La literatura [1]
En las ciudades como Atenas, el saber leer, escribir y contar era, parece, lo ordinario entre 1os ciudadanos libres. La educación no corría a cargo del Estado, sino que era privada (a no ser en lo que atañe al entrenamiento militar y al gimnasio), y hasta mediados del siglo y la enseñanza regular se detenía al nivel de los rudimentos elementales. La formación profesional se adquiría, corrientemente, en el hogar o mediante aprendizaje. Era útil la dirección de algún técnico en cuanto a la equitación, el atletismo y la lucha. Pero en literatura o filosofía, hasta los hom­bres de la generación de Pericles o de Sófocles aprendieron cuan­to sabían por preceptos individuales y de ninguna regularidad, provenientes de sus mayores y de sus contemporáneos, o bien por su propio esfuerzo. Vinieron después los hombres a los que se llamó «sofistas», que recorrían las principales poblaciones ofreciendo, por fuertes honorarios, la educación en materias retóricas y filosóficas y en el arte de la política. La educación superior aumen­tó a partir de este impulso, aunque siguió siendo una actividad privada y costosa, basada por lo común en las relaciones entre maestro y discípulo.
Los libros consistían en unas hojas hechas con delgadas tiras de una caña egipcia denominada papiro, las cuales se iban pegando unas a otras por sus extremos para formar rollos que contenían el texto escrito en una serie de columnas. La forma más cómoda del libro, en disposición de códice, a la que hoy estamos acostum­brados, así como las hojas de pergamino o vitelas, más suaves, aparecieron sólo muchos siglos después. Al lector de un rollo de papiro se le facilitaba muy poco su tarea: no encontraba allí un sistema fijo de puntuación, los comienzos de capítulo y de párrafo venían, aun en los textos literarios, donde menos se pen­saba, y normalmente no solía haber separación ninguna entre las palabras. Cada copia tenía que ser escrita, de la pri­mera letra a la última, a mano, por lo cual es de suponer que nunca, en un momento dado, podría contarse con muchas copias de algún libro. Se mencionan tiendas de libros a finales del siglo V, pero se ha de pensar que serían negocios muy modestos, basados principalmente en el trato dc persona a persona, sin circulación a escala comercial.
Sería, por tanto, trastocar las cosas, dar demasiada impor­tancia a lo que significó en aquel entonces la palabra escrita. Los griegos preferían conversar y oír; su misma arquitectura es la de un pueblo aficionado a la charla: no sólo los grandes teatros de puertas afuera y los edificios de las asambleas lo demuestran, sino también la más característica de todas las construcciones griegas, la estoa, pórtico o deambulatorio de techumbre sostenida por columnas. Por cada persona que leyese una tragedia había decenas de miles que la conocían de haber actuado en su repre­sentación o de haberla oído. Esto sucedía también con la poesía lírica, compuesta de ordinario para ser cantada (frecuentemente por coros) en ceremonias ocasionales —bodas o fiestas religiosas, celebraciones de triunfos militares o de victorias en los juegos—. Y sucedía inclusive aunque más limitadamente, con la prosa. He­ródoto, por ejemplo, daba lecturas públicas de su Historia. Los filósofos enseñaban conferenciando y discutiendo. Platón expresó abiertamente su desconfianza con respecto a lo ya fijado en los libros: a éstos no se les puede hacer preguntas, por lo cual sus ideas están cerradas a ulteriores correcciones y afinamientos y, además, hacen que se debilite la memoria (Fedro, 274-8). Su maes­tro Sócrates fue más brillante conversador que nuestro famoso Doctor Johnson [2]
y se ganó su reputación a base solamente de dialogar durante toda su larga vida, ya que jamás escribió ni una línea.
Platón mismo, pese a todas sus repugnancias, fue fecundísimo y excelente escritor, y un rasgo característico de sus obras es que la mayoría de ellas tienen forma de «diálogos» en los que sus ideas filosóficas se van desarrollando a través de complicadas discusiones ­presentadas dramáticamente, es decir, puestas en boca de personajes reales, que arguyen, ríen o se enfadan no de otro modo a como suele hacerlo la gente en tales circunstancias. De los demás prosistas del siglo IV, los únicos cuyo estilo puede compararse un poco con el de Platón fueron —también característicamente— oradores y maestros de retórica, tales corno Isócrates y Demóstenes, que escribían no sólo auténticos discursos sino además panfletos políticos con la apariencia de elegantes oraciones. Esta elevación de la oratoria a formas altamente literarias representa el logro más depurado de la afición de los griegos a palabra hablada, aspecto de su vida que debe tenerse siempre en cuenta para cualquier examen de su literatura hasta el final del período clásico.

