CAPÍTULO XVIII
LA OTRA CARA DE LA LUNA
Un día del mes de abril de 1945, poco antes del fin de la guerra en Europa, un transporte procedente de Hungría llegó al campo de concentración de Mauthausen. La mayoría de personas estaban muy débiles y demacradas; parecía como si ya estuvieran anticipadamente dadas de baja en la administración del campo ya que fueron directamente enviadas al «bloque de la muerte» en el que por entonces yacía yo.
Entre los recién llegados había un famoso rabí húngaro, del que se decía había conseguido introducir un pequeño libro de rezos hebreo en el campo de concentración. Admiraba al rabí por su valor ya que debía saber muy bien que los SS castigaban a todo el que era atrapado en posesión de algo, ni que fuera un cepillo de dientes usado o un trozo de espejo.
El rabí entró en nuestro «dormitorio» al día siguiente y fue pasando de cama en cama pues muchas de aquellas personas materialmente muertas de hambre, estaban demasiado débiles ni siquiera para incorporarse; esperaba que el rabí les hablaría y les daría ánimos, pero en vez de ello, dijo que prestaría su libro de rezos quince minutos a cada uno de los presentes y que la «tarifa del préstamo» iba a ser un cuarto de la ración de sopa diaria (hay que advertir que un tazón de más agua que nada era todo lo que ingeríamos en veinticuatro horas). Sin embargo, muchos estuvieron contentos de poder ceder parte de su mísera ración a cambio de mantener durante quince minutos el libro de rezos, pequeño y negro, entre las manos, demasiado débiles para leer. Pero el libro les traía recuerdos de su infancia, del servicio de los viernes por la noche en la sinagoga, de la voz del cantor, de la sala de su casa, con velas encendidas para el sabbath[1] y podían percibir el delicioso olor que salía de la cocina. Uno de los agonizan-tes de nuestra habitación era un juez que se había convertido al catolicismo que, sin embargo, «alquiló» también el libro de rezos y pasó quince preciosos minutos con sus recuerdos. A cambio al rabí le dio la convenida cuarta parte de su ración de sopa.
La verdad es que el rabí murió antes que nadie pues la excesiva cantidad de sopa fue demasiado para su debilitado aparato digestivo. Se lo llevaron, y los demás lo notaron apenas, y me pregunté dónde habría ido a parar el libro de rezos.
Después de nuestra liberación, nos llevaron al campo de reposo de Bindermichl, Linz, donde cuidaron de nosotros doctores americanos. Los americanos construyeron una pequeña sinagoga en el interior del campo de reposo y para el servicio inaugural, en abril de 1946, fue traído de America una «Tora»[2], y un anciano rabí se presentó a rezar las primeras plegarias.
Dije a mis amigos que yo no asistiría al servicio y no quise añadir que no pensaba volver a ver un solo rabí en mi vida. No podía olvidar el glotón aquél que había trocado fe por comida, que en vez de confortar a los agonizantes, se había llenado el estómago con su sopa. No quería saber nada más de semejanta clase de hombres.
Aquella noche el rabí Silver vino a verme. Era un hombre pequeño que llevaba uniforme del ejército americano sin insignias, lucía barba blanca y los ojos le brillaban de amabilidad. Quizá tuviera ya los setenta y cinco años, pero su mente era aguda y su voz joven. Me dijo que había nacido en Ucrania, patria de pogroms, y que emigró de niño a América, patria de esperanza.
Me puso una mano en el hombro:
—¿Así, que me dicen que estás enfadado con Dios? —me preguntó en yiddish a la vez que me sonreía.
Le dije que no con Dios sino con uno de sus siervos y le conté lo que había ocurrido.
—¿Y eso es todo lo que tenías que contestarme?
—¿Es que no es bastante, rabí? —pregunté a mi vez.
—¡Tú eres tonto, permíteme! —respondió—. Así sólo ves al hombre malo que les quitó algo a los buenos. ¿Por qué no te fijas en los buenos que dieron algo al malo?
