LA BATALLA DE TIJUANA, MAYO DE 1911

R. Velasco Ceballos*

 

El pueblo de Tijuana se asienta sobre un valle que rodeado casi totalmente de cerros y colinas, sólo queda abierto hacia el Noreste, por donde se prolonga hasta encontrar, a distancia de 9 kilómetros, la costa del Pacifico. Al Oriente, un anchuroso río, la mayor parte del tiempo seco, que lleva el mismo nombre del poblado, limita las últimas construcciones urbanas de ese rumbo, y a la vez, por su relativa proximidad con la línea divisoria internacional, separa a Tijuana de su vecina angloamericana Tía Juana.
No obstante la pequeñez de dicha población mexicana, pues apenas alcanzaba a quinientos el numero de sus habitantes, era codiciable para los filibusteros, por la riqueza de su comercio, que vivía del turismo; había casas de curiosidades mexicanas que giraban un capital de centenares de miles de pesos; y era codiciable, además, porque su captura, dada la proximidad a que se halla del puerto de San Diego, suponían fundadamente los filibusteros que habría de tener una gran resonancia, la que les traería mayores elementos en hombres y pertrechos, con los cuales asegurar la toma de Ensenada, más rica que ninguna otra plaza del Distrito y asiento de la jefatura política y la comandancia militar.
Cabe decir aquí unas cuantas palabras respecto a los señores subprefecto Larroque y subteniente Guerrero.
El Sr. Larroque, hombre ya maduro, como de cincuenta años de edad, era natural de Mulegé, Baja California, casado y con cuatro hijos. Había sido, durante muchos años, empleado

* ¿Se apoderará Estados Unidos de América de Baja California? La Invasión Filibustera de 1911, México, s.e, 1920, p. 123-193.


federal en el Ramo de Hacienda, en que desempeñó puestos de importancia. Como subprefecto de Tijuana, no se recordaba que le hubiera precedido otra autoridad más progresista y a la vez más recta y justiciera. De muy clara inteligencia, regular ilustración y afabilisimo trato, contaba con el respeto y el cariño de cuantos le conocían.
El subteniente Guerrero era oriundo del estado de Sonora, contaba veinte años de edad; chapito (contracción de la palabra chaparrito, muy usada en la frontera Norte de México), bien proporcionado y musculoso; moreno, pelinegro, lampiño y de alta frente; adusto, casi sombrío, por él hablaban sus grandes ojos de enorme pupila de intenso color café, denunciando, melancólicos y soñadores, una ardiente y desatada vida interior. Había sentado plaza de soldado, y por rigurosos ascensos, Ilegó a oficial. Aún no celebraba su bautismo de fuego, pues aunque marchó, en febrero, de Ensenada a Mexicali con el coronel Vega, fué designado para permanecer en Japá, cuidando de las municiones de la Compañía Fija.
Para la defensa de Tijuana, el Sr. Larroque había tomado, entre otras, las siguientes disposiciones, de que dió cuenta al coronel Vega en una carta:

Por aquí (dice el Sr. Larroque) sin novedad, pero con toda clase de precauciones, continúo formando retenes y ya atrincheré suficientemente con vallados y sacos de arena el punto que considero como defensa principal. Si no me molestan luego (los filibusteros), creo tener tiempo para ponerme en condiciones satisfactorias, de manera que no fácilmente me puedan obligar a evacuar la plaza.
Los retenes los estoy formando en semicírculo, de manera que tengan un radio de acción de 180 grados, apoyados por otros transversales, que puedan servir de apoyo en caso de retirada de la gente de los más avanzados, escalonándolos hasta replegarse a la defensa principal.


Amaneció el día 8, y serian las siete de la mañana, cuando Ilegó a Tijuana la noticia de que las fuerzas filibusteras se hallaban en el rancho de Agua Caliente, a sólo 3 millas al Sudeste de la misma Tijuana.
En el acto Larroque en persona, con un grupo de gendarmes voluntarios, salió con objeto de tentar las fuerzas contrarias y darse cuenta de sus elementos, lo que efectuó mediante un ligero tiroteo, tras el cual se replegó a Tijuana, donde el subteniente Guerrero, con el resto de las fuerzas ocupaba ya sus puestos de defensa.
Minutos después Larroque y los suyos se colocaron también


en sus trincheras. Por la falda de la colina de Oriente, desplegada en una gran línea, y guardando regular distancia de hombre a hombre, aparecieron las bandas filibusteras de Pryce y Sam Wood, las que hicieron alto brevemente en el rancho de Ramos, donde se fraccionaron en cuatro grupos, que bien repartidos sobre las colinas en un gran semicírculo, indicaban a las claras su intención de no dejar a la defensa otra salida que la de Estados Unidos.
A la simple vista, pues que de Tijuana a las posiciones enemigas no mediaría mayor distancia que cuatrocientos metros, se calculó que los filibusteros no bajaban de doscientos y se vió que traían, además de su dotación personal de cartuchos, un gran carro colmado de cajas de municiones.
El día era esplendoroso. En el silencio precursor a las primeras detonaciones del combate, se escuchaba el canto de las cigarras, bajo las llamaradas del sol que calcinaba el valle.
En el lomerio de Tía Juana, del lado angloamericano, y junto a la línea internacional, ávido, tembloroso de emoción, pero feliz en su seguridad, el inevitable público yanqui, que no faltaba a estas primeras escenas de sangre, que multiplicadas después, debido a las arteras maquinaciones de Washington, habían de dar al traste con la grandeza de la república de México.
Se rompió el fuego. Muy paulatino en los primeros momentos, no tardó en cobrar viveza, a la cual contribuían en mayor grado los filibusteros, tanto por ser más numerosos que los defensores, cuanto por la rápida continuidad de sus disparos, dirigidos no tan solo a las trincheras y los fosos, sino también a las casas de todo el vecindario.
Bien se notaba que con tal empuje en su primera acometida, los filibusteros se habían propuesto atemorizar a los defensores con la impresión de que se las habían con un enemigo numeroso.
Por cuanto a los defensores, ya veremos cuál fué su comportamiento; y en lo tocante al vecindario, mirando éste que su vida corría grave riesgo, pues era ilusorio resguardo el del interior de sus viviendas de madera, salió de estas precipitadamente y fué a refugiarse al otro lado de la línea, en Estados Unidos. Dura situación la de esta gente, la de verse constreñida a recurrir a un país extraño, que la acogía con aspereza, después de causarle sus presentes infortunios y tratar de despojarla de su tierra.
Entre los fugitivos iba el administrador de correos, D. Francisco Cuevas, con su empleado Sr. Cecilio Sánchez.


