna estupidez. Sólo andá a ver como nos destruyen el
planeta y andá a ver que casi no hay abogados que hagan algo para frenar el
consumo de lo poco que queda. Sólo andá a ver cuántos hombres y mujeres son
violados en sus derechos en el IESS, o en un hospital, o en una escuela. Andá a
ver cuantas mujeres son maltratadas y nadie, o casi nadie, hace nada.
Sólo andá, andá y abogá, abogado.
Regreso a la tabla de contenidos
Cada
mañana, cuando me despierto, lo primero que hago es ver a mi esposa Giovanna
durmiendo. La miro y me quedo admirando su belleza y su ternura, y cuando
despierta, la doy un beso, le miro sus ojos verdes y la saludo con un italiano
perfecto, diciéndole “buon giorno
Principessa”.
Despertarme
y verla me deja el resto del día con un semblante de alegría y satisfacción que
duran 24 horas continuas. Esa alegría que me ayuda a soportar el trajín diario
de la vida cotidiana, en este mundo que cada vez está más loco, más peligroso y
menos humano.
Ya
tengo hinchadas las pelotas de esta guerra entre superman y talibán y de ver y
leer las noticias: que el tal ántrax ya jode a no sé cuántos en Estados Unidos;
que los gringos bombardean al país más pobre del mundo y encima, se equivocan y
destruyen las oficinas de la Cruz Roja en Kabul y matan a no sé cuántos
civiles; que un grupo de fanáticos dispara y mata 16 cristianos en Pakistán;
que los tanques israelitas invaden Palestina y matan a una niña de diez años;
que cuatro niños italianos de once años le meten una paliza a un niño de
Marruecos porque se parece a Bin Laden; o escucharle al impresentable de
Berlusconi, que en vez de poner un poco de coherencia al nuevo desorden
mundial, sale con una frase por demás lamentable, al afirmar que Occidente es
superior al Islam, etc., y así, una suerte interminable de desgracias diarias
que nos dejan con un sabor amargo sobre el mundo en que nos toca vivir.
Pero
por suerte, no todo es malo. El 23 de octubre del 2001, Roberto Benigni regaló
a los italianos una noche de alegría, lágrimas, pero sobre todo, de esperanza. Durante
toda la semana, la RAI 1 (la cadena estatal de TV de Italia) invitó a los
italianos y las italianas de todas las edades a ver el filme “La vita e bella”.
18 millones de italianos, es decir, 1 de cada 3, vio o volvió a ver esta
película, la más querida del cine italiano, y para mí, la más tierna que jamás
he visto. Grazie Benigni, per habere fato
il filme piú bello qui io mai ho visto.
La
vi en compañía de mis suegros, de mi cuñada Paola y de mi esposa Giovanna en
Turín. Era la tercera vez que la veía, y fue la vez que más me gustó. Me gustó
más porque la vi en un momento en que el mundo se debatía en el umbral de una
tercera guerra mundial, y verla me conmovió hasta las lágrimas.
Menos
mal que hay gente como Roberto Benigni. Ese italiano que hace reír y soñar al
mismo tiempo. La primera parte de la película es una sucesión de risas y humor
fino, donde inventa cualquier cosa para conquistar a la profesora de la
escuela, interpretada por Nicoletta Braschi, su esposa en la realidad. La
escena en que suplanta al profesor fascista, o como enamora a su “Principessa”
son una obra de arte cinematográfico.
Pero la
parte magistral de esta obra es, para mí, cuando cambia el tono de la película
y empieza la parte dramática de la misma, es decir, cuando Benigni y su hijo de
cuatro años, interpretado por Giorgio Cantarini, son apresados por las tropas
fascistas y son llevados a un campo de concentración nazi. Es aquí donde inicia
la magia de este genial director y actor de cine italiano. Lleva el tema del
holocausto de una manera impresionante, demostrando como ante el dolor y la
tragedia, se puede soñar y jugar con la fantasía.
Es un
momento en que ninguna lógica puede explicar a su hijo por qué está en un lugar
tan horroroso como es un campo de concentración de exterminio de judíos.
Benigni se ingenia para hacer creer a su hijo que están jugando un complicado
juego colectivo, donde tienen que alcanzar mil puntos.
Muestra
como el ingenio puede más que la brutalidad. Como el amor de un padre puede
llegar a ser todo para su pequeño hijo y para su “Principessa”, que sin ser
judía, por amor a su esposo e hijo, exige que a ella también la lleven al campo
de concentración.
Pero,
sobre todo, es el acto sublime de humillar al arrogante, de humillar al
dominante, de humillar al tirano, de humillar al poderoso, de humillar con
ingenio y sonrisa la bestialidad de las armas y de ideologías racistas que
creen que son de una raza superior, cretinos hijos de puta.
