Lecturapdf

Compra

100


Busque en Avances


extranjero

En El Extranjero, la novela de Albert Camus, los personajes son descritos físicamente o lo que llevan de ropa, pero no se describe muy bien las características de cada uno de ellos de manera muy detallada.
Merasult era un hombre sencillo, indiferente hacia el mundo y hacia la gente. No le importaba mucho cambiar o superarse, él simplemente hacia las cosas como se le iban presentando, estaba bien en su trabajo, en su vida, era tranquilo y no pedía más.
Se mostraba sin interés ante las cosas que le sucedían, como cuando murió su madre y al otro día ya estaba saliendo con una chica y


nadie lo vio derramar una lágrima.
Disfrutaba de fumar cigarrillos, comer, ver el cielo y caminar por la playa, observar los detalles y dormir. Era ateo.
Tenia varias cualidades como su gran capacidad de decir la verdad y ser sincero.
Para Merasault el matrimonio era algo como irrelevante, cuando Maria le dijo que se quería casar, contesto que a él le daba igual, pero si eso era lo que ella deseaba, estaba bien, que se casaría.
Muchas de estas características lo denotaban como un hombre insensible y capaz de matar a sangre fría.
Maria era una muchacha sencilla, bonita, que estaba enamorada de Merasult y, además, era su compañera de trabajo.
Le interesaba casarse con él, pero se describe muy poco en el libro de su personalidad.
Raymond era el vecino y amigo de Merasult, le pegaba a su mujer y le pidió a Merasult que mienta, al respecto, a la policía.
Entendiendo a Merasult, podemos llegar a la conclusión existencialista y encontrar la felicidad, no en sistemas vacíos, en algunas ocasiones como la religión, sino en nosotros mismos.
Él cambia durante el juicio y se vuelve un héroe existencialista, porque encuentra el significado de la vida irónicamente al final de la misma.
No hay significado de la vida hasta que se crea uno mismo el significado de su vida y así era Merasult, para él, lo principal era el presente y su existencia era su verdad, como el la mayoría de las doctrinas existencialistas, el era el centro de su universo y no creía que el centro de todo era dios.
Su existencia era lo que Merasult era, no lo que el sabia.
Otro aspecto existencialista del personaje principal es que descubre que su realidad es individual y con solo el hecho de pensar, le bastaba y le sobraba para ser, sin que para serlo tenga que depender de la verdad, de la realidad de alguna otra cosa.
El hecho de que cuando muere su madre, por ejemplo, la angustia, el sentirse como existiendo le prestaba seguridad en él, y de él para él, le descubría el ser y la nada, la nada en su ser mismo.

COMENTARIO PERSONAL
por Prudencio Hernández

Al comenzar la novela, me sorprendí mucho por las actitudes hacia la vida, hacia las acciones, los sentimientos y palabras de Merasult, pero conforme iba transcurriendo con la lectura, poco a poco comencé a entender la manera de ver la vida de Merasult, una manera activa en su interior pero pasiva en cuanto a lo que reflejaba hacia la gente y a la sociedad, una indiferencia bruta, solamente hacia lo que él creía y esa era toda su verdad, él era el centro de su vida y todo giraba en torno a él.
Me causaba mucha curiosidad las características de Merasult, ya que nunca he tenido un contacto muy intenso con alguien que sea existencialista y esto me llamó mucho la atención.
El ritmo de la novela no es muy rápido, pero esta escrito de una manera en la cual el lector se interesa por lo que va a pasar, es decir no es aburrida aunque tiene una estructura un poco lineal, ya que el personaje es así, y solamente, en la parte final, donde se cambia todo.
Se describe la vida de Merasult en la primera parte a través de acciones y no de sentimientos.
Él relataba lo que le sucedía, lo que hacia y lo que pasaba a su alrededor, sin embargo no hablaba de lo que sentía él o las personas que lo rodeaban.
Pasando a la segunda parte del libro ya Merasult comienza a hablar un poco más de los sentimientos aunque no muy explícita.
En El Extranjero, el sol y el calor son un símbolo muy importante, porque cuando esta en el funeral y cuando mata al árabe, tiene el mismo reflejo de luz y esto significa un sentimiento de su parte.
En lo personal, nunca había leído una novela existencialista y me pareció bastante interesante y atractiva.
Me enseñó una manera distinta de ver la vida, de actuar hacia mi mismo y hacia los demás, aunque no estoy totalmente de acuerdo con las filosofías existencialistas, creo que es muy interesante esa manera de vivir, en donde el ser y existir es lo mas importante.
En cuanto a los personajes de la novela de Camus, no se habla mucho de su manera de ser o sentir, son muy poco detallados, pero poco a poco se revelan algunas de sus características, aunque Merasult al final, nos habla de sus sentimientos y su manera de ver la vida, y ahí es donde más o menos podemos ver a través de él y entenderlo.
Es una novela bastante diferente y divertida, además de que no es muy difícil de leer, el lenguaje en su mayoría es sencillo y claro.
Se dice lo necesario y nada más.
Camus hizo una excelente obra, digna de ser analizada profundamente, muy bien escrita y con bases infinitamente interesantes.