Ambos se retiraban para salvaguardar los fondos, valores y libros de mayor importancia, pertenecientes a la administración postal. Pero próximos ya los dos empleados a la línea divisoria, el administrador dijo al Sr. Sánchez:
-Llévese usted las cosas (los fondos, libros, etc.); yo voy a ver qué puedo hacer contra los
gringos.
Y sin haber manejado nunca un rifle, se devolvió al pueblo, pidió un arma, que le dieron, y tomó lugar en una trinchera.
El tiroteo continuaba. Por parte de los atacantes, a ratos era nutridisimo, a ratos cesaba por completo y, en lo general, se mantenía lento. Los defensores quemaban muy de tarde en tarde sus cartuchos. No había duda de que nada formal intentaban durante el día los filibusteros. De ahí, y de la relativa flojedad en el ataque, que hasta el atardecer, esto es, después de ocho horas de combate, sólo hubieran causado una baja, la del gendarme Juan Osuna, que murió en el puesto de defensa de la plaza de toros.
Ya para apagarse las últimas luces del día, los filibusteros rompieron en un fuego tan nutrido, que al pronto hizo suponer a la defensa que intentaban avanzar sobre el poblado. Pero como después de largo rato continuaba con el mismo vigor el tiroteo y no se movían de sus puestos, se comprendió que el enemigo sólo trataba de alardear de su gran existencia de municiones.
Durante lo más recio del fuego, un ciudadano angloamericano, en estado de ebriedad, se echó dando traspiés por en medio de la calle principal de Tijuana, completamente enfilada al enemigo. Las balas de los filibusteros, quienes a la distancia no podían reconocer al ebrio como compatriota suyo, levantaban polvo a los pies de éste, que en su inconsciencia seguía trastabillando tranquilamente. Entonces, desde el extremo opuesto de la población, se desprendió a caballo, en fuerza de carrera, el subteniente Guerrero, para salvar la vida de aquel hombre. Llegó junto a él, lo reprendió por su imprudencia y silbando sobre uno y otro las balas, lo hizo caminar hasta la línea divisoria, donde lo entregó a un retén de soldados angloamericanos.
En el acto de efectuar la entrega, el caballo que montaba el subteniente Guerrero, por un descuido de éste, quedó con la cabeza dentro de territorio de Estados Unidos; por lo que, con la ingénita e infame alevosía yanqui, sin una palabra de aviso o de reconvención, un soldado angloamericano brincó sobre el subteniente, y dándole un fuerte tirón lo bajó del animal y lo atrajo hacia Estados Unidos, pugnando por retenerlo ahí, con la ayuda de los demás soldados del retén, quienes movieron los


cerrojos a sus armas en actitud amenazadora. Pero en ese instante un celador mexicano apuntó al pecho el cañón de su fusil al soldado agresor, a la vez que Guerrero se recobró, metió mano a su pistola y dió un salto hacia suelo de México. El retén, compuesto por ocho hombres, no se movió más.
Con semejante acción pagaba la nobleza de salvar la vida al ebrio yanqui; y con semejante acción pagó también el siguiente hecho, ocurrido hacia unos cuantos días, y del cual se enteraron perfectamente en territorio de Estados Unidos: una noche fue aprehendido cerca de Tijuana un filibustero yanqui. Traía consigo su arma y sus cananas repletas de cartuchos. Interrogado este hombre por el subteniente Guerrero, dijo haberse extraviado del camino, y confesó pertenecer a la banda de Jack Mosby, que procedente del Alamo se dirigía a Tecate. Se le encarceló; y como no se dieran providencias a ejecutarlo, tres voluntarios lo sacaron de su prisión, y Ilevándolo junto a un árbol, le ponían ya una soga al cuello para ahorcarlo, cuando Ilegó Guerrero, lo salvó y castigó severamente a los voluntarios.
Poco después de la arriba descrita escena en la línea divisoria, metida ya Tijuana en sombras, resonaron las últimas descargas.
Como no venimos urdiendo lisonjeros episodios, sino escribiendo fiel crónica, debemos consignar que durante la tarde y primeras horas de la noche de este día 8, un grupo de catorce individuos, entre ellos el comandante de la gendarmería, Juan Iriarte, que formaba parte de la defensa de Tijuana, huyó cobardemente hacia Estados Unidos. Las consideraciones de inferioridad numérica y en elementos, de los defensores, respecto de los atacantes, en nada amengua la cobardía de aquellos catorce individuos al desertar frente al enemigo.
Quedaron, pues, defendiendo la plaza cincuenta y seis hombres, veinticinco de ellos los soldados de la Compañía Fija, veinte particulares y los once restantes, entre celadores de la aduana, auxiliares y gendarmes.
Demasiado grave era la situación de estos cincuenta y seis hombres, no tanto por la escasez de municiones, escasez tan extrema, que apenas bastarían para tres o cuatro horas de reñido combate. Ante esta gravedad, si no se hubieran tenido esperanzas, como se tenían, de obtener en San Diego algunos miles de cartuchos, no habría procedido otra cosa que evacuar la plaza y concentrarse en la de Ensenada, a menos que se tuviera un insensatez deseo de suicidio. De San Diego, efectivamente, se habían mandado traer, con el esmerado


