Javier
Mascherano
EL PIBE QUE SE VA PARA ARRIBA
Con
apenas 20 años, se lo considera una especie de amo y señor del
mediocampo. Deslumbra en River y en la Selección. Pero puede emigrar en
cualquier momento. Un chico sencillo al que le encanta la siesta y le
molesta el exitismo del fútbol.
Al muchacho le
gustan los documentales de animales ¿prefirirá aquellos que muestran con lujo
de detalles a los leopardos almorzándose a los antílopes? ¿será que la fiera
del mediocampo de River y la Selección Nacional es en realidad un tierno que se
conmueve con las escenas de monitos huérfanos prendidos a una mamadera?
"Bueno... En esos canales también dan programas policiales...",
aclara el cinco buscando mostrarse un poco más rudo. Habla y se desentiende del
mate recuerdo de Colón (Entre Ríos), que se enfría sin más remedio sobre la
mesa ratona.
Todo luce ordenado en el departamento del barrio de Belgrano que River alquiló
para que allí viva Javier Mascherano, el indiscutido, la joya del club, el que
debutó en la Selección mayor antes que en Primera; el cinco del momento y del
futuro. Cada silla, cada cosa, cada objeto, está en su
lugar. En la tele del living ahora no hay animales buscándose la vida sino fútbol
internacional. En una repisa, bastante escondidito, hay un pequeño poster del
dueño de casa y bien a la vista una revista con Martín Palermo en la tapa.
Es lógico que este pibe de 20 años no tenga los hábitos de aquellas señoras que saben ofrecer una infusión o algo para comer antes de que las visitas tengan tiempo de acomodarse. Mascherano no convida galletitas, pero atiende con celeridad y cortesía el pedido de un vaso de agua para sosegar el calor del periodista. La decoración del departamento incluye también un cartel luminoso típico de pub, con la marca de una cerveza, que no está enchufado.
Con delicadeza,
el superpoderoso muchacho del mediocampo sugiere sacarse las fotos en los
"lindos sillones" del hall de la planta baja del edificio. Pero el sol
pega tan fuerte que lo más atinado para posar será un lugar al aire libre. La
azotea, por ejemplo. Javier la va a conocer dos años y medio
después de habitar el departamento. Se entera sobre la marcha que para acceder
a ella hay que trepar siete escalones de una escalerita metálica algo
tambaleante. Ya arriba, el edificio se codea con los más altos de la zona.
Todos con súper balcones de acrílico, reposeras caras, flores
primorosas, vista privilegiada al río que se parece al mar. Detrás de alguna
de esas moles se esconde el estadio Monumental, donde el jovencito da cátedra
sobre cómo sacarle la pelota a sus rivales sin que éstos se den cuenta. En la
terraza se muestra contento, relajado. Hasta se pone en
cuero para la cámara. "Con la gente todo bien, de verdad, pero lo que pasa
es que soy muy tímido", dice. Y abunda: "Yo ando por la calle como
siempre y si la gente me viene a hablar, bienvenida sea. Yo siempre digo que uno
necesita de la gente. En la vida no hay que ser amargo ni desagradecido".
Como sea, por más
buena onda que haya no debe ser fácil acostumbrarse a sentirse todo el tiempo
observado, reconocido. "Monstruooo". Así lo saludará la primera -y
única- persona que cruzará ya de vuelta en el hall, camino al ascensor.
EL INDIO QUE
VIO EL FUTURO
Este va a ser el 5 de la Selección. Oscar, el papá de la criatura,
sonrió de cortesía cuando El Indio Jorge Solari lo sorprendió con semejante
premonición. Entonces, el chico era un preadolescente que recién arrancaba en
Renato Cesarini, cuna de cracks de Rosario. Eso sí: desde los cinco años ya
mostraba progresos en los distintos clubes de la liga de San Lorenzo, su ciudad.
Primero fue en Alianza y después en Barrio Vila, donde papá Oscar (que llegó
a la tercera de Ñull`s y pasó por Argentino de Rosario) fue su DT. Javier era
delantero, pero papá Oscar tuvo ojo clínico para detectar que lo mejor que hacía
su hijo era levantar la cabeza y entregar la pelota con precisión milimétrica
a los de su misma camiseta.
