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EL
HABLAR
de la vida y el desarrollo de cualquier país latinoamericano, nos
lleva obligadamente a referirnos al imperialismo especialmente norteamericano,
que históricamente ha tratado de extender, ampliar y fortalecer
su expansión y el control sobre nuestras naciones, por vías muy
diferentes y complementarias unas y otras: en el terreno social,
en el ámbito de la cultura y en el terreno militar.
Por
ello, vale la pena recordar aunque sea a grandes rasgos parte del
proceso del desarrollo y expansión de Estados Unidos en América
Latina,
El
4 de julio de 1776, la Convención Constitucional de Estados Unidos
aprobó la Declaración de la Independencia, que entre otras cuestiones,
afirmó el derecho natural de cada pueblo a decidir su propio destino
y proclamó el máximo de libertades democrático-burguesas. Este documento
fue producto de la guerra revolucionaria que se libró contra el
feudalismo y por la independencia de las colonias norteamericanas.
La revolución "aseguró" la independencia nacional a las colonias
norteamericanas y preparó el terreno para el desarrollo del capitalismo
en Estados Unidos.
Pero
muy poco tiempo después del triunfo de la revolución, se puso de
manifiesto la contradicción existente entre los magnos ideales,
que tenía como fachada el Estado democrático recién nacido y la
fisonomía auténtica de la burguesía vencedora, al mostrarse los
rasgos más antihumanos en el proceso de exterminio de los indios
y el sometimiento y explotación de los esclavos negros.
El
propio carácter burgués de la revolución norteamericana predeterminó
el curso ulterior de la historia de Estados Unidos. La creciente
burguesía fue la que disfrutó de los resultados de la guerra revolucionaria.
Como cualquier otro Estado de la revolución burguesa triunfante,
Estados Unidos fue evolucionando por la vía de violencia y expansión.
El capitalismo se desarrolló como dijera Marx "de una forma más
cínica" que cualquier otro país. Es innato al capitalismo la aspiración
a conquistar y saquear a otros países, a la expansión.
Algunas
premisas del expansionismo continental de Estados Unidos habían
sido sentadas ya, por las guerras contra los indios, el afán y el
intento de la burguesía del Norte de Estados Unidos de apoderarse
de Canadá y las exigencias de los plantadores del Sur de ampliar
el territorio del joven Estado a cuestas de sus vecinos del sur.
Precisamente
la expansión territorial al sur empezó por Louisiana, cuando en
1803, valiéndose de las guerras napoleónicas en Europa, Estados
Unidos compró por una insignificancia a Francia esas tierras extensas
y fértiles y en 1811 se apoderó como "apéndice" de Louisiana, de
la mitad de Florida, perteneciente a la sazón a España.
Unos
años más tarde, John Q. Adams, secretario de Estado y posteriormente
Presidente de Estados Unidos, tratando de justificar las adquisiciones
anteriores y futuras de territorios limítrofes de Estados Unidos,
declaró sin rodeos: "El mundo tiene que acostumbrarse a la idea
de que el continente norteamericano es nuestro dominio".
En
1823, en el mensaje del presidente Monroe al Congreso de Estados
Unidos, se exponía ya de manera inequívoca la pretensión de desempeñar
el papel hegemónico en todo el Hemisferio Occidental, incluyendo
América Central y del Sur.
La
burguesía estadounidense hizo ver de modo patente el auténtico sentido
de la doctrina Monroe a menos de dos años de su proclamación, al
desembarcar en 1825 sus tropas en Puerto Rico. Este acto agresivo
constituyó el punto de arranque de la expansión de Estados Unidos
en América Latina.
Cuando
en 1826, al culminar las luchas por la independencia política, respecto
del colonialismo español, jóvenes y debilitados Estados latinoamericanos
se vieron frente a frente con un pirata ávido y fuerte ya: Estados
Unidos de Norteamérica. De ahí la concepción de Bolívar de una Confederación
de Estados latinoamericanos.