Atrás


muerte

El libro de Gabriel García Márquez "Crónica de una muerte anunciada" trata de la rara historia de amor entre Bayardo San Román y Ángela Vicario y el pobre Santiago Nasar que posiblemente fue la cabeza de turco que propuso Ángela ante la inquietante pregunta de sus hermanos, de quién la había ultrajado. La historia ocurre en un pueblo llamado Manaure. El primer capítulo trata, un poco, de presentarnos a Santiago Nasar que en teoría es el protagonista de la historia.
Santiago se levantó temprano sobre las cinco y media de la mañana


para esperar el buque que traía de paso al obispo. Aquel día Santiago había dormido poco y mal y de la borrachera que llevaba ni se quitó la ropa. Despertó con un dolor de cabeza muy grande, tras un rato se puso un pantalón y una camisa de lino blanco, porque venía el obispo, sino normalmente se ponía el vestido de color caqui y las botas de montar como cuando visitaba a El Divino Rostro, la hacienda de ganado que había heredado de su padre y que él administraba. Santiago tenía una gran colección de armas. Él como su padre dormía con un arma escondida en la funda de la almohada. Aquel día la descargó antes de salir de casa.
Normalmente en casa las tenía descargadas para que nadie tuviera la tentación de disparar y ocurriera lo que pasó una vez en su casa cuando el era pequeño, una mañana la sirvienta sacudió la almohada para quitar la funda y se le cayó la pistola al suelo y se disparó, y la bala atravesó el armario del cuarto, traspasó la pared de la sala, pasó con un estridente ruido por el comedor de la vecina y fue a chocar contra un santo de tamaño natural que estaba en el altar mayor de la iglesia al otro extremo de la plaza, y lo destrozó.
Aquella mañana Placida observó a su hijo desde una hamaca y pensó que su hijo había heredado de ella el instinto y de su difunto padre el dominio de las armas de fuego, el amor por los caballos y la maestranza de las aves de presas pero también el valor y la prudencia. Entre padre e hijo hablaban en árabe. Y al final tuvo un amargo recuerdo, su matrimonio era de conveniencia.



Atrás


oso

Georges Simenon no es sólo el renovador de la novela policíaca con la creación de un personaje excepcional: el comisario Maigret; es también una de las figuras más notables de la literatura francesa de nuestro tiempo. Escritores tan dispares como André Gide, el conde Keyserling, Pierre MacOrlan y Maurice de Viaminck lo consideran como el más directo heredero del modo realista de Balzac. Insuperable creador de ambientes, profundo analista de los móviles más recónditos y de las más tenebrosas pasiones del alma, Simenon nos ofrece en  sus  novelas  psicológicas  una  apasionante  visión  de  nuestra época,  una


asombrosa galería de personajes definidos por su misma vulgaridad pero capaces de descubrir, como los locos y los endemoniados de Dostoyewski, toda la trágica dimensión de un destino que los abruma. Con el seguro instinto narrativo de un Balzac, con la agudeza analítica de Dostoyewski, Simenon es, aun hoy día, un clásico, vigoroso, audaz, abrumador.



Atrás


estocolmo

Gustavo Escanlar nació en Montevideo en 1962. Publicista, periodista, actor, crítico musical y cinematográfico. Ha publicado entre otras novelas en 1993 Oda al niño prostituto y en 1997 No es falta de cariño.
Con Estokolmo, su tercera novela, Escanlar sorprende y atrapa con una historia de seres marginales amena, a ratos hilarante, cuyos diálogos delatan un oído muy afinado y con un final sorprendente. No podía ser de otro modo con Marcelo y sus compinches, el Chole y el Seba, que  irrumpen en una  fiesta de  gente  bien  con  la  intención  de


arrancarles de un tirón un botín suculento. Claro que la gente muy pudiente lo más que llevan a esta clase de reuniones sociales son tarjetas de créditos y bisutería, así que, sobre la marcha, deciden secuestrar a una joven y pedir un rescate. Lo que ellos nunca habrían podido imaginar es que Demonio, como ella decide presentárseles, les seguiría tan complaciente, ni que rápidamente se haría con las riendas de la situación organizando su propio rescate y seduciéndolos uno a uno, hasta lograr que el síndrome de "Estocolmo" se tiña de un nuevo significado.



Atrás


asoluto

Honorato de Balzac. Con frecuencia la grandeza de los personajes balzacianos parece poder medirse por la violencia con que pueden llegar a ser arrebatados por una pasión. Esta se apodera de ellos arrastrándolos de modo insostenible, sea para degradarlos, sea para honrarlos, pero, de todos modos, como ocurre en La búsqueda de lo absoluto, crea el drama e impulsa toda la acción.
La objetivación del drama también ocurre en esta obra de modo típicamente balzaciano; todo se hace en ella más visible gracias al dinero.


Mucho se comentó la importancia que el dinero tiene en la obra de Balzac. Y en verdad eso no hace sino acentuarnos la realidad de los hechos que narra, ya que sentimos tanto más reales a los personajes cuanto más inmersos están en la variada red de intereses que en la sociedad nos atrapan. Y por eso mismo el dinero resulta ser revelador de valores diferentes en sus obras. Tanto la pasión de Baltasar Claës por la investigación, que le hace consumir varias fortunas, como las cualidades domésticas de su mujer y de su hija, que le hacen cuidar y salvar el patrimonio familiar, quedan magníficamente expresadas en la obra mediante detalladas referencias financieras, que Balzac -que tuvo a lo largo de su vida suficientes bancarrotas como para conocerlas muy bien- enumera con precisión.
En cuanto a la novela es una versión nueva, ya que las traducciones que se han podido consultar son prácticamente ilegibles por un lector hispano parlante actual, y, además, se ha aligerado el texto en las descripciones y en algunos desarrollos que sin duda resultaban excesivos para el lector moderno; pero no se trata de un resumen, el lector debe saber que tal como está esta versión, es respetuosa de la obra del maestro.