La poesía
 
La cualidad oral de la literatura es, probablemente, parte im­portante para explicarse por qué vino con tanto retraso el desa­rrollo de la prosa. No se trata sólo de la tardía aparición de la prosa como belles lettres —Jenofonte, en el siglo IV, es el primer representante de nota en esta categoría—, sino del (para nosotros) curioso empleo de la poesía en los escritos políticos y filosóficos.
Uno de los primeros ejemplos fue el de Solón, que expresaba sus ideas políticas y éticas en dísticos elegíacos. Todavía a fines del siglo VI hacía igual Jenófanes, que partió del Asia Menor como exiliado y vivió en la Grecia de Occidente, y medio siglo más tarde les imitaron en esto Empédocles de Acragas y Parménides de Elea, importantes filósofos presocráticos que al escribir usaron sólo la forma poética. Otros filósofos coetáneos suyos, así como los primeros escritores de geografía y de historia habían dado cierta importancia a la prosa, pero como únicamente se conservan exiguos fragmentos de sus obras, es imposible determinar sus cualidades literarias. Heródoto es, por consiguiente, el primer griego del que puede afirmarse que fue un gran prosista de elegan­te estilo. Tampoco después de él hubo nunca muchos, aparte de Platón y los oradores, aunque se produjeron enormes cantidades de prosa. La poesía conservó su posición dominante hasta los si­glos de decadencia de la civilización griega, bajo el gobierno roma­no, época en la que unos pocos prosistas, sobre todo Plutarco y Luciano (nacidos hacia el 46 d. J. C y el 120 d. J. C. respectiva­mente) pusieron florido broche al estilo narrativo.
La poesía pasó por una serie de interesantes cambios que reflejan algo de la historia de la sociedad griega. Si los inicios del período arcaico estuvieron marcados por el tránsito de la poesía épica a la poesía personalista de un hombre como Arquíloco, la transición al período clásico implicó otro pronunciado cambio. En cierto sentido, claro está, la poesía es siempre expresión personal de los sentimientos particulares del poeta, de sus ideas y valora­ciones (aunque en la poesía heroica hubo siempre un elemento impersonal muy vigoroso que culminó en la Ilíada y en la Odisea). Lo notable es que, en la Grecia clásica, tanto los temas como las ocasiones que los inspiraban dejaron de ser individuales para con­vertirse en comunitarios. La poesía al estilo de los piráticos versos de Arquíloco, de los amorosos poemas de Safo y de las canciones de bebedor de Anacreonte dejó de escribirse. Hubo, sí, excep­ciones; no faltaron poetas de segunda línea que consiguiesen fugaces éxitos con sus composiciones amatorias; pero sigue siendo válida la generalización de que la poesía clásica abandonó las emociones puramente personales y se dio a cultivar los temas sociales, religiosos y de alta moral.
La transición se percibe con la mayor facilidad en tres hombres que cerraron la época de la poesía lírica: Simónides de Ceos, su sobrino Baquílides y el mayor poeta, probablemente de todos los de aquella modalidad, el beocio Píndaro, que vivió desde el año 518 a, poco más o menos, el 438. Fueron todos muy fecundos, y sus obras se distribuyen en una amplia gama de categorías: himnos, peanes (cánticos con los que se celebraba corrientemente alguna victoria militar), cantos fúnebres, epigramas, odas epinicias (en honor a quien vencía en los juegos). Ha de advertirse, en primer lugar, que toda esta poesía se compuso para determinadas ocasiones, y generalmente por encargo lucrativo. Los poetas hacían largos y frecuentes viajes, con lo que sus obras tenían carácter universal. Cada poema estaba vinculado a un sitio concreto sola­mente por la ocasión ó el personaje que en él se evocaban, pero nunca era «regional» o «nacional» como tanta de la poesía moder­na lo ha sido siempre. En segundo lugar, la religión formaba parte de su contextura misma, por así decirlo. El peán, por ejemplo, fue originariamente un himno a Apolo, y nunca perdió este carácter, aun cuando pasó a ser un himno a la victoria y a la paz. Las odas epinicias —las mejor conocidas, porque la obra de Píndaro en este género se ha conservado íntegra— surgían al calor de algún acontecimiento religioso, los juegos de un festival, y celebraban al que en éstos vencía, para lo cual iban relatando complicadísi­mos mitos en forma fragmentaria y llena de alusiones, si es que había manera de relacionarlos (por ligeramente que fuese) con el tema de que se tratara, y entreverándolos con enseñanzas y máxi­mas morales y hasta con comentarios políticos y sociales. Su asunto aparente podía muy bien ser la glorificación de un atleta, pero en realidad exaltaban a la comunidad y a sus dioses.
Por ejemplo, la segunda ada pítica de Píndaro, una de las varias que escribió para Hierón, tirano de Siracusa desde el año 478 hasta el 467 o el 466, en que murió, comienza así, con evidente propiedad:
 
¡Siracusa grandiosa,
templo de Ares cruento,
de hombres y potros, cuyo gran contento
las armas son, oh tu, nutriz dichosa!
Desde la fértil Tebas
vengo, de las cuadrigas que con ruido
el suelo hacen temblar, a darte nuevas
con este himno: Ha vencido
Hierón, de carro hermoso,
que ornó con sus espléndidos laureles
a Ortigia, que es de Artemis reposo,
la diosa de los ríos;
no sin cuyo favor, de sus corceles
con vistoso jaez y manos hábiles
pudo amansar los bríos. [3]
 
Pero unos cuantos versos más abajo el poeta se pone a contar el mito, singularmente desagradable, de Ixión, el progenitor de los centauros, que intentó seducir a Hera,.la consorte del rey de los dioses, y recibió adecuado castigo: girar por siempre atado a una rueda de fuego. Este mito, de origen tesalio, no tiene más relación conocida con Hierón ni con Siracusa que la que, llevado de un didactismo enteramente arbitrario, pasa a prestarle el poeta:
 
Es Dios, que fija todos los términos a las esperanzas;
Dios, quien atrapa al águila en Su vuelo y adelanta al delfín
 en el mar; quien doblega bajo su poder al hombre de pensamientos
demasiado altaneros,
mientras a otros les otorga honor inmarcesible. Lo que yo necesito es
escapar del diente del reproche por excesivas faltas.
Hallándome lejos, vi al gruñón de Arquíloco
trabajando impotente y cebándose en su propio aborrecible
odio, en nada más; juntar a la riqueza la fortuna de la sabiduría
es el más alto destino.
Tú, con tu ánimo intrépido, puedes evidenciarlo,
tú, que eres príncipe de calles enguirnaldadas por sus multi­tudes.
 
Y así va prosiguiendo. Hay muchas cosas que se nos hacen oscuras en esta singular oda (Píndaro es raras veces claro para el lector moderno); se percibe también en ella algo de resentimiento personal, producido acaso por su rivalidad con Simónides en punto al patronazgo de Hierón.
No obstante, ya no es ésta una poesía personalista como lo era la de Safo y Alceo, anterior en un siglo o más. Aunque los poe­mas de Píndaro pueden ser clasificados todavía como líricos en un sentido formal muy restringido, hasta estos breves pasajes que acabamos dc leer revelan que psicológica e intelectualmente son más afines a su contemporáneo ateniense Esquilo, a las formas artísticas, muy diferentes, que éste creó.
 
 