Me dio afectuosamente una palmada en un brazo y se marchó.
Al día siguiente asistí al servicio y desde entonces he intentado siempre recordar que todo problema tiene dos caras, aunque a veces sea difícil comprender cómo debe de ser la otra, tan difícil como verle la otra cara a la luna.
Muchas veces, cuando me enfrento con un complejo problema que no ofrece soluciones sencillas, me acuerdo del rabí Silver. Pensé en él una mañana de septiembre de 1965 cuando sentada frente a mí tenía a Frau C con su traje de tweed y su pequeño fin de semana. Se había pasado toda la noche en el tren pues venía de Alemania. Había tomado un taxi para venirse a mi oficina directamente desde la estación, sin siquiera tomarse el tiempo de peinarse.
—Tenía que verle, Herr Wiesenthal. No podía esperar. Necesito que me ayude a conseguir la restitución que me corresponde. Y tengo que hablar con alguien que me crea ya que nadie lo hace porque mi caso es verdaderamente inverosímil.
Sin embargo, su caso es auténtico. Luego verifiqué todos los hechos concienzudamente y resulta que Frau C. es la esposa judía de un ex general alemán de la SS.
Tenía sesenta años cuando vino a verme y el rostro surcado de arrugas de sufrimiento, pero la creí cuando me dijo que en otro tiempo había sido una muchacha bonita, muy independiente además y que había heredado el temperamento de su madre, una actriz vienesa. Ella fue también actriz y en 1934 interpretaba pequeños papeles en Munich cuando conoció al que llamaremos. Hans. Su historia de amor fue apasionada y libre y estuvieron de acuerdo en no hablar de futuro. Ella sabía que él acudía regularmente a una especie de oficina pero no le hizo preguntas concretas. Se sentía satisfecha sólo de pensar que trabajaba. En 1934, en Munich como en el resto de Alemania, había mucha gente sin trabajo y sólo cuando el médico le dijo que iba a tener un hijo, empezó ella a hacer preguntas. Hans la tomó en sus brazos, dijo que no llorara y que tenía que confesarle que formaba parte de la sección política de la SS. «esa» era su oficina.
—No lloré —me dijo Frau C.—. Estaba aterrada porque yo también tenía que hacerle una confesión, yo le había dicho que mi padre había muerto y le había mentido. Mi madre era católica pero mi padre, mi padre ilegitimo era un abogado judío de Berlín. Lo cual significaba que yo no era «aria» como él creía sino que ya era semi-judía y un SS no podía casarse conmigo nunca. Pero Hans se negó a admitir la derrota porque era un hombre maravilloso y propuso que diéramos el niño a un hogar de la SS y viviéramos juntos sin casarnos. Pero yo le dije que yo quería educar a mi hijo. Entonces Hans fue a Berlín y habló con mi padre, quien le dijo que su nombre no aparecía en ningún documento en conexión conmigo. Ello quería decir que yo podía hacerme pasar por «aria», y por lo tanto, casarnos. En realidad no fue sencillo pues Hans tuvo que discutir durante dos años antes de que la SS le concediera permiso; supongo que tendrían sus dudas ya que yo, oficialmente, no tenía padre. Pero siendo rubia y de ojos azules, acabó por obtenerlo. Si hubiera tenido un aspecto judío, nunca le hubieran dado el permiso.
Fueron felices con su hijita en su gran piso de Munich. Hans conducía cada mañana un coche oficial que le llevaba al campo de concentración de Dachau del que tenía a su cargo el departamento político.
