POESIAS

 

CASTIGO

Morir, sufrir, vivir eternamente, Llorar, amar, gozar pacientemente, Respirar sin sentir tu olor, Amar sin sentir tu calor. Soñar por ti vehemente, Creer en un amor que muere lentamente, Mirada alegre que rápido desaparece, Sonrisa creciente que se desvanece, Sentir morir desesperadamente. Por entregar mi amor inútilmente.

DUERME AMOR

El amor es el sentimiento más hermoso que hay sobre la tierra, Como puedo amar sin ser amada, No puedo corresponder si no soy correspondida.
Sentimiento que une almas y destruye corazones. Pobre soñadora que duerme en nubes azules, Que eleva su vuelo en lo mas alto del cielo, Hermoso cielo que ilumina su rostro, Suave aire que acaricia su pelo, Soñadora que no puede despertar, Morir soñando en un amor, Morir soñando con aquel calor, Que algún día un hombre te lo dio, Te entregaste a sus besos, El te dio su corazón, Dormiste en sus brazos Y el eterno sueño en su regazo te acogió. Aquel hombre que algún día te amo, ahora llora, Aquel hombre que algún día te amo, ahora muere. Muere en vida, Pues un amor se durmió. Durmió eternamente en las piernas del señor. Hombre, no llores mas, Hombre, que tus lagrimas van a secar. Ya no sufras, Pues sabes que aquel amor quedo en tu corazón Amor que en tus labios se mostró, Sediento de pasión, Amor que jamas murió.

 

EL TIEMPO PASA

Padre:

Tu sabiduría es grande, tus consejos me son útiles, tu amor es incansable, el tiempo avanza cada vez mas, no te preocupes por lo que pasara, disfruta lo que tienes por que tal vez mañana no lo tendrás.
Tu piel es gruesa, tu tristeza deja marcas al igual que tu sonrisa, tu pelo es grueso, antes era negro, ahora aclara su color, hasta convertirse en el alma de un ángel, blanca como una rosa, blanca como una nube.
Padre no te preocupes por la edad, eso es lo de menos, eres grande, pero en mente, en corazón, has crecido, pero en sabiduría en tu amor.
Has aprendido tantas cosas, pero no tantas como para rendirse, eres joven de alma, de carácter, no te entristezcas por que el tiempo pase, al contrario, gózalo, disfrútalo... vívelo.

 

FANGO

En el fango de las pasiones de la humanidad, Se hunde poco a poco el deseo del hombre, Ahogándose así en el espeso lodo de su placer. Gritando sin cesar para ver si alguien lo pudiera salvar, hombre ingrato que hunde a los demás, Metiéndolos en su espesa inmensidad. Hombre débil que llora sin cesar, Que traga fango hasta no poder respirar, Que muere en vida sin poderlo evitar.

 

PEQUEÑO ESTORVO

Niño triste que sufre por sus padres, Sólo tiene que pasar esas tardes, Regalos, muñecos, juguetes, Que estará pasando por sus mentes. Cuanto amor podrá comprar el dinero?, Pobre pequeño que se quedo sin calor, Pobre niño que sin saber se muere de dolor. Sus padres felices sonríen, En las fiestas siguen, Que inmaduros pueden ser, Que a su pequeño no han volteado a ver. Arrinconado el niño en una esquina, Trata de sacarse esa espina, Que lleva en su corazón, Y le hace llorar con mas razón. Arrinconado platicando con un ángel que lo vio, Su sufrimiento no resistió, Y en sus alas se lo llevo. Ahora a tus padres no veras, Ahora ya no los estorbaras, Solo no estarás, Pues con los ángeles te quedaras.

 

SOLO TU

Cómo brilla el sol!, Sus rayos iluminan tu pelo, Las nubes empapan tus ojos, la brisa moja tus labios. En aquel azul del cielo, Por el que tus manos pasan, En aquel verde pasto, Por el que tus labios me recorren. Juegas con mi pelo, Enroscándolo en tus dedos, Juegas con mi alma, Enroscándola en el cielo. Si te hago una pregunta, Solo respondes con una sonrisa, Cuando estoy a punto de ahogarme, Tus fuertes brazos van a calmarme. Eres tan pasivo, eres tan amable, Solo tú eres capas de amarme.

Cien sonetos de amor LXVI (No te quiero... )

No te quiero sino porque te quiero y de quererte a no quererte llego y de esperarte cuando no te espero pasa mi corazón del frío al fuego. Te quiero solo porque a ti te quiero, te odio sin fin, y odiándote te ruego, y la medida de mi amor viajero es no verte y amarte como un ciego. Tal vez consumirá la luz de enero, su rayo cruel, mi corazón entero, robándome la llave del sosiego. En esta historia solo yo me muero y moriré de amor porque te quiero, porque te quiero, amor, a sangre y fuego. ¡Noche, poesía, locuras de amante! ¡Todo ha de servirnos en esta ocasión! ¿El triunfo es seguro! ¡Valor y adelante! ¿Quién podrá vencernos si es nuestro el amor?

(CRISPIN) EL ENAMORADO

Lunas, marfiles, instrumentos, rosas, lámparas y la línea de Durero, las nueve cifras y el cambiante cero, debo fingir que existen esas cosas. Debo fingir que en el pasado fueron Persépolis y Roma y que una arena sutil midió la suerte de la almena que los siglos de hierro deshicieron. Debo fingir las armas y la pira de la epopeya y los pesados mares que roen de la tierra los pilares. Debo fingir que hay otros. Es mentira. Sólo tú eres. Tú, mi desventura y mi ventura, inagotable y pura.

Jorge Luis Borges, 1977

SONETO II

Amor, cuántos caminos hasta llegar a un beso, qué soledad errante hasta tu compañía! Siguen los trenes solos rodando con la lluvia. En Taltal no amanece aún la primavera. Pero tú y yo, amor mío, estamos juntos, juntos desde la ropa a las raíces, juntos de otoño, de agua, de caderas, hasta ser sólo tú, sólo yo juntos. Pensar que costó tantas piedras que lleva el río, la desembocadura del agua de Boroa, pensar que separados por trenes y naciones tú y yo teníamos que simplemente amarnos, con todos confundidos, con hombres y mujeres, con la tierra que implanta y educa los claveles.

Pablo Neruda, 1959

 

AMOR

Mujer, yo hubiera sido tu hijo, por beberte la leche de los senos como de un manantial, por mirarte y sentirte a mi lado y tenerte en la risa de oro y la voz de cristal. Por sentirte en mis venas como Dios en los ríos y adorarte en los tristes huesos de polvo y cal, porque tu ser pasara sin pena al lado mío y saliera en la estrofa -limpio de todo mal-. Cómo sabría amarte, mujer, cómo sabría amarte, amarte como nadie supo jamás! Morir y todavía amarte más. Y todavía amarte más y más.

Pablo Neruda, 1923

 

El Poeta murio de pena En una primavera de flores marchitas muere en el silencio un gran poeta. Muere de tristeza en el alma porque Chile tiene una herida y su bandera sangra. Lo mato la pena de saber sus amigos muertos y ver partir al exilio sus camaradas y compañeros. Pero Pablo Neruda resucita desde las hogueras y cenizas, que dejan sus libros, quemados por una dictadura fascita. Y hoy aún escuchamos su voz y leemos sus poemas aquellos del exilio y los que escribio en su tierra Sabemos a las mujeres que amo y hacemos un templo de “La Sebastiana” aquella casa que él construyo de la nada. En Isla Negra, allá en el mar las olas se acercan a las rocas y parecen preguntar... ¿Donde está el poeta, amigo de la mar? y las rocas les responden “Está en todo lugar escribiendo el largo poema de su sueño celestial”.

Hernán Dufey

 

Dices que tienes corazón, y sólo lo dices porque sientes sus latidos. Eso no es corazón...; es una máquina, que, al compás que se mueve, hace ruido.

