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A R T Í C U L O S |
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Este largísimo ensayo se escribió a petición de la revista Blade Runner Magazine. Resultó finalmente que había habido un error y ellos necesitaban una lista y unos comentario muy cortos. Ricard de la Casa, a petición mía, tomó el texto, lo resumió, y de esa forma es como apareció en el número 8 de Blade Runner Magazine junto con las listas de otros críticos de la ciencia ficción española. Esta versión nunca llegó a publicarse.
Es difícil elegir diez novelas que uno se llevaría a una isla desierta, sobre todo porque la respuesta debe realizarse en base a criterios personales difícilmente cuantificables. Al final la única opción es plantarse delante de la biblioteca y mirar qué novelas ha disfrutado uno más y sobre cuáles ha reflexionado más a menudo. Por supuesto la respuesta así obtenida podría ser muy distinta de la que daría si me pidiesen la lista de la diez mejores novelas de ciencia ficción. Hechas estas aclaraciones he aquí las novelas que componen la biblioteca de mi isla, sin ningún orden en particular.
Frankenstein de Mary Whollstonecraft
Shelley
Frankenstein
es un libro que ha corrido la misma suerte que La Biblia y El Quijote, todo
creen conocerlo pero pocos los han leído. Los excesos cometidos en
el cine han llevado a desvirtuar la imagen de Victor y su criatura, convertidos
en simples bufones.
Frankenstein
se inserta en la tradición de la novela gótica, pero en ese
caso, Mary Shelley escribió una extraña novela gótica.
Frankenstein no puede ser leída como una simple historia de terror
porque es mucho más que eso. Hay miles de ideas y miles de sensaciones
y sentimientos en sus páginas. Es conocida a grandes rasgos la historia:
El científico Victor Frankenstein, deseoso de comprender los misterios
del universo, crea una criatura a la que da vida, y aquí terminan
todos los paralelismo entre el cine y la literatura. Víctor repudia
su creación en la misma mesa de operaciones, le reprocha su fealdad
y su deformidad, que son en realidad responsabilidad suya. Víctor
somete a su creación a la mayor de las infamias: negarle incluso un
nombre; el ser deforme debe recorrer las páginas de la novela
innominado.
La
criatura es inicialmente un buen salvaje, pero no Cándido: cuando
se ve repudiada por todos, atacada y injuriada por su deformidad decide pedir
cuentas a su creador. En la novela la criatura es dueña de una poderosa
inteligencia que ha sido afinada por un conjunto de lectura, no siendo la
menos importante de ellas El paraíso perdido de Milton, que le permiten
reclamar como si de Adán se tratase a su Dios Víctor. Así
la criatura le dice: [...] ¿Acaso no he sufrido bastante que
buscáis aumentar mi miseria? Amo la vida, aunque sólo sea una
sucesión de angustias, y la defenderé. [...] Pero debéis
asumir vuestros deberes, los cuales me adeudáis. Oh Frankenstein,
no seáis ecuánime con todos los demás y os
ensañéis sólo conmigo, que soy el que más merece
vuestra justicia e incluso vuestra clemencia y afecto. Recordad que soy vuestra
criatura. Debía ser vuestro Adán, pero soy más bien
el ángel caído a quien negáis toda dicha. Doquiera que
mire, veo felicidad de la cual sólo yo estoy irrevocablemente excluido.
Yo era bueno y cariñoso; el sufrimiento me ha envilecido. Concededme
la felicidad, y volveré a ser virtuoso. La criatura le exige
a su creador que le fabrique una mujer con la que desaparecerá del
mundo humano, pero Frankenstein incumple el trato. La criatura monta en
cólera y comienza la persecución que ha de llevarles a las
regiones polares del Norte.
De
Frankenstein pueden hacerse varias lecturas. Por un lado está la más
obvia: Víctor es Dios y la criatura es Adán. Esta visión
ya es evidente desde el comienzo de la obra, cuando Mary Shelley introduce
la siguiente cita: ¿Acaso os pedí, Creador, desde mi barro,
que me modelarais? ¿Acaso solicité de vos que me sacarais de
las tinieblas?. Sin embargo, es probable que no fuese esto lo que Mary
Shelley tuviese en mente, o al menos no todo lo que tuviese en mente. Mi
opinión es que Frankenstein puede leerse como una relación
padre e hijo porque, leyendo la novela, es evidente que las madres de los
personajes suelen morir cuando estos son todavía jóvenes.
Quizá Frankenstein deba leerse en parte como una fábula sobre
el amor del Padre (que es, de nuevo, el amor del dios del viejo testamento)
que exige siempre razones para amar; así Víctor exige de la
criatura que sea hermosa, y más tarde que deje de matar cuando es
el mundo, y en definitiva él mismo, los que lo han impulsado a ello.
Puede que sea una novela sobre la responsabilidad, ya que es el mismo
Víctor el que desencadena la acción rechazando su
creación.
He
citado varias posibles lecturas de Frankenstein, en parte para dar a entender
la no despreciable complejidad de la obra. A mi, personalmente, la que más
me convence, considerando que Mary tenía 18 años cuando la
escribió, es que se trata de una novela sobre la adolescencia; una
variante de la relación padre/hijo. Es de naturaleza que todo adolescente
se sienta un monstruo y rechazado por la sociedad, y considerando el
carácter fuerte del padre de Mary, no se sorprendería que este
fuese el caso.
Todo
lo dicho no agota, por supuesto, la novela. La obra es marcadamente
romántica, por lo que inevitablemente las fuerzas de la naturaleza
juegan un papel esencial; así se suceden tormentas, mares de hielo,
océanos, altas montañas en un intento quizás de mostrar
la fascinación por el universo y un cierto panteísmo. Porque
en el fondo la criatura es además el romántico definitivo:
no sólo es capaz de pensar brillantemente y reflexionar sobre su
situación, sino que además vive y es uno con la naturaleza.
Igualmente fascinante es el personaje de Víctor. La novela comienza
relatando su infancia y el comienzo de su fascinación por la naturaleza:
es un hombre profundamente interesado en el mundo, sinceramente deseoso de
comprender. Es curiosamente el primer científico moderno, antes de
que existiese el científico tal y como hoy lo conocemos. No puede
reprochársele que crease la criatura, sólo que la
despreciase.