La tragedia

 
El patrono individual del poeta lírico nunca dejó del todo dc ser tenido en cuenta, especialmente si se trataba de un tirano. No fue casual que Simónides y Píndaro tuviesen tan estrechos vínculos con Sicilia, ni que Píndaro, en particular, se identificase en mu­chos aspectos de sus ideas con el mundo de la aristocracia tradi­cional, a la sazón en vías de desaparecer, y con la tiranía, más bien que con la nueva y triunfante polis clásica. Fue Atenas, la democrática ciudad-estado por excelencia, la que produjo y pa­trocinó —estrictamente hablando— la tragedia, forma artística a la que en seguida se concedió el sitio de honor después de Ho­mero, con preferencia a toda la restante poesía, no sólo entre los atenienses, sino entre los griegos en general. Lo que cuenta Plu­tarco (Vida de Nicias, XX1X) de que algunos de los atenienses capturados en Siracusa en 413 debieron la conservación de sus vidas a haber sabido recitar a Eurípides de memoria puede ser cierto o no, pero ilustra muy bien la importancia que había al­canzado la tragedia.
Sus orígenes son oscuros. La aparición de la poesía lírica diríase lógica y obvia: la humanidad ha cantado siempre al cele­brar algunos ritos, sobre todo en las relaciones con sus dioses, y un poema lírico era, como su nombre indica, un cántico que se acompañaba tañendo la lira (o, por posterior extensión, también tocando la flauta). Con frecuencia, tal canto, especialmente si era coral, acompañaba a su vez los movimientos de una danza o farsa mímica y, a veces, se consideraba más propio y aun necesario que los danzantes llevaran máscaras: para representar, pongamos por caso, a los sátiros, asociados siempre con Dionisos. Parecidas combinaciones se hallan tan por doquier que no es de maravillar que en la Grecia del siglo VI SC hiciesen experimentos encaminados a darle a la poesía lírica, cuya mezcolanza de formas era ya muy grande, alguna relación orgánica con los antiguos ritos. Ni resulta sorprendente que fuera Dionisos el dios en torno al cual giró tal interés. Lo mismo que Deméter, la diosa de la fertilidad, ocupaba él un puesto distinguido en el Panteón; virtualmente ignorado por Homero y sin contarse entre los Olímpicos (aunque era hijo de Zeus), alcanzó Dionisos alta posición dentro de su rango en la religión oficial del Estado mientras seguía siendo, a la vez, un dios preeminentemente popular: el dios del vino y del jolgorio, de los éxtasis y frenesíes y de los ritos orgiásticos.
La combinación de la poesía lírica con el ritual dionisíaco cons­tituyó la prehistoria de la tragedia. Sin embargo, como la mayoría de los datos genealógicos, éste también explica mucho menos de lo que parece. Porque lo que de aquella combinación resultó no fue ni danza ritual, ni celebración de las glorias del dios por un coro, ni una simple e inmediata conjunción de ambas cosas, sino algo nuevo y diferente, a saber, el teatro.
Los griegos, o con más exactitud, los atenienses, al llegar a este punto, dieron con la idea del teatro, lo mismo que fueron los inventores de otras muchas instituciones sociales y culturales que luego se incorporaron al patrimonio de Occidente. Nada tiene de evidente, de suyo, la idea del teatro, de unas escenas y unos actores a través de los cuales el individuo particular, sin la dirección de sacerdotes ni de otras autoridades, pudiese exa­minar en público los destinos humanos y hacer comentarios sobre ellos. Es decir, no contentándose ya con cantar himnos de alabanza a los dioses, ni con la representación de dramas ri­tuales, como la del mito de Dionisos que parece haber sido la culminación de los misterios eleusinos (o, para poner el ejem­plo más familiar a nosotros, con la representación del drama de la Pasión), sino mediante un juego poético que era en sus­tancia y pese a los muchos elementos tradicionales una creación del autor de la obra escénica, así en lo referente a la acción de los personajes como en cuanto a los modos, imágenes y comen­tarios introducidos en los largos pasajes que se confiaban al coro. Los griegos acertaban en su estimación cuando ponían la tragedia a la par con la épica: dentro de su línea, esta nueva creación era un tanto atrevida y revolucionaria, y su impacto perduró mucho más que la sociedad que la produjo.
La tragedia no era, pues, un drama ritual —nunca se insistirá demasiado en esto—, pero conservaba estrechísimos vínculos con la religión; ante todo, por su total asociación con los festivales (y en consecuencia, como griegos que eran, porque se producía competitivamente). Las más de las tragedias fueron estrenadas durante las Dionisíacas Mayores o de la Ciudad, que se celebra­ban en Atenas al empezar la primavera con más esplendor que las otras tres festividades con que los atenienses honraban cada año a Dionisos. El primer día estaba dedicado a una solemne procesión, en el transcurso de la cual se sacrificaba un toro y se verificaba la colocación oficial de la imagen del dios en el teatro, y luego había un certamen de odas ditirámbicas a cargo de diez coros, cinco de hombres maduros y cinco de muchachos, com­puesto cada uno de ellos de cincuenta coristas acompañados de flautas. El segundo día se representaban cinco comedias.
Y después venía el concurso de tragedias, que duraba tres días enteros, cada uno de ellos asignado a uno de los autores concursantes, quienes escribían para aquella ocasión tres trage­dias (nosotros las llamaríamos piezas de un acto), las cuales po­dían formar entre las tres, por sus relaciones intrínsecas, una trilogía, aunque esto no era obligatorio y parece que de ordinario no la formaron, y una cuarta pieza de género muy distinto, una grotesca «sátira».
Las proporciones de este esfuerzo oscilan, en conjunto, poco. Los que tomaban parte activa en él no solían ser menos de mil individuos entre adultos y adolescentes, que habían pasado antes mucho tiempo en repeticiones, y el teatro, si se llenaba, contenía unos 14 000 espectadores que se sentaban al aire libre en hileras escalonadas, mirando hacia abajo, hacia el sitio en que evolucionaban los danzantes (lugar llamado orquesta y que no era más que un despejado espacio circular) y hacia el escenario que se alzaba tras él, cerrado por un sencillo muro y dotado de rudimen­tarios artificios escénicos. El esfuerzo se repetía cada año, aun durante la guerra del Peloponeso, y siempre con nuevas obras. En el transcurso del siglo V varios festejos rurales menores ini­ciaron la práctica de representar piezas que habían sido estre­nadas en algunas de las primeras Dionisíacas de la Ciudad; pero la primera ocasión conocida en que se repitió la representación de una pieza antigua en las principales Dionisíacas atenienses no tuvo lugar hasta el 386. Los escritores de tragedia, aunque no po­dían contar con un gran público de lectores, no se desalenta­ban; año tras año iban produciendo nuevas piezas con la espe­ranza de aquella representación única —esperanza muy expuesta a quedarse en ilusoria para muchos de ellos, especialmente para los de menos renombre, pues la regla de un solo autor por día y durante tres días era invariable.
La fuerza motivadora de semejante despliegue de energía hay que buscarla en la ocasión misma, gran celebración común, so­lemne y festiva a un tiempo (superada en majestad solamente por las Grandes Panateneas, que se celebraban cada cuatro años en honor a la diosa Atenea, patrona de la polis). El más alto funcio­nario del Estado, el. arconte epónimo, elegido anualmente, presi­día los ceremoniosos actos, y entre sus obligaciones se incluía la de seleccionar a los autores de tragedias que habrían dc competir. Los nada despreciables costos de la representación eran cubiertos, en parte, directamente por el tesoro y, en parte, por asignaciones impuestas a los individuos de las clases más adineradas, precisa. mente a aquellos a quienes se les daban los puestos de mando y se les cargaban algunos de los gastos de los navíos de guerra, con idénticos matices honoríficos en ambos tipos de actividades a pri­mera vista incomparables. Y quiénes ganaban el concurso lo decidía un jurado de cinco jueces, escogidos por complicados procedi­mientos en los que se incluía el inevitable echar a suertes.