Gustavo Adolfo Bécquer

 

MILONGA DE DOS HERMANOS

Traiga cuentos la guitarra de cuando el fierro brillaba, cuentos de truco y de taba, de cuadreras y de copas, cuentos de la Costa Brava y el Camino de las Tropas. Venga una historia de ayer que apreciarán los más lerdos; el destino no hace acuerdos y nadie se lo reproche- ya estoy viendo que esta noche vienen del Sur los recuerdos. Velay, señores, la historia de los hermanos Iberra, hombres de amor y de guerra y en el peligro primeros, la flor de los cuchilleros y ahora los tapa la tierra. Suelen al hombre perder la soberbia o la codicia: también el coraje envicia a quien le da noche y día- el que era menor debía más muertes a la justicia. Cuando Juan Iberra vio que el menor lo aventajaba, la paciencia se le acaba y le armó no sé qué lazo le dio muerte de un balazo, allá por la Costa Brava. Sin demora y sin apuro lo fue tendiendo en la vía para que el tren lo pisara. El tren lo dejó sin cara, que es lo que el mayor quería. Así de manera fiel conté la historia hasta el fin; es la historia de Caín que sigue matando a Abel.

Jorge Luis Borges, 1965

POEMA CONJETURAL

El doctor Francisco Laprida, asesinado el día 22 de setiembre de 1829 por los montoneros de Aldao, piensa antes de morir: Zumban las balas en la tarde última. Hay viento y hay cenizas en el viento, se dispersan el día y la batalla deforme, y la victoria es de los otros. Vencen los bárbaros, los gauchos vencen. Yo, que estudié las leyes y los cánones, yo, Francisco Narciso de Laprida, cuya voz declaró la independencia de estas crueles provincias, derrotado, de sangre y de sudor manchado el rostro, sin esperanza ni temor, perdido, huyo hacia el Sur por arrabales últimos. Como aquel capitán del Purgatorio que, huyendo a pie y ensangrentando el llano, fue cegado y tumbado por la muerte donde un oscuro río pierde el nombre, así habré de caer. Hoy es el término. La noche lateral de los pantanos me acecha y me demora. Oigo los cascos de mi caliente muerte que me busca con jinetes, con belfos y con lanzas. Yo que anhelé ser otro, ser un hombre de sentencias, de libros, de dictámenes a cielo abierto yaceré entre ciénagas; pero me endiosa el pecho inexplicable un júbilo secreto. Al fin me encuentro con mi destino sudamericano. A esta ruinosa tarde me llevaba el laberinto múltiple de pasos que mis días tejieron desde un día de la niñez. Al fin he descubierto la recóndita clave de mis años, la suerte de Francisco de Laprida, la letra que faltaba, la perfecta forma que supo Dios desde el principio. En el espejo de esta noche alcanzo mi insospechado rostro eterno. El círculo se va a cerrar. Yo aguardo que así sea. Pisan mis pies la sombra de las lanzas que me buscan. Las befas de mi muerte, los jinetes, las crines, los caballos, se ciernen sobre mí... Ya el primer golpe, ya el duro hierro que me raja el pecho, el íntimo cuchillo en la garganta

Jorge Luis Borges, 1943

 

A UN POETA MENOR DE LA ANTOLOGÍA

¿Dónde está la memoria de los días que fueron tuyos en la tierra, y tejieron dicha y dolor y fueron para ti el universo? El río numerable de los años los ha perdido; eres una palabra en un índice. Dieron a otros gloria interminable los dioses, inscripciones y exergos y monumentos y puntuales historiadores; de ti sólo sabemos, oscuro amigo, que oíste al ruiseñor, una tarde. Entre los asfodelos de la sombra, tu vana sombra pensará que los dioses han sido avaros. Pero los días son una red de triviales miserias, ¿y habrá suerte mejor que ser la ceniza, de que está hecho el olvido? Sobre otros arrojaron los dioses la inexorable luz de la gloria, que mira las entrañas y enumera las grietas, de la gloria, que acaba por ajar la rosa que venera; contigo fueron más piadosos, hermano. En el éxtasis de un atardecer que no será una noche, oyes la voz del ruiseñor de Teócrito. Jorge Luis Borges

RIMA XI -Yo soy ardiente, yo soy morena, yo soy el símbolo de la pasión, de ansia de goces mi alma está llena. ¿A mí me buscas? -No es a ti, no. -Mi frente es pálida, mis trenzas de oro: puedo brindarte dichas sin fin, yo de ternuras guardo un tesoro. ¿A mí me llamas? -No, no es a ti. -Yo soy un sueño, un imposible, vano fantasma de niebla y luz; soy incorpórea, soy intangible: no puedo amarte. -¡Oh ven, ven tú!

Gustavo Adolfo Bécquer

 

RIMA XIX

Cuando sobre el pecho inclinas la melancólica frente, una azucena tronchada me pareces. Porque al darte la pureza de que es símbolo celeste, como a ella te hizo Dios de oro y nieve.

Gustavo Adolfo Bécquer

 

ÚLTIMO POEMA

Si pudiera vivir nuevamente mi vida, en la próxima trataría de cometer más errores. No intentaría ser tan perfecto, me relajaría más. Sería más tonto de lo que he sido, de hecho tomaría muy pocas cosas con seriedad. Sería menos higiénico. Correría más riesgos, haría más viajes, contemplaría más atardeceres, Subiría más montañas, nadaría más ríos. Iría a más lugares a los que nunca he ido, comería más helados y menos habas, tendría más problemas reales y menos imaginarios. Yo fui de esas personas que vivió sensata y prolíficamente cada momento de su vida, claro que tuve momentos de alegría. Pero si pudiera volver atrás trataría solamente de tener buenos momentos. Por si no lo saben, de eso está hecha la vida, solo de momentos, no te pierdas el ahora. Yo era uno de esos que nunca iba a ninguna parte sin un termómetro, una bolsa de agua caliente, un paraguas y un paracaídas. Si pudiera volver a vivir, comenzaría así hasta concluir el otoño, daría más vueltas en calesita, contemplaría más amaneceres y jugaría con más niños si tuviera otra vez la vida por delante... Pero ya ven, tengo 85 años y sé que me estoy muriendo...

Poema falsamente atribuido a Jorge Luis Borges. Incluido aquí debido a las numerosas búsquedas del mismo.

LA PLAZA SAN MARTÍN

A Macedonio Fernández En busca de la tarde fui apurando en vano las calles. Ya estaban los zaguanes entorpecidos de sombra. Con fino bruñimiento de caoba la tarde entera se había remansado en la plaza, serena y sazonada, bienhechora y sutil como una lámpara, clara como una frente, grave como un ademán de hombre enlutado. Todo sentir se aquieta bajo la absolución de los árboles -jacarandás, acacias- cuyas piadosas curvas atenúan la rigidez de la imposible estatua y en cuya red se exalta la gloria de las luces equidistantes del leve azul y de la tierra rojiza. ¡Qué bien se ve la tarde desde el fácil sosiego de los bancos! Abajo el puerto anhela latitudes lejanas y la honda plaza igualadora de almas se abre como la muerte, como el sueño.

Jorge Luis Borges, 1923

 

AFTERGLOW Siempre es conmovedor el ocaso por indigente o charro que sea, pero más conmovedor todavía es aquel brillo desesperado y final que herrumbra la llanura cuando el sol último se ha hundido. Nos duele sostener esa luz tirante y distinta, esa alucinación que impone al espacio el unánime miedo de la sombra y que cesa de golpe cuando notamos su falsía, como cesan los sueños cuando sabemos que soñamos.

