Howard Fast
El tercer oficial (en
entrenamiento, así que en realidad era simplemente el ayudante del tercer
oficial) dio unos pasos por el corredor de la gran nave espacial en dirección
al recinto de meditación. Aunque ya llevaba cuatro años estudiando las once
clases distintas de naves espaciales, la presente era nueva, impresionante y
mucho más compleja, mucho más debido a que ésa se trataba de una nave Clase
Dos, absolutamente autónoma en cuanto a mantenimiento y con una posibilidad
indefinida de recorrido. A distinción de otras naves espaciales, no llevaba el
nombre del planeta de origen sino del de destino, Cephes 5, y como todas las
naves médicas, le estaba permitido entrar en cualquier puerto de la galaxia.
Sabía que había tenido
suerte en que se lo destinara a esta nave para completar su entrenamiento, y a
los veintidós años era lo suficientemente joven y romántico como para dudar
de su buena fortuna y bendecir su buena estrella continuamente.
Hacía tres días que se
había embarcado como cadete oficial, en el último puerto que había tocado la
nave, y desde entonces lo habían tenido ocupado con exámenes médicos,
inoculaciones, instrucciones y giras de orientación. Esta era su primera hora
libre, y buscó el recinto de meditación.
Era una habitación
larga, sin nada de particular, de paredes color marfil, cielorraso de igual
color, iluminada por una agradable luz dorada. Por todos lados habían pilas de
almohadones. De la tripulación de la nave, unas ciento veinte personas, había
en ese momento una docena, meditando. Estaban sentados sobre los almohadones con
las piernas cruzadas, el cuerpo erguido, las manos juntas y la mirada baja en
una posición que era tal vez la más generalizada entre todos los planetas de
la galaxia. El tercer oficial escogió un almohadón y se sentó, cruzando sus
piernas desnudas. Sólo usaba un short de algodón.
Trató de desprenderse de
su ego, como había aprendido hacía mucho tiempo, de tranquilizar sus dudas y
temores para fundirse con la inmensidad del universo hasta formar parte de un
todo infinitamente superior. Pero no lo logró. Se sentía bloqueado,
confundido, preocupado, su mente pasaba de pensamiento en pensamiento mientras
en medio de ellos comenzaban a tomar cuerpo extrañas fantasías.
Miró a los otros hombres
y mujeres que estaban en el recinto, pero todos estaban en silencio, y
aparentemente no los turbaba ningún pensamiento extraño y espantoso igual que
a él.
Durante una media hora el
tercer oficial trató de controlar su propia mente y mantenerla en claro, pero
después se dio por vencido y abandonó el recinto de meditación, dándose
cuenta entonces de que se había sentido así, en ese curioso estado de excitación
mental desde el momento en que subió a bordo del Cephes 5, sólo que recién se
percataba de ello.
Pensó que se debía a su
ansiedad, que estaba excitado porque lo habían destinado a esta gran nave
misteriosa. Fue a uno de los cuartos con ventanales para contemplar el espacio,
se sentó en una silla y apretó el botón que levantaba la pantalla,
descubriendo el espacio. Se tenía la impresión de estar sentado en el medio de
la galaxia, en medio de una cantidad infinita de estrellas brillantes. El tercer
oficial se acordó que en sus primeros viajes de entrenamiento, el cuarto de
contemplación había curado cualquier problema de temor o intranquilidad. Ahora
no surtió efecto, pues sus pensamientos en el cuarto de contemplación eran tan
turbadores como los del recinto de meditación.
Preocupado e intrigado,
el tercer oficial abandonó el cuarto y se encaminó a la oficina del consejero
de la nave. Le quedaban cuatro horas de tiempo libre antes de comenzar su
recorrida por el cuarto de máquinas. Había decidido dedicar sus horas libres a
conocer a los otros integrantes de la tripulación en el salón de recreo, pero
cambió de idea, ya que más importante era saber por qué la atmósfera de la
nave lo llenaba de un sentimiento de caos y premonición.
Llamó a la puerta de la
oficina del consejero y entró al oír una voz que le ordenó hacerlo. Entró
con inseguridad porque nunca había acudido a un consejero de una nave
interestelar. Los consejeros eran personajes legendarios en toda la galaxia,
porque en cierta manera pertenecían al más alto grado en la organización de
la humanidad. Eran hombres muy viejos y muy sabios, y poseían un talento tal
que no podía sino llenar de temeroso respeto a un cadete de veintidós años.