—Las cosas más terribles no habían sucedido aún —prosiguió Frau C.—. Hans lograba siempre rehuir esos cursos especiales en los que se aprende a cazar, a torturar y a matar, pues ya entonces existían. Pero pasaron los años y las cosas empeoraron. Hans había visto demasiado y sabía demasiado; había sido ascendido a coronel de la SS y pidió que lo trasladaran a Hamburgo, donde le pusieron al frente del pequeño campo de concentración instalado en la vecina Neuengamme. Creyó que allí estaría en segunda fila pero se equivocaba. Neuengamme era un campo de exterminio y entre 1938 y 1945 cincuenta y cinco mil personas de Francia, Dinamarca, Noruega, Países Bajos, Austria, Bélgica, la Unión Soviética y Alemania, murieron allí. Todos los transportes procedentes de Hamburgo y de la zona norte de Alemania iban a parar a él. Nuestra casa no estaba lejos del campo y yo intentaba ayudar a los prisioneros de modo muy precario: pedía a Hans que enviase algunos de ellos a trabajar en nuestra casa y entonces les daba comida. Luego la Gestapo lo descubrió y recibimos órdenes de trasladarnos a Hamburgo donde nos proporcionaron un piso grande. Creo que desde entonces me tuvieron siempre bajo vigilancia sabiendo que no podían confiar más en mí.
Con el comienzo de los bombardeos aliados que destruyeron el centro de la ciudad de Hamburgo, Frau C. pasaba las noches en los refugios antiaéreos y allí observó que una muchacha llamada Esther se apartaba siempre de todos y no hablaba con nadie.
—Yo sabía que era judía y que tenía que ayudarla —me dijo Frau C.—. Era como una obligación a la vez que una locura pensar en semejante cosa siendo esposa de un destacado SS.
Se encogió de hombros.
La joven judía era muy tímida y se mostró muy reacia a hablar con Frau C., pero al cabo de unas noches, cuando Frau C. le trajo un termo nuevo porque había visto que el de la muchacha se había roto, pareció mostrarse ya franca y le contó que vivía en una diminuta habitación de un ático donde unos vecinos cristianos intentaban esconderla. A su madre ya se la habían llevado al campo de concentración de Ravensbruck y sabía que «ellos» iban a venir pronto por ella. Estaba aterrada porque esperaba un hijo.
—Me la llevé a mi piso. Mi esposo no estaba. No importa lo que pueda suceder, me dije, pero ese hijo ha de nacer y debe vivir. Una noche la Gestapo vino por ella. Intercedí, supliqué y me dijeron que podía quedarse en el piso por aquella noche pero que a las cinco de la madrugada del día siguiente tendría que estar en la Biberhaus, de donde partía un transporte para Ravensbruck. En cuanto se hubieron marchado, empaquetamos unas pocas cosas y nos fuimos a la estación. A media noche salía un tren para Munich donde yo todavía tenía mi piso. Cuando llegamos a Munich, me di cuenta que necesitaba documentación para Esther y fui a Regensburg y me apoderé del pasaporte de mi cuñada. Luego fui diciendo en Munich que Esther era mi cuñada y a continuación informé a mi esposo que yo esperaba otro hijo. Le expliqué que no había querido decírselo hasta entonces, que me sentía más segura en Munich que en Hamburgo. Hans debió experimentar alivio, creo por los muchos incidentes habidos con sus superiores de Hamburgo por el hecho que yo hablara con demasiada libertad.
A Hans la novedad le puso muy contento. Deseaba que esta vez fuera un niño. La hija de ellos tenía entonces seis años y vivía con su abuela paterna, en una finca de Regensburg. Hans mandaba cosas muy bonitas a su esposa para el futuro niño, deseándole que todo fuera bien y al llegar el momento para Esther, Frau C. la envió a una clínica particular donde sólo atendían a esposas de altos oficiales.
—No había más que un medio de hacerlo —me dijo Frau C.—. Inscribir a Esther bajo mi propio nombre. Vendí algunas joyas para pagar al médico y la clínica pues mi esposo no llegaba a comprender por qué no había ido al gran hospital de la SS que había cerca de Munich donde me hubieran asistido completamente gratis. Le expliqué que no me gustaba que mi hijo naciera en un lugar bajo la jurisdicción oficial de la SS y acabó por comprenderlo. El niño nació el 28 de agosto, un niño encantador que ignoraba lo horrible de su caso, lo horrible de ser judío. Me lo llevé a casa mientras Esther quedaba en la clínica y aunque sabía que arriesgaba mí vida no me importaba mucho porque consideraba que el niño estaba antes que todo.
