|
... Las balas de cañón, de tan cerca disparadas, mutilaban
horriblemente los cuerpos, y era frecuente ver rodar alguno, arrancada a
cercén la cabeza, cuando la violencia del proyectil no arrojaba la víctima
al mar, entre cuyas ondas debía perderse casi sin dolor la última noción de
la vida. Otras balas rebotaban contra un palo o contra la obra muerta,
levantando granizada de astillas que herían como flechas. La fusilería
de las cofas y la metralla de las carronadas esparcían otra muerte menos
rápida y más dolorosa, y fue raro el que no salió marcado más o menos
gravemente por el plomo y el hierro de nuestros enemigos ...
|