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Diez libros de ciencia ficción que me llevaría a una isla desierta

por Pedro Jorge Romero

Este largísimo ensayo se escribió a petición de la revista Blade Runner Magazine. Resultó finalmente que había habido un error y ellos necesitaban una lista y unos comentario muy cortos. Ricard de la Casa, a petición mía, tomó el texto, lo resumió, y de esa forma es como apareció en el número 8 de Blade Runner Magazine junto con las listas de otros críticos de la ciencia ficción española. Esta versión nunca llegó a publicarse.

Es difícil elegir diez novelas que uno se llevaría a una isla desierta, sobre todo porque la respuesta debe realizarse en base a criterios personales difícilmente cuantificables. Al final la única opción es plantarse delante de la biblioteca y mirar qué novelas ha disfrutado uno más y sobre cuáles ha reflexionado más a menudo. Por supuesto la respuesta así obtenida podría ser muy distinta de la que daría si me pidiesen la lista de la diez mejores novelas de ciencia ficción. Hechas estas aclaraciones he aquí las novelas que componen la biblioteca de mi isla, sin ningún orden en particular.

Frankenstein de Mary Whollstonecraft Shelley
Frankenstein es un libro que ha corrido la misma suerte que La Biblia y El Quijote, todo creen conocerlo pero pocos los han leído. Los excesos cometidos en el cine han llevado a desvirtuar la imagen de Victor y su criatura, convertidos en simples bufones.
Frankenstein se inserta en la tradición de la novela gótica, pero en ese caso, Mary Shelley escribió una extraña novela gótica. Frankenstein no puede ser leída como una simple historia de terror porque es mucho más que eso. Hay miles de ideas y miles de sensaciones y sentimientos en sus páginas. Es conocida a grandes rasgos la historia: El científico Victor Frankenstein, deseoso de comprender los misterios del universo, crea una criatura a la que da vida, y aquí terminan todos los paralelismo entre el cine y la literatura. Víctor repudia su creación en la misma mesa de operaciones, le reprocha su fealdad y su deformidad, que son en realidad responsabilidad suya. Víctor somete a su creación a la mayor de las infamias: negarle incluso un nombre; el ser deforme debe recorrer las páginas de la novela innominado.
La criatura es inicialmente un buen salvaje, pero no Cándido: cuando se ve repudiada por todos, atacada y injuriada por su deformidad decide pedir cuentas a su creador. En la novela la criatura es dueña de una poderosa inteligencia que ha sido afinada por un conjunto de lectura, no siendo la menos importante de ellas El paraíso perdido de Milton, que le permiten reclamar como si de Adán se tratase a su Dios Víctor. Así la criatura le dice: “[...] ¿Acaso no he sufrido bastante que buscáis aumentar mi miseria? Amo la vida, aunque sólo sea una sucesión de angustias, y la defenderé. [...] Pero debéis asumir vuestros deberes, los cuales me adeudáis. Oh Frankenstein, no seáis ecuánime con todos los demás y os ensañéis sólo conmigo, que soy el que más merece vuestra justicia e incluso vuestra clemencia y afecto. Recordad que soy vuestra criatura. Debía ser vuestro Adán, pero soy más bien el ángel caído a quien negáis toda dicha. Doquiera que mire, veo felicidad de la cual sólo yo estoy irrevocablemente excluido. Yo era bueno y cariñoso; el sufrimiento me ha envilecido. Concededme la felicidad, y volveré a ser virtuoso”. La criatura le exige a su creador que le fabrique una mujer con la que desaparecerá del mundo humano, pero Frankenstein incumple el trato. La criatura monta en cólera y comienza la persecución que ha de llevarles a las regiones polares del Norte.
De Frankenstein pueden hacerse varias lecturas. Por un lado está la más obvia: Víctor es Dios y la criatura es Adán. Esta visión ya es evidente desde el comienzo de la obra, cuando Mary Shelley introduce la siguiente cita: “¿Acaso os pedí, Creador, desde mi barro, que me modelarais? ¿Acaso solicité de vos que me sacarais de las tinieblas?”. Sin embargo, es probable que no fuese esto lo que Mary Shelley tuviese en mente, o al menos no todo lo que tuviese en mente. Mi opinión es que Frankenstein puede leerse como una relación padre e hijo porque, leyendo la novela, es evidente que las madres de los personajes suelen morir cuando estos son todavía jóvenes. Quizá Frankenstein deba leerse en parte como una fábula sobre el amor del Padre (que es, de nuevo, el amor del dios del viejo testamento) que exige siempre razones para amar; así Víctor exige de la criatura que sea hermosa, y más tarde que deje de matar cuando es el mundo, y en definitiva él mismo, los que lo han impulsado a ello. Puede que sea una novela sobre la responsabilidad, ya que es el mismo Víctor el que desencadena la acción rechazando su creación.
He citado varias posibles lecturas de Frankenstein, en parte para dar a entender la no despreciable complejidad de la obra. A mi, personalmente, la que más me convence, considerando que Mary tenía 18 años cuando la escribió, es que se trata de una novela sobre la adolescencia; una variante de la relación padre/hijo. Es de naturaleza que todo adolescente se sienta un monstruo y rechazado por la sociedad, y considerando el carácter fuerte del padre de Mary, no se sorprendería que este fuese el caso.
Todo lo dicho no agota, por supuesto, la novela. La obra es marcadamente romántica, por lo que inevitablemente las fuerzas de la naturaleza juegan un papel esencial; así se suceden tormentas, mares de hielo, océanos, altas montañas en un intento quizás de mostrar la fascinación por el universo y un cierto panteísmo. Porque en el fondo la criatura es además el romántico definitivo: no sólo es capaz de pensar brillantemente y reflexionar sobre su situación, sino que además vive y es uno con la naturaleza. Igualmente fascinante es el personaje de Víctor. La novela comienza relatando su infancia y el comienzo de su fascinación por la naturaleza: es un hombre profundamente interesado en el mundo, sinceramente deseoso de comprender. Es curiosamente el primer científico moderno, antes de que existiese el científico tal y como hoy lo conocemos. No puede reprochársele que crease la criatura, sólo que la despreciase.
Puede que en fondo Mary Shelley nos esté diciendo que la falta de amor pervierte el intelecto. Sólo sé que he acompañado a la criatura muchas veces por mares helados, que he vivido la fascinación de Víctor, que he discutido con uno y con otro sobre sus razones.