Supuso que Esther pronto podría volver a casa pero se presentaron complicaciones post partum, el médico demostraba preocupación: Mientras tanto, Hans había conseguido un permiso especial para ir a ver a su hijo y llegó con su amigo Weiss, que trabajaba en la jefatura del campo de concentración de Dachau. Frau C. les contemplaba mientras admiraban el recién nacido, le sacaban de la cuna, jugaban con él y por unos momentos los dos se convertían también en un par de chiquillos.
—¡Si llegan a saber que aquel recién nacido era judío!... No podía soportar ni pensarlo. ¡Dios mío, tenía usted que haber visto a mi esposo! Estaba que no cabía en sí. Hizo que el niño fuera envuelto en seda y lana y se lo llevó a dar un paseo hasta Tegernsee. ¿Puede imaginar lo que pasó por mi corazón? Me alegré de que se le terminara el permiso. Sólo deseaba que Esther se restableciera y volviera a casa pronto. Pero una noche me llamaron de la clínica... y aquella noche expiró en mis brazos. Tuve que decirle al médico la verdad. ¡Iban a dar cuenta de su muerte y Esther había sido inscrita con mi nombre! Oficialmente yo había muerto aquella noche. Pero yo seguía frente a él; así, que tomó el teléfono y llamó a la Gestapo.
Dos horas después, la Gestapo llegaba en busca de Frau C. que intentó sacar el mejor partido de la situación diciendo que ignoraba que Esther fuera judía, que a ella sólo le importaba el niño, que quería adoptar. No creyeron una palabra de todo ello diciendo que si tanto quería adoptar un niño, podía haberse fijado en cualquiera de los niños ilegítimos de la SS, como debe hacer la buena esposa de un SS. La retuvieron cinco días y la golpearon sin piedad pero ella mantuvo que su esposo nada sabía de todo aquello. La mandaron al campo de concentración más próximo.
—¿Y el niño? —pregunté yo.
—Lo mataron ante mis propios ojos —contestó—. Sólo tenía diez semanas —había abandonado las manos sobre la falda y parecía muy cansada—. Naturalmente, descubrieron la verdad respecto a que mi padre era judío. Fueron a buscar a mi padre también, pues Hans le había protegido hasta entonces. En cuanto a mi esposo, al parecer me creyeron cuando dije que él no estaba implicado porque le mantuvieron en su puesto.
Pasó dieciocho meses en el campo de concentración hasta que pudo escapar a Holanda, no mucho antes de que la guerra terminara. Después de la guerra, ella y su esposo se reunieron y se fueron juntos a Munich.
—Aquel fue el tiempo peor. Los americanos arrestaron a mi marido y me trataron a mí como a un criminal. Para ellos yo era la esposa de un general de la SS. Los judíos y los del campo de concentración me odiaban. Y los antiguos nazis me despreciaban porque sabían que yo era judía. No tenía ni un solo amigo, nadie me creía. Incluso ahora aún me preguntan: ¿por qué lo hiciste? Pero cada cual alude a algo distinto. Los judíos quieren decir: ¿por qué me casé con un SS? Y los nazis quieren decir: ¿por qué ayudé a una mujer judía siendo la esposa de un Führer de la SS? Y las autoridades de la Alemania Occidental han denegado mi petición de restitución, a pesar que estuve en un campo de concentración... Sí, la pobre Esther me escribió una carta desde la clínica poco antes de morir en la que me predecía exactamente lo que iba a ocurrirme: «Nadie tendrá compasión de ti, vayas adonde vayas, todos te odiarán».
—¿Y su marido?
