| Juana
Álvarez
Después de 80 días
de criminales bombardeos, se firmó la paz entre la OTAN y Yugoslavia.
El acuerdo, rápidamente
ratificado por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas -con el voto
a favor de Rusia y tan sólo la abstención de China- supone,
en síntesis, la instauración de un protectorado internacional
dividido en cinco zonas bajo control de las potencias hegemónicas
en esta guerra, EE.UU., Gran Bretaña, Francia, Alemania e Italia.
Estos países suman
el grueso de los 50.000 soldados que forman el despliegue militar que garantiza
el cumplimiento del tratado.
Gran Bretaña y EEUU
se quedan con el control fundamental de la región, tanto en la capital
(Pristina), como en la caliente zona limítrofe con Serbia. La presencia
de un destacamento militar ruso, sin zona de influencia propia y repartido
entre las tropas occidentales, en su mayoría pertenecientes a la
OTAN, no representa ninguna amenaza para la supremacía yanqui.
Este acuerdo tiene grandes
similitudes con el Acta de Rambouillet (París), que firmara la delegación
kosovar, y que fuera rechazada por Milosevic, desencadenando la guerra.
En efecto, no se reconoce
el derecho a la autodeterminación de Kosovo, se garantiza "la integridad
territorial de Yugoslavia" y se otorga a Kosovo una "autonomía sustancial"
bajo "una administración interina" como parte integrante del territorio
yugoslavo, lo que deja abierta la posibilidad de nuevos conflictos futuros.
Se impone la retirada de toda fuerza militar serbia, así como el
desarme del Ejército de Liberación de Kosovo (UÇK).
Y fundamentalmente, se duplican las fuerzas de ocupación de la OTAN
contempladas en el pre-acuerdo de París.
Para lograr esto ha sido
necesaria la destrucción de Yugoslavia, tras más de diez
semanas de bombardeos, causando enormes padecimientos y muchas víctimas
al pueblo serbio; y el martirio del pueblo kosovar, que ha sufrido una
carnicería bajo las bombas de la OTAN y la acción de los
paramilitares serbios, con la secuela de miles de muertos y casi un millón
de refugiados hacinados en Macedonia y Albania.
Clinton, Blair, Solana, etc
justifican esta catástrofe bajo el argumento de que era necesaria
la intervención para conseguir el objetivo de poner fin al genocidio
de los kosovares. Sin duda, se apoyan en la simpatía que la vuelta
de los refugiados despierta en millones de trabajadores para ocultar las
consecuencias reaccionarias del "acuerdo de paz". En realidad, el acuerdo
no significa más que la liquidación de la justa causa por
la autodeterminación nacional del pueblo albanés de Kosovo,
que vuelve a sus hogares destruidos por los bombardeos de la OTAN y las
bandas paramilitares serbias para vivir custodiado bajo las bayonetas imperialistas.
La ocupación imperialista
significará una nueva opresión. Cada intento de los trabajadores
y los campesinos kosovares de decidir su propio destino chocará
con la presencia de las tropas imperialistas. El pueblo del Kosovo aprenderá
duramente que no hay destino para sus más elementales derechos sino
es en la perspectiva de expulsar a la KFOR (Kosovo Force) y todas las tropas
estacionadas en la región.
Las masas kosovares aprenderán
mediante su propia experiencia que sus verdaderos aliados son los obreros
y los pueblos del mundo, incluidos los trabajadores y el pueblo serbio,
y no las fuerzas imperialistas que hoy se enmascaran bajo el disfraz humanitario.
La necesidad de una creciente
instalación de tropas imperialistas en la región obedece
a la inestabilidad profunda de los Balcanes, un polvorín permanente,
que demuestra que el proceso de la restauración capitalista no puede
llevarse hasta el final e imponerse a las masas y a los pueblos oprimidos
sino es mediante el terrible coste de la guerra y la destrucción.El
resultado a largo plazo de la guerra lejos de estabilizar duraderamente
la región, deja sembrado el terreno de potenciales conflictos políticos,
sociales y nacionales. |