LOS
ROSTROS DEL ISLAM

La
convulsionada modernidad de los hijos de Alá
El
mes de setiembre de 2001 será recordado no sólo como la
fecha en que el siglo XXI tuvo su parto violento.
También, como un momento de terror ante una nueva guerra.
El miedo, la intolerancia, la venganza, el dolor y, sobre
todo, las preguntas son la marca a fuego de esta fecha a
escala planetaria. En este número especial, Zona
indagó sobre el islam, un mundo que Occidente desconoce y
teme.
CLAUDIO
ALISCIONI. De la redacción de Clarín.

ULTIMO
VIERNES DE RAMADAN. Plegarias de la jornada religiosa en
Dhaka, Bangladesh.
El islam es mucho más que una
religión. Bajo la identidad que lo distingue, es también
una forma de vida, una ambición política, una
organización económica, un instinto cultural de
diferenciación y sobrevivencia en un mundo que le ha sido
hostil desde su origen hace ya 1.500 años. Para
Occidente, el dispositivo imaginario del islam es un
enigma que lo interroga e inquieta. Desde las Cruzadas del
1200, el mundo islámico es el molde en cuyo interior
Occidente ha puesto todo lo que le resulta extraño: es el
portador de una cultura amplísima, contradictoria, poco
conocida y a la que contempló con desconfianza.
Si
hay un acontecimiento que marca la aparición explosiva
del islam ante la mira da del occidente contemporáneo,
ese momento clave se ubica el 31 de enero de 1979, cuando
el ayatola Ruhollah Jomeini llego triunfante a Teherán
desde su exilio en París y consumó la obra que inspiraba
desde años: la primera revolución musulmana moderna
que se corporizó en la figura de la República Islámica
de Irán. Esa gesta, que se presentó como una alternativa
a los modelos sociales y económicos occidentales, tuvo
una rápida repercusión en el mundo islámico, donde
despertó un entusiasmo incontenible. ¿En que se apoyaba
ese ardor fervoroso de millones de fieles, embriagados de
Dios? ¿Por cuáles motivos la aldea global musulmana
encontró allí un modelo de refugio político, social y
económico contra lo que sus sacerdotes llamaban "las
agresiones de la modernidad occidental"?
¿Qué
es el islam en tanto fenómeno sociopolítico
contemporáneo? Según la ONU, el mundo musulmán está en
expansión continua. Con 1.678 millones de devotos en todo
el planeta —es la religión mas numerosa de la
actualidad pues abarca a casi un cuarto de la población
mundial—, su tasa de natalidad es una de las más altas,
sólo superada por la de Africa. Se estima que en 30 años
habrá casi el doble de personas nacidas bajo la medialuna
que identifica a los hijos de Alá. El islam se extiende
en 40 países que lo han adoptado como religión oficial o
bien lo aceptan como credo mayoritario, desde su corazón
más genuino, el Golfo Pérsico, hasta el norte de Africa
y el multifacético sudeste asiático. Pero a ello debe
agregarse que es practicado en otra veintena de naciones,
no todas de origen árabe, incluidas algunas zonas de los
Balcanes, comunidades de Europa (en especial, Alemania y
Gran Bretaña) y en las entrañas mismas de Estados
Unidos. Monarquías petroleras, democracias inestables,
sistemas republicanos consolidados e incluso dictaduras
militares son los regímenes de gobierno que caracterizan
la presencia política actual del islam. Su PBI global
alcanza aproximadamente los 1.258 billones de dólares (el
4,1% del PBI mundial), unas 4,5 veces el PBI de la
Argentina. Según un informe de 2000 del Journal of
Economic Cooperation, el órgano de difusión de la
realidad económica de la Conferencia Islámica, "la
pobreza se ha expandido a lo largo y a lo ancho del orbe
islámico a pesar de que ese hecho no es conmensurable con
los vastos recursos con que cuentan esos países. Su
impacto ha sido de amplia escala y ha devenido en un
fenómeno estructural de privaciones humanas manifestado
en hambre, malnutrición, enfermedad, analfabetismo y bajo
nivel en la calidad de consumo de cientos de millones de
personas, particularmente en las naciones menos
desarrolladas".