empeño que es de suponer, algunos miles de cartuchos, que se estimaron suficientes para resistir con buen éxito.
Un hecho, al parecer insignificante, determinó que la guarnición de defensa, en vez de aguardar en sus puestos la acometida de los filibusteros, saliera al encuentro de éstos esa misma noche del día 8. Este hecho fue el de que de entre la cañada de Ramos, muy cercana a las posiciones enemigas del Oeste, brotaba a ratos un resplandor de fuego que se supuso fuera el de las hogueras en que los filibusteros preparaban su comida.
Es oportuno, pues, pensó el subteniente Guerrero ante este hecho, sorprenderlos, y en un solo golpe rechazarlos. -Militar de acción, el oficial propuso desde luego al señor Larroque:
-Vamos a la cañada. Usted con los voluntarios y yo con mis soldados, los batimos. Yo los ataco de frente, por una de las entradas del cañón, y usted los recibe por la otra, cuando se pongan en fuga desconcertados por el golpe.
Demasiado audaz y peligroso este plan, el subprefecto no lo aceptó; pero cediendo al empeño del subteniente, autorizó a éste para que se lanzara a realizarlo, y aún le dió un pequeño contingente de cinco o seis hombres del grupo de voluntarios.
En el silencio de la pequeña plaza de Tijuana se oyó, un tanto sordo y apagado, el toque de reunión.
La tropa salió de sus puestos, y al cabo de unos cuantos minutos se hallaba formada ante el oficial, que tras de comunicarle secamente "vamos a atacar al enemigo", desfiló a la cabeza de ella en dirección a la cañada.
Primero escurriéndose por entre el lecho del río, luego salvando o rompiendo alambradas de las tierras de la labor y después ascendiendo la colina, iba Guerrero y su gente, animados, entusiastas, mirando las hogueras, que cada vez más vivas y cercanas, les representaban a] enemigo completamente desprevenido.
-¡hasta tenerlos a boca de jarro, muchachos! - recomendaba Guerrero en voz baja a sus soldados.
- Si, mi jefe.
Y seguían ascendiendo la colina. Ya estaban a menos de cien metros del enemigo. El rumor de una alegre algarabía brotaba del cañón de Ramos. Ya tan cerca, Guerrero cambió de plan; no quiso atacar por una de las entradas del cañón, como se lo había propuesto, sino desde una de las alturas y por el rumbo opuesto al de Tijuana. Con este cambio de plan, Guerrero se


propuso que los filibusteros, juzgando por el rumbo desde el cual se les atacaba, supusieran que eran refuerzos venidos de Ensenada y no un grupo de defensores de Tijuana.
Por fin, ahí está el enemigo; en apretados grupos alrededor de las lumbradas, los filibusteros semejaban racimos de vivientes codornices. Con el brazo, Guerrero indicaba a sus hombres, todos pecho en tierra, que todavía continuaran avanzando. Y hasta que la fuerza tuvo a boca de jarro al enemigo, a menos de cincuenta metros, la voz de] subteniente tronó en un fuerte grito:
-¡Fuego!
Y treinta armas, al unísono, estallaron en una descarga, inicial de rudisimo y sañudo fuego, a cuyo entusiasmo contribuían los vibrantes y alegres toques de la única corneta federal y los ardorosos gritos de la tropa:
-¡Mueran los
gringos!
-¡Viva México!
-¡No corran!...¡no corran!
Y los filibusteros, en medio del desconcierto y confusión, de horrible pánico, huyeron a la desbandada.
Durante largo rato Guerrero y sus hombres gozaron de la fuerte y grata impresión de perseguir a aquel hato de bandidos, que volaban, desfigurados los semblantes por el más atroz y espantoso de los miedos.
Con delirio de entusiasmo fué acogido el subteniente por el resto de los defensores de la plaza de Tijuana.
Discordes andan las informaciones respecto al número de bajas causadas a los filibusteros en el cañón de Ramos; lo que se averiguó de fijo fué que entre ellas figuró la del cabecilla Sam Wood.
Los fugitivos, reorganizados a medias por Rhys Pryce, se dirigieron a su natural asiento, al lugar de su refugio, a su gran país, noble y respetuoso con los países débiles: a Estados Unidos. Allí, en Tía Juana, los acogió maternalmente el comandante del destacamento, capitán Wilcox, quien con buenas noticias, seguramente, de que no habían salido tropas de Ensenada para reforzar a Tijuana, se dió cuenta de que este golpe de sorpresa había sido un rasgo atrevido y valiente de los defensores; y ante esta reflexión, se esforzó en convencer a sus compatriotas los filibusteros, de que debían regresar a México; y como nada adelantase en este camino, porque los tiros federales habían sido muy certeros.... ¡oh país, oh gran país de América sajona.... el capitán Wilcox los reforzó con un grupo de sus hombres, ¡con soldados yanquis!,


que sin noción de vergüenza ni pizca de pudor penetraron en México, portando el uniforme del ejército de Estados Unidos, y llevando el arma y las municiones de Estados Unidos.
Pero tal vez ni con este refuerzo, que fué de treinta hombres, habría logrado Wilcox su objeto de hacer volver a México a los filibusteros, si no se presenta a tiempo un sujeto de apellido Olivo (que había figurado en el ataque de esa noche entre la gente de Guerrero, y que se dió de alta enviado por los Flores Magón, para que les sirviese de espía), informando de todos los pormenores del golpe de sorpresa, desde el toque de reunión hasta la vuelta a Tijuana, pero particularmente de la extrema escasez de municiones, cosa que a Wilcox de sobra le constaba. Con esto los filibusteros se decidieron a regresar, y regresaron, esa misma noche a la plaza.
Esta, según nos enteramos por la carta del subprefecto Larroque, dirigida al coronel Vega, había sido atrincherada en un solo punto, el que el Sr. Larroque tenia por punto principal de la defensa, con vallados y sacos de arena; y además en los limites de las construcciones urbanas, se habían practicado algunos fosos semicirculares con reborde de hasta medio metro de altura, escalonados de tal suerte, que al abandonar unos, sus defensores pudieran replegarse hacia otros, hasta llegar a la dicha defensa principal.
Seis eran las posiciones: cuatro dispuestas en los limites de la localidad, una intermedia y la última en el centro del poblado. Aquéllas eran: la de la Aduana Vieja, situada al Norte, a menos de veinticinco metros de la ribera del río; la de la Iglesia, también a corta distancia del río, hacia el Oriente de la posición anterior; la de Monte Carlo o casa de Carboulet, que sobre una regular altura, veía al Norte; y la de la Plaza de Toros. La intermedia quedó situada en la Aduana Nueva; y la última, llamada la principal, en el Cuartel, que ocupaba el centro del poblado.
La Aduana Vieja, de cuya defensa se encargó principalmente el Sr. Larroque, fué ocupada, además de éste, por el Sr. D. Pastor Ramos, hombre de sesenta y tantos años de edad, con esposa y numerosos hijos, que desempeñaba el puesto de administrador subalterno del Timbre en el lugar, y era, además, agente aduanal y de negocios; D. Clemente Angulo, honorabilisimo septuagenario; D. Alfonso Padilla, uno de los más acomodados y respetables hombres de la población; D. Francisco A. Cuevas, joven de veintitantos años de edad, administrador de correos; D. Gustavo Gómez Montaño, secretario de la subprefectura política;


