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Varias
instituciones odontológicas han propuesto
desde hace mucho tiempo, la unidad de
la profesión como camino idóneo para
resolver la mayor parte de los problemas
de la profesión.
Sin
duda, si se consiguiera que todos los
odontólogos nos pusiéramos de acuerdo
con las medidas a tomar para conseguir
condiciones de trabajo óptimas, estaríamos
en una situación ideal. Pero por muchas
circunstancias estamos frente a una
situación utópica, porque es imposible
tal acuerdo. Vemos a diario cómo hay
intereses contrapuestos, por ejemplo en la
firma de convenios con los servicios de
salud, o en la administración de las
mismas instituciones odontológicas.
En
otro sentido, personalmente siempre he
sido escéptico con las ideas de unidad
que restan capacidad a las decisiones
individuales o sea, a las libertades
individuales. Vamos a un ejemplo que
justifica mi escepticismo:
En
los años 70 y principios de los 80, existía
en la provincia de Buenos Aires una sola
entidad gremial responsable de la firma de
convenios con obras sociales. No interesa
su nombre porque lo que importa
(compartiendo o no conmigo) es entender
el concepto (la
situación que describo pudo darse en
cualquier situación de la vida
cotidiana). En esa oportunidad
existía de alguna manera esa unidad,
pero como contrapartida el odontólogo
asociado no
tenía la posibilidad de optar por cuál
obra social deseaba trabajar, tenía la obligación
de atender por todo el listado (lo deseara
o no), con el agravante que las obras
sociales no admitían la inscripción de
odontólogos prestadores en forma directa,
tenían que hacerlo a través de la
entidad gremial. Ante esta situación el
odontólogo perdía la total libertad de
elegir voluntariamente. Obviamente el
pretexto de tales medidas era el bien común
en la profesión, pero ese bien común no
se puede forjar avasallando las libertades
individuales consagradas por la Constitución
Nacional.
Pero
supongamos que esa unidad se lograra
respetando los derechos y libertades
individuales, ¿con qué finalidad elegiríamos
este camino?. No es otro que el de
intentar presionar con la suficiente
fuerza gremial la firma de convenios más
ventajosos.
La
pregunta que hago es: ¿estaríamos en
condiciones de imponernos por la fuerza en
caso que las distintas obras sociales
siguieran el mismo camino? ¿tenemos
alguna oportunidad de ganar una lucha
corporativa de esas características?.
Obviamente no, ya que como se sabe la
odontología, hoy por hoy, tiene escasa
importancia política dentro del sistema
de salud. Ninguna obra social se
desmoronaría por el sólo hecho de
negarnos masivamente a la firma de
convenios abusivos.
Entonces:
¿cuál es el camino para mejorar el
ejercicio profesional? ¿hay soluciones?.
Estoy absolutamente convencido que sí,
que sólo a través de la presentación de
programas coherentes y realistas,
fundamentalmente con orientación
preventiva y conservadora (apoyados por
planes de educación para la salud a la
población sostenidos a través del
tiempo). Como
este tema es extenso lo voy a presentar a
corto plazo en otra sección de esta página
web.
En
resumen, creo más en la razón que en la
fuerza. La unidad de la profesión nunca
será total, pero se puede lograr un
amplio consenso sobre qué odontología es
la que debemos defender y ofrecer al público,
siempre respetando y no marginando al
colega que no comparta el camino. Se puede
demostrar que una odontología ortodoxa,
bien orientada, puede ser beneficioso para
todos los sectores involucrados en la
atención odontológica: PACIENTES
– OBRAS SOCIALES – ODONTOLOGOS –
INSTITUCIONES.
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