La ciencia ficción es una literatura de ideas
(o una literatura del extrañamiento cognoscitivo como
quiere Darko Suvin) es decir, se sostiene en gran medida sobre algún
concepto nuevo que pueda ser explorada para producir una historia. En esto
no difiere de cualquier otro género, en la medida en que toda
narración cuenta algo. En el caso de la ciencia ficción, la
importancia del tema o del contenido es mayor simplemente por el tipo de
historias que suele contar y por su acercamiento a la visión
científica del mundo.
Pero
esa importancia de las ideas, del tema o del argumento ha llevado a que muchos
consideren que la ciencia ficción es exclusivamente un buen tema,
un buen argumento o una buena idea. Y no es así. La literatura precisa
de una ejecución que convierta su contenido en una experiencia
estética. Se puede tener una buena idea torpemente ejecutada y una
idea trillada que se convierte, por el uso de la reflexión y del buen
hacer literario, en una gran novela.
De
hecho, el tema ni siquiera es parte de una narración. El amor, por
ejemplo, no está en las obras literarias, lo que hay es una cierta
codificación del amor en ciertas obras literarias. Hablar de amor
no garantiza que una obra sea buena. Hablar de un tema determinado, por mucho
que a uno le importe, no garantiza la calidad de la obra; fondo y forma (o
contenido y estilo) deben ir unidos para crear una obra literaria. En ese
aspecto, todas las historias malas son iguales mientras que todas las historia
buenas son diferentes. En una obra mala uno siempre puede decir qué
ha fallado (la trama, el argumento, los personajes, el estilo...) mientras
que las obras buenas son artefactos únicos y completos en sí
mismos donde no puede separarse una parte sin romperlos.
Voy
a poner un ejemplo que no pertenece a la ciencia ficción.
El
grupo Oulipo fue un movimiento literario fundado en 1960 por Fraçois
Le Lionnais. Los miembros de ese grupo se caracterizaban por imponerse
limitaciones formales a la realización de una obra literaria. Por
ejemplo, Raymond Queneau escribió Ejercicios de estilo donde
presentaba 99 variaciones de una anécdota básica y George Perec
escribió Les revenents, toda una novela donde la única
vocal es la e. Italo Calvino se planteó en su día
escribir una historia en la que diversos personajes relatan unos acontecimientos
sin hablar, sino colocando diversas cartas del tarot sobre una mesa. Al final
de la sesión, todas las historias deben estar contenidas en la
disposición de cartas sobre la mesa. Pero más aún, entre
las cartas debe también poder leerse algunas historias que nadie ha
contando y que son el resultado de la disposición de los naipes. Calvino
repitió el sistema en dos ocasiones con dos tarots distintos: El
castillo de los destinos cruzados y La taberna de los destinos
cruzados. La mejor, y el propio autor lo admite, es la primera que
parece más natural y donde el artificio queda oculto por la solidez
de la obra. La segunda parece curiosamente más artificial, más
forzada. Mismo recurso pero resultados muy diferentes.
De
la misma forma, un escritor de ciencia ficción puede partir de una
anécdota muy buena, pero es en el trabajo de composición literaria
(en la creación de la forma) donde construirá su obra (porque
las novelas no son tratados filosóficos). Si hace bien su trabajo,
finalmente tendrá una obra donde fondo y forma, estilo y argumento,
sean un todo inseparable.
Publicado en Pórtico 9 (diciembre-enero, 1994-1995)
© Pedro Jorge Romero 1994
PRINCIPAL / ARCHIVO
RESEÑAS / ARTÍCULOS /
LIBROS EXTRANJEROS /
ENTREVISTAS /
LECTURAS |