Los
siguientes más de 170 años de historia de las relaciones interamericanas,
son en el fondo una enumeración de actos cada vez más frecuentes
de expansiones territoriales, agresiones militares y penetración
económica e ideológica, que cobró una envergadura particularmente
amplia, al empezar la época del imperialismo.
La
concepción del "destino manifiesto", sirvió de fundamentación ideológica
del expansionismo estadounidense. Dicha concepción proclamó el "derecho
natural" de los norteamericanos de ampliar su territorio. Precisamente
guiándose por esta citada concepción, Estados Unidos llevó a cabo
la cínica agresión contra México, calificada como una de las más
"bandidescas guerras" de la historia, que iba a terminar con la
abominable y criminal mutilación territorial de nuestro país.
En
la fórmula del "destino manifiesto" figuraba la tesis de que los
estadounidenses eran una "raza superior", señalada por la "providencia"
misma para determinar las vías de desarrollo de otros países y gobernar
a otros pueblos. El predicador de esta idea, Josiah Strong, lo proclamó
precisamente en 1885 en los siguientes términos... "los anglosajones
se convertirán en la raza que engendrará rasgos particularmente
agresivos con el propósito de imponer sus instituciones a toda la
humanidad, de extender su dominio a todo el globo terrestre. Si
predico con acierto -afirmó-, esta poderosa raza se extenderá a
México, a Centro y Sudamérica, a las islas del Océano, a Africa
y a otros lugares... El destino de dicha raza es expulsar a las
razas débiles, asimilar a otras y transformar el resto hasta que
toda la humanidad sea anglo-sajonizada".
Como
vemos, el apologista franco de la "raza superior" norteamericana
indica como objeto inicial de expansión "a México, a Centro y Sudamérica".
Afanosos
por establecer su dominio sobre los países latinoamericanos, los
sectores gobernantes de Estados Unidos recurrían y recurren a la
propaganda demagógica de la idea de la comunidad geográfica, cultural
e histórica de todos los países americanos, de la comunidad de sus
intereses en perspectiva histórica. Partiendo de ello, se lanzó
la consigna de "solidarizar continental", en la que el papel dirigente
pertenecía a Estados Unidos. Esta orientación de la política interamericana
de Estados Unidos recibió el nombre de "panamericanismo" y se manifestó
pro primera vez en la I Conferencia Panamericana, celebrada en 1889
en Washington.
En
realidad, la "Doctrina Monroe" y las ideas del "panamericanismo"
poseen una orientación común consistente en que los Estados Unidos
tienen que mantener la hegemonía en todo el Continente Americano.
Pero
la doctrina "Monroe" no revelaba las vías concretas para llevar
a cabo los propósitos trazados, mientras que la concepción del panamericanismo
-nacida para oponerla a la concepción Bolivariana de la Confederación
latinoamericana- contenía ya un determinado método político orientado
a materializar la hegemonía continental. Se trataba de crear una
"comunidad" panamericana, una "unidad" o "alianza" en la que los
Estados Unidos cumplieran el papel de líder. En nuestro tiempo expresa
su intervención a través de la Iniciativa de las Américas que incluye
el Tratado Continental de Libre Comercio.
La
transición al imperialismo aumentó los apetitos de la burguesía
estadounidense. Respectivamente, se modificó la concepción cómoda,
adquiriendo un contenido aún más agresivo. El notable historiador
estadounidense de las relaciones internacionales S. Bemis calificó
de "Nuevo Destino Manifiesto" a esta concepción modernizada con
el objeto de ajustarla a las demandas acrecidas del capitalismo
norteamericano.
A fines
del siglo XIX, cuando Estados Unidos se preparaba para la lucha
por un nuevo reparto del mundo se intensifica la influencia ejercida
sobre la política exterior del país por el aparato burocrático-militar.
Los sectores gobernantes empezaron a prestar sostenida atención
a los teóricos militares que indicaban los métodos concretos de
expansión y demostraban la necesidad de utilizar ampliamente la
fuerza militar como factor decisivo de política exterior.