Cántico por Leibowitz de Walter M. Miller
Creo que esta novela es algo más que una buena novela, creo que es la mejor novela de ciencia ficción jamás escrita, una verdadera obra maestra que se sostiene por si misma sobre todas las demás. Es más, creo que es una obra maestra por cualquier rasero literario por el que se la mida, y que en el futuro será recordada por la buena novela que es, sin etiquetas de géneros.
Esta novela es la historia de la orden de Leibowitz, que después de un desastre nuclear se dedica pacientemente a recoger todos los restos de documentos que pueden encontrar, con los que van compilando la memorabilia. En la primera parte (titulada “Fiat Homo”) el monje Francis Gerard descubre unos restos pertenecientes al legendario fundador de la orden: el científico Leibowitz. Francis pasa 15 años copiando pacientemente estas reliquias. Pero en un viaje a Nueva Roma para obtener la canonización del santo es asaltado y robado, sin embargo los originales son suficientes y Leibowitz es canonizado. En la segunda parte (titulada “Fiat Lux”), 600 años más tarde, en una época de convulsiones sociales, un filósofo natural llamado Thon Taddeo llega al monasterio para consultar la memorabilia y descubre sorprendido algunos conocimientos científicos que él ya había intuido pero no había sido capaz de demostrar. En la última parte (que lleva por título “Fiat Voluntas Tua”) los sucesores de Thon Thaddeo han superado los sueños del maestro y el mundo vuelve a encontrarse al borde de una guerra nuclear. Cuando ésta se produce el abad de la orden decide enviar la memorabilia al espacio junto con un grupo elegido para que la humanidad y su cultura no desaparezcan una vez más.
Nunca he sido religioso, pero siempre me he interesado por el hecho religiosos. Quizá en el fondo admiro a esa gente que parece tener la trascendencia a mano. Nunca me ha molestado las referencias religiosas de esta novela. Walter M. Miller es un creyente, pero su visión de la religión Católica nunca es impositiva, y sólo el más inseguro de los lectores se podría sentir ofendido por la religiosidad de esta novela. Walter M. Miller hace uso de un finísimo humor a la hora de contar esta historia, y la jerarquía católica no sale demasiado bien parada. Siempre he encontrado fascinante la naturaleza caída de la humanidad que aquí se describe. Porque si bien podemos negar la existencia de dios intelectualmente, nuestra educación nos lo ha metido hasta la médula. La existencia de dios puede negarse, pero no su influencia en la cultura humana.
Como ya he dicho, Walter M. Miller nunca es impositivo, nunca obliga al lector a creer. No, no es esa su intención. Lo que el quiere es simplemente narrar una historia de coraje de un grupo de personas, de una institución no de individuos, más allá de la llamada del deber. Porque estos monjes de la orden de Leibowitz no sólo viven para dios, sino que además tienen fe en las obras humanas. Hay un cierto humanismo subterráneo en esta obra. La imagen del Abad muriendo entre las ruinas del monasterio mientras la nave espacial sale al espacio me ha resultado siempre conmovedora. Sólo Un caso de conciencia de James Blish puede compararse a esta obra en su expresión del hecho religioso en la ciencia ficción.
Ya dije al principio que esta novela me parece la novela mejor escrita de la ciencia ficción. Durante un tiempo creí ser el único que profesaba tal opinión y nunca supe el porqué. Yo había leído la novela en inglés, pero en una ocasión traduciendo un artículo tuve que referirme a la edición española. En ese momento comprendí lo que sucedía. La traducción española no consiguió mantener el nivel estilístico del original, y además añade algunos errores de su propia cosecha. Toda la sutileza y la poesía de la edición en inglés se perdía en la traducción. Si el lector decide aceptar mi palabra, por favor, si puede, léala en inglés. Al editor español que la reedite me gustaría pedirle que Cántico por Leibowitz fuese traducida de nuevo. [Este fragmento se escribió antes de que Ediciones B reeditase Cántico por Leibowitz en su colección NOVA ciencia ficción. La editorial decidió corregir la traducción original, tarea de la que me encargué yo. Quiero creer que al menos ahora la novela se lee sin esos errores de traducción de los que he hablado.]

Cronopaisaje de Gregory Benford
Un grupo de científicos en la Inglaterra de 1998 intentan enviar un mensaje al pasado por medio de taquiones (partículas que de existir se supone viajarían siempre a velocidades mayores que la luz) para advertirles de los desastres ecológicos que se avecinan. Así, súbitamente, interaccionan los mundos del Cambridge de 1998 y La Jolla 1962.
Hay muchos elementos en esta novela que la hacen interesante, y por mucho que escriba no podría agotarlos todos. Pero el que más me interesa es el retrato que hace de la vida de los científicos. Es común a la ciencia ficción poner a los científicos como seres sin emociones dedicados a investigar una mejor forma de conquistar el mundo (como si no fuesen los políticos los interesados en conquistar el mundo), no así en esta novela. El retrato de los científicos y de la labor científica en Cronopaisaje es bastante más realista y como tal bastante más complejo. Por ejemplo, los científicos de 1998 están dedicados por entero a intentar salvar el mundo, mientras que el político que los dirige sólo está interesado en conseguir el mayor número posible de mujeres. Otro cuarto de lo mismo sucede en 1962, donde el joven científico que detecta la emisión de taquiones debe enfrentarse a la oficialidad académica para que se le tome en serio.
Un detalle que Benford consigue transmitir con fuerza es la pasión de la realización científica, la sensación casi religiosa que se tiene cuando se resuelve un problema. Gregory Markham, que no es sino un alter ego del autor con el que comparte muchas similitudes (aparece en ambos mundos como personas distintas, un detalle curioso si uno sabe que Gregory Benford tiene un hermano gemelo), muere en un accidente de aviación, pero casi no se da cuenta porque justo en ese momento había conseguido explicar la existencia de varios universos. Ese momento de felicidad, ese ensimismamiento en la obra, es lo que tienen en común los artistas y los científicos. No es cierto que los científicos no sean capaz de apreciar la belleza artística y las emociones. Cuando en el mundo de 1998 se acerca el final, el científico que realiza el experimento lo abandona y vuelve con su familia. Al final, va en busca de lo más importante: el amor de otro ser humano.
La novela tiene cierto aire de pesimismo. El científico de 1962 consigue advertir al mundo a tiempo y la historia queda alterada, sin embargo el mundo de 1998 sigue existiendo. Uno tiene la sensación de que los esfuerzos que los científicos de Cambridge realizaron tuvo poco valor, y es poco consuelo haber salvado otro universo de la destrucción. Esta realidad es la que lleva al protagonista del 1962, Gordon, a sentir los cambios. En la última escena de la novela, cuando va a recoger un premio en honor a su labor científica, cree ver a su madre muerta en la primera fila. En ese momento comprende la infinita fuerza de los mares del tiempo, la promesa de la infinitas posibilidades del tiempo; sabe que en algún universo su madre está viva. Ve el tiempo como lo vio Einstein, como la majestuosa inmutabilidad del cronopaisaje. En el fondo quizá sea una novela optimista:

Vio a la multitud, y pensó en las olas que se movían a través de ella, rompiéndose en una blanca espuma que la tragaba completamente. Las pequeñas figuras captaban débilmente los bordes de las olas como paradojas, enigmas, y oían el tictaquear del tiempo sin saber lo que sentían, y se aferraban a sus ilusiones lineales de pasado y futuro, de progresión, desde la apertura de sus nacimientos hasta la inevitabilidad de sus muertes. Las palabras se aferraron a su garganta. Siguió adelante. Y pensó en Markham y en su madre y en toda aquella incontable gente, sin soltar nunca sus esperanzas, y en su extraño sentido humano, su última ilusión, de que no importaba el cómo los días avanzaran a través de ellos: siempre quedaba el pulsar de la cosas por venir, la sensación de que incluso ahora aún quedaba tiempo.

Todos los personajes de esta novela están maravillosamente descritos, y sus emociones son las emociones de un ser humano. La obra tiene una impecable factura literaria, por un hombre que no es sólo físico teórico, sino que además tiene una profunda pasión y amor por la literatura. Si el lector quiere conocer lo infame y lo sublime de la investigación científica como nunca antes se había contado en una obra de ciencia ficción, entonces el autor es Gregory Benford, uno de los autores modernos de ciencia ficción de mayor calidad, y la novela es una de la mejores que ha dado la ciencia ficción: Cronopaisaje.

Sivainvi de Philip K. Dick
En Sivainvi, obra compleja a la que Dick dedicó tres años de su vida, se nos cuenta la historia de Amacaballo Fat (el propio Dick) que después de una (real o imaginaria, la novela no lo aclara) experiencia mística (a consecuencia de diversos traumas en la vida del personaje) recibe distintas revelaciones sobre el mundo y su devenir, descubriendo, por ejemplo, que el tiempo real llego a su término en el 70 d.c. con la caída del Templo de Jerusalén, que se resume en la frase “El Imperio nunca tuvo fin” (volviéndose a repetir el tema dickiano de la realidad trastocada). A partir de este punto, la novela se convierte en una búsqueda de la realidad divina, particularmente en la forma de unas exégesis escritas por el propio Amacaballo. Se suceden a lo largo de la novela las discusiones teológicas en un intento de los personajes de aclarar las visiones de Fat, y en suma sus propias ideas.
Sivainvi, siglas de Sistema de Vasta Inteligencia Viva, no es sino el título de una película que ven los personajes del libro; una película que en cierta forma los dirige. No es de desdeñar que las claves principales aparezcan en una obra cinematográfica que, como obra de ficción, no es neutral con respecto a la realidad.
El ambiente de la novela es desquiciado. No se aclara en ningún momento lo que corresponde a la realidad y lo que es pura fantasía, como no podría ser de otra forma tratándose de Dick. No en vano intuimos que el narrador, un personaje llamado Philip K. Dick y que escribe novelas de ciencia ficción, tampoco está del todo en sus cabales, y que es incapaz de comprender su propia vida y menos la de Amacaballo. Dick, sin embargo, no juega con nosotros, él tampoco conoce la solución (si existe), y parece plantear su obra como un ejercicio abierto a la interpretación del lector, de la misma forma que las exégesis de Amacaballo están abiertas a la interpretación del resto de los personajes. No hay que olvidar que Dick no creo sus mundo alucinatorio de forma racional, más bien es una expresión de sus sentimiento, por lo que es obvio que sus novelas no pueden ser un simple juego de sustituciones en el que se pueden cambiar los elementos clave por su significado. No hay mensaje oculto de antemano; la novela es sincera, nos plantea un conjunto de interrogantes y no aspira a dar soluciones. No tiene moraleja.
Leí Sivainvi por primera vez creo que a los 17 años y me gustó mucho, he de confesarlo, y se que estoy solo en este caso. Pero creo que Sivainvi no está desprovista de méritos dentro de la obra de Dick. Diré antes que nada que creo que si la obra de Dick es recordada en el futuro, lo será por sus novelas realista. Dentro de la ciencia ficción, Dick en el autor más parecido a un autor de literatura general, porque sus preocupaciones son las preocupaciones de un autor de literatura general y los elementos de ciencia ficción que introduce tiene en ocasiones como único fin el hacer vendible la novela. Pero Dick comenzó siendo autor de ciencia ficción y finalmente tuvo que morir siendo autor de ciencia ficción. Es también Dick lo más cercano que hemos tenido a un loco en el género, porque la mayor parte de sus imágenes parecen el resultado de unos profundo desequilibrios mentales. Siempre me he sentido fascinado por la forma en que Dick debía ver el mundo: Ese mundo desquiciado, donde nada es los que parece, donde todo puede desaparecer súbitamente. Pocas veces dentro de la ciencia ficción ha convertido un autor sus propias obsesiones en material literario y lo ha hecho tan bien. Pocos escritores han expresado el sentimiento atávico de la irrealidad del mundo.
Sivainvi es dentro de la obra de Dick la más sincera. Dick reconoce prácticamente que estaba loco. Es el relato de un hombre que se conoce atrapado en su propia enfermedad de la que no sabe como escapar. En esta novela, Dick tomó su alma y la esparció por sus páginas, quizá en un intento de resolver sus problemas, o simplemente porque una de las labores de un artista es expresar las obsesiones que habitan en el corazón humano. Me gusta Dick porque supo traer un poco de brisa irracionalista a la ciencia ficción. Nunca he sido un realista ingenuo, nunca he creído a pies juntillas en la realidad del universo, es simplemente algo que admito porque es conveniente, pero en el fondo, siempre he estado del lado de Dick: Yo también sospecho que el mundo es irreal.

