EL PERRO DEL MILLONARIO
Aunque era el más rico del barrio, Fermín Dell'Oro lo pensaba veinte veces antes de gastar un peso. Pero aquel día se cumplían dos años desde que sus hijos habían empezado a llorar pidiendo un perro afgano, así que por fin decidió hacer esa compra. Fue a la veterinaria más barata y vio que allí se vendían dos afganos, uno hermoso y caro, y otro flaco y desganado, pero de precio más económico. Fermín habló media hora con el vendedor hasta conseguir una rebaja y que le diera gratis la soguita y el collar. Al fin salió a la vereda con el afgano feo, pensando en sus hijos:
- Me anticiparé a ellos y le pondré un nombre corto, como "León" o "Leo" - se dijo el señor Dell'Oro -, por si se les ocurre grabarle el nombre en una medalla... así me saldrá más barato...
Absorbido por esos pensamientos, no advirtió que lo seguían dos ladrones.
Dell'Oro iba por la vereda con la soga en su mano y atrás venía el perro, a tres metros. Uno de los ladrones desprendió rápidamente el collar del perro y, mientras su compañero se llevaba al animal, él se puso en cuatro patas detrás de Dell'Oro, imitando el andar de los perros afganos. Al llegar a la esquina el semáforo estaba rojo, así que el señor Dell'Oro se volvió hacia el perro y le dijo:
- ¡Eh, amiguito!. Tenemos que esperar un segundo. Faltan treinta cuadras... ¿No pretenderás ir en taxi, no?. Con lo que salen los taxis...
- Está bien - contestó el ladrón.
- ¿Cómo? - se asombró Dell'Oro -. Pero... ¿habla? ¿quién es usted?.
- Soy tu mascota, amo. El perro afgano que acabas de comprar en la veterinaria.
- ¿Qué broma es esta?.
- Ninguna broma, amo. Si nos detenemos un momento en una plaza y me invitas con un pancho y una gaseosa, sabrás por qué hace unos minutos parecía un perro y ahora tengo aspecto humano.
- ¿Más gastos?. Hum... que un perro se transforme en persona no es cosa corriente.
Dell'Oro compró el pancho y la gaseosa y ambos se sentaron en un borde del cantero.
-
Mi historia es asombrosa - empezó diciendo el ladrón -. En mi juventud yo era
un ladrón. Robaba todo lo que estaba a mi alcance y salía corriendo. Junto con
otro colega de mi edad inventábamos los más increíbles trucos para apoderarnos
de las cosas ajenas. Nuestras principales víctimas eran los millonarios...
- ¡Oh!.
- Y eso no es todo, pero... ¡ahí pasa un heladero!. Por favor, amo: en mi vida de perro siempre ansié tomar un helado. Nunca les dan helados a los perros.
- Está bien, te compraré uno de esos helados de un peso.
- ¡No! ¡Quiero uno de cinco pesos!.
Mientras tomaba su helado de cinco pesos, el ladrón siguió contando:
- Un día regresé a mi casa con todo lo que había robado. Al verme, mi madre quiso echarme de casa. Era una anciana que había llegado muy joven de Afganistán y ya casi no tenía fuerzas, igual le di un empujón y la insulté...
- Qué granuja...
- Lo mismo digo yo. Indignada por mi conducta, mi madre me maldijo. "Eres un perro", dijo con rabia y pena. En ese mismo instante quedé convertido en un perro. Hace de esto cinco años.
- ¡Claro, un perro afgano! - exclamó el señor Dell'Oro.
- Se nota que usted es un hombre inteligente.
- Pero... ¿cómo explica que ahora se haya convertido en humano?.
- Nunca me había sucedido. Debe ser que mi madre acaba de perdonarme.
- Claro... usted debería volver con ella. Le voy a sacar el collar y... ¡póngase de pie, ya no es un perro!.
- Es cierto. Le daría una gran alegría a mi madre. Vive muy cerca de aquí. Claro que, como comprenderá, tendría que comprarme un poco de ropa y algún regalo. Si usted me facilitara unos pesos...
- Sí, ¿cuánto necesita?. ¡Dios mío! ¿Me estaré volviendo loco?. Pagué por el perro y ahora lo dejo ir. Encima le estoy dando dinero...
Poco después, el ladrón se fue con el dinero y Dell'Oro recordó a sus hijos. Pensó que iban a llorar como locos si no les llevaba un perro. Decidió volver a la veterinaria a comprar el afgano lindo y caro.
Mientras tanto, el otro ladrón había vendido el afgano feo en la misma veterinaria, así que cuando Dell'Oro entró al negocio se llevó una gran sorpresa:
- ¡Es él!, ¡El feo! - exclamó -. ¡Maldito incorregible!. ¡Seguro volviste a robar o a empujar a tu madre!. ¡Por mí te puedes pudrir aquí que yo no te compro!. Señor vendedor, quiero comprar aquel otro, el más caro...
Ricardo Mariño.