Hubo un atisbo de
resistencia infantil, pero ganó el poder de convicción paterno y en ese mismo
acto nacía al fútbol el número cinco del que todos hablarían una década
después. Contrariamente a lo que podía pensarse, Javier y su padre mentor no
eligieron Ñull´s o Rosario Central para dar el gran salto. Razonaron que la
cantidad de jugadores podía conspirar contra las chances de mostrarse. Y
entonces fueron a Renato Cesarini. Javier estaba seguro que si andaba bien lo
iban a ver de donde fuera. "Tenía 13 años. Iba tres veces por semana en
colectivo hasta Rosario. Tenía problemas con
los horarios del colegio", cuenta el cinco. Llevaba poco en el club cuando
apareció Hugo Tocalli y lo convocó de inmediato para la Selección sub. 15.
También llegó River: "Sé que fue casi de casualidad, por un video que
habían filmado para que vieran a un compañero. Y ahí jugaba yo". Viajó
para hacer una prueba y convenció largamente. Pero surgió un problema de
papeles y se tuvo que volver a su pago natal. "Ahí pensé de largar el fútbol
porque la frustración fue muy grande".
Hubiera hecho muy
mal, porque los papeles definitivamente de arreglaron y llegó el club de
Núñez para jugar en séptima división. Allí empezó a encenderse su buena
estrella. Fue campeón en esa división y dio el salto al sub. 17.Estudiaba en el
escuela de River. Sin embargo, con tantos viajes quedó libre y no pudo
terminar. El primero importante fue en 2000, a Francia. "No tenía idea de
lo que era eso. Nunca había viajado en avión... fue inolvidable".
Mascherano no tiene una pelota de verdad en el departamento de Belgrano. Una
pequeña y dorada le cuelga de una cadenita en el pecho. Fue un regalo. Sacarle
una sonrisa no es tarea sencilla."Con estos dientes ¿Qué querés?",
se resguarda. La ortodoncia es un recuerdo que quedó en las fotos viejas, pero
que no solucionó el problema. También hay una lucha contra los rulos rebeldes
y alguna pena visible por la baja estatura, que lo complica para saltar más que
los rivales cuando viene el bochazo del arquero.
LO QUE TOCA SE
HACE ORO
Se ve bastante con sus amigos futbolistas. Walter García, de San Lorenzo y Hugo
Colace, de Argentinos, ambos ex compañeros de los juveniles, son los que nombra
primero. Después menciona a los muchachos de su San Lorenzo natal, con quienes
el vínculo hoy sigue vivo gracias a su computadora portátil, que luce mínima
y cerrada sobre una mesita del living. Los amigos de la infancia no frecuentan
demasiado Buenos Aires. Los que estudian, van a Rosario. Y los otros siguen en
el pueblo, con su vida. Ahí estaban, naturalmente, el día que Mascherano volvió
a Grecia con la medalla de oro. "Aquel día se empezó a juntar gente
afuera de la casa y tuve que salir.
Me estaba esperando un jeep que es de un periodista local. Me llevaron de
recorrida por las calles del centro. La verdad, me dio un poco de vergüenza: no
me lo esperaba".
En San Lorenzo
siguen papá Oscar, que es químico y trabaja como operario en una planta, y mamá
Chiche. Y su hermano de 28, su hermana de 26, y los sobrinos. Allí custodian la
medalla y la coronita de laureles que Javier se ganó este año en Atenas. El
fue una de las figuras del equipo olímpico que logró por primera vez el oro
para el fútbol argentino. "Cuando llegué no tenía noción de lo que habíamos
logrado. Y el recibimiento me sorprendió. Sobre todo de la gente de mi pueblo,
que me conoce desde chico. Soy uno más ahí", confiesa.
Es prudente cuando habla de sí mismo, como si sintiera que todo le queda
grande. Lo ruboriza esa frase que sostiene que con él la Selección "tiene
número cinco para diez años". Dice que lo suyo es producto del sacrificio
y de la predisposición para aprender siempre un poco más: "Hay jugadores
que nacen con un don. No es mi caso", admite.
Del fútbol,
dice, le disgusta "el gran exitismo" y ese impulso casi inevitable que
lleva a los jugadores de primer nivel a moverse en un mundo especial. "Uno
quizá vive en una burbuja, pero yo trato de darme cuenta de cuál es la
realidad del país. Debe hacer seis meses que yo soy conocido
en la calle, y cuesta acostumbrarse. Pero yo sé que van a ser diez años y
después todo va a volver a la normalidad." Javier dice que la popularidad
abre puertas, pero que también complica las relaciones. No es el caso de lo que
le ocurre con su novia, Fernanda. Se conocen desde que él tenía 16. Un año
menor que Javier, ella sigue viviendo en San Lorenzo.