Atrás


agua

Tita es la menor de tres hijas de una severa terrateniente mejicana y la tradición dice que la más pequeña deberá cuidar de su madre hasta que muera. Todo se complica cuando Tita conoce al amor de su vida y este se casa con su hermana ante la imposibilidad de hacerlo con ella. Una preciosa historia de amor condimentada con exquisitas recetas de cocina mejicana.
"Como agua para chocolate" es una muy interesante muestra de la literatura femenina contemporánea del México actual. Tiene un estilo original y fresco,  en el cual las delicias gastronómicas se envuelven con


la trama sin sentir siquiera la separación entre ellas. Tita nos muestra un mundo de dulzura y sensibilidad, pero también de carácter y firmeza. Y Laura Esquivel nos regala en esta obra salpimentada de recetas y ternura, de remedios caseros y de amores frustrados, de momentos dramáticos y cómicos... un amor maravilloso envuelto en el mundo del realismo mágico que cautivará al lector que ame este género.



Atrás


fortuna

Las fortunas de Diana parece dar cabida a todo tipo de temas, rozando el anacronismo: los amantes proyectan huir a las Indias y Celio va allá de hecho, aunque ha perdido la flota que sale de Sevilla, llega a Cartagena; mientras tanto Diana, de varón, va con su amo, el duque, a unirse con las tropas que andan reuniendo los Reyes Católicos para conquistar Granada. En la Corte Diana logra el favor del rey y el nombramiento de virrey, capitán general o gobernador (los tres títulos le da Lope).
Vemos  cómo muy  pronto  aparece  la llama  del  amor  al  quedar


prendado el galán de la dama y encenderse en él una desatada pasión amorosa. Tal es así que nos recuerda el enamoramiento de Calisto y Melibea. En los comienzos de Las fortunas de Diana el que va a resultar galán ve un momento a la que será su dama y apenas pueden cambiar una frase de pasada. Poco basta para que el incendio amoroso prenda. En otra ocasión ha dicho que sólo los casos maravillosos son dignos de ser contados: he ahí la maravilla, aunque se repita mil veces, de un amor que surge ineluctable en un instante. Qué no importa si ocurre así o no en la realidad; Lope escribe no lo que es sino lo que debe ser con arreglo a esa oposición entre verdad histórica y verdad poética.
Son desenvueltos los personajes que nos presenta Lope en esta novela corta. Sus peripecias son el resultado de desatinos, flaquezas e infortunios. Aunque en la tragedia y en la épica personajes excepcionales cometen errores de juicio que desencadenan la acción de la trama, en Las fortunas de Diana las peripecias de los personajes no son producto de su error de juicio, de la ocurrencia de algo probable y previsible pero contrario a las expectativas limitadas del personaje.
Los supuestos infortunios de Diana no son tan terribles, puesto que ésta se lanza a una vida llena de aventuras que la hace lograr puestos principales hasta terminar con la recuperación de su amante.
Lope repite el repetido recurso de presentar como personajes protagonistas a una pareja dotada de muchos encantos. Presenta a los protagonistas, un caballero y una dama, ambos dotados de prendas sobre toda ponderación. El hecho de que el narrador manifieste conocer a los personajes da a la narración otro tipo de credibilidad que no proviene de la poética clásica sino de los discursos histórico y retórico, cuyos emisores defendían con frecuencia la veracidad de los hechos, ya fuera recurriendo a fuentes fidedignas o constituyéndose en testigos presenciales del caso. La veracidad se defiende, pues, mediante el criterio de la información, de lo visto y lo vivido.



Atrás


paramo

A partir de textos concomitantes, podríamos intentar la clasificación, novelas de la razón, de los instintos y novelas del espíritu, las tres pueden llegar al lector para sumergirlo en un mundo gobernado por uno de esos elementos; y en el caso de "Pedro Páramo"-novela del espíritu- se desencadena una lucha violenta donde los personajes tendrán un papel significativo en ese camino hacia el infierno, como también lo tendrá la violencia, propia de la condición humana. Desde el entramado de relaciones, extensión- intensión, se proyecta una   red de  significaciones,   cuyas  imágenes   son:  pueblo   y  tiempo-   postura


impasible- rencor- la fuerza del rencor- violencia y condición humana- conciencia del proceso- violencia y rencor- amor y odio- ilusión y razón- descontrol y autodestrucción- muerte y muerte.
"Pedro Páramo", tiene como protagonistas a Juan Preciado y a Pedro Páramo, el primero acude a Comala en busca de su padre, a quien no ha conocido y lo que encuentra es muerte, y no es sólo apariencia porque en Comala "no vive nadie". En cambio el segundo, su padre, es un prepotente terrateniente, quien afirma "La ley de ahora en adelante la vamos a hacer nosotros" y se mueve en el mundo de los recuerdos; que destruirá Comala, su mundo, por la tristeza que le produce su única frustración, el amor de Susana San Juan. De este modo, el patrón que rige los hechos es el mito, el mito de Susana San Juan para el padre y para Juan Preciado, el que crea su madre en torno a su padre. Los dos personajes se movilizan por la ilusión. "Pedro Páramo", aparece de este modo como la novela del mito; las ilusiones juegan un papel significativo: buscar al padre, amar a Susana San Juan, tener un hijo. La ilusión mueve la voluntad y ésta genera las acciones, podría decirse que es también causa primera de la vida; y en ese sentido lo será también de la violencia y de la muerte. Muerte y vida, unidas y enfrentadas forman parte de la realidad en el mundo novelesco. En otro orden, también está el mundo de los recuerdos, en el que permanentemente llueve. Es el tiempo pretérito, ahí donde está el principio del final en tanto es el punto de partida de la degradación total de Comala, que al final será destruida. Se convertirá en un mito: el fracaso de las ilusiones, así lo vemos en el diálogo entre Juan Preciado y Dorotea, comparten una tumba, ella habla de sí misma y también de la ilusión, sobre todo de lo que significaba Susana San Juan para Pedro Páramo.