El contraste que ofrecen esos
datos adquiere aún mayor relevancia si se tiene en cuenta
que los países islámicos ocupan zonas que literalmente
flotan sobre un mar de petróleo —la yugular del
capitalismo occidental— tanto en el área del Golfo
Pérsico, en las ex repúblicas soviéticas del Cáucaso,
a la vera del Mar Caspio, como en el Africa oriental. Pero
no debe relegarse el dato central de que, desde fines del
siglo XIX hasta la actualidad, casi todo el escenario
islámico, con la preponderancia del Oriente Medio, ha
sido el ámbito de disputas políticas de las potencias
imperiales que eclosionaron en la Primera Guerra Mundial,
se desplegaron bajo la Guerra Fría y concluyeron en el
presente, con el dominio planetario estadounidense.
Con
todo, no se entiende el significado del islam —junto al
cristianismo y el judaísmo, una de las tres grandes
religiones monoteístas que surgieron en Oriente Medio—
si se separa su canon religioso de sus prácticas
políticas y su organización socioeconómica. En eso hay
una coincidencia casi unánime entre los expertos. Así,
por ejemplo, Adel-th Koury, en su Fundamentos del Islam,
liga ese hecho con los orígenes mismos del credo, en las
soledades desérticas de la península arábiga bajo
inspiración de Mahoma (570-632 d.C), su profeta sagrado.
Mercader, líder militar fogoso, aglutinador de tribus
dispersas en continua disputa por sus territorios, Mahoma
impuso su vocación de consenso entre innumerables clanes
de beduinos, enfrentados por intereses económicos y
perplejos ante la llegada de cristianos y judíos que
también decían creer en un Dios. Dice Friedrich Buhle,
en su La Vida de Mahoma: "El islam es una
religión organizadora (..) La revelación llega desde
Dios al corazón del profeta en una dimensión vertical.
El Dios es único, gobierna desde lo alto, no hay
mediación como en el cristianismo en la figura del Papa.
Alá, el Dios revelado, exige de sus siervos la estricta
observancia de su mandato y sumisión a su voluntad."
La palabra islam, precisamente, significa sumisión.
Esa voluntad tendrá hondas repercusiones políticas en la
configuración social y en la finalidad del islam, una
religión en esencia piadosa como los grandes credos
monoteístas.
Al inicio del siglo XX, el islam
sufrió un vuelco radical. Tras el derrumbe del Imperio
Otomano, Turquía abolió el califato en 1924. Hasta
entonces esa institución había jugado un papel central. Califa
en árabe significa sucesor. Fue la categoría
política que encontraron los herederos de Mahoma para
organizar el islam tras la muerte del profeta, en 632. El
califa reunía en su persona el cuidado del orden
político, la ortodoxia canónica y la planificación
económica. Tanta era su importancia en el universo
musulmán que las disputas sobre los sucesores del profeta
provocaron un cisma del islam entre sunnitas —hoy
mayoritarios— y chiítas.
La supresión
del califato no fue una decisión sin repercusiones. Como
han marcado varios historiadores del islam, entre ellos
los franceses Gilles Kepel y Olivier Roy, la decisión
turca disparó la reacción de las alas más radicales del
islamismo.
El islamismo como canal de acción
política tiene su origen en esa época, en Egipto, a
través de la Hermandad Musulmana, cuyos miembros
intentaron restaurar la identidad islámica que
consideraban amenazada por el avance de la modernidad y
sus prácticas culturales capitalistas, a las que veían
reñidas con lo más sagrado enseñado por Mahoma. Sobre
ese período, Kepel ha declarado al semanario francés Le
Nouvel Observateur: "Cuando los nacionalistas
egipcios desfilan en los 30 para reclamar una
Constitución, los hermanos musulmanes responden: ''El
Corán es nuestra Constitución''. Y aplauden la
toma de poder de los militares en 1952, que pone fin a la
dominación británica".
Pero la alianza
entre los nacionalistas y los musulmanes cambiaría sus
formas. El quiebre se produjo con la irrupción de la
explotación petrolera en gran escala entre los 60 y los
70, cuando Arabia Saudita, seguida por Irak, Irán y
otros Estados del Golfo Pérsico, comenzó a tallar con
fuerza en el mercado internacional del crudo y Estados
Unidos tomó el papel hegemónico dejado vacante por las
viejas potencias europeas. Por un lado, las prácticas
socialistas de inspiración marxista de muchos de los
líderes nacionalistas regionales (Egipto, Siria, Irak,
entre otros) no cuajaban con la ortodoxia islámica. Así,
el marxismo que occidentalizó el Asia, de cuño ateo se
llevaba de narices con la omnipresencia divina apuntalada
por el Corán. Por el otro, el proceso de
industrialización y de nacionalización provocó una
extraordinaria mutación en las sociedades musulmanes más
avanzadas, con la creación de tres grandes grupos
socioeconómicos — con objetivos diferentes y a
veces contradictorios— en los países centrales del
islam llamados a alterar de cuajo el islamismo político y
a influir de un modo radical en los movimientos que hoy
agitan el mundo musulmán.