Parece increíble,
pero la carrera de Mascherano en Primera División todavía no llega al año y
medio. El debut en River lo dejó con las ganas. El 3 de agosto de 2003, en un
partido contra Nueva Chicago, entró cuando iban 45 minutos del segundo tiempo.
No estuvo tan mal, porque el descuento le alcanzó para mostrar su clase,
cortando un ataque que perfectamente podía haber terminado en el empate de los
de Mataderos. Pero lo más delirante de todo es que ese muchacho que se había
dado el gusto de jugar dos minutos en Primera, dieciocho días antes había
debutado como titular en la Selección mayor. Fue en el empate con Uruguay en el
estadio único de La Plata. Esa noche, el cinco jugó para cinco; fue una
actuación regular, con una falla que terminó en un gol de los uruguayos. ¿Qué
importancia tiene eso ahora?.
Desde entonces la seguidilla de partidos y torneos fue infernal. El Mundial sub. 20 de Emiratos Árabes, que lo hizo llorar hasta decir basta por la derrota en semifinales con Brasil; el Preolímpico, el campeonato y el título con River, la Copa Libertadores, la Copa América, los Juegos de Atenas. El último torneo con River. Éxitos y bajones, pero todo en altas dosis.
LOCO POR LAS
ZAPATILLAS
Es un loco de la siesta. Pero de verdad: un militante. Cuando habla de sus
actividades de rutina califica de excepcional el día en que no tiene ganas de
pegar un rato los ojos durante la tarde. Dan las 15 durante la nota y confiesa
que si queda libre en 45 minutos sería espectacular, porque
las dos horas sagradas esta vez podrían correr de 16 a 18 horas. "Si me
faltan, me muero", dice en un tono de quien no exagera. Quien no
tiene conflictos de agenda es un amigote que le está dando al ojo en una de las
habitaciones del departamento. Ahí estaba cuando llegamos. No tendremos el
gusto de conocerlo.
Su amigo Javier, el tractorcito del mediocampo, el que no tiene pudor en pegarle un grito a un compañero mayor, el cinco temperamental y completo, parece un muchacho sereno fuera de la cancha. Un CD de Silvio Rodríguez o Los Piojos, una linda película formato DVD, unos mates, una charla: placeres de un chico tranquilo. Ni la seguridad, tema ineludible, le hace perder la calma. "No vivo eso con tanta preocupación porque mi familia no está acá en Buenos Aires. pero es cierto que a veces a uno se le cruzan por la cabeza las cosas que pueden llegar a pasar."
Como todo jugador
de fútbol profesional siglo XXI, Javier tiene pasión por las zapatillas. Y en
ese rubro es un privilegiado. Tiene sponsor y entonces va y se lleva lo que
quiere. Como las que tiene puestas durante la nota con Viva, blancas y con una
banda roja en diagonal. Hincha de Rosario
Central de chiquito, dice que se quedaría a "vivir" en River.
Reconoce que los llamados del Real Madrid le hicieron alguna cosquillita, aunque
jura que no se desvela por convertirse en galáctico. Contra el Madrid jugó un
amistoso. Ese día Mascherano, el duro, terminó en el suelo gracias a un patadón
del carilindo David Beckham. En Deportivo La Coruña, otro candidato a llevárselo,
está su amigo Lionel Scaloni, y eso puede pesar. También dicen que el
Corinthians de Brasil se lo quiere llevar para que juegue con Carlitos Tevez,
otro amigo. Ya habrá noticias, pronto. De grande, cuando
todo pase, Javier se ve otra vez en San Lorenzo. "Con nada que involucre al
fútbol." Querrá que nada le condicione la siesta.
SI ME DAN A
ELEGIR
¿Un programa de TV?
Los documentales de Discovery Chanel... en serio.
¿Un ídolo
del fútbol?
Admiro, por supuesto a Maradona. Es increíble lo que podía hacer con la
pelota.
¿Un jugador
en tu puesto?
El Cholo Simeone.
¿Pizza y
cerveza o asadito?
Asado, a full.
¿Perfumado o
al natural?
No, perfume, nada. Tengo cuatro o cinco en el placard, pero la verdad
es que no los uso.
¿Un cantante?
Silvio Rodríguez, Joaquín Sabina, entre otros.
¿Una película?
Un lugar llamado Notting Hill. Esa me encantó.
¿Una
frustración?
La Copa América, sin dudas. Estábamos ahí. Si el partido duraba medio
minuto menos...
¿El mar o la
montaña?
Uhhh, hace muchísimo que no me voy de vacaciones. Pero elegiría la
montaña.
Miedo a...
Viajar en avión. Me agarró ahora, pero ya lo voy a vencer