PRIMER PREMIO

NARRATIVA

 

 

JOSEFA.

Feliciano ató los caballos al carro y levantó los ojos al cielo. En el silencio más absoluto de la madrugada elevó una oración a los dioses, a esos dioses ocultos en el entrevero de las estrellas más ardientes. Josefa estaba próxima a dar a luz. Pasaron dos días enteros y largos, estaba muy cansado, pero no quiso esperar la luz del sol, sólo quería llegar a su casa y a Josefa. El sueño lo vencía de a ratos, pero sus animales tenían una brújula entre las patas, y las señales secretas guardadas en la sangre india de su abuela. El peso de la carga hacía lento el regreso. Atrás, en el norte se acurrucaba el viento en forma de un trompo oscuro y temible, las nubes fueron entumeciendo el cielo, que comenzó a astillarse, y la noche empezó a caer por todas partes. Aulló el viento y dejó temblando las espumas de las cortaderas en un grito de dolor, un estruendo partió en dos el cielo abriendo una grieta por donde comenzó a llover sin alivios. El alarido intenso asustó a los caballos que dispararon, el carro quedó brincando en medio de la nada, para volcar entre los montículos de tierra y el agujero ancho de la calle. Feliciano quedó atrapado debajo de la carga de la semilla y lo último que oyó junto a las ráfagas de viento y agua fue el llanto de un niño,  . . . el llanto de un niño.

 

Josefa entre alaridos y jadeos pudo oír el sol despertando detrás de las márgenes de una larga noche. Llegó el niño una mañana maravillosa a mediados de junio, con una sonrisa pegada a los labios.

Pasaron siete días para que la determinación se convierta en la peor desventura de su vida. 

Coloca al niño en la canasta y lo arropa hasta los ojos, y en un último intento de guardar para siempre entre sus ojos el recuerdo perpetuo de su hijo, corta un rizo de su cabeza y luego sale al paso lento por la calle, en el más profundo de los silencios. Camina más de mil metros y se para de nuevo, queriendo detener la marcha del tiempo. Un viento bálsamo mece las hojas de los eucaliptos, como si fueran voces del pasado, palabras cortas, en voz baja, sin desesperaciones. Por fin llega hasta el lugar, siempre había mirado la casa grande de lejos, el cartel de entrada impedía el ingreso, pero había sido un hecho sin importancia, a ella no le había interesado traspasar la pesada puerta de hierro, con las señales de los dueños, incrustadas en bronce pulido. Y nunca se imaginó haciéndolo, hasta esa mañana. El anciano la recibe al segundo golpe, entra pisando suave, como temiendo dejar su huella por el piso brillante, se entibia las manos en la estufa, afuera arde el invierno, pero allí ni se nota. Pocas palabras acompañan el encuentro y que será el último. Llega la mucama y con mismo silencio pulcro de la entrada se retira llevando la canasta, sabe que no habrá nuevos encuentros, que debe respetar los pactos. Tan sólo una mirada áspera y desesperada.

Después comienza a descender el camino nuevamente, se siente muy cansada, trae la canasta al hombro llena de provisiones, como lo hará cada semana. Una señal para no olvidarse de lo que ha pasado, nada más.

Cuando llega aprieta los rostros de su sangre que la esperan en una cadencia de ceremonia ancestral y destapa la canasta en el centro de la mesa. Todos comen menos ella. De espaldas las lágrimas le empapan el rostro y reza en un extraño idioma que nadie alcanza a comprender. Por la noche y en secretos de almohada pide que el niño llore, llore tanto que tengan que regresarlo a su lado, pero son sólo secretos de almohada. Ella se vuelve lejana y triste,  tan triste que a cada día que pasa se acerca más y más a la muerte. Y en los últimos suspiros alejándose de la vida escuchó el llanto de un niño y una sonrisa torció su boca, allí estaba,  su niño había vuelto.       

. . .   lo último que escuchó fue el llanto de un niño.

 

María Esther Yattal

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