El primero de esos
grupos es la juventud urbana pobre, nacida en el
éxodo rural como resultado de la industrialización en la
periferia de las grandes capitales del islam. Kepel
comenta: "Es un reservorio de frustración y de
descontento que representa del 40 al 65% de la población,
según los países". Esa generación, que no
conoció la colonización imperial europea, son jóvenes
sin empleo, sin posibilidad de consumo, sin futuro. Ven, con
recelo y rabia, la forma en que las élites dilapidan el
dinero. Los gobiernos, en general, apelan a la
represión como control social, apoyados en las
jerarquías religiosas que legitiman ese comportamiento a
condición de que la cúspide del poder preserve la
ortodoxia religiosa. Esa juventud requiere un cambio
radical, pero más allá de la revuelta episódica carece
del capital y de formación para producir una ideología
movilizadora.
A ese grupo se suma lo que Olivier
Roy ha llamado la burguesía piadosa. Su martirio
es el no tener acceso al sistema político. Recela del
capital extranjero porque lo siente como
contradictorio con sus intereses locales y una amenaza
para su supervivencia. Y esto sucede tanto en los
regímenes que se llaman socialistas, donde el poder
pertenece a los militares (Egipto, Sudán o Libia), como
en los monárquicos donde el poder pertenece a las
familias reales (Arabia, Irán, los Emiratos Arabes, entre
otros). Los mercaderes o "bazaaris" no
quieren revertir las jerarquías sociales. Sólo pretenden
arrimarse a quienes detentan el poder y, si pueden,
reemplazarlos. Pero poseen el dinero necesario como
para financiar los movimientos políticos. El tercer
componente sí tiene formación. Son los jóvenes
ilustrados, la generación de las universidades
estatales que tiene el conocimiento y ha intimado con los
valores políticos modernos. Son estos jóvenes, los "ingenieros
barbudos" los que, según Kepel, buscan certezas
de sustitución del orden imperante en los entresijos
de los textos sagrados, cuyo monopolio ha estado hasta
ahora en manos de los viejos sacerdotes o mullahs. "Para
fabricar una ideología, estos jóvenes tallan a golpes de
fragua en la inmensidad del corpus musulmán. Lo reducen,
lo instrumentalizan para encontrar allí algo que les
permita justificar la alteración del poder y la
edificación sobre sus ruinas del estado perfecto: el
estado islámico".
Es un par de años
después, cuando los precios del petróleo caen por la
crisis del 73 y tras la derrota de los países árabes en
la guerra con Israel —país al que han considerado
siempre como su enemigo mortal y la cuña de Occidente en
territorio considerado propio—, el momento en que los
intereses de esos tres grupos parecen confluir, y hacen
eclosión los movimientos islámicos de nuevo cuño
que se lanzan a la conquista del poder.
Es este
proceso general —descrito aquí a grandes rasgos y con
las diferencias lógicas de cada país— lo que llevó a
la revolución iraní y lo que, con muchas deformaciones
ideológicas que la alejan de lo construido en Teherán,
alimentó a los grupos más fundamentalistas del islam. Al
margen de su extraordinario peso regional y del carácter
novedosísimo de su reforma, que intenta combinar la
representatividad política de Rousseau, el Estado fuerte
de Hobbes y un tibio acercamiento a la economía de
mercado con el Corán y la filosofía de al-Farabi —el
primer filósofo islámico—, Irán puede ser considerado
un país emblemático del islam por varias razones:
padeció el apoyo de EE.UU. al despotismo del sha Reza
Pahlevi, que intentó modernizar ("occidentalizar")
al país a despecho de las tradiciones locales más
profundas, en especial las religiosas; sufrió las
operaciones de la CIA que destronó a Mohammad Mosadeqq
cuando, en 1953, nacionalizó el petróleo, su fuente
esencial de riqueza; y se vio sometido a un sentimiento de
aprecio y desprecio por todo lo occidental. Procesos
similares, con diferencias específicas, atravesaron o
están atravesando otros países del área. Todo este
fresco histórico ha sido desarrollado con profusión de
datos, entre otros, por la académica estadounidense Nikki
Keddie, en su Roots of Revolution (Raíces de la
revolución) y su colega Robin Wrights en In the name
of God (En el nombre de Dios), entre otras obras ya
clásicas.