Los dramaturgos tenían, claro está, entera conciencia de la importancia de la ocasión, si bien —cosa bastante curiosa— no solían hacer especiales referencias a Dionisos, cuyos mitos y fun­ciones raramente eran el tema de las piezas. Sería fácil citar pasajes llenos de altos sentimientos morales y piadosos, pero resultaría cicatero y, en esencia, desorientador. Cuando Aristóteles asegura que dc los seis elementos que constituyen la tragedia «el más importante es la combinación de las acciones, pues la tra­gedia es una imitación (mímesis) no de los hombres sino de la acción y de la vida» (Poética VI), su análisis apunta a la nece­sidad de considerar cada pieza en todo su conjunto, pues el todo es mayor que sus partes; la acción, en este sentido, es de mayor entidad que la música y que la poesía o que los caracteres de los personajes, aun siendo también imprescindibles, como lo son, cada uno de estos elementos. Sólo asistiendo a toda una tragedia (o leyéndola de una tirada) puede percibirse su efecto más propio; la ininterrumpida tensión; lo elevado y frecuentemente opaco dcl lenguaje poético; los largos y complicados parlamentos y odas, llenos de alusiones y dc oraculares oscuridades; la absoluta con­centración en torno a las cuestiones más fundamentales de la existencia humana, del comportamiento y el destino del hombre sometido al poder y a la autoridad divinos. Era este efecto total lo que daba a la tragedia su altísima calidad religiosa, hecha más concreta y vívida por las referencias directas a oráculos, pro­fecías y dioses; por el empleo del mito como fuente ordinaria del mismo argumento; por los muchos pasajes de carácter hímnico que entonaba el coro; por las máscaras, los atuendos y los pasos de danza que los griegos solían usar también en sus ritos.
Ninguno de los notables rasgos que distinguen a la tragedia griega es tan sorprendente como el del indiscutido monopolio que de la misma detentaron los atenienses. Los primeros experi­mentos o ensayos del siglo vi parecen haber acaecido en Co­rinto y en Sición, en el Peloponeso; pero en cuanto los atenienses se interesaron por aquella novedad (según la tradición, el honor de haberla introducido entre ellos pertenece a Tespis, contempo­ráneo de Pisístrato), su ulterior progreso estuvo ya del todo en sus manos. Hasta muy avanzado el siglo iv, sólo en Atenas se re­presentaron con regularidad tragedias, y todas ellas fueron al parecer escritas, en sus versiones originales, para los concursos atenienses. A los escritores que no eran de Atenas se les permitía concurrir y, a veces, llegaron a obtener el primer premio, pero no se ha conservado el recuerdo de ningún hombre de aquellos que escribiese una tragedia para ser representada en su propia ciudad. Esquilo fue dos veces a Sicilia, y esto es significativo por lo excepcional para su época: al hablar de los prisioneros ate­nienses, Plutarco explicó que los griegos sicilianos, enamorados de Eurípides, estaban pendientes de los fragmentos de sus obras que oían de labios de los viajeros y que se aprendían de corrido.
Esquilo, Sófocles y Eurípides dominaron entre los tres el siglo V. Escribieron en total unas 300 piezas, de las cuales han lle­gado hasta nosotros treinta y dos. No poseemos ni una sola obra de ninguno de los demás autores de tragedias, 150 en números redondos, cuyos nombres se conocen, varios de ellos famosos otro­ra. Hay motivos para pensar que el proceso de selección a través de las edades no ha sido malo. Desde mediados del siglo IV se hizo habitual la repetición de piezas antiguas, así como la presen­tación de las mismas en muchas partes de la Hélade. Pasaron a ser un rasgo típico de la vida cultural griega las compañías ambulantes de «artistas dionisíacos» y, según se quejaba Aristóteles en su Retórica (III, 1, 4), «los actores eran más considerados que los poetas». También podía haber dicho que se iban haciendo más importantes los edificios de los teatros: el de Dionisos, que en el siglo y era de rudimentaria construcción, fue transformado, en el siglo IV, en su espléndido anfiteatro de piedra, equiparable a los de Delfos, Epidauro y otros muchos lugares.
Para resumir, después de la guerra del Peloponeso, aunque la tragedia siguió siendo durante mucho tiempo un arte popular, se convirtió rápidamente en un arte secundario y derivativo, viviendo a costa de los maestros antiguos más que nutrida de nuevas y vitales creaciones.
Evidentemente la Atenas del siglo y proporcionabas de un modo u otro, la atmósfera en que este arte podía florecer. Sería demasiado aventurado y gratuito insinuar además que la tragedia tenía una vinculación simple y directa con la democracia. En sus escenas se hallan alusiones políticas bastante frecuentes, y unas cuantas, como Los persas de Esquilo, escrita menos de diez años después de la batalla de Salamina, se salían del terreno del mito para ocuparse de intereses contemporáneos. Nada había en esto de inconsistente o de inadecuado; la Dionisíaca Mayor era una celebración comunitaria, la religión un interés de la polis, y siem­pre que los dramaturgos tocaban algún aspecto político lo hacían desde el punto de vista de sus implicaciones morales, no desde cl de las consecuencias prácticas. No eran ni panfletistas ni teoriza­dores políticos ni propagandistas (como no nos refiramos a una propaganda de la moralidad y, en general, de la justicia). A decir verdad, sus opiniones políticas particulares siguen siendo hasta la fecha difícilmente discernibles (algo así como lo que ocurre con las de Shakespeare).
Si algún vínculo tuvieron las tragedias con el ambiente demo­crático de la Atenas del siglo V, deberá buscársele por otros de­rroteros; en la manera como se vieron incitados, digámoslo así, los dramaturgos a explorar el alma humana y en la tolerancia que demostraron en unas circunstancias en las que semejante cuali­dad no era lo que podría esperarse. Las condiciones requeridas para participar en los festivales imponían a los artistas unas li­mitaciones muy definidas en cuanto al empleo de los actores y de los coros, la elección de los temas y hasta la estructura de las piezas y su lenguaje y metro poéticos. Esquilo introdujo un «deu­teragonista» o segundo actor, avance técnico que fue acaso de­cisivo para la creación efectiva de esta forma artística; luego, Só­focles añadió un tercero, y aquí se detuvo aquella evolución. El papel del coro fue disminuyendo gradual pero persistentemente hasta que Eurípides lo redujo en muchas de sus obras a poco mas que un interludio musical. Con Eurípides se tiene a menudo la impresión de que, de haberle sido posible, habría dado al traste de una vez con toda la convencional estructura establecida. Pero no pudo hacerlo, y sigue siendo todavía uno de los trágicos áticos, aunque él, lo mismo que sus predecesores, logró bucear con asom­brosa amplitud y libertad en los mitos y creencias tradicionales, así como en los palpitantes problemas que la sociedad iba sacando a la superficie, tales como la novedosa insistencia socrática en la necesidad de razonar, o en la calidad humana de los escla­vos, o en las responsabilidades y la corrupción del poder. De hecho, los trágicos sondearon a fondo tales problemas anualmente, bajo los auspicios dcl Estado y de Dionisos y en presencia de las ma­yores multitudes de hombres, mujeres y niños (e incluso de es­clavos) que nunca se habían reunido en Atenas.
Los asientos de honor contaban entre los más grandes pre­mios que el Estado podía otorgar y que tanto los forasteros distinguidos como los primates atenienses ambicionaban. Es im­posible —ya se comprende— dar una idea de lo que serían los sentimientos de aquellos enormes auditorios, la mayor parte de cuyos componentes permanecían en sus asientos, por lo común, durante tres largos días, prestando atención a un difícil e intrin­cado drama poético. Lo que sí está a nuestro alcance es registrar el fenómeno y ponderar el alto nivel cultural que supone.
 
