Discurso pronunciado en la Universidad de Hawai, Hawai, el 26 de enero de 1995.

Hawai envuelve a todas las personas en el abrazo de su hermosa naturaleza. Aquí, Oriente y Occidente conviven amistosamente; las culturas diversas se fusionan y mezclan en armonía, y hay equilibrio y simbiosis entre lo moderno y lo tradicional. Por estas razones, es un sitio particularmente apto para discurrir sobre temas esenciales para la humanidad, como la seguridad y la vida humana.

Mi primer viaje por la paz me trajo a este sitio, en 1960, el mismo año en que se fundó esta institución. Desde mi juventud, había sentido el ardiente deseo de trabajar para que esta tierra, trágico escenario donde el Japón militarista dio comienzo a la Guerra del Pacífico, se viera iluminada por el brillante amanecer de la paz mundial.

El siglo XX carga sobre su conciencia la vergonzante y reiterada masacre de hombres a manos de hombres. Fue una centuria signada por la guerra y la revolución; en efecto, los habitantes de este siglo fueron testigos de dos guerras mundiales y de incontables movimientos insurgentes, que condujeron a un torrente inusitado de cruentos conflictos y de caos.

Los avances científicos y tecnológicos produjeron un incremento drástico en la capacidad letal de las armas; se estima que cien millones de personas murieron violentamente en la primera mitad de este siglo. Bajo el régimen de la "guerra fría" que se instaló a partir de entonces, los conflictos internos y regionales cobraron más de veinte millones de vidas. Al mismo tiempo, la brecha de desarrollo económico que fue dividiendo a los hemisferios norte y sud cada vez es más marcada: hay ochocientos millones de personas que viven en condiciones de hambre. No podemos cerrar los ojos ante la violencia estructural que provoca, cada día, la pérdida de miles y miles de valiosas vidas, a causa de la desnutrición y de la enfermedad. Además, muchos pensadores señalan con alarma el empobrecimiento espiritual que cunde tanto en Oriente como en Occidente, prueba del vacío que ha generado la mera prosperidad material.

Arrancar a la humanidad del sufrimiento

¿Qué ha ganado la humanidad en el siglo XX, a costa de este escalofriante sacrificio de vidas humanas? En los albores del tercer milenio, en medio de un desorden creciente, nadie puede sustraerse a la angustia que provoca esta pregunta. Esto invita a citar un fragmento del Sutra del Loto, enseñanza que contiene la esencia del Budismo Mahayana:

No hay seguridad en los tres mundos;

es como una morada en llamas,

colmada de multitudes sufrientes

y sumidas en un profundo espanto...

El fragmento empatiza profundamente con el estado infernal de la humanidad, atormentada por las llamas del terror y del sufrimiento. En ese mismo sutra, con la mirada puesta en la realidad del hombre, Shakyamuni formula la siguiente declaración:

Debo rescatarlos de su padecer y darles la alegría de la sabiduría de Buda, inmensurable e ilimitada, para que puedan regocijarse en ella.

Esta determinación es un eje generador dentro del pensamiento Budista; a partir de ella, se ha creado una fluida corriente de acción dinámica, que, sin apartarse de la dura realidad social, busca construir un mundo donde la satisfacción y la seguridad sean conquistas indestructibles. La base de esta tarea siempre se encuentra en la transformación interior del individuo; en la renovación de la vida y en la revitalización de los hechos cotidianos. Mi maestro, el segundo presidente de la Soka Gakkai, Josei Toda, describió este proceso con el término "revolución humana".

La civilización contemporánea vivió a merced del culto al progreso que se impuso durante el siglo XIX. El hombre se consagró febrilmente a mejorar las estructuras sociales y el Estado; trabajó bajo la ilusión de que ese esfuerzo, de por sí, le abriría el camino hacia la felicidad. Pero, en el fragor de la acción, eludió una pregunta fundamental: cómo transformar y revitalizar al ser humano. Así pues, su empeño consciente en pro de la paz y de la felicidad sólo sirvió para causar el resultado opuesto. A mi juicio, ésta es la lección más importante que nos ha dado el siglo XX.

