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Movimiento Anfictiónico Juarista Bolivariano

POR LA SOBERANIA Y LA UNIDAD DE LOS PUEBLOS
DE AMERICA LATINA Y EL CARIBE

El neoliberalismo y la globalización; su impacto en la vida económica, política, social, ambiental, educativa, cultural, científica y tecnológica de nuestros pueblos

 

Por Humberto Pliego Arenas

 

EL HABLAR de la vida y el desarrollo de cualquier país latinoamericano, nos lleva obligadamente a referirnos al imperialismo especialmente norteamericano, que históricamente ha tratado de extender, ampliar y fortalecer su expansión y el control sobre nuestras naciones, por vías muy diferentes y complementarias unas y otras: en el terreno social, en el ámbito de la cultura y en el terreno militar.

Por ello, vale la pena recordar aunque sea a grandes rasgos parte del proceso del desarrollo y expansión de Estados Unidos en América Latina,

El 4 de julio de 1776, la Convención Constitucional de Estados Unidos aprobó la Declaración de la Independencia, que entre otras cuestiones, afirmó el derecho natural de cada pueblo a decidir su propio destino y proclamó el máximo de libertades democrático-burguesas. Este documento fue producto de la guerra revolucionaria que se libró contra el feudalismo y por la independencia de las colonias norteamericanas. La revolución "aseguró" la independencia nacional a las colonias norteamericanas y preparó el terreno para el desarrollo del capitalismo en Estados Unidos.

Pero muy poco tiempo después del triunfo de la revolución, se puso de manifiesto la contradicción existente entre los magnos ideales, que tenía como fachada el Estado democrático recién nacido y la fisonomía auténtica de la burguesía vencedora, al mostrarse los rasgos más antihumanos en el proceso de exterminio de los indios y el sometimiento y explotación de los esclavos negros.

El propio carácter burgués de la revolución norteamericana predeterminó el curso ulterior de la historia de Estados Unidos. La creciente burguesía fue la que disfrutó de los resultados de la guerra revolucionaria. Como cualquier otro Estado de la revolución burguesa triunfante, Estados Unidos fue evolucionando por la vía de violencia y expansión. El capitalismo se desarrolló como dijera Marx "de una forma más cínica" que cualquier otro país. Es innato al capitalismo la aspiración a conquistar y saquear a otros países, a la expansión.

Algunas premisas del expansionismo continental de Estados Unidos habían sido sentadas ya, por las guerras contra los indios, el afán y el intento de la burguesía del Norte de Estados Unidos de apoderarse de Canadá y las exigencias de los plantadores del Sur de ampliar el territorio del joven Estado a cuestas de sus vecinos del sur.

Precisamente la expansión territorial al sur empezó por Louisiana, cuando en 1803, valiéndose de las guerras napoleónicas en Europa, Estados Unidos compró por una insignificancia a Francia esas tierras extensas y fértiles y en 1811 se apoderó como "apéndice" de Louisiana, de la mitad de Florida, perteneciente a la sazón a España.

Unos años más tarde, John Q. Adams, secretario de Estado y posteriormente Presidente de Estados Unidos, tratando de justificar las adquisiciones anteriores y futuras de territorios limítrofes de Estados Unidos, declaró sin rodeos: "El mundo tiene que acostumbrarse a la idea de que el continente norteamericano es nuestro dominio".

En 1823, en el mensaje del presidente Monroe al Congreso de Estados Unidos, se exponía ya de manera inequívoca la pretensión de desempeñar el papel hegemónico en todo el Hemisferio Occidental, incluyendo América Central y del Sur.

La burguesía estadounidense hizo ver de modo patente el auténtico sentido de la doctrina Monroe a menos de dos años de su proclamación, al desembarcar en 1825 sus tropas en Puerto Rico. Este acto agresivo constituyó el punto de arranque de la expansión de Estados Unidos en América Latina.

