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Charley Wolf era un hombre viejo y lo parecía. Su rostro estaba arrugado y
sus cabellos blancos largos caían hasta el lóbulo de sus orejas.
-Nuestros abuelos -continuó, alzando un dedo huesudo-, aprendían a
respetar la tierra y los bosques. Aprendían muy temprano sobre la fuerza de
los fetiches. Una vez un cazador indio se permitió tornarse demasiado
orgulloso. Olvidó que estaba sometido a los poderes de la naturaleza y
actuaba como si los animales, los lagos y los árboles debieran servir a su
gloria. Para fabricar sus flechas insistía en usar el corazón del cedro.
Derribaba todo un árbol y lo dejaba pudrirse, excepto un trozo de su parte
más interna, con la cual el cazador fabricaba una sola flecha. Un día
el cazador vio un Mitche Muhquh, el oso más grande que jamás había visto.
Se aproximó con gran cautela y le disparó una flecha usando de toda su
habilidad. El Mitche Muhquh se paró en las patas traseras y lanzó un rugido
que sacudió las hojas de los árboles y agitó las aguas. La flecha se detuvo
a mitad de camino, invirtió su dirección... -Charley Wolf levantó un brazo
rígido con el puño cerrado- ...y penetró en el corazón del cazador. -Se
golpeó el pecho con los dedos. -El cazador cayó de espaldas y la flecha se
transformó en un abedul blanco. Como antes el cazador robaba los corazones de
los árboles, los indios robarían su piel para sus canoas y sus carpas.
La habitación quedó en silencio por un momento. Axel miró a Janis de
soslayo. Ella tenía los ojos bajos, como si estuviera en la sala de espera de
un médico, rodeada por desconocidos.
-Señor Wolf -dijo Axel-, si pudiera usted hablar con tanta elocuencia a
la corte este miércoles, no tendríamos ninguna dificultad en ganar.
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