Atrás


naufrago

El "Relato de un náufrago" que estuvo diez días a la deriva en una balsa sin comer ni beber, que fue proclamado héroe de la patria, besado por las reinas de la belleza y hecho rico por la publicidad, y luego aborrecido por el gobierno y olvidado para siempre.
La historia de esta historia.
El 28 de febrero de 1955 se conoció la noticia de que ocho miembros de la tripulación del destructor "Caldas", de la marina de guerra de Colombia, habían caído al agua y desaparecido a causa de una tormenta en el mar Caribe. La nave viajaba desde Mobile, Estados


Unidos, donde había sido sometida a reparaciones, hacia el puerto colombiano de Cartagena, a donde llegó sin retraso dos horas después de la tragedia. La búsqueda de los náufragos se inició de inmediato, con la colaboración de las fuerzas norteamericanas del Canal de Panamá. que hacen oficios de control militar y otras obras de caridad en del sur del Caribe. Al cabo de cuatro días se desistió de la búsqueda, y los marineros perdidos fueron declarados oficialmente muertos. Una semana más tarde, sin embargo, uno de ellos apareció moribundo en una playa desierta del norte de Colombia, después de permanecer diez días sin comer ni beber en una balsa a la deriva. Se llamaba Luis Alejandro Velasco.
Este libro es la reconstrucción periodística de lo que él me contó, tal como fue publicada un mes después del desastre por el diario El Espectador de Bogotá.
Lo que no sabíamos ni el náufrago ni yo cuando tratábamos de reconstruir minuto a minuto su aventura, era que aquel rastreo agotador había de conducirnos a una nueva aventura que causó un cierto revuelo en el país, que a él le costó su gloria y su carrera y que a mí pudo costarme el pellejo. Colombia estaba entonces bajo la dictadura militar y folclórica del general Gustavo Rojas Pinilla, cuyas dos hazañas más memorables fueron una matanza de estudiantes en el centro de la capital cuando el ejército desbarató a balazos una manifestación pacífica, y el asesinato por la policía secreta de un número nunca establecido de taurófilos dominicales, que abucheaban a la hija del dictador en la plaza de toros. La prensa estaba censurada, y el problema diario de los periódicos de oposición era encontrar asuntos sin gérmenes políticos para entretener a los lectores. En El Espectador, los encargados de ese honorable trabajo de panadería éramos Guillermo Cano, director; José Salgar, jefe de redacción, y yo, reportero de planta. Ninguno era mayor de 30 años.
Cuando Luis Alejandro Velasco llegó por sus propios pies a preguntarnos cuánto le pagábamos por su cuento, lo recibimos como lo que era: una noticia refrita. Las fuerzas armadas lo habían secuestrado varías semanas en un hospital naval, y sólo había podido hablar con los periodistas del régimen, y con uno de oposición que se había disfrazado de médico. El cuento había sido contado a pedazos muchas veces, estaba manoseado y pervertido, y los lectores parecían hartos de un héroe que se alquilaba para anunciar relojes, porque el suyo no se atrasó a la intemperie; que aparecía en anuncios de zapatos, porque los suyos eran tan fuertes que no los pudo desgarrar para comérselos, y en otras muchas porquerías de publicidad. Había sido condecorado, había hecho discursos patrióticos por radio, lo habían mostrado en la televisión como ejemplo de las generaciones futuras, y lo habían paseado entre flores y músicas por medio país para que firmara autógrafos y lo besaran las reinas de la belleza. Había recaudado una pequeña fortuna. Si venía a nosotros sin que lo llamáramos, después de haberlo buscado tanto, era previsible que ya no tenía mucho que contar, que sería capaz de inventar cualquier cosa por dinero, y que el gobierno le había señalado muy bien los límites de su declaración. Lo mandamos por donde vino. De pronto, al impulso de una corazonada, Guillermo Cano lo alcanzó en las escaleras, aceptó el trato, y me lo puso en las manos. Fue como si me hubiera dado una bomba de relojería.
Mi primera sorpresa fue que aquel muchacho de 20 años, macizo, con más cara de trompetista que de héroe de la patria, tenía un instinto excepcional del arte de narrar, una capacidad de síntesis y una memoria asombrosas, y bastante dignidad silvestre como para sonreírse de su propio heroísmo. En 20 sesiones de seis horas diarias, durante las cuales yo tomaba notas y soltaba preguntas tramposas para detectar sus contradicciones, logramos reconstruir el relato compacto y verídico de sus diez días en el mar. Era tan minucioso y apasionante, que mi único problema literario sería conseguir que el lector lo creyera. No fue sólo por eso, sino también porque nos pareció justo, que acordamos escribirlo en primera persona y firmado por él. Esta es, en realidad, la primera vez que mi nombre aparece vinculado a este texto.
La segunda sorpresa, que fue la mejor, la tuve al cuarto día de trabajo, cuando le pedí a Luis Alejandro Velasco que me describiera la tormenta que ocasionó el desastre.
Consciente de que la declaración valía su peso en oro, me replicó, con una sonrisa: "Es que no había tormenta". Así era: los servicios meteorológicos nos confirmaron que aquel había sido uno más de los febreros mansos y diáfanos del Caribe. La verdad, nunca publicada hasta entonces, era que la nave dio un bandazo por el viento en la mar gruesa, se soltó la carga mal estibada en cubierta, y los ocho marineros cayeron al mar. Esa revelación implicaba tres faltas enormes: primero, estaba prohibido transportar carga en un destructor; segundo, fue a causa del sobrepeso que la nave no pudo maniobrar para rescatar a los náufragos, y tercero, era carga de contrabando: neveras, televisores, lavadoras. Estaba claro que el relato, como el destructor, llevaba también mal amarrada una carga política y moral que no habíamos previsto.
La historia, dividida en episodios, se publicó en catorce días consecutivos. El propio gobierno celebró al principio la consagración literaria de su héroe. Luego, cuando se publicó la verdad, habría sido una trastada política impedir que se continuara la serie: la circulación del periódico estaba casi doblada, y había frente al edificio una rebatiña de lectores que compraban los números atrasados para conservar la colección completa. La dictadura, de acuerdo con una tradición muy propia de los gobiernos colombianos, se conformó con remendar la verdad con la retórica: desmintió en un comunicado solemne que el destructor llevara mercancía de contrabando. Buscando el modo de sustentar nuestros cargos, le pedimos a Luis Alejandro Velasco la lista de sus compañeros de tripulación que tuvieran cámaras fotográficas. Aunque muchos pasaban vacaciones en distintos lugares del país, logramos encontrarlos para comprar las fotos que habían tomado durante el viaje. Una semana después de publicado en episodios, apareció el relato completo en un suplemento especial, ilustrado con las fotos compradas a los marineros. Al fondo de los grupos de amigos en alta mar, se veían sin la menor posibilidad de equívocos, inclusive con sus marcas de fábrica, las cajas de mercancía de contrabando. La dictadura acusó el golpe con una serie de represalias drásticas que habían de culminar, meses después, con la clausura del periódico.
A pesar de las presiones, las amenazas y las más seductoras tentativas de soborno, Luis Alejandro Velasco no desmintió una línea del relato. Tuvo que abandonar la marina, que era el único trabajo que sabía hacer, y se desbarrancó en el olvido de la vida común. Antes de dos años cayó la dictadura y Colombia quedó a merced de otros regímenes mejor vestidos pero no mucho más justos, mientras yo iniciaba en París este exilio errante y un poco nostálgico que tanto se parece también a una balsa a la deriva. Nadie volvió a saber nada del náufrago solitario, hasta hace unos pocos meses en que un periodista extraviado lo encontró detrás de un escritorio en una empresa de autobuses. He visto esa foto: ha aumentado de peso y de edad, y se nota que la vida le ha pasado por dentro, pero le ha dejado el aura serena del héroe que tuvo el valor de dinamitar su propia estatua; yo no había vuelto a leer este relato desde hace quince años. Me parece bastante digno para ser publicado, pero no acabo de comprender la utilidad de su publicación. Me deprime la idea de que a los editores no les interese tanto el mérito del texto como el nombre con que está firmado, que muy a mi pesar es el mismo de un escritor de moda. Si ahora se imprime en forma de libro es porque dije sí sin pensarlo muy bien, y no soy un hombre con dos palabras.
G. G. M.
Barcelona, febrero 1970