Jorge Luis Borges, 1923

AUSENCIA

Habré de levantar la vasta vida que aún ahora es tu espejo: cada mañana habré de reconstruirla. Desde que te alejaste, cuántos lugares se han tornado vanos y sin sentido, iguales a luces en el día. Tardes que fueron nicho de tu imagen, músicas en que siempre me aguardabas, palabras de aquel tiempo, yo tendré que quebrarlas con mis manos. ¿En qué hondonada esconderé mi alma para que no vea tu ausencia que como un sol terrible, sin ocaso, brilla definitiva y despiadada? Tu ausencia me rodea como la cuerda a la garganta, el mar al que se hunde.

Jorge Luis Borges, 1923

 

DESPEDIDA

Entre mi amor y yo han de levantarse trescientas noches como trescientas paredes y el mar será una magia entre nosotros. No habrá sino recuerdos. Oh tardes merecidas por la pena, noches esperanzadas de mirarte, campos de mi camino, firmamento que estoy viendo y perdiendo... Definitiva como un mármol entristecerá tu ausencia otras tardes.

Jorge Luis Borges, 1923

 

MONTEVIDEO

Resbalo por tu tarde como el cansancio por la piedad de un declive. La noche nueva es como un ala sobre tus azoteas. Eres el Buenos Aires que tuvimos, el que en los años se alejó quietamente. Eres nuestra y fiestera, como la estrella que duplican las aguas. Puerta falsa en el tiempo, tus calles miran al pasado más leve. Claror de donde la mañana nos llega, sobre las dulces aguas turbias. Antes de iluminar mi celosía tu bajo sol bienaventura tus quintas. Ciudad que se oye como un verso. Calles con luz de patio.

Jorge Luis Borges, 1925

 

RIMA LXXII PRIMERA VOZ
Las ondas tienen vaga armonía, las violetas suave olor, brumas de plata la noche fría, luz y oro el día; yo algo mejor; ¡yo tengo Amor!

SEGUNDA VOZ
Aura de aplausos, nube radiosa, ola de envidia que besa el pie, isla de sueños donde reposa el alma ansiosa, dulce embriaguez: ¡la Gloria es!

TERCERA VOZ
Ascua encendida es el tesoro, sombra que huye la vanidad. Todo es mentira: la gloria, el oro; lo que yo adoro sólo es verdad: ¡la Libertad! Así los barqueros pasaban cantando la eterna canción y, al golpe del remo, saltaba la espuma y heríala el sol. -¿Te embarcas?, gritaban; y yo sonriendo les dije al pasar: -Yo ya me he embarcado; por señas que aún tengo la ropa en la playa tendida a secar.

Gustavo Adolfo Bécquer

RIMA XVIII

Fatigada del baile, encendido el color, breve el aliento, apoyada en mi brazo, del salón se detuvo en un extremo. Entre la leve gasa que levantaba el palpitante seno, una flor se mecía en compasado y dulce movimiento. Como en cuna de nácar que empuja el mar y que acaricia el céfiro, tal vez allí dormía al soplo de sus labios entreabiertos. ¡Oh, quién así -pensaba- dejar pudiera deslizarse el tiempo! ¡Oh, si las flores duermen, qué dulcísimo sueño! Gustavo Adolfo Bécquer SOY Soy el que sabe que no es menos vano que el vano observador que en el espejo de silencio y cristal sigue el reflejo o el cuerpo (da lo mismo) del hermano. Soy, tácitos amigos, el que sabe que no hay otra venganza que el olvido ni otro perdón. Un dios ha concedido al odio humano esta curiosa llave. Soy el que pese a tan ilustres modos de errar, no ha descifrado el laberinto singular y plural, arduo y distinto, del tiempo, que es uno y es de todos. Soy el que es nadie, el que no fue una espada en la guerra. Soy eco, olvido, nada.

Jorge Luis Borges, 1975

 

EL REMORDIMIENTO

He cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer. No he sido feliz. Que los glaciares del olvido me arrastren y me pierdan, despiadados. Mis padres me engendraron para el juego arriesgado y hermoso de la vida, para la tierra, el agua, el aire, el fuego. Los defraudé. No fui feliz. Cumplida no fue su joven voluntad. Mi mente se aplicó a las simétricas porfías del arte, que entreteje naderías. Me legaron valor. No fui valiente. No me abandona. Siempre está a mi lado La sombra de haber sido un desdichado.

Jorge Luis Borges, 1976

 

LA MONEDA DE HIERRO

Aquí está la moneda de hierro. Interroguemos las dos contrarias caras que serán la respuesta de la terca demanda que nadie no se ha hecho: ¿Por qué precisa un hombre que una mujer lo quiera? Miremos. En el orbe superior se entretejan el firmamento cuádruple que sostiene el diluvio y las inalterables estrellas planetarias. Adán, el joven padre, y el joven Paraíso. La tarde y la mañana. Dios en cada criatura. En ese laberinto puro está tu reflejo. Arrojemos de nuevo la moneda de hierro que es también un espejo magnífico. Su reverso es nadie y nada y sombra y ceguera. Eso eres. De hierro las dos caras labran un solo eco. Tus manos y tu lengua son testigos infieles. Dios es el inasible centro de la sortija. No exalta ni condena. Obra mejor: olvida. Maculado de infamia ¿por qué no han de quererte? En la sombra del otro buscamos nuestra sombra; en el cristal del otro, nuestro cristal recíproco.

Jorge Luis Borges, 1976

AMO AMOR

Anda libre en el surco, bate el ala en el viento, late vivo en el sol y se prende al pinar. No te vale olvidarlo como al mal pensamiento: ¡le tendrás que escuchar! Habla lengua de bronce y habla lengua de ave, ruegos tímidos, imperativos de mar. No te vale ponerle gesto audaz, ceño grave: ¡lo tendrás que hospedar! Gasta trazas de dueño; no le ablandan excusas. Rasga vasos de flor, hiende el hondo glaciar. No te vale decirle que albergarlo rehúsas: ¡lo tendrás que hospedar! Tiene argucias sutiles en la réplica fina, argumentos de sabio, pero en voz de mujer. Ciencia humana te salva, menos ciencia divina: ¡le tendrás que creer! Te echa venda de lino; tú la venda toleras. Te ofrece el brazo cálido, no le sabes huir. Echa a andar, tú le sigues hechizada aunque vieras ¡que eso para en morir!

Gabriela Mistral

 

ALHAMBRA

Grata la voz del agua a quien abrumaron negras arenas, grato a la mano cóncava el mármol circular de la columna, gratos los finos laberintos del agua entre los limoneros, grata la música del zéjel, grato el amor y grata la plegaria dirigida a un Dios que está solo, grato el jazmín. Vano el alfanje ante las largas lanzas de los muchos, vano ser el mejor. Grato sentir o presentir, rey doliente, que tus dulzuras son adioses, que te será negada la llave, que la cruz del infiel borrará la luna, que la tarde que miras es la última.

Jorge Luis Borges, Granada, 1976

 

EL AMOR QUE CALLA

Si yo te odiara, mi odio te daría en las palabras, rotundo y seguro; pero te amo y mi amor no se confía a este hablar de los hombres, tan oscuro. Tú lo quisieras vuelto en alarido, y viene de tan hondo que ha deshecho su quemante raudal, desfallecido, antes de la garganta, antes del pecho. Estoy lo mismo que estanque colmado y te parezco un surtidor inerte. ¡Todo por mi callar atribulado que es más atroz que el entrar en la muerte!

Gabriela Mistral

BUENOS AIRES, 1899

El aljibe. En el fondo la tortuga. Sobre el patio la vaga astronomía del niño. La heredada platería que se espeja en el ébano. La fuga del tiempo, que al principio nunca pasa. Un sable que ha servido en el desierto. Un grave rostro militar y muerto. El húmedo zaguán. La vieja casa. En el patio que fue de los esclavos la sombra de la parra se aboveda. Silba un trasnochador por la vereda. En la alcancía duermen los centavos. Nada. Sólo esa pobre medianía que buscan el olvido y la elegía.

