Uno de los capítulos realmente únicos en la historia de la colonización hispana en nuestro país se debe a la llegada de los jesuitas a la región del Litoral y la reorganización integral de las comunidades guaraníes.
A partir de 1610, año en que se estableció la primera reducción, la de San Ignacio Guazú, se sucedió una serie ininterrumpida de fundaciones de pueblos que ocuparon una extensa región, que comprendió zonas de Brasil y Uruguay.
La organización guaraní-jesuítica, que paulatinamente fue conformando una verdadera cultura regional de nuevo tipo, estaba sustentada sobre diversos factores, como, por ejemplo, la ausencia de la propiedad privada de la tierra en la organización comunitaria; la autonomía política respecto de la Corona y los conquistadores; la ausencia del servicio personal de los guaraníes y la autosuficiencia integral.
Las misiones constituyeron los primeros núcleos económicamente poderosos de la región, hasta el punto que, en competición con el té que comercializaban los ingleses, la infusión de yerba mate comenzó a difundirse en Europa como "el té de los jesuitas".
Pero todo ese trabajo, pese a que dejo su simiente, retrocedió y perdió terreno con la expulsión de los jesuitas en 1767.
Las ruinas de la reducción jesuítica de San Ignacio, Santa Ana y Loreto; aún hoy asombran a los visitantes.Son el mudo testimonio de una experiencia de integración entre la cultura autóctona y la española como no se dio en otras partes de América.
Su prolífica obra, además de la evangelización, fue la gestora de una cultura de características nunca vistas en otras latitudes de América. Florecieron múltiples oficios: herreros, tejedores, pintores, estatuarios, plateros, torneros y hasta fabricantes de instrumentos. Y así se plasmó una visión del mundo y una estética cuya belleza aún hoy nos conmueve.