Atrás


dracula

A lo largo y ancho de la historia de la humanidad, mitos y leyendas de duendes, fantasmas, ogros y criaturas de ultratumba, protagonizados por los más espantosos personajes nacidos de la mente del hombre, se han sucedido sin descanso. Algunas de estas escalofriantes figuras han sido efímeras y el paso de los años ha borrado su recuerdo e incluso el terror que en su momento producía la simple mención de sus nombres. Pero hay otras criaturas, otros personajes, a los que el transcurso del tiempo ha proporcionado cada vez mayor carácter y personalidad, de tal manera que  han llegado  a nosotros  con más  poder aterrador  que


nunca. Uno de ellos a sido sin duda alguna el Conde DRÁCULA.
Bram Stoker en su novela "Drácula", publicada en 1897 fue el padre de la criatura.
El escritor británico, nacido en Dublín, Irlanda, creó a esta terrible criatura, el conde Drácula de Transilvania, un vampiro que como cuentan las leyendas populares de este tipo de seres aparentemente muertos, sale de la tumba durante la noche, en forma de murciélago, y succiona la sangre de las personas dormidas para alimentarse.
La inspiración para la creación de este personaje no se basa únicamente en las leyendas antiguas de vampiros, sino que Abraham Stoker (nombre real de Bram 1847-1912 ) se fijó en una figura histórica, la de Vlad Tepes, príncipe de Valaquia, por su crueldad llamado " el empalador" o "el diablo" (dracul).
Como en otros muchísimos casos, el cine se encargó de popularizar la figura ya famosa del cruel vampiro. Una de las interpretaciones más celebradas y que a buen seguro se halla grabada en la retina de todos los amantes del terror, es la de Christopher Lee. El le proporcionó un rostro a la bestia y esta le correspondió catapultándole a la fama.
Sin embargo sería muy simplista creer que Drácula y los millones de vampiros que pueblan la literatura y el cine, sean fruto de un solo autor. Aunque Bram Stoker es realmente como hemos dicho, el padre de la criatura más conocida, podemos encontrar relatos y narraciones de las atrocidades de los vampiros en otros autores de cuentos y novelas.



