No lloremos a los muertos

 

de Mauricio Maeterlinck

¿Quién tiene razón, los que creen que los muertos desaparecen para siempre; o los que creen que sus muertos no han cesado de vivir y los ven, los oyen, los sienten?

Cualquiera que sea nuestra religión siempre hay un lugar donde no pueden morir; nuestros muertos; y este lugar está dentro de nosotros.

Debemos vivir con. ellos, sin tristeza y sin terror.

Hay quienes llaman a sus muertos, mientras nosotros arrojamos y ahuyentamos a los nuestros, les tenemos miedo y ellos lo comprenden y se van y nos dejan para siempre.

Mueren no en el instante en que se hunden en el sepulcro sino lentamente, al hundirse en el olvido. Este es quién los mata definitivamente.

No hay sepulcro por más profundo que sea, cuya losa no pueda ser levantada y cuya ceniza no pueda ser removida por un pensamiento.

No habría diferencia entre los vivos y los muertos, si supiésemos recordar.

Lo mejor que tenían aquellos que desaparecieron, vive con nosotros después que el destino los llevó de nuestro lado. Todo su pasado nos pertenece y es más grande que el presente, más cierto que el futuro.

 La presencia material no es todo en este .mundo, y podemos dispensarnos de ella sin desesperar.

En lugar de creer que han desaparecido nuestros muertos para no volver nunca, pensemos que se hallan en un país que no está tan lejos y al que todos iremos un día.

El recuerdo de los muertos es más fuerte que el de los vivos; es como si estuvieran tratando por su parte, en un esfuerzo misterioso, de unir sus manos con las nuestras.

Llamad a los que se fueron, antes de que sea muy tarde, antes de que estén muy lejos. Vendrán y se acercarán a vuestro corazón; os pertenecerán como antes, pero ahora serán más bellos, más puros.