 

La comedia

 
La publicación, en 1958, de un papiro escrito en el siglo III d. J. C. dio a conocer el texto de El díscolo o El misántropo, una de las piezas primerizas y de inferior calidad del poeta ateniense Menandro (nacido en 342 ó 341).
Antes de este descubrimiento, las únicas comedias griegas que poseíamos eran once en total, escritas por otro ateniense también ilustre, Aristófanes (nacido hacia 450). Lo mismo que la tragedia, la comedia fuel un monopolio ateniense, y sus piezas se escribían para los concursos de los festivales dionisíacos. Pero aquí se ter­minan los paralelos. En el sentido lato de la palabra, alguna forma de comedia existió probablemente por todo el ámbito del mundo griego. Lo que los atenienses desarrollaron e hicieron cosa propia fue su modalidad poética, toda versificada y representada por po­cos actores y un coro.
Durante el siglo y, en la denominada «comedia antigua», los actores vestían atuendos grotescamente llamativos, se entregaban con frecuencia a la bulla y la chacota, eran exuberantes en sus gesticulaciones, voceaban hasta enronquecer, hacían obscenidades sin ningún reparo y, de vez en cuando, se mostraban líricos y serios. Miradas las cosas por encima, había en la comedia más vestigios de los ritos, procesiones, máscaras y festejos religiosos que en la tragedia; pero esto era sólo exteriormente, pues la co­media, lejos de tener algo de drama ritual en ninguno de los sentidos propios de éste, era fundamentalmente no religiosa en todos sus aspectos.
Apenas resultaba concebible que un griego charlase durante un rato sin hacer alguna referencia a los dioses y a sus mitos; y esto sucedía también en la comedia. Pero rara vez tomaba ésta por tema la religión, ni siquiera para tratarlo en tono menor, a pesar de que su trasfondo ambiental lo constituían los festivales religiosos.
Los poetas cómicos trataban preferentemente de cuanto les brindaba el escenario dc su tiempo con toda su rica variedad: la política y sus representantes, las costumbres, los vestidos, las mo­das, las pretensiones, los vicios, las ideas de última hora y las tradiciones muertas, los generales y los soldados, los campesinos, los filósofos, los jóvenes elegantes, los esclavos... Libre de las ca­nónicas trabas a que debían someterse los poetas trágicos —y fueron rarísimas excepciones—, el comediógrafo podía servirse dc los procedimientos estilísticos que le viniesen mejor para dar suelta a los torrentes de la risa, y le estaba permitido abusar lo mismo de las personalidades que de las ideas, de suerte que su voraz apetito de víctimas no respetaba ni a los dioses. A veces, los tiros iban disimulados, aunque casi nunca lo bastante como para engañar a un espectador medianamente informado; pero, a menudo, aquellos contra quienes se dirigían las chanzas eran lla­mados por sus nombres propios, como, por ejemplo, Sócrates en Las nubes o Eurípides en Los acarnienses, en Las ranas y en Las tesmoforiatisas.
Sólo podemos enjuiciar la comedia antigua por lo que nos queda de Aristófanes, y en cuanto a juzgar con hondura a este autor no es fácil hacerlo. Su ingenio y su inventiva no tenían lí­mites, como tampoco la ferocidad de sus invectivas, y poseía un talento muy agudo. Era también capaz de lanzarse a bellísimos y profundos vuelos poéticos. Lo que a menudo se nos escapa, por desgracia, es la línea divisoria entre sus múltiples facetas: ¿Cuan­do un chiste no pasaba de mero chiste, y cuándo era además hiriente estocada, o hasta qué punto eran serios o qué secreta intención contenían los pasajes serios?
De sus primeras diez comedias, representadas todas durante la primera mitad de la guerra del Peloponeso, siete fueron de tema político, llenas de tirones de barbas a los dirigentes populares, empezando por Pendes, y de ataques a instituciones, como la del jurado, y a la guerra misma. Abundaban en chistes groseros, mucho más soeces que los que suelen tolerarse hoy en las revistas vodevilescas. Con todo, no se sigue de aquí por necesidad, hablan­do en términos de pura lógica, que fuese Aristófanes adverso a la democracia ateniense y a la guerra contra Esparta; ni que semejan­te pintura dc los demagogos, de la plebe ciudadana y de los jurados fuese exacta y hecha con imparcialidad o pretendiese serlo. Por un lado, pueden titarse pasajes de las piezas que se conservan que en numerosas cuestiones servirían para defender tanto esta posición como la contraria. Por otro, hay el hecho de que Aristófanes ganó cuatro primeros premios, tres segundos y un tercero durante su carrera, al parecer la de más éxitos de toda la comedia antigua; y esto fuerza a pensar que sus auditorios, muchos de cuyos compo­nentes no serían, con seguridad, antidemócratas ni pacifistas, le miraban de muy distinta manera que como si hubiese sido el re­conocido enemigo político en que suelen convertirle a veces los es­tudiosos modernos. Ahora bien, el otro extremo, el de afirmar que allí todo era diversión inocente, sin que se cometieran o intentaran maliciosas ofensas, reduciría la comedia entera a trivial palabreo, a un reír superficial carente de mensaje. Platón, al menos, opinaba que era cosa más seria cuando le hizo decir a Sócrates al descri­birle autodefendiéndose ante el tribunal en el año 399 (Apología, 18): Me temo, ciertamente, que los acusadores sean esos hombres que propalan falsos rumores acerca de mi obra, por ejemplo, que mi especialidad consiste en hacer que el peor argumento parezca el mejor. A tales hombres no me es dado interrogarles para cogerles en contradicción: «Ni sé sus nombres ni puedo decir quié­nes sean, a menos que se trate quizá de algún poeta cómico.» La referencia a Aristófanes es en seguida explícita, y el testimonio de Platón respecto al duradero efecto de Las nubes no puede menospreciarse.