Puede
que en fondo Mary Shelley nos esté diciendo que la falta de amor pervierte
el intelecto. Sólo sé que he acompañado a la criatura
muchas veces por mares helados, que he vivido la fascinación de
Víctor, que he discutido con uno y con otro sobre sus razones.
Cántico por Leibowitz de Walter M.
Miller
Creo
que esta novela es algo más que una buena novela, creo que es la mejor
novela de ciencia ficción jamás escrita, una verdadera obra
maestra que se sostiene por si misma sobre todas las demás. Es más,
creo que es una obra maestra por cualquier rasero literario por el que se
la mida, y que en el futuro será recordada por la buena novela que
es, sin etiquetas de géneros.
Esta
novela es la historia de la orden de Leibowitz, que después de un
desastre nuclear se dedica pacientemente a recoger todos los restos de documentos
que pueden encontrar, con los que van compilando la memorabilia. En la primera
parte (titulada Fiat Homo) el monje Francis Gerard descubre unos
restos pertenecientes al legendario fundador de la orden: el científico
Leibowitz. Francis pasa 15 años copiando pacientemente estas reliquias.
Pero en un viaje a Nueva Roma para obtener la canonización del santo
es asaltado y robado, sin embargo los originales son suficientes y Leibowitz
es canonizado. En la segunda parte (titulada Fiat Lux), 600
años más tarde, en una época de convulsiones sociales,
un filósofo natural llamado Thon Taddeo llega al monasterio para consultar
la memorabilia y descubre sorprendido algunos conocimientos científicos
que él ya había intuido pero no había sido capaz de
demostrar. En la última parte (que lleva por título Fiat
Voluntas Tua) los sucesores de Thon Thaddeo han superado los sueños
del maestro y el mundo vuelve a encontrarse al borde de una guerra nuclear.
Cuando ésta se produce el abad de la orden decide enviar la memorabilia
al espacio junto con un grupo elegido para que la humanidad y su cultura
no desaparezcan una vez más.
Nunca
he sido religioso, pero siempre me he interesado por el hecho religiosos.
Quizá en el fondo admiro a esa gente que parece tener la trascendencia
a mano. Nunca me ha molestado las referencias religiosas de esta novela.
Walter M. Miller es un creyente, pero su visión de la religión
Católica nunca es impositiva, y sólo el más inseguro
de los lectores se podría sentir ofendido por la religiosidad de esta
novela. Walter M. Miller hace uso de un finísimo humor a la hora de
contar esta historia, y la jerarquía católica no sale demasiado
bien parada. Siempre he encontrado fascinante la naturaleza caída
de la humanidad que aquí se describe. Porque si bien podemos negar
la existencia de dios intelectualmente, nuestra educación nos lo ha
metido hasta la médula. La existencia de dios puede negarse, pero
no su influencia en la cultura humana.
Como
ya he dicho, Walter M. Miller nunca es impositivo, nunca obliga al lector
a creer. No, no es esa su intención. Lo que el quiere es simplemente
narrar una historia de coraje de un grupo de personas, de una institución
no de individuos, más allá de la llamada del deber. Porque
estos monjes de la orden de Leibowitz no sólo viven para dios, sino
que además tienen fe en las obras humanas. Hay un cierto humanismo
subterráneo en esta obra. La imagen del Abad muriendo entre las ruinas
del monasterio mientras la nave espacial sale al espacio me ha resultado
siempre conmovedora. Sólo Un caso de conciencia de James Blish puede
compararse a esta obra en su expresión del hecho religioso en la ciencia
ficción.
Ya
dije al principio que esta novela me parece la novela mejor escrita de la
ciencia ficción. Durante un tiempo creí ser el único
que profesaba tal opinión y nunca supe el porqué. Yo había
leído la novela en inglés, pero en una ocasión traduciendo
un artículo tuve que referirme a la edición española.
En ese momento comprendí lo que sucedía. La traducción
española no consiguió mantener el nivel estilístico
del original, y además añade algunos errores de su propia cosecha.
Toda la sutileza y la poesía de la edición en inglés
se perdía en la traducción. Si el lector decide aceptar mi
palabra, por favor, si puede, léala en inglés. Al editor
español que la reedite me gustaría pedirle que Cántico
por Leibowitz fuese traducida de nuevo. [Este fragmento se escribió
antes de que Ediciones B reeditase Cántico por Leibowitz en su
colección NOVA ciencia ficción. La editorial decidió
corregir la traducción original, tarea de la que me encargué
yo. Quiero creer que al menos ahora la novela se lee sin esos errores de
traducción de los que he hablado.]
Cronopaisaje de Gregory Benford
Un
grupo de científicos en la Inglaterra de 1998 intentan enviar un mensaje
al pasado por medio de taquiones (partículas que de existir se supone
viajarían siempre a velocidades mayores que la luz) para advertirles
de los desastres ecológicos que se avecinan. Así,
súbitamente, interaccionan los mundos del Cambridge de 1998 y La Jolla
1962.
Hay
muchos elementos en esta novela que la hacen interesante, y por mucho que
escriba no podría agotarlos todos. Pero el que más me interesa
es el retrato que hace de la vida de los científicos. Es común
a la ciencia ficción poner a los científicos como seres sin
emociones dedicados a investigar una mejor forma de conquistar el mundo (como
si no fuesen los políticos los interesados en conquistar el mundo),
no así en esta novela. El retrato de los científicos y de la
labor científica en Cronopaisaje es bastante más realista y
como tal bastante más complejo. Por ejemplo, los científicos
de 1998 están dedicados por entero a intentar salvar el mundo, mientras
que el político que los dirige sólo está interesado
en conseguir el mayor número posible de mujeres. Otro cuarto de lo
mismo sucede en 1962, donde el joven científico que detecta la
emisión de taquiones debe enfrentarse a la oficialidad académica
para que se le tome en serio.
Un
detalle que Benford consigue transmitir con fuerza es la pasión de
la realización científica, la sensación casi religiosa
que se tiene cuando se resuelve un problema. Gregory Markham, que no es sino
un alter ego del autor con el que comparte muchas similitudes (aparece en
ambos mundos como personas distintas, un detalle curioso si uno sabe que
Gregory Benford tiene un hermano gemelo), muere en un accidente de
aviación, pero casi no se da cuenta porque justo en ese momento
había conseguido explicar la existencia de varios universos. Ese momento
de felicidad, ese ensimismamiento en la obra, es lo que tienen en común
los artistas y los científicos. No es cierto que los científicos
no sean capaz de apreciar la belleza artística y las emociones. Cuando
en el mundo de 1998 se acerca el final, el científico que realiza
el experimento lo abandona y vuelve con su familia. Al final, va en busca
de lo más importante: el amor de otro ser humano.