Me alentó mucho ver que el presidente Oksenberg, respetada autoridad en cuestiones de seguridad, sostenía una visión semejante. Cuando, en el otoño pasado, nos reunimos en Tokio, manifestó lo siguiente:

Cuando la gente vive en un vacío espiritual, experimenta inseguridad. La estabilidad se convierte en algo desconocido. Nadie se siente a salvo. Las naciones y Estados en los que el pueblo vive así, no brindan a sus habitantes una auténtica condición segura. La seguridad genuina exige que, además de pensar en la salvaguarda del Estado, consideremos seriamente la seguridad de las culturas y de los individuos.

Nuestra tarea es establecer un firme mundo interior, un sólido sentido de la identidad que no se vea sacudido ni esté a merced de la adversidad acuciante o de las circunstancias. Nuestro esfuerzo por transformar la sociedad sólo podrá conducirnos a un mundo de paz duradera y de auténtica seguridad humana cuando tenga como punto de partida la transformación de la vida interior.

En torno a esta premisa, deseo reflexionar sobre tres transiciones que el ser humano debe acometer, en su avance hacia el siglo XXI: del conocimiento a la sabiduría; de la uniformidad a la diversidad, y, por último, lo que llamaría "de la soberanía nacional a la soberanía humana".

Conocimiento y sabiduría

La primera transformación busca desplazar el énfasis actual en el conocimiento para depositarlo, en cambio, en la sabiduría. Josei Toda señaló con mucho acierto que el principal error del pensamiento contemporáneo era confundir conocimiento con sabiduría. El volumen de la información y de los conocimientos que maneja el género humano ha crecido en forma asombrosa en los últimos tiempos, en comparación con lo que se sabía hace cien o cincuenta años. Con todo, no podemos decir que este conocimiento haya producido una sabiduría capaz de dar felicidad a los hombres.

En cambio, el símbolo más concreto del sufrimiento que ha generado el desequilibrio entre conocimiento y sabiduría probablemente sean las armas nucleares, el fruto más "sofisticado" de nuestra tecnología. La brecha de desarrollo entre el norte y el sur, a la que antes hice mención, también es otra consecuencia lamentable de ese desequilibrio.

Hemos visto el advenimiento de una sociedad basada en la información y en el conocimiento; ahora, es esencial e indispensable desarrollar sabiduría, para dominar los vastos recursos que esos dos logros han puesto a nuestro alcance. Por citar un ejemplo, la misma tecnología de comunicaciones que a menudo se emplea para sembrar el terror y el odio en poblaciones enteras puede aplicarse, con la misma facilidad, para generar una expansión impresionante en las oportunidades educativas. Entre uno y otro panorama, lo que marca la diferencia son dos factorse humanos: la sabiduría y la solidaridad. El propósito permanente del Budismo es cultivar esta sabiduría solidaria, inherente a la vida de los seres humanos. Nichiren, fundador del Budismo que inspira el movimiento de la Soka Gakkai Internacional, escribió lo siguiente en una carta a uno de sus discípulos:

Aunque aprenda las enseñanzas budistas, ello no le evitará en absoluto sufrir como cualquier mortal común, si no percibe la naturaleza de su propia vida. Si busca la iluminación fuera de usted mismo, toda buena acción o disciplina perderá significado. Por ejemplo, el pobre es incapaz de juntar un solo centavo si se limita a contar la fortuna de su vecino, aunque lo haga noche y día.

Una característica propia del Budismo, y del pensamiento oriental en general, es la insistencia en que toda actividad intelectual debe llevarse a cabo en íntima referencia a preguntas existenciales y subjetivas, como: "¿Qué es el yo?", o "¿Cuál es la mejor forma de vivir?". El fragmento que cité representa esta singular vertiente de razonamiento.

