ara las 10 debería de haber acabado” le he respondido a la dependiente,
fastidiada de esperarme y tras mirar el reloj pulsera de mi muñeca;
luego, me lo he dicho para mí, también, como para apurarme algo más
un poco más tarde mientras mi dedos han decidido volver a su noble trabajo
de voltear testaruda e indiscretamente
las páginas de este ejemplar de la Summa tomista que parece
no querer acabarse. Los pasillos de la Real Alberto I han estado atestados
de jóvenes durante toda la tarde y... ¡pues claro que los he visto estudiar!
Aunque, a decir verdad, realmente he visto atendiendo a sus lecturas
a sólo algunos de ellos (es bien sabido que a los jóvenes les cuesta
la lectura silenciosa); de los demás, la inmensa mayoría ha llegado
en barra y esto lo he considerado mala señal o
“diversión en puerta”, y no es que tenga algo contra la diversión,
es que lugares tan aburridos como los de este tipo siempre han sido
prescriptos como no aptos para la farra.
Los
jóvenes de los que hablo se han dispersado en parejas hacia los rincones
más oscuros de la biblioteca, y a mi edad..., bueno, ustedes saben:
mi condición de adulto curtido debería cercenarme cualquier intento
de fisgoneo, por más romántica o naif que catalogasen a mi intención.
Además, Jeannette estará esperándome temprano para embarcar hacia Ostende
—a donde, Dios mediante, Carol debería de arribar un par de días después—,
y por nada del mundo me perdería un buen plato de arenques con ella
(con Jeannette, claro: Carol odia el arenque), además de un poco “de”.
La pareja detrás de los estantes rotulados
con “Historia belga” ha empezado a gemir y sollozar —además “de”,
también—, y yo, sin saber por qué, me he molestado. He pensado en pedirles
juicio, o en el peor de los casos, en darles algunos francos para un
hotel, pero ¿por qué fastidiaría a un par de jóvenes que, embelesados,
convienen en apretarse en un rincón de una biblioteca? ¿Quién
soy yo para demandarles un poco de silencio, calma y mesura si todo
su accionar responde ni más ni menos que al simple ejercicio de un mando
natural? Toda Bruxelles está llena de ellos —algunos, hasta convienen
en reunirse de a tres ó más, y en nombre de una “libertad” que terminaría
sonrojando al mismísimo Marquee de Sade.
“Europa
es ancestral en este tipo de cosas, también; es tan distinta a América
que son el día y la noche de la pacatería” he sentenciado, para mí,
y he observado no sin displacer que no recuerdo más que tres ó cuatro
párrafos aislados de las últimas seis páginas que he volteado. He pensado
en “putear a lo sudamericano” (esto es, soez y por lo bajo) pero obviamente lo he reprimido: a veces soy condenadamente europeo para
ciertas cosas; para otras, afortunadamente americano.
El
calor del julio europeo ha comenzado ha apretar, ahora. He interrumpido
momentáneamente la ojeada para aflojarme el nudo de la corbata y me
he llevado la mano derecha hacia el bolsillo trasero del pantalón en
busca de un pañuelo que seque mi frente, con tanta mala (¿mala?) suerte
que los dedos han casi acariciado el muslo izquierdo de un par de fuertes
piernas juveniles que no han sucumbido aun a la celulitis. Presto, me
he volteado para mirarla y he ensayado una disculpa, pero no he contado
con que me miraría de esa forma. De algún modo, ella, (a quien llamaré
“Je”, no únicamente por cierto parecido con la Jeannette a la que acabo
de hacer mención sino más por “Jeannette’s enemy”) ha resultado
más rubia que mis más jóvenes fantasías y felizmente bastante menos
adulta que mis más vetustas pretensiones. “Je” es inquietante y me ha
sonreído peligrosamente y yo ya he comenzado a sentir que hace más calor
que antes. Sin más, me he recordado ‘macho’, por tal, he cerrado el
volumen y lo dejado en el estante, buscando su conversación. Ella, “Je”,
ha dirigido un rápido y casi displicente recorrido a mi anatomía rancia
y previsible (buscando quién sabe qué cosa que yo ya no recuerde) y
ha vuelto enseguida a lo que Dios sabe hacía en su estante. Yo
he pensado en tomarla del brazo para preguntarle algo pero no se me
ha ocurrido qué.
—Háblame
del clima, entonces.— me ha dicho “Je” al fin, sin darse la vuelta.
—¿Perdón?—
he ensayado, girando presuroso sobre mis talones pero oponiendo la distancia
necesaria a su próxima estocada.
—«Habla
del clima, si no sabes empezar una conversación.» Así es como dice una
buena amiga mía. —“Je” ha dejado caer (accidentalmente, creo) un par
de volúmenes al piso que me he apresurado por recoger por ella, pero
adivinando mi intención me ha ganado de mano. Al incorporarse, ha girado
graciosamente para acomodar los libros en su lugar correspondiente,
dándome la espalda por unos segundos, el tiempo suficiente como para
que yo preste atención a sus blanquísimas rodillas que ahora se han
empezado a frotar ligera pero sensualmente y yo he notado que sus glúteos
han comenzado a subir y bajar leve pero perceptiblemente, y esto le
he tomado como tiro de largada, y si quiere guerra, la tendrá.
—Bien.
¿Qué busca, justamente aquí, alguien como tú y a estas horas de la noche?—
le he preguntado, siguiéndole el tren.