Jorge Luis Borges, 1977

 

EL ENAMORADO

Lunas, marfiles, instrumentos, rosas, lámparas y la línea de Durero, las nueve cifras y el cambiante cero, debo fingir que existen esas cosas. Debo fingir que en el pasado fueron Persépolis y Roma y que una arena sutil midió la suerte de la almena que los siglos de hierro deshicieron. Debo fingir las armas y la pira de la epopeya y los pesados mares que roen de la tierra los pilares. Debo fingir que hay otros. Es mentira. Sólo tú eres. Tú, mi desventura y mi ventura, inagotable y pura.

Jorge Luis Borges, 1977

 

LAS CAUSAS

Los ponientes y las generaciones. Los días y ninguno fue el primero. La frescura del agua en la garganta de Adán. El ordenado Paraíso. El ojo descifrando la tiniebla. El amor de los lobos en el alba. La palabra. El hexámetro. El espejo. La Torre de Babel y la soberbia. La luna que miraban los caldeos. Las arenas innúmeras del Ganges. Chuang-Tzu y la mariposa que lo sueña. Las manzanas de oro de las islas. Los pasos del errante laberinto. El infinito lienzo de Penélope. El tiempo circular de los estoicos. La moneda en la boca del que ha muerto. El peso de la espada en la balanza. Cada gota de agua en la clepsidra. Las águilas, los fastos, las legiones. César en la mañana de Farsalia. La sombra de las cruces en la tierra. El ajedrez y el álgebra del persa. Los rastros de las largas migraciones. La conquista de reinos por la espada. La brújula incesante. El mar abierto. El eco del reloj en la memoria. El rey ajusticiado por el hacha. El polvo incalculable que fue ejércitos. La voz del ruiseñor en Dinamarca. La escrupulosa línea del calígrafo. El rostro del suicida en el espejo. El naipe del tahúr. El oro ávido. Las formas de la nube en el desierto. Cada arabesco del calidoscopio. Cada remordimiento y cada lágrima. Se precisaron todas esas cosas para que nuestras manos se encontraran. Nota.- Unos quinientos años antes de la Era Cristiana escribió: Chuang-Tzu soñó que era una mariposa y no sabía al despertar si era un hombre que había soñado ser una mariposa o una mariposa que ahora soñaba que era un hombre.

Jorge Luis Borges, 1977

LA PRUEBA Del otro lado de la puerta un hombre deja caer su corrupción. En vano elevará esta noche una plegaria a su curioso dios, que es tres, dos, uno, y se dirá que es inmortal. Ahora oye la profecía de su muerte y sabe que es un animal sentado. Eres, hermano, ese hombre. Agradezcamos los vermes y el olvido.

Jorge Luis Borges, 1981

 

ÍNTIMA

Tú no oprimas mis manos. Llegará el duradero tiempo de reposar con mucho polvo y sombra en los entretejidos dedos. Y dirías: «No puedo amarla, porque ya se desgranaron como mieses sus dedos». Tú no beses mi boca. Vendrá el instante lleno de luz menguada, en que estaré sin labios sobre un mojado suelo. Y dirías: «La amé, pero no puedo amarla más, ahora que no aspira el olor de retamas de mi beso». Y me angustiara oyéndote, y hablaras loco y ciego, que mi mano será sobre tu frente cuando rompan mis dedos, y bajará sobre tu cara llena de ansia mi aliento. No me toques, por tanto. Mentiría al decir que te entrego mi amor en estos brazos extendidos, en mi boca, en mi cuello, y tú, al creer que lo bebiste todo, te engañarías como un niño ciego. Porque mi amor no es sólo esta gavilla reacia y fatigada de mi cuerpo, que tiembla entera al roce del cilicio y que se me rezaga en todo vuelo. Es lo que está en el beso, y no es el labio; lo que rompe la voz, y no es el pecho: ¡es un viento de Dios, que pasa hendiéndome el gajo de las carnes, volandero!

Gabriela Mistral

 

DESVELADA

Como soy reina y fui mendiga, ahora vivo en puro temblor de que me dejes, y te pregunto, pálida, a cada hora: «¿Estás conmigo aún? ¡Ay, no te alejes!» Quisiera hacer las marchas sonriendo y confiando ahora que has venido; pero hasta en el dormir estoy temiendo y pregunto entre sueños: «¿No te has ido?».

Gabriela Mistral

PAISAJE CON DOS TUMBAS Y UN PERRO ASIRIO

Amigo, levántate para que oigas aullar al perro asirio. Las tres ninfas del cáncer han estado bailando, hijo mío. Trajeron unas montañas de lacre rojo y unas sábanas duras donde estaba el cáncer dormido. El caballo tenía un ojo en el cuello y la luna estaba en un cielo tan frío que tuvo que desgarrarse su monte de Venus y ahogar en sangre y ceniza los cementerios antiguos. Amigo, despierta, que los montes todavía no respiran y las hierbas de mí corazón están en otro sitio. No importa que estés lleno de agua de mar. Yo amé mucho tiempo a un niño que tenía una plumilla en la lengua y vivimos cien años dentro de un cuchillo. Despierta. Calla. Escucha. Incorpórate un poco. El aullido es una larga lengua morada que deja hormigas de espanto y licor de lirios. Ya vienen hacia la roca. ¡No alargues tus raíces! Se acerca. Gime. No solloces en sueños, amigo. ¡Amigo! Levántate para que oigas aullar al perro asirio.

Federico García Lorca, 1929-1930

EL HACEDOR Somos el río que invocaste, Heráclito. Somos el tiempo. Su intangible curso acarrea leones y montañas, llorado amor, ceniza del deleite, insidiosa esperanza interminable, vastos nombres de imperios que son polvo, hexámetros del griego y del romano, lóbrego un mar bajo el poder del alba, el sueño, ese pregusto de la muerte, las armas y el guerrero, monumentos, las dos caras de Jano que se ignoran, los laberintos de marfil que urden las piezas de ajedrez en el tablero, la roja mano de Macbeth que puede ensangrentar los mares, la secreta labor de los relojes en la sombra, un incesante espejo que se mira en otro espejo y nadie para verlos, láminas en acero, letra gótica, una barra de azufre en un armario, pesadas campanadas del insomnio, auroras, ponientes y crepúsculos, ecos, resaca, arena, liquen, sueños. Otra cosa no soy que esas imágenes que baraja el azar y nombra el tedio. Con ellas, aunque ciego y quebrantado, he de labrar el verso incorruptible y (es mi deber) salvarme.

 

Jorge Luis Borges, 1981

VERGÜENZA Si tú me miras, yo me vuelvo hermosa como la hierba a que bajó el rocío, y desconocerán mi faz gloriosa las altas cañas cuando baje al río. Tengo vergüenza de mi boca triste, de mi voz rota y mis rodillas rudas; ahora que me miraste y que viniste, me encontré pobre y me palpé desnuda. Ninguna piedra en el camino hallaste más desnuda de luz en la alborada que esta mujer a la que levantaste, porque oíste su canto, la mirada. Yo callaré para que no conozcan mi dicha los que pasan por el llano, en el fulgor que da a mi frente tosca en la tremolación que hay en mi mano... Es noche y baja a la hierba el rocío; mírame largo y habla con ternura, ¡que ya mañana al descender al río lo que besaste llevará hermosura!

