El atardecer,
la noche, esa es la hora en que me pongo a pensar, a escribir una
palabra, una frase, a plasmar alguna melodía, porque las notas a esa
hora estan flotando, me rodean, intangibles, etéreas, y entonces me
animo en un coloquio intimo y hasta sensual a el dialogo con las musas
y los duendes que alegremente limpian resfrescan mi mente de las
miserias de la vida cotidiana y fruslera, y mueven mis manos en un
efugio sublime que me hace jugar con la pluma, las teclas o las
cuerdas como un niño con sus juguetes.
En la hora que otros duermen, algunos quiza no tantos, o unos pocos,
comienzan a vivir la magia nocturnal donde todo es diferente, sin la
agresion subliminal del trajín cotidiano de este mundo
imperfecto.
Aquí se presenta una cruel antinomia... Al esconderse el sol, fuente
de vida y energía, la sombra de la noche trae una ilusoria
perfección que creemos sentir en nuestro entorno, y en ese estado
inmaterial, hibrido, el tiempo, que no es tal, se detiene, y
cobijándonos en su seno nos hace retozar libres, y hasta diría que
aún sin alas podemos volar en aras del dulzor celeste de una
ilusión.
Jorge Persio
Ferrari