La guerra de las salamandras de Karel Capek
Karel Capek es injustamente famoso por la supuesta invención de la palabra robot, no porque Capek no merezca la fama, sino que la palabra robot la inventó su hermano Josef. Por los que si es justamente famoso es por haber inventado los primeros robots modernos de la literatura, léase, los primeros robots capitalistas. Antes de él, las criaturas artificiales eran imágenes de la maldad humana individuales y producidas por la locura. En la obra R.U.R de Capek los robots son producidos en serie y se les emplea en fabricas como obreros. Hoy tal descripción puede parecer trivial, pero en su época no era fácil predecir tal cosa.
Por desgracia R.U.R no es una gran obra y su interés, aparte de los ya mencionados, es más bien limitado, pero La guerra de las salamandras es otra cuestión. Se trata esta novela de un cruce entre fábula y sátira, y como tal no es sino un espejo deformante colocado frente a la humanidad. Pero al igual que sucede con las caricaturas, uno tiene la impresión de que esa imagen deformada es más fiel al original que el mismo original. Advierto al lector que La guerra de las salamandras es una sátira realizada con mucho humor, pero no por ello menos certera y compleja. Se critica aquí a todo: a los periódicos, a los científicos, a la industria del cine, y, especialmente, a los empresarios y políticos.
El argumento de la novela no podría ser más aparentemente vulgar: En unas islas del Pacífico se descubre una especie de reptiles inteligentes que son empleados en un principio para recoger perlas, pero que luego, mediante la creación del Sindicato de las Salamandra una corporación global y monopolista, son usados para todo tipo de quehaceres con el fin de transformar el mundo, como si de uno esclavos se tratase. Poco a poco la humanidad va sucumbiendo al “encanto” de las Salamandras y comienzan a imitar los hábitos y costumbres de las mismas (como el traje de baño salamandra: tres perlas alrededor del cuello).
La novela en sí está dividida en tres libros. El primero relata el descubrimiento de las salamandra y el pequeño revuelo que estas causan en los periódicos faltos de noticias, una especie de novela de aventuras a los Emilio Salgari. La segunda muestra la progresiva utilización de la salamandras como fuerza de trabajo en los que recuerda a Un mundo feliz. La última parte, por supuesto, relata la guerra que las salamandras emprenden contra la humanidad, en los que parece una recreación de La guerra de los mundos de Wells. Los que hace distinta La guerra de las salamandras de las otras obras que he citado es por un lado el finísimo humor del que hace gala su autor: la novela puede leerse sólo para disfrutar casi pasando por alto la implicaciones de los que cuenta, y por otro, la feroz sátira que recuerda los momentos más brillantes del Swift de Los viajes de Gulliver.
Pero lo que realmente distingue a La guerra de las salamandras es madurez de su autor, que coloca esta obra sobre todas las de su clase. En el capitulo final, titulado “El autor habla consigo mismo”, dos voces internas del propio Capek discuten sobre el final de la novela. En el capítulo anterior habíamos dejado a la humanidad convencida de su derrota ante las salamandras, invirtiéndose los papeles amos/esclavos. Pues bien, en ese capítulo final, la parte ingenua del autor le pide que reconsidere su posición, que salve a la humanidad con algún método: una epidemia entre las salamandras quizá, a lo que el lado lúcido del autor contesta:

Eso es demasiado barato, hermanito. ¿Tiene que arreglar siempre la naturaleza lo que estropea la gente? Entonces, tu también estás convencido de que la gente, por sí sola, no podrá salir de este desastre. Ya ves, Ya ves... al final quisieran que alguien los salvase... Te voy a confiar un secreto: ¿Sabes quién, incluso ahora, entrega explosivos, torpedos y taladradoras a las salamandras, cuando la quinta parte de Europa está ya inundada? ¿Sabes quién trabaja febrilmente en los laboratorios, a fin de encontrar materias y maquinarias más eficaces para barrer el mundo? ¿Sabes quién les presta a las salamandras dinero, sabes quién financia este Fin del Mundo, Todo este diluvio?

A lo que la otra voz no puede menos que contestar: “Lo sé. Todas las fábricas, todos los bancos, todos los estados.”. Y reflexiona finalmente el lado lúcido: “Ya lo ves... Si fueran solamente las salamandras contra la Humanidad, quizá no sería tan difícil hacer algo. Pero gente contra gente, eso no hay quien lo detenga...” Sí, porque en el fondo es culpa nuestra, y nosotros podíamos haberlo evitado. No, no se trataba de un terrible injusticia cometida contra nosotros sino de nuestro propio pecado. No puedo menos que estar de acuerdo con Darko Suvin cuando dice de esta novela: “El capítulo final, donde las dos voces internas del autor discuten el posible resultado, es en mi opinión mucho más maduro que los extremos fáciles de, por una parte, ese optimismo a priori que se permiten Bellamy y el Wells más débil (más tarde adoptado por escritores como Robert Heinlein, Isaac Asimov y otros) o, por la otra, la desesperación de Aldous Huxley en Un mundo feliz o el pesimismo [...] Capek se muestra muy superior a las mistificaciones de la CF ordinaria: ’No hay catástrofes cósmicas; no hay sino causas estatales, oficiales, económicas y similares...’ Por tanto, Capek es mucho más activo, pues la amenaza era evitable (o pudo ser evitada)...” Por eso me es difícil comprender que La guerra de las salamandras sea una obra olvidada mientras que otras, en mi opinión, menores que ella (desde Un mundo feliz hasta 1984) sean tan famosas.
Por supuesto Capek lo tenía algo fácil, porque la novela fue escrita justo en la época en que comenzaba el ascenso del fascismo en Europa, y puede ser leída como el alegato de un hombre que amaba la razón viendo como el mundo se dejaba comprar por el nazismo. El genio de Capek es haber creado una obra lúcida sobre la locura humana y sobre la inacción, y haberla hecho pertinente a todas la época y todas la situaciones: Nuestro destino es nuestra responsabilidad y esa es la moraleja de la novela (si pretende tenerla). A quien crea que La guerra de las salamandras es sólo una historia más o menos entretenida sobre unos lagartos del Pacífico y que no tiene nada que decirnos a nosotros ciudadanos del finales del siglo veinte, le invito a releer los párrafos que he citado de la novela sustituyendo salamandra por contaminación (o droga, o guerra nuclear, o hambre, o dictadura, o, lamentablemente en este final de siglo, fascismo...) y a pensar.