La
última escena, cuando el soldado nazi lo lleva a fusilar, Benigni sigue el
juego que crea para su hijo. Marcha de forma ridícula para que su hijo no
pierda la ilusión del juego. Y no la pierde, pues cuando llega el tanque de
guerra americano (era el premio que su padre le había ofrecido si jugaba bien)
que lo rescata y lo entrega a su madre, sobreviviente de la matanza, el niño
grita “mamma, habiamo vinto!!” (mamá,
¡¡hemos vencido!!)
Que
himno a la alegría es esa película, y que himno a la alegría es llegar cada
noche y estar en la cama con Giovanna, a quien, después de besarla y verle sus
ojos verdes, todas las noches le digo “buona
note, Principessa”.
Regreso a la tabla de contenidos
E’ NATO
MARCELLO
Abbiamo
la gioia di annunciare a tutti i nostri amici che oggi nella mattina, sabato 3
novembre, alle 11H45, é nato nostro figlio Marcello, a Moncalieri, Torino. Il
bimbo si trova in perfette condizione di salute. Anche la mamma Giovanna sta’
benissimo, ma molto, molto, molto stanca dopo una giornata di sforzo
eccezionale. Veramente, Giovanna ha un coraggio straordinario. E il papa é
pazzo, veramente pazzo di felicitá per la nascita del loro bimbo.
No
ringraziamo tutti voi per i vostri auguri.
HA
NACIDO MARCELLO
Tenemos
la alegría de anunciar a todos nuestros amigos y amigas que hoy en la mañana, 3
de noviembre, a las 11h45, nació nuestro hijo Marcello, en Moncalieri, Turín.
El nene se encuentra en perfectas condiciones de salud. También la mama
Giovanna se encuentra muy bien, pero súper, súper, súper cansada luego de un
día de esfuerzo excepcional. Verdaderamente, Giovanna tiene un coraje
extraordinario. Y el papa está loco, verdaderamente loco de felicidad con el
arribo de su hijo.
Agradecemos
a todos ustedes por su apoyo y buenos deseos.
MARCELLO
ES NÉ
Nous
avons la joie de faire savoir a tous nos amis qu’aujourd’hui, novembre 3, a le
11h45, es né notre fils Marcello ,à Moncalieri, Turin. Le garçon se trouve
parfait condition de santé. Aussi sa maman Giovanna se trouve très bon, mais
très, très, très fatigué après un jour d’effort exceptionnel. Vraiment,
Giovanna a un courage extraordinaire. Et son papa est fou, vraiment fou de
bonheur sans mélange avec la naissance de son petit enfant.
Nous
remercions à tous vous par vos bons vœux.
MARCELLO IS BORN
We have the pleasure to announce to all our friends
that today, November 3, at 11h45, is born our son Marcello, in
We wish to say thanks to everybody for your wishes,
Regreso a la tabla de contenidos
Querido Xavier:
No quiero dejar sin contestación a tu mensaje
cuadrilingüe, donde anuncias el advenimiento de Marcello; el pequeño Marcello;
el gran Marcello por el lugar que sin duda ocupa desde ya en tu corazón y en el
de Giovanna.
Ya sabemos que la razón no puede aprehender
el significado de una nueva vida: ¿Cómo se podría atisbar el futuro que tendrá
Marcello, el que labrará con sus manos, el que quienes le aman le ayudarán a
construir? Por eso ensayo adivinar, imaginar razones y conexiones con estas
palabras mías, siempre tan cortas.
Intento adivinar a Marcello en compañía de
Giovanna y Xavier, de ustedes con su única historia de pareja y de compañeros,
historia que ahora tiene un nuevo y cálido capítulo. Busco imaginar a Marcello
junto a la estrella con la que seguramente coincidió en empezar a brillar ese sábado.
Ensayo adivinar a Marcello con los peces multicolores que conocieron el océano
ese mismo día; imaginarle con las nubes que pintaron para él una bóveda única,
como todo príncipe de la luz se lo merece.
Sí, príncipe de la luminosidad en este otoño
de estación del año y de extrañas locuras y crueldades que no terminamos de
explicarnos. Marcello ha visto la luz en este otoño, pero también ha llegado
con su luz propia. Claridad para nosotros y para él mismo: por las secretas y
brillantes promesas que trae, por su vida futura que queremos adivinar completa
para sí y fraterna con los suyos, con su gente.
Marcello llega como bien lo sabemos al mismo
mundo que es el nuestro; que siempre fue y, ahora más, es también suyo. Le
tocará asumirlo y vivirlo de acuerdo a sus sueños y en la medida de sus afanes.
Ahora su vida es la suya, completamente fuera del vientre materno, ... aunque
sus sueños, afanes y dedicaciones sigan arropados en la mejor estirpe: Marcello
desciende de la estirpe de los Xavieres y de las Giovannas, de los paisajes
aguamarina que les unieron; de los azares duros que les tocó sobrellevar e
intentar explicarse en medio de volcanes y selvas; de los sueños que les
guiaron y guían a metas afincadas en la hermandad humana, en la amistad sincera
y en la construcción de unos oasis de felicidad en un mundo que se sabe agreste
y duro.