"el chapo" Márquez; "el torero", un voluntario que se presentó en Tijuana procedente de Bekersville; Jesús González, Antonio Macías y Juan N. Cháves; todos éstos, particulares, y sólo un hombre de la fuerza pública, el gendarme Bernardino Bortaris.
En la Iglesia sólo se hicieron fuertes dos hombres: Miguel Mendoza, segundo comandante de la gendarmería, y Victoriano González, cabo de policía. A propósito de Mendoza debe consignarse este hecho: se hallaba dicho señor en San Diego, sufriendo el castigo de suspensión, por algunos días, en su empleo; y cuando se enteró de que los filibusteros acababan de aparecer a las puertas de Tijuana, se presentó en esta plaza y suplicó al Sr. subprefecto que le levantase el castigo y le permitiese el honor de tomar parte en la defensa.
La posición de Monte Carlo fué ocupada por siete soldados de la Compañía Fija, a las órdenes del sargento segundo Apolinar Sevillano.
Otros tantos soldados, mandados por el cabo Leocadio Copado quedaron a cargo de la posición situada en la plaza de toros.
En la Aduana Nueva tomaron lugar, entre otros, Lerdo González, que por haber asistido a los combates de Mexicali y de Tecate y por su acción en el Carrizo, había ya cobrado fama; Sr. Enrique Gessenius y Sahagún, celadores de la Aduana, y Martín Mendoza y otro voluntario que llevaba el sobrenombre de "el Panadero".
Y en la posición del Cuartel, bajo el mando del sargento segundo Bernardino Partida, se hallaban los diez hombres útiles restantes de la Compañía Fija, con algunos gendarmes y paisanos, entre éstos, en calidad de voluntario, el joven D. Luis Alvarez Gayou, de honorable familia y de regular posición en San Diego.
El voluntario Andrés Burrola, aquel que desde muy lejano punto del estado de California había acudido a Tijuana, con Felipe Ortega, González, Estudillo, el güero Talamantes, Guadalupe y Santos Carrillo, Andrés Navarro y José Zerda, que completaban, con los anteriormente enumerados de las otras posiciones, los cincuenta y tres defensores, no logramos precisar cuál fue el puesto que a cada uno de ellos le tocó defender.
Acaso, no obstante nuestro empeño en citar a todos los defensores de Tijuana, alguno o algunos hayan escapado a nuestras indagaciones.
Eran, pues, estos defensores, según el detalle anterior cincuenta y tres hombres, resueltos a jugarse la vida en cumplimiento del más alto deber cívico: la defensa del suelo nacional.


En tanto que en otros lugares del país estaban ventilando asuntos de carácter interior, aunque muy fuertemente ligados con los intereses de Estados Unidos, en la Baja California y en el pueblecillo de Tijuana, aquel grupo de cincuenta y tres hombres, con unos cuantos cartuchos por plaza, defendían la integridad del territorio mexicano.
No obstante el descalabro causado a los filibusteros en la cañada de Ramos, los defensores permanecieron en su trincheras. No los cogió, pues, desprevenidos el estallido de una bomba de dinamita prendida en el campo filibustero a las cuatro de la mañana en punto.
Señal de ataque sin duda el estallido, tras él brotó un fuego de fusilería potente, compacto y prolongado, que batió todas las posiciones de defensa, pero concentrado singularmente sobre los puestos ocupados por la tropa.
Ahora en esta madrugada, ya no combatían los filibusteros desde las colinas, como lo efectuaron el día anterior, sino desde el tupido yerbazal de la ribera del río y entre los tableros de crecidas siembras, puntos todos, además de muy cercanos a las trincheras federales, que envolvían casi por completo a la plaza.
Una, dos y varias ocasiones, cobijados por la sombra nocturna aún reinante, los filibusteros intentaron el asalto. Sus avances eran briosos; pero ya cerca de las posiciones enemigas, les faltaba arrojo y se retiraban bajo el fuego de sus defensores.
Por sobre las colinas de Oriente, las luces de la aurora, débiles primero, poco a poco fueron reventando en brillantes cármenes, de entre los cuales surgió, grandioso y soberano, el astro del día.
Ya a plena luz, los atacantes organizaron un nuevo asalto.
Dominando el fragor de la pelea, hasta Tijuana llegaba un tumultuoso guirigay de voces en inglés, de entre las cuales, algunas muy netas y muy claras, indicaban que no tardaría en emprenderse un empuje decisivo.
Prontamente, Guerrero en persona fué anunciando a sus hombres el nuevo ataque, y recomendándoles el menor gasto posible de cartuchos.
- No hay que tirar a bulto, sino a quemarropa - decía el subteniente, que ni frío ni exaltado, aparecía sereno, completamente dueño de si. Aquel hombrecillo de veinte años se mostraba cual un aguerrido veterano, infundiendo confianza con su calma.
-¡Matar muchos
gringos muchachos!- recomendaba de puesto en puesto el "chapito" subteniente.


Ahora se oyeron, más claras que las anteriores, voces de mando en inglés, a las que se respondía:
-¡all right!
-¡All right!
Este mismo grito fué propagándose a lo largo de las posiciones de ataque, y de pronto, lanzando hurras al Tío Sam, se arrojaron sobre la plaza. En línea desplegada, bien formados, guardando sus distancias, venia el grupo de soldados angloamericanos, con sus amarillentos uniformes, que se confundían con el color de la tierra.
- No estaban mal aquellos hombres - nos cuenta un defensor de Tijuana.
Y avanzaron... y avanzaron; y las posiciones encomendadas a los soldados de la Compañía Fija, sobre las cuales disparaban los soldados yanquis (los treinta soldados de refuerzo del capitán Wilcox) permanecían calladas. Acaso, en sus cerebros de hombres zafios (¡porque vaya si individualmente son estúpidos los yanquis!), mirando desiertas las trincheras federales, pensaron que los defensores de ésas habían huido, al solo prestigio de los hurras al Tío Sam. Y avanzaron más; y hasta que el blanco era ya seguro, hasta entonces, cara a cara, se les recibió con todo brío. Ni otro paso adelante dieron al estallar la primera descarga federal; se quebró la correcta fila en que venían, y cada quien buscó donde protegerse.
Del lado mexicano partieron gritos entusiastas:
-¡entren!
-¡vengan por su Tío Sam!
-¡come oh!
-¡come oh
in!- clamaban, entre francas risas, en inglés.
Y se les seguía disparando. Tendidos pecho en tierra tras de los matorrales, se les daba caza como a conejos.
Entonces, del lado angloamericano, en tierra de Estados Unidos, el capitán Wilcox, situado a unos cuantos metros del hito internacional, que se halla sobre una pequeña loma, comenzó a hacer señales a los soldados yanquis, esto es, a su propia gente, lo mismo que al resto de los filibusteros, indicándoles con ademán imperativo que avanzaran hacia las posiciones enemigas. dirigiendo el combate, impunemente, desde su tierra el capitán Wilcox! Así también, impunemente, desde Washington, se dirige la destrucción de México hace diez años.
Debido a esta orden del capitán Wilcox, y debido también a que un numeroso público
angloamericano, desde la línea divisoria, estaba siendo


