Una
melodía familiar...la escucho y la siento tan mía,
su eco me trae la desdicha, ...me trae tu ausencia, compañera del alma,
¡cómo extraño tus besos!, ¡cómo suena aquella música maldita!, dime,
compañera, que el silencio reinará, dime, compañera, que aquella triste
melodía cesará, que caminaremos juntos a la orilla del Nahuel, y que
cenaremos entre velas, con Hölderlin y Wilde, ¡dime, amada mía!, que lo
haremos por amor, que estaremos siempre juntos sin que muera la pasión, y
que haremos las delicias en un lecho de fulgor, ¡dime, compañera!, susúrrame
al oído tu bella canción, cuéntame una historia puerca y juguemos al
amor, ¡compañera amada mía!, no quisiera estar sin ti, pues tu ausencia
me devuelve aquella triste melodía, ¡dime, compañera!, que ya nunca
sonará... esa
triste melodía: el llanto de mi corazón.
(MANDINGA)
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Poema
Nº 20
Puedo
escribir los versos mas tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: "La noche esta estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos".
El viento de la noche gira en el cielo y canta.
Puedo escribir los versos mas tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella tambien me quiso.
En las noches como esta la tuve entre mis brazos.
La bese tantas veces bajo el cielo infinito.
Ella me quiso, a veces yo tambien la queria.
Como no haber amado sus grandes ojos fijos.
Puedo escribir los versos mas tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.
Oir la noche inmensa, mas inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocio.
Que importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche esta estrellada y ella no esta conmigo.
Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.
Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazon la busca, y ella no esta conmigo.
La misma noche que hace blanquear los mismos arboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Ya no la quiero, es cierto, pero cuanto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oido.
De otro. Sera de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.
Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.
Porque en noches como esta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.
Aunque este sea el ultimo dolor que ella me causa,
y estos sean los ultimos versos que yo le escribo.
(Pablo
Neruda)
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INCONCLUSA
Como
duele sentir
que
el hastío
de
mi existir
se
hizo amigo.
Como
duele pensar
que
la tristeza
es
mi pesar,
te
lo digo con franqueza.
(El
Chino)
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¡cómo
extraño en este instante
que
tus brazos estrechen mi cuello!,
y
besar tus rodillas y palpar tu cintura,
¡cómo
extraño en este instante
que
bebamos un champagne y tu baile tan sensual!,
¡cómo
extraño en este instante...
decirte
que te amo, decirte que te amo!
(MANDINGA) |
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No
recuerdo los nombres de las flores,
quizás
porque cargan nombres de mujer
aunque
me quedaron sus olores y colores,
el
uno, nobleza máxima del vegetal
que
a punto cúlmine de su vida
entrega
su aroma sublime, el más rico
de
toda su existencia,
el
otro, trampa mortal del ojo humano,
rojo
fuego, pasión del enamorado,
verde
musgo, esperanza mía de tenerte,
blancos
y amarillos, negros y dorados,
y
después de la muerte, todos ocres.
No
recuerdo los nombres de las flores
pero
tu nombre, Colombina de estos días,
está
preso en mi cárcel de costillas
y
si no hay ninguna flor que por nombre
lleve
el tuyo, palabra de la tarde,
las
bautizo a todas Colombina,
y
por color las tiño con mi sangre.
(JERICÓ)
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Tu
rostro se me pierde en el recuerdo,
sólo
cinco segundos y vuelve a estar conmigo,
me
levanto, voy, cruzo, paso por tu puerta, vuelvo...,
ya
está,
tu
rostro envuelto en mis caricias...
son
mis dedos que caminan por tu boca y tu nariz,
¡oh,
musa encantadora!,
¿vendrás
esta noche a traerme mi canción?,
¡bella
mujer!,
allí
está tu rostro,
condenado
al olvido.
(MANDINGA)
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Yolanda
Esto
no puede ser no más que una canción;
quisiera
fuera una declaración de amor,
romántica,
sin reparar en formas tales
que
pongan freno a lo que siento ahora a raudales.
Te
amo,
te
amo,
eternamente
te amo.
Si
me faltaras, no voy a morirme;
si
he de morir, quiero que sea contigo.
Mi
soledad se siente acompañada,
por
eso a veces sé que necesito
tu
mano,
tu
mano,
eternamente,
tu mano.
Cuando
te vi sabía que era cierto
este
temor de hallarme descubierto.
Tú
me desnudas con siete razones,
me
abres el pecho siempre que me colmas
de
amores,
etrenamente
de amores.
Si
alguna vez me siento derrotado,
renuncio
a ver el sol cada mañana; rezando el credo que me has enseñado,
miro
tu cara y digo en la ventana:
Yolanda,
Yolanda,
eternamente,
Yolanda.
(Pablo
Milanés)
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Cuando
vuelva a pasar a tu lado,
querré
que sea tan cerca
que
casi te roce,
que
sea tan cerca
que
sienta el perfume de tu piel dorada,
no
el de fragancias enfrascadas,
el
perfume de tu piel,
el
que quedara impregnado
si
yo jugara en tu espalda
a
los cien besos del amor.
Cuando
vuelva a pasar a tu lado,
querré
que ese instante
se
detenga en el tiempo,
que
ese instante
perdure
en mi ser,
saberme
cubierto de glorias eternas:
del
susurro de tu voz, del roce de tus manos,
de
tus besos empapados de brisas matutinas,
de
tu ardiente sexo candoroso entre mis labios,
¡ah...,
si yo pudiera eternizar el momento!,
lo
haría con un encanto suave...
como
los pétalos frágiles del jazmín,
como
el vuelo rasante de la gaviota sobre el mar,
como
la suavidad de tu piel, deslizándose en mis manos...
(MANDINGA)
Óleo
de mujer con sombrero
Una
mujer se ha perdido
conocer el delirio y el polvo,
se ha perdido esta bella locura,
su breve cintura debajo de mí.
Se ha perdido mi forma de amar,
se ha perdido mi huella en su mar.
Veo una luz que vacila
y promete dejarnos a oscuras.
Veo un perro ladrando a la luna
con otra figura que recuerda a mí.
Veo más: veo que no me halló.
Veo más: veo que se perdió.
Una mujer innombrable
huye como una gaviota
y yo rápido seco mis botas,
blasfemo una nota y apago el reloj.
Que me tenga cuidado el amor,
que le puedo cantar su canción.
La cobardía es asunto
de los hombres, no de los amantes.
Los amores cobardes no llegan a amores,
ni a historias, se quedan allí.
Ni el recuerdo los puede salvar,
ni el mejor orador conjugar.
Una mujer con sombrero,
como un cuadro del viejo Chagall,
corrompiéndome al centro del miedo
y yo, que no soy bueno, me puse a llorar.
Pero entonces lloraba por mí,
y ahora lloro por verla morir.
(Silvio
Rodriguez, 1970)
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