EL ASPID IV O EL DEDO
Esto ocurrió en Polonia. Tiempo inmemorial. Tal vez, principio
de siglo. Como todos los días; como cualquier día.
En Polonia, los vacunos y caballares, en invierno, viven en
caballerizas o cobertizos, por el enorme frío, claro.
Seguramente, él no lo sabia. Pero que iba a ocurrir, iba a
ocurrir; tal como sucedió.
El hecho en si, es sumamente sorprendente y su desenlace,
increíble, pero real. ¿...?....
Démosle un nombre, como el de mi tío: Lucas.
Quien transmitiera todo esto, no dio muchos detalles respecto de
Lucas, pero sí, del suceso.
Queda sentado que Lucas era muy buen mozo, joven, alegre;
bromista.
Y como todas las mañanas se levantó, pero en ese día , con
inquietud, presentimiento, desconfianza.
En Polonia, por ser de clima sumamente frío, los bosques son de
coníferas; mi papá decía que allá no se conocen las espinas.
Y Lucas se preparó para ir al bosque a traer leña. Tiempos
lejanos de carros y caballos. Partió. No hacia frío, más bien
el clima era templado; casi cálido, ese día.
Lucas llegó, observó y se decidió a cargar un trozo de madera
en el carruaje. Colocó su mano izquierda debajo del trozo y
cuando iba a abrazar la madera con su brazo derecho para
levantarlo, sintió clavarse en la punta de su dedo índice de la
mano izquierda, los cuatro colmillos escalofriantes; aterrorizado
e instintivamente levantó la mano a la altura de su pecho y vio
la feroz mordedura. El áspid lo había envenenado. Ni pensar en
suero antiofídico. No Había. Ni hacer una quemadura; el tiempo
huía como el agua del río; como la gota de lluvia hacia el
suelo; como el viento cruzando entre las hojas.
En fracción de segundo: lo decidió. No tenía otro atenuante.
No le quedaba alternativa. Era una minúscula beta de luz
hacia la vida. Todo lo demás significaba el fin. Y en ese lapso
fugaz.
Velozmente tomó el hacha, cuyo filo semejaba una navaja;
apresuradamente, colocó la mano sobre un tronco: levantó el
hacha y la descargó con furia sobre la tercera falange del dedo
envenenado. El dolor lo torturó y cayó hecho un ovillo; el dedo
envenenado, inmóvil, yerto sobre el tronco y él, debatiéndose
en atroz dolor y en un baño de sangre. Pero se repuso. Se
serenó. Con trozos de su camisa hizo vendas, con las que ató su
herida.
El tiempo cura las heridas y ésta también sanó, pero el dedo
emponzoñado quedó para siempre sobre el tronco, en el bosque.
Transcurrió el tiempo. Cierto día Lucas fue al bosque a buscar
leña y una curiosidad, lo aguijoneó hondamente. Pensamientos,
como: ¿Qué se habrá hecho? ¿Estará en el mismo lugar?
¿ Se habrá desintegrado? Lo empezaron a martirizar y fue
derechamente al tronco, donde hacia mucho tiempo, dejó parte de
su anatomía.
Auscultó todo con calma y paciencia. Buscó y buscó y encontró
el tronco. No tardó en visualizar el dedo, que estaba en el
mismo lugar y en la misma posición en que quedó cuando lo
cercenó. Estaba todo negro y Lucas lo tomó en sus manos, sin
darse cuenta que en sus manos habían pequeñas heridas.
Cosas del destino. Lo que había sido carne, se transformó en un
polvo negruzco, que se esparció por sus manos y el hueso estaba
intacto; las falanges no se desprendían.
Se lo llevó a su casa.
Desde entonces, Lucas empezó a sentirse mal, mal; cada vez más
mal y sólo quedé yo para referir su historia, que sucedió en
Polonia; que Lucas no murió de la picadura, porque se trozó el
dedo, pero que después fue a buscarlo, nadie sabe para qué..