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Enzo Prestileo

LAS IDEOLOGÍAS NO MUEREN

Dicen que las ideologías han muerto. Lo dicen, por lo general, aquellos que tienen por única ideología la obtención de dinero y poder. Pero las ideologías no sólo viven y colean, sino que son el motor del crecimiento de las naciones.

Es muy común escuchar entre los políticos –vale aclarar, los argentinos- que las ideologías pasaron de moda, que son arcaicas y/o contraproducentes para el progreso de un país, en este caso el nuestro.

Nada más equivocado. Estos devaluados exponentes de la política vernácula esconden su vocación de poder por el poder mismo, cuando no su incapacidad para desarrollar ideas propias.

De ahí que ante la inquisitoria periodística nos cansemos de escuchar la remanida y hueca respuesta: “esa idea no es de derecha o de izquierda, es de sentido común”. Tal vacío de carnadura ideológica no hace más que reforzar el dicho según el cual ese sentido, el común, es más que escaso entre los humanos. Muy en particular entre los de esta región del planeta.

Por cierto que, por estas horas, la premura por despegarse de cualquier concepto capaz de identificar al político de turno con determinada ideología está mucho mejor desarrollada por aquellos que adhieren a ideas de derecha que sus colegas de izquierda. Los tiempos que corren para la Argentina han asentado en la conciencia de sus ciudadanos que la “derecha” es algo sucio y despreciable, y que la izquierda, cuando no es llevada al paroxismo, representa ideales nobles o, en el peor de los casos, utopías tan irrealizables como deseables.

Sin embargo -¡cuando no!-, la parte civilizada del mundo nos viene demostrando desde hace muchas décadas que ni la izquierda ni la derecha tienen el privilegio de albergar la exclusividad de las ideas que, llevadas a la práctica, derivan en el desarrollo de los países. Por el contrario, el equilibrio entre las sucesivas dosis de gobiernos de uno y otro signo es lo que termina desembocando en el bienestar general.

Debiera ser perogrullesco, pero por las dudas aclaremos que nuestro país está a años luz de comprender esa realidad global. Todavía nos debatimos en la edad cavernaria de la democracia, dibujando torcidos palotes que ni al más delirante de los intelectuales le permiten prever un futuro cercano con tal grado de madurez cívica.

Pese a todo, algo nos empuja en el intento de delinear el camino a recorrer para que, en un futuro mucho más distante, imaginemos a la Argentina sentada a la mesa de los países evolucionados, aquellos en los que sus poblaciones –o la amplia mayoría de ellas, cuando menos- disponen de comodidades y beneficios acordes al grado de desarrollo de la humanidad.

Y es la ideología el motor que empuja el vehículo colectivo por ese largo y sinuoso camino. Pero la verdadera ideología se basa en principios, no en conveniencias circunstanciales, como ocurre por estas latitudes. La ideología debe ser el ente rector de los partidos políticos que disputan el poder, y no al revés.

En la Argentina, las generaciones vivas no conocen un sistema de partidos basados en diferencias ideológicas. El bipartidismo –si incluyéramos a los militares, tripartidismo- que imperó a lo largo del último medio siglo estuvo basado en el desarrollo de habilidades políticas para la obtención, mantenimiento y acrecentamiento del poder por el poder en sí mismo. Y en estas lides, el peronismo ha demostrado llevarle una enorme ventaja a su opositor partido radical.

Pero esto no logró evitar el travestismo ideológico de cada uno de los peronistas que dominó su época, desde el líder y fundador fallecido hace treinta años hasta el actual primer mandatario, pasando, por supuesto, por exponentes tan destacados como el durante diez años presidente Carlos Menem.

Todos ellos demostraron una extraordinaria capacidad de adaptación a los tiempos, arrastrando casi a la totalidad de las estructuras partidarias que les tocó en suerte gobernar, hacia uno u otro lado del centro ideológico y sin perder masa popular de adhesión. Esta aparente proeza política explica, en buena medida, la endeblez tanto de memoria como de principios de la sociedad misma.

Por otra parte, si miramos desapasionadamente el lugar que ocupamos en el mundo después de esas seis o siete décadas de pragmatismo a ultranza, no deberíamos estar contentos con los resultados.

Sin embargo, una de las ¿virtudes? de esos sucesivos gobiernos ha sido la de culpar convincentemente, de acuerdo a lo que se puede apreciar, a los gobiernos anteriores -¡del mismo partido, más de una vez!-, a factores de presión externos, a la patria financiera, al establishment o la sinarquía internacional (!!!) por los estrepitosos y continuos fracasos.

Lo cierto es que las ideologías no se compran, se tienen o no.

Vale como ejemplo el del actual Presidente, que pretende –con éxito, hasta ahora- hacernos creer que es un convencido izquierdista –progresista, seguramente preferiría él-, cuando en unos veinte años de actuación política pública casi no hay rastros de esa supuesta identificación, y cuando, salvo en dos o tres cuestiones “marketineras”, lleva adelante políticas que oscilan entre el más agrio conservadurismo y un lavado fascismo “a la argentina”.

No es así como vamos a construir escalones sólidos que, una vez subidos, nos permitan pensar únicamente en cómo seguir ascendiendo. Porque la precariedad de esas bases las tornará presa fácil del primer viento fuerte. Y la historia se cansó de enseñarnos que los vientos fuertes siempre vuelven.

Por eso, cuando por fin aprendamos a caminar sin andador, será cuando no nos deslumbremos con los espejos de colores de aquellos candidatos que nos prometen el oro y el moro en cada elección, proviniendo de partidos políticos que no han sabido transitar en línea recta tan siquiera un minuto de su historia. Quizás en ese momento podamos darle la oportunidad a quienes proponen, aunque más no sea en dosis homeopáticas, algo de sangre, sudor y lágrimas, pero para ser derramadas en pos de ideas concretas que ya hayan sido probadas con éxito en otros países.

Mientras tanto, la ideología de la no ideología nos seguirá entregando pequeños oasis en los que parece que la felicidad es posible, seguidos indefectiblemente de largos períodos de postración, cada vez más profundos y abarcadores de más argentinos.

De derecha o de izquierda, pero con ideas propias. Esa es la clase de políticos que nos hacen falta en el futuro.

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