El hombre hembra de Joanna Russ
Supongamos que decido escribir una novela de ciencia ficción antirracista. Tengo en principio dos opciones. Podría tomar el modelo del racismo en el siglo diecinueve, por ejemplo, la esclavitud en el Sur y llevarlo al futuro sustituyendo a los esclavos negros por alguna especie extraterrestre adecuada. Aún así, mi novela podría ser buena, si tiene buenos personajes y la trama hace honor a mis pretensiones. Pero sigamos suponiendo y digamos que creo un conjunto de personaje de cartón piedra que no son sino imágenes estereotipadas de las actitudes que pretendo describir: todos los humanos son muy malos y todos los extraterrestres son muy buenos. Creo que la novela resultante tendría poco interés, entre otras cosas porque criticar el racismo del siglo XIX en el siglo XX es demasiado fácil y trivial. Pero supongamos que decido ser honesto: en ese caso especularía sobre nuestra sociedad presente y, lo más importante, criticaría nuestras actitudes presente hacia otras razas.
Creo que la situación que he descrito en el párrafo anterior se ha dado recientemente en el caso de las novelas sobre la relación entre los sexos. Lengua materna es una novela que lleva la sociedad machista de la Inglaterra victoriana al futuro y procede a criticarla, en un mundo poblado de personajes acartonados. Criticar el machismo victoriano es tan fácil como criticar la esclavitud (quién está a favor de la esclavitud hoy en día), y casi tan inútil.
Hay una novela, sin embargo, escrita por una mujer que lleva el tema hasta sus últimas consecuencia, que no se deja engañar y que mira la cuestión de la relación entre los sexo con valentía, honestidad e inteligencia. La autora es Joanna Russ y el libro El hombre hembra.
Intenté leer El hombre hembra por primera vez a los 15 años y no pude soportarla. Más tarde, lo intenté de nuevo y la disfruté tanto que la he leído 3 veces después de aquella primera ocasión, y una cuarta más a la hora de preparar este comentario. Pocas veces en la ciencia ficción un autor (sic, si hubiese dicho autora, pensarían que a los hombres no les incumben lo que voy a decir) ha sido tan honesto cuando le ha tocado expresar sus propios sentimientos en una obra de arte. Es muy cierto, que El hombre hembra, es propaganda, pero así son todas las grandes novelas; todas defienden un conjunto de valores. Esta novela no puede ser desestimada con ese argumento.
La novela cuenta la relación entre tres mujeres, que son realmente tres manifestaciones de la misma mujer, que habitan en universos paralelos. Una es Janet ciudadana del utópico Whileaway, una Tierra donde todos los hombres desaparecieron. Jeannine vive en un perpetuo 1930, con su sociedad rígidamente patriarcal. Y finalmente, Joanna que vive en un mundo muy parecido a nuestro presente. En su mutua interrelación se va perfilando un retrato atroz, descarnado, sincero y, lo más importante, realista (en la medida en que un hombre puede juzgar ese realismo) de la relación de las mujeres con su entorno.
Hay mucha rabia contenida en El hombre hembra, pero es rabia más que justificada. Leer algunos de los párrafos de esta novela es reconocerse como hombre, y sentir una profunda vergüenza. La autora disecciona y expone todos los juegos que la sociedad nos impone: Una partida de <tu niñita>, Una partida simultánea de no es espantoso, El concurso de la gran felicidad, son algunos ejemplos. Si tu que lees este artículo opinas que no hay justificación entonces supongamos por un momento que la especia humana en lugar de ser conocida comúnmente como El Hombre, los fuese por El Blanco (ahora sexista y racista). Hablaríamos en ese caso de BLANCO Y SUPERBLANCO, EL ASCENSO DEL BLANCO, El Blanco Trabajador, El Blanco de Java, El Blanco Primitivo, El Blanco en la Luna, El Futuro del Blanco, El Blanco Alienado, La Medida del Blanco, El Blanco Moderno. Graciosos, ¿no? Yo lo encuentro estremecedor.
Este libro siempre me ha recordado que la condición humana es algo mucho más complejo de lo que parece a simple vista. Me habla de una parte de la humanidad consistentemente reprimida, y lo hace con coraje, honestidad y muy buen hacer literario. Creo sinceramente que El hombre hembra es una de las obras de ciencia ficción mejor escritas y una de las diez más importantes. Puede que sin embargo el lector quizá sienta el deseo de desdeñar la novela, en ese caso cedo la palabra a la propia Joanna Russ:

Ya sé que en alguna parte, sólo para desmentirme, vive una mujer hermosa (tiene que ser hermosa), intelectual, culta, amable y encantadora, que tiene ocho hijos, hace pan, pasteles y tartas, cuida de su casa y desempeña un difícil puesto de trabajo de nueve a cinco al máximo nivel decisorio en un campo exclusivamente masculino, cuyo marido, igualmente triunfante, la adora, porque aunque ella es un ejecutivo emprendedor y agresivo, con ojos de águila, corazón de león, lengua de víbora y músculos de gorila (ella se parece muchísimo a Kirk Douglas), al llegar a casa se pone un camisón transparente y una peluca, y se convierte instantáneamente en una imbécil del Playboy, desmintiendo así, alegremente, el bulo de que no se puede ser ocho personas al mismo tiempo con dos tablas de valores distintas. Ella no ha perdido su femineidad.
Y yo soy María de Rumania.

