En el mapa que utilizo para moverme por entre la
ciencia ficción española hay dos polos: la antiutopía
y el irracionalismo. Entre ellos considero que se encuentra la gran masa
de tierra de nuestra literatura. Allí habitan obras que oscilan entre
la preocupación por el control del individuo en alguna sociedad futura,
antiutopías al estilo de Un mundo feliz, y la desconfianza,
cuando no franca oposición, ante el conocimiento científico
y tecnológico, al estilo de la nueva ola. Ésa es al menos la
impresión que tengo después de varios años de leer ciencia
ficción española, aunque, por supuesto, no he hecho ningún
estudio formal. Pero, si es cierto, ¿cual podría ser la
explicación? Se me ocurre una: la ciencia ficción española
tal y como hoy la conocemos es hija de finales de los años 50 y principios
de los 60, años de dictadura en nuestro país. Y si bien en
aquella época toda la ciencia ficción estaba preocupada por
el control social del individuo, me parece plausible que debido a la
situación política de nuestro país esa preocupación
le pareciese más cercana a la ciencia ficción española.
Y en cuanto al irracionalismo... Bien, el nuestro siempre ha sido un de
que inventen ellos. Si se toma como representativa la antología
Lo mejor del a ciencia ficción española (publicada en
1982) se puede ver como los diversos cuentos se van ajustando, más
o menos y con los debidos reparos, a este modelo.
Por
supuesto, mi mapa no es muy exacto. Se parece más bien a esos planos
medievales de centros arbitrarios, donde faltan continentes y donde las costas
no se corresponder a ninguna real. No sé, por ejemplo, dónde
colocar obras como Desierto de niebla y cenizas (¿es irracionalista
o antiutópica, ninguna de las dos cosas, o ambas simultáneamente?)
de Joan Trigo o Adam Blake de José Luis Garci. Pero aun así,
creo que para tener una visión general del planeta de la ciencia
ficción española es razonablemente útil, aunque
estrictamente sólo corresponde a ciertos momentos históricos.
Debería ser evidente, por ejemplo, que se han producido diversos cambios
geológicos en la geografía de este mundo. La ciencia ficción
rigurosamente científica, la llamada ciencia ficción dura,
ha dejado de ser una pequeña islita más bien alejada (habitada
por una sola persona, Javier Redal, y un sólo cuento en la antología
Lo mejor de la ciencia ficción española) para convertirse
en un gran continente virgen con tres grandes novelas y algunos nuevos colonos.
Por otra parte, la tectónica de placas ha hecho su trabajo
rápidamente y aquella masa de tierra de la que hablaba al principio
se ha disgregado en fragmentos más pequeños. Todavía
son reconocibles los dos polos (el premio Ignotus del año 1994 a mejor
novela lo ganó Salud mortal de Gabriel Bermúdez Castillo,
que podría considerarse una antiutopía, y tanto Elia Barceló
como Rafael Marín han expresado más de una vez su desconfianza
del conocimiento científico y tecnológico), pero muchos de
esos fragmentos han derivado a otras latitudes y ahora las obras que allí
viven tratan otros temas de otras formas.
Para
mí, la cosas empezaron a cambiar a principio de los ochenta, coincidiendo,
paradójicamente, con la desaparición de Nueva
dimensión, la revista que durante muchos años fue la ciencia
ficción en España. A finales de los 70 y principios de los
80 se empezaron a plantear formas y temas más ambiciosos; quizá
impulsados por los cambios políticos y sociales que se habían
producido y se producían en esos años y por la aparición
de películas de éxito como La guerra de las galaxias.
En esa situación favorable pudo Rafael Marín crear su fusión
de novela picaresca y space-opera en Lágrimas de luz
o Juan Miguel Aguilera y Javier Redal pudieron dar su versión de la
ciencia ficción dura en Mundos en el abismo. El abanico de
temas posibles se abrió de pronto y de una ciencia ficción
que había sido grande en sus cuentos (véase, por ejemplo, las
antologías Los viajeros de las gafas azules y La máquina
de matar de Juan García Atienza) pasamos a una ciencia ficción
que se supo capaz de crear grandes novelas.
Y
llegamos hasta el día de hoy, cuando nuestra ciencia ficción
tiene una variedad y una riqueza sorprendente dado su tamaño. Hay
muchas tendencias y muchas escuelas que defienden su forma de escribir ciencia
ficción. Eso es bueno. La ciencia ficción española de
hoy es más multiforme que nunca, y se siente capaz de llevar cualquier
ropaje. Creo que el lector encontrará abundantes ejemplos de sus formas
posibles en las páginas de esta antología. Tenemos historias
encuadrable en el ciberpunk, en la ciencia ficción dura, en el cuento
clásico de exploración, en el surrealismo, en la parodia, en
el gore casi terror, en el color local, etc... Esta variedad de posibilidades
me parece muy positiva. Nunca he sentido la necesidad de disfrutar de un
sólo tipo de literatura y no creo que la ciencia ficción deba
ser única y monolítica. Si la ciencia ficción admite
su expresión en una gran número de formas, ¿por qué
no disfrutar de todas ellas? Lo maravilloso del género es que se puede
leer a Robert Heinlein por la mañana y a Joanna Russ por la tarde;
nuestro próximo libro puede ser El hombre hembra o Tropas
del espacio. Es decir, podemos elegir, y ése me parece el principio
de la libertad.