Probablemente, el atenernos a una sola línea, estirándola, no sería certero; sin embargo, desde cualquier punto de vista, las implicaciones resultan bastante claras. ¿En qué otro sitio se halla­rán unos festejos públicos anuales, de carácter religioso como éstos, y que se dediquen a la satirización continua de las más que­ridas instituciones, y —todavía más sorprendente— a chistes y a peroratas antibelicistas en medio de una guerra encarnizada y crí­tica, y esto como actividad estatal, comenzando por la misma selección de las piezas y concluyendo por la coronación del co­mediógrafo que ganaba el concurso? ¡Y todo ello llevado a cabo con tal gracia y con tanto sentido crítico que aun hoy, más de 2000 años después, muchos de aquellos chistes y escenas regoci­jan al espectador y arrancan tumultuosas oleadas de aplausos!
Tampoco hay que pensar que fuese Aristófanes la figura única. Aunque consiguió los mayores éxitos y fue quien más premios ganó, había autores como Cratino y Eupolis que no le iban muy en zaga.
Parece que algunos no gastaron tan bilioso humor como Aris­tófanes para con la política y los políticos atenienses, pero, to­mada en conjunto, la comedia antigua era toda de una pieza un fenómeno general que duró cerca de medio siglo. Acaso ninguno
otro refleje con tanta exactitud ciertas características de la Ate­nas del siglo y; sus amplias libertades, su confianza en sí misma, su exuberante vitalidad y aquella capacidad que tenía su demos de reírse de sí propio.
Al acabar la guerra del Peloponeso, se terminó también este género de comedia. La del siglo IV fue ya desde los comien­zos —como resulta notorio inclusive en las últimas piezas de Aristófanes— de un tono más tranquilo, menos acosador e hiriente, de contenido en su conjunto no tan social y político. A mediados del siglo había venido a ser una forma artística netamente distinta (con trayectoria diversa, por tanto, de la que siguió la tragedia, que se fue enfriando hasta hacerse estéril). La «comedia nueva», cuya figura cumbre es Menandro, abandonó los asuntos corrientes, las ideas políticas de la calle y los problemas que afectaban ala sociedad en general. Se convirtió en una comedia de costumbres, respetable, sana, tan cerrada casi dentro de estrechos cánones como lo estuvo en Inglaterra la comedia de la época de la Restau­ración; limitada a personajes ficticios y a monótonos y conven­cionales enredos atinadamente resumidos en el título de la pieza shakespeariana, descendiente directo de la Comedia Nueva: una comedia de errores. El interés se redujo ahora, centrándose en la presentación de simplificados caracteres típicos, obvias morali­zaciones en torno al tema del triunfo de la virtud y habilidosos ardides del poeta al jugar con las frases o desenredar las situa­ciones. Las tramas de Aristófanes tenían por tema central los es­fuerzos de algún individuo, medio serios medio bufos, para evitar, actuando por cuenta e iniciativa propias, una mayor crisis pú­blica, o para concluir con lo que se daba por supuesto que era un gran mal; como, por ejemplo, la guerra del Peloponeso, las perniciosas enseñanzas de los sofistas, la mala poesía de Eurípides y la actitud de éste respecto a las mujeres. Las tramas de Menandro giraban, en cambio, en torno a las hábiles y de ordinario re­torcidas tretas puestas en juego para arrancar a una muchacha de los halagos de un seductor, o para juntar a dos amantes, o bien en torno a particulares preocupaciones propias sólo de los es­clavos y no de los libres.
Las cuestiones de gusto podrán, tal vez, dejar de discutirse, pero lo que sí es inevitable es sacar la conclusión de que la Co­media Nueva era apropiada a la época final de la independencia ateniense, cuando la polis luchaba por sobrevivir, y más apropiada aún a la Atenas políticamente ya muerta del medio siglo pos­terior a Alejandro Magno. Y conservó su popularidad, superior a la de la Comedia Antigua, durante mucho tiempo; bajo los ro­manos también, entre los cuales se difundió bastante y estuvo muy en boga gracias a las imitaciones y adaptaciones escritas en latín por Plauto y Terencio (cuyas vidas transcurrieron por los años 250-150).
No cabe imaginar a la Roma de las guerras contra los cartagi­neses prestando apoyo, y menos aún aplaudiendo divertida, a un personaje como el Diceópolis que en Los acarnienses de Aristófanes dice desde su asiento en la Pnix: «Yo he venido aquí a gritar, interrumpir y hacer chacota cada vez que un orador hable de algo que no sea la paz.»
 
 

