LOS ROSTROS DEL ISLAM

Un país en las hogueras de la fe
El politólogo Ahmed Rashid, que investigó el régimen talibán afgano y el proyecto secreto de un oleoducto transasiático, dio su visión del futuro inminente en un diálogo con Zona.

MATILDE SANCHEZ. De la Redacción de Clarín.

El 11 de setiembre mismo, miles de lectores redescubrieron un libro editado discretamente en Londres a mediados del año pasado: Los talibán, El Islam, el petróleo y el nuevo "Gran Juego" en Asia Central, de Ahmed Rashid. Este periodista paquistaní, columnista de la revista Foreign Affairs, rastrea los orígenes del régimen afgano y su modus operandi. Esta es la charla telefónica que mantuvo con Zona desde Lahore.

—En su libro usted advierte que "hay decenas de Bin Laden esperando en Afganistán para pasar a la acción."

—Probablemente hay cientos ahora, incluso miles y no sólo en ese país... Los ataques del 11 de setiembre endiosaron a Bin Laden entre los militantes islámicos. Probablemente hay muchos dispuestos a copiar los actos terroristas, incluso fuera de su organización y con autonomía de él. En sus términos, ha sido sumamente exitoso. Cualquiera de los terroristas "durmientes" que la red Al Qaeda tiene en 34 países, incluso ciudadanos estadounidenses, podría imitarlo en los próximos meses, ahora que quedó demostrado que se trata de un tipo de guerra posible.

—Por entonces, usted veía a Pakistán maduro para una revolución fundamentalista a lo talibán. ¿Que piensa hoy?

—Creo que el respaldo paquistaní a la alianza estadounidense es una gran oportunidad para revertir el creciente poder de los fundamentalistas islámicos en Pakistán. Y espero que el gobierno militar tome las decisiones acertadas. No es que yo respalde el gobierno de Pervez Musharraf pero muchos creen hoy que la otra alternativa es el aislamiento, ser acusados de nación que protege al terrorismo.

—Lo que más se ve, sin embargo, es el respaldo popular a Bin Laden, antes que al régimen pakistaní.

—Actualmente la situación está polarizada al máximo. Pero la mayoría silenciosa respalda el apoyo a Washington, aunque no haya salido a manifestarlo. Lo que ella más teme es el caos y el retroceso que han prometido algunos de los partidos islamistas pro-talibán.

—En su libro, usted les recuerda a los EE.UU. que los combatientes afganos fueron decisivos en la desintegración de la URSS. Y dice que la Casa Blanca no estuvo a la altura del servicio.

—Los norteamericanos se fueron de Afganistán tras la derrota soviética dejando al país inmerso en una terrible guerra civil. En efecto, los Estados Unidos perdieron la oportunidad histórica de apoyar un gobierno de reconciliación nacional a través de Naciones Unidas. De hecho, los países vecinos, básicamente Pakistán y Arabia Saudita, se involucraron en el financiamento y respaldo de las partes afganas en pugna debido al vacío dejado por los EE.UU.. En los dos primeros años Washington incluso apoyó indirectamente a los talibán, en lugar de sumar presiones internacionales contra la guerra civil.

—Pero Afganistán no quedó excluida de la globalización económica, ya que Washington presionaba por el oleoducto transasiático.

—Cuando los talibán emergieron en 1994, tuvieron el apoyo estadounidense porque cumplían con dos aspiraciones de Washington. Primero, eran anti-chiítas y anti-iraníes, lo que Bill Clinton deseaba. La segunda cuestión era el proyecto Unocal, la construcción del oleoducto de Asia Central al Golfo Pérsico: Afganistán ofrecía la ruta más corta. Estaba, como vemos, este gran negocio.

—Cuando uno ve el clamor anti-norteamericano, tiende a interpretar el panislamismo como un movimiento radical de liberación clásico de la guerra fría. ¿Se trata de un gran movimiento anti-imperialista?

—Comparten una misma base, la intervención estadounidense en el mundo entero y en el conflicto entre Israel y los pa lestinos. Lo que enfurece al mundo islámico, y que entraña el riesgo del desborde, es que los países islámicos se sienten completamente humillados por las acciones occidentales en Palestina, Irak. También está el vía libre a los rusos en la represión de Chechenia y la falta de acción en Cachemira. Lo realmente novedoso y fundamental es que la clase media del Islam está comprometida. Mire a todos estos secuestradores aéreos, gente de clase media, con familia y buenos sueldos, bien educada: no encajan en el modelo terrorista, no son refugiados afganos ni kamikaze palestinos fanatizados. Esta gente tenía mucho que perder. Ese es el reflejo más acabado del rencor islámico.

—Afganistán carece de estructuras de poder y esferas de acción independientes. ¿Cómo describe la situación política después de los ataques?

—La ley y el orden se están desintegrando vertiginosamente. Las ciudades están casi vacías; la mitad de la población ha huido, por miedo a los bombardeos pero también por la represión de los talibán, en particular el reclutamiento de jóvenes.

—Pero lo que se espera es una reacción nacionalista.

—En mi visión, eso no ocurrirá mientras no se produzca la ocupación territorial por efectivos estadounidenses. Afganistán alardea de haber sido sepultura de otras potencias con anterioridad. Si Washington opta por otros medios, como los comandos, la estrategia debería precisamente evitar que despierte el nacionalismo afgano, que reforzaría al liderazgo talibán. Hoy se multiplican las defecciones. Muchos comandantes talibán se están acercando a la oposición; otros huyen a sus pueblos o a Pakistán. Y una vez que empiece la guerra habrá más defecciones aún. En cuanto a las consecuencias de la ocupación territorial, serían un desastre para toda la región. Siempre queda la posibilidad de dar apoyo a la Alianza del norte y a los partidarios del rey, ..., en el sur. La dinámica de cambio en el talibán es vertiginosa; muchos creemos que lo más indicado es que los Estados Unidos le den más tiempo a este deterioro.

—La dimensión trágica en Afganistán es ese vacío de poder, sin dos oponentes capaces de acordar para capitalizarlo.

—Con una estrategia política que planteara una alternativa al régimen, creo que rápidamente se fragmentaría el talibán. Pero la acción militar debe encarnarse en las fuerzas afganas antitalibán.


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