En las naves espaciales, los consejeros estaban incluso por encima del capitán,
aunque era muy raro que un consejero contraviniera una orden de un capitán o
interfiriera de manera alguna en la dirección de la nave. Se corrían historias
de que había consejeros de más de doscientos años, aunque se sabía con
seguridad que había muchos de ciento cincuenta años.
Cuando el tercer oficial
entró en la oficina pequeña y amueblada con sencillez, un hombre viejo,
vestido con una bata azul de seda, se volvió del escritorio donde estaba
escribiendo y dio la bienvenida al tercer oficial con un movimiento de cabeza.
Era por cierto muy viejo, con la piel arrugada y seca como cuero viejo, y miró
al tercer oficial con ojos de un color amarillo pálido, llenos de agradable
curiosidad. ¿Era verdad que los consejeros podían leer el pensamiento de otra
persona con la misma facilidad que los hombres comunes oían el sonido?, se
preguntó el tercer oficial.
- Sí, es verdad - dijo
el viejo suavemente -. Tenga paciencia, tercer oficial. Tiene más cosas que
aprender de las que se imagina -. Le indicó una silla - Siéntese y póngase cómodo.
Hay una diferencia de ciento doce años entre su edad y la mía, y aunque cuando
llegue a mi edad le parecerá poco importante, ahora es casi extraordinario, ¿verdad?
El tercer oficial asintió.
- ¿Estuvo en el recinto
de meditación y no pudo meditar?
- Sí, señor.
- ¿Sabe por qué?
- No, señor.
- ¿Tampoco sospecha la
razón?
- He estado varias veces
en naves espaciales - dijo el tercer oficial.
- Y hace tres días que
está en ésta, ya lo han examinado, ha escuchado conferencias, le han inyectado
toda clase de sueros y anticuerpos, lo han orientado, pero no le han dicho lo
que transporta esta nave, ¿no?
- No, señor.
- ¿Ni cuáles son sus
propósitos?
- No, señor.
- Y como corresponde,
usted no lo preguntó.
- No, señor, no pregunté
nada.
El consejero miró en
silencio al tercer oficial por espacio de dos o tres minutos. El tercer oficial
encontró que sus propios problemas se confundían con la excitación y la
curiosidad que sentía al estar sentado cara a cara con uno de los legendarios
consejeros, y por último no pudo contenerse más.
- ¿Me perdonaría si le
hiciera una pregunta personal, señor?
- No se me ocurre ninguna
pregunta que deba ser perdonada - replicó el consejero, sonriendo.
- ¿Está leyéndome la
mente ahora, señor? Esa es la pregunta.
- ¿Leyéndole la mente
ahora? Oh no, claro que no. ¿Por qué iba a hacerlo? Ya sé todo respecto a
usted. Necesitamos jóvenes poco comunes en nuestra tripulación, y usted es un
joven extremadamente poco común. Para leerle la mente tengo que concentrarme y
hacer un esfuerzo. Por el contrario, estaba leyendo mi propia mente, acordándome
de cuando tenía su edad. Tenemos una tendencia a reflexionar demasiado, y a
desviarnos del tema. Volviendo al asunto de su meditación. Le llevará algún
tiempo, pero cuando comprenda el propósito del Cephes 5, vencerá estas
dificultades y logrará meditar en un plano superior al de antes, de acuerdo con
un nuevo esfuerzo de la voluntad. No se preocupe por el momento. ¿Sabe qué
quiere decir la palabra asesinato?
- No, señor.
- ¿La ha oído antes?
- No, señor, que me
acuerde.
Parecía que el viejo
sonreía interiormente. De nuevo se produjo un minuto de reflexión. El tercer
oficial esperó.
- Hay todo un espectro
del ser que debemos examinar - dijo por fin el consejero -, y por eso lo
introduciremos en un área que no se ha imaginado nunca. No le va a hacer daño,
ni siquiera lo turbará en exceso, porque ya pensamos en ello cuando lo elegimos
para que formara parte de la tripulación del Cephes 5. Comenzarnos con el
asesinato como idea y como acto. El asesinato es el acto que acaba con una vida
humana, y como idea tiene su origen en sentimientos anormales de odio y agresión.