Y yo Albert Einstein.

Flores para Algernon de Daniel Keyes
Dicen que los seres humanos estamos condenados a la libertad, yo diría que las personas estamos condenadas a la inteligencia. Esa pequeña cualidad, y su desarrollo posterior en la libertad, es lo que más nos distingue de los animales. Pero la inteligencia es también dramática porque como seres inteligentes podemos comprender y controlar partes del universo, pero también conocemos la certidumbre de nuestra muerte. No podemos vivir día a día como un animal, porque sabemos que mañana puede no llegar. Ahí esta el problema, ahí está la ambivalencia de nuestra inteligencia.
El tema de la inteligencia superior ha sido tratado ampliamente en la ciencia ficción, pero es curioso ver como el género parece rehuir toda discusión seria del tema. La inteligencia superior es siempre una bendición que hace al héroe más fuerte y le permite salvar al universo. Incluso Thomas M. Disch consiguió escamotear toda discusión humana del tema en Campo de concentración que acaba diluyéndose en una simple trama para salvar al mundo. Por esa razón la obra de Daniel Keyes es doblemente interesante: No sólo es una buena novela, sino que trata el tema de la inteligencia desde un punto de vista humano.
El argumento es bien simple, Charlie Gordon, un deficiente mental que trabaja en una panadería, es empleado como conejillo de indias en un experimento destinado a incrementar su inteligencia. El experimento tiene éxito y Charlie va pasando de ser un deficiente mental a convertirse en un genio. Estando dotado de una inmensas ganas de conocer, su cultura se incrementa, aprende a ver las complejidades del mundo, aprende lenguas, habla con gente y piensa sobre sí mismo. En otro tipo de historia Charlie hubiese inventado algún gadget apropiado que lo convirtiese en rey del mundo. Sin embargo, lo único que Charlie descubre es la verdad sobre si mismo y el mundo, y la realidad ineludible de su propia muerte intelectual, la peor muerte posible para una persona que ama el conocimiento, cuando llegue el fatídico momento en que debe perder su inteligencia. La novela está escrita en forma de diario, informes de progresos que Charlie escribe. Daniel Keyes sale airoso en la difícil tarea de dar a entender el desarrollo intelectual de su protagonista, así como sus emociones contradictorias.
El planteamiento de la novela es claro desde la primera página, cuando el autor introduce una cita de la República de Platón donde se describen los efecto turbadores de pasar de la oscuridad a la luz. Flores para Algernon es la inversión del descenso al infierno; Charlie Gordon sale de la oscuridad de su ignorancia, el infierno tal y como el lo concibe, para entrar en el luminoso mundo del conocimiento y luego más tarde vuelve a una oscuridad todavía peor. Lo que hace trágica la novela es que el propio Charlie descubre el “Efecto Algernon Gordon” que ha de llevarle de nuevo al infierno.
Hay, por supuesto, mucho más en la novela. Tenemos los dolores del aprendizaje, los ajustes de ese hombre con la emociones de un niño enamorado de su maestra y la mente analítica de un genio. El autor describe con maestría la difícil relación de Charlie con su madre; como esta fue la que le impulsó a ser más inteligente, a desear aprender. Uno de los momentos más emotivos de la novela es cuando Charlie vuelve al su casa para llevarle a su madre una copia de la revista donde aparece su artículo, que predice su propia perdida de inteligencia, para que se sienta orgullosa de él y la encuentra ya senil, habiendo descendido ya a su propio infierno. Sin embargo, los momentos más dramáticos aparecen en la últimas páginas del libro cuando Charlie va perdiendo poco a poco sus conocimientos y sus recuerdos, cuando se hunde poco a poco en la entropía.
Encontrará el lector poco consuelo en este libro. El autor no ofrece una salida fácil a los dilemas que plantea, quizá porque en el mundo real nunca podemos vencer a la entropía. Cualquier persona que ame la inteligencia apreciará este libro, porque Charlie Gordon no es sino una imagen de nosotros mismos, porque su drama es nuestro drama, porque vemos nuestro propio rostro entre las líneas y su simbólica muerte es nuestra muerte real.

Tiempo para amar de Robert Heinlein
Es casi inevitable hablar de ciencia ficción nombrar a Heinlein. Su influencia en la ciencia ficción h a sido extraordinaria, durante muchos años su obra dio forma la género. El problema no estaba en incluir o no a Heinlein, sino en elegir la obra. Estuve tentado durante unos momentos en hablar de Puerta al verano que es quizá una de las expresiones más perfectas del viaje en el tiempo heinleniano. Sin embargo, finalmente decidí incluir este Tiempo para amar, simplemente porque estoy de acuerdo con Emilio Serra: creo que es la obra maestra de Heinlein.
Narra esta novela fragmentos de la vida de Lazarus Long, conocido como El Decano y que es la persona más vieja con casi 2400 años de edad, producto de un plan conocido como el Proyecto Howard que tenía como finalidad crear una raza de humanos longevos conocida como Familias Howard. En una de la clínicas de rejuvenecimiento de las familias, en uno de los muchos mundos de la galaxia, Lazarus Long va desgranado poco a poco parte de su experiencia vital. Lo hace a cambio de que se le ofrezca alguna experiencia nueva que no haya probado antes. Esa experiencia resulta ser el viaje en el tiempo, que Lazarus Long aprovecha para viajar al pasado y encontrarse con su madre.
Lazarus Long es el arquetipo del héroe heinleniano: Valiente, inteligente, atrevido, duro, sensible en el fondo, y brillante, muy brillante. Si hay una característica que englobe a todos los héroes de Heinlein, es sin duda su optimismo. Sus personajes muestran siempre una increíble esperanza en el futuro, una sorprendente certeza de que las cosas irán bien. No es que yo crea tal cosa, más bien soy un pesimista, pero siempre es agradable que alguien te diga lo contrario. Lazarus Long ha vivido más que cualquier ser humano, y Heinlein se las apaña para transmitir la sensación de una larga vida haciendo que sus aventuras transcurran en distintas épocas y planetas.
Es difícil decir que hace de Tiempo para amar la mejor novela de Heinlein. Quizá sea que no existe intencionalidad política, que es sólo una fábula de un hombre que está cansado. Imagino a Heinlein sentado en su escritorio haciendo un repaso de su vida y dándose cuenta de que en su obra no había contado lo que deseaba contar: había tratado sobre ingeniería, política y ciencia, pero no había tratado sobre el amor. Los supongo volviendo a aquella novela de personas longevas Las 100 vidas de Lazarus Long y retomando el personaje para contar. Lazarus Long nunca es prepotente, está siempre dispuesto a admitir que en algunos momentos es mejor estar callado, que es mejor vivir que morir. Sin embargo, curiosamente sólo una vez acepta la muerte voluntariamente. Cuando vuelve al pasado y conoce a su madre, encuentra también a su abuelo al que tenía mucha estima. En un momento dado el abuelo le recrimina la falta de patriotismo al no alistarse en el ejército. Y Lazarus Long se alista, aceptando un riesgo que en otras circunstancias no hubiese corrido, y lo hace no por patriotismo (como hubiese sido el caso de otros héroes heinlenianos anteriores) sino por amor, por amor a su abuelo y por amor a su madre, porque quiere su respeto.
Lazarus Long obtiene uno de los grandes deseos del ser humano, después de una vida de 2400 años vuelve a su infancia. He leído esta novela con placer unas tres veces y probablemente la leeré alguna más. Quizá al lector de esta nota no le parezca suficiente esa razón, en ese caso cedo la palabra a Emilio Serra que describió esta novela con más elocuencia que yo.