Gabriela Mistral

 

NEW YORK (OFICINA Y DENUNCIA) A Fernando Vela Debajo de las multiplicaciones hay una gota de sangre de pato. Debajo de las divisiones hay una gota de sangre de marinero. Debajo de las sumas, un río de sangre tierna; un río que viene cantando por los dormitorios de los arrabales, y es plata, cemento o brisa en el alba mentida de New York. Existen las montañas, lo sé. Y los anteojos para la sabiduría, lo sé. Pero yo no he venido a ver el cielo. He venido para ver la turbia sangre, la sangre que lleva las máquinas a las cataratas y el espíritu a la lengua de la cobra. Todos los días se matan en New York cuatro millones de patos, cinco millones de cerdos, dos mil palomas para el gusto de los agonizantes, un millón de vacas, un millón de corderos y dos millones de gallos que dejan los cielos hechos añicos. Más vale sollozar afilando la navaja o asesinar a los perros en las alucinantes cacerías que resistir en la madrugada los interminables trenes de leche, los interminables trenes de sangre, y los trenes de rosas maniatadas por los comerciantes de perfumes. Los patos y las palomas y los cerdos y los corderos ponen sus gotas de sangre debajo de las multiplicaciones; y los terribles alaridos de las vacas estrujadas llenan de dolor el valle donde el Hudson se emborracha con aceite. Yo denuncio a toda la gente que ignora la otra mitad, la mitad irredimible que levanta sus montes de cemento donde laten los corazones de los animalitos que se olvidan y donde caeremos todos en la última fiesta de los taladros. Os escupo en la cara. La otra mitad me escucha devorando, cantando, volando en su pureza como los niños en las porterías que llevan frágiles palitos a los huecos donde se oxidan las antenas de los insectos. No es el infierno, es la calle. No es la muerte, es la tienda de frutas. Hay un mundo de ríos quebrados y distancias inasibles en la patita de ese gato quebrada por el automóvil, y yo oigo el canto de la lombriz en el corazón de muchas niñas. óxido, fermento, tierra estremecida. Tierra tú mismo que nadas por los números de la oficina. ¿Qué voy a hacer, ordenar los paisajes? ¿Ordenar los amores que luego son fotografías, que luego son pedazos de madera y bocanadas de sangre? No, no; yo denuncio, yo denuncio la conjura de estas desiertas oficinas que no radian las agonías, que borran los programas de la selva, y me ofrezco a ser comido por las vacas estrujadas cuando sus gritos llenan el valle donde el Hudson se emborracha con aceite.

Federico García Lorca, 1929-1930

 

BALADA

Él pasó con otra; yo le vi pasar. Siempre dulce el viento y el camino en paz. ¡Y estos ojos míseros le vieron pasar! Él va amando a otra por la tierra en flor. Ha abierto el espino; pasa una canción. ¡Y él va amando a otra por la tierra en flor! El besó a la otra a orillas del mar; resbaló en las olas la luna de azahar. ¡Y no untó mi sangre la extensión del mar! El irá con otra por la eternidad. Habrá cielos dulces. (Dios quiera callar.) ¡Y él irá con otra por la eternidad!

Gabriela Mistral

 

GRITO HACIA ROMA (DESDE LA TORRE DEL CHRYSLER BUILDING) Manzanas levemente heridas por finos espadines de plata, nubes rasgadas por una mano de coral que lleva en el dorso una almendra de fuego, Peces de arsénico como tiburones, tiburones como gotas de llanto para cegar una multitud, rosas que hieren Y agujas instaladas en los caños de la sangre, mundos enemigos y amores cubiertos de gusanos caerán sobre ti. Caerán sobre la gran cúpula que untan de aceite las lenguas militares donde un hombre se orina en una deslumbrante paloma y escupe carbón machacado rodeado de miles de campanillas. Porque ya no hay quien reparte el pan ni el vino, ni quien cultive hierbas en la boca del muerto, ni quien abra los linos del reposo, ni quien llore por las heridas de los elegantes. No hay más que un millón de herreros forjando cadenas para los niños que han de venir. No hay más que un millón de carpinteros que hacen ataúdes sin cruz. No hay más que un gentío de lamentos que se abren las ropas en espera de la bala. El hombre que desprecia la paloma debía hablar, debía gritar desnudo entre las columnas, y ponerse una inyección para adquirir la lepra y llorar un llanto tan terrible que disolviera sus anillos y sus teléfonos de diamante. Pero el hombre vestido de blanco ignora el misterio de la espiga, ignora el gemido de la parturienta, ignora que Cristo puede dar agua todavía, ignora que la moneda quema el beso de prodigio y da la sangre del cordero al pico idiota del faisán. Los maestros enseñan a los niños una luz maravillosa que viene del monte; pero lo que llega es una reunión de cloacas donde gritan las oscuras ninfas del cólera. Los maestros señalan con devoción las enormes cúpulas sahumadas; pero debajo de las estatuas no hay amor, no hay amor bajo los ojos de cristal definitivo. El amor está en las carnes desgarradas por la sed, en la choza diminuta que lucha con la inundación; el amor está en los fosos donde luchan las sierpes del hambre, en el triste mar que mece los cadáveres de las gaviotas y en el oscurísimo beso punzante debajo de las almohadas. Pero el viejo de las manos traslucidas dirá: amor, amor, amor, aclamado por millones de moribundos; dirá: amor, amor, amor, entre el tisú estremecido de ternura; dirá: paz, paz, paz, entre el tirite de cuchillos y melones de dinamita; dirá: amor, amor, amor, hasta que se le pongan de plata los labios. Mientras tanto, mientras tanto, ¡ay!, mientras tanto, los negros que sacan las escupideras, los muchachos que tiemblan bajo el terror pálido de los directores, las mujeres ahogadas en aceites minerales, la muchedumbre de martillo, de violín o de nube, ha de gritar aunque le estrellen los sesos en el muro, ha de gritar frente a las cúpulas, ha de gritar loca de fuego, ha de gritar loca de nieve, ha de gritar con la cabeza llena de excremento, ha de gritar como todas las noches juntas, ha de gritar con voz tan desgarrada hasta que las ciudades tiemblen como niñas y rompan las prisiones del aceite y la música, porque queremos el pan nuestro de cada día, flor de aliso y perenne ternura desgranada, porque queremos que se cumpla la voluntad de la Tierra que da sus frutos para todos.

Federico García Lorca, 1929-1930

 

NOCTURNO Padre Nuestro, que estás en los cielos, ¡por qué te has olvidado de mí! Te acordaste del fruto en febrero, al llagarse su pulpa rubí. ¡Llevo abierto también mi costado, y no quieres mirar hacia mí! Te acordaste del negro racimo, y lo diste al lagar carmesí; y aventaste las hojas del álamo, con tu aliento, en el aire sutil. ¡Y en el ancho lagar de la muerte aun no quieres mi pecho oprimir! Caminando vi abrir las violetas; el falerno del viento bebí, y he bajado, amarillos, mis párpados, por no ver más enero ni abril. Y he apretado la boca, anegada de la estrofa que no he de exprimir. ¡Has herido la nube de otoño y quieres volverte hacia mí! Me vendió el que besó mi mejilla; me negó por la túnica ruin. Yo en mis versos el rostro con sangre, como Tú sobre el paño, le di, y en mi noche del Huerto, me han sido Juan cobarde y el Ángel hostil. Ha venido el cansancio infinito a clavarse en mis ojos, al fin: el cansancio del día que muere y el del alba que debe venir; ¡el cansancio del cielo de estaño y el cansancio del cielo de añil! Ahora suelto la mártir sandalia y las trenzas pidiendo dormir. Y perdida en la noche, levanto el clamor aprendido deTi: ¡Padre Nuestro, que estás en los cielos, por qué te has olvidado de mí!

