LA
HERENCIA
DE SABINO LUCERO
La
estancia “La
Totora”, ubicada muy cerca de la desembocadura del Salado en la
bahía de Samborombón, había quedado reducida a unas mil hectáreas, conservándose
el primitivo edificio, de frente neo colonial, con dos hileras de columnas tipo
romanas en sus flancos, asomándose entre añosos talas y coronillos a la vera del
“camino del médano”. Esa propiedad pertenecía desde los albores del vigésimo
siglo, a don Lindor Herrera, el mayor de cinco hermanos, y ese campo había
pasado a sus manos en ocasión de dividirse las tierras heredadas de su
padre.
En esa
estancia había trabajado de capataz por espacio de muchos años, don Adán Luna,
quien cuando resolvió retirarse de sus actividades rurales, por los años 30,
vendió su tropilla, un lote de vacunos y una majada y, con lo recaudado y
algunos ahorros, adquirió una casa en las afueras de Dolores, cerca del puente
“Escobar”, por donde pasaba la “galera de Dávila”. Allí instaló un boliche con
potreros para encerrar animales. Don Adán solía contar anécdotas sobre hechos
ocurridos durante su permanencia en “La Totora” y, refiriéndose a esa
estancia, narraba que su propietario, don Lindor Herrera, era un hombre
enérgico, autoritario con sus peones, parco en sus expresiones y distanciado en
su relación con los hermanos. Vivió soltero, y una de sus atracciones
principales, eran las carreras cuadreras, en las que participaba con sus propios
parejeros, los que llegaron a gozar de reconocida fama en el
pago.
En el
citado establecimiento, llegó al mundo un niño bautizado con el nombre de
Sabino, hijo natural de la cocinera de la estancia, y, como tal, llevaría el
apelativo materno, Lucero. En “La Totora” naufragaron muchos de sus
sueños de niño, sin conocer un juguete que alegrara su castigada infancia. Allí
creció guacho del amor y los consejos de un padre, obligado a servir al patrón
sin más recompensa que un techo y un plato de comida.
El
único motivo que alegraba sus pesares, era el cariño irremplazable de su madre,
pero, ésta dejó la vida cuando él no había salido todavía de la adolescencia. De
esa forma, solo y sin afectos, comprendió que en su interior comenzaba a
despertar el hombre, decidiéndose a dejar la estancia. Sin más capital que dos
moros domados por él, con unas pocas “pilchas” en la “maleta”, se marchó sin
rumbo, en procura de algún conchabo que le permitiera vivir dignamente. No fue
fácil alcanzar ese objetivo. Al tranco lento de su montado, llegó ese día con el
ocaso de la tarde, a una estancia cerca del Carmen de Las Flores, justo a la
hora en que la peonada estaba en la espera de la cena. Su presencia motivó
algunos comentarios entre los presentes que llegaron al oído de Sabino: “Ese
forastero debe se un vago y mal entretenido”… “Debe andar huyendo de la
justicia”… y otras expresiones de ese tipo, que Sabino dejó pasar como si no las
hubiera escuchado. Sólo trató de hablar con el capataz, quien le indicó que no
necesitaba más peones, pero, debido a que la noche ya estaba encima, lo invitó a
churrasquear y a pernoctar en la estancia, lo cual aceptó el
visitante.
Con el
alba del nuevo día, volvió a meterse en la huella, montado en uno de sus moros y
llevando el otro de tiro. En la soledad del camino comenzó a cavilar sobre su
origen y su destino… “¿quién habrá sido mi tata?”... “¿por qué se negó a darme
su afecto?”... “para peor, mama se llevó ese secreto a la
tumba”…
Después
de haber unido varios amaneceres con ocasos, donde sólo encontraba tranqueras
cerradas en su búsqueda de conchabo, llegó a una pulpería cerca del Saladillo,
donde le informaron que en una estancia vecina necesitaban reseros para arrear
tropas a
La Pampa. Allá
fue Sabino con sus dos moros y comenzó una nueva etapa de su vida en el campero
oficio de “reserear”.
De
vuelta de uno de esos viajes, se encontraba en unas cuadreras que se
desarrollaban en la pulpería “La Blanqueada”, cerca de Rauch, donde
había “encarrerado” a uno de sus moros y, por cuestiones de una final dudosa,
fue provocado por un paisano con algunas copas de más encima, al que tuvo que
darle un rebencazo para defenderse del ataque que aquel le había hecho con el
facón. Por causa de ese incidente tuvo que pasar unos días en un calabozo y
después se alejó del pago.
Aficionado al juego y a las fiestas, un día de mayo llegó a la
“Esquina de Pérez”, en el partido de Ayacucho, en ocasión que celebraban un
aniversario patrio. En ese lugar, se realizaban continuas reuniones que
congregaban numerosa cantidad de público de toda la región.
En la
tarde, mientras la taba repartía entre “suerte” y “liso” los reducidos salarios
de jornaleros y mensuales, sobre “lunancas” y descoloridas mesas, rondaban
ilusiones en voces que se elevaban en el grito del truco, la flor o el
envido.
Al caer
la noche, con su carga de misterios, bajo la fresca enramada de la pulpería,
donde la luna tamizaba su polvo de plata, la danza encendía los corazones con
alegres compases musicales, y allí, unas trenzas y dos ojos negros cautivaron el
destino andariego de Sabino. Esa noche, las ancas de uno de sus moros sirvieron
de asiento a la moza más codiciada del pago y marchó con ella rumbo a
“La
Postrera”, donde tenía el ofrecimiento de un
puesto.
Allí,
en una loma que se elevaba cerca de un meandro que formaba el río Salado,
levantó un rancho de barro que cobijó su existencia junto a la mujer amada, y
entre lunas y luceros, de esa fusión de dos almas, se hicieron realidad los
sueños con tiernos retoños que alegraron en gratas presencias el motivo de dos
vidas.
Muy
cerca de ese hogar estaba “La
Totora”, el lugar donde había tenido su origen Sabino. En esa
estancia, su dueño, don Lindor, huérfano de afectos y con una grave dolencia que
presagiaba su triste fin, comprobó que su vida marchaba hacia la noche más
oscura. Los recuerdos en su mente comenzaron a clavarse como filosos puñales,
pinchándole hasta el alma, y entre culpas y remordimientos, la tranquera de su
conciencia se abrió para dejar salir un secreto que había mantenido oculto. “El
lazo de mi existencia no resiste más… sus tientos se van cortando poco a poco y
el desenlace está muy cerca”… “ante
de dejar la vida quiero firmar mi testamento”… “la estancia “La Totora” y todas la haciendas
que hay en ella, pasarán cuando yo parta, a ser propiedad de Sabino Lucero”…
“¡ese es mi hijo y único heredero!”…
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Juan Carlos Pirali
3er. Premio en Mar del Plata .
Junio 2008
Organizado por Biblioteca Mar
del Plata
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(fondo musical: Estancia Vieja
- milonga -A.Yupanqui)