A letra limpia - Número 5 - Junio de 2001


El Asesino
Saúl Mijares (noveno grado)

Vicente abrió los ojos muy lentamente, se puso boca arriba y movió un poco la cabeza hacia la izquierda para ver el reloj, eran las 9 de la mañana. Decidió que ya era hora de levantarse para estar listo a las 11 para llegar al trabajo a las 11 y media. Se dirigió con desdén al cuarto de baño y cerró la puerta. Se lavó bien la cara y se cepilló los dientes. Fue hasta la cocina para abrir la puerta de el gabinete en donde se encontraba el calentador, lo encendió, cerró la puerta y se dirigió a la sala de la televisión. Ya no había nadie en casa; su hermana se había ido al colegio y sus padres a trabajar, estaba sólo en casa, exceptuando por su perro Jocker, que era un pastor alemán negro y marrón claro, con el hocico grande y la nariz extremadamente húmeda, era un perro inmenso y muy fiel. Vicente se recostó en el sofá y encendió la televisión y el decodificador de Directv. Buscó en la guía de programación alguna cosa buena que estuvieran pasando, pero no había nada, sólo se quedó viendo los canales de video clips. Pasó media hora y viendo videos. Pasó media hora más y comió, pero seguía viendo videos. Y luego de estar una hora viendo video clips apagó por fin la televisión. Fue a su cuarto, abrió la puerta del closet, abrió una gaveta y sacó una muda de ropa interior y se metió al baño.

Luego de la ducha fue a su cuarto se colocó las medias, el pantalón, los zapatos y la camisa y la gorra de su trabajo, Burger King. Agarró las llaves de la casa, de su auto y de la puerta del estacionamiento, le dio unas palamaditas en la cabeza a Jocker y éste respondió con un buen meneo de cola.

Al terminar de trabajar varios de sus amigos, con los que trabajaba en Burger King, lo invitaron a una fiesta en las mercedes, Vicente no se negó se puso la camisa que llevaba en su bolso y se fue con ellos.

Vicente se despertó alterado, se sentó rápidamente en la cama, estaba en su casa, no recordaba nada de lo que había hecho la noche anterior, sólo le venían imágenes de sus amigos en una gran discoteca. Se paró y se dirigió al baño, se lavó la cara y los dientes. Volvió a entrar en su cuarto y vio el reloj que se encontraba en su mesa de noche, eran las 15 para las 12, Vicente se asombró, ya no valía la pena ir al trabajo a esa hora, era mejor llamar diciendo que se sentía mal que perder el dinero de ese día. Después de llamar al trabajo, se dirigió a la cocina para prepararse el desayuno. Después de comer bien se recostó en el mueble de la sala de la televisión intentando recordar que era lo que había sucedido la noche anterior en la fiesta. De repente como si le hubiesen echado un empujón recordó todo, se vio a él mismo bebiendo, bailando y disfrutando con sus amigos. Recordó como era todo, el lugar, la bebida, con quien estaba, todo, pero cuando recordó algo más de lo que había hecho se quedó paralizado. Recordó que algunos amigos y él estaban planeando hacerle una broma a un amigo que no estaba con ellos, pero que habían visto. La broma era asustarlo con un cuchillo de juguete que se veía bastante real, pero Vicente había hecho algo terrible, en un descuido de sus amigos tomó el cuchillo de mentira y lo cambió por uno de verdad. Ahí el había dicho que se retiraba de la broma y que se iría dentro de un rato, se había hecho el inocente. Se quedó con las muchachas y vio como el muchacho que tenía el cuchillo se lo clavaba por la espalda al otro. Vicente había sentido que en el rostro se le había dibujado una sonrisa de malicia. A sus compañeros los arrestaron y estaba completamente libre de culpa.

En ese momento Vicente regresó a la vida real y salió de sus pensamientos. Comenzó a reírse de la forma mas maligna que existe, luego se calmó y se dio cuenta que la noche anterior había sido, un asesino.


La Venganza de un Alma
Elyka Abello (noveno grado)

Una calurosa tarde de verano, Andrés se sentía muy aburrido y vio la necesidad de hacer algo inusual, algo arriesgado, algo verdaderamente divertido. Al principio pensó en algo inofensivo, pero luego quiso hacer algo más significativo. Estaba en medio de esta profunda meditación cuando fue interrumpido por Matilda, una joven tonta a quien odiaba Andrés porque lo fastidiaba mucho. Pero, pobre Matilda, ella lo fastidiaba porque estaba enamorada.

En seguida le vino la idea de matar a Matilda, y pensó: “Sería divertidísimo, es arriesgado y me libraría de un fastidio”. Así que la invitó a pasar a su cocina.

