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Julio
Verne - Veinte Mil Leguas de Viaje Submarino - Bruguera - Barcelona
1978
El Rayo del Capitán Nemo - Primera parte - Capítulo XXII - Página
233
El gesto de batirse en retirada se reveló pronto como de suma
urgencia para nosotros, porque lo menos una veintena de indígenas, armados de
arcos y hondas, acababa de aparecer en la linde de la espesura, es
decir, a menos de cien pasos de distancia de donde nos encontrábamos
nosotros.
La canoa permanecía varada a unas diez toesas de distancia, y hacia ella nos
dirigimos a toda velocidad.
Los salvajes se acercaban lentamente, pero haciendo demostración de sus
intenciones más hostiles. las piedras y las flechas llovían sobre
nuestras cabezas .......
.......
-Ah!, es usted, señor Aronmax? -me dijo-, que tal ha resultado la cacería??
-Bien , capitán -le contesté-, pero desgraciadamente nos hemos traído
detrás una turba de bípedos, cuya proximidad considero alarmante.
-A que bípedos se refiere?
Son salvajes, capital!
-Oh, salvajes! -exclamó el capitán con evidente tono irónico- Y se asombra
usted, señor Aronmax, de encontrar salvajes al poner los pies en cualquier
territorio del globo? Dígame, dónde no los hay? Conoce usted algún país
donde los hombres que lo pueblan no sean salvajes? ... Porque supongo que no
creerá usted, señor profesor, que ésos a los que califica de salvajes son
peores que los demás...
-Pero capitán...
-Por lo que a mí se refiere, señor Aronmax, debo confesarle que me he
encontrado en todas partes con ellos... Lo único que los diferencia son las
costumbres. ......
.......
Los indígenas continuaban allí, más numerosos aún que la víspera. Ahora
quizá fueran quinientos o seiscientos. Algunos de ellos, aprovechando la
marea baja se habían adelantado sobre las crestas de los corales hasta no
mucho más de dos cables del Nautilus. Se les podía distinguir perfectamente.
Eran papúas auténticos, de talla atlética, fuertes y robustos, de frente
ancha y elevada, nariz gruesa pero no achatada, y dientes blanquísimos. Su
lanosa cabellera, teñida de rojo, se destacaba sobre un cuerpo negro y
lustroso, como el de los nubios. Del lóbulo de sus orejas, rasgado y
distendido pendías largas sartas de huesos. la mayoría de ellos iban
desnudos. Y había también algunas mujeres que se cubrían desde las caderas
hasta la rodilla con una especie de crisolina, sostenida por un cinturón
vegetal. Algunos de los jefes adornaban su cuello con una media luna y con
collares de abalorios rojos y blancos. Casi todos, armados con arcos,
flechas y escudos, llevaban a la espalda una especie de red llena de
piedras redondas, que sus hondas lanzaban con singular destreza. ......
......
Las piraguas se fueron acercando lentamente hacia el Nautilus, sobre el cual
cayó de pronto una nube de flechas.
-Demonios! Vaya una granizada! -exclamó Conseil- Y pensar que es muy
posible que estas flechas estén emponzoñadas!
-Hay que prevenir al capitán Nemo -dije, introduciéndome por la escotilla ....... |