—Cuando se supo el escándalo, algunos de sus Kameraden le dijeron que debía haberme pegado un tiro. Como ve, no me mató ni siquiera me dirigió ningún reproche. En realidad, él y su amigo Weiss eran las dos únicas personas decentes: dos SS, comandantes en sendos campos de concentración, —Se inclinó y me tomó el brazo:— ¿Lo entiende? ¿Comprende la situación?
Herr Direktor D. es un respetable ciudadano de una gran ciudad alemana, hombre de importante posición, buenos ingresos, bonita casa, los amigos que conviene tener. Cada mañana un chófer al volante de un «Mercedes» viene por él y cada noche lo trae a casa vestido de etiqueta. Los vecinos se quitan el sombrero y se inclinan profundamente ante Herr Direktor. A pesar de que sólo hace unos pocos años que está en la ciudad, no ha tardado mucho en ser admitido en el selectísimo Vereine (club), ser invitado a las mejores fiestas, aparecer los lunes entre los abonados al teatro como uno de los hombres distinguidos de la localidad. Cierto, algunos se preguntan: ¿de dónde procede?, ¿qué hizo antes de venirse aquí? Pero cualquier Menschenkenner (conocedor de hombres) puede decir que Herr Direktor D. es un afortunado miembro de la nueva Wohlstandsgeseüschaft (próspera sociedad) alemana. ¿A quién puede importarle la procedencia del hombre? Lo que importa no es lo que es, sino lo que representa.
Me gustaría saber qué dirían los amigos y vecinos si se enteraran que Herr Direktor D. —que no es su verdadero nombre— hizo triunfal carrera durante la guerra como lugarteniente en jefe de un famoso campo de concentración, siendo responsable personalmente de la muerte de por lo menos treinta personas. Éstos son los casos que yo sé y sólo Dios sabe cuántos más existieron. En 1963 di por fin con ese hombre, cuya búsqueda me había llevado dos años y se había desarrollado a través de dos continentes, individuo del que sabía el verdadero nombre, su pasado, sus crímenes. Pero ahí acababa todo, pues yo no podía hacer nada para llevarlo ante el tribunal.
El fiscal de la ciudad del Herr Direktor D. me había dicho:
—He examinado sus pruebas y es un caso sorprendente y digo que es sorprendente cuando ya no debería sorprenderme nada después de las experiencias de los últimos años. Pero lo malo es que la mayor parte del material se basa en información de segunda mano y necesitamos testigos presenciales.
—No es sencillo dar con testigos oculares que se hallaran en un pequeño campo de concentración, pasados ya veinte años, Herr Staatsanwalt —le dije.
—Ya lo sé, pero ese hombre cuenta con poderosos amigos y a no ser que para una acusación contemos con pruebas irrefutables, la sentencia puede volverse contra nosotros. Procúreme testimonio de testigos presenciales y yo demandaré.
Así empezó la larga búsqueda de testigos oculares. La mayoría de personas que hallé sabían muchas cosas pero no las habían visto ellos, no habían visto nunca que el hombre matara a nadie. Se azotaba a los internados en el campo hasta matarlos, y les constaba que era obra del Herr Direktor D., pero en realidad nadie lo había presenciado porque prefería dar las palizas de noche, en la intimidad de su apartamiento.
—Hay dos personas que quizá lo presenciaran —me dijo un antiguo prisionero—, Una es Max, que era Haftlingsdoktor (médico de los prisioneros) del campo y el lugarteniente le mandaba llamar cuando la gente agonizaba o había ya muerto. Y también Helen probablemente, que entonces trabajaba como criada en el apartamiento del lugarteniente.
Me llevó mucho tiempo hacerme con la dirección de esas dos personas. No publico su nombre por razones que se comprenderán un poco más adelante. Ahora Max practica la medicina en París y Helen vive en Alemania. Les escribí explicando la importancia de sus declaraciones, pero no obtuve respuesta.
Volví a escribir, y escribí una tercera vez. Ni una palabra. Era un hecho desacostumbrado pues la gente se niega muchas veces a declarar y a veces tienen muy penosas razones para hacerlo pero por lo menos tratan de ayudarme de algún modo. Max y Helen eran judíos y no podían tener interés en proteger a un criminal de la SS.