La
novela tiene cierto aire de pesimismo. El científico de 1962 consigue
advertir al mundo a tiempo y la historia queda alterada, sin embargo el mundo
de 1998 sigue existiendo. Uno tiene la sensación de que los esfuerzos
que los científicos de Cambridge realizaron tuvo poco valor, y es
poco consuelo haber salvado otro universo de la destrucción. Esta
realidad es la que lleva al protagonista del 1962, Gordon, a sentir los cambios.
En la última escena de la novela, cuando va a recoger un premio en
honor a su labor científica, cree ver a su madre muerta en la primera
fila. En ese momento comprende la infinita fuerza de los mares del tiempo,
la promesa de la infinitas posibilidades del tiempo; sabe que en algún
universo su madre está viva. Ve el tiempo como lo vio Einstein, como
la majestuosa inmutabilidad del cronopaisaje. En el fondo quizá sea
una novela optimista:
Vio a la multitud, y pensó en las olas que se movían a través de ella, rompiéndose en una blanca espuma que la tragaba completamente. Las pequeñas figuras captaban débilmente los bordes de las olas como paradojas, enigmas, y oían el tictaquear del tiempo sin saber lo que sentían, y se aferraban a sus ilusiones lineales de pasado y futuro, de progresión, desde la apertura de sus nacimientos hasta la inevitabilidad de sus muertes. Las palabras se aferraron a su garganta. Siguió adelante. Y pensó en Markham y en su madre y en toda aquella incontable gente, sin soltar nunca sus esperanzas, y en su extraño sentido humano, su última ilusión, de que no importaba el cómo los días avanzaran a través de ellos: siempre quedaba el pulsar de la cosas por venir, la sensación de que incluso ahora aún quedaba tiempo.
Todos los personajes de esta novela están maravillosamente descritos, y sus emociones son las emociones de un ser humano. La obra tiene una impecable factura literaria, por un hombre que no es sólo físico teórico, sino que además tiene una profunda pasión y amor por la literatura. Si el lector quiere conocer lo infame y lo sublime de la investigación científica como nunca antes se había contado en una obra de ciencia ficción, entonces el autor es Gregory Benford, uno de los autores modernos de ciencia ficción de mayor calidad, y la novela es una de la mejores que ha dado la ciencia ficción: Cronopaisaje.
Sivainvi de Philip K. Dick
En
Sivainvi, obra compleja a la que Dick dedicó tres años de su
vida, se nos cuenta la historia de Amacaballo Fat (el propio Dick) que
después de una (real o imaginaria, la novela no lo aclara) experiencia
mística (a consecuencia de diversos traumas en la vida del personaje)
recibe distintas revelaciones sobre el mundo y su devenir, descubriendo,
por ejemplo, que el tiempo real llego a su término en el 70 d.c. con
la caída del Templo de Jerusalén, que se resume en la frase
El Imperio nunca tuvo fin (volviéndose a repetir el tema
dickiano de la realidad trastocada). A partir de este punto, la novela se
convierte en una búsqueda de la realidad divina, particularmente en
la forma de unas exégesis escritas por el propio Amacaballo. Se suceden
a lo largo de la novela las discusiones teológicas en un intento de
los personajes de aclarar las visiones de Fat, y en suma sus propias ideas.
Sivainvi,
siglas de Sistema de Vasta Inteligencia Viva, no es sino el título
de una película que ven los personajes del libro; una película
que en cierta forma los dirige. No es de desdeñar que las claves
principales aparezcan en una obra cinematográfica que, como obra de
ficción, no es neutral con respecto a la realidad.
El
ambiente de la novela es desquiciado. No se aclara en ningún momento
lo que corresponde a la realidad y lo que es pura fantasía, como no
podría ser de otra forma tratándose de Dick. No en vano intuimos
que el narrador, un personaje llamado Philip K. Dick y que escribe novelas
de ciencia ficción, tampoco está del todo en sus cabales, y
que es incapaz de comprender su propia vida y menos la de Amacaballo. Dick,
sin embargo, no juega con nosotros, él tampoco conoce la solución
(si existe), y parece plantear su obra como un ejercicio abierto a la
interpretación del lector, de la misma forma que las exégesis
de Amacaballo están abiertas a la interpretación del resto
de los personajes. No hay que olvidar que Dick no creo sus mundo alucinatorio
de forma racional, más bien es una expresión de sus sentimiento,
por lo que es obvio que sus novelas no pueden ser un simple juego de
sustituciones en el que se pueden cambiar los elementos clave por su significado.
No hay mensaje oculto de antemano; la novela es sincera, nos plantea un conjunto
de interrogantes y no aspira a dar soluciones. No tiene moraleja.
Leí
Sivainvi por primera vez creo que a los 17 años y me gustó
mucho, he de confesarlo, y se que estoy solo en este caso. Pero creo que
Sivainvi no está desprovista de méritos dentro de la obra de
Dick. Diré antes que nada que creo que si la obra de Dick es recordada
en el futuro, lo será por sus novelas realista. Dentro de la ciencia
ficción, Dick en el autor más parecido a un autor de literatura
general, porque sus preocupaciones son las preocupaciones de un autor de
literatura general y los elementos de ciencia ficción que introduce
tiene en ocasiones como único fin el hacer vendible la novela. Pero
Dick comenzó siendo autor de ciencia ficción y finalmente tuvo
que morir siendo autor de ciencia ficción. Es también Dick
lo más cercano que hemos tenido a un loco en el género, porque
la mayor parte de sus imágenes parecen el resultado de unos profundo
desequilibrios mentales. Siempre me he sentido fascinado por la forma en
que Dick debía ver el mundo: Ese mundo desquiciado, donde nada es
los que parece, donde todo puede desaparecer súbitamente. Pocas veces
dentro de la ciencia ficción ha convertido un autor sus propias obsesiones
en material literario y lo ha hecho tan bien. Pocos escritores han expresado
el sentimiento atávico de la irrealidad del mundo.