Importantísimo
teórico militar fue A. T. Mahan, capitán de la marina de guerra
de los Estados Unidos, cuyas concepciones estratégicas militares
siguen siendo hasta la fecha una notable influencia en las doctrinas
del Pentágono. La principal obra de Mahan (La influencia de la fuerza
naval en la historia 1660-1783), aparecida en 1890, ha sido reeditada
más de treinta veces.
Partiendo
de las tesis de que la base del poderío de todo Estado marítimo
era una fuerte marina de guerra, la existencia de una red de bases
navales y la dominación sobre las vías oceánicas, Mahan llama a
Estados Unidos a apoderarse ante todo de la cuenca del Caribe. "Es
indudable -decía- que la clave estratégica para el domino de los
dos grandes océanos -el Atlántico y el Pacífico- y de nuestras propias
fronteras marítimas, se encuentra en el Mar Caribe". Por tanto,
estimaba que la premisa más importante para que Estados Unidos lograra
dominar sobre el Continente era la conquista de toda la cuenca del
Caribe. Afirmaba categóricamente que "Estados Unidos tendrá que
instalar bases navales en el Caribe, que puedan servir de cabeza
de playa para operaciones bélicas. Con los adecuados preparativos
militares, Estados Unidos logrará la hegemonía -decía- en esta región
que deriva, con toda precisión matemática, de la situación geográfica
y de su fuerza.
Un
amplio programa de expansión territorial con una enérgica, política
colonial, expuesto en las obras de Mahan, reflejó con suficiente
plenitud el criterio que había formulado ya la burguesía estadounidense
que le era contemporánea, criterio que consistía en considerar a
los países del Caribe como objeto inmediato de intervención político-militar,
que en el futuro se convertiría en plaza de armas para extiende
su influencia a los países ubicados al sur del Río Bravo.
Secundando
al capitán Mahan y refiriéndose a las Repúblicas de América Central
y del Caribe, el senador Henry C. Lodge proclamó en 1895: "Los países
pequeños son ya un anacronismo y, por lo tanto, no tienen porvenir...
Las grandes naciones asimilan rápidamente todos los lugares vacíos
de la Tierra, aprovechándolos para los objetivos de defensa para
materializar la expansión económica y política a los países pequeños.
Este movimiento contribuye a la civilización y al progreso de la
raza.
Y Estados
Unidos, siendo una gran potencia, no debe apartarse de esta línea".
Y Estados Unidos fiel a esa lógica no se ha apartado de esa línea.
El hecho de que como resultado de la guerra de 1898 Cuba y Puerto
Rico fueron arrebatados en efecto a la España económicamente débil,
no venía determinado sólo ni tanto por ser estas islas fuentes valiosas
de materia prima y mercados de venta. La proximidad de Cuba y Puerto
Rico al litoral continental y la existencia allí de bases navales,
crean las condiciones propicias para ampliar la expansión de Estados
Unidos en América Latina.
La
importancia estratégica militar de estas islas creció en enorme
medida después de la construcción del Canal de Panamá, que quedó
bajo control absoluto de Estados Unidos, y que se convirtió "en
el factor principal de la defensa marítima de Estados Unidos".
En
los primeros años posteriores a la guerra hispanoamericana, la concepción
del significado estratégico-militar de la cuenca del Caribe para
Estados Unidos recibió ya el reconocimiento oficial de sus sectores
gobernantes. En el período de 1901 a 1905, el presidente Theodore
Roosevelt formuló una "adición" a la doctrina Monroe, pues el imperialismo
norteamericano cada vez más fuerte exigía especificarla para hacerla
más dinámica y agresiva.
El
sentido de esa "adición" se reducía a la necesidad de la intervención
de Estados Unidos en los asuntos de los países latinoamericanos
en calidad de fuerza policiaca internacional". Con ello T. Roosevelt
inauguraba una nueva época en las relaciones interamericanas, en
la que Estados Unidos se comportaba ya sin ninguna ceremonia con
los vecinos latinoamericanos.