Los padres no estaban, casi todo el pueblo estaba de vacaciones, las persianas de la cocina estaban cerradas, el cuchillo resplandecía en el sitio donde se seca, y la horrible risa de Matilda estaba acabando con su paciencia. Todo era perfecto, solo había un problema: Matilda gritaría. Pero Andrés era astuto y eso no detuvo su plan, pensó que si la besaba mientras le clavaba el cuchillo no gritaría. Así que puso su plan en práctica, dio tres pasos hacia el resplandor del cuchillo, subió rápidamente la mano, lo agarró con mucha fuerza, lo escondió detrás de su espalda, se acercó a Matilda y la comenzó a besar. Matilda se emocionó toda y pensaba: “Por fin mi amor se ha decidido a aceptarme y amarme”. Fue el momento más feliz de su vida, lástima que fuera el último. Mientras tanto Andrés, con escalofríos de pies a cabeza, pensaba: “Qué asco, lo que hay que hacer hoy en día para matar a alguien, debo terminar con esto”, y rápidamente movió la mano con el cuchillo y lo clavó 17 veces en su espalda. “Bueno, al menos murió feliz”, pensó cuando el cuerpo cayó al piso.

Pasaron los años, Andrés ya se había graduado y olvidado de eso. Era el día en que regresaba al pueblo luego de haber estado tantos años afuera.

Llegó, apagó el carro, abrió la puerta, se bajó y saludó a sus padres. De repente, una clara imagen de Matilda acuchillada apareció en lugar de su madre, a quien estaba abrazando en ese momento. En seguida sintió escalofríos y la soltó. La imagen de su madre volvió a su cabeza rápidamente, así que prefirió dejarlo así y olvidarse de esa “pequeña trampa que le había jugado la memoria”, como la llamó él.

Rápidamente, casi sin darse cuenta, pasó un mes. Fue un mes común, muy rutinario y bastante tranquilo. Todos los días se levantaba temprano, se bañaba, desayunaba, agarraba sus cosas y se iba al trabajo, donde se quedaba hasta las 9:00 de la noche.

Ese día, casualmente justo al mes de haber llegado, su rutina sufrió un leve cambio. Estaba en el estacionamiento de su oficina en busca de su carro. Metió su mano en el bolsillo, sacó las llaves del carro, apagó la alarma y abrió la puerta. Se sentó, prendió el carro, vio por el retrovisor y su corazón dejó de latir por un segundo. Bajó la mirada y vio otra vez por el retrovisor. Ya no estaba aquella horrible figura fantasmagórica de Matilda acuchillada en el asiento trasero. Había desaparecido.

Así pasó una semana, sin nada fuera de lo normal, pero desde ese día cada vez que Andrés bajaba al sótano, lo hacía muy asustado, y siempre se buscaba a alguien que lo acompañara. Exactamente ese día se cumplía una semana de la aparición de Matilda, y por casualidades de la vida nadie lo acompañó a bajar al sótano. Muy asustado, recorrió el camino del trabajo a su casa, pero no paso nada.

En su casa lo primero que hizo fue entrar a la cocina a tomar un vaso de agua. Estiró la mano para recoger el vaso que se estaba secando, pero se detuvo, la recogió, se paralizó y luego gritó fuertemente. Su mamá llegó corriendo escandalizada y le preguntó:

– Hijo, ¿qué pasó?

– Estaba ahí, mamá, la vi en el reflejo de ese cuchillo que se está secando al lado del vaso. Sí, estaba ahí –le respondió Andrés paralizado.

– ¿Quién? Hijo, dime, ¿quién?

– Nadie, nadie. Solo olvídalo, mamá.

Su madre se quedó ahí, pensando. Había notado que su hijo actuaba extraño desde hacía ya una semana, pero no se le ocurría nada que pudiera estar perturbando su mente, así que pensó seriamente en mandarlo a un psicólogo.

Esa noche Andrés se fue a dormir, muy preocupado y con la horrible imagen de Matilda en su cabeza. Soñó, soñó, y soñó tan profundo que a la mañana siguiente no pudo levantarse para ir al trabajo. Soñó que estaba encerrado en un cuarto oscuro, en donde solo se oía el tic tac de un reloj que no se veía; soñó que de pronto un rayo de luz penetró, rebotando con algo filudo y plateado, cegándolo por el resplandor; soñó que Matilda estaba ahí, con el cuchillo agarrado, y que ésta corrió hacia él, gritando y clavándole 17 cuchilladas, una por una, con cada campanada del reloj; gritó y se despertó.

Al abrir los ojos miró a su alrededor, no logró ver nada, todo estaba oscuro, tan oscuro como en su sueño. Llevó sus manos a la cara y se frotó los ojos, pero todo seguía igual de oscuro, lo único que esperaba era que no entrara ningún rayo de luz incandescente, pero un leve viento movió la cortina medio centímetro, y el rayo de luz entró. En eso un tuc, tuc, tuc, comenzó a sonar, pero no era un reloj, eran los latidos de su corazón. El penetrante rayo de luz rebotó rápidamente de algo, de lo que se notaba claramente su color plateado y su filo. El rayo de luz cegó a Andrés, y cuando recuperó la vista vio que estaba ahí, parada, tal como la última vez que la había visto, solo que con una sonrisa macabra. En seguida corrió hacia él y le clavó 17 cuchilladas, al ritmo de los latidos de su corazón.

