Una tortuosa reflexión
transita desde la oscura fragua donde,
lentamente, se edifica el personaje, hasta la
ostensión de un
signo(1), vivo de seducciones, convincente y más
engañoso que cualquier otro signo. ¿Cómo se forma un personaje en mi cabeza,
qué tiene de mí (todo, dice Viki King(2), y tiene y no tiene razón) y cuánto
recibe del mundo que me rodea? No sé muy bien qué es el personaje cuando lo
invento, pero ya me seduce su corporeidad imaginaria. Es una persona en mí
cabeza -una persona imaginaria, claro está-. En la criba en que se funden sus materiales
primigenios, concurren, una razón que cree aprehenderlo y una intuición que se
sorprende de sus propios hallazgos. Pero no sé todavía qué es el personaje.
Cuando se crea un personaje,
se participa de una doble ingenuidad. Se cree inventar una persona y se le asignan
biografías, anatomías, fisiologías y psicologías. Pero a la vez, esa
construcción padece genéticamente de las restricciones de mi capricho y mi
necesidad, esa persona no es libre ni completa, sino que se recorta a la medida
de mis exigencias. No es una persona, en fin, es un personaje. Pero,
correlativamente, creo que la distorsión que moldea mi construcción, es casual
en un mundo posible, que el personaje "puede" ser así (¿por qué no?),
que, en el fondo, mi personaje es una persona.
Esto me permite hacer vivir
al personaje en mi imaginario (¿Acaso las otras personas no son también
personajes en mi cabeza -y, sobre todo, yo mismo, el mejor de ellos(3)?-). Cohabita
con mis fantasmas y por ende, comparte el estatus con que suelo investir mi
íntima realidad. Y sin embargo, el personaje sólo nace verdaderamente cuando lo
expulso de mi imaginación y lo transformo en signo fuera de mí. Esas palabras
que se conjugan de esta manera, que articulan un sentido que parece cobrar vida
propia y huir felizmente de mis manos son, por fin, mi personaje.
Este es el personaje del
escritor. Un cúmulo de palabras, una arquitectura lingüística que porta la
magia de repetir mis confusas empatías, mis angustias o, simplemente, mis
ignorancias. En el cine, largo será el tránsito hasta que otro concrete mi
sueño en gestos y movimientos, en colores, en un descubrimiento de su propio
rostro. Cada cual tiene un personaje en su cabeza y de él va naciendo uno que
no es el personaje de ninguno, sino otro producto insólito y distinto del
milagro de la significación.
De manera que, a través de
este proceso que va desde mi angustia hasta su construcción, no ha habido
ninguna persona que alimente al personaje. La existencia personal del personaje
no ha aparecido en ninguna parte, sino como reflejo de nosotros desde este
mundo donde hilamos palabras o somos actores o miramos los ojos de otro en
busca de las imágenes que creemos tener por dentro. El personaje ha nacido por
las personas y también sin ellas.
Esa es una visión. La otra,
es la del espectador, que mira en cualquier relato un recorte de una realidad
con la que se conecta a través del vehículo siempre demasiado cercano del
lenguaje. Si es de palabras, el personaje nace de una mediación que se figura
cierta por la gracia misma de la enunciación: decir, es remitirse a
una referencia que se supone existente en un mundo hecho posible por la misma
circunstancia de hacer sido nombrado -el escucha parece siempre originalmente
crédulo(4) -. Y si es personificado, como en el caso del cine (como lo han
estudiado Christian Metz y tantos otros) entonces el efecto de persona se
impone demoledoramente, opacando el signo.
La semiología ha intentado
diversificar la lectura del personaje, desnudarlo de su investidura de persona(5).
Ha querido ver en él, la confluencia de varios sistemas de signos (Kowzan(6)),
el nodo de una intrincada red semiótica, (Hamon, Sinisterra(7)) el centro de
una operación en la cual el texto se inscribe a modo de lugar geométrico
(Burgoyne(8)), y también, el resultado de la decantación de varias operaciones
lógicas, miméticas y figurativas (Greimas, Ubersfeld, Casetti(9)). De todo
esto, el personaje resulta descubierto en su esencia de efecto de lenguaje: la
persona-personaje, que es lo que vemos y creemos, es el resultado de este
rostro y este movimiento, de este sombrero que se coloca en el momento justo,
de este simulacro deliciosamente calculado que se desea aún más real que la
persona misma.
Así se crea y se perpetúa el
personaje: fantasma múltiple que circula de uno a otro imaginario y que
desplaza su ser de fantasía con un peso que ya envidiaríamos nosotros los
mortales. Por eso el personaje se eterniza frente a los ojos del hombre: porque
es como él, en lo mejor de su imaginación y desvanece, en la misma operación
que lo hace nacer, todo vestigio carnal que lo emparente con la precariedad
humana.
(1) Habría que hablar de un
fenómeno infinitamente más complejo, modos de producción de signos y todo lo
demás. Bástenos retener esa primera connotación de engaño codificado e
inaprensible que tiene el término signo, para situar nuestro discurso, más
amoroso que formal. Para apaciguar otras inquietudes puede leerse a Eco. (Tratado
de Semiótica General, Ed. Lumen. Barcelona, 1977.)
(2) Viki King: How
to write a Movie in 21 days. Harper & Row, New York, 1988. Un manual de penetración inusitada en el problema de la creación, a
pesar de lo deprimente que puede resultar el título.
(3) O, dicho de otra manera
más metafísica: ¿En nuestra imaginación ¿no nos relacionamos solamente sino con
personajes?
(4) La incredulidad viene
después, con la madurez y la experiencia. Es decir, con la desconfianza en el
lenguaje.
(5) Cómo analizar un film.
Ediciones Paidós, Buenos Aires, 1990).
(6) Kowzan, T. "El signo en el teatro". En
"El Teatro y su Crisis Actual". Monte Avila. Caracas, 1989.
(7) Hamon, "Pour un
statut sémiologique du personagge". En Littérature, 6.
Larousse. Paris, 1972; Sinisterra en "Teoría del Personaje". Alianza
Editorial S. A. Madrid, 1989. (Comp. Carlos Castilla del Pino).
(8) Burgoyne, Robert. "The interaction of text and semantic deep structure in the production of film characters". En "Iris" n° 7. 2° semestre 1986. Fontag Press, Limoges.
(9) Greimas, A. J. Semántica Estructural, Gredos,
Madrid, 1973; Ubersfeld, Anne. Semiótica Teatral. Ed. Cátedra. Madrid, 1989;
Casetti, Op. Cit.)