De
las muchas corrientes posibles dentro de la ciencia ficción, y el
lector habrá notado ya que estoy empleando el término
ciencia ficción en un sentido muy amplio, hay sin embargo
unas pocas ausentes de la ciencia ficción española. Y uno de
los huecos más evidentes es el del feminismo. Si lee el índice
de este volumen, verá que todos los autores son hombres; ninguna mujer
envió un cuento. Es más, actualmente hay muy pocas mujeres
escribiendo ciencia ficción en España. No es un situación
nueva. Cuando la revista Nueva dimensión se planteó
editar un número dedicado a la ciencia ficción escrita por
mujeres, el único cuento español había sido escrito
por un hombre bajo seudónimo. Mientras tanto, fuera de nuestra fronteras,
las mujeres hace mucho que descubrieron el poder de la ciencia ficción
y tomaron posesión del género dándole algunas obras
maestras como Kindred de Octavia Butler, Caminando hasta el fin
del mundo de Suzy McKee Charnas o El hombre hembra de Joanna Russ.
Es ésta una situación sobre la que deberíamos meditar.
Lo
que tampoco tenemos en la ciencia ficción española son estudios
sobre el genero. No tenemos ni bibliotecas, ni bibliografías, ni ensayos.
Ya lo dije en una ocasión y me gané una reprimenda, pero es
cierto: los críticos españoles de ciencia ficción prefieren
escribir el enésimo artículo sobre Ballard o Dick antes que
estudiar la obra de un autor español (yo también soy culpable,
mi columna en la revista BEM se llama precisamente Libros
extranjeros). Es éste un problema que arrastramos desde hace
mucho tiempo. Eso hace que la ciencia ficción española sea
generacional (viene gente nueva a sustituir a la que se va) pero que no tenga
historia (nadie se acuerda de lo que se hizo). Esta situación no puede
continuar si la ciencia ficción española quiere ocupar el lugar
que le corresponde.
Como ya he dicho antes, he querido que esta antología
reflejase la variedad múltiple de la ciencia ficción actual.
Pero ésa no ha sido una elección racional sino íntima
y personal. Si bien me creo capaz de reconocer la buena ciencia ficción
cuando la leo, no tengo ni idea sobre cómo se escribe. Y no porque
no crea que hay reglas para escribir una buena historia, mi experiencia de
lector me dice que las hay y muchas, pero también sé por
experiencia de lector que un autor lo suficientemente hábil puede
romperlas todas y seguir teniendo una buena historia. A un autor joven más
le vale conocer todas la reglas que cuando las tenga bien aprendidas podría
empezar a olvidarlas. Por tanto, yo sólo daría tres consejos
para escribir ciencia ficción: aprender a escribir, aprender sobre
el mundo y leer con atención la antología Worlds of Wonder
de Robert Silverberg. Lo demás es a gusto del cliente.
Por
otra parte, mucha gente opina que hay unos temas propios de la literatura,
o lo que es lo mismo, que los libros deben hablar de unas ciertas cosas
determinadas: el amor, la muerte, la vida, etc... Es decir, todo el conjunto
de ideas abstractas que uno aprende en el colegio y que nunca encuentra en
estado puro. Yo por mi parte, opinión que no hay nada indigno del
interés de un escritor. Todo elemento humano podría en principio
interesarle por igual, y podría utilizarlo como materia prima para
fabular. Por esa razón, no creo que haya géneros y subgéneros
privilegiados. Leamos, y ya decidiremos si lo que leemos nos gusta o no.
Es bueno que en el conjunto de las cosas las haya de distinto tipo, es bueno
en las artes no limitarse a un sólo estilo o a un sólo
género.
¿Qué es mejor, en poesía y
prosa, la grandeza acompañada de ciertos defectos, o una correcta
mediocridad, aunque enteramente irreprensible y sin fallo alguno? se
preguntaba ya hace algunos siglos el anónimo autor de Sobre lo
sublime. Los compiladores de antologías se enfrentan exactamente
al mismo problema: ¿debemos elegir obras que sabemos perfectas pero
sin interés o debemos, sin embargo, elegir obras interesantes aunque
con fallos? Para mí la solución ha sido fácil, he elegido
simplemente lo que me ha parecido interesante. Como ya dije antes, no sé
cuáles son las reglas de corrección, o lo que podría
ser lo mismo, no creo que existan reglas muy definidas a las que toda obra
literaria deba ajustarse, como mucho, esas son reglas que los autores deciden
seguir a la hora de escribir, no normas, en principio, de obligado cumplimiento.
Por esa razón, me limita a leer, y si lo que leo me gusta ya está.
Eso quiere decir que los cuentos que he seleccionado aquí me parece
al menos interesantes. Eso no quiere decir que los crea perfectos, simplemente
hay valore más importantes que la perfección porque una
perfecta precisión corre el riesgo de la trivialidad, y en todo gran
talento, como en las fortunas enormes, debe haber lugar para una cierta
negligencia.
Decía
Borges que los libros son una de las pocas fuentes de felicidad que nos quedan.
Yo he disfrutado mucho preparando esta antología, y espero que el
lector disfrute de ella leyéndola. Si es así, habré
alcanzando mi objetivo principal y me daré por satisfecho.
Antes
de terminar, me gustaría expresar mi agradecimiento a las personas
que han ayudado donando su tiempo, talento y entusiasmo a esta antología:
Joan Manel Ortiz, Miquel Barceló, Ricard de la Casa, Paco Roca, José
Luis González, Rafael Marín, Carlos Fernández
Castrosín, Juan Miguel Aguilera y, por supuesto, los autores que enviaron
su obra.
Pedro Jorge Romero
Lanzarote, julio 1995
Publicado en Visiones 1995
© Pedro Jorge Romero 1995
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