Sivainvi
es dentro de la obra de Dick la más sincera. Dick reconoce
prácticamente que estaba loco. Es el relato de un hombre que se conoce
atrapado en su propia enfermedad de la que no sabe como escapar. En esta
novela, Dick tomó su alma y la esparció por sus páginas,
quizá en un intento de resolver sus problemas, o simplemente porque
una de las labores de un artista es expresar las obsesiones que habitan en
el corazón humano. Me gusta Dick porque supo traer un poco de brisa
irracionalista a la ciencia ficción. Nunca he sido un realista ingenuo,
nunca he creído a pies juntillas en la realidad del universo, es
simplemente algo que admito porque es conveniente, pero en el fondo, siempre
he estado del lado de Dick: Yo también sospecho que el mundo es irreal.
La guerra de las salamandras de Karel Capek
Karel
Capek es injustamente famoso por la supuesta invención de la palabra
robot, no porque Capek no merezca la fama, sino que la palabra robot la
inventó su hermano Josef. Por los que si es justamente famoso es por
haber inventado los primeros robots modernos de la literatura, léase,
los primeros robots capitalistas. Antes de él, las criaturas artificiales
eran imágenes de la maldad humana individuales y producidas por la
locura. En la obra R.U.R de Capek los robots son producidos en serie y se
les emplea en fabricas como obreros. Hoy tal descripción puede parecer
trivial, pero en su época no era fácil predecir tal cosa.
Por
desgracia R.U.R no es una gran obra y su interés, aparte de los ya
mencionados, es más bien limitado, pero La guerra de las salamandras
es otra cuestión. Se trata esta novela de un cruce entre fábula
y sátira, y como tal no es sino un espejo deformante colocado frente
a la humanidad. Pero al igual que sucede con las caricaturas, uno tiene la
impresión de que esa imagen deformada es más fiel al original
que el mismo original. Advierto al lector que La guerra de las salamandras
es una sátira realizada con mucho humor, pero no por ello menos certera
y compleja. Se critica aquí a todo: a los periódicos, a los
científicos, a la industria del cine, y, especialmente, a los empresarios
y políticos.
El
argumento de la novela no podría ser más aparentemente vulgar:
En unas islas del Pacífico se descubre una especie de reptiles
inteligentes que son empleados en un principio para recoger perlas, pero
que luego, mediante la creación del Sindicato de las Salamandra una
corporación global y monopolista, son usados para todo tipo de quehaceres
con el fin de transformar el mundo, como si de uno esclavos se tratase. Poco
a poco la humanidad va sucumbiendo al encanto de las Salamandras
y comienzan a imitar los hábitos y costumbres de las mismas (como
el traje de baño salamandra: tres perlas alrededor del cuello).
La
novela en sí está dividida en tres libros. El primero relata
el descubrimiento de las salamandra y el pequeño revuelo que estas
causan en los periódicos faltos de noticias, una especie de novela
de aventuras a los Emilio Salgari. La segunda muestra la progresiva
utilización de la salamandras como fuerza de trabajo en los que recuerda
a Un mundo feliz. La última parte, por supuesto, relata la guerra
que las salamandras emprenden contra la humanidad, en los que parece una
recreación de La guerra de los mundos de Wells. Los que hace distinta
La guerra de las salamandras de las otras obras que he citado es por un lado
el finísimo humor del que hace gala su autor: la novela puede leerse
sólo para disfrutar casi pasando por alto la implicaciones de los
que cuenta, y por otro, la feroz sátira que recuerda los momentos
más brillantes del Swift de Los viajes de Gulliver.
Pero
lo que realmente distingue a La guerra de las salamandras es madurez de su
autor, que coloca esta obra sobre todas las de su clase. En el capitulo final,
titulado El autor habla consigo mismo, dos voces internas del
propio Capek discuten sobre el final de la novela. En el capítulo
anterior habíamos dejado a la humanidad convencida de su derrota ante
las salamandras, invirtiéndose los papeles amos/esclavos. Pues bien,
en ese capítulo final, la parte ingenua del autor le pide que reconsidere
su posición, que salve a la humanidad con algún método:
una epidemia entre las salamandras quizá, a lo que el lado lúcido
del autor contesta:
Eso es demasiado barato, hermanito. ¿Tiene que arreglar siempre la naturaleza lo que estropea la gente? Entonces, tu también estás convencido de que la gente, por sí sola, no podrá salir de este desastre. Ya ves, Ya ves... al final quisieran que alguien los salvase... Te voy a confiar un secreto: ¿Sabes quién, incluso ahora, entrega explosivos, torpedos y taladradoras a las salamandras, cuando la quinta parte de Europa está ya inundada? ¿Sabes quién trabaja febrilmente en los laboratorios, a fin de encontrar materias y maquinarias más eficaces para barrer el mundo? ¿Sabes quién les presta a las salamandras dinero, sabes quién financia este Fin del Mundo, Todo este diluvio?
A lo que la otra voz no puede menos que contestar: Lo sé. Todas
las fábricas, todos los bancos, todos los estados.. Y reflexiona
finalmente el lado lúcido: Ya lo ves... Si fueran solamente
las salamandras contra la Humanidad, quizá no sería tan
difícil hacer algo. Pero gente contra gente, eso no hay quien lo
detenga... Sí, porque en el fondo es culpa nuestra, y nosotros
podíamos haberlo evitado. No, no se trataba de un terrible injusticia
cometida contra nosotros sino de nuestro propio pecado. No puedo menos que
estar de acuerdo con Darko Suvin cuando dice de esta novela: El
capítulo final, donde las dos voces internas del autor discuten el
posible resultado, es en mi opinión mucho más maduro que los
extremos fáciles de, por una parte, ese optimismo a priori que se
permiten Bellamy y el Wells más débil (más tarde adoptado
por escritores como Robert Heinlein, Isaac Asimov y otros) o, por la otra,
la desesperación de Aldous Huxley en Un mundo feliz o el pesimismo
[...] Capek se muestra muy superior a las mistificaciones de la CF ordinaria:
No hay catástrofes cósmicas; no hay sino causas estatales,
oficiales, económicas y similares... Por tanto, Capek es mucho
más activo, pues la amenaza era evitable (o pudo ser evitada)...
Por eso me es difícil comprender que La guerra de las salamandras
sea una obra olvidada mientras que otras, en mi opinión, menores que
ella (desde Un mundo feliz hasta 1984) sean tan famosas.