- Odio y agresión -
repitió con lentitud el tercer oficial.
- ¿Entiende lo que digo?
- Creo que sí.
- Las palabras le deben
resultar familiares. Permítame que penetre en su mente por un instante, para
que sienta todo esto mucho mejor de lo que yo puedo explicárselo.
La cara del viejo carecía
de expresión. De repente el tercer oficial hizo un gesto de asco, y profirió
un grito. Entonces el rostro del viejo volvió a cobrar expresión y el tercer
oficial se cubrió la cara con las manos y se quedó así durante un rato,
temblando.
- Lo siento, pero era
necesario - dijo el consejero -. El miedo es parte integrante, y por eso debí
tocar el centro del miedo y el del espanto en su cerebro. De otra manera es
imposible explicarle el color a un ciego.
El tercer oficial lo miró,
asintiendo.
- Estará bien dentro de
un momento. Lo que acaba de comprender es el asesinato. Hay otros grados: el
dolor, la tortura, una variedad increíble de padecimientos... Avíseme si no
entiende alguna de estas palabras.
- Tortura. Me parece que
he oído esa palabra.
- Es la imposición
deliberada del dolor psicológico o físico.
- ¿Por qué razón? -
preguntó el tercer oficial. - He ahí el problema. ¿Por qué razón? Toda razón
implica cordura. Estamos hablando de enfermedad, de la enfermedad más horrenda
que haya experimentado el hombre.
- ¿Y el asesinato? ¿Es
simplemente un síndrome? ¿Es algo que sucedió en el pasado? ¿Algo que sucedió
en la niñez de la raza humana? ¿O es un postulado?
- No, no. Es una
realidad.
- ¿Quiere decir que la
gente se mata entre sí?
- Exactamente.
- ¿Sin razón?
- Sin razón, tal como
usted entiende la palabra razón. Pero dentro del espectro de esta enfermedad,
hay una razón y una causa subjetivas.
- ¿Una razón suficiente
para matar? - murmuró el tercer oficial.
- Una razón suficiente
para matar.
El joven meneó la
cabeza.
- Es increíble,
sencillamente increíble. Con todo respeto, señor, pero yo he sido educado, he
tenido una educación muy buena. Leo libros, miro la televisión. Me mantengo al
tanto de todo. ¿Cómo puede ser que no haya oído estas palabras?
- ¿Cuántos planetas
habitados hay en la galaxia? - preguntó el viejo, sonriendo levemente.
- Treinta y tres mil
cuatrocientos sesenta y nueve.
- Setenta y dos desde el
mes pasado, cuando se poblaron Philbus 7, 8 y 9. Treinta y tres mil
cuatrocientos setenta y dos... ¿Responde eso a su pregunta? Hay miles de
planetas donde nunca ha habido un asesinato, como hay miles de planetas donde no
se conoce la tuberculosis, la pulmonía o la escarlatina.
- Pero eso es porque
curamos todas esas enfermedades, todas las necesidades del hombre.
- Sí, casi todas las
enfermedades. Casi todas. No tenemos un conocimiento que sea absoluto.
Aprendemos mucho, pero cuanto más sabemos, más se abren las fronteras de lo
desconocido, y la única enfermedad que actualmente nuestros mejores médicos e
investigadores no pueden combatir es esto que estamos discutiendo.
- ¿Tiene nombre?
- Sí. Se llama locura.
- ¿Dice que es una
enfermedad muy antigua?
- Muy antigua.
Le tocó el turno al
tercer oficial de quedarse pensativo, y el viejo esperó pacientemente que
reflexionara. Por fin el cadete preguntó:
- Si no tenemos cura, ¿qué
le pasa a estas personas que asesinan?
- Las aislamos.
El tercer oficial se dio
cuenta de pronto, y sintió un escalofrío...
- ¿En el planeta Cephes
5?
- Sí. Los aislamos en el
planeta Cephes 5. Lo hacemos con toda la bondad y compasión posibles. Hace
mucho, mucho tiempo, intentamos otras alternativas, pero todas fallaron, y por
último se llegó a la conclusión de que lo único posible era el aislamiento.
