Nací en un hogar pobre. Mi padre  era trabajador y tomaba mucho,

mi mamá muy autoritaria y dominante. Desde chico comencé a  sentir la gran diferencia que en su trato mi madre hacía con mis hermanos y yo.  Mi mamá nunca me dijo que me quería, por el contrario sólo recibía indiferencia y golpes. A pesar de mi corta edad, muchas veces llorando le decía a Dios: Por qué?


A los dieciocho años decidí irme de casa porque estaba cansado de golpes, insultos y que nadie me amara sinceramente y se interesara por mi.


Seguí creciendo, sintiendo la soledad, durmiendo algunas veces en el banco de la estación o en el tren de aquí para allá, con frio y hambre. Soportaba la soledad, a pesar de tener una casa y una familia, porque allí la indiferencia me dolía tanto que prefería no estar. Todo esto hizo que cada vez que tenía un problema, sintiera un profundo odio hacia mi madre. Para mí era la única culpable de todo.


Jamás se lo dije, guardé mi resentimiento y me fui llenando siempre más de odio y de rencor.


Me casé y tuve dos hermosos hijos; y un día decidí acompañar a mi esposa al Encuentro de Alabanza y Adoración. Allí le entregué mi vida al Señor y también todo ese odio y rencor hacia mi madre que me había acompañado hasta ese momento. Perdoné a mi mamá. Hice un charco de tanto que lloré ese día, despues, luego de mucho tiempo,

fui y abracé a mi mamá y por primera vez en la vida  le dije que la quería.


En el presente, cada vez que la visito, la abrazo mucho. Dios rompió el muro que nos separaba y puedo decir que volvió la paz a mi vida.


Hace alguno años no habiera podido escribir esto sin llorar y llenarme de rabia, por todo el dolor que había en mi corazón, pero ahora mi corazón está sano y lleno del gozo del Señor.


Llegué destruido, con ideas de suicidio y a punto de separarme, pero acompañado por los hermanos de la comunidad fui superando todo lo que me oprimía.


Mi vida y la de mi familia fue sanada por el Señor. Mi casa que era un infierno hoy está inundada por la paz y todos estamos muy comprometidos en compartir con los demás lo que hemos recibido gratuitamente de Jesús.


Igual que Abraham, me mudé a un nuevo domicilio espiritual.

                                                   

   

                                                                                                                                                             


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Esteban

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