LIBRO PRIMERO EL SURGIMIENTO DEL ASCETISMO

La prédica de la castidad es una incitación a lo antinatural. Todo menosprecio de la vida sexual, todo ensuciamiento de la misma por medio del concepto de lo «impuro» es el verdadero pecado contra el espíritu sagrado de la vida. 

 FRIEDRICH NIETZSCHE


CAPITULO 4: CASTIDAD CULTICA Y DESPRECIO A LA MUJER EN EL JUDAÍSMO MONOTEÍSTA

El dios del gran miembro

El culto de los árboles 

Yahvé: «Derribad sus altares»

Baal y Asera.

Muerte para el adúltero y los animales lascivos.

La mujer seduce, no el hombre

Poligamia y aversión a la virginidad 

CAPITULO 5: EL ASCETISMO EN LOS CULTOS MISTÉRICOS DEL MUNDO HELENÍSTICO

A propósito de la felicidad en la mortificación

Purificación y blanqueo de almas en la antigüedad

Preludio del celibato

Castración cúltica

A propósito de la ciénaga del paganismo


CAPITULO 4. CASTIDAD CULTICA Y DESPRECIO A LA MUJER EN EL JUDAÍSMO MONOTEÍSTA

El mito bíblico de la creación comienza allí donde termina el mito babilónico... En contra cíe los hechos, el hombre no nace de la mujer, sino que la mujer es creada a partir del hombre.  ERICH FROMM (1)

Las primeras páginas de ¡a Biblia han servido de persistente fundamento (...) a la conciencia de la superioridad física y moral de! hombre sobre la mujer, impura per se y que desde el Principio personificó el pecado. - JOHANN y AUGUSTIN THEINER, teólogos católicos (2)

Las mujeres son equiparadas en ciertas referencias religiosas a deformes, sordomudos, imbéciles, esclavos, hermafroditas y similares (...) A cualquier hombre le está permitido vender a su hija como esclava. - ERICH BROCK (3)

La religión del antiguo Israel no era todavía el monoteísmo sobrenatural de la época postexílica, sino politeísta y polidemónica, como la de todos los otros semitas. Tampoco hay pruebas de que los israelitas creyeran en la resurreción de los muertos, una idea que pudo haber aparecido bajo influencia persa; probablemente, el más temprano documento de aquélla es el llamado Apocalipsis de Isaías, en el que la vuelta a la vida sucedía gracias al rocío, lo que recuerda a ciertas ideas de la religión cananea de la fertilidad.

El dios del gran miembro

Aparte de a Yahvé que, aparentemente, fue descubierto por Moisés en el culto de su suegro Jetró, los llamados Patriarcas Abraham, Isaac y Jacob —estimados por la tradición cristiana como las columnas del monoteísmo— veneraron, entre otros, al dios semita El, situado en la cúspide del panteón cananeo, cuyo nombre significa «el dios verdadero» y cuyo título, «el toro» expresa su irresistible potencia, pues seduce a las mujeres por el tamaño de su miembro viril. En el Jerusalén de la época predavídica es adorado como dios superior; en muchos pasajes de la parte más antigua del Antiguo Testamento, se le llama «El Supremo» o «Creador del Cielo y la Tierra» (qoneh samayim wa-ares): ¡la muestra más antigua de fe creacionista en la Biblia! Más tarde se identificó fácilmente a Yahvé con El, aunque entonces el dios pagano aportó algunos rasgos positivos a la imagen israelita de Dios.

Pero el culto del antiguo judaismo no sólo incluía a El, dios del gran miembro, creador del Mundo; también se veneraba a las piedras sagradas, una práctica que estaba extendida por toda la Tierra y cuyas derivaciones alcanzan todavía a nuestro siglo. Las piedras sagradas también fueron asociadas con la vida sexual, y durante mucho tiempo los hombres las consideraron como seres animados, cargados de poder y portadores de la fertilidad. Los menhires, esparcidos por los distintos continentes, a menudo con forma de falos o adornados con ellos, también tienen, al menos parcialmente, significado genital.