La prosa

 
Un gran número, rápidamente creciente, de escritos en prosa eran de carácter técnico: la filosofía, las leyes y la política, la ciencia y la técnica tuvieron todas ellas su literatura. Esta, sin em­bargo, salvo raras excepciones, interesa sólo por su contenido y no como obra artística. Al principio, la única excepción fue la his­toria; más tarde se le añadió la oratoria. Durante mucho tiempo los griegos satisfacieron su curiosidad respecto al pretérito recu­rriendo a su acervo de mitos y leyendas, que creían haber suce­dido en verdad. Ni los escépticos al estilo del filósofo Jenófanes, que combatía la moralidad enseñada por las fábulas y su burdo sobrenaturalismo, llegaron a dudar de la existencia de Agamenón, rey de Micenas, o de la del Edipo, tomándolos más bien por otros griegos en todo iguales a ellos mismos pero que habían vivido en un infechable «érase que se era... » y habían gobernado, luchado y procreado.
Este interés no era de tipo histórico en el sentido de que tra­tasen de averiguar la calidad de lo sucedido en la guerra de Troya o en algún otro período o circunstancia, sino algo muy di­ferente. Garantizar o robustecer la orgullosa conciencia helénica o regional, la sanción del poder, el significado de las prácticas culturales, la solidaridad de la comunidad; esto era lo único que importaba cuando se volvía la vista hacia el pasado. Y a tales fines servían estupendamente las antiguas historias, revisadas a me­dida que lo exigían así los nuevos acontecimientos, los cambios po1ítiéó~ y sociales... Revisión que era fácil dc hacer, dada la gran abundancia de mitos y de variantes de los mismos, así como por la inevitable imprecisión de su transmisión oral.
Una nueva modalidad sé dio en el Asia Menor hacia finales del siglo VI, estimulada por las especiales condiciones de aquella zona. Allí los griegos se hallaban sometidos a la soberanía de reyes bárbaros, primero al de Lidia y luego al de Persia, lo cual hizo que se desarrollara entre ellos la natural curiosidad en orden a averiguar los orígenes de aquellas gentes, curiosidad que no podía ser satisfecha por los mitos griegos, relativos a los griegos mismos. Como respuesta a semejante demanda aparecieron libros que daban toda suerte de información (con gran frecuencia erró­nea), ya fuese geográfica, ya describiendo las costumbres políticas y religiosas, ya fragmentariamente histórica. El número de aque­llos escritores, conocidos con el nombre de logógrafos, no ha de exagerarse, como tampoco la calidad de sus trabajos, pero no dejan de ser al mismo tiempo notables la novedad y la originali­dad de su empresa. Nada había sido intentado hasta entonces que se le pareciese, ni entre los griegos ni entre los otros pueblos de los que ellos tuvieron noticia; suponía el acometerlo primera­mente una brecha en el etnocentrismo helénico y, después, un dar al traste con sus propias tradiciones. «Lo que aquí escri­bo —dice Hecateo de Mileto, que incidentalmente figuró entre los que dirigieron la revuelta de Jonia contra Persia— es la rela­ción que yo tengo por cierta. Pues las historias que los griegos refie­ren son muchas y, en mi opinión, ridículas.» Hecateo hablaba aquí de la historia griega, no de la de los bárbaros, y estas dos sencillas frases representan el primer intento de pasar del mito a la inves­tigación histórica.
A continuación vino un gran avance, por obra de un solo hombre, natural también del Asia Menor: Heródoto de Halicarna­so tuvo la ocurrencia de ampliar las miras de la logografía abarcando un área mucho mayor, en la que entrasen, por ejemplo, junto con los lidios y los persas, los escitas y los egipcios; y se propuso además verificar la masa de datos acumulados (algunos de ellos ya escritos, pero otros muchos asequibles sólo oralmente) mediante indagaciones personales hechas en los lugares mismos de los sucesos, para lo cual emprendió una serie de rápidas vi­sitas a aquellos sitios, y haciendo un análisis racional de las in­formaciones que recogió y recurriendo a los anales de los reyes asirios, persas y egipcios procuró establecer una cronología exacta, al menos para los 100 ó 150 años inmediatamente anteriores. Esto sólo habría sido ya un buen logro, pero en algunos casos fue más allá aún.
Heródoto, huyendo de Halicarnaso por razones políticas, fue a vivir como refugiado en Samos primero y después en Atenas. Parece ser que fue en esta ciudad donde, bajo la impresión de sus esplendores, alcanzados durante el apogeo de Pericles, tomó la decisión más importante de su vida, a saber, la de dedicarse a escribir la historia de las guerras contra los persas. La audacia de tal proyecto es asombrosa; había pasado casi una generación desde el final de las guerras, apenas se disponía de documentos escritos... Sin embargo, Heródoto se propuso reconstruir los su­cesos con todo detalle, ahondando en la memoria de los supervi­vientes y en la de los hombres de la siguiente generación que recordaban las anécdotas que les habían sido referidas.
El libro que Heródoto produjo al fin era un libro complicado, en cuya primera mitad se conservaba mucho de la logografía ori­ginaria, pero agrupado todo ello en torno al gran tema central de la contienda entre griegos y persas. Indudablemente se había hecho merecedor del título de «Padre de la Historia».
Era, además, un gran artista, cosa que no puede decirse de muchos de sus sucesores, los cuales tampoco fueron —y es lo que aquí más nos interesa— grandes historiadores. Heródoto halló desde muy pronto diversísimas acogidas y apreciaciones de su obra; unos le llamaban el Padre de la Historia, otros el Padre del Embuste; la disensión a este respecto no dejó de hacer oír sus gritos en toda la Antigüedad, y aun hoy día Heródoto es frecuen­temente mal juzgado y se quiere ver en él tan sólo al narrador de anécdotas, a un cuentista de encantador estilo e ilimitada cre­dulidad.
Mejor enterado estaba el ateniense Tucídides. Él supo ver qué era en realidad lo que Heródoto pretendía; descubrir las fuentes de la conducta humana mediante una exposición sistemá­tica de las causas y el curso de una gran guerra, no como lo hacían los poetas con el libre vuelo de la imaginación, ni en abstracto como podrían discurrir los filósofos sobre el hombre y la socie­dad, sino en concreto, con exactitud, atendiendo debidamente a la serie de los hechos y a sus conexiones. Y Tucídides pensó que esto lo haría de mejor manera si se concentraba más en puntualizar lo verdaderamente sucedido, eliminando del relato, con absoluto rigor, lo «novelesco», enfocando la atención exclusivamente a la guerra y a la política, definiendo con más propiedad las «causas», no dando entrada en el cuadro a factores sobrenaturales y dejando la escena toda para su único asunto: el hombre. Tucídides es­cribió la historia de la guerra del Peloponeso, en cuyas primeras fases participó él mismo (lo cual le daba enorme ventaja sobre Heródoto), y consagró su vida entera a su Historia, con notable constancia y unidad de pensamiento. Las partes del libro más generales y, en cierto sentido, más filosóficas, están escritas con gran fuerza y brillantez. El relato propiamente dicho es desigual: gana en interés cuando narra la expedición a Sicilia, pero a me­nudo se desvía en pesadas prolijidades sin importancia y poco interesantes. El estilo es con frecuencia duro y tosco, especial­mente en los discursos, y pocas veces elegante. A pesar de todo, leer y releer a Tucídides resulta siempre una experiencia memora­ble, porque abordó su gran tema con la mayor seriedad en los propósitos y con ferviente moral, no satisfecho de un mero des­cribir e ir contando, sino buscando a la vez en todo momento qué es lo más permanente en el hombre y en la política, con la firme convicción de que la naturaleza humana es inmutable y —lo que importa ante todo— de que su estudio es digna ocupación de la vida entera.
