| Bufete de Informaciones Especiales y Noticias |
Democracia de Papel | |||
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| Por Jorge Enrique Robledo (*) | |||
Rebanadas de Realidad - Colombia, Bogotá, 06/05/06.- Hace unos días, alguien, y lamento decirles qué no he podido acordarme quién para darle el debido crédito, soltó una de esas frases síntesis que mejoran la capacidad de comprender los fenómenos sociales. "Cuando en Colombia ocurre algo que parece absurdo, incomprensible -me explicó-, hay una manera de entenderlo: póngale el factor corrupción y verá cómo se arma el rompecabezas". Ante la mucha verdad que encierra esta frase, quedaría adicionarle que el interés extranjero, en especial el del capital transnacional de los Estados Unidos, también sirve de pieza clave para dilucidar tantas decisiones que de otra manera parecen disparates. Y actúa como idea esclarecedora que engloba a las anteriores pensar que quienes gobiernan a Colombia deciden como deciden porque carecen de un proyecto económico y social que incluya el progreso del conjunto de la nación, pues les parece una genialidad organizar las cosas para que a ellos les vaya bien aunque a los demás colombianos les vaya mal. Los que lean el libro que presentan esta noche Intermedio Editores - Círculo de Lectores, a quienes les agradezco su esfuerzo editorial, se encontrarán con que, con las claves mencionadas en el párrafo anterior, se dilucidan hechos supuestamente incomprensibles de la vida nacional. En "Democracia de papel", que contiene una selección de mis debates en el Senado de la República, se analizan aparentes absurdos como la insistencia en la fumigación aérea de los plantíos de coca y amapola y el reiterado intento de asperjar también los localizados en los parques nacionales naturales de Colombia. El descarado negociado de la privatización de Telecom, una empresa con rentabilidades operativas que cuadruplican las de las compañías de celulares que se dice deben salvarla y que en los análisis da que lo vendido por 360 millones de dólares vale por lo menos dos mil. La decisión de seguirles empeorando el derecho de pensión a los colombianos, mientras los usufructuarios de los que debieran ser los recursos de los trabajadores se echan al bolsillo sumas enormes especulando con papeles de deuda pública. La insistencia en privatizar la educación, a pesar de que la privada, por sus costos, es inalcanzable para tantos colombianos, y suele caracterizarse por un grado tal de mediocridad que constituye una estafa a las personas y un atentado contra el progreso de la nación. La privatización, también a menosprecio, de las electrificadoras regionales y su impacto sobre tantos compatriotas que no son capaces de pagar las altas tarifas, por lo que vienen quedándose sin los servicios públicos que se supone hacen parte del mínimo vital de que debe disponer una familia. En fin, los inmensos subsidios a los ingenios para la producción de alcohol carburante a partir de la caña de azúcar, en el mismo momento en que el gobierno, con el TLC, sacrifica una porción enorme del agro nacional y mantiene la retórica neoliberal que dice que la producción no debe ser protegida por el Estado. A propósito del TLC con Estados Unidos, sin duda la peor amenaza para el país en toda su vida republicana, en el libro hay un análisis cuya primera edición data de abril de 2004, pero que tiene el merito de conservar su vigencia, pues todo lo dicho en él se cumplió como una especie de maldición de fábula, acierto analítico que confirma que sí hay claves que permiten comprender y hasta anticipar lo que de otra manera puede tornarse incomprensible, si se les suman, como es obvio, las necesarias investigaciones y los análisis rigurosos. Incluso, allí se advirtió que una de las primeras víctimas del TLC sería la Comunidad Andina (CAN). Luego no vengan ahora quienes sacrificaron el interés de Colombia a declararse sorprendidos por lo que ocurre, que no es más que la destrucción formal y legal de lo que Estados Unidos ya había logrado en los hechos, dentro de su propósito de recolonizar el continente, imposición que alcanzó con la alcahuetería de sus representantes en los gobiernos de Colombia y Perú. En razón del debate actual, y la actitud de los neoliberales criollos de faltar a la verdad al respecto, se justifica explicar en breve por qué el TLC destruye la CAN, aun cuando su fin no se decidiera formal y legalmente. Todo se reduce a que, primero, esta tiene como elemento constitutivo fundamental -lo que el Ministro de Comercio, Jorge Humberto Botero, llama "el eje de la integración comercial"- que entre los signatarios se exportan sin aranceles, mientras que frente a terceros países tienen un Arancel Externo Común (AEC) que protege a todos los miembros. Y a que, segundo, con el TLC, Colombia y Perú le darán cero arancel a los productos de Estados Unidos, lo que, inevitablemente, reemplazará importaciones intraCAN por compras a empresas estadounidenses, cambio que dañará a todos los países andinos pero más a Colombia, por ser el