Por
supuesto Capek lo tenía algo fácil, porque la novela fue escrita
justo en la época en que comenzaba el ascenso del fascismo en Europa,
y puede ser leída como el alegato de un hombre que amaba la razón
viendo como el mundo se dejaba comprar por el nazismo. El genio de Capek
es haber creado una obra lúcida sobre la locura humana y sobre la
inacción, y haberla hecho pertinente a todas la época y todas
la situaciones: Nuestro destino es nuestra responsabilidad y esa es la moraleja
de la novela (si pretende tenerla). A quien crea que La guerra de las salamandras
es sólo una historia más o menos entretenida sobre unos lagartos
del Pacífico y que no tiene nada que decirnos a nosotros ciudadanos
del finales del siglo veinte, le invito a releer los párrafos que
he citado de la novela sustituyendo salamandra por contaminación (o
droga, o guerra nuclear, o hambre, o dictadura, o, lamentablemente en este
final de siglo, fascismo...) y a pensar.
El hombre hembra de Joanna Russ
Supongamos
que decido escribir una novela de ciencia ficción antirracista. Tengo
en principio dos opciones. Podría tomar el modelo del racismo en el
siglo diecinueve, por ejemplo, la esclavitud en el Sur y llevarlo al futuro
sustituyendo a los esclavos negros por alguna especie extraterrestre adecuada.
Aún así, mi novela podría ser buena, si tiene buenos
personajes y la trama hace honor a mis pretensiones. Pero sigamos suponiendo
y digamos que creo un conjunto de personaje de cartón piedra que no
son sino imágenes estereotipadas de las actitudes que pretendo describir:
todos los humanos son muy malos y todos los extraterrestres son muy buenos.
Creo que la novela resultante tendría poco interés, entre otras
cosas porque criticar el racismo del siglo XIX en el siglo XX es demasiado
fácil y trivial. Pero supongamos que decido ser honesto: en ese caso
especularía sobre nuestra sociedad presente y, lo más importante,
criticaría nuestras actitudes presente hacia otras razas.
Creo
que la situación que he descrito en el párrafo anterior se
ha dado recientemente en el caso de las novelas sobre la relación
entre los sexos. Lengua materna es una novela que lleva la sociedad machista
de la Inglaterra victoriana al futuro y procede a criticarla, en un mundo
poblado de personajes acartonados. Criticar el machismo victoriano es tan
fácil como criticar la esclavitud (quién está a favor
de la esclavitud hoy en día), y casi tan inútil.
Hay
una novela, sin embargo, escrita por una mujer que lleva el tema hasta sus
últimas consecuencia, que no se deja engañar y que mira la
cuestión de la relación entre los sexo con valentía,
honestidad e inteligencia. La autora es Joanna Russ y el libro El hombre
hembra.
Intenté
leer El hombre hembra por primera vez a los 15 años y no pude soportarla.
Más tarde, lo intenté de nuevo y la disfruté tanto que
la he leído 3 veces después de aquella primera ocasión,
y una cuarta más a la hora de preparar este comentario. Pocas veces
en la ciencia ficción un autor (sic, si hubiese dicho autora,
pensarían que a los hombres no les incumben lo que voy a decir) ha
sido tan honesto cuando le ha tocado expresar sus propios sentimientos en
una obra de arte. Es muy cierto, que El hombre hembra, es propaganda, pero
así son todas las grandes novelas; todas defienden un conjunto de
valores. Esta novela no puede ser desestimada con ese argumento.
La
novela cuenta la relación entre tres mujeres, que son realmente tres
manifestaciones de la misma mujer, que habitan en universos paralelos. Una
es Janet ciudadana del utópico Whileaway, una Tierra donde todos los
hombres desaparecieron. Jeannine vive en un perpetuo 1930, con su sociedad
rígidamente patriarcal. Y finalmente, Joanna que vive en un mundo
muy parecido a nuestro presente. En su mutua interrelación se va
perfilando un retrato atroz, descarnado, sincero y, lo más importante,
realista (en la medida en que un hombre puede juzgar ese realismo) de la
relación de las mujeres con su entorno.
Hay
mucha rabia contenida en El hombre hembra, pero es rabia más que
justificada. Leer algunos de los párrafos de esta novela es reconocerse
como hombre, y sentir una profunda vergüenza. La autora disecciona y
expone todos los juegos que la sociedad nos impone: Una partida de <tu
niñita>, Una partida simultánea de no es espantoso, El concurso
de la gran felicidad, son algunos ejemplos. Si tu que lees este artículo
opinas que no hay justificación entonces supongamos por un momento
que la especia humana en lugar de ser conocida comúnmente como El
Hombre, los fuese por El Blanco (ahora sexista y racista). Hablaríamos
en ese caso de BLANCO Y SUPERBLANCO, EL ASCENSO DEL BLANCO, El Blanco Trabajador,
El Blanco de Java, El Blanco Primitivo, El Blanco en la Luna, El Futuro del
Blanco, El Blanco Alienado, La Medida del Blanco, El Blanco Moderno. Graciosos,
¿no? Yo lo encuentro estremecedor.
Este
libro siempre me ha recordado que la condición humana es algo mucho
más complejo de lo que parece a simple vista. Me habla de una parte
de la humanidad consistentemente reprimida, y lo hace con coraje, honestidad
y muy buen hacer literario. Creo sinceramente que El hombre hembra es una
de las obras de ciencia ficción mejor escritas y una de las diez más
importantes. Puede que sin embargo el lector quizá sienta el deseo
de desdeñar la novela, en ese caso cedo la palabra a la propia Joanna
Russ:
Ya sé que en alguna parte, sólo para desmentirme, vive una mujer hermosa (tiene que ser hermosa), intelectual, culta, amable y encantadora, que tiene ocho hijos, hace pan, pasteles y tartas, cuida de su casa y desempeña un difícil puesto de trabajo de nueve a cinco al máximo nivel decisorio en un campo exclusivamente masculino, cuyo marido, igualmente triunfante, la adora, porque aunque ella es un ejecutivo emprendedor y agresivo, con ojos de águila, corazón de león, lengua de víbora y músculos de gorila (ella se parece muchísimo a Kirk Douglas), al llegar a casa se pone un camisón transparente y una peluca, y se convierte instantáneamente en una imbécil del Playboy, desmintiendo así, alegremente, el bulo de que no se puede ser ocho personas al mismo tiempo con dos tablas de valores distintas. Ella no ha perdido su femineidad.