Se teme que la lucha por el agua y por otros recursos naturales provoque, cada vez con mayor frecuencia, una seguidilla de conflictos regionales. Quisiera citar, al respecto, la clase de sabiduría que exhibió Shakyamuni cuando tuvo que dirimir una reyerta regional sobre derechos de agua, en su tierra natal. Sus enseñanzas peripatéticas lo habían llevado hasta Kapilavastu nuevamente; allí, descubrió que una sequía había evaporado las aguas de un río divisorio entre dos grupos étnicos de la región. Esto, a su vez, había disparado un conflicto que parecía irresoluble: ningún grupo estaba dispuesto a ceder. Habían tomado las armas, y parecía inevitable que la discusión terminase en un derramamiento de sangre.

Shakyamuni intermedió entre ambas facciones y les advirtió lo siguiente: "¡Mirad a aquellos que luchan, dispuestos a matar! El temor nace a partir de que uno toma las armas y se prepara para atacar". Agregó: "Es precisamente porque están armados que sienten miedo...". Este razonamiento claro y sencillo arrancó un eco de comprensión en el corazón de las partes en conflicto, que las despertó de su error y les hizo ver la necedad de sus acciones. Todos depusieron las armas y se sentaron en círculo: amigos y adversarios. En su intervención, Shakyamuni no se refirió a los puntos en contra y a favor que encerraba el conflicto, sino al terror primigenio a la muerte. Habló con fuerza y con palabras muy cercanas a todos, sobre la forma de superar el miedo más primordial, el de la muerte inevitable, y sobre la manera esencial de vivir en paz y en seguridad.

Desde luego, el desenlace de este episodio tal vez parezca muy simple, sobre todo si se lo compara con la temible complejidad de los problemas contemporáneos. La actual guerra en la ex Yugoslavia, por todo ejemplo, tiene raíces que se remontan a casi dos mil años. Durante dicho lapso, el área fue escenario de un cisma entre las iglesias cristianas occidental y oriental; además, padeció la conquista de los turcos otomanos y, en este siglo, sufrió las atrocidades del fascismo y del comunismo. La apretada trenza de animosidades raciales y religiosas que convergen en dicho territorio es tan profunda e intensa, que desafía toda simplificación. Cada grupo sostiene y reafirma su carácter único y singular; cada grupo conoce su historia y apela a ella, en busca de justificativos. El resultado es un mortal callejón sin salida en el que hoy se ven envueltas millones de personas.

Por este motivo, veo un significado importantísimo en el modelo que nos plantea el diálogo valeroso de Shakyamuni. Nuestra época exige una sabiduría amplia y abarcadora que, en lugar de dividir, ponga el foco en aquello que compartimos y que señala nuestra pertenencia común al género humano. Las enseñanzas del Budismo brindan un tesoro de sabiduría orientada hacia la paz. Nichiren, por ejemplo, ofrece este certero enfoque de la relación entre las tendencias negativas que habitan en el interior del ser humano y las amenazas urgentes y externas a la paz y la seguridad.

En un país donde los tres venenos [furia, codicia y estupidez] prevalecen en semejante medida, ¿cómo puede haber paz o tranquilidad? [...] El hambre se genera como resultado de la codicia; las pestes son el fruto de la necedad; la guerra, hija de la furia.

La sabiduría del Budismo nos permite romper los confines del "yo limitado" (shoga), ese yo privado y aislado, prisionero de sus propios deseos, pasiones y odios. Y nos permite dar una perspectiva correcta a la psicología profundamente arraigada de la identidad colectiva, a medida que expandimos nuestra vida, con exuberancia desbordante, hacia ese "yo superior o esencial" (taiga), que convive con la esencia viviente del universo. No hay que buscar esta sabiduría en ningún sitio remoto, sino dentro de nosotros mismos y bajo nuestros pies. Esta fuerza innata reside en el microcosmos viviente de cada sujeto, e irrumpe en profusión ilimitada, cuando nos consagramos a realizar acciones valerosas y solidarias en bien de la humanidad, de la sociedad y del futuro.