Especialmente en la religión cananea, las piedras sagradas (aproximadamente del tamaño de las actuales tumbas) fueron usadas como mojones o betilos (hebr. «massebah»). Si los pilares y columnas de Asera eran signos de la diosa madre de la fertilidad, las piedras simbolizaban al dios masculino, y quizás hubiera algunas en la misma Arca de la Alianza. En todo caso, el patriarca Jacob, dormido, según la Biblia, sobre una piedra y bendecido luego con cuatro mujeres, a quien Dios hizo tantas promesas en el sueño —y no sólo a él, sino también a su «simiente» repetidamente mencionada—, reconoce que aquella piedra es befel, «casa de Dios» (¡El!). «Qué santo» exclama el piadoso personaje, «es este lugar»: aquí están verdaderamente la Casa de Dios y las Puertas del Cielo» (lo que se convirtió posteriormente en introito de la liturgia romana de Navidad). Y levanta la piedra como «señal» y la rocía con aceite. Jacob vuelve a construir esta clase de emblemas fálleos en dos pasajes bíblicos posteriores que nos hablan nuevamente de su simiente, de sus hijos y de los hijos de sus hijos, emblemas que adoptarán formas cada vez más bellas y valiosas y que, por cierto, serán prohibidos en el Deuteronomio, condenados por los profetas y destruidos finalmente en el año 620, bajo el reinado de Josías, junto con otras muchas supervivencias del culto pagano. No obstante, hoy todavía hay en Palestina y sus países vecinos numerosos betilos, los árabes siguen untando las piedras sagradas con aceite, los primitivos bailan a su alrededor con el pene en la mano, creyendo en su fuerza generatriz, o frotan en ellas sus partes sexuales y los pechos, con el fin de concebir un hijo o de conservar la leche.

Los israelitas, que eran circuncidados y juraban por el falo, conocían, obviamente, el culto fálico. Tenemos ciertos betilos de aspecto fálico; Isaías menciona a un dios priápico del hogar; Ezequiel, imágenes masculinas de oro y plata con las que se desencadena la lujuria; en Jeremías, los israelitas dicen de la piedra: «tú nos has engendrado»; y en el Eclesiastés se menciona «lanzar piedras» junto a «abrazar» con el significado de hacer hijos. El Medievo cristiano aún conoce la petra genetrix, la piedra materna de la procreación, la lapides vivi o piedra animada, según una inscripción de la catedral de Aquisgrán. Y Matilde de Magdeburgo (infra), la enamorada de Cristo, apostrofa instintivamente a su Prometido: «Tú, roca eminente» (4).

El culto de los árboles

Pero estos venerables patriarcas no sólo rindieron homenaje a los dioses y al culto fálico. El Antiguo Testamento revela también las huellas de su culto a los árboles. El árbol, eterno símbolo en los mitos de los pueblos, fue durante mucho tiempo un" signo de la fuerza vital y un símbolo de cualidades genitales. A menudo fue visto como mujer u hombre, o incluso como andrógino y lugar de origen de los hijos, como divinidad animada. Y precisamente en la religión de Canaán y en la deforestada Palestina fue el símbolo específico de la fertilidad. Los habitantes de la antigua Canaán —donde los demomos arbóreos se llamaban 'el o 'elon— edificaban «bajo los verdes árboles» a partir de piedras sagradas y postes, y también «bajo los verdes árboles» celebraban las fiestas de la fertilidad. Y así, el mismo patriarca Abraham planta un arbusto de taray (en Beer-Seba) e invoca allí el famoso «El an- 'adonaj 'el 'olam». (El tolerante patriarca incluso deja allí abandonada a su propia esposa en el harén de un príncipe).

Más tarde los sínodos cristianos recelaron cada vez más de esa duradera divinización de árboles, de los tabernáculos, las fuentes y las rocas, y, como ocurrió en el año 692, en el sínodo de Toledo, castigaron por ello a los crédulos: «si personas eminentes, con tres libras de oro, si menesterosos, con cien azotes»; o como en el sínodo de Paderbom, en el 785: al noble con sesenta, al hombre libre con treinta, y al litus con quince solidi. Si no puede pagar la multa, quedar como siervo en la iglesia hasta que la suma sea librada» (5).

Yahvé: «Derribad sus altares»

Yahvé, que originalmente había sido un espíritu de la naturaleza, un • dios vulcanice, de la tempestad o de las tormentas que, como se ha señalado, apenas tenía rasgos femeninos ni sacerdotisas, en el curso del tiempo se libró de todos sus competidores en Israel. Fue el único dios del Mundo Antiguo que se hizo adorar sin imágenes; todo entusiasmo religioso de carácter agrario fue considerado demoníaco y la esfera de lo cósmico, otrora sagrada, fue objeto de una desmítificación de graves consecuencias.

Los israelitas, que probablemente ocuparon algunas partes de Palestina en el siglo XIII y se mezclaron rápidamente con los hebreos —los cuales estaban emparentados con ellos pero se habían asentado allí con anteriori­dad— emprendieron pronto guerras de conquista y aniquilación hacia todos sus confines, como Yahvé había ordenado: «Derribad sus altares y destruid sus ídolos, prended fuego a sus bosques y reducid sus dioses a escombros». Conforme a ello, y sirviendo de ejemplo para una larga tradición del cristianismo, hubo matanzas de moabitas y amonitas, filisteos, madianitas y árameos; fueron especialmente frecuentes los enfrentamientos con los cananeos —también denominados «amorreos» o «hititas» por el Antiguo Testamento, que los caracteriza como completamente corrompidos—, a los que se contentaron con imponer el exilio o cargas tributarias (6).