Cuando en 1826, al culminar las luchas por la independencia política, respecto del colonialismo español, jóvenes y debilitados Estados latinoamericanos se vieron frente a frente con un pirata ávido y fuerte ya: Estados Unidos de Norteamérica. De ahí la concepción de Bolívar de una Confederación de Estados latinoamericanos.

Los siguientes más de 170 años de historia de las relaciones interamericanas, son en el fondo una enumeración de actos cada vez más frecuentes de expansiones territoriales, agresiones militares y penetración económica e ideológica, que cobró una envergadura particularmente amplia, al empezar la época del imperialismo.

La concepción del "destino manifiesto", sirvió de fundamentación ideológica del expansionismo estadounidense. Dicha concepción proclamó el "derecho natural" de los norteamericanos de ampliar su territorio. Precisamente guiándose por esta citada concepción, Estados Unidos llevó a cabo la cínica agresión contra México, calificada como una de las más "bandidescas guerras" de la historia, que iba a terminar con la abominable y criminal mutilación territorial de nuestro país.

En la fórmula del "destino manifiesto" figuraba la tesis de que los estadounidenses eran una "raza superior", señalada por la "providencia" misma para determinar las vías de desarrollo de otros países y gobernar a otros pueblos. El predicador de esta idea, Josiah Strong, lo proclamó precisamente en 1885 en los siguientes términos... "los anglosajones se convertirán en la raza que engendrará rasgos particularmente agresivos con el propósito de imponer sus instituciones a toda la humanidad, de extender su dominio a todo el globo terrestre. Si predico con acierto -afirmó-, esta poderosa raza se extenderá a México, a Centro y Sudamérica, a las islas del Océano, a Africa y a otros lugares... El destino de dicha raza es expulsar a las razas débiles, asimilar a otras y transformar el resto hasta que toda la humanidad sea anglo-sajonizada".

Como vemos, el apologista franco de la "raza superior" norteamericana indica como objeto inicial de expansión "a México, a Centro y Sudamérica".

Afanosos por establecer su dominio sobre los países latinoamericanos, los sectores gobernantes de Estados Unidos recurrían y recurren a la propaganda demagógica de la idea de la comunidad geográfica, cultural e histórica de todos los países americanos, de la comunidad de sus intereses en perspectiva histórica. Partiendo de ello, se lanzó la consigna de "solidarizar continental", en la que el papel dirigente pertenecía a Estados Unidos. Esta orientación de la política interamericana de Estados Unidos recibió el nombre de "panamericanismo" y se manifestó pro primera vez en la I Conferencia Panamericana, celebrada en 1889 en Washington.

En realidad, la "Doctrina Monroe" y las ideas del "panamericanismo" poseen una orientación común consistente en que los Estados Unidos tienen que mantener la hegemonía en todo el Continente Americano.

Pero la doctrina "Monroe" no revelaba las vías concretas para llevar a cabo los propósitos trazados, mientras que la concepción del panamericanismo -nacida para oponerla a la concepción Bolivariana de la Confederación latinoamericana- contenía ya un determinado método político orientado a materializar la hegemonía continental. Se trataba de crear una "comunidad" panamericana, una "unidad" o "alianza" en la que los Estados Unidos cumplieran el papel de líder. En nuestro tiempo expresa su intervención a través de la Iniciativa de las Américas que incluye el Tratado Continental de Libre Comercio.

La transición al imperialismo aumentó los apetitos de la burguesía estadounidense. Respectivamente, se modificó la concepción cómoda, adquiriendo un contenido aún más agresivo. El notable historiador estadounidense de las relaciones internacionales S. Bemis calificó de "Nuevo Destino Manifiesto" a esta concepción modernizada con el objeto de ajustarla a las demandas acrecidas del capitalismo norteamericano.

A fines del siglo XIX, cuando Estados Unidos se preparaba para la lucha por un nuevo reparto del mundo se intensifica la influencia ejercida sobre la política exterior del país por el aparato burocrático-militar. Los sectores gobernantes empezaron a prestar sostenida atención a los teóricos militares que indicaban los métodos concretos de expansión y demostraban la necesidad de utilizar ampliamente la fuerza militar como factor decisivo de política exterior.

Importantísimo teórico militar fue A. T. Mahan, capitán de la marina de guerra de los Estados Unidos, cuyas concepciones estratégicas militares siguen siendo hasta la fecha una notable influencia en las doctrinas del Pentágono. La principal obra de Mahan (La influencia de la fuerza naval en la historia 1660-1783), aparecida en 1890, ha sido reeditada más de treinta veces.

Partiendo de las tesis de que la base del poderío de todo Estado marítimo era una fuerte marina de guerra, la existencia de una red de bases navales y la dominación sobre las vías oceánicas, Mahan llama a Estados Unidos a apoderarse ante todo de la cuenca del Caribe. "Es indudable -decía- que la clave estratégica para el domino de los dos grandes océanos -el Atlántico y el Pacífico- y de nuestras propias fronteras marítimas, se encuentra en el Mar Caribe". Por tanto, estimaba que la premisa más importante para que Estados Unidos lograra dominar sobre el Continente era la conquista de toda la cuenca del Caribe. Afirmaba categóricamente que "Estados Unidos tendrá que instalar bases navales en el Caribe, que puedan servir de cabeza de playa para operaciones bélicas. Con los adecuados preparativos militares, Estados Unidos logrará la hegemonía -decía- en esta región que deriva, con toda precisión matemática, de la situación geográfica y de su fuerza.

Un amplio programa de expansión territorial con una enérgica, política colonial, expuesto en las obras de Mahan, reflejó con suficiente plenitud el criterio que había formulado ya la burguesía estadounidense que le era contemporánea, criterio que consistía en considerar a los países del Caribe como objeto inmediato de intervención político-militar, que en el futuro se convertiría en plaza de armas para extiende su influencia a los países ubicados al sur del Río Bravo.

Secundando al capitán Mahan y refiriéndose a las Repúblicas de América Central y del Caribe, el senador Henry C. Lodge proclamó en 1895: "Los países pequeños son ya un anacronismo y, por lo tanto, no tienen porvenir... Las grandes naciones asimilan rápidamente todos los lugares vacíos de la Tierra, aprovechándolos para los objetivos de defensa para materializar la expansión económica y política a los países pequeños. Este movimiento contribuye a la civilización y al progreso de la raza.

Y Estados Unidos, siendo una gran potencia, no debe apartarse de esta línea". Y Estados Unidos fiel a esa lógica no se ha apartado de esa línea. El hecho de que como resultado de la guerra de 1898 Cuba y Puerto Rico fueron arrebatados en efecto a la España económicamente débil, no venía determinado sólo ni tanto por ser estas islas fuentes valiosas de materia prima y mercados de venta. La proximidad de Cuba y Puerto Rico al litoral continental y la existencia allí de bases navales, crean las condiciones propicias para ampliar la expansión de Estados Unidos en América Latina.

La importancia estratégica militar de estas islas creció en enorme medida después de la construcción del Canal de Panamá, que quedó bajo control absoluto de Estados Unidos, y que se convirtió "en el factor principal de la defensa marítima de Estados Unidos".

En los primeros años posteriores a la guerra hispanoamericana, la concepción del significado estratégico-militar de la cuenca del Caribe para Estados Unidos recibió ya el reconocimiento oficial de sus sectores gobernantes. En el período de 1901 a 1905, el presidente Theodore Roosevelt formuló una "adición" a la doctrina Monroe, pues el imperialismo norteamericano cada vez más fuerte exigía especificarla para hacerla más dinámica y agresiva.

El sentido de esa "adición" se reducía a la necesidad de la intervención de Estados Unidos en los asuntos de los países latinoamericanos en calidad de fuerza policiaca internacional". Con ello T. Roosevelt inauguraba una nueva época en las relaciones interamericanas, en la que Estados Unidos se comportaba ya sin ninguna ceremonia con los vecinos latinoamericanos.

T. Roosevelt profesó la doctrina agresiva de Mahan. En su período de administración empezó precisamente el aumento interno del poderío naval de Estados Unidos. La posición del imperialismo estadounidense, expresaba en la llamada doctrina de T. Roosevelt, la "política" del gran garrote", consistía en que no era suficiente fundamentar en la teoría la necesidad del dominio en la cuenca del Caribe, hacía que respaldarlo con acciones cuyo éxito debía ser asegurado por la fuerza militar.

Estados Unidos empleó pro primera vez dicha política en 1902, cuando Inglaterra, Alemania e Italia emprendieron un bloqueo marítimo en Venezuela, utilizando la fuerza en aras de satisfacer sus propias pretensiones económico-financieras. Estados Unidos, que también tenía intereses económicos en Venezuela, tuvo una actitud amenazante hacia las potencias europeas, afianzando su propio derecho exclusivo de intervenir en los asuntos de una república latinoamericana soberana.

En los años posteriores, Estados Unidos no perdía la ocasión de hacer ver su poderío naval. Para confirmarlo, emprendió en las aguas del Caribe una demostración naval muy importante, dando a entender sin equívocos que consideraba la cuenca del Caribe zona de su influencia ilimitada. Así en 1907-08, la flota atlántica estadounidense (dieciséis acorazados modernos con una tripulación de quince mil hombres) realizó una travesía alrededor del continente sudamericano, haciendo escalas en importantes puertos.

La primera contienda mundial favoreció la expansión de Estados Unidos en América Latina y se esbozó una tendencia nueva tratando de contrarrestar la lucha de los pueblos latinoamericanos por su plena independencia, Estados Unidos, empezó a recurrir, además de la intervención militar manifiesta, a una forma solapada de injerencia militar, a la denominada "asistencia militar" a las fuerzas reaccionarias y antipopulares.

Un ejemplo de ello es la derrota del movimiento revolucionario de Augusto Sandino, que se desplegó en los años 1927 a 1934 en Nicaragua. En su aplastamiento tomaron parte muchos oficiales del cuerpo de "marines" de Estados Unidos que "asesoraban" a la guardia nacional de Nicaragua.

Los sectores gobernantes de Estados Unidos pusieron todo su empeño en utilizar también la Segunda Guerra Mundial en aras de ampliar y consolidar las posiciones del imperialismo en América Latina.

Ya en vísperas de la guerra, el plan estratégico del Estado Mayor General de Estados Unidos formulaba la principal tarea en caso de comienzo de hostilidades, en los siguientes términos: impedir la infracción del cumplimiento al pie de la letra de la "doctrina Monroe" por medio de la defensa de todo el territorio y de los gobiernos del Hemisferio Occidental de una eventual agresión exterior, protegiendo simultáneamente a Estados Unidos, sus posesiones y comunicaciones marítimas.

En otras palabras, guardando en la memoria las enseñanzas de la primera contienda mundial, las esferas gobernantes de Estados Unidos se preparaban para aplicar la estrategia de esperar, proponiéndose volver a valerse de la participación de las potencias europeas en la guerra y su extenuación mutua para extender y reforzar su propio control del Hemisferio Occidental so pretexto de organizar su defensa. En perspectiva esto debía asegurar el dominio ilimitado de Estados Unidos sobre los países latinoamericanos.

En 1938 en un informe del ministerio de guerra se proponía sin ambages "utilizar al máximo el potencial militar de América Latina y la instalación de bases navales y aéreas para asegurar la estabilidad política en esta región del mundo, crear un clima favorable a los objetivos de los Estados Unidos y controlar toda la libertad de acceso a las fuentes de materias primas estratégicas".

En efecto, la Segunda Guerra Mundial hizo un gran servicio a Estados Unidos en cuanto a afianzarse en América Latina y ampliar allí su influencia económica, política y militar. Pero a partir de mediados de los años 50 se intensifica el movimiento libertador de los pueblos latinoamericanos, esta vez respecto del imperialismo norteamericano, por el fortalecimiento de la soberanía nacional, la independencia económica y profundas transformaciones sociales.

La Revolución Cubana causó pavor y los sectores gobernantes estadounidenses se lanzaron a una búsqueda de nuevas tácticas y nuevos métodos de expansión en América Latina.

La principal forma de la política del imperialismo en Latinoamérica pasó a ser el neocolonialismo, que constituye un conjunto de medidas políticas, económicas y militares, elaboradas por las esferas gobernantes de Estados Unidos encaminadas a preservar y ampliar el control sobre los países soberanos, pero débiles en el aspecto económico.

La nueva política de los Estados Unidos se materializó ante todo en el Programa de Alianza para el Progreso, una de cuyas tareas, principales era debilitar la influencia de la Revolución Cubana sobre las masas trabajadoras de América Latina.

Las relaciones interamericanas han experimentado cambios profundos, pero ello no significa que el imperialismo estadounidense reduzca su múltiple intervención en América Latina. En los últimos años, tratando de conservar y ampliar su presencia en América Latina, la diplomacia estadounidense generó constantemente nuevas fórmulas de "cooperación", que ante todo persiguen el objetivo de escindir todo proceso unitario y antiimperialista continental. Así, se esgrimió la concepción de la "nueva coparticipación". Se proclamó que se emprendía la política de "coparticipación madura en las dos Américas", que suponía el "enfoque individual" de cada país. Después se promovió la concepción de la "buena coparticipación" o del "nuevo diálogo", que posteriormente se denominó "nuevo trato".*

Cualquiera que sea la fórmula adoptada, atrás de ella está la lógica de la "doctrina Monroe" y la tesis del "destino manifiesto", las concepciones de la política pragmáticas de provocación y aventurerismo que lleva hasta las acciones bélicas de invasión y violación de los territorios de América Latina.

Desde hace unos veinte años los países de América Latina enfrentan una situación cada vez más compleja y difícil, el expansionismo del capital financiero internacional que lleva implícito el hegemonismo de las grandes potencias imperialistas, pone en grave riesgo la soberanía, la autodeterminación y la identidad cultural de los pueblos latinoamericanos.

Los Estados Unidos de Norteamérica, sin el contrapeso de otro polo militar, económico y político, considera que tiene el campo libre para atraer bajo su férula a todos los países del Continente, especialmente a México, a quien ha pretendido dominar desde hace más de 150 años en diversos sucesos que registra la historia.

El régimen de la Casa Blanca considera que es un momento oportuno para extender y profundizar su dominio en Latinoamérica entre otras vías, con la aplicación de las cláusulas del ya inminente Tratado Continental de Libre Comercio, cláusulas que ya aplica sobre México.

Se ha iniciado el siglo XXI y el sistema capitalista mantiene sus rasgos fundamentales: en nada ha variado la naturaleza anárquica del mercado que impone sus leyes mediante crisis económicas y depredación de los recursos naturales y humanos; la sed de ganancia a través de una mayor explotación del trabajo asalariado sigue siendo su objetivo central; su política neocolonial, sobre todo la del capital financiero internacional ha llego a pervertir las más elementales normas de convivencia humana para someter al margen del Derecho Internacional a los países del tercer mundo o emergentes. Hoy más que nunca el imperialismo usa el poder económico, político y militar como instrumentos de agresión sistemática y organizada; las grandes corporaciones internacionales han controlado a los Estados más débiles y han sometido, invadido, desaparecido y creado naciones y gobiernos a su antojo.