En lo sucesivo, aunque la historia se fue popularizando cada vez más y hubo muchos escritores que se dedicaron a ella, esto no impidió que decayera incesantemente. Ninguna otra de las criaturas engendradas por los griegos abortó tan pronto; después de haber tenido a los comienzos dos figuras geniales, siguiéronse muchos siglos de mediocres autores a los que ni Heródoto ni Tu­cídides servían de modelos, menos aún de iniciadores cuyos mé­todos y concepciones exigiesen refinamiento y modificación. El estudio serio de la psicología y de la moral pasó a ser compe­tencia de los filósofos; la historia degeneró en pedestre enumera­ción de sucesos o en vehículo de la propaganda política y recurso a los sentimientos; el éxito del historiador se medía por su re­tórica su pathos, por su capacidad para entretener, antes que por su sentido y su búsqueda de la verdad.
Sólo en raras ocasiones sobresale alguno del montón y mues­tra un poco de aquella gravedad y amplitud de miras que carac­terizaba a los dos gigantes del siglo V. Los más distinguidos entre estas excepciones, Polibio, que escribía en el siglo II a. J. C., y Dión Casio, de comienzos del siglo III a. J. C., fueron en realidad historiadores de Roma más que de Grecia. También hay que men­cionar a Diodoro Sículo, que compiló una historia del mundo desde los principios de la cesariana guerra de las Galias (él era algo más joven que Julio César). Su vasta obra fue llamada con pro­piedad Biblioteca de la Historia Universal; Diodoro no tenía 1a capacidad suficiente para hacer mucho más que «recortar e ir pe­gando», y ni siquiera supo hacer esto con bastante habilidad, pero sí que tuvo, en cambio, la visión, rara para su época, de una humanidad universal.
Todos estos hombres han de ser tenidos en cuenta imprescin­diblemente por la información que proporcionan; ninguno de ellos merece ser estudiado como figura literaria, ni siquiera como ex­ponente del arte de la historia.
En el aspecto de lo formal hay que decir que la historia de­cayó rápidamente por el auge que en la Grecia posterior al siglo y fue tomando el cultivo de la retórica. La aparición de la oratoria como forma artística independiente fue sólo una muestra del in­vasor mal. Otra muestra palmaría se dio en la educación; Isócra­tes triunfaba sobre Platón, la retórica era ensalzada con prefe­rencia a la filosofía y antepuesta en los programas de las escuelas superiores que se convirtieron en rasgo característico del helenis­mo y de la Grecia romana. El sirviente se había transformado en amo; el modo de expresar una idea vino a ser más importante que la idea misma. Esto era ya demasiado evidente en el siglo iv, y llegó a ser lo normal en la edad helenística.
De las belles lettres helenísticas es relativamente poco lo que se conserva, pero no hay razón para creer que lo que se ha per­dido habría alterado en lo sustancial el cuadro. La vitalidad crea­dora que aquella edad tuvo se volcó preferentemente en la filosofía y en las ciencias. Hasta en lo mejor de su literatura, sea en los himnos de Calímaco, sea en los pastoriles idilios de Teócrito o bien en los epigramas amatorios conservados en la Antología grie­ga, se percibe un no sé qué de frío y falto de vida, algo esencial­mente retórico y que suena a hueco, por sutil que resulte la cons­trucción y preciosa la frase. Los poemas más breves abordan de nuevo los asuntos individuales y privados, como lo hacía la lite­ratura arcaica, y esto mismo acontece con la prosa tardía de las narraciones noveladas de amores y aventuras, como Dafnis y Cloe. Pero con una diferencia: la pasión ha quedado reducida a sentimentalismo; los personajes, a figuras de molde menos vivas aún y menos auténticas que las de la Comedia Nueva; su mundo, a un país de infantiles ensueños y maravillas. Arquíloco y Safo se abrazaban a la realidad, la estrechaban por el cuello; Meleagro y Longo se escapan de ella, prefieren el erotismo y el darse a habili­dosas descripciones coloristas. Sólo alguna que otra rara excep­ción rompe la monotonía. Plutarco, brillante ensayista y biógrafo, erudito de poderoso aliento que consiguió hacerse con algo del gusto y de la profundidad que habían caracterizado a la para entonces ya muerta civilización clásica, a pesar de la abrumadora carga que su propio tiempo le imponía y a pesar también de una inconveniente indiferencia suya para con lo que nosotros (o Tu­cídides) llamaríamos la verdad histórica. O Luciano, entre todos aquellos escritores, el, más asombroso recreador (en el sentido biológico): un retórico profesional que se ganaba la vida, al menos en parte, dando recitales públicos, y que por medio de agudísi­mos escritos se mofaba de la afectación e hipocresía de su época, especialmente en materias religiosas y de filosofía popular, em­pleando un lenguaje y un estilo que no desmerecían de los de Aristófanes. Nada extraño es que no se le estimase mucho en la fría y autocrática época de los emperadores Antoninos; otra cues­tión sería la del olvido al que se le suele relegar.
El inconfundible matiz libresco que se percibe en todos aque­llos escritores era el que podía esperarse de una edad cuya con­tribución a la literatura la formaron sobre todo los trabajos de erudición.
Orientados por la Biblioteca y el Museo que fundó en Ale­jandría Tolomeo I, uno de los generales de Alejandro Magno que estableció en Egipto la dinastía macedonia, los sabios hele­nísticos trataron de reunir todo el corpus de la literatura griega, la fueron catalogando, fijaron de manera bastante razonable sus textos, elaboraron las reglas de la gramática y de la composición y llevaron a cabo muchos otros servicios parecidos. Con todo y ser de gran valor, esta tarea representaba otro tipo de intereses muy diversos de los que suponía aquella actividad literaria que había distinguido a la Hélade desde la época de Homero en adelante.


En FINLEY, M. I. Los griegos de la antigüedad. Labor S.A., Colombia (1994)
Se refiere el autor a Samuel Johnson, literato inglés (1709-1784), hom­bre de vasta cultura y proverbiales elocuencia e ingenio, suprema autoridad lingüística en la Inglaterra de su época. (Nota del T.)
[3] En la traducción de este pasaje de Píndaro sigue siendo muy aceptable la versión de D. Albino Mercarini, por lo que la reproduzco permitiéndome sus­tituir tan sólo su «Marte> por Ares y su ‘Diana’ por Artermis, cambio que no altera el ritmo. (Nota del T.)

 

 

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