La revolución marcó movimientos de
extrema importancia en el posicionamiento político de los
Estados regionales, Algunos, como Yemén, Irán, Libia,
Sudán y Somalía fueron considerados hostiles por
Occidente. Otros (Arabia, Egipto, Jordania, Turquía, por
citar un par de casos) guardaron sus recelos hacia la
presencia de Israel y llegaron a sostener algún tipo de
alianza comercial o política con EE.UU.. Hubo incluso
Estados (Qatar e Indonesia) que prefirieron mantenerse a
distancia en una actitud que podría considerarse como de
expectante neutralidad.
La transformación trajo,
con todo, graves consecuencias. El islamismo más radical,
corporizado en sus expresiones fundamentalistas,
arremetió con furia. El argumento fundamentalista básico
se nutre de la idea de que los musulmanes entraron en la
decadencia al descuidar los preceptos de Alá. De allí,
entonces, que preconice una "purificación"
del islam de cualquier contacto con Occidente. Fue
esta vertiente islámica, minúscula en el corpus
global de la comunidad, la que en su reclamo de
retorno al "verdadero" islam, no trepidó en
hacerlo por medios violentos, hasta protagonizar los peores
choques con Occidente.
En El Líbano,
desgarrado por una cruenta guerra civil desde 1975 entre
musulmanes y cristianos, el nuevo islam militante
irrumpió a través de organizaciones como Amal y
Hezbollah. Todas pasaron a tener un protagonismo impensado
hasta antes y concluyeron por convertirse en un
extraordinario factor de poder, apoyado financieramente
—según los informes de inteligencia de Occidente— por
varios países del área. Hamas y la Jihad islámica en
Palestina, el Frente Islámico de Salvación y el GIA, su
brazo armado, en Argelia. La Jama Islamiya en Egipto y los
talibán en Afganistán son algunos de los movimientos
más conocidos.
Estos movimientos exhiben rasgos
definidos: odio a EE.UU. y al sionismo; rechazo a la
occidentalización impuesta desde mediados del siglo XX;
defensa de la cultura islámica. Este nuevo islam —impensable
a inicios del siglo XIX— arraigó en sectores sociales
postergados, lo que a la postre facilitó el desarrollo
del terrorismo provocado —en gran parte— por el
fanatismo, la marginalidad y la frustración.
Hoy,
la gran contradicción del islam es doble. Por un lado,
consiste en compaginar su adhesión a valores religiosos
—por definición, absolutos y eternos— con la
presencia arrolladora del capital. Pero además debe
resolver las antinomias internas surgidas dentro de
su núcleo más relevante y que tiene al control del
petróleo como centro de una lucha por el poder de
alcances globales que, obviamente, involucran en forma
directa a Occidente. Ese conflicto ha quedado planteado,
como se ha visto con los atentados contra EE.UU., entre
dos grupos con identidad propia: en un sector, una
minoría violenta, cuyo emergente notorio es la dictadura
de los talibán de Afganistán y cuya cabeza visible
es el empresario saudita Osama bin Laden. En el otro, un
racimo de países aliados de la Casa Blanca —en
especial, las monarquías de la península arábiga— con
intereses objetivos en el petróleo, base de un poder que
han ejercido por décadas y que ahora les es cuestionado.
En tanto ese litigio se desarrolla a espaldas de las
mayorías del mundo musulmán, una ingente masa de pobres—
entre ellos los afganos— visualiza en la religión el
camino para aliviar la miseria cotidiana.
En un
conflicto mundial cuyas derivaciones, al menos hasta
ahora, son imprevisibles, Occidente sigue buscando una
respuesta a lo que aparece como el revés de su sueño de
poder: el uso del terror contra la conquista de mercados
para el capitalismo. Conquista en la que Occidente—
liderado por EE.UU.— no ahorró violencias.
Aún
en la perpejidad del dolor que siembra la muerte tanto en
Occidente como en el islam— por intereses económicos o
geopolíticos nada espirituales— está claro que la
humanidad no debe condenarse al odio irremediable de la
guerra. |