¿Qué es lo que queda entonces? Un largo paseo a través de toda su vida personal, una rememoración de recuerdo alucinante, un retorno al pasado de una infancia idealizada, un deseo (cumplido) de autoperpetuación genética (la mayor parte de la especie humana desciende de Lazarus Long), y el reconocimiento de que lo único que vale la pena recordar y por lo único que vale la pena haber vivido, es el amor. Amor generalizado a todo ser humano, ya sea hombre, mujer o computadora, ya sea hija, hermana o madre, o incluso uno mismo. Amor tanto sexual como afectivo, pero nunca obligado. Y también un haber amado ya lo suficiente, un ya no quedar nada que hacer, un ansia de suicidio que, al final, se ve cruelmente abortada puesto que él no puede morir, porque su inmortalidad le perseguirá siempre (¿tal vez porque al matar a los dioses, ha pasado a ser dios?, ¿tal vez porque nadie puede morir en su propio universo?). Porque Long es Heinlein , es lo que él hubiera querido ser, es un alter ego idealizado y magnificado y satirizado al mismo tiempo y es también el broche que, al final de la novela, cierra el ciclo de toda vida humana, ya sea individuo, o especie, o universo, volviéndola a remitir a su comienzo, convirtiendo la sinfonía universal en una cinta sin principio ni fin, que se repite y se repite y se repite eternamente y a al que no podemos escapar. Y todo esto contado con un tremendo sentido del humor, tomando el pelo al lector, a sí mismo, a la sociedad y a todo dios que se meta por medio.

Emilio Serra termina su comentario con esta frase: “Es la mejor novela publicada en los últimos tiempos”. Yo sentí lo mismo cuando la leí por primera vez, por lo que está claro que éramos Emilio Serra y yo contra el mundo.