Mientras tanto, Herr Direktor D. venía siendo recogido cada mañana por su chófer. Tenía pasaporte válido y si se daba cuenta de que andaban tras él, podía escapar y ello sería el fin del caso.
Un día encontré a un amigo que vive en París y por casualidad mencioné a Max. Resultó que mi amigo lo conocía muy bien y me dijo que Max llevaba una vida solitaria, que no veía a nadie fuera de sus pacientes, que era un individuo extraño y retraído y «a veces un poco temible». Le conté la historia y mi amigo se encogió de hombros:
—No me extraña. Max es el último hombre que querría presentarse ante un tribunal a declarar pues en una ocasión me dijo que quiere olvidarlo todo, si es que esas cosas se pueden olvidar.
—Ve y explícale que tenemos un deber para con nuestros muertos —le dije—. Hay muchas personas que cumplen su deber para con los vivos pero nadie piensa en las obligaciones que pueda tener para con los que ya no hablan. Es demasiado tarde para devolverles la vida, pero no demasiado tarde para llevar a un individuo como D. ante la justicia. La restitución moral es más fuerte que la restitución material y resulta excesivamente sencillo limitarse a decir que uno no quiere recordar.
Dije muchas más cosas a mi amigo y le pedí que se lo repitiera todo a Max. Me sentía con grandes fuerzas en aquel caso y el silencio de Max me resultaba muy amargo.
Pocas semanas después recibí una corta nota de Max en la que me proponía nos entrevistásemos en alguna parte que no fueran Austria ni Alemania porque no quería ir a ninguno de las dos. Concertamos la fecha y nos encontramos en Suiza.
Me dijo que tenía cincuenta años pero parecía mucho más viejo, era de ojos muy oscuros y sin vida y hablaba a empellones, como si cada palabra le costara un esfuerzo. Estuve de acuerdo con mi amigo en calificar al doctor de «un poco temible».
—Ya sé lo que piensa de mí —me dijo—. Su amigo me contó lo que le había usted dicho y en principio tiene razón; desgraciadamente, soy una excepción. No puedo declarar ante un tribunal.
—¡Depende tanto de que lo haga o no...!
—Ya lo sé. Pero primero, escuche. Todo lo que la gente del campo dice de ese hombre, es verdad. En varias ocasiones he presenciado cómo remataba a sus víctimas. Algunas ya no podían recibir ni ayuda: ese hombre es un sádico que torturaba y mataba por gusto. No hace falta que se lo describa.
Hablaba con despego clínico. Le dije que sí, que conocía aquella clase de tipos muy bien.
—Siempre fue correcto conmigo, quizá porque se daba cuenta de que yo sabía demasiado y que todavía me necesitaba. Pero yo estaba convencido que a su debido tiempo, a mí también me pegaría un tiro y a él este convencimiento mío le constaba. Así, que con esta base, se había abierto una inestable tregua entre nosotros. Pero había algo más. En el departamento de mujeres, al que a nosotros los prisioneros masculinos nos estaba vedado entrar, se hallaba mi prometida. Sí, Helen. Procedíamos los dos de la misma ciudad polaca, habíamos ido a la misma escuela y nos habíamos enamorado siendo estudiantes. Entonces, era ella la muchacha más bonita de todas y todavía es muy hermosa.
La voz casi le falló y temí que no siguiera adelante.
—Naturalmente, él se fijó en ella. Era un gran hombre para con las mujeres, siempre se jactaba de los éxitos que tenía con ellas y sabiendo lo de Helen y yo, lo pasaba en grande torturándonos. No perdía ocasión de contarme lo agradable que resultaba vivir con Helen, lo bien que ella cuidaba de su piso, lo bien que guisaba y le limpiaba los zapatos. Aquello era mucho peor que si me hubiera golpeado casi hasta matarme como hacía con otros.