En la tarde su mamá pasó frente de la puerta del cuarto de Andrés y la vio cerrada. Le pareció extraño, así que se acercó y vio una nota. La leyó y decía lo siguiente:

“En una calurosa tarde de verano, me encontraba aburrido. Matilda se acercó a mi casa y me pareció divertido matarla mientras la besaba. Enterré el cuerpo en el jardín trasero de la casa para que la policía no me atrapara.

Pude escapar de la policía, pero no del alma de Matilda.”


La Visita
Franz Silva y Juan Sebastián Ibarra (séptimo grado)

Aquel día me encontraba en mi casa viendo la televisión, cuando de repente alguien empieza a tocar la puerta muy fuerte. Yo abrí la puerta ya que por la forma de tocar podía ser una emergencia; al abrir vi a una persona que jamás había visto y le pregunté: “¿Quién eres tú?” Sin embargo, no respondió y lo único que dijo fue: “Déjame entrar, me están persiguiendo”. Yo dejé que pasara y le di algo de agua. La mandé a que se sentara. Me dio las gracias y me dijo: “Unos ladrones me están buscando y me quieren matar porque yo no me dejé robar por ellos”.

Más tarde, a las ocho de la noche, me preguntó si podía quedarse a dormir esa noche en mi casa. Yo pensé que debía dejar que se quedara porque los ladrones podían estar investigando su nombre, dirección y cosas como esas. A las nueve le di las buenas noches y me fui a acostar.

Escuché un ruido muy extraño. Me desperté y al abrir los ojos vi que esa persona me clavaba un cuchillo en el pecho, y fue ahí, cuando me estaba muriendo, que me di cuenta de que cometí un gran error y que debí pensarlo dos veces antes de abrirle la puerta a Adriana, porque tomar esa decisión me estaba costando la vida.


Los estudiantes de Apune

Cristóbal Matheus (séptimo grado)

Estaba bostezando sentado en la mesa del patio de Apune, a las afueras de la oficina. Esta mesa agrietada y sucia estaba llena de flores caídas de los árboles que la techaban. Nicanor, el jardinero de la escuela, se encontraba regando. Fue ahí cuando se me ocurrió hacer el cuento de castellano en vez de dar la excusa de que ya lo había entregado. Entonces saco la carpeta y comienzo a escribir. Carlos me pasa al lado y le doy los buenos días, converso con él y a la vez encamino mi cuento. Cuando se va Carlos termino el cuento y me libero del problema. Guardo mis cosas, suena la campana y subo a mi salón.


El Rabipelado

Gabriel Landaeta (noveno grado)

Una vez iba por una esquina de San Borromeo, un pequeño rabipelado verde oliva con unos puntos color crema brillante en la cara. Su hocico estaba torcido y su cola era como de setenta centímetros. Era bien feo, pero a él no le importaba y seguía con su vida muy despreocupado, no como antes. Hace años él vivía con una eterna depresión y preocupación por su alto grado de fealdad, y temía que todos se burlaran de él, pero aprendió a vivir con eso y a aceptarlo.

Bueno, el caso es que caminando por ahí se encontró con Milanea, la perra del negro. Se saludaron muy cariñosamente. Fue muy diferente a hacía mucho tiempo, cuando se odiaban. En esa época, prácticamente, cada mirada que se daban era como quitarse un trozo de su cuerpo. Pero ya eso pasó, ya todo entre ellos está claro, son muy buenos amigos, hasta planearon una cena esa noche en casa de Milanea. Iban a comer raviolis con mondongo, cosa que a ellos excitaba mucho y ya lo sabían.

En la noche, el rabipelado fue a casa de Milanea , empezaron a comer, y a la vez empezaron a excitarse, se tocaban, se veían y en una de esas, blam, los dos empezaron una fúrica discusión, recordando por qué peleaban hacía años, porque en esa época había tenido una escena igualita, justo cuando venía el sexo. Gritaron, pelearon, y casi se mataron. Sólo porque eran novios y Milanea no quería que el rabipelado fuera amigo del cachicamo Lawrren, porque había estado tratando de violarla, déjenme contarles esa historia. Un poco antes de que ellos fueran novios, el cachicamo quería empatarse con ella, pero sólo porque le había dicho que lo hacía bien, y ella no quería nada con él. Entonces él se picó, la secuestró y la llevó a su casa, le quitó la ropa a la fuerza, se puso un condón porque era alguien decente y le gustaba ser precavido, justo cuando se lo iba a meter, salió de la nada un policía con un machete yyyy...

Entonces en casa de Milanea, se mataron a golpes los dos y nunca se pudieron ni despedir y tampoco tuvieron sexo.