acerca de Oscar Muñoz tengo que decir que si bien su estilo no es uno de mis preferidos (alguna que otra mala palabra no requerida), igual respeto su trabajo y la posibilidad que nos brindó para compartir unas cuantas lineas acerca de los Ratones.
si estás ahí Oscar, gracias
- Eh, ustedes! Qué están haciendo ahí?! - retó una voz en tono de pregunta al par de dos flacos que, justamente en ese momento, enchastraban de pintura la inmaculada pared de una casita del barrio de Villa Devoto. Los sobresaltados "artistas" quedaron petrificados en el lugar, las brochas chorreando del pejagoso elemento. Todavía dudando en largar todo y subirse al autitio que esperaba con el motor encendido, el segundo reto - amenazadoramente más cercano - les llegó como un latigazo:
- Pendejos de mierda. ¡Así que eran ustedes!
El dinámico dúo sabía de los
motivos de la sorpresa y de la indignación. No era la primera
vez que cargaban brochas y balde en el vehículo y se mandaban
por ahí, a ensuciar paredones con los motivos de su delirio.
Los vecinos de Devoto y de Villa del
Parque ya estaban podridos y por qué, no, algo asustados. En esa
Argentina de mediados de los '80, todavía estaban frescas las imágenes
y vivencias de la decada anterior.
Pero para el par de atorrantes que no se decidía a emprender la retirada, aquello era historia pasada y ajena. Sus motivaciones no pasaban por los ideales políticos. Ellos sólo querían tocar rock and roll... Como no tenían un mango para bancar equipos, apelaron a la brocha como instrumento. Como no podían salir a tocar, porque les faltaban integrantes para completar el grupo, pintaban los muros con su nombre, haciéndose publicidad por anticipado...
Al toque, el par se mandó al
auto y salió echando putas por las calles de su propio barrio,
dejando atrás al caliente vecino, que sólo entonces se animó a
salir de las sombras protectoras. Puteando por lo bajo y por lo
alto, el tipo se acercó al paredón donde los chicos habían
dejado su marca y leyó, para sí mismo, la leyenda
que ya era una costumbre identificable con esos contornos porteños.
No era una hinchada de futbol ni un
partido político reconocido. Aparentaban ser un grupo de fanáticos
o de locos, aunque algunos vecinos arriesgaban en un susurro que
podía tratarse de un comando parapolicial. Hasta el sindicato de
canillitas - otros de los damnificados - se habían movilizado
pidiendo una solución al asunto.
En el interior del auto, cagados
y muertos de risa, los fugitivos discutían el futuro de la
movida. La próxima vez podían no tener tanta suerte. Había que
cortarla... Aunque su instinto de "fieras lunáticas"
los animba a seguir.
A lo mejor, no con las pintadas - lo
que ya se estaba poniendo un tanto pesuti, después de la
denuncia de los canillitas - pero sí con una "locura"
de hacer rock and roll. Urgente, había que copar batería y
viola rítmica, bien stone...
"¿Seguimos con esto o no?" -, le preguntó el muchacho con un aire a Mick Jagger que las sombras no podían ocultar, a su rubio acompañante.
La respuesta no llegó "soplando
en el viento". Fue un gesto, una señal o tal vez ni
siquiera. Era sencillamente "inevitable".
Cuadras y siglos atrás, el alterado devotense se paraba frente al motivo de su indignación, y el de toda la zona.
- Pendejos de mierda... - ratificó,
en el fondo aliviado por el desenlace del descubrimiento. - ¿Qué
quieren, qué buscan? - interrogó al vacío. Y seguramente,
volvió a leer la pintada:
RATONES PARANOICOS