Atrás


nombre

Asomémonos a Para una tumba sin nombre, brillante novela algo desatendida por la crítica y que tiene, sin embargo, el mérito de enriquecer nuestra aprehensión de la producción onettiana. Relativamente esperanzado -o de moderado pesimismo, si se quiere-, este texto, que baraja algunos de los temas predilectos del autor, nos revela efectivamente una doble e inesperada dimensión del talento de Juan Carlos Onetti: el virtuosismo de la escritura, particularmente notorio en el manejo de las múltiples versiones que contribuyen a construir y desconstruir el texto en un vertiginoso movimiento pendular,


se compagina con un discreto humanismo, nutrido de reticencia, humor y exceso. Es, en efecto, la experiencia euforizante del juego, de la escritura y del exceso la que descubre más certeramente la verdadera condición del hombre: irrisoria, sí, pero esencialmente grandiosa en su obstinada búsqueda de una forma de transitoria felicidad.
De virtuosismo cabe hablar, en efecto, tratándose de un texto como Para una tumba sin nombre, que constituye, por muchos conceptos, una celebración, un homenaje indirecto al poder y la belleza de la ficción. Desde las páginas liminares -páginas decisivas donde se ventila en gran medida el porvenir de la ficción, en opinión de Jean Starobinski (1)- aparece la maestría del novelista. Todo se encuentra en cierne, como prefigurado en la primera unidad narrativa: la tónica general, los principales ejes temáticos y hasta algunos indicios del posible alcance simbólico de la ficción. Primero, la tónica del texto: es de una gravedad sentenciosa rayana en la ostentación la voz del narrador adulto, representante de una colectividad cuyos valores y mezquindades parece asumir estoicamente. Pero no tarda en asomar la intención humorística, desmitificadora. Apreciable en el uso sistemático y, por ende, jocoso de las anáforas ("Nosotros los notables..."), ésta se exhibe cada vez más desembozadamente : la insistencia en pequeños detalles ridículos (la actitud estirada de la burguesía sanmariana con "el sombrero contra el pubis"), las tenues pero significativas variantes ("El chivo no entra, gritó el sepulturero", que se convierte en el destemplado "El chivo no me entra al cementerio"), y sobre todo las desenfadadas y populares inflexiones de la lengua, unidas a la lacónica displicencia de los diálogos, todo ello contribuye a potenciar la discreta comicidad de las primeras páginas de la novela.
En cuanto a las directrices temáticas, se perfilan con singular vigor no bien comienza la novela. Fijémonos en dos campos léxicos particularmente llamativos: el del Saber y el de la Vista, dos polos en torno a los cuales se estructura el mundo de los notables sanmarianos. La vista -o sea la condición de testigo ocular- aparece como el "privilegio" por excelencia que justifica la supuesta superioridad de la burguesía, la cual desemboca a su vez en un supuesto saber, objeto él también de un desmesurado orgullo. Conforme nos internamos en el texto, se concreta la reflexión relativa al código de la vista y pronto se establece la siguiente ecuación : Ver = Saber = Poder.
Ahora bien, el poder de la burguesía se plasma en la Escritura. Se traduce aquí, por ejemplo, por su capacidad para "describir el entierro a un forastero", "contar epistolarmente" los rituales fúnebres de la pequeña villa costera, o informar a la población por conducto de la prensa. En una palabra, el texto pone de relieve el control, o mejor dicho el dominio ejercido por los notables sobre la producción textual en general. Como puede apreciarse, desde las primeras páginas de la ficción arranca subrepticiamente la reflexión sobre la escritura, verdadero objeto de Para una tumba sin nombre.
Pero volvamos al código de la vista, llamado a ocupar en la novela un papel de primer orden. Al principio, la vista (la observación) está aparentemente ligada a la noción de objetividad, como si fuese neutra por esencia y no pudiera sino desembocar en la "verdad". Así se explica, por ejemplo, la actitud petulante e ingenua de los notables, ignorantes de las complejidades del acto de ver (o mirar). Pero pronto se cuestionan las nociones de inmediatez y transparencia, insinuándose que la mirada (2), inexcusablemente cargada de afectividad, no deja de alterar la realidad de la que pretende vanamente dar cuenta. Con esta intrusión insidiosa de la subjetividad -cuyas asechanzas, dicho sea de paso, no se les escaparon a los Padres de la Iglesia- se desmoronan la "ilusión realista" y los valores cerradamente racionales. Resulta difícil encauzar las derivas subjetivas a las que da pie la mirada. La "reconstrucción" viene a ser el inevitable corolario de la mirada : entendamos por ello que el acto de narrar (y por lo tanto el manejo de la escritura), consecutivo a la observación, tampoco está a salvo de la contaminación subjetiva. El texto señala implícitamente los fundamentos inestables, lábiles, caprichosos en que estriba toda fabulación : al lector le toca entonces renunciar a una tentadora pasividad, distanciarse para poder medir debidamente la cuota de distorsión, cuando no de manipulación que conlleva la llamada "reconstrucción" a cargo del narrador-testigo (o de los seudo-testigos).
Recuerdos, fantaseos, ensueños, semi-verdades, mentiras deliberadas empañan la legibilidad de una maciza e imposible verdad. En adelante, deberá contarse con el inconsciente, con el "entusiasmo" de la mirada, con su furia y sus excesos inconfesados. Paulatinamente, se pone en marcha la visión alucinada y caótica de lo real, tan característica de Para una tumba sin nombre. Culmina especialmente en tres momentos: la hermosa y provocativa descripción, deliberadamente desrealizadora, del entierro de Rita; los reiterados y siempre fragmentarios asedios a la huidiza esencia del chivo, ora bestial, ora plenamente humano, cuando no entidad abstracta y mítica; y, por fin, la desconcertante descripción de Ambrosio, el atípico chulo, desprendido, ensimismado, indiferente, curiosamente atareado , y símbolo por excelencia de la creación literaria.