Ahora son los fenómenos del neoliberalismo, la integración económica y el proceso de globalización los que agudizan la explotación de los trabajadores y en consecuencia la concentración de la riqueza y del ingreso, la difusión de la pobreza y la miseria crecientes. Todo ello, provoca un mayor descontento, el cual agudiza el enfrentamiento entre las clases sociales.

Con verdadero cinismo el imperialismo norteamericano ha presionado y maniobrado para que en Latinoamérica se integren gobiernos formalmente democráticos que aplican de manera sumisa las decisiones imperialistas y sus nuevas estrategias de dominación y saqueo y llegan incluso a defenderlas apasionadamente.

Así, junto al fortalecimiento de los Estados imperialistas se verifica un proceso de debilitamiento y desnacionalización de los Estados Latinoamericanos, lo cual se expresa en total subordinación al Estado norteamericano, incluso en los asuntos más elementales.

El neoliberalismo, la integración económica y la globalización dependientes del imperialismo, como política económica y como ideología tienden al debilitamiento de los Estados Latinoamericanos, son sinónimo de riesgo para las soberanías de los Estados, de riesgo para su integridad territorial y para sus capacidades de supervivencia, por el afán de ganancias rápidas se violan lo mismo las leyes del control ambiental, las leyes sindicales, el control de las inversiones y todos los mecanismos que las sociedades nacionales han organizado para defender ciertos equilibrios ecológicos, económicos y sociales.

El neoliberalismo y la globalización causan impacto también en la educación al pretender deformar y limitar la enseñanza de las ciencias y de la historia, para destruir la conciencia patriótica. Causan impacto en el desarrollo independiente al intentar destruir el derecho de fijar el rumbo en su desarrollo económico, político y social. Causan impacto en el aspecto cultural al propiciar planes concretos para ahogar en falsas expresiones de cultura exterior, la esencia cultural propia, la identidad nacional.

Por ejemplo, al aceptar las normas del Fondo Monetario Internacional, del Banco Mundial y del Tratado de Libre Comercio, el Estado mexicano ha renunciado a su esencia y ha firmado su acta de defunción. En México ya no se puede hablar de la fortaleza económica del Estado.

Al llegar al poder la camarilla neoliberal proimperialista despojó al Estado mexicano de funciones patrióticas y populares, dejó de lado la soberanía, territorio, desarrollo independiente y respeto a los derechos de los trabajadores, con lo que cambió su carácter e inició su proceso de desintegración, desmanteló y vendió a bajo precio las empresas estatales que obstaculizaban la penetración del imperialismo y coadyuvaban a elevar el nivel de vida de los mexicanos. El Estado fue despojado de los bancos, ferrocarriles, empresas mineras y siderúrgicas, de aviación, teléfonos, petroquímicas y se pretende despojarlo de los organismos descentralizados del petróleo y la electricidad.

Por ello, si el imperialismo y sus instrumentos económicos, políticos y militares hacen todo lo posible para debilitar y dominar a los Estados Latinoamericanos, es importante la defensa de esos Estados nacionales, sobre todo cuando se trata de convertirlos en un valladar de resistencia a la globalización neoliberal.

"La Integración Latinoamericana debe de ser un proyecto político de largo alcance, con elementos de un Programa común consecuente, asumido tanto por los gobiernos como por los pueblos de América Latina y el Caribe.

Para ello, nada mejor que buscar inspiración en la obra de dos constructores de América Latina: Benito Juárez y Simón Bolívar.

1806-1872 Juárez, que defendió con patriotismo ejemplar la independencia, 21 de marzo la soberanía y la integridad de la nación hasta derrotar a los conmemoramos invasores franceses, que entregó a la nación y a los pueblos del su natalicio mundo los principios de una política exterior justa: el respeto a la autodeterminación de los pueblos y la no intervención.

   
 
 

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