Lágrimas de luz de Rafael Marín Trechera
Lágrimas de luz reúne en si misma varias características que la hacen interesante. Por un lado es una buena novela (aunque ya sabemos que en algunos sectores de la ciencia ficción no basta con que una novela sea buena) y como tal merece ser leída y comentada. Por otro, es en mi opinión la mejor novela de la ciencia ficción española, cuya calidad literaria nunca ha sido superada por una obra publicada.
Lágrimas de luz fue escrita por Rafael Marín Trechera en la época gloriosa de la ciencia ficción española, al principio de los ochenta, en los tiempo de Nueva dimensión, cuando parecía que la ciencia ficción española empezaba a levantar cabeza. La novela esta impregnada de ese optimismo hacia la ciencia ficción. Esta escrita con verdadero interés y amor al género y a las posibilidades que posee. Es además una sincera historia de la maduración, no sólo de su protagonista sino también de su autor.
La novela se abre en una innominada ciudad de la Tierra donde un grupo de jóvenes, que no pueden ocupar otros cargos en la conquista del espacio, sueñan con convertirse en poetas para así salir de la Tierra y escribir gestas épicas que guarden el recuerdo de esta segunda edad media. Uno de ellos, Hamlet Evans, lo consigue y así comienza su peregrinar por el espacio y las entrañas de la Corporación, que domina todo el universo conocido y es a su vez gobernada por una supercomputadora viviente. Finalmente Hamlet Evans abandona la corporación y se convierte en un proscrito, luchando contra ella con las armas del teatro y el circo.
Quizás así resumida al lector le pueda parecer una novela tonta, acháquese esa impresión a mi incapacidad para resumir en una líneas la sugerente riqueza de Lágrimas de luz. Yo destacaría en primer lugar, y repitiéndome, la impresionante calidad literaria de esta novela. Por desgracia, muchos de los autores que empiezan a escribir literatura de ciencia ficción, lo hacen despreciando la tradición literaria general. Comienzan escribiendo influenciados por Asimov y Clarke, y no es que Asimov y Clarke escriban mal sino que su lecturas se han hecho en malas traducciones, como es la tónica del género. No es este el caso de Rafael, que es conocedor de la literatura como tradición y esta atento al placer y al significado de las palabras. No escribe por escribir, no escribe en un rapto de intuición, esa habilidad le está vedada. Cada una de la palabras que usa esta cuidadosamente elegida, con la paciencia y el juicio de quien sabe que se juega la perfección de su obra con cada decisión. Lágrimas de luz, es una de la pocas obras dentro de la ciencia ficción española que pueden leerse por el puro placer de leer buena literatura.
Claro está, en la novela hay algo más que buena escritura. Tenemos el sugerente fondo sobre el cual se desarrolla, una recreación de la edad media y de la vida de un poeta de la época. Por supuesto, el escenario en sí es muy difícil de justificar, pero el autor consigue hacer creíble esta edad media con naves espaciales. Pero el fondo es lo de menos, aquí lo importante es el carácter de este Hamlet, dubitativo, indeciso como su alter ego shakespeariano. Hamlet Evans es uno de los pocos personajes realmente vivos de la ciencia ficción. A lo largo de la novela le vemos crecer, desarrollarse, madurar. Invito al lector a leer el último capítulo de la obra y el primero y apreciará como el personaje ha envejecido y ha cambiado con los años. Es típico de la ciencia ficción someter a sus personajes a las más duras pruebas, a enfrentarlos a hechos espantosos y sublimes del universo sin que cambien para nada. Son Mr. Smith cuando empiezan y siguen siendo Mr Smith cuando terminan. No es este el caso. Creo no exagerar si digo que dentro de la ciencia ficción sólo Silverberg tiene un talento mayor, y mucha más experiencia, para mostrar la evolución psicológica de sus personajes.
Hamlet Evans es la expresión del muchacho que salía de su adolescencia que era Rafael. Un personaje que ve truncado sus 20 años para entrar en Monasterio y convertirse en poeta, un joven que debe contemplar la destrucción y la muerte, y que finalmente debe sobreponerse a sus dudas y decidirse a actuar. Hay mucho sobre el proceso de convertirse en adulto, sobre los rigores de abandonar la adolescencia y tomar las propias decisiones. Lo se bien, porque leí por primera vez Lágrimas de Luz al comienzo de mi propia adolescencia y pude comparar mi propio desarrollo con el de Hamlet Evans. Pocas veces en la ciencia ficción ha quedado este proceso mejor plasmado.
Me olvido conscientemente de muchas cosas. En Lágrimas de Luz hay también reflexiones sobre el poder, la libertad, la tiranía, el amor, la literatura. Pero como todas la buenas obras, Lágrimas de Luz no puede ser reducida a menos palabras que las que contiene. Y no voy a pretender haberlo hecho en esta nota. Sólo espero que el lector se sienta los suficientemente atraído como para leer la obra y juzgar por si mismo.
Por supuesto, la novela tiene fallos. Pero no hay que olvidar que se trata de una primera novela, y como tal es un debut impresionante. A veces la considero como un signo de un mundo que podía haber sido, un mundo donde la ciencia ficción española levantó cabeza a principio de los ochenta y comenzó a publicar regularmente. En ese universo alternativo Lágrimas de Luz es considerada en 1991 [año en el que se escribió este ensayo] como una obra menor de su autor superada por otras novela; yo sólo sé, que en ese caso me gustaría leer esas otras novelas. [Rafael Marín por supuesto ha seguido escribiendo y publicando (cuando ha podido). De su última producción destaca la trilogía La leyenda del Navegante]

El libro de los cráneos de Robert Silverberg
Comencé esta nota con un montón de novelas apiladas al lado del ordenador. Eran más de diez, pero esperaba hacer la selección teniéndolas delante y releyendo algunas páginas seleccionadas. Curiosamente este Liber Calvarium no parecía tener demasiadas posibilidades de ser escogida. Sin embargo, cuando la tuve delante no pude resistir la tentación de leerla, y casi sin darme cuenta la había terminado. Habiendo superado esa difícil prueba no tengo más remedio que incluirla.
El libro de los cráneos es una de esas novelas de viaje iniciático de Silverberg, un poco en la onda de Regreso a Belzagor pero donde el cambio final, la obtención de la inmortalidad, no es explícito como lo era en la otra novela. Aquí lo importante es el viaje en sí, no la llegada a la meta. Es más, me atrevería a decir que se trata de un viaje a ninguna parte.
Timothy es un rico aristócrata de Nueva Inglaterra, millonario, de gran éxito y vividor. Eli es un judío del ghetto obsesionado por su masculinidad y apasionado de la lingüística. Ned es un poeta homosexual. Oliver es un aspirante a médico, venido de la granjas de Kansas (como Superman) obsesionado por la muerte. Este heterogéneo grupo se embarca en una excursión de Semana Santa en busca de un misterioso monasterio donde se supone que puede obtenerse la inmortalidad. Los aspirantes deben ir en grupos de 4 y las reglas imponen que uno debe suicidarse y otro ser asesinado para que los dos restantes puedan obtener la inmortalidad. Así, Silverberg deja libres las mentes de sus personajes para que estos interaccionen de todas las formas posibles. Una vez más se manifiesta la habilidad de este autor para crear personajes complejos y sutiles, y su maestría en desnudarlos y mostrarlos como son: grises y humanos.
Como puede verse, la novela tiene una propuesta sugestiva: Ponemos cuatro personajes en busca de la inmortalidad. ¿Cómo reaccionarán? ¿Qué pensarán? ¿Cómo actuarán? Ese es el verdadero fondo de la novela, no la obtención de la inmortalidad que es algo que sucede, si sucede ya que no está claro que los misteriosos mojes puedan dar realmente la inmortalidad, después de acabar la novela. Aquí lo importante es tener esos cuatro personajes juntos en un viaje en busca de la vida eterna.
Como sería de espera de Silverberg, la acción es puramente emocional. Los interesante aquí es ver como cada personaje reacciona ante los otros. El pecado, como siempre en la obra de Silverberg, ocupa un lugar importante en esta novela. El punto climático se produce cuando los aspirantes a la inmortalidad deben confesarse los unos a los otros su peor pecado para así estar limpios. Ned resulta ser responsable de la muerte de dos personas, Thimothy había violado a su propia hermana, Oliver había tenido relaciones homosexuales a los catorce años y Eli había cometido el peor de los pecados que podía concebir, sus logros en la lingüística se basaban en un plagio. Lo curiosos del caso, es que estos pecado sólo lo son para el pecador, los que escuchan la confesión no comprenden como alguien podría avergonzarse de eso. Finalmente, dos mueren y dos sobreviven, pero no hay perdedores ni ganadores: Los que obtienen la inmortalidad no son necesariamente más dichosos que los que han muerte. En cierta forma, lo importante es el camino.

© Pedro Jorge Romero 1991

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