Baal y Asera

No obstante, en Canaán, donde los nómadas o seminómadas israelitas tomaron contacto con un antiguo universo cultural, con la Gran Madre, los dioses El y Baal, los esponsales sagrados, la prostitución y desfloración rituales, en una palabra, con una religión de fiestas magníficas y estímulos sensuales, se llegó finalmente a asimilaciones de toda clase. Pues si es verdad que éstas habían comenzado ya en la época de los Patriarcas, al principio sólo afectaron al culto rústico de Yahvé, a campo abierto, donde se plantaban —entre libaciones inmoderadas y copulaciones colectivas sobre la tierra— los árboles de Asera, llamados por el propio nombre de la diosa.

Pero paulatinamente el sincretismo prendió también en los santuarios cen­trales del Reino. Así, Salomón (ca. 965-928), además de erigir templos a dioses extranjeros, dotó al de Yahvé —construido según modelos fenicios por un arquitecto cananeo— de muchos símbolos del culto de la fertilidad (azucenas, leones, toros)... Claro que el corazón real, «seducido» finalmente por su mujer extranjera, «dejó de pertenecer por entero al Señor». Y su sucesor Jeroboán I (928-907) mantuvo esta tradición y representó a Yahvé, en los nuevos templos yahvistas de Bethel y Dan, como una figura invisible sobre un novillo de oro (los «becerros de oro» de la Biblia), de la misma manera que los cananeos imaginaban a su dios supremo Baal sobre un toro.

Baal fue adorado cada vez más intensamente, pero también la Gran Diosa Madre, de la que se han encontrado en Palestina numerosas estatuas, la mayoría desnudos. Más adelante, el rey Manases consagró una Asera en su honor en el templo de Jerusalén y, en tiempos de Jeremías, las mujeres aún cocinaban unas tortas para ella. Se llegó incluso a la prostitución ceremonial. En Silo los hijos del sacerdote de Yahvé dormían «con las mujeres que rendían servicio a la entrada del recinto sagrado»; muchos otros «sacrifican con las hetairas consagradas»; «padre e hijo se reúnen con la prostituta (..), se tienden sobre los vestidos empeñados junto a aquel altar». Y también Jeremías se lamenta de las idas y venidas de los jerosolomitanos a las kadesh.

Elias (quien hizo apresar a cuatrocientos cincuenta profetas de Baal y los mató) y Elíseo en el siglo IX, Amos, Oseas e Isaías en el VIII, no dejan de condenar el culto de diferentes baales, y también el de Asera, aunque muchas veces ni siquiera saben exactamente qué costumbre religiosa es cananea y cuál originariamente israelita. Y, en definitiva, la misma polémica bíblica está llena de resonancias procedentes de la herencia literaria cananea, por lo que acaba dependiendo, lingüísticamente, de aquello a lo que combate.

Yahvé ordena una y otra vez: «Debes destruir sus altares, deshacer sus imágenes y talar sus bosques»; una y otra vez prohibe convivir con aquellos que «extienden la prostitución con sus dioses». Una y otra vez los profetas truenan. Oseas —que fue engañado por su propia mujer Gomer (comprada por quince sidos de plata y una medida y media de cebada) durante los ritos de fertilidad cananeos, lo que presumiblemente le empujó más que ninguna otra cosa a la vocación profética— ruge, en prosa y en verso, contra el espíritu de lujuria, contra «los días de los baales, cuando ella les sacrificaba y se adornaba con anillo y collar y perseguía a sus amantes, olvidándose de mí, así habló Yahvé (!)». (El profeta llamó a una hija concebida con Gomer «No compadecida» y a un hijo «No mi pueblo»). Isaías se acalora cuando habla del «engendro del adúltero y de la prostituta, concebido entre los terebintos, bajo cualquier árbol frondoso». «Sobre montaña alta y escarpada preparaste tu lecho (.,) has extendido las mantas sobre la cama y te has vendido a aquellos de tus pretendientes que preferías». Ezequiel, con una fuerza simbólica y metafórica casi inigualable, da cuenta de «abominaciones» cada vez mayores: las hijas de Israel se prostituyen con los asirlos, con los babilonios, con los egipcios, «cuyos miembros eran como miembros de burros y su eyaculación como eyaculación de sementa­les». Y también los hijos de Israel, exclama Jeremías, se volvieron «adúlteros». «Huéspedes de burdeles, en sementales bien cebados y rijosos se han convertido, cada cual relinchando tras la mujer más cercana».

No se equivocaba San Benito cuando prohibió a sus monjes leer el Heptateuco (los cinco libros de Moisés, el libro de Josué y el de los Jueces) en horas nocