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Domingo 14 De Diciembre De 2003

Niños con alimentación deficiente (Fuente)

Muchísimos niños argentinos se alimentan en forma deficiente; otra considerable cantidad de ellos carece del mínimo indispensable de alimentos para asegurarse un correcto desarrollo. Esa crítica situación no ha pasado inadvertida ni para las autoridades ni para los investigadores. Sin embargo, todavía no se la atiende en forma debida, lo cual pone en serio riesgo el porvenir de un elevado porcentaje de nuestra niñez.

No se trata de un inconveniente circunscripto a los niveles más desposeídos de nuestra sociedad. Por el contrario, abarca un amplio espectro que incluye los sectores de mayores recursos.

¿Cómo es eso? En efecto, en las capas sociales medias y altas el problema no pasa por la escasez de comida ni la ausencia material de medios para adquirirla. Tienen a su disposición alimentos en cantidad satisfactoria, pero la deficiencia es cualitativa, porque está fincada en que no ingieren los más adecuados. Sus niños consumen, por ejemplo, notables porcentajes de alimentos y bebidas azucarados, tales como golosinas, gaseosas, galletitas, jugos y leche chocolatada, todos ellos caracterizados por sus altos valores calóricos y baja densidad nutricional. Asimismo, han perdido el sano hábito del desayuno y muestran tendencia al sobrepeso cuando todavía están en plena edad escolar.
Ese diagnóstico ha sido elaborado por el Centro de Estudios sobre la Nutrición Infantil y fue expuesto durante la Segunda Conferencia de las Américas acerca de los beneficios de la leche en la alimentación escolar, realizada en Montevideo. Dicha reunión internacional dio pie, asimismo, para la difusión de otras comprobaciones no menos serias y merecedoras de una profunda reflexión.

De acuerdo con aquellos análisis, nuestros chicos no consumen calcio, zinc, hierro ni vitamina A en las cantidades apropiadas para configurar una dieta balanceada. El desayuno generoso y provisto de los ingredientes más aconsejables era una sana costumbre que se ha ido diluyendo, entre otros motivos, por causa de las premuras impuestas por el vertiginoso ritmo de la vida moderna. Y en las escuelas, opinan los expertos, ha perdido vigencia la tradicional e irreemplazable copa de leche -inseparable de los recuerdos de los adultos que cursaron la enseñanza primaria en establecimientos públicos- ahora mayoritariamente sustituida por sucedáneos hipocalóricos provistos con monótona reiteración.

Dichos inconvenientes también obedecen, a la influencia de ciertas tendencias familiares que, pese a conocer los beneficios implícitos en la ingestión de los alimentos más recomendables, casi siempre dejan librado al gusto de los chicos qué y cómo comer. Modalidad que, obviamente, los embarca en el consumo de los productos pródigos en grasas polisaturadas, propios de modas propugnadas mediante vastos recursos publicitarios.

En cambio, las dificultades alimentarias de la niñez proveniente de las capas sociales empobrecidas son uno de los resultados de la crítica situación de nuestra economía, que ha planteado la necesidad de abaratar los consumos alimentarios.

Los resultados de esa situación son francamente preocupantes. Hay un 13% de niños menores de cinco años afectados por desnutrición crónica y un 3% que padece desnutrición aguda. Uno de cada dos lactantes es anémico.

Se coincide en que las deficiencias alimentarias -en especial el escaso o nulo consumo de leche y de lácteos- padecidas durante la infancia acarrean consecuencias que habrán de arrastrarse a lo largo de toda la vida. Sea cual fuere su motivación, afectarán la conformación ósea, el crecimiento normal, la capacidad intelectual y darán origen a enfermedades tales como la hipertensión.

No se trata, pues, de una cuestión de menor cuantía. Al contrario, salta a la vista que es una de las situaciones que entran dentro de las inexcusables competencias del Estado, puesto que se encuentra íntimamente vinculada con la salud pública. Existen, sin duda, diversos programas alimentarios sustentados por el presupuesto nacional. Lo negativo es que, siempre de acuerdo con la opinión de los expertos, esos programas "calman el hambre, pero no corrigen aquellas deficiencias de la alimentación".

Plausibles esfuerzos para revertir esa realidad han sufrido inexplicables postergaciones. Por caso, el tratamiento en el Congreso del proyecto de ley que proponía un marco legal para los denominados "bancos de alimentos". Esa iniciativa, enfocada sobre una de las herramientas más útiles para combatir el hambre en la Argentina, según quedó demostrado hace pocos días en esta misma columna editorial, perdió estado parlamentario. Es satisfactorio que haya sido reingresada con el número 4006-D-03 -la suscribieron los diputados Marta Alarcia, Jorge Bucco, Eduardo Di Cola y José Luis Fernández Valoni-, y es deseable que las comisiones de Legislación General y Acción Social y Salud Pública agilicen su tratamiento considerándola de máxima prioridad.

En definitiva, la sanción de esa ley tiene que significar el primer paso para que nuestras autoridades se aboquen a establecer políticas alimentarias sustentables, coherentes y aptas para atender los múltiples aspectos de las necesidades y deficiencias alimentarias de todos los argentinos, sin excepción alguna, poniendo el acento en la niñez y desarrollándolas en condición de políticas de Estado. De esa manera, la sociedad entera terminará de tomar conciencia de que una adecuada y satisfactoria alimentación le garantiza buena salud y mejor calidad de vida.

Copyright 2002 - 2003 - 2004

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1 ) Fuente: LA NACIÓN
Jueves 27 de noviembre de 2003
Sección Opinión
Editorial I

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