Existen
ciertos sujetos enamorados de manera pegajosa y fanática de una
noción que desborda de moda en los medios de comunicación por estos
tiempos: el pluralismo. Muchos de estos hombres bregan desde sus
programas radiales o televisivos por este amor al pluralismo lanzando
a la audiencia frases del tipo de: ¡Bienvenido el disenso!,
Lo importante es que estamos discutiendo., ¡Viva
el pluralismo!, ¡Viva la diferencia!, Al
pan pan y al vino vino.
Sin
descuidar los altruistas y reconfortantes beneficios de una discusión
y la inyección de ser que nos inserta una buena dosis de intercambios
de cosmovisiones, pretendo deslizar algunas implicancias que estas
posiciones suponen y que suelen pasar disimuladamente desapercibidas.
Para
empezar debemos decir que el pluralismo no es todas las posiciones,
sino tan sólo una de ellas. No es el Aleph mágico que congrega y
condensa todas las posibilidades del mundo natural y biosocial,
sino una y sólo una posición política en sí misma.
Avanzando
mas podemos decir que un sutil detalle que suele escurrirse es que
discutir sobre un tema haciendo hincapié en que lo importante, mas
allá de lo que se discute es que estemos discutiendo, es poner en
segundo término el contenido de la discusión, es priorizar el acto
de discutir haciéndose primar la discusión sobre su contenido. Y
así, deja de ser la vedette de la mesa los temas que se traen a
debate y la acción misma de estar reunidos para debatir pasa a ser
la estrella. Esta inversión de prioridades trae aparejado un imperceptible
pero decisivo distanciamiento respecto del tema en cuestión y el
elemento en conflicto se mediatiza. Deja de ser lo relevante la
verosimilitud o realidad de una u otra posición. De este modo, ya
no me importará que se resuelva determinado conflicto con los sueldos
en tal provincia, o que se haga justicia en tal caso, o que se resuelva
el gatillo fácil en tal localidad, sino que el acento estará puesto
en la satisfacción de saber que se está debatiendo sobre algo, que
la operación que ha tenido lugar es imponer la voz del sujeto sobre
la materialidad del objeto a tratar. El problema concreto en Venezuela,
Bagdad o La Matanza queda destituido como prioridad, queda al margen.
De un modo sutil y extraño los temas concretos y plausibles que
se desarrollan en distintas partes del mundo quedan deportados de
la mesa televisiva. Se le sustrae al problema concreto y práctico
la intensidad de su aparición en sí misma. Paradójicamente, la acentuación
y explicitación del pluralismo trae aparejado un acallamiento tiránico
de los sucesos que hablan en el mundo.
Esta
especie de sujetos amantes del goce en la palabra se deleitan en
un acto que no consiste en actuar en el mundo, sino simplemente
en deslizar fervientes pero inofensivas opiniones encontradas sobre
el tamiz televisivo o radial. Proclaman ser abiertos, cuando en
concreto son livianos, dicen tener amplitud mental para aceptar
todas las posiciones en su mesa de debates, cuando en realidad encubren
que lo más conveniente para su comodidad profesional es no sostener
ninguna de ellas, portan el inapelable beneficio secundario de proclamarse
con la más amplia de las objetividades al hablar desde afuera,
cuando lo que hacen es contribuir al mantenimiento del status quo.
La
propuesta es observar que allí, justamente donde se pretende tomar
distancia, donde se pretende ser el arlequín que hace intervenir
todas las posiciones, donde alguien quiere tomar la batuta del observador
que dirige todos los colores y tonalidades que tiene la realidad,
no dejemos de observar que ese director y su batuta forman parte
de uno de esos tonos de la realidad misma que pretende expresar,
y que haciendo hincapié en sí mismos, en su acción de mostrar e
invocar a todos los tonos de la naturaleza, no hacen más que ensombrecerla,
desterrarla del centra de la escena, virtualizarla.
Y siguiendo
con la línea de tonalidades, y de colores, sería bonito para el
paisaje televisivo y radial que en alguno de estos programas se
blanqueara, aunque sea con un poco de cal al agua, esta situación,
y que se transparentara que muchos de ellos no está allí ante el
micrófono porque quieran representar la opinión de la gente,
o ser guardianes del mal actuar del gobierno, o ayudar
a resolver algunas problemáticas sociales, sino que están
allí para solazarse hedónicamente en ese cómodo y maravilloso pasatiempo
que es discutir por discutir.
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