Dale un abrazo nuevamente a Giovanna, amigo
Xavier. Y para ti, otro más a la espera de encontrarnos en París, la Ciudad
Luz, donde Marcello estará pues en casa propia. Ahí brindaremos por las
esperanzas luminosas que nos han llegado con Marcello, por las flores que le
causarán asombro en pocos años, por las abejas que descubrirá un día, por las
canciones que nos ayudará a cantar a todos.
9
de noviembre del 2001
Regreso a la tabla de contenidos
“Bajate
del auto, hijueputa, que esto es un asalto”. Con estas dulces palabras se
dirigió a mí un tipo con el rostro encapuchado, dando así inicio a una de las
experiencias más desagradables de mi vida.
El 30
de junio había salido junto con Giovanna, Marcello y mi Mamá, quien se
encontraba de visita en Guatemala, a dar un paseo turístico por varios lugares
del occidente del país. Veníamos de Chichicastenango de regreso a
Huehuetenango, en la ruta que enlaza a Santa Cruz del Quiché con Totonicapán.
Yo, que
me precio de conocer bien este país, estaba fascinado con el viaje. Alrededor
de las cinco de la tarde había una luz solar fantástica, que provocaba un
placer visual inaudito.
El
camino, de tierra, tiene un paisaje verdaderamente extraordinario, como nunca
antes había visto algo igual, pues es esa Guatemala profunda, donde se
confunden la naturaleza con el barro y la teja, con la milpa y el fréjol.
Mi Mamá
me había preguntado si había asaltos en la zona y le contesté que no, pero
segundos después se confirmó todo lo contrario.
No
quiero relatar como fue el asalto, pues hay hechos en la vida de cada uno que
es mejor tratar de olvidarlos, aunque sé que eso nunca sucederá, pero al menos,
no quiero dejar escrito ese evento tan desagradable por el que tuvimos que
pasar.
Sólo
quiero hacer mención de dos hechos, que a mi criterio, son de una grandeza
humana extraordinaria. El primero fue la reacción de mi esposa Giovanna y de mi
Mamá, quienes nunca perdieron la dignidad frente a los bandidos y el segundo,
la reacción de nuestro bebito Marcello, quien ajeno a lo que pasaba, sonreía a
los malandros.
La
sonrisa de Marcello. La inocencia de Marcello, la santidad de Marcello, la
pureza de Marcello, la grandeza de nuestro Marcello.
Con sus
ocho meses, nuestro hijo es tan tierno y tan puro, que no entiende ni de maldad
ni odio. Se da el lujo de sonreír al verdugo. Con sus ocho meses, nos da una
lección de humanidad, de transparencia, de alegría, de vida.
¿Cómo
hacer, cómo lograr que nuestro hijo crezca sano en este mundo tan loco y
desigual, sin prejuicios, sin resentimientos, sin deseos de tener todo?
Giovanna
le habló con tanta dulzura, con tanto amor, que a nuestro hijo no le quedó
trauma alguno de lo ocurrido y ahora sigue sonriendo a su mundo, a su mundo de
fruta encendida, de mariposas y amaneceres, de burbujas y de saltamontes, de
pájaros y de volcanes.
Y con
esa misma dulzura y con ese mismo amor, cada día que amanece, es para nosotros
la alegría infinita de ver a nuestro queridísimo hijo sonriéndole a su vida que
empieza y que debe ser siempre feliz.
Cada
mañana, cuando me despierto, recibo los dos mejores regalos que la vida me
puede dar, el beso de mi adorada Giovanna y la sonrisa de mi hijo Marcello.
Regreso a la tabla de contenidos
[1] Robert Bowan, Obispo de la Iglesia Católica de Florida, Teniente Coronel
y excombatiente de Vietnam.
[2] Alguien que trata el tema del
racismo de manera muy clara y precisa es Fernando Savater en su libro “El mito
del nacionalismo”. Vale la pena leer lo que piensa este filósofo vasco sobre la
ideología de ETA y su posición frente a los extremos del nacionalismo
vasco.
[3] BENEDETTI, Mario, Inventario de Poesía 1950-1980, colección
Visor de Poesía, Madrid 1983, pág. 28
[4] Recibí estos datos un día en mi correo electrónico.
[5] Palacio, Pablo (1906-1947) Obras Completas SIGNATARIOS DEL ACUERDO
ARCHIVOS, ALLCA XX, UNIVESITE PARIS X, Primera edición 2000, págs. 596 y 597.
[6] YALLOP, David, LA MORTE DE PAPA LUCIANI, Tullio Pironti Editore,
Napoli, 1997, pág. 29 (original en italiano).
[7] Las hipótesis sobre la muerte de Juan Pablo I se encuentran muy bien
fundamentadas en el libro IN THE NAME OF GOD, de Yallop David (op. cit.).