Mediante esta clase de "práctica del bodhisattva", desarrollamos la sabiduría necesaria para romper con los grilletes del yo; así pues, los segmentos de nuestros conocimientos escindidos comienzan a integrarse con vibrante equilibrio hacia un próspero futuro humano.

De la uniformidad a la diversidad

La segunda transformación a la que quiero referirme es el tránsito de la uniformidad a la diversidad. Agradezco profundamente por esta oportunidad de debatir el tema aquí, en Hawai, este archipiélago polícromo que es un verdadero símbolo de la diversidad. Por feliz coincidencia, este discurso tiene lugar a comienzos de 1995, ciclo que las Naciones Unidas denominaron "Año Internacional de la Tolerancia".

Los ciudadanos de Hawai marchan a la vanguardia en el desafío de armonizar y construir la unión a partir de la diversidad; a medida que transcurra el tiempo, esta cuestión no hará más que cobrar importancia. Su esfuerzo pionero puede compararse con el árbol de ohia, el primero que extiende sus raíces bajo el yermo suelo de lava recién enfriada, y el primero en dar hermosos capullos carmesíes.

Así como esta civilización ha concebido el desarrollo económico como la mera obtención del máximo beneficio, la sociedad actual pretende eliminar las diferencias, en aras de la ganancia; la diversidad natural y la multiplicidad humana deben desaparecer, tras la búsqueda de objetivos monolíticos. El resultado de este proceso no es otro que el sombrío panorama mundial que hoy se cierne por delante, y del cual la destrucción ambiental es sólo una parte. Es fundamental que sigamos una senda de desarrollo humano sustentable, basado en un profundo sentido de la solidaridad con las generaciones futuras.

La crisis actual nos invita a apreciar de un nuevo modo la diversidad humana, social y natural. Recuerdo la sabiduría de Rachel Carson, bióloga marina y pionera del movimiento ambientalista que, en 1963, un año antes de morir, manifestó con estas palabras su punto de vista:

En este momento, creo de veras que los habitantes de esta generación debemos aprender a convivir en buenos términos con la naturaleza; siento que, hoy como nunca, los hombres nos encontramos ante un desafío para demostrar hasta qué punto hemos adquirido madurez y dominio, no sobre la naturaleza, sino sobre nosotros mismos.

El creciente interés en la Cuenca del Pacífico se relaciona, en gran medida, con la esperanza de que este "mar experimental", caracterizado por semejante diversidad étnica, cultural e idiomática, desempeñe un papel primordial en la unión de la familia humana. Hawai es el punto de convergencia del Pacífico. Su rica historia de convivencia en paz se debe a que aceptó las contribuciones de numerosas culturas y alentó la afirmación colectiva de valores diferentes. Por eso, siento que Hawai seguirá siendo un modelo precursor, en el proceso de construcción de una civilización "panpacífica".

La sabiduría del Budismo también puede aportar interesantes perspectivas sobre la cuestión de la diversidad. Ya que uno de los principios centrales del Budismo es que lo universal existe dentro de la vida individual, esta filosofía obra, fundamentalmente, para contrarrestar cualquier intento de imponer uniformidad o estandarización por la fuerza. En las enseñanzas de Nichiren leemos: "El cerezo, el ciruelo, el melocotonero y el albaricoquero [todos florecen como son,] sin experimentar ningún cambio". Como este pasaje indica, no hay ninguna necesidad de que todos seamos "cerezos" o "ciruelos"; por el contrario, cada uno tiene que manifestar el brillo único de su propia individualidad.

