Un brindis macabro

Helmut Washman se encontraba en una cervecería del centro de la ciudad de Munich, bebiendo alegremente cerveza tras cerveza e invitando afablemente a todo aquel que entraba en el local y le daba los buenos días. Ninguno de los invitados de Washman podía comprender la causa de su alegría ni tampoco que cada vez que alzaba la jarra mirase al cielo y murmurase unas palabras, muy sonriente, como si brindase por alguien ausente pero de quien se estaba acordando.
Las razones de Washman se descubrieron al cabo de un par de horas, cuando los efectos del alcohol se dejaron sentir en su organismo y la euforia le dominó hasta el extremo de que las palabras de sus brindis se hicieron inteligibles:
-¡Por ti, Ingrid...! ¡Porque ya no podráás molestarme nunca más ... ! ¡Porque al fin me deshice de ti!
Los invitados de Washman empezaron a mirarse sorprendidos y recelosos y, mientras uno de le incitaba para que se explicara, lo que él hizo lleno de euforia, el dueño enviaba a un camarero en busca de la policía.
La alegría de Washman se debía a que horas antes de aquel 20 de setiembre de 1974 había asesinado a su mujer, crimen que estaba celebrando tan contento, y por eso brindaba e invitaba a cuantos le saludaban.
Detenido por la policía, convicto y confeso, Washman seguía pidiendo cerveza en el calabozo para continuar con sus brindis...