T.
Roosevelt profesó la doctrina agresiva de Mahan. En su período de
administración empezó precisamente el aumento interno del poderío
naval de Estados Unidos. La posición del imperialismo estadounidense,
expresaba en la llamada doctrina de T. Roosevelt, la "política"
del gran garrote", consistía en que no era suficiente fundamentar
en la teoría la necesidad del dominio en la cuenca del Caribe, hacía
que respaldarlo con acciones cuyo éxito debía ser asegurado por
la fuerza militar.
Estados
Unidos empleó pro primera vez dicha política en 1902, cuando Inglaterra,
Alemania e Italia emprendieron un bloqueo marítimo en Venezuela,
utilizando la fuerza en aras de satisfacer sus propias pretensiones
económico-financieras. Estados Unidos, que también tenía intereses
económicos en Venezuela, tuvo una actitud amenazante hacia las potencias
europeas, afianzando su propio derecho exclusivo de intervenir en
los asuntos de una república latinoamericana soberana.
En
los años posteriores, Estados Unidos no perdía la ocasión de hacer
ver su poderío naval. Para confirmarlo, emprendió en las aguas del
Caribe una demostración naval muy importante, dando a entender sin
equívocos que consideraba la cuenca del Caribe zona de su influencia
ilimitada. Así en 1907-08, la flota atlántica estadounidense (dieciséis
acorazados modernos con una tripulación de quince mil hombres) realizó
una travesía alrededor del continente sudamericano, haciendo escalas
en importantes puertos.
La
primera contienda mundial favoreció la expansión de Estados Unidos
en América Latina y se esbozó una tendencia nueva tratando de contrarrestar
la lucha de los pueblos latinoamericanos por su plena independencia,
Estados Unidos, empezó a recurrir, además de la intervención militar
manifiesta, a una forma solapada de injerencia militar, a la denominada
"asistencia militar" a las fuerzas reaccionarias y antipopulares.
Un
ejemplo de ello es la derrota del movimiento revolucionario de Augusto
Sandino, que se desplegó en los años 1927 a 1934 en Nicaragua. En
su aplastamiento tomaron parte muchos oficiales del cuerpo de "marines"
de Estados Unidos que "asesoraban" a la guardia nacional de Nicaragua.
Los
sectores gobernantes de Estados Unidos pusieron todo su empeño en
utilizar también la Segunda Guerra Mundial en aras de ampliar y
consolidar las posiciones del imperialismo en América Latina.
Ya
en vísperas de la guerra, el plan estratégico del Estado Mayor General
de Estados Unidos formulaba la principal tarea en caso de comienzo
de hostilidades, en los siguientes términos: impedir la infracción
del cumplimiento al pie de la letra de la "doctrina Monroe" por
medio de la defensa de todo el territorio y de los gobiernos del
Hemisferio Occidental de una eventual agresión exterior, protegiendo
simultáneamente a Estados Unidos, sus posesiones y comunicaciones
marítimas.
En
otras palabras, guardando en la memoria las enseñanzas de la primera
contienda mundial, las esferas gobernantes de Estados Unidos se
preparaban para aplicar la estrategia de esperar, proponiéndose
volver a valerse de la participación de las potencias europeas en
la guerra y su extenuación mutua para extender y reforzar su propio
control del Hemisferio Occidental so pretexto de organizar su defensa.
En perspectiva esto debía asegurar el dominio ilimitado de Estados
Unidos sobre los países latinoamericanos.
En
1938 en un informe del ministerio de guerra se proponía sin ambages
"utilizar al máximo el potencial militar de América Latina y la
instalación de bases navales y aéreas para asegurar la estabilidad
política en esta región del mundo, crear un clima favorable a los
objetivos de los Estados Unidos y controlar toda la libertad de
acceso a las fuentes de materias primas estratégicas".