Pronto toma el relevo de la primera ecuación Ver = Saber = Poder una segunda equivalencia que podría resumirse someramente de esta manera: Escritura = Juego. El manejo del discurso, oral o escrito, se confunde, en efecto, con la noción de juego, inicialmente asociada al personaje del adolescente Jorge Malabia. No nos olvidemos de que la novela se presenta implícitamente, por parte del muchacho, como el producto de una voluntad algo caprichosa de creación verbal, como un juego combinatorio nutrido de realidad e imaginación. Y ya que en Para una tumba sin nombre la noción de juego va de la mano con la de placer, la ficción tiende, pues, a coincidir cada vez más netamente con la noción de placer, de dicha. De ahí que los protagonistas de la novela (el chico Malabia y el médico) se esfuercen por prolongar el relato lo más posible, armándolo y desarmándolo una y otra vez, reactivándolo con la integración de nuevos datos, auténticos o de dudosa exactitud, imprimiéndole insólitas y gratificadoras bifurcaciones.
De ahí también la lucha por el control de la ficción a la que se entregan ambos personajes, e incluso el desganado Tito. Lucha que opone frontalmente, en un principio, el mundo adolescente y el de los adultos, como en otras tantas ficciones onettianas: el de Jorge y Tito y el de Godoy y el médico, en quien -dicho sea de paso- todo lector asiduo de Onetti habrá reconocido al entrañable Díaz Grey. Así se explican el sordo rencor y la rabia de los dos muchachos hacia el viajante, culpable de haber puesto primero los ojos en Rita y de monopolizar verbalmente el relato de aquel encuentro en Buenos Aires. Así se justifica el empeño de éstos en socavar el prestigio de testigo ocular y narrador de este impertinente rival y su impaciencia por quitarle la iniciativa del relato. A continuación, Jorge Malabia aspirará a ser la única fuente, el todopoderoso conductor del discurso. Este afán exasperado de preeminencia ("la embriaguez de ser el dios") llevará a Jorge a la tentación y la aceptación gozosa de la mentira. Esta última pasará a ser, más adelante, un elemento constitutivo de pleno derecho de la ficción. Es más: un componente predilecto.
El médico, finalmente aceptado como co-responsable de la historia, incorporará mentiras todavía más audaces a su propia versión de los hechos, consciente de su carácter de fermento novelesco, de su condición de catalizador de un sentido ineludiblemente proliferante y abierto. Hábilmente deslizadas en el texto, estas mentiras -que, por lo demás, dejan maliciosamente asomar su naturaleza falaz- cuestionan en efecto toda tentación de univocidad, estorbando la resolución de las contradicciones o el esclarecimiento de las oscuridades de la intriga. La mentira -no cabe duda- resulta la mejor garantía de apertura del texto: el lector, constantemente al acecho, se ve llamado a participar activamente en la elaboración del sentido, distanciándose de las dudosas versiones exhibidas y atando cabos no siempre fidedignos. Se asiste entonces a la expansión y el asentamiento de esa "era de la sospecha", tan acertadamente analizada por Nathalie Sarraute en su conocido ensayo (3).
Sin embargo, a diferencia de lo que podría temerse, el virtuosismo de la composición no le resta profundidad a Para una tumba sin nombre. El carácter lúdico del texto dista mucho de agotar el sentido del misterioso afán creador que mueve a los protagonistas. Pese a ciertos visos de frivolidad, el interés que aquéllos manifiestan por la ficción nada tiene de arbitrario. Antes bien, la obstinada implicación del muchacho y el adulto en el prolongamiento de la ficción sugiere la relevancia que ésta última reviste a sus ojos a la par que la complejidad de las motivaciones que los animan. Más atinado sería, para el caso, hablar de superdeterminación. De una superdeterminación que nada tiene de extraño, por lo demás, en un texto como éste, tan profundamente surcado por las frustraciones, los impulsos, las aspiraciones inconfesables, en suma por el inconsciente.
Nos toca ahora examinar la función que cumple la elaboración de la ficción (el discurso oral de Jorge y el relato escrito del médico) en Para una tumba sin nombre. Desde luego, la implicación de los dos personajes en semejante aventura no responde a las mismas necesidades. Para el adolescente, que se halla en plena crisis de identificación, el manejo del relato oral se ajusta a un afán de afirmación personal. El verbo es efectivamente el instrumento privilegiado que él decide levantar frente al mundo de los adultos. Verbo rebelde, reticente, sobrio, anti-retórico, poco amigo de desahogos líricos: opuesto en todo a la fraseología altisonante de los notables sanmarianos, al odiado lenguaje del padre. Tampoco vacila el chico Malabia en escandalizar a los oyentes con la evocación de escenas escabrosas de prostitución, explotación y sado-masoquismo, en una palabra con la exposición complaciente de la mayor "abyección" posible. Al pretender identificarse con Ambrosio, personaje directamente sacado de la novela negra, el adolescente busca forjarse una personalidad de duro, de macho, de marginado.
Desquite, venganza, desafío, en última instancia acto compensatorio: tal es la ficción para él. Ella le permite superar las reiteradas humillaciones de la vida cotidiana, le da acceso al mundo prohibido de los adultos, le permite burlar los tabúes de más arraigo: el trabajo, la familia, el sexo. Más fundamentalmente, el manejo de la ficción responde a apetencias reprimidas, a una suerte de extraña fascinación que corre por toda la narrativa onettiana: la que ejercen las situaciones-límites y la experiencia del exceso, supuestamente reveladoras de la esencia misma del ser.
