FIESTAS, VACACIONES Y CONVIVENCIA

Cuando se aproximan las fiestas y la posibilidad de algún receso laboral, suele hacerse el balance del año pasado. Los temas son salud-enfermedad, logros, satisfacciones e insatisfacciones en estudios, labores, economía, relación con padres, hijos, pareja, cónyuge, amigos. En fin, peripecias comunes a todos.

Sin embargo, ante las mismas cuestiones no todas las personas se posicionaron de igual modo. Durante el año, hay quienes fueron reflexionando sobre cómo participaban en las cuestiones de su vida. O, frente a obstáculos provenientes del exterior, habrán recordado situaciones que -en tanto parámetro o experiencia- contribuyeron a una mejor resolución. Asimismo, otros habrán podido rever su reiteración a exponerse a situaciones o personas riesgosas. Y además, muchos hombres y mujeres pueden haber descubierto qué otras cuestiones importantes estaban posponiendo al estar tan ensimismadas resolviendo siempre las urgencias.

Claro está que esta época del año no sólo refresca adecuadas actitudes. También, despierta la duda de si hicimos todo lo posible en cada área de nuestra vida. Frente a lo cual, el clima reinante tiende a fomentar ilusiones desmesuradas hacia lo que haremos de aquí en más. Tras lo cual, solemos presuponer que "mejorar" es transformarnos en "otro distinto". Si nos enganchamos en lo anterior, esperaremos que un brusco cambio en algún área de la vida nos traiga aparejada una "vida nueva". En realidad, del mismo modo que durante el transcurso del año, esa ilusión la debíamos ir acariciando antes del balance anual. Ejemplos velados de ello pueden ser: si ocultábamos nuestros errores constatando los de los demás; si eramos tendenciosos en la apreciación de nuestras acciones; si resolvíamos el tema poniendo distancia de las personas con quienes teníamos alguna fricción, sobre todo si nos devolvían una imagen desfavorable de nosotros mismos; si postergábamos encarar problemas familiares con la esperanza de que se resolvieran solo u otro lo hiciera por nosotros, etc.

Dentro del tema de las amistades, a veces se decide apartarse. Ello puede ocurrir, sobre todo cuando uno mismo ha ido variando en aspectos esenciales de la vida. Otras, pueden haberse ido tornando tan insoportables que es mejor dejarlas pasar. Sin embargo, es importante discriminar si, en algunos casos, lo que más nos incomoda es honestidad de alguien. Pues, podría resultar un error dejar a un lado la posibilidad de frecuentarlo, y perder la oportunidad de reconocernos más genuinamente y, por ende, modificar algún aspecto de nuestra personalidad.

Además de las relaciones laborales actuales, existen otras que -salvo excepciones- no pueden dejar de ser pasadas a la agenda anual y cotidiana. Se trata de los cónyuges, hijos, padres, tíos, cuñados, primos, abuelos, sobrinos, etc. A veces, para intentar mejorar los vínculos con algunos de ellos, se requiere deternerse a pensar con más serenidad acerca de virtudes y defectos, pero de ambas partes. Justamente porque están en juego los cariños compartidos.

Así, los eventos de esta época del año enfrentan con decidir con quiénes reunirse, viajar, a quienes evitar o llamar para saludar, etc. En general, unos se acomodan en exceso, mientras otros muy poco. Pero en esencia, en ambos casos extremos, siempre se cuela la expectativa de una transacción, de que otro cambie de acuerdo a nuestro gusto, comodidad o necesidad. Salvo que alguna vicisitud límite actúe como despertador, muchos hombres y mujeres, adolescentes y adultos, suelen protestar porque -finalmente- el otro no cambió.

Así, cuando se comparten programas de fin y comienzo de año, se suele comprobar que la parejas o los padres siguen teniendo algún defecto detestado, los progenitores o familiares políticos "viste? siempre dicen lo mismo", las sobremesas se caracterizan por temas urticantes, la lluvia que arruina los planes y la paciencia, los reclamos inoportunos del cónyuge, maridos, mujeres y algún "ex" con los que se debe acordar fechas, horarios propios y de los hijos, algún esposo que huye "justo a la mañana" del evento a jugar un partido con quienes aún se consideran muchachos, simultáneos requerimientos de hijos y/o suegros por los horarios, la extensión del trabajo en el lugar de veraneo, y por ende, los reiterados climas de inseguridad, competencia, rivalidad, etc.

