Javier
García
Sólo una intervención
decidida del movimiento obrero, particularmente en Europa, con grandes
movilizaciones de masas, podría haber detenido los bombardeos de
la OTAN.
Si la Confederación
Europea de Sindicatos (CES) hubiera llamado a una acción general
europea contra la guerra, con manifestaciones y paros masivos, abriendo
un frente interno en el mismo corazón de la OTAN, las fricciones
y disputas de los aliados se hubieran ensanchado de tal forma que la escalada
bélica se hubiera agotado dejando el protagonismo a la diplomacia.
Aparte del armamento de los
trabajadores, no hay nada que más tema la burguesía que una
huelga general política mientras libra una guerra imperialista.
Para lanzarse a una guerra de este tipo, la burguesía necesita el
consenso nacional, es decir, el acuerdo entre las clases. Cuando éste
se rompe es una señal inequivoca de la aparición de una situación
revolucionaria. Recordemos la Rusia del '17.
Pero la clase obrera internacional
no intervino. Salvo algunas pequeñas movilizaciones de vanguardia,
estuvo ausente de la escena como factor independiente. En ausencia de grandes
y generalizadas movilizaciones por toda Europa, el movimiento obrero no
pudo utilizar a su favor las crecientes divisiones entre las potencias
imperialistas, tras el fracaso del plan inicial que apostaba por la capitulación
de Milosevic tras algunos días de bombardeos.
La responsabilidad esencial
de esta ausencia recae sobre las direcciones políticas y sindicales
del movimiento obrero que se negaron a movilizar.
La política nacionalista
reaccionaria, es decir, chovinista de Milosevic hacia los kosovares, que
llegó al extremo de utilizar métodos de "limpieza étnica",
fue un gran handicap a favor del imperialismo, que pudo así cubrir
su agresión con la cortina de humo "humanitaria".
El imperialismo pudo, mediante
la prensa y la TV, utilizar las dramáticas imágenes de los
cientos de miles de refugiados aterrorizados por Milosevic, para ganar
apoyo entre las masas de Europa, EE.UU. y el mundo para su campaña
de agresión.
La clase obrera quedó
atrapada en la confianza a sus direcciones tradicionales que en muchos
países integran o apoyan sus propios gobiernos. En efecto, los gobiernos
de la "tercera vía" -instalados en 13 de los 15 países de
la Unión Europea-, sustentados en los partidos socialdemócratas,
con el apoyo de la burocracia sindical y en algunos países como
en Francia por el Partido Comunista, fueron los campeones de la intervención
armada de la OTAN.
Al igual que la llamada Internacional
Socialista de Blair, Schröder y D' Alema, las variantes sobrevivientes
del estalinismo han demostrado una vez más su impotencia programática,
oscilando entre un barato paneslavismo y la veneración de la ONU
y olvidando cualquier vestigio de socialismo internacionalista.
Todo luchador o militante
serio tiene el deber de sacar una conclusión elemental: la lucha
antimperialista será bajo la dirección obrera, y por lo tanto
socialista, revolucionaria e internacionalista o no será.
O la clase obrera toma como
propia la causa de los pueblos que luchan por su autodeterminación
o los imperialistas impondrán sus "soluciones" contrarevolucionarias
no solo ahogando en sangre a pueblos enteros, sino haciendo cada vez más
difícil la tarea del proletariado de liberarse a sí mismo
y por esa vía, la de la revolución obrera y socialista, liberar
a toda la humanidad de la opresión, la explotación y las
guerras. |