Y yo soy María de Rumania.
Y yo Albert Einstein.
Flores para Algernon de Daniel Keyes
Dicen
que los seres humanos estamos condenados a la libertad, yo diría que
las personas estamos condenadas a la inteligencia. Esa pequeña cualidad,
y su desarrollo posterior en la libertad, es lo que más nos distingue
de los animales. Pero la inteligencia es también dramática
porque como seres inteligentes podemos comprender y controlar partes del
universo, pero también conocemos la certidumbre de nuestra muerte.
No podemos vivir día a día como un animal, porque sabemos que
mañana puede no llegar. Ahí esta el problema, ahí está
la ambivalencia de nuestra inteligencia.
El
tema de la inteligencia superior ha sido tratado ampliamente en la ciencia
ficción, pero es curioso ver como el género parece rehuir toda
discusión seria del tema. La inteligencia superior es siempre una
bendición que hace al héroe más fuerte y le permite
salvar al universo. Incluso Thomas M. Disch consiguió escamotear toda
discusión humana del tema en Campo de concentración que acaba
diluyéndose en una simple trama para salvar al mundo. Por esa razón
la obra de Daniel Keyes es doblemente interesante: No sólo es una
buena novela, sino que trata el tema de la inteligencia desde un punto de
vista humano.
El
argumento es bien simple, Charlie Gordon, un deficiente mental que trabaja
en una panadería, es empleado como conejillo de indias en un experimento
destinado a incrementar su inteligencia. El experimento tiene éxito
y Charlie va pasando de ser un deficiente mental a convertirse en un genio.
Estando dotado de una inmensas ganas de conocer, su cultura se incrementa,
aprende a ver las complejidades del mundo, aprende lenguas, habla con gente
y piensa sobre sí mismo. En otro tipo de historia Charlie hubiese
inventado algún gadget apropiado que lo convirtiese en rey del mundo.
Sin embargo, lo único que Charlie descubre es la verdad sobre si mismo
y el mundo, y la realidad ineludible de su propia muerte intelectual, la
peor muerte posible para una persona que ama el conocimiento, cuando llegue
el fatídico momento en que debe perder su inteligencia. La novela
está escrita en forma de diario, informes de progresos que Charlie
escribe. Daniel Keyes sale airoso en la difícil tarea de dar a entender
el desarrollo intelectual de su protagonista, así como sus emociones
contradictorias.
El
planteamiento de la novela es claro desde la primera página, cuando
el autor introduce una cita de la República de Platón donde
se describen los efecto turbadores de pasar de la oscuridad a la luz. Flores
para Algernon es la inversión del descenso al infierno; Charlie Gordon
sale de la oscuridad de su ignorancia, el infierno tal y como el lo concibe,
para entrar en el luminoso mundo del conocimiento y luego más tarde
vuelve a una oscuridad todavía peor. Lo que hace trágica la
novela es que el propio Charlie descubre el Efecto Algernon Gordon
que ha de llevarle de nuevo al infierno.
Hay,
por supuesto, mucho más en la novela. Tenemos los dolores del aprendizaje,
los ajustes de ese hombre con la emociones de un niño enamorado de
su maestra y la mente analítica de un genio. El autor describe con
maestría la difícil relación de Charlie con su madre;
como esta fue la que le impulsó a ser más inteligente, a desear
aprender. Uno de los momentos más emotivos de la novela es cuando
Charlie vuelve al su casa para llevarle a su madre una copia de la revista
donde aparece su artículo, que predice su propia perdida de inteligencia,
para que se sienta orgullosa de él y la encuentra ya senil, habiendo
descendido ya a su propio infierno. Sin embargo, los momentos más
dramáticos aparecen en la últimas páginas del libro
cuando Charlie va perdiendo poco a poco sus conocimientos y sus recuerdos,
cuando se hunde poco a poco en la entropía.
Encontrará
el lector poco consuelo en este libro. El autor no ofrece una salida fácil
a los dilemas que plantea, quizá porque en el mundo real nunca podemos
vencer a la entropía. Cualquier persona que ame la inteligencia
apreciará este libro, porque Charlie Gordon no es sino una imagen
de nosotros mismos, porque su drama es nuestro drama, porque vemos nuestro
propio rostro entre las líneas y su simbólica muerte es nuestra
muerte real.
Tiempo para amar de Robert Heinlein
Es
casi inevitable hablar de ciencia ficción nombrar a Heinlein. Su
influencia en la ciencia ficción h a sido extraordinaria, durante
muchos años su obra dio forma la género. El problema no estaba
en incluir o no a Heinlein, sino en elegir la obra. Estuve tentado durante
unos momentos en hablar de Puerta al verano que es quizá una de las
expresiones más perfectas del viaje en el tiempo heinleniano. Sin
embargo, finalmente decidí incluir este Tiempo para amar, simplemente
porque estoy de acuerdo con Emilio Serra: creo que es la obra maestra de
Heinlein.
Narra
esta novela fragmentos de la vida de Lazarus Long, conocido como El Decano
y que es la persona más vieja con casi 2400 años de edad, producto
de un plan conocido como el Proyecto Howard que tenía como finalidad
crear una raza de humanos longevos conocida como Familias Howard. En una
de la clínicas de rejuvenecimiento de las familias, en uno de los
muchos mundos de la galaxia, Lazarus Long va desgranado poco a poco parte
de su experiencia vital. Lo hace a cambio de que se le ofrezca alguna experiencia
nueva que no haya probado antes. Esa experiencia resulta ser el viaje en
el tiempo, que Lazarus Long aprovecha para viajar al pasado y encontrarse
con su madre.
Lazarus
Long es el arquetipo del héroe heinleniano: Valiente, inteligente,
atrevido, duro, sensible en el fondo, y brillante, muy brillante. Si hay
una característica que englobe a todos los héroes de Heinlein,
es sin duda su optimismo. Sus personajes muestran siempre una increíble
esperanza en el futuro, una sorprendente certeza de que las cosas irán
bien. No es que yo crea tal cosa, más bien soy un pesimista, pero
siempre es agradable que alguien te diga lo contrario. Lazarus Long ha vivido
más que cualquier ser humano, y Heinlein se las apaña para
transmitir la sensación de una larga vida haciendo que sus aventuras
transcurran en distintas épocas y planetas.