Pese a todo, durante las fiestas y los momentos de menor actividad laboral se reactiva el deseo de convivir más armoniosamente. En el fondo, todos necesitan desplegar tanto cariño postergado. Pero las expectativas suelen estropearlo todo. Pues, cualquier obstáculo o reiteración es vivido como un amague de revolución frente al cual hay que contraatacar con una defensa mayor.

¿Cómo hacer para que nuestras convivencias sean más amenas? Quizás, se trate de bajar las expectativas desmesuradas, como también trabajar en "reposicionarnos" más seguido. Esto, es, durante todo el año darle a las cosas el justo valor y evaluar los pro y contras de cada relación. Lo cual, suele ir de la mano de valorar las propias capacidades, a fin de desarrollarlas más plenamente en el año entrante. Y, sin caer en la resignación, reconciliarnos con las dificultades o errores que hayamos tenido a fin de pulirlas para la próxima oportunidad que se nos presente. Recién entonces, desde esta postura más vital y menos negadora, resentida o torturada, podremos plantearnos cómo instrumentar la posibilidad de cambio propio y ajeno.

Es un problema que en sólo unas semanas al año la gente brinde, se ría y se prometa una "vida nueva". Porque mientras comprueban que la calabaza no se les transformó en carruaje, unos a otros se arruinan las sonrisas, desaprovechan el momento que tienen para aprender a tener una mejor convivencia. Justamente, el peligro de las fiestas, de antes, durante o después de las vacaciones, radica en esperar que todo sea diferente. De ahí que, luego de las reuniones o del regreso de los viajes, retorne una especie de 'nube negra'. Se trata de la amargura, del sentimiento de haber esperado a los 'reyes magos', a 'papá Noel' y que, lejos de alegrías y placeres, dejó en nuestras manos discusiones de sobremesa, malos humores por días lluviosos, arena en la cama, protestas o reclamos excesivos del cónyuge, hijos injustos a los que nada les viene bien, algo de melancolía pegajosa de la abuela o la suegra, tareas laborales que -a nuestro regreso- están más complicadas que cuando partimos, funciones laborales propias que -en nuestra ausencia- otro consideró oportunidad para adueñarse, etc.

 

Sin embargo, ¿cuántas cosas las hemos venido evitando o intentamos modificar durante el transcurso del año? Pues, el riesgo es que hayamos dilatado encarar muchas cuestiones que hacen a la convivencia diaria, conversaciones esenciales con los hijos o la pareja, los amigos u otros familiares. Quizás sea buena idea que, ante lo inevitable, en lo que de nosotros pudiera depender, nuestra "nube negra" no nos impida encarar nuestros intereses con más sentido del humor, de la oportunidad y sensatez.

Muchas personas navegan entre la nostalgia de algo que -como ya pasó- se lo tiñó de mejor, y la esperanza de un futuro -que como todavía no llegó- seguramente será más prometedor. Pero, se suele olvidar el 'mientras tanto'. O sea, hacer hoy, ahora, acá, con quien trabajo o convivo.

En otras palabras, a veces, los comportamientos son equivalentes a no alimentarse durante el año pero ingerir cinco kilos de pollo en el mes de vacaciones o la reunión de fin de año. O, en otro ejemplo, durante todo el año, apenas se dialoga profundamente con el cónyuge o los hijos, pero los reclamos, acusaciones o lamentos son puestos a la orden del día en una sola reunión o -favorablemente- en un mes.

En fin, en estas fiestas, vacaciones largas o cortas que se avecinan, es buena idea tomarlas como algo más que un momento de esparcimiento, nutrición o relaciones de compromiso. Cada uno de nosotros, también puede encararlas como oportunidad para reflexionar de manera diferente. Está en juego replantearse los cariños, los límites, los enojos, las propias y ajenas necesidades. Aunque haya discusiones o diferencia de opinión. Porque, muchas veces, ellas valen la pena para cambiar la perspectiva que todos tenían antes de intablarlas.

Es difícil, pero no imposible. Todo es cuestión de mejorar la manera de dar a conocer nuestras necesidades, y aprender a escuchar más a los demás. Entonces, podremos auténticamente brindar "con" los demás.

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