testigo del apocamiento de sus compatriotas, los filibusteros salieron de sus escondites e intentaron avanzar; pero fueron atajados por certeras descargas, que derribaron por tierra a unos cuantos atrevidos.
Wilcox seguía haciendo constantemente enérgicas señales.
Los atacantes huyeron a esconderse entre los matorrales de junto al río y entre las siembras. Rechazados en este su mayor esfuerzo, les quedaba el eficaz recurso de prolongar por algunas horas el combate, hasta que se agotaran las municiones en Tijuana.
Efectivamente, a las siete de la mañana los soldados dieron aviso a sus superiores, de que los cartuchos comenzaban a escasear. ¡Los cartuchos! Indecibles esfuerzos habían realizado el Sr. Larroque y Guerrero por introducirlos a Tijuana, procedentes de Estados Unidos; esfuerzos que llegaron hasta los limites de la desesperación al iniciarse el combate el día 8. Las suplicas a las autoridades angloamericanas para que permitieran el paso de unos cuantos miles de cartuchos, fueron inútiles; el contrabando, al que también se acudió, fue un fracaso, debido a la empeñosisima y severa vigilancia. ¡Y era que las estrictas, las inviolables leyes de neutralidad de aquel país no consentían que en los mercados de éste adquiriese elementos de guerra el gobierno constituido, el gobierno legal de México, con quien hacia treinta años mantenía relaciones de amistad, para defenderse de una inicua invasión filibustera!
Sin aventurarse en nuevo asalto, los atacantes continuaron por largo rato el combate, tratando únicamente de que los defensores gastaran sus cartuchos. Y hasta que no pudo ser ya más patente el desmayo en el tiroteo de las trincheras federales, hasta entonces los filibusteros desplegaron nuevos bríos, arrojándose sobre la plaza de toros.
Siete soldados en aquella posición, contra más de cincuenta asaltantes, era humanamente imposible que rechazaran el asalto. No obstante, realizaron un último empuje, tras el cual, en orden, sin perder un solo hombre, se retiraron a la posición central, o sea la del cuartel.
Este primer triunfo lo remataron los filibusteros prendiendo fuego a la plaza de toros, que en poco tiempo quedó totalmente consumida. Otra avalancha filibustera había avanzado al mismo tiempo sobre la posición del sargento Sevillano, defendida también por siete soldados y tres o cuatro voluntarios. Lo mismo que sus compañeros de la posición de la plaza de toros, la gente de Sevillano, en un último y desesperado esfuerzo, contuvo breves minutos al enemigo y luego se replegó, con la pérdida de un solo hombre muerto, a la trinchera del cuartel.


El fuego del incendio coronó también este otro triunfo: quemaron la casa de Estudillo.
En la iglesia, sus defensores, Miguel Mendoza y Victoriano González, resistieron bravamente; pero acosados por enemigo abrumador, abandonaron la posición y se replegaron en la casa del mismo González, muy próxima a la iglesia. Desde su nuevo puesto siguieron defendiéndose; y cuando la masa de filibusteros, ya dentro de la propia casa, se les echó encima, todavía dispararon unos cuantos tiros. A Mendoza le arrancaron de las manos su arma, y mientras, se cebaban en él todos los asaltantes, acribillándolo a balazos, el cabo González escapó ileso, en la cara misma del enemigo.
La iglesia, una vez tomada, también ardió, lo mismo que la casa de González, en la cual el cuerpo de Mendoza se redujo a cenizas.
Las posiciones de la aduana vieja, la aduana nueva y el cuartel, atacadas también furiosamente, seguían firmes.
Con particularidad sobre la aduana vieja concentraba el enemigo todo su poder. Por tres distintos rumbos la atacaban: por el frente, o sea desde el alto borde del río; por el Norte y por el Sur. En este rumbo, ¡era un retén de soldados yanquis el que, desde territorio de Estados Unidos, impunemente, le hacia fuego! Desde junto al río, le arrojaban bombas de mano. Con todo esto, y además, con la amenaza de que las llamas de los incendios invadieran a esta posición, el espíritu de Larroque y el de su grupo no flaqueaban.
En la posición del cuartel, próximos ya a agotarse sus municiones, la tropa y un grupo de voluntarios comenzaron a moverse en retirada en dirección del Sur.
Visto lo cual por el subteniente Guerrero, que se hallaba en la aduana nueva, pistola en mano salió a impedirlo. Pero apenas dió quince o veinte pasos, una tempestad de balas llovió sobre él, que cayó de golpe, boca abajo, atravesado por mortal herida. Incapacitado para levantarse, volvió la cabeza hacia los suyos en la Aduana Vieja, y con tenue voz, que él se esforzó en hacer robusta, dijo estas palabras:
-¡No se acobarden, no se acobarden!
En esto, el asistente de Guerrero, Nemesio Rodríguez, con Severo Resendis, soldados rasos ambos, en unos cuantos saltos se pusieron al lado del herido, lo tomaron por la cabeza y los pies y lo devolvieron a la aduana. Toda esta operación, en medio del tiroteo más nutrido y enconado, que les dirigían los filibusteros.
Para estos momentos, ya ardían dos edificios más: las casas