Un día, dos amigos planearon escapar y pidieron a Max que se fuera con ellos. Les dijo que no se marcharía sin Helen y le contestaron que estaba loco, que los días de vida de él en el campo estaban contados como todos sabían. No era más que cuestión de semanas o de meses lo que tardaría el lugarteniente del campo: en pegarle un tiro, y si Max se fugaba con ellos, podría después ayudar a Helen desde fuera teniendo por lo menos una oportunidad de luchar, pues la resistencia polaca se escondía en los bosques. Su deber para con la muchacha era, pues, intentar escapar.
—Escapamos —continuó—. Nos unimos a la resistencia y cuando nos reunimos con los rusos pasamos todos a formar parte del ejército rojo. Me ofrecí como voluntario para primera línea del frente porque cuando regresara como combatiente a la zona podría hacer algo por Helen. En mis sueños me veía llegar al campo de concentración con mi unidad y liberando triunfante a Helen.
Se encogió de hombros con cansancio.
—No fue precisamente así. Me enviaron tierra adentro de Rusia, donde estuve trabajando en un hospital, y a pesar que hice todo lo posible para que me enviaran otra vez al frente, me retuvieron allí, pues allí me necesitaban. Cuando acabó la guerra, intenté por todos los medios salir de Rusia, pero no fui repatriado hasta 1950. En nuestra ciudad natal supe lo que le había ocurrido a Helen.
«Cuando el ejército rojo se iba acercando, el campo de concentración fue liquidado; pocos prisioneros escaparon, pues casi todos fueron ejecutados. De las mujeres sólo Helen sobrevivió porque D. se la llevó con él cuando escapó y le proporcionó documentación falsa. Sí, no hay duda: él le salvó la vida a Helen. Pero... ella tuvo un hijo de él. La gente me dijo que después de la guerra, había desaparecido, que probablemente se fuera a Alemania pero nadie sabía si vivía aún ni dónde podía estar.
Se levantó y recorrió la habitación del hotel a lentos pasos, cansado, prematuramente envejecido, con ojos ausentes, vidriosos, sin esperanza.
—Tardé años en encontrarla. Había cambiado de nombre pero al fin conseguí su dirección. Como no tenía teléfono me presenté en la casa y llamé al timbre. Me abrió la puerta un joven. Durante todos aquellos años me había preparado para el momento en que volvería a ver a Helen pero para aquello no estaba preparado: el muchacho que tenía frente a mí, tenía el aspecto exacto de su padre. ¡En mi vida he visto más sorprendente muestra de parecido familiar! Me quedé atónito sin poder moverme, luego quise marcharme. No podía entrar. No con aquel muchacho allí. Me disponía a irme, cuando oí que se abría una puerta y vi a Helen...
«Apareció en el recibidor y la miré a los ojos. Un corto segundo y ya lo supe todo. Lo mismo le ocurrió a ella a pesar de no decirnos ni una sola palabra. Me quería. Siempre me había querido, como yo nunca dejaré de quererla. Los dos allí, en pie, aquel segundo duró una eternidad. Luego el muchacho hizo un movimiento y entonces me di cuenta de que todavía estaba allí entre nosotros. Ella nos presentó. Su autodominio me admiró. Logró pronunciar unas palabras de compromiso y luego envió al muchacho a alguna parte. Nos quedamos, al fin, solos...
Calló. Le dije:
—Me han informado que no está usted casado.
—No, ni me casaré nunca. En mi vida no ha habido ni habrá otra mujer. Quiero a Helen hoy tanto como cuando estábamos en separadas unidades del campo y nos veíamos a través de la alambrada cuando los guardas no miraban. No hacíamos más que mirarnos y rezar para que un día no hubiera ninguna barrera de espinos entre nosotros. Ahora la alambrada no está, pero...
