| LOS ANTECEDENTES
DE TERMALISMO EN EL MUNDO
Baños y termas, en
arquitectura, edificios o estancias dedicadas al aseo y al baño, público o privado. La
limpieza con agua se ha asociado desde la antigüedad a numerosas prácticas religiosas,
en especial a los ritos de purificación. Estas prácticas todavía son importantes en las
religiones musulmana abluciones e hindú. El mikvah de la religión
hebrea ortodoxa y el bautismo de la católica se derivan de la inmersión ritual. Por otra
parte, numerosas civilizaciones han considerado el aseo personal como una práctica
saludable y placentera, sobre todo las culturas clásicas griega y romana, y
esta tradición se ha transmitido a lo largo del tiempo a otras culturas, como la
islámica, hasta llegar al mundo moderno occidental; además, puede servir como medio de
relación social, y prueba de ello es la práctica común desde tiempos remotos en zonas
tan distantes como Escandinavia, Turquía, Irán o
Japón.
El mundo
antiguo .Las estancias más antiguas dedicadas exclusivamente
al baño halladas hasta el momento son las de la ciudad india de Mohenjo-Daro, cuya fecha
es anterior al 2000 a.C. También han aparecido instalaciones de este tipo en el palacio
de Cnosos, en la isla griega de Creta, construida entre 1700 y 1400 a.C., y en la ciudad
real de Egipto Tell el-Amarna, edificada hacia el año 1350 a.C. Las pinturas decorativas
sobre ánforas de la antigua Grecia revelan la existencia de artefactos primitivos
similares a las duchas, y Homero habla en La Iliada de tinas para bañarse. Las
termas primitivas eran tan sólo dependencias de los gimnasios y tan sólo disponían de
agua fría, pero hacia finales del siglo V a.C. se empiezan a convertir en complejas
instalaciones independientes, situadas por toda la ciudad, que ofrecen baños de vapor y
piscinas (albercas) mixtas de agua caliente, templada y fría. En Grecia y Roma el baño
se convertía a menudo en un complicado ritual de cuidados corporales, que incluía la
práctica de ejercicio, masajes con aceites especiales, una sucesión de baños a
diferentes temperaturas, limpieza a fondo del aceite y el sudor de la piel y al final un
nuevo ungimiento con cremas u otros afeites.
Las termas romanas más
antiguas que se han conservado hasta nuestros días son las de Stabiano en Pompeya,
construidas hacia el siglo II a.C. Su disposición es similar al resto de las que se
conservan por todo el Imperio romano. Alrededor de un patio central, llamado palestra,
donde se puede practicar ejercicio, se encuentra el apodyterium o vestuario; el caldarium
o habitación que contiene el alveus, que es la piscina (alberca) de agua caliente;
el laconicum o baño de vapor; el tepidarium o piscina de agua templada, y
el frigidarium o piscina fría. En algunas ocasiones todas estas instalaciones se
duplican, a un tamaño más reducido, para las mujeres. El agua se traía desde las
fuentes, a menudo lejanas, mediante acueductos. Para calentar el interior de todas las
estancias se utilizaban una serie de conductos de agua caliente bajo los suelos, que se
cubrían con mosaicos decorativos. Durante el periodo imperial, entre los siglos I y IV,
se construyeron en Roma numerosos baños públicos, entre los que destacan las inmensas
termas de Caracalla y de Diocleciano. De las primeras se conservan importantes ruinas,
mientras que el tepidarium de las segundas fue reformado por Miguel Ángel y se convirtió
en la iglesia de Santa María de los Ángeles. Estos grandes complejos no sólo contaban
con los elementos tradicionales, sino que además contenían bibliotecas, salas de
lectura, gimnasios, tiendas, jardines y otras instalaciones.
Las termas públicas romanas también respondían a
una función social y política. Se convirtieron en lugares ideales para el recreo y la
relación social y, en consecuencia, los emperadores compitieron por legar al pueblo de
Roma las obras más fastuosas. Entre sus ruinas se han descubierto numerosas obras de
arte.
La edad media .La iglesia cristiana siempre consideró la limpieza espiritual un hecho
más importante que la limpieza corporal, e incluso generó el mito de que las termas
romanas fueran un lugar de perversión. De hecho, aunque las ciudades medievales contaban
con baños públicos, la iglesia siempre los consideró como lugares de mala reputación.
En la Europa septentrional, de clima frío, se llegó a considerar la excesiva limpieza
como algo insano, además de un acto propio de la frivolidad más reprobable. Los
constructores medievales prestaron mucha más atención a la experimentación sobre
fortificaciones o sobre los sistemas de evacuación de humos, mientras la mayoría de las
ciudades medievales no tenían agua corriente ni alcantarillado. El aseo personal, por
tanto, se convirtió en algo poco frecuente para la mayor parte de la población.
En Escandinavia, donde no llegó la romanización
pero el cristianismo tardó en imponerse, se generalizaron una especie de baños de vapor,
cuyo origen se remonta a los pueblos de las estepas euroasiáticas. Para ello cada hogar
contaba con una instalación, llamada sauna, que consistía en una pequeña habitación de
madera con un banco a lo largo de las paredes. En ella se podía lavar toda la familia,
tonificar la piel mediante suaves golpes con ramas de abedul, aclararse en agua templada y
terminar con un baño de agua helada para activar la circulación sanguínea.
En el sur de Europa la invasión musulmana se dejó
notar incluso en las zonas reconquistadas por reinos cristianos. El islam no sólo
permitió los baños públicos, sino que añadió a las razones higiénicas y sociales
otras de tipo religioso, que sirvieron para continuar con la tradición clásica. Todas
las ciudades importantes tuvieron al menos un baño público; en España esta tradición
se mantuvo incluso en las ciudades cristianizadas donde hubo una cierta población
musulmana (morisca). El reinado de los Reyes Católicos, y en concreto la expulsión en
1492 de musulmanes y hebreos, acabó en gran medida con estas costumbres, que a partir de
entonces se asociaron a herejes, moriscos o judeoconversos. Entre los baños de la época
islámica española cabe destacar el Baño Real del palacio de la Alhambra en Granada, que
contaba con tres habitaciones para las diferentes temperaturas, así como los del palacio
de Medinat-al-Zahra, en la Córdoba califal.
En Constantinopla se mantuvieron las costumbres
romanas durante la época bizantina, perfeccionadas por la llegada de los turcos. Tanto es
así que los baños de vapor, de tradición romana, se conocen a menudo como baños
turcos. Los edificios propios de esta cultura consisten en una gran sala cupulada,
calentada por vapor y rodeada de pequeñas habitaciones, cuyas paredes se recubren con
mármoles y mosaicos. En Turquía el baño se ha convertido en una ocupación social, que
puede llegar a prolongarse todo el día.
También en Japón existe una costumbre milenaria
con respecto al aseo. Cada casa tiene su propio baño privado, que unas veces consiste en
una tina dispuesta en el interior de la casa y otras en una piscina exterior. La limpieza
allí es un acto íntimo, aunque después toda la familia comparte el placer de la
inmersión. Por otra parte, los establecimientos públicos se suelen situar en una fuente
de aguas termales o medicinales, donde se socializa con otras familias. Esta costumbre
aún se mantiene en el Japón actual.
El mundo
moderno occidental .La Reforma protestante del siglo XVI desaprobó aún
más la costumbre del aseo, y lo mismo se puede decir de la contrarreforma católica
posterior, con lo que esta tradición se perdió casi por completo en el mundo occidental
cristiano y en las colonias americanas. En los siglos XVIII y XIX, gracias a la
recuperación de la cultura clásica, se generalizó la costumbre higienista de
"tomar las aguas" en las fuentes medicinales. Para ello, las clases acomodadas
viajaban unas semanas al año a los lugares de moda, como Bath en Inglaterra, Vichy en
Francia, Baden-Baden en Alemania, Saratoga Springs en Estados Unidos o La Toja en España.
Estos balnearios se convirtieron en grandes complejos turísticos, que además de las
fuentes termales ofrecían hoteles de lujo, tiendas, salas de concierto o casinos.
En las grandes ciudades del siglo XIX se extendieron
las enfermedades contagiosas, propagadas a través de las masas de seres humanos que se
hacinaban en los suburbios, sumidos en la miseria. Después de un brote de cólera en
Londres se puso de manifiesto la necesidad de instalaciones higiénicas para el aseo. A
finales del siglo XIX algunas casas de las clases altas ya disponían de cuartos de baño,
con agua corriente y bañeras de madera, cobre o hierro; mientras tanto, el resto de la
población acudía a los baños públicos construidos por los ayuntamientos.
Gracias a la industrialización de los aparatos
sanitarios la mayoría de las viviendas en el siglo XX tienen uno o más cuartos de baño,
equipados con agua caliente y bañeras o platos de ducha de acero esmaltado. Además, el
baño se ha convertido en un hábito higiénico muy importante para la salud.
Material extraido de
Encarta`98 |