- Y esta nave... - el
tercer oficial se interrumpió.
- Sí, sí. Esta es la
nave que los transporta. Recogemos a estas personas en todos los lugares de la
galaxia y las llevamos a Cephes 5. Por eso elegimos nuestra tripulación con
tanto cuidado. Elegimos personas de gran fuerza interior. ¿Entiende ahora por
qué le costó tanto meditar?
- Sí, creo que sí.
- Ninguna persona
sensible puede sustraerse a las vibraciones que animan la nave, pero se puede
aprender a vivir con ellas, y hallar nueva fuerza a la vez. Naturalmente,
siempre tiene la opción de abandonar la nave.
El viejo miró
pensativamente al tercer oficial, algo triste por la fugaz belleza de la
juventud. Se fijó en el pelo rubio dorado, los ojos celestes, en el ferviente
enfrentamiento y la toma de conciencia del problema de la vida, y recordó la época
cuando él había sido joven y vigoroso, no lamentando el paso de los años,
sino con la eterna fascinación que le producía contemplar el proceso de la
vida, del que formaba parte.
- No creo que abandone la
nave, señor - dijo el tercer oficial después de un momento.
- Yo tampoco lo creo. -
El consejero se puso de pie. Era un hombre alto y erguido. La bata azul le
colgaba de los hombros, huesudos y anchos. Era alto, como todas las personas
negras que habitan los planetas de las constelaciones Rebus y Alma -. Vamos -
dijo al muchacho -, ya analizaremos esto con más detenimiento. Y recuerde,
tercer oficial, que no tenemos alternativa. Se trata de un factor genético, y
si no hubiéramos aislado a esta pobre gente, toda la galaxia se habría
contagiado.
El tercer oficial abrió
la puerta, dejó pasar al consejero y lo siguió por el corredor hasta uno de
los ascensores. En el camino se cruzaron con otros integrantes de la tripulación,
hombres y mujeres, blancos, negros, amarillos y morenos, y todos saludaron con
respeto al consejero. Se detuvieron en la puerta del ascensor, y cuando se abrió
una puerta, entraron. El capitán de la nave salía del mismo ascensor, y retuvo
la puerta un momento para decirle al consejero que se le veía muy bien. El
capitán era una mujer.
- Gracias, capitán. Éste
es el tercer oficial cadete. Hace sólo tres días que está con nosotros.
El tercer oficial no había
visto al capitán hasta ese momento, y se impresionó por la gracia y belleza de
la mujer. Parecía tener unos cincuenta y tantos años, era de piel amarilla con
negros ojos rasgados y pelo negro, apenas canos. Usaba la bata blanca de seda, símbolo
de mando, y saludó con amabilidad al tercer oficial, haciéndolo sentir
necesario e importante.
- Estuvimos hablando de
Cephes 5 - le explicó el consejero -. Ahora lo llevo a la cámara de sueño.
- Está en buenas manos -
dijo el capitán.
El ascensor descendió
hasta las profundidades de la inmensa nave, se detuvo, y se abrió la puerta. El
tercer oficial siguió al consejero hasta que llegaron a una sala larga y ancha
que a primera vista lo dejó sin aliento, anonadado. Era un lugar como una
inmensa morgue donde había por lo menos quinientas personas que dormían en
camas cuchetas. Había hombres y mujeres, y también niños, algunos de tan sólo
diez o doce años, ninguno de más de veinte, personas de todas las razas de la
galaxia. Dormidos no había nada que los distinguiera de las personas normales.
El tercer oficial empezó
a hablar en voz baja.
- No es necesario - dijo
el consejero -. No se pueden despertar hasta que nosotros no los despertemos.
El viejo condujo al joven
a lo largo de la extensa hilera de camas hasta el fin de la cámara donde, detrás
de una pared de vidrio, había un grupo de
hombres y mujeres vestidos de blanco trabajando alrededor de una mesa sobre la
que estaba extendido un hombre. En la cabeza tenía una cinta de la que salían
alambres, y en la parte de atrás del recinto había máquinas.
- Les bloqueamos la
memoria - explicó el consejero -. Eso lo podemos hacer. Después les damos
nuevos recuerdos. Es un procedimiento muy complejo. No se van a acordar de
ninguna existencia antes de Cephes 5, y se sentirán completamente orientados
hacia Cephes 5 y a las costumbres del lugar.