Esta analogía apunta al principio básico de valorar lo diverso, que se aplica por igual tanto a los seres humanos como a los ámbitos naturales o sociales. La misión primordial del Budismo es permitir que cada persona florezca con la expresión plena de su potencial (jitai kensho). Sin embargo, el individuo no puede realizarse a expensas de los demás o en conflicto con la realidad circundante, sino sólo mediante la valoración activa de las diferencias y de la singularidad. Para decirlo con otras palabras, el florido jardín de la vida debe su belleza, justamente, a la variedad de matices.

Las enseñanzas de Nichiren también contienen la siguiente parábola: "Cuando uno se inclina respetuosamente ante un espejo, la imagen reflejada también lo reverencia a uno". Esto expresa con bella elocuencia la causalidad que impregna todos los fenómenos, médula del Budismo. El respeto que sentimos por la vida ajena vuelve a nosotros, infalible como la imagen de un espejo, para ennoblecer nuestra vida.

Según la cosmología implícita en el principio budista del origen dependiente (engi), todos los fenómenos naturales y humanos cobran vida dentro de una matriz de interrelaciones recíprocas. Se nos insta a respetar la singularidad de cada existencia, porque cada una sostiene y alimenta la gigantesca totalidad viviente.

La visión budista de la interdependencia se caracteriza por representar una comprensión directa e intuitiva de la vida cósmica inmanente en todos los fenómenos. El Budismo rechaza en forma absoluta la violencia, como ataque a la armonía subyacente que mantiene unida la trama de la vida. Las siguientes palabras del profesor Anthony Marsella, de la Universidad de Hawai, sintetizan muy bien la esencia del origen dependiente:

Pienso aceptar y adoptar la verdad axiomática de que la mismísima fuerza vital que hay en mí es la que mueve, impulsa y gobierna el universo. Y, por eso, debo aproximarme a la vida con un nuevo sentido del respeto y del asombro, admirado del misterio de esta gran verdad, pero al mismo tiempo exultante y confiado en sus consecuencias. ¡Estoy vivo! ¡Soy parte de la vida!

Cuando nos centramos en las dimensiones más profundas y universales de la vida, podemos sentir una espontánea empatía hacia la infinita diversidad de la existencia. Pero lo que, en definitiva, hace posible la violencia es, justamente, la falta de empatía, tal como ha señalado el profesor Johan Galtung, pionero de los estudios por la paz. El profesor Galtung y yo estamos preparando la edición de un diálogo que nos ha tenido ocupados con temas como la educación de los niños y el futuro de los jóvenes. Allí planteamos la necesidad de un compromiso positivo con aquellos que, por ser "otros" y por ser diferentes, pueden aportar algo capaz de enriquecernos. Esta clase de "empatía abierta" nos permite ver la diversidad humana como un catalizador de la creatividad y, a la vez, como base de una civilización donde sean posibles la inclusión y la prosperidad mutua. Al respecto, la tarea que está llevando a cabo la Soka Gakkai Internacional para promover el intercambio cultural y la interacción en todo el mundo se apoya en esta convicción y en esta clase de compromiso.

De la soberanía nacional a la soberanía humana

La tercera transformación que quiero analizar es el tránsito de la soberanía nacional a la soberanía humana. Innegablemente, los Estados soberanos y las cuestiones de soberanía nacional han sido, en gran parte, protagonistas de las guerras y de la violencia que ha sufrido el siglo XX. Las guerras modernas, pensadas y libradas como un ejercicio legítimo de la soberanía estatal, involucraron innecesariamente a pueblos enteros y los sumieron en un dolor difícil de superar.