Es
difícil decir que hace de Tiempo para amar la mejor novela de Heinlein.
Quizá sea que no existe intencionalidad política, que es sólo
una fábula de un hombre que está cansado. Imagino a Heinlein
sentado en su escritorio haciendo un repaso de su vida y dándose cuenta
de que en su obra no había contado lo que deseaba contar: había
tratado sobre ingeniería, política y ciencia, pero no había
tratado sobre el amor. Los supongo volviendo a aquella novela de personas
longevas Las 100 vidas de Lazarus Long y retomando el personaje para contar.
Lazarus Long nunca es prepotente, está siempre dispuesto a admitir
que en algunos momentos es mejor estar callado, que es mejor vivir que morir.
Sin embargo, curiosamente sólo una vez acepta la muerte voluntariamente.
Cuando vuelve al pasado y conoce a su madre, encuentra también a su
abuelo al que tenía mucha estima. En un momento dado el abuelo le
recrimina la falta de patriotismo al no alistarse en el ejército.
Y Lazarus Long se alista, aceptando un riesgo que en otras circunstancias
no hubiese corrido, y lo hace no por patriotismo (como hubiese sido el caso
de otros héroes heinlenianos anteriores) sino por amor, por amor a
su abuelo y por amor a su madre, porque quiere su respeto.
Lazarus
Long obtiene uno de los grandes deseos del ser humano, después de
una vida de 2400 años vuelve a su infancia. He leído esta novela
con placer unas tres veces y probablemente la leeré alguna más.
Quizá al lector de esta nota no le parezca suficiente esa razón,
en ese caso cedo la palabra a Emilio Serra que describió esta novela
con más elocuencia que yo.
¿Qué es lo que queda entonces? Un largo paseo a través de toda su vida personal, una rememoración de recuerdo alucinante, un retorno al pasado de una infancia idealizada, un deseo (cumplido) de autoperpetuación genética (la mayor parte de la especie humana desciende de Lazarus Long), y el reconocimiento de que lo único que vale la pena recordar y por lo único que vale la pena haber vivido, es el amor. Amor generalizado a todo ser humano, ya sea hombre, mujer o computadora, ya sea hija, hermana o madre, o incluso uno mismo. Amor tanto sexual como afectivo, pero nunca obligado. Y también un haber amado ya lo suficiente, un ya no quedar nada que hacer, un ansia de suicidio que, al final, se ve cruelmente abortada puesto que él no puede morir, porque su inmortalidad le perseguirá siempre (¿tal vez porque al matar a los dioses, ha pasado a ser dios?, ¿tal vez porque nadie puede morir en su propio universo?). Porque Long es Heinlein , es lo que él hubiera querido ser, es un alter ego idealizado y magnificado y satirizado al mismo tiempo y es también el broche que, al final de la novela, cierra el ciclo de toda vida humana, ya sea individuo, o especie, o universo, volviéndola a remitir a su comienzo, convirtiendo la sinfonía universal en una cinta sin principio ni fin, que se repite y se repite y se repite eternamente y a al que no podemos escapar. Y todo esto contado con un tremendo sentido del humor, tomando el pelo al lector, a sí mismo, a la sociedad y a todo dios que se meta por medio.
Emilio Serra termina su comentario con esta frase: Es la mejor novela publicada en los últimos tiempos. Yo sentí lo mismo cuando la leí por primera vez, por lo que está claro que éramos Emilio Serra y yo contra el mundo.
Lágrimas de luz de Rafael Marín
Trechera
Lágrimas
de luz reúne en si misma varias características que la hacen
interesante. Por un lado es una buena novela (aunque ya sabemos que en algunos
sectores de la ciencia ficción no basta con que una novela sea buena)
y como tal merece ser leída y comentada. Por otro, es en mi opinión
la mejor novela de la ciencia ficción española, cuya calidad
literaria nunca ha sido superada por una obra publicada.
Lágrimas
de luz fue escrita por Rafael Marín Trechera en la época gloriosa
de la ciencia ficción española, al principio de los ochenta,
en los tiempo de Nueva dimensión, cuando parecía que la ciencia
ficción española empezaba a levantar cabeza. La novela esta
impregnada de ese optimismo hacia la ciencia ficción. Esta escrita
con verdadero interés y amor al género y a las posibilidades
que posee. Es además una sincera historia de la maduración,
no sólo de su protagonista sino también de su autor.
La
novela se abre en una innominada ciudad de la Tierra donde un grupo de
jóvenes, que no pueden ocupar otros cargos en la conquista del espacio,
sueñan con convertirse en poetas para así salir de la Tierra
y escribir gestas épicas que guarden el recuerdo de esta segunda edad
media. Uno de ellos, Hamlet Evans, lo consigue y así comienza su
peregrinar por el espacio y las entrañas de la Corporación,
que domina todo el universo conocido y es a su vez gobernada por una
supercomputadora viviente. Finalmente Hamlet Evans abandona la corporación
y se convierte en un proscrito, luchando contra ella con las armas del teatro
y el circo.
Quizás
así resumida al lector le pueda parecer una novela tonta, acháquese
esa impresión a mi incapacidad para resumir en una líneas la
sugerente riqueza de Lágrimas de luz. Yo destacaría en primer
lugar, y repitiéndome, la impresionante calidad literaria de esta
novela. Por desgracia, muchos de los autores que empiezan a escribir literatura
de ciencia ficción, lo hacen despreciando la tradición literaria
general. Comienzan escribiendo influenciados por Asimov y Clarke, y no es
que Asimov y Clarke escriban mal sino que su lecturas se han hecho en malas
traducciones, como es la tónica del género. No es este el caso
de Rafael, que es conocedor de la literatura como tradición y esta
atento al placer y al significado de las palabras. No escribe por escribir,
no escribe en un rapto de intuición, esa habilidad le está
vedada. Cada una de la palabras que usa esta cuidadosamente elegida, con
la paciencia y el juicio de quien sabe que se juega la perfección
de su obra con cada decisión. Lágrimas de luz, es una de la
pocas obras dentro de la ciencia ficción española que pueden
leerse por el puro placer de leer buena literatura.