Me tomó la mano:
—¿Lo comprende? No puedo casarme con la madre de ese muchacho que me recuerda al asesino. No podría nunca, nunca, acostumbrarme a su presencia y en cambio agostaría la única cosa que me queda en el corazón: mi amor por Helen. Me quedé con ella todo el día hablando, pero mayormente lloramos. Luego me marché y no la he vuelto a ver desde entonces. Ahora ya sabe por qué no puedo comparecer en el banquillo de los testigos: no podría disimular mi rencor y amargura cuando viera a ese hombre, el odio sería patente en mi cara y sus abogados sabrían sacar partido de él. Yo juraré que todas las acusaciones contra él son ciertas y quizás ello le ayude a usted más que mi testimonio personal en la audiencia. Pero allí no puedo presentarme.
Pocos días después hice una visita a Helen en Alemania. Max tenía razón: seguía siendo muy hermosa, con esa clase de femenina belleza que crece con la persona. Parecía más joven que Max pero sus ojos tenían la misma tristeza. Le dije que había hablado con Max y le pregunté por qué no había contestado a mi carta.
—Porque yo no puedo declarar ante un tribunal.
—Me han informado de que usted sabe muchas cosas.
—He presenciado cosas terribles, las palizas que daba en su apartamiento y... —se llevó la mano a los ojos—. Nunca lo olvidaré. Luego los hacía llevar a la pequeña choza donde Max les atendía si estaban todavía con vida. El recuerdo no me deja un momento de paz. Conozco cuál es su labor, Herr Wiesenthal, y usted tiene derecho a saber todas esas cosas. Pero hay algo más.
Salió para volver con un muchacho que tendría unos veinte años y era alto y rubio. Exacto como su padre en las fotografías que yo había visto. Comprendí lo que Max debió de sentir al ver al chico... que era inocente, al que no se podía culpar de nada. Permaneció con nosotros unos minutos, luego besó la mano a su madre y se fue a clase, a la Universidad. Helen me dijo que era un muchacho bueno, un buen hijo que la quería mucho.
Cuando me presentó al muchacho y observó mis reacciones comprendió que Max me lo había contado todo.
—Mi hijo no sabe quién fue su padre —me dijo—. Cree que su padre murió durante la guerra y el padre a su vez no ha visto nunca a su hijo ni sabe siquiera que yo esté viva, ni que tuve un hijo. Tampoco sabía yo que fuera a tenerlo cuando él y yo huimos del campo antes de que entraran los rusos. Me salvó la vida, me dio papeles falsos que me hacían pasar por aria, me dio dinero y luego él se fue al Oeste porque quería que lo capturaran los americanos. Rogué para que Dios se llevara el niño, pero Dios lo decidió de otro modo, hizo que yo diera a luz y que el hijo fuera la viva imagen de su padre. Quizá para castigarme, ¿por qué le permití que se me llevara a su apartamiento y no me quedé con las demás mujeres para morir con ellas? ¿Por qué ha de sentir uno esa apremiante necesidad de vivir?
Se me quedó mirando. ¿Qué podía yo decirle? Le dije que muchas personas habían hecho cosas mucho peores para intentar sobrevivir. Pero no me escuchaba.
—Hubo momentos en que sentí impulsos de estrangular a la criatura pero yo no podía hacer las mismas cosas que su padre había hecho. Yo no podía matar... ¿comprende por qué no puedo declarar? No debe usted decir ni siquiera que estoy con vida porque sus abogados me obligarían a comparecer ante el tribunal y me harían jurar que él salvó mi vida. Él no sabe el precio que yo estoy pagando por ello —evitó mirarme y preguntó:— ¿Le habló Max de mí?
—Me lo contó todo —le dije.
—¿Entonces...? —Había temor en sus ojos.
—Nunca renuncié a un caso cuando encontré testigos —le dije—. Pero este caso depende exclusivamente de las declaraciones de Max y de usted. Los dos han sufrido bastante ya. Este caso quedará como está.
[1] Sábado. Día festivo judío, equivalente a nuestro domingo. «Pentateuco».
[2] Pentateuco