de la señora Acevedo y la del Sr. D. Avelino Salazar; la de este último, apenas a cincuenta metros de distancia de la Aduana Vieja, que se llenó de chispas y de humo.
En medio del esplendor del día, Tijuana quedó envuelta entre las llamaradas del incendio, que aumentaba los horrores del combate.
¡Y pensar que a los defensores lo único que hacia falta era un puñado de cartuchos!
-¡Vamonos!- gritó alguien dentro de la aduana nueva.
-¡No!- quiso rugir, y apenas musitó Guerrero, cuyas pupilas relampaguearon de coraje.
-¡Ya no hay parque, mi subteniente. -¡Ah... váyanse entonces!
- Pero usted con nosotros - dijo con viveza el asistente de Guerrero, y sin aguardar respuesta levantó al oficial, se lo acomodó a sus espaldas y ordenó a Resendis, el otro soldado:
-¡Tú lo cuidas! ¡dispara como Dios manda!
Y no como Dios manda, porque Dios no manda disparar, pero si como disparan los bravos, los nobles hombres bravos, Resendis fue batiéndose desde la salida de la aduana, contra enorme cantidad de enemigos. El asistente Rodríguez caminaba por delante, con el cuerpo del oficial, que iba chorreando sangre; y un poco atrás Resendis, ora dando saltos de un lado para otro, ora poniéndose rodilla en tierra, siempre mantenía su arma en eficaz acción. Así caminaron cerca de doscientos metros, hasta la casa del Sr. D. Romualdo Lucero, donde se apoderaron de un cochecito, en el cual fue colocado el subteniente. Las balas seguían polveando a los pies de los dos soldados. Rodríguez, en medio de las dos varas del vehículo, tiraba de éste a modo de litera, y Resendis continuaba haciendo fuego.
-¡A dónde me llevas?- preguntó Guerrero a Rodríguez.
-¡Al otro lado, mi subteniente.
-¿Con los gringos?
- Para que lo curen, mi subteniente...
-¡Mátame! ¡No quiero ir!
-¡No, mi subteniente!
-¡Mátame, te digo!
Rodríguez ya no respondía. Ahora, con más presteza iba alejándose del enemigo.
Por fin llegaron a la línea divisoria, donde un grupo de soldados angloamericanos les salió al paso; testigos de la


hazaña, se mostraron emocionados y corteses. Rodríguez y Resendis, sin dejar de pisar el suelo mexicano, entregaron a Guerrero, prodigándole solícitos cuidados.
Uno de los soldados yanquis invitó a Rodríguez y a Resendis a que pasaran a Estados Unidos.
- No, no queremos ser prisioneros de ustedes - respondió el asistente.- Tenemos que volver a pelear otra vez a Tijuana, para arrojar a los bandidos. - Y se retiraron los dos soldados, camino de Ensenada.
Ya había caminado Rodríguez largo trecho; ya estaba libre de las balas, que aún crepitaban fragorosamente en la plaza. De pronto, se para, piensa con ternura en el oficial herido, que no tendría quien lo atendiera con el cariño que él, su asistente, y entonces se devuelve, entra en la zona de peligro, se acerca a la línea divisoria, garrapatea un recado, en que consulta al subteniente Guerrero si quiere, si le permite que pase a atenderlo; entrega este recado a un compatriota mexicano, y aguarda. Su vida está peligrando; las balas silban por sobre su cabeza; no le hace; él sigue aguardando. Por fin recibe la respuesta: "Que gracias, que te vayas", y entonces marcha a presentarse a las autoridades de su gobierno, para seguir peleando.
La jornada tocaba a su fin. Los defensores de la Aduana Nueva retrocedieron al cuartel. Sólo la aduana vieja seguía firme. En ella, tres hombres, tres ancianos de cabeza blanca - Larroque, Angulo y Ramos -, que en su vida habían sido militares, se batían con increíble ardor. ¡Qué hermosura la de aquellos viejos! Rociados cara y pecho por la tierra que levantaban los proyectiles enemigos, los bañaba el rojo fulgor de las Llamaradas del incendio, y los envolvía el humo de la pólvora. La salida aún estaba expedita, pero no querían verla, porque aún les quedaban municiones; y cuando entre los hurras al Tío Sam se les intimó:
-¡Ríndanse!-, los viejecillos hicieron tronar su voz cansada:
-¡No!
Y no se rinden; y las bombas de dinamita siguen estallando junto al débil muro de adobe que los resguarda; y la gente de Pryce se echa encima; y los soldados de Wilcox ya los cercan; y desde territorio yanqui los demos soldados de este oficial, felonamente, siguen disparando...
-¡Ríndanse!- intiman los filibusteros.
-¡Viva México!
-¡Viva el general Díaz!- son los gritos que parten de la Aduana Vieja.
Por fin, ya no es posible más: están vacías las cananas; sólo queda una carga por cada rifle.


-¡Ahora si, ¡vamos fuera!- ordena el subprefecto.
Y salen; y el cuerpo de cada defensor se ofrece de cabeza a pies y a unos cuantos metros de distancia, a todo el enemigo, que bien oculto tras el borde del río y en el yerbazal, los fusila impunemente.
Rueda herido el joven Jesús González: cae muerto el anciano Pastor Ramos; cae herido Manuel (a) "el Torero"; cae muerto "el Chapo" Márquez; muerto también se desploma el anciano Clemente Angulo; Larroque, el enorme Larroque, es gravemente herido, pero camina largo trecho hasta encontrar su caballo, al que monta, y en vez de partir solo, en un postrero rasgo de nobleza, ofrece el estribo al joven Don Francisco Cuevas, aún ileso, a quien en ese instante una bala le atraviesa la cabeza y rueda muerto. El subprefecto apenas camina en su caballo dos o trescientos metros y también rueda muerto. Y luego, también muerto, cae Padilla, quien acababa de hacerse fuerte en la trinchera del cuartel. Y al anónimo voluntario de Berkersville lo hacen prisionero, lo azotan contra un muro, y al retroceder unos cuantos pasos un grupo de filibusteros para dispararle, el voluntario hinca las uñas en el suelo y levanta un puñado de tierra, que avienta a aquéllos a la cara, al propio tiempo que recibe una descarga y muere.
Ninguno de estos hombres, ¡ni uno solo!, fue tocado por la espalda.
Los filibusteros, dueños de la plaza, prorrumpieron en delirantes hurras.
Luego, desparramándose la banda por todos rumbos, se libró al saqueo. Pryce y sus más adictos penetraron en las oficinas públicas, en busca de los fondos. Abandonadas las residencias por sus propietarios, no hubo una sola de ellas en que los filibusteros no hicieran befa de los objetos y prendas de uso intimo; todo fue hollado y ultrajado.
Al subteniente Guerrero y a cuarenta heridos de la banda filibustero se les condujo al vecino puerto de San Diego, de donde una ola humana, regocijada, orgullosa, delirante, se precipitó hacia el infeliz lugareño mexicano; pero se les detuvo en la línea divisoria, pues Pryce y los suyos quisieron disfrutar solos de las primicias del saqueo. Hasta la caída de la tarde, cuando los filibusteros estaban ya hartos de destrozo y latrocinio, Pryce abrió las puertas del poblado, pero fijando el precio de cincuenta centavos por persona. ¿No era acaso el de la destrucción de Tijuana un bello espectáculo? ¡Y cómo no! Millares de millares de almas acudieron a ver a la destrozada y lamentable población, donde yacían los muertos mexicanos, insepultos, en el lugar mismo en que cayeran... No había habido tiempo para abrir una fosa y sepultarlos.