La Liga de las Naciones y, luego, las Naciones Unidas --ambas fundadas en las postrimerías de conflictos mundiales--, han representado, en cierto sentido, el afán de crear un sistema transnacional que restrinja y atempere los alcances de la soberanía de las naciones individuales. Sin embargo, cabe reconocer que el osado proyecto de la ONU aún no ha logrado sus metas originales. Hoy, las Naciones Unidas se acercan a su quincuagésimo aniversario bajo el peso de problemas difíciles y numerosos. Para convertirse en un auténtico parlamento de la humanidad, las Naciones Unidas tienen que basarse en el denominado soft power del consenso y del acuerdo, que sólo es posible a partir del diálogo. Por otro lado, para cumplir sus fines, la entidad debe tomar distancia de los tradicionales conceptos militarizados sobre la seguridad. Si se me permite una sugerencia, la creación de un nuevo "Consejo de seguridad sobre ambiente y desarrollo" podría dotar a la ONU de facultades que le permitan abordar los problemas de la seguridad humana con renovadas energías y claridad.

De todas formas, es fundamental que efectuemos un giro paradigmático desde la soberanía nacional hacia la soberanía de la humanidad. Esta idea se expresa cabalmente en las palabras "Nosotros, los pueblos...", con las cuales comienza la Carta de las Naciones Unidas. En concreto, tenemos que promover la educación en los estratos populares, para forjar ciudadanos del mundo dedicados al bienestar común del género humano y a crear lazos de solidaridad entre sí. En su carácter de organización no gubernamental, la Soka Gakkai Internacional desarrolla eficaces actividades de alcance global. Estas iniciativas, centradas en los jóvenes, buscan informar y crear conciencia pública sobre el significado de la ciudadanía mundial. Creemos que el quincuagésimo aniversario de la ONU es una oportunidad única para llevar a cabo estas tareas.

Desde el punto de vista del Budismo, la transición de la soberanía nacional a la soberanía humana implica preguntarnos cómo desarrollar los recursos de la personalidad, para atemperar y encauzar valientemente los poderes sobrecogedores de la autoridad externa. En el curso de nuestros diálogos, hace ya unas dos décadas, el historiador británico Arnold Toynbee definió el nacionalismo como una religión marcada por el culto al poder colectivo de las comunidades humanas. Siento que esta definición se aplica tanto a los Estados soberanos como a la clase de nacionalismo que, en sus manifestaciones más tribales, es responsable de los conflictos regionales y "subnacionales" que sacuden el mundo actual. Toynbee planteaba, además, que cualquier religión que aspirase a influir en la humanidad entera debía ser capaz de contrarrestar los nacionalismos fanáticos y "los males que hoy amenazan gravemente a la supervivencia del hombre". El historiador expresó con franqueza las expectativas que, en este sentido, le inspiraba la filosofía budista, que describió como "un sistema universal de leyes sobre la vida".

A lo largo de su trayectoria milenaria, el Budismo siempre ha trascendido y relativizado la autoridad secular, mediante el fortalecimiento de la ley moral interior. Por ejemplo, cuando un brahmán llamado Sela le pidió a Shakyamuni que fuese rey de reyes, autoridad de los hombres, el Buda repuso que él ya era soberano... de la verdad suprema. En otro episodio fascinante, Shakyamuni se ve en la necesidad de detener los planes de Magadha, un Estado imperial que se proponía exterminar a las repúblicas de Vajja. En presencia del ministro de Magadha, que había acudido con el rudo propósito de informar a Shakyamuni la invasión inminente, Shakyamuni le hizo a su discípulo siete preguntas sobre los ciudadanos de Vajja. He aquí sus preguntas, ligeramente parafraseadas:

1. ¿Los pobladores de Vajja valoran el diálogo y el intercambio de ideas?

2. ¿Valoran la solidaridad y la cooperación?

3. ¿Valoran las leyes y las tradiciones?

4. ¿Respetan a sus mayores?

5. ¿Respetan a los niños y a las mujeres?

6. ¿Respetan la religión y la espiritualidad?

7. ¿Respetan a los hombres que atesoran la cultura y el saber, sean de Vajja o no?

8. ¿Son abiertos a las influencias culturales del exterior?

