En el camino hacia esta nueva aventura, me imaginaba un mundo de basura flotante de cerros llenos de desperdicios, no lo sé, quizás quería ver lo que siempre había tenido en mi imaginación, por algo después todo cambió.
Al parecer era más allá del supuesto límite de la ciudad. El calor de ese día, hacía el viaje aún más pesado. Como esas caminatas de verano, yo y mi acompañante por la carretera esperando que algún buen conductor se dignara a llevarnos algunos kilómetros, pero nunca sucedió.
A la subida de nuestro destino, por arte de magia encontramos un colectivo. Ahora el viaje era mucho mas confortable, salvo por el alarmante comentario del chofer quien nos señaló un posible peligro en el lugar. “Tengan cuidado niños, en el vertedero andan `perros salvajes y muerden a la gente”. Con esa pura frase ya me quería bajar. No es que les tenga miedo a los perros, pero la palabra salvaje me hizo pensar en unos lobos más que perros y con mi suerte esperaba encontrarme alguno. Llegamos, aún con el chiste de los perros salvajes hasta que sucedió lo inesperado.
Un espeso aroma, un perfume indescriptible, era la mezcla de todo con todo, un olor natural, incluso con tanta aceptación que lo tuve en mi nariz por toda la tarde sin que él ni yo nos pudiéramos dejar de sentir.