En
efecto, la Segunda Guerra Mundial hizo un gran servicio a Estados
Unidos en cuanto a afianzarse en América Latina y ampliar allí su
influencia económica, política y militar. Pero a partir de mediados
de los años 50 se intensifica el movimiento libertador de los pueblos
latinoamericanos, esta vez respecto del imperialismo norteamericano,
por el fortalecimiento de la soberanía nacional, la independencia
económica y profundas transformaciones sociales.
La
Revolución Cubana causó pavor y los sectores gobernantes estadounidenses
se lanzaron a una búsqueda de nuevas tácticas y nuevos métodos de
expansión en América Latina.
La
principal forma de la política del imperialismo en Latinoamérica
pasó a ser el neocolonialismo, que constituye un conjunto de medidas
políticas, económicas y militares, elaboradas por las esferas gobernantes
de Estados Unidos encaminadas a preservar y ampliar el control sobre
los países soberanos, pero débiles en el aspecto económico.
La
nueva política de los Estados Unidos se materializó ante todo en
el Programa de Alianza para el Progreso, una de cuyas tareas, principales
era debilitar la influencia de la Revolución Cubana sobre las masas
trabajadoras de América Latina.
Las
relaciones interamericanas han experimentado cambios profundos,
pero ello no significa que el imperialismo estadounidense reduzca
su múltiple intervención en América Latina. En los últimos años,
tratando de conservar y ampliar su presencia en América Latina,
la diplomacia estadounidense generó constantemente nuevas fórmulas
de "cooperación", que ante todo persiguen el objetivo de escindir
todo proceso unitario y antiimperialista continental. Así, se esgrimió
la concepción de la "nueva coparticipación". Se proclamó que se
emprendía la política de "coparticipación madura en las dos Américas",
que suponía el "enfoque individual" de cada país. Después se promovió
la concepción de la "buena coparticipación" o del "nuevo diálogo",
que posteriormente se denominó "nuevo trato".*
Cualquiera
que sea la fórmula adoptada, atrás de ella está la lógica de la
"doctrina Monroe" y la tesis del "destino manifiesto", las concepciones
de la política pragmáticas de provocación y aventurerismo que lleva
hasta las acciones bélicas de invasión y violación de los territorios
de América Latina.
Desde
hace unos veinte años los países de América Latina enfrentan una
situación cada vez más compleja y difícil, el expansionismo del
capital financiero internacional que lleva implícito el hegemonismo
de las grandes potencias imperialistas, pone en grave riesgo la
soberanía, la autodeterminación y la identidad cultural de los pueblos
latinoamericanos.
Los
Estados Unidos de Norteamérica, sin el contrapeso de otro polo militar,
económico y político, considera que tiene el campo libre para atraer
bajo su férula a todos los países del Continente, especialmente
a México, a quien ha pretendido dominar desde hace más de 150 años
en diversos sucesos que registra la historia.
El
régimen de la Casa Blanca considera que es un momento oportuno para
extender y profundizar su dominio en Latinoamérica entre otras vías,
con la aplicación de las cláusulas del ya inminente Tratado Continental
de Libre Comercio, cláusulas que ya aplica sobre México.
Se
ha iniciado el siglo XXI y el sistema capitalista mantiene sus rasgos
fundamentales: en nada ha variado la naturaleza anárquica del mercado
que impone sus leyes mediante crisis económicas y depredación de
los recursos naturales y humanos; la sed de ganancia a través de
una mayor explotación del trabajo asalariado sigue siendo su objetivo
central; su política neocolonial, sobre todo la del capital financiero
internacional ha llego a pervertir las más elementales normas de
convivencia humana para someter al margen del Derecho Internacional
a los países del tercer mundo o emergentes. Hoy más que nunca el
imperialismo usa el poder económico, político y militar como instrumentos
de agresión sistemática y organizada; las grandes corporaciones
internacionales han controlado a los Estados más débiles y han sometido,
invadido, desaparecido y creado naciones y gobiernos a su antojo.
Ahora
son los fenómenos del neoliberalismo, la integración económica y
el proceso de globalización los que agudizan la explotación de los
trabajadores y en consecuencia la concentración de la riqueza y
del ingreso, la difusión de la pobreza y la miseria crecientes.
Todo ello, provoca un mayor descontento, el cual agudiza el enfrentamiento
entre las clases sociales.
Con
verdadero cinismo el imperialismo norteamericano ha presionado y
maniobrado para que en Latinoamérica se integren gobiernos formalmente
democráticos que aplican de manera sumisa las decisiones imperialistas
y sus nuevas estrategias de dominación y saqueo y llegan incluso
a defenderlas apasionadamente.
Así,
junto al fortalecimiento de los Estados imperialistas se verifica
un proceso de debilitamiento y desnacionalización de los Estados
Latinoamericanos, lo cual se expresa en total subordinación al Estado
norteamericano, incluso en los asuntos más elementales.
El
neoliberalismo, la integración económica y la globalización dependientes
del imperialismo, como política económica y como ideología tienden
al debilitamiento de los Estados Latinoamericanos, son sinónimo
de riesgo para las soberanías de los Estados, de riesgo para su
integridad territorial y para sus capacidades de supervivencia,
por el afán de ganancias rápidas se violan lo mismo las leyes del
control ambiental, las leyes sindicales, el control de las inversiones
y todos los mecanismos que las sociedades nacionales han organizado
para defender ciertos equilibrios ecológicos, económicos y sociales.
El
neoliberalismo y la globalización causan impacto también en la educación
al pretender deformar y limitar la enseñanza de las ciencias y de
la historia, para destruir la conciencia patriótica. Causan impacto
en el desarrollo independiente al intentar destruir el derecho de
fijar el rumbo en su desarrollo económico, político y social. Causan
impacto en el aspecto cultural al propiciar planes concretos para
ahogar en falsas expresiones de cultura exterior, la esencia cultural
propia, la identidad nacional.
Por
ejemplo, al aceptar las normas del Fondo Monetario Internacional,
del Banco Mundial y del Tratado de Libre Comercio, el Estado mexicano
ha renunciado a su esencia y ha firmado su acta de defunción. En
México ya no se puede hablar de la fortaleza económica del Estado.
Al
llegar al poder la camarilla neoliberal proimperialista despojó
al Estado mexicano de funciones patrióticas y populares, dejó de
lado la soberanía, territorio, desarrollo independiente y respeto
a los derechos de los trabajadores, con lo que cambió su carácter
e inició su proceso de desintegración, desmanteló y vendió a bajo
precio las empresas estatales que obstaculizaban la penetración
del imperialismo y coadyuvaban a elevar el nivel de vida de los
mexicanos. El Estado fue despojado de los bancos, ferrocarriles,
empresas mineras y siderúrgicas, de aviación, teléfonos, petroquímicas
y se pretende despojarlo de los organismos descentralizados del
petróleo y la electricidad.
Por
ello, si el imperialismo y sus instrumentos económicos, políticos
y militares hacen todo lo posible para debilitar y dominar a los
Estados Latinoamericanos, es importante la defensa de esos Estados
nacionales, sobre todo cuando se trata de convertirlos en un valladar
de resistencia a la globalización neoliberal.
"La
Integración Latinoamericana debe de ser un proyecto político de
largo alcance, con elementos de un Programa común consecuente, asumido
tanto por los gobiernos como por los pueblos de América Latina y
el Caribe.
Para
ello, nada mejor que buscar inspiración en la obra de dos constructores
de América Latina: Benito Juárez y Simón Bolívar.
1806-1872
Juárez, que defendió con patriotismo ejemplar la independencia,
21 de marzo la soberanía y la integridad de la nación hasta derrotar
a los conmemoramos invasores franceses, que entregó a la nación
y a los pueblos del su natalicio mundo los principios de una política
exterior justa: el respeto a la autodeterminación de los pueblos
y la no intervención.
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