La OTAN impone la paz de los cementerios (septiembre '99)
Juana Álvarez

Después de 80 días de criminales bombardeos, se firmó la paz entre la OTAN y Yugoslavia.

El acuerdo, rápidamente ratificado por el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas -con el voto a favor de Rusia y tan sólo la abstención de China- supone, en síntesis, la instauración de un protectorado internacional dividido en cinco zonas bajo control de las potencias hegemónicas en esta guerra, EE.UU., Gran Bretaña, Francia, Alemania e Italia.

Estos países suman el grueso de los 50.000 soldados que forman el despliegue militar que garantiza el cumplimiento del tratado.

Gran Bretaña y EEUU se quedan con el control fundamental de la región, tanto en la capital (Pristina), como en la caliente zona limítrofe con Serbia. La presencia de un destacamento militar ruso, sin zona de influencia propia y repartido entre las tropas occidentales, en su mayoría pertenecientes a la OTAN, no representa ninguna amenaza para la supremacía yanqui.

Este acuerdo tiene grandes similitudes con el Acta de Rambouillet (París), que firmara la delegación kosovar, y que fuera rechazada por Milosevic, desencadenando la guerra. 

En efecto, no se reconoce el derecho a la autodeterminación de Kosovo, se garantiza "la integridad territorial de Yugoslavia" y se otorga a Kosovo una "autonomía sustancial" bajo "una administración interina" como parte integrante del territorio yugoslavo, lo que deja abierta la posibilidad de nuevos conflictos futuros. Se impone la retirada de toda fuerza militar serbia, así como el desarme del Ejército de Liberación de Kosovo (UÇK). Y fundamentalmente, se duplican las fuerzas de ocupación de la OTAN contempladas en el pre-acuerdo de París.

Para lograr esto ha sido necesaria la destrucción de Yugoslavia, tras más de diez semanas de bombardeos, causando enormes padecimientos y muchas víctimas al pueblo serbio; y el martirio del pueblo kosovar, que ha sufrido una carnicería bajo las bombas de la OTAN y la acción de los paramilitares serbios, con la secuela de miles de muertos y casi un millón de refugiados hacinados en Macedonia y Albania.

Clinton, Blair, Solana, etc justifican esta catástrofe bajo el argumento de que era necesaria la intervención para conseguir el objetivo de poner fin al genocidio de los kosovares. Sin duda, se apoyan en la simpatía que la vuelta de los refugiados despierta en millones de trabajadores para ocultar las consecuencias reaccionarias del "acuerdo de paz". En realidad, el acuerdo no significa más que la liquidación de la justa causa por la autodeterminación nacional del pueblo albanés de Kosovo, que vuelve a sus hogares destruidos por los bombardeos de la OTAN y las bandas paramilitares serbias para vivir custodiado bajo las bayonetas imperialistas.

La ocupación imperialista significará una nueva opresión. Cada intento de los trabajadores y los campesinos kosovares de decidir su propio destino chocará con la presencia de las tropas imperialistas. El pueblo del Kosovo aprenderá duramente que no hay destino para sus más elementales derechos sino es en la perspectiva de expulsar a la KFOR (Kosovo Force) y todas las tropas estacionadas en la región.
Las masas kosovares aprenderán mediante su propia experiencia que sus verdaderos aliados son los obreros y los pueblos del mundo, incluidos los trabajadores y el pueblo serbio, y no las fuerzas imperialistas que hoy se enmascaran bajo el disfraz humanitario.

La necesidad de una creciente instalación de tropas imperialistas en la región obedece a la inestabilidad profunda de los Balcanes, un polvorín permanente, que demuestra que el proceso de la restauración capitalista no puede llevarse hasta el final e imponerse a las masas y a los pueblos oprimidos sino es mediante el terrible coste de la guerra y la destrucción.El resultado a largo plazo de la guerra lejos de estabilizar duraderamente la región, deja sembrado el terreno de potenciales conflictos políticos, sociales y nacionales.

 
 
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