Si la ficción representa para el muchacho la modalidad por excelencia de la ruptura con el medio pacato de Santa María, desemboca también en paradójicas comprobaciones, que iluminan en forma bastante sorprendente la narrativa onettiana. La ratificación por Jorge Malabia de la "contra-historia venenosa" del médico y, sobre todo, la incorporación admirativa del personaje de Ambrosio, producto de la imaginación del adulto, a su propia versión significan, en efecto, un paso decisivo en su evolución sicológica: señalan el fin de las hostilidades tontas, de la arbitrariedad, y el advenimiento de una suerte de reticente pero afectuosa complicidad entre el adulto y el adolescente. Se desmoronan las oposiciones someras, estereotipadas, las generalizaciones reductoras. Para una tumba sin nombre puede leerse, hasta cierto punto, como una novela de aprendizaje: mitificadora y desmitificadora a la vez, sella el inevitable paso que lleva de la adolescencia a la edad adulta. De la "edad del miedo", la soberbia, las poses aparatosas a una forma de apasionada cordura. Como puede observarse en estas rápidas sugerencias de lectura, la dimensión lúdica de Para una tumba sin nombre -que cuenta entre los mayores atractivos de la novela- no significa superficialidad ni gratuidad. Actividad sumamente seria, el Juego ocupa un lugar central. Es más: aquí, es propiamente hablando el motor de la ficción. Prueba de su relevancia es la actitud del médico, personaje comedido que no vacila, sin embargo, en seguirle el humor al muchacho, atrapado por las tentadoras posibilidades de la ficción. Para el adulto, la reanudación lograda del juego ficcional es percibida como una oblicua forma de triunfo personal. ¿Acaso no manifiesta el médico, al final de la novela, la satisfacción de "haber aceptado un desafío y convertido en victoria por lo menos una de las derrotas cotidianas"? La victoria es doble, efectivamente. Personal: el adulto termina por desplazar al muchacho, al imponerse discretamente como dueño del relato escrito. Y metafísica: consigue dominar el tiempo lineal, irreversible, implacable.
A este respecto, la creación del personaje de Ambrosio por el médico es un hito importante en la constitución del alcance simbólico de la novela. Imagen mítica del creador, solitario, huraño, ajeno al mundo, al tiempo exterior, Ambrosio (indiscutible doble de Onetti) representa la autonomía, la fatalidad de la ficción y su poder de irradiación. El chivo -que de alguna manera puede considerarse su creación-, objeto simbólico igualmente, se convierte en el emblema de la ficción. Representa la permanencia de la Idea, de la obra de arte, inalterable, absoluta. Indirectamente, el manejo del relato escrito le permite al médico ir superando las múltiples agresiones de la vida cotidiana. Con sus pautas propias -sus ritmos caprichosos, sus bifurcaciones radicales, su visión mitificadora simbolizada aquí por los imperecederos "ojos de topacio" del chivo-, la ficción hace más llevadero un mundo sometido al desgaste y la degradación. Al universo de muerte que rodea al médico en reiterados pasajes de la novela se opone la euforizante vitalidad de la ficción. Gracias a ella el médico de Santa María, que no por casualidad resulta ser un tocólogo, consigue que la vida sea más fuerte que la muerte, que las fuerzas de la creación desplacen por un tiempo las de destrucción. Si la ficción no reviste exactamente el mismo sentido para el muchacho y el adulto, para ambos, sin embargo, responde a un intento desesperado, aunque sobriamente expresado, por afincarse en el mundo: sin negar el peso de la realidad, tanto el adulto como el adolescente se esfuerzan por superar sus límites, por "lograr un acuerdo ilusorio con la eternidad".
Como puede notarse, Para una tumba sin nombre es una obra singular. Si bien se dan en ella los consabidos temas onettianos (muerte, sexo, malestar existencial, desamor de la urbe...), tiene el mérito de modularlos con gran delicadeza, revelándonos aspectos inesperados del universo del novelista uruguayo. Aquí, el combate virtual y sutil entre el adulto y el muchacho por el control de la ficción no desemboca, a diferencia del brillante y perverso cuento "Bienvenido, Bob", en una despiadada comprobación de la degradación y la ruindad humana. Los habituales antagonismos onettianos tienden, al contrario, a atenuarse : así, la victoria final del adulto no implica, por una vez, el aniquilamiento del muchacho. Antes bien, nace, en un universo deliberadamente colocado bajo el signo de la apertura, una entrañable complicidad, una sobria convivencia que logra exorcizar el temor al tiempo irreversible y a la muerte. La ficción resulta el instrumento de este frágil milagro: en ella se compaginan humanismo y belleza. Tras explorar las fisuras del ser, lejos de avivarlas, ella señala esperanzadamente, en tono casi confidencial, su posible superación. Y de las mismas carencias del mundo cotidiano hace que surja, se imponga y perdure, inalterable, el fulgor magnético de unos ojos de topacio.
Maryse Renaud

(1) Cf. "Peut-être la critique n'a-t-elle d'autre tâche que de faire comprendre comment les livres commencent", Starobinski, Jean, "La Rochefoucauld et les morales substitutives", in La Nouvelle Revue Française , éd. Gallimard, Paris, juillet-août 1966.
(2) "Le regard, qui assure à notre conscience une issue hors du lieu qu'occupe notre corps, constitue, au sens le plus rigoureux, un excès. D'où la sévérité des Pères de l'Eglise : de tous les sens, la vue est le plus faillible, le plus naturellement coupable [...]" La "concupiscence des yeux" inclut et résume toutes les autres : elle est le mal par excellence.", Starobinski, Jean, in L'oeil vivant , Gallimard, 1961.
(3) L'Ere du soupçon , éd. Gallimard, collection "Idées", 1956, repris in Oeuvres Complètes , éd. Gallimard, "Pléiade", 1996.



Atrás


avances

* Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano
* Botella al mar de Mario Benedetti



"Llevame o me pierdo"

Atrás / Tapa / Portada


Obtenga Acrobat Reader
Lector PDF - GRATIS


Copyright 2003 - Prudencio Hernández, LecturasPDF. All Rights Reserved.