Gabriela Mistral

 

ROMANCE DE LA DONCELLA GUERRERA Pregonadas son las guerras de Francia para Aragón, ¡Cómo las haré yo, triste, viejo y cano, pecador! ¡No reventaras, condesa, por medio del corazón, que me diste siete hijas, y entre ellas ningún varón! Allí habló la más chiquita, en razones la mayor: -No maldigáis a mi madre, que a la guerra me iré yo; me daréis las vuestras armas, vuestro caballo trotón. -Conoceránte en los pechos, que asoman bajo el jubón. -Yo los apretaré, padre, al par de mi corazón. -Tienes las manos muy blancas, hija no son de varón. -Yo les quitaré los guantes para que las queme el sol. -Conocerante en los ojos, que otros más lindos no son. -Yo los revolveré, padre, como si fuera un traidor. Al despedirse de todos, se le olvida lo mejor: -¿Cómo me he de llamar, padre? -Don Martín el de Aragón. -Y para entrar en las cortes, padre ¿cómo diré yo? -Besoos la mano, buen rey, las cortes las guarde Dios. Dos años anduvo en guerra y nadie la conoció si no fue el hijo del rey que en sus ojos se prendó. -Herido vengo, mi madre, de amores me muero yo; los ojos de Don Martín son de mujer, de hombre no. -Convídalo tú, mi hijo, a las tiendas a feriar, si Don Martín es mujer, las galas ha de mirar. Don Martín como discreto, a mirar las armas va: -¡Qué rico puñal es éste, para con moros pelear! -Herido vengo, mi madre, amores me han de matar, los ojos de Don Martín roban el alma al mirar. -Llevarasla tú, hijo mío, a la huerta a solazar; si Don Martín es mujer, a los almendros irá. Don Martín deja las flores, un vara va a cortar: -¡Oh, qué varita de fresno para el caballo arrear! -Hijo, arrójale al regazo tus anillas al jugar: si Don Martín es varón, las rodillas juntará; pero si las separase, por mujer se mostrará. Don Martín muy avisado hubiéralas de juntar. -Herido vengo, mi madre, amores me han de matar; los ojos de Don Martín nunca los puedo olvidar. -Convídalo tú, mi hijo, en los baños a nadar. Todos se están desnudando; Don Martín muy triste está: -Cartas me fueron venidas, cartas de grande pesar, que se halla el Conde mi padre enfermo para finar. Licencia le pido al rey para irle a visitar. -Don Martín, esa licencia no te la quiero estorbar. Ensilla el caballo blanco, de un salto en él va a montar; por unas vegas arriba corre como un gavilán: -Adiós, adiós, el buen rey, y tu palacio real; que dos años te sirvió una doncella leal!. Óyela el hijo del rey, trás ella va a cabalgar. -Corre, corre, hijo del rey que no me habrás de alcanzar hasta en casa de mi padre si quieres irme a buscar. Campanitas de mi iglesia, ya os oigo repicar; puentecito, puentecito del río de mi lugar, una vez te pasé virgen, virgen te vuelvo a pasar. Abra las puertas, mi padre, ábralas de par en par. Madre, sáqueme la rueca que traigo ganas de hilar, que las armas y el caballo bien los supe manejar. Tras ella el hijo del rey a la puerta fue a llamar.

Anónimo

 

ROMANCE DE LA DONCELLA GUERRERA

En Sevilla a un sevillano siete hijas le dio Dios, todas siete fueron hembras y ninguna fue varón. A la más chiquita de ellas le llevó la inclinación de ir a servir a la guerra vestidita de varón. Al montar en el caballo la espada se le cayó; por decir, maldita sea, dijo: maldita sea yo. El Rey que la estaba oyendo, de amores se cautivó, -Madre los ojos de Marcos son de hembra, no de varón. -Convídala tú, hijo mío, a los rios a nadar, que si ella fuese hembra no se querrá desnudar. Toditos los caballeros se empiezan a desnudar, y el caballero Don Marcos se ha retirado a llorar. Por qué llora Vd. Don Marcos por qué debo de llorar, por un falso testimonio que me quieren levantar. No llores alma querida no llores mi corazón, que eso que tú tanto sientes, eso lo deseo yo.

 

ROMANCE DEL MORO DE ANTEQUERA

De Antequera sale un moro, de Antequera, aquesa villa, cartas llevaba en su mano, cartas de mensajería, escritas iban con sangre, y no por falta de tinta, el moro que las llevaba ciento y veinte años había. Ciento y veinte años el moro, de doscientos parecía, la barba llevaba blanca muy larga hasta la cinta, con la cabeza pelada la calva le relucía; toca llevaba tocada, muy grande precio valía, la mora que la labrara por su amiga la tenía. Caballero en una yegua que grande precio valía, no por falta de caballos, que hartos él se tenía; alhareme en su cabeza con borlas de seda fina. Siete celadas le echaron, de todas se escabullía; por los cabos de Archidona a grandes voces decía: -Si supieres, el rey moro, mi triste mensajería mesarías tus cabellos y la tu barba vellida. Tales lástimas haciendo llega a la puerta de Elvira; vase para los palacios donde el rey moro vivía. Encontrado ha con el rey que del Alhambra salía con doscientos de a caballo, los mejores que tenía. Ante el rey, cuando le halla, tales palabras decía: -Mantenga Dios a tu alteza, salve Dios tu señoría. -Bien vengas, el moro viejo, días ha que te atendía. -¿Qué nuevas me traes, el moro, de Antequera esa mi villa? -No te las diré, el buen rey, si no me otorgas la vida. -Dímelas, el moro viejo, que otorgada te sería. -Las nuevas que, rey, sabrás no son nuevas de alegría: que ese infante don Fernando cercada tiene tu villa. Muchos caballeros suyos la combaten cada día: aquese Juan de Velasco y el que Henríquez se decía, el de Rojas y Narváez, caballeros de valía. De día le dan combate, de noche hacen la mina; los moros que estaban dentro cueros de vaca comían, si no socorres, el rey, tu villa se perdería.

Anónimo

 

ROMANCE DE ANTEQUERA

De Antequera partió el moro tres horas antes del día, con cartas en la su mano en que socorro pedía. Escritas iban con sangre, más no por falta de tinta. El moro que las llevaba ciento y veinte años había, la barba tenía blanca, la calva le relucía; toca llevaba tocada, muy grande precio valía. La mora que la labrara por su amiga la tenía; alhaleme en su cabeza con borlas de seda fina; caballero en una yegua, que caballo no quería. Solo con un pajecico que le tenga compañía, no por falta de escuderos, que en su casa hartos había. Siete celadas le ponen de mucha caballería, mas la yegua era ligera, de entre todos se salía; por los campos de Archidona a grandes voces decía: -¡Oh buen rey, si tú supieses mi triste mensajería, mesarías tus cabellos y la tu barba vellida! El rey, que venir lo vido, a recebirlo salía con trescientos de caballo, la flor de la morería. -Bien seas venido, el moro, buena sea tu venida. -Alá te mantenga, el rey, con toda tu compañía. -Dime, ¿qué nuevas me traes de Antequera, esa mi villa? -Yo te las diré, buen rey, si tú me otorgas la vida. -La vida te es otorgada, si traición en ti no había. -¡Nunca Alá lo permitiese hacer tan gran villanía!, mas sepa tu real alteza lo que ya saber debría, que esa villa de Antequera en grande aprieto se vía, que el infante don Fernando cercada te la tenía. Fuertemente la combate sin cesar noche ni día; manjar que tus moros comen, cueros de vaca cocida. Buen rey, si no la socorres, muy presto se perdería. El rey, cuando aquesto oyera, de pesar se amortecía; haciendo gran sentimiento, muchas lágrimas vertía; rasgaba sus vestidudas, con gran dolor que tenía, ninguno le consolaba, porque no lo permitía; mas después, en sí tornando, a grandes voces decía: -Tóquense mi añafiles, trompetas de plata fina; júntense mis caballeros cuantos en mi reino había, vayan con mis dos hermanos a Archidona, esa mi villa, en socorro de Antequera, llave de mi señoría. Y ansí, con este mandado se junto gran morería; ochenta mil peones fueron el socorro que venía, con cinco mil de caballo, los mejores que tenía. Ansí en la Boca del Asna este real sentado había a la vista del infante, el cual ya se apercebía, confiando en la gran victoria que de ellos Dios le daría, sus gentes bien ordenadas; de San Juan era aquel día cuando se dió la batalla de los nuestros tan herida, que por ciento y veinte muertos quince mil moros había. Después de aquesta batalla fue la villa combatida con lombardas y pertrechos y con una gran bastida conque le ganan las torres de donde era defendida. Después dieron el castillo los moros a pleitesía, que libres con sus haciendas el infante los pornía en la villa de Archidona, lo cual todo se cumplía; y ansí se ganó Antequera a loor de Santa María.

Anónimo

 

PÉRDIDA DE ANTEQUERA

De Antequera salió el moro Tres horas antes del día, Con cartas en la sus manos En que socorro pedía. Por los campos de Archidona A grandes voces decía: -¡Oh buen rey, si tú supieses Mi triste mensajería! El rey, que venir lo vido, A recebirlo salía Con tres cientos de a caballo, La flor de la morería. Anónimo Versión y música de Miguel de Fuenllana

 

PAISAJES DE LA PATAGONIA 3. TRES ÁRBOLES

Tres árboles caídos quedaron a la orilla del sendero. El leñador los olvidó, y conversan apretados de amor, como tres ciegos. El sol de ocaso pone su sangre viva en los hendidos leños ¡y se llevan los vientos la fragancia de su costado abierto! Uno torcido, tiende su brazo inmenso y de follaje trémulo hacia el otro, y sus heridas como dos ojos son, llenos de ruego. El leñador los olvidó. La noche vendrá. Estaré con ellos. Recibiré en mi corazón sus mansas resinas. Me serán como de fuego. ¡Y mudos y ceñidos, nos halle el día en un montón de duelo!

Gabriela Mistral

 

ROMANCE DE DON BUESO Lunes era, lunes de Pascua florida, guerrean los moros los campos de Oliva. ¡Ay campos de Oliva, ay campos de Grana, tanta buena gente llevan cautivada! ¡Tanta buena gente que llevan cautiva!, y entre ellos llevaban a la infanta niña; cubierta la llevan de oro y perlería, a la reina mora la presentarían. -Toméis, vos, señora, esta cautivita, que en España toda no la hay tan bonita; toméis vos, señora, esta cautivada, que en todo tu reino no la hay tan galana. No la quiero, no, a la cautivita, que el rey es mancebo, la enamoraría. -No la quiero, no, a la cautivada, que el rey es mancebo, la enamorara. -Mandadla, señora, con el pan al horno, allí dejará hermosura el rostro; mandadla, señora, a lavar al río, allí dejará hermosura y brío. Paños de la reina va a lavar la niña; lloviendo, nevando, la color perdía; la niña lavando, la niña torciendo, aun bien no amanece los paños tendiendo. Madruga Don Bueso al romper el día, a tierra de moros a buscar amiga. Hallóla lavando en la fuente fría: -Quita de ahí, mora, hija de judía, deja a mi caballo beber agua limpia. -¡Reviente el caballo y quien lo traía!, que yo no soy mora ni hija de judía, sino una cristiana que aquí estoy cautiva. -¡Oh qué lindas manos en el agua fría!, ¿si venís, la niña, en mi compañía? ¡Oh qué blancas manos en el agua clara! ¿si queréis, la niña, venir en compaña? -Con un hombre solo yo a fe no me iría, por los altos montes miedo te tendría. -Juro por mi espada, mi espada dorida, de no hacerte mal, más que a hermana mía. -Pues ir, caballero, de buen grado iría. ¿Paños de la reina yo qué los haría? -Los de grana y oro tráelos, vida mía, los de holanda y plata al río echarías. Y digas, la niña, la niña garrida, ¿has de ir en las ancas o has de ir en la silla? -Montaré en las ancas que es más honra mía. Tomóla don Bueso, a ancas la subía. Tierras van andando, tierras conocía, tierras va mirando da en llorar la niña. -¿Por qué lloras, flor, por qué lloras, vida?, ¡maldígame Dios si yo mal te haría! -¡Ay campos de Grana, ay campos de Oliva, veo los palacios donde fui nacida! Cuando el rey mi padre plantó aquí esta oliva, él se la plantaba, yo se la tenía, mi madre la reina bordaba y cosía, yo como chiquita la seda torcía, mi hermano don Bueso los toros corría; yo como chiquita la aguja enhebraba, mi hermano don Bueso caballos domaba. ¡Abrid puertas, madre, puertas de alegría, por traeros nuera traigo vuestra hija! -¡Si me traes nuera, sea bien venida! Para ser mi hija, ¡qué descolorida! -¿Qué color, mi madre, qué color quería, si hace siete años que pan no comía, si no eran los berros de una fuente fría do culebras cantan, caballos bebían? ¡Si no eran los berros de unas aguas margas do caballos beben y culebras cantan! ¡Válgame Dios, valga, y Santa María! ¡Ay campos de Grana, ay campos de Oliva!

Anónimo

 

«-¡Ay, amargas soledades de mi bellísima Filis, destierro bien empleado del agravio que la hice! Envejézcanse mis años en estos montes que vistes, que quien sufre como piedra es bien que en piedras habite. ¡Ay horas tristes, cuán diferente estoy del que me vistes! ¡Con cuánta razón os lloro, pensamientos juveniles que al principio de mis años cerca del fin me trujistes! Retrato de mala mano, mudable tiempo me heciste sin nombre no me conocen aunque despacio me miren. ¡Ay horas tristes, cuán diferente estoy del que me vistes! Letra ha sido sospechosa, que clara y escura sirve, que por no borrarla toda, encima se sobre escribe. Pienso a veces que soy otro hasta que el dolor me dice que quien le sufre tan grande ser otro fuera imposible-». ¡Ay horas tristes, cuán diferente estoy del que me vistes! Lope Félix de Vega Carpio

 

INSCRIPCIÓN EN CUALQUIER SEPULCRO

No arriesgue el mármol temerario gárrulas transgresiones al todopoder del olvido, enumerando con prolijidad el nombre, la opinión, los acontecimientos, la patria. Tanto abalorio bien adjudicado está a la tiniebla y el mármol no hable lo que callan los hombres. Lo esencial de la vida fenecida -la trémula esperanza, el milagro implacable del dolor y el asombro del goce- siempre perdurará. Ciegamente reclama duración el alma arbitraria cuando la tiene asegurada en vidas ajenas, cuando tú mismo eres el espejo y la réplica de quienes no alcanzaron tu tiempo y otros serán (y son) tu inmortalidad en la tierra.

Jorge Luis Borges, 1923

SONETO XXIV

Amor, amor, las nubes a la torre del cielo subieron como triunfantes lavanderas, y todo ardió en azul, todo fue estrella: el mar, la nave, el día se desterraron juntos. Ven a ver los cerezos del agua constelada y la clave redonda del rápido universo, ven a tocar el fuego del azul instantáneo, ven antes de que sus pétalos se consuman. No hay aquí sino luz, cantidades, racimos, espacio abierto por las virtudes del viento hasta entregar los últimos secretos de la espuma. Y entre tantos azules celestes, sumergidos, se pierden nuestros ojos adivinando apenas los poderes del aire, las llaves submarinas.

Pablo Neruda, 1959

 

SONETO XXV Antes de amarte, amor, nada era mío: vacilé por las calles y las cosas: nada contaba ni tenía nombre: el mundo era del aire que esperaba. Yo conocí salones cenicientos, túneles habitados por la luna, hangares crueles que se despedían, preguntas que insistían en la arena. Todo estaba vacío, muerto y mudo, caído, abandonado y decaído, todo era inalienablemente ajeno, todo era de los otros y de nadie, hasta que tu belleza y tu pobreza llenaron el otoño de regalos.