El discípulo respondió afirmativamente a todas las preguntas. Entonces, Shakyamuni explicó al ministro de Magadha que mientras los ciudadanos de Vajja siguieran observando esos principios, prosperarían y se verían a salvo de toda decadencia. En síntesis, sería imposible conquistarlos. Estos son los célebres "siete principios que impiden la declinación" --siete pautas rectoras de la prosperidad social-- que Shakyamuni expuso durante sus últimas travesías.

Es interesante notar el paralelo que hay con las gestiones contemporáneas para establecer seguridad, no a través del poderío militar, sino mediante la promoción de la democracia, el desarrollo social y los derechos humanos. Por otro lado, el incidente es, también, un vivo retrato de la dignidad y la estatura de Shakyamuni como rey de la verdad suprema, en su trato con la autoridad secular.

Con este mismo espíritu, Nichiren redactó en 1260 su célebre tratado "Rissho Ankoku Ron" (Tesis sobre la pacificación de la Tierra mediante la propagación del Budismo verdadero). El documento, destinado a las autoridades más encumbradas del Japón de la época, amonesta a los líderes políticos y religiosos por hacer oídos sordos a los lamentos del pueblo. Desde ese momento, la vida de Nichiren fue una sucesión de hostigamientos interminables, que a menudo pusieron en riesgo su vida. No obstante, él expresó así su sentido de la libertad interior: "Ya que he nacido en las tierras del soberano, debo obedecerlo con mis actos. Pero no necesito seguirlo en las convicciones de mi corazón". En otra parte, escribe: "Oro, antes que ninguna otra cosa, para poder guiar hacia la verdad al soberano y a todos aquellos que me persiguieron". Y, también, "Uno debería pensar que la verdadera paz y la tranquilidad se encuentran el hecho de enfrentar obstáculos".

El ser humano experimenta un indestructible estado de seguridad y de satisfacción, cuando lucha por basarse en la ley eterna interior, y elevarse por sobre el movimiento tumultuoso de la autoridad efímera, en busca de la no violencia y del humanismo. Estoy convencido de que estas declaraciones de radiante dignidad humana resonarán profundamente en el corazón de los ciudadanos del mundo que crearán la civilización mundial del siglo XXI.

Las tres transiciones a las que me he referido van juntas en el proceso de la revolución humana. Son simultáneas a la reforma del yo interior, a su expansión y fusión con un "yo superior" de sabiduría, solidaridad y coraje. Mi convicción más rotunda en la vida es que la revolución humana, aunque sea la de un solo individuo, puede generar una conciencia y una fuerza solidaria capaces de liberar a la humanidad de su destino de violencia y de guerra.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Tsunesaburo Makiguchi, fundador de nuestra organización, vivió un duro enfrentamiento con las autoridades militares del Japón. Aun en la cárcel, donde murió a los setenta y tres años, buscó el debate asentado en la honestidad de los principios; varios de quienes lo sentenciaron y encarcelaron llegaron a apreciar el Budismo e, inclusive, a abrazar la fe en esta filosofía.

Resuelto a mantener dicho legado espiritual, hace treinta y cinco años, aquí en Hawai, inicié mi propio diálogo con ciudadanos del mundo. Quiero dedicar el resto de mi vida a la labor de promover la sabiduría de la paz, para crear una nueva era de esperanza y de seguridad en el siglo venidero. Confío en que ustedes me acompañarán en esta tarea.

Por último, quisiera citar las siguientes palabras del Mahatma Gandhi, cuya permanente devoción a los temas que hoy hemos tratado me inspira, desde siempre, el afecto y el respeto más profundos.

Tienen que ponerse de pie contra todo el mundo, aunque al ponerse de pie se den cuenta de que están solos. Tienen que mirar al mundo de frente, en la cara, aunque cuando lo hagan se den cuenta de que el mundo los mira con ojos inyectados en sangre. No teman. Confíen en ese algo diminuto que habita en su corazón...