En la misma tarde de ese día, merced al calor del entusiasmo popular angloamericano, setenta y cinco individuos, entre ellos buena parte de soldados del ejército de Estados Unidos, engrosaron la banda ocupante de Tijuana.
Cayó la noche, espantosamente lóbrega. Un viento huracanado arrancaba rugidos y lamentos de entre los intersticios de las casas. Barridas las cenizas que dejaran los incendios, brillaban las brasas semiextintas. A ratos, detonaba un tiro o estallaba la carcajada de algún ebrio.
-¡Quién vive!- gritó con estentóreo grito un centinela angloamericano apostado en las afueras de Tijuana.
Y el interpelado, con los brazos en alto, pues el centinela le apuntaba el arma al pecho, explicó que era el hijo mayor del subprefecto Larroque y que andaba buscando el cadáver de su padre.
A fuerza de ruegos, de infinitos ruegos, el joven Larroque no fue ejecutado.
Amaneció el día 10, ¡y ese día fue izada en Tijuana la bandera de Estados Unidos!
El propio día 10 anunciaba el periódico
The San Diego Sun: "Para el jueves se esperan dos ametralladoras y un cañón, pedidos por Pryce a Los Angeles. No se ha recibido noticia alguna de Los Angeles; pero él dice (el mismo Pryce) que sólo espera tener suficientes refuerzos para dirigirse a Ensenada. Las líneas telefónicas están siendo reparadas hoy, y los rebeldes creen poder hablar con Los Angeles hoy en la tarde".
Y The Evening Tribune, también de San Diego, en su numero del día 11, declaraba: "El general Pryce está recibiendo refuerzos para cruzar la línea".
Pero en cambio, según el mismo periódico, de la propia fecha, la causa del desastre en Tijuana se debió a la falta de cartuchos, que no remitieron de San Diego. Aunque con la atenuación del se dice, empleada siempre en sus noticias por la prensa angloamericana, asienta dicho periódico:

Se dice que los federales cayeron en poder de los rebeldes por falta de municiones pues aunque fue pedida alguna cantidad de parque a San Diego, éste no pudo haber ido hasta después de que la población cayó en poder de Pryce.


Interrogado el capitán Wilcox acerca de la participación de sus fuerzas en el ataque de Tijuana, contestaba que no pudo evitar


que su gente desertara y fuera a combatir en contra de los defensores del gobierno mexicano.
La ayuda al filibusterismo por parte de los Estados Unidos se desembozó, pues, más que nunca.
Anotemos dos hechos más, referentes a esta ayuda: el ferrocarril de San Diego a Arizona llevó a Tijuana, dos días después de la toma de esta plaza, veintidós cajas de pólvora, y John Kenneth Turner, desde Los Angeles, condujo a la misma plaza cincuenta hombres de refuerzo para las filas de Pryce.
Pocas horas después de izada la bandera de los Estados Unidos en Tijuana, los filibusteros levantaron el campo del combate y a medio día enterraron a sus muertos. Pryce, en el momento de bajar los cadáveres a la fosa, recitó una plegaria y se hicieron tres disparos.
Los muertos mexicanos fueron llevados en mísero y sucio carretón hasta la línea divisoria internacional, donde, de un brusco golpe, cual basura que se arroja al muladar, se les arrojó a territorio de Estados Unidos, para reclame del filibusterismo y para que los angloamericanos todos vieran el resultado de su obra y saciaran su malsana curiosidad.
Al cadáver del administrador de correos le quitaron los yanquis los choclos; a los soldados de la Compañía Fija les arrancaron los botones de sus chaquetines, y así profanaron a los demás cadáveres, arrancándoles trozos de sus ropas, en calidad de
souvenir.
Para los yanquis, ¡ni los cadáveres de los mexicanos son dignos de respeto!
Una vez arrojados en tierra de Estados Unidos los despojos de los defensores, otros miles más de vecinos de San Diego, trémulos de curiosidad y de alegría, penetraron en Tijuana, donde, más salvajes aún que
los filibusteros, se dedicaron al más inicuo, infame y repugnante robo.
The Tribune, no obstante este atentado, bochornoso aun para los pueblos más bárbaros, afirmó que en Tijuana reinaba el orden y que se habían, "respetado los derechos de propiedad".
Pero fue de tal manera escandaloso y repugnante el robo, que
The San Diego Unión, en su número correspondiente al 12 de mayo, en su sección editorial, publicó el siguiente artículo, bajo el título de:


ROBOS EN TIJUANA

Los primeros rumores acerca de que la gente de esta ciudad robaba en Tijuana fueron considerados como increíbles.
Parecía imposible que gente de San Diego robara a gentes que están de luto por sus muertos y que ya habían sido robadas por los rebeldes. Se creyó que unos cuantos de los más ardientes coleccionadores de cosas curiosas, podrían haberse aprovechado de la confusión para robarse algo. Pero ahora es un hecho que gente de San Diego se ha aprovechado de la confusión para robar en Tijuana.
Desechamos en este articulo las exageradas mentiras que han venido hasta nosotros; nos atenemos únicamente al testimonio de personas respetables y dignas de crédito. Según ellas, puede afirmarse (nos alegraríamos de que no fuera muy numerosa esta canalla) que no pocas personas de San Diego se han convertido en ladrones. No todos los individuos que trajeron objetos de esa ciudad procedentes de Tijuana, los robaron por si mismos: algunos los han adquirido. Pero estimamos que no hay mucha diferencia, entre robar una mercancía o adquirirla de manos de quien, la ha robado. En cualquiera de los dos casos, la iniquidad es patente.
Este asunto resulta peor de lo que es en sí, por virtud del contraste. En efecto, se esperaba que las fuerzas que ocuparon a Tijuana robaran a esta población hasta dejarla completamente vacía. Pero los insurrectos se han manejado con moderación. - "La guerra es la guerra - dicen los rebeldes -, y necesitamos vivir de lo que ganamos en ella". Pero no han llegado hasta los extremos; han tomado lo que realmente necesitaban. No es común que los rebeldes dueños de un campo conquistado en que hay elementos de vida, padezcan hambres; pero los rebeldes que tomaron Tijuana se han conducido como si fueran ejército regular. Se dice que se han hecho los disimulados ante los robos cometidos por los visitantes, y hasta se agrega que estos han dado dinero a los rebeldes para comprar su silencio. Han negado este cargo, que diversas circunstancias, sin embargo, lo confirman. Pero de todos modos, la parte más censurable corresponde a aquellos que robaron solamente por amor al robo, y no por la de las guerrillas hambrientas que obran conforme es costumbre en casos semejantes.
Es posible que los Estados Unidos tengan que pagar por los robos cometidos por los americanos en Tijuana. Parece que se van a presentar reclamaciones al gobierno de los Estados Unidos, y habrá con toda seguridad argumentos de sobra para que el gobierno atienda y satisfaga estas reclamaciones.
En tanto que esto sucede, bueno seria ir buscando a tales sinvergüenzas para aprendérseles. Como quiera que se proceda, estas gentes que han robado o que han comprado cosas robadas, pueden


quedar en la inteligencia de que la gente honrada les censura y les tiene muy a mal su conducta.

¡Qué más! ¡hasta la Cruz Roja, institución tan benemérita en todas partes, en San Diego tomó participación en el saqueo de Tijuana! En sus carros, ¡en los carros de la Cruz Roja!, transportaban los filibusteros a aquel puerto los objetos que robaban.
Dato de singular importancia para cuando entre los gobiernos de México y Estados Unidos se ventilen estos asuntos, es el de que el jefe de los celadores de la aduana de los Estados Unidos frontera con la de Tijuana, Fred Wadham, no permitió que el día 7 de mayo, un día antes de que principiara el combate, los comerciantes de Tijuana pasaran a territorio angloamericano sus mercancías. Los comerciantes, entre ellos el señor Savín, de la aduana yanqui tuvieron que regresar los carros cargados con valiosos efectos.
Y a todo esto, los Flores Magón, ¿qué pensaban de la toma de Tijuana? He aquí lo que pensaban, expresado en la siguiente carta, dirigida al "general" Pryce:

La Junta del Partido Liberal Mexicano os envía sus fraternales felicitaciones con motivo de la gran victoria alcanzada al tomar Tía Juana la mañana del 9 del corriente. Este triunfo se obtuvo debido a la inteligencia y al valor de vuestros hombres, que supieron infligir una derrota a los desgraciados esclavos que el Capital y la Autoridad enviaron a la muerte Para mermar los derechos y prolongar los sufrimientos de la raza humana. Camaradas: Esta victoria ha tenido gran resonancia, porque habéis anunciado de un modo inequívoco que no fueron los mercenarios de Madero quienes tomaron la población, sino los liberales partidarios del Pabellón Rojo, que están sacrificando sus vidas Para convertir en realidad el pensamiento espléndido de Libertad, Igualdad y Fraternidad. ¡Si! Debemos afirmar con gran energía que nuestro lema es 'Libertad o Muerte'.
Y si este gran clamor amedrenta a los capitalistas, y hace palidecer a los Gobiernos, qué será cuando de ese clamor surja la realidad de alejar de nosotros a los tiranos de nuestra Tierra de Libertad.
Continuad vuestra heroica campaña. El mundo se halla sorprendido ante vosotros, porque es la primera vez que la Roja Bandera de la Libertad de los Proletarios se ha izado, porque es la primera vez que la gran idea de Tierra y Libertad ha sido llevada al campo de batalla.
Esta es la primera vez que se han usado
las armas Para arrebatar a los capitalistas las riquezas con que han estado oprimiendo al pobre pueblo.
Pelead, pelead sin descanso. Se acerca ya el momento de la


expropiación; entonces serán exaltados los pobres, y todos serán iguales; para ganarnos la vida, ya no será necesario que alquiléis vuestro trabajo a un amo.
Pelead con valor para establecer un sistema industrial que garantice la subsistencia a todo ser humano.
Libertad y Justicia.
TIERRA Y LIBERTAD
Los Angeles cal., Mayo 12 de 1911.
R. FLORES MAGON, Presidente de la Junta.
A. P. Araujo, secretario.

Al Comandante General C. Pryce y a todos los camaradas que tomaron parte en la toma de Tía Juana.

Estampados en 12 de mayo los anteriores conceptos, los Flores Magón guardaron silencio ante el siguiente suelto que apareció en The San Diego Unión, de 14 de mayo:

El General Pryce no niega que quiere dar la península a los Estados Unidos "Baja California para los americanos", Parece que va a ser en adelante el grito de guerra de los hombres de Pryce. Esto se sabe como consecuencia de una entrevista celebrada entre Pryce y un reporter del Unión, en la que Pryce dió a conocer su cariño por los estados Unidos; y por el hecho , además, de que en uno de los edificios de Tijuana hay una bandera americana y sobre ella está colocada la bandera roja de los rebeldes.
Hay cuatro lugares en Tijuana donde está izada la bandera americana y solamente uno donde está la misma, juntamente con la roja de los rebeldes.
Dijo uno de los rebeldes, mirando las dos banderas:
¿Es una vergüenza que estén de esa manera, verdad? Pero pronto estará la americana sola y pronto también flotarán las barras y las estrellas en el resto de Baja California.
El
reporter del Unión, que estaba presente, se volvió hacia el General, que había oído lo dicho:
-¿Qué le parece a usted eso que acaban de decir?- pregunto al General Pryce.
A lo que contesto éste:
- Que me suena muy bien.

Para los angloamericanos, el desenlace de la invasión filibustera estaba próximo. Afirmaban, con grande y cínico alborozo, que era "cuestión de días, de sólo unos cuantos días, la anexión de la Baja California a Estados Unidos".













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