“Je”
se ha pasado la mano por el pelo, distraídamente. Ha ensayado un inocente
“puchero” (signo que aquí y en la Quiaca connota ‘aburrimiento’) y me
ha dicho con desparpajo, en un inglés construido a fuerza de rentas
de películas británicas:
—Cool old men...
Su
carcajada ha sido retenida por la doble fila de libros pero para mí
ha sido más que eso. He pensado en ella, en la casualidad, en el destino,
en su juventud a flor de piel y su avidez de experiencia sexual, y en
“todo es tan viejo aquí, en Bruxelles que alguien, gobernante o no,
debería de hacer algo: asociarse a las fuerzas más jóvenes para... lo
que sea”, y en las altas torres medievales que ganan espacio al canal
que se ve iluminado detrás del ventanal del recinto, y en que ya me
traspiran las manos y no he sabido si reír o llorar.
Muchas
veces (y no siempre en casos como estos, pero sí en presencia de emociones
a las que la gente de mi edad le arrimamos adjetivos como “inusitadas”
o en el común de los casos,“fuertes”) pronuncio un escapismo: algo así
como un “extraño a mi Argentina”. Es todo un cliché: sí, lo admito,
pero ahora se me antoja más que eso: un pretexto que me surge siempre
que siento que mi intimidad está por ser saboteada, invadida por la
educada obligación de llevar el desayuno a la cama cuando sea menester.
Y es entonces cuando mido los pro y los contra, “pongo en la balanza”,
como diría el viejo Esteban (mi padrino de bautismo) y concluyo con
un “pero antes de hacerlo, debería encontrar...” Y entonces, de repente
he parado de pensar en todo ello para sentirme satisfecho, regocijándome
al apuntar en algún rincón a “Je” como mi más increíble conquista amorosa,
el “premio” al gladiador que ha sabido vencer en la arena —o a la arena
misma: sabido es que la arena prevé una suerte monótona y cruel ya echada—,
más allá de llamadas telefónicas y visitas inoportunas ocasionales.
Y aquí ya estoy cerca de confundirme y creo haberla encontrado,
y algo parecido —tan sólo eso— a lo que podría llegar a llamarse “dicha”
me ha invadido y si el contexto me lo permitiese abriría el paquete
de gaulois que me espera en el bolsillo del saco para festejar.
“Je”
se ha acercado a mis labios, me ha tomado de las solapas y ha dejado
que huela su perfume floral. LA he mirado un poco más detenidamente
y he quedado más que satisfecho: pollera mini tableada azul francia
—‘cortísima’, diría mi madre—, camisa blanca y largas medias azules
erigidas desde un par de pulcros zapatos de escolar. Súbitamente me
ha recordado algunos “fatos” de los años de Banfield y he querido
permitirme un rendez-vous a lo Bogardt. Raro pero su voz ha madurado
de golpe unos diez años, lo conveniente como para lo que ha juzgado
necesario decirme. Ha paseado su muslo a lo largo del mío un buen rato
y ahora me ha tomado de la mano. Esta pequeña y se siente fría.
—Ven
conmigo: nuestro futuro está a la vuelta de la esquina— me ha dicho,
y cariñosamente, me ha besado apenas en los labios y tomado del bracete
para dirigirnos hacia el lugar exacto donde alguna vez escuché los gemidos
y los sollozos y a esta altura ya se han transformado en sacudidas producto
de los movimientos acompasados al apoyarse contra los estantes de madera,
y yo la he querido más que a nada en el mundo.
—Cierra
los ojos...— me ha pedido a mitad de camino y yo, divertido, he accedido
al juego.
Por
supuesto que jamás he sido respetuoso de las reglas de los juegos infantiles.
Siempre he hecho trampa. Aún en los juegos a los que Memet, mi hermana,
me ha obligado a participar so pena de contar a nuestros padres “quién
ha sido realmente el que ha roto...” Y yo no quisiera romperla a ella,
pero si debo hacerlo así lo haré (aunque pienso no creo sea necesario,
dada la ocasión que se me presenta) y mis ojos se han entreabierto para
observar, deleitarse, con la cópula, la sabia unión de macho y hembra
que adivino atornillándose
sin tregua en una batalla que nunca se supone debería librarse —y menos,
tan desprejuiciadamente— entre los tres millones de volúmenes que componen
a la biblioteca Real Alberto
I de Bruxelles, si es que realmente nos interesa la preservación del
libro papel y las cuestiones de editorial y toda esa historia y así
están las cosas y yo ya no pienso objetar nada más que lo que me concierna.
Por
fin, hemos llegado al final del pasillo. El hombre ha parado de moverse
y ha volteado hacia nosotros y en un descuido ínfimo ha dejado
ver sus colmillos; su pareja ha mostrado los suyos también y “Je” ha
considerado eso como una actitud desatinada porque “ni ella ni ellos
deben hacer ese tipo de estupideces en público”: así se los ha dicho
“Je” y yo he aprovechado la ocasión para saltar a través del vidrio
y casi me he matado del golpe al caer piso abajo desde el ventanal pero
afortunadamente en la ambulancia me han dicho que sólo han sido un par
de costillas rotas y un tendón —¿así será algún día mi estatua?—. La
policía ha llegado al lugar más pronto de lo previsto, cuestión esta
que en condiciones normales habría llamado aún más poderosamente mi
atención pero que dadas las condiciones no revisten de importancia,
y mi sociedad, si alguna vez en ciernes (de hecho, la única a la que
alguna vez habría accedido, y por cierto, de buena gana) ha terminado
fatalmente por esfumarse con mi desvanecimiento.