- ¿Los dejan allí,
simplemente?
- Oh no, claro que no.
Tenemos nuestras agencias en Cephes 5. Hace muchísimos años que las tenemos.
Hacer que estas personas se acostumbren a la vida de Cephes 5 es un proceso muy
delicado e importante. Si los habitantes de Cephes 5 lo descubrieran, las
consecuencias serían trágicas para ellos. Pero hay muy pocas probabilidades de
que eso ocurra. Es casi imposible, en realidad.
- ¿Por qué?
- Porque la estructura de
la vida en Cephes 5 gira alrededor de la formación del ego. Todas las personas
del planeta se pasan la vida creando un ego que subjetivamente los coloca en el
centro del universo. Esta estructura del ego es lo más importante de la
enfermedad, porque dependiendo de la enfermedad que crea el ego, cada individuo
forma en su mente un superhombre antropomórfico al que llama Dios y que le da
el derecho de matar.
- Me parece que no
entiendo - dijo el tercer oficial.
- Ya lo entenderá. Basta
con aceptar el hecho de que los habitantes de Cephes 5 colocan a su planeta y a
sí mismos en el centro del universo, y luego estructuran su vida de manera tal
que no surja ninguna duda en ese respecto. De esa manera hemos podido continuar
el proceso todos estos años. Se niegan incluso a considerar el hecho de que
pueda haber vida en otros planetas del universo.
- ¿Así que no lo saben?
- No, no lo saben.
Se quedaron allí un
momento. El tercer oficial observaba lo que sucedía del otro lado del panel de
vidrio, sintiéndose cada vez más incómodo. Luego el consejero le tocó el
hombro y le dijo:
- Suficiente. Hasta
cuando duermen piensan y sueñan, y usted es demasiado nuevo en esto como para
poder estar expuesto a sus vibraciones durante mucho tiempo. Venga, vamos a otra
parte, sentémonos a contemplar el universo y a charlar un rato hasta que nos
tranquilicemos.
En el cuarto de
contemplación, teniendo la gloria brillante y grandiosa de las estrellas frente
a él y la presencia reconfortante del consejero a su lado, el tercer oficial
logró tranquilizarse y comenzó a pensar en lo que había visto. Se dio cuenta
de que estaba lleno de compasión, presa de una enorme tristeza, y le habló de
ello al viejo.
- Es normal - dijo el
consejero.
- ¿Qué hacen en Cephes
5? - preguntó.
- Matan.
- ¿Está vacío el
planeta?
- No. Estas pobres
criaturas dementes conocen cuál es su función, que es asesinar, y colocan esa
función por encima de todo. Por eso se reproducen como nadie en el universo,
aumentando su población constantemente, así que aunque aumenten las muertes,
siempre la reproduccion es mayor.
- ¿Tienen una
inteligencia normal?
- Son muy inteligentes,
pero la inteligencia no les sirve de mucho. El gran obstáculo es su ego.
- ¿Cómo pueden ser
inteligentes y continuar asesinando?
- Porque su inteligencia
está dirigida a un solo fin: asesinar a sus semejantes. Como ya le dije, son
locos.
- Pero, si son
inteligentes, ¿no idearán alguna forma de desplazarse en el espacio?
- Oh, sí. Ya lo han
hecho, con cohetes muy primitivos. Pero elegimos Cephes 5 originariamente porque
es el planeta habitable que queda más lejos del centro de la galaxia, a casi
cuarenta años luz de cualquier otro planeta habitable. Se desplazarán a través
del espacio, sí, pero el problema de curvar el espacio y de trasladarse a una
velocidad mayor que la de la luz son problemas que el hombre sólo puede
solucionar dentro de sí.
El tercer oficial
permaneció sentado en silencio durante algún tiempo, y luego preguntó:
- ¿Sufren mucho?
- Temo que sí.
- ¿Hay esperanzas para
ellos?
- Siempre hay esperanzas
- contestó el viejo.
- En nuestra tabla de
planetas lo llamamos Cephes 5 - dijo el tercer oficial -. Pero cada planeta
tiene un nombre local. ¿Cómo lo llaman ellos?
- Lo llaman la Tierra -
dijo el viejo.