Pablo Neruda, 1959

 

CANTICA DE SSERRANA

Cerca de Tablada, la sierra passada, falléme con Alda, a la madrugada. Ençima del puerto cuydéme ser muerto de nieue e de frío e dese rruçío e de grand' elada. Ya a la decida dy una corrida: fallé una sserrana fermosa, loçana e byen colorada dixel' yo a ella: «Omíllome, bella.», Diz': «Tú, que bien corres, aquí non t' engorres, anda tu jornada.» Yo l' dix: «Frío tengo, e por eso vengo a vos, fermosura: quered por mesura oy darme posada.» Díxome la moça: «Pariente, mi choça el qu' en ella posa conmigo desposa e dame soldada,» Yo l' dixe: «De grado; mas yo so cassado aquí en Ferreros; mas de mis dineros darvos he, amada», Diz: «Vente comigo»; Levóme consigo, diome buena lunbre, com' era costunbre de sierra nevada. Diom' pan de centeno tyznado, moreno, diome vino malo, agrillo e ralo, e carne salada, Diom' queso de cabras: Diz: «Fidalgo, abras ese blaço, toma un canto de soma, que tengo guardada», Diz: «Uéspet, almuerça, e bev' e esfuerça, caliéntat' e paga de mal no s' te faga fasta la tornada. »Quien donas me diere, quales yo pediere, avrá buena çena e lichiga buena, que no l' cueste nada.» «Vos, qu' eso desides, ¿por qué non pedides la cosa çertera?» Ella diz: «¡Maguera! ¿Sy me será dada? »Pues dame una çinta bermeja, byen tynta, e buena camisa fecha a mi guisa con su collarada »Dame buenas sartas d' estaña e hartas, e dame halía de buena valya, pelleja delgada. »Dame buena toca, lystada de cota, e dame çapatas, bermejas byen altas, de pieça labrada. »Con aquestas joyas, quiero que lo oyas, serás byen venido: serás mi marido e yo tu velada». «Sserrana señora, tant' algo agora non trax' por ventura; faré fladura para la tornada.» Díxome la heda: «Do non ay moneda, non ay merchandía nin ay tan buen día nin cara pagada. »Non ay mercadero bueno sin dinero, e yo non me pago del que non da algo nin le dó posada. »Nunca d' omenaje pagan ostelaje; por dineros faze ome quanto'l plase: cosa es provada.»

Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, 1320

 

POEMA 18

Aquí te amo. En los oscuros pinos se desenreda el viento. Fosforece la luna sobre las aguas errantes. Andan días iguales persiguiéndose. Se desciñe la niebla en danzantes figuras. Una gaviota de plata se descuelga del ocaso. A veces una vela. Altas, altas estrellas. O la cruz negra de un barco. Solo. A veces amanezco, y hasta mi alma está húmeda. Suena, resuena el mar lejano. Este es un puerto. Aquí te amo. Aquí te amo y en vano te oculta el horizonte. Te estoy amando aún entre estas frías cosas. A veces van mis besos en esos barcos graves, que corren por el mar hacia donde no llegan. Ya me veo olvidado como estas viejas anclas. Son más tristes los muelles cuando atraca la tarde. Se fatiga mi vida inútilmente hambrienta. Amo lo que no tengo. Estás tú tan distante. Mi hastío forcejea con los lentos crepúsculos. Pero la noche llega y comienza a cantarme. La luna hace girar su rodaje de sueño. Me miran con tus ojos las estrellas más grandes. Y como yo te amo, los pinos en el viento, quieren cantar tu nombre con sus hojas de alambre. Pablo Neruda, 1924 POEMA 19 Niña morena y ágil, el sol que hace las frutas, el que cuaja los trigos, el que tuerce las algas, hizo tu cuerpo alegre, tus luminosos ojos y tu boca que tiene la sonrisa del agua. Un sol negro y ansioso se te arrolla en las hebras de la negra melena, cuando estiras los brazos. Tú juegas con el sol como con un estero y él te deja en los ojos dos oscuros remansos. Niña morena y ágil, nada hacia ti me acerca. Todo de ti me aleja, como del mediodía. Eres la delirante juventud de la abeja, la embriaguez de la ola, la fuerza de la espiga. Mi corazón sombrío te busca, sin embargo, y amo tu cuerpo alegre, tu voz suelta y delgada. Mariposa morena dulce y definitiva como el trigal y el sol, la amapola y el agua.

Pablo Neruda, 1924

POEMA 20

Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Escribir, por ejemplo: «La noche está estrellada, y tiritan, azules, los astros, a lo lejos.» El viento de la noche gira en el cielo y canta. Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Yo la quise, y a veces ella también me quiso. En las noches como ésta la tuve entre mis brazos. La besé tantas veces bajo el cielo infinito. Ella me quiso, a veces yo también la quería. Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos. Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido. Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella. Y el verso cae al alma como al pasto el rocío. Qué importa que mi amor no pudiera guardarla. La noche está estrellada y ella no está conmigo. Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos. Mi alma no se contenta con haberla perdido. Como para acercarla mi mirada la busca. Mi corazón la busca, y ella no está conmigo. La misma noche que hace blanquear los mismos árboles. Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise. Mi voz buscaba el viento para tocar su oído. De otro. Será de otro. Como antes de mis besos. Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos. Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero. Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido. Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos, Mi alma no se contenta con haberla perdido. Aunque éste sea el último dolor que ella me causa, y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.

Pablo Neruda, 1924

 

EL VIENTO EN LA ISLA

El viento es un caballo: óyelo cómo corre por el mar, por el cielo. Quiere llevarme: escucha cómo recorre el mundo para llevarme lejos. Escóndeme en tus brazos por esta noche sola, mientras la lluvia rompe contra el mar y la tierra su boca innumerable. Escucha como el viento me llama galopando para llevarme lejos. Con tu frente en mi frente, con tu boca en mi boca, atados nuestros cuerpos al amor que nos quema, deja que el viento pase sin que pueda llevarme. Deja que el viento corra coronado de espuma, que me llame y me busque galopando en la sombra, mientras yo, sumergido bajo tus grandes ojos, por esta noche sola descansaré, amor mío.

Pablo Neruda

 

SONETO I

Matilde, nombre de planta o piedra o vino, de lo que nace de la tierra y dura, palabra en cuyo crecimiento amanece, en cuyo estío estalla la luz de los limones. En ese nombre corren navíos de madera rodeados por enjambres de fuego azul marino, y esas letras son el agua de un río que desemboca en mi corazón calcinado. Oh nombre descubierto bajo una enredadera como la puerta de un túnel desconocido que comunica con la fragancia del mundo! Oh invádeme con tu boca abrasadora, indágame, si quieres, con tus ojos nocturnos, pero en tu nombre déjame navegar y dormir.

Pablo Neruda, 1959

EL TIGRE

Soy el tigre. Te acecho entre las hojas anchas como lingotes de mineral mojado. El río blanco crece bajo la niebla. Llegas. Desnuda te sumerges. Espero. Entonces en un salto de fuego, sangre, dientes, de un zarpazo derribo tu pecho, tus caderas. Bebo tu sangre, rompo tus miembros uno a uno. Y me quedo velando por años en la selva tus huesos, tu ceniza, inmóvil, lejos del odio y de la cólera, desarmado en tu muerte, cruzado por las lianas, inmóvil, lejos del odio y de la cólera, desarmado en tu muerte, cruzado por las lianas, inmóvil en la lluvia, centinela implacable de mi amor asesino.

Pablo Neruda

 

SONETO II

Amor, cuántos caminos hasta llegar a un beso, qué soledad errante hasta tu compañía! Siguen los trenes solos rodando con la lluvia. En Taltal no amanece aún la primavera. Pero tú y yo, amor mío, estamos juntos, juntos desde la ropa a las raíces, juntos de otoño, de agua, de caderas, hasta ser sólo tú, sólo yo juntos. Pensar que costó tantas piedras que lleva el río, la desembocadura del agua de Boroa, pensar que separados por trenes y naciones tú y yo teníamos que simplemente amarnos, con todos confundidos, con hombres y mujeres, con la tierra que implanta y educa los claveles.

Pablo Neruda, 1959

 

 

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