principal exportador de la Comunidad, con el cincuenta por ciento de las ventas totales. Hagamos votos, por tanto, porque la lucha de los pueblos andinos termine por hundir, durante sus trámites de ratificación, el TLC. Entonces, si la economía y la sociedad colombiana funcionan tan mal como se sabe no es por un castigo del cielo, ni porque la nación esté conformada por una raza inferior como afirman algunos nativos que ni siquiera se dan cuenta de que escupen hacia arriba, ni porque los misterios del desarrollo económico sean inescrutables, dado que estos se dilucidaron desde hace décadas. El problema se reduce a que en este país no ha habido un modelo económico y social concebido con el propósito de desarrollar a Colombia, como sí ocurrió en los países que tuvieron éxito en la construcción industrial y capitalista. Desde finales del siglo XIX y los albores del XX, y más a partir del neoliberalismo, los sectores dominantes de Colombia decidieron separar sus intereses personales de los de la nación, atándolos a los de los extranjeros, los cuales fueron cada vez más los Estados Unidos, país que con el asalto a Panamá anunció que había entrado definitivamente en su fase imperialista, la misma que desde entonces orienta la totalidad de sus decisiones. Lo mal que cae en los círculos gobernantes, y entre algunos despistados, relacionar las desgracias nacionales con la dominación de la Casa Blanca no demuestra que esta no exista, sino todo lo contrario: es tanto el poder del Imperio, que ha podido someter a censura el propio empleo de su nombre. Por tanto, sacar a Colombia de la crisis cada vez peor que la afecta no es difícil, por lo menos en el terreno de la teoría. Lo primero que se requiere, como diría Perogrullo, consiste en poner en la dirección del Estado a quienes tengan el propósito de superar el desastre nacional, luego de derrotar, por supuesto, a la rosca de logreros que en medio de un mar de corrupción sostiene que mientras a ellos ganen, las cosas son satisfactorias, así en sus narices la nación sufra por todo tipo de carencias. El segundo gran cambio tiene que ver con reivindicar y ejercer la soberanía nacional como la más poderosa palanca del desarrollo económico y social, lo que significa que el país puede y debe tener relaciones económicas y diplomáticas con todos los países de la tierra, incluido Estados Unidos, pero en pie de igualdad y beneficio recíproco. Y lo tercero, que incluye varios aspectos avalados por la experiencia de los países que han tenido éxito en su desarrollo, consiste, para empezar, en defender el trabajo y los trabajadores, es decir, sus salarios, empleos, prestaciones sociales, salud y educación, entre otras razones, además de las emanadas de una concepción democrática, porque de elevar su nivel de vida depende el fortalecimiento del mercado interno, la base del progreso industrial y agropecuario del país. Incluye defender la producción urbana y rural, contando entre esta la de los empresarios no monopolistas, porque estos también están en la mira de las trasnacionales y caben en el proyecto de amplia unidad que requiere el progreso de Colombia. Y concluye con defender la democracia, pero la auténtica, y no esta farsa que se practica en Colombia y que en mucho se reduce a que la parte política del combo que controla el país tiene el derecho de escogerse cada cuatro años mediante el empleo de cuanta corruptela sea dable concebir. Dentro de estas concepciones, y otras que no caben en la brevedad de este acto, avanza, como el auténtico fenómeno político que merece ser, dadas sus cualidades, la candidatura a la Presidencia de la República de Carlos Gaviria, candidatura que a mi juicio es más que la del Polo, así como esta organización es más que la izquierda democrática del país. Me explico: en el Polo Democrático Alternativo estamos casi todos los que somos la izquierda democrática, pero puede demostrarse que nuestros puntos de vista representan a la casi totalidad de los colombianos, sea que los demás se sientan o no de izquierda y acepten o no una denominación que ha sufrido no poco desgaste por los actos repudiables que se han cometido en su nombre. Y Gaviria es más que el Polo no en el sentido equivocado de menospreciar la importancia de la organización, porque hay que defenderla con la misma convicción con que él la defiende, sino porque su personalidad y sus planteamientos son capaces de atraer, y están atrayendo, gentes de todas las banderías políticas, hasta el punto de haberle mellado ya la soberbia al jefe máximo de la plutocracia en la que convirtieron a Colombia. Termino agradeciéndoles nuevamente a ustedes su presencia, a Intermedio Editores - Círculo de Lectores por la rigurosa y pulcra edición de la obra y, por supuesto, a Carlos Gaviria, quien comentó mi libro y mis actuaciones con la proverbial generosidad que le prodiga a sus amigos. Concluyamos este acto con la tarea más grata de conversar un rato entre nosotros. Muchas gracias. | |||
| (*)Senador de la República de Colombia. | |||
| Gentileza de MOIR. | |||