Claro
está, en la novela hay algo más que buena escritura. Tenemos
el sugerente fondo sobre el cual se desarrolla, una recreación de
la edad media y de la vida de un poeta de la época. Por supuesto,
el escenario en sí es muy difícil de justificar, pero el autor
consigue hacer creíble esta edad media con naves espaciales. Pero
el fondo es lo de menos, aquí lo importante es el carácter
de este Hamlet, dubitativo, indeciso como su alter ego shakespeariano. Hamlet
Evans es uno de los pocos personajes realmente vivos de la ciencia ficción.
A lo largo de la novela le vemos crecer, desarrollarse, madurar. Invito al
lector a leer el último capítulo de la obra y el primero y
apreciará como el personaje ha envejecido y ha cambiado con los
años. Es típico de la ciencia ficción someter a sus
personajes a las más duras pruebas, a enfrentarlos a hechos espantosos
y sublimes del universo sin que cambien para nada. Son Mr. Smith cuando empiezan
y siguen siendo Mr Smith cuando terminan. No es este el caso. Creo no exagerar
si digo que dentro de la ciencia ficción sólo Silverberg tiene
un talento mayor, y mucha más experiencia, para mostrar la evolución
psicológica de sus personajes.
Hamlet
Evans es la expresión del muchacho que salía de su adolescencia
que era Rafael. Un personaje que ve truncado sus 20 años para entrar
en Monasterio y convertirse en poeta, un joven que debe contemplar la
destrucción y la muerte, y que finalmente debe sobreponerse a sus
dudas y decidirse a actuar. Hay mucho sobre el proceso de convertirse en
adulto, sobre los rigores de abandonar la adolescencia y tomar las propias
decisiones. Lo se bien, porque leí por primera vez Lágrimas
de Luz al comienzo de mi propia adolescencia y pude comparar mi propio desarrollo
con el de Hamlet Evans. Pocas veces en la ciencia ficción ha quedado
este proceso mejor plasmado.
Me
olvido conscientemente de muchas cosas. En Lágrimas de Luz hay
también reflexiones sobre el poder, la libertad, la tiranía,
el amor, la literatura. Pero como todas la buenas obras, Lágrimas
de Luz no puede ser reducida a menos palabras que las que contiene. Y no
voy a pretender haberlo hecho en esta nota. Sólo espero que el lector
se sienta los suficientemente atraído como para leer la obra y juzgar
por si mismo.
Por
supuesto, la novela tiene fallos. Pero no hay que olvidar que se trata de
una primera novela, y como tal es un debut impresionante. A veces la considero
como un signo de un mundo que podía haber sido, un mundo donde la
ciencia ficción española levantó cabeza a principio
de los ochenta y comenzó a publicar regularmente. En ese universo
alternativo Lágrimas de Luz es considerada en 1991 [año en
el que se escribió este ensayo] como una obra menor de su autor superada
por otras novela; yo sólo sé, que en ese caso me gustaría
leer esas otras novelas. [Rafael Marín por supuesto ha seguido escribiendo
y publicando (cuando ha podido). De su última producción destaca
la trilogía La leyenda del Navegante]
El libro de los cráneos de Robert Silverberg
Comencé
esta nota con un montón de novelas apiladas al lado del ordenador.
Eran más de diez, pero esperaba hacer la selección
teniéndolas delante y releyendo algunas páginas seleccionadas.
Curiosamente este Liber Calvarium no parecía tener demasiadas
posibilidades de ser escogida. Sin embargo, cuando la tuve delante no pude
resistir la tentación de leerla, y casi sin darme cuenta la había
terminado. Habiendo superado esa difícil prueba no tengo más
remedio que incluirla.
El
libro de los cráneos es una de esas novelas de viaje iniciático
de Silverberg, un poco en la onda de Regreso a Belzagor pero donde el cambio
final, la obtención de la inmortalidad, no es explícito como
lo era en la otra novela. Aquí lo importante es el viaje en sí,
no la llegada a la meta. Es más, me atrevería a decir que se
trata de un viaje a ninguna parte.
Timothy
es un rico aristócrata de Nueva Inglaterra, millonario, de gran
éxito y vividor. Eli es un judío del ghetto obsesionado por
su masculinidad y apasionado de la lingüística. Ned es un poeta
homosexual. Oliver es un aspirante a médico, venido de la granjas
de Kansas (como Superman) obsesionado por la muerte. Este heterogéneo
grupo se embarca en una excursión de Semana Santa en busca de un
misterioso monasterio donde se supone que puede obtenerse la inmortalidad.
Los aspirantes deben ir en grupos de 4 y las reglas imponen que uno debe
suicidarse y otro ser asesinado para que los dos restantes puedan obtener
la inmortalidad. Así, Silverberg deja libres las mentes de sus personajes
para que estos interaccionen de todas las formas posibles. Una vez más
se manifiesta la habilidad de este autor para crear personajes complejos
y sutiles, y su maestría en desnudarlos y mostrarlos como son: grises
y humanos.
Como
puede verse, la novela tiene una propuesta sugestiva: Ponemos cuatro personajes
en busca de la inmortalidad. ¿Cómo reaccionarán?
¿Qué pensarán? ¿Cómo actuarán? Ese
es el verdadero fondo de la novela, no la obtención de la inmortalidad
que es algo que sucede, si sucede ya que no está claro que los misteriosos
mojes puedan dar realmente la inmortalidad, después de acabar la novela.
Aquí lo importante es tener esos cuatro personajes juntos en un viaje
en busca de la vida eterna.
Como
sería de espera de Silverberg, la acción es puramente emocional.
Los interesante aquí es ver como cada personaje reacciona ante los
otros. El pecado, como siempre en la obra de Silverberg, ocupa un lugar
importante en esta novela. El punto climático se produce cuando los
aspirantes a la inmortalidad deben confesarse los unos a los otros su peor
pecado para así estar limpios. Ned resulta ser responsable de la muerte
de dos personas, Thimothy había violado a su propia hermana, Oliver
había tenido relaciones homosexuales a los catorce años y Eli
había cometido el peor de los pecados que podía concebir, sus
logros en la lingüística se basaban en un plagio. Lo curiosos
del caso, es que estos pecado sólo lo son para el pecador, los que
escuchan la confesión no comprenden como alguien podría
avergonzarse de eso. Finalmente, dos mueren y dos sobreviven, pero no hay
perdedores ni ganadores: Los que obtienen la inmortalidad no son necesariamente
más dichosos que los que han muerte. En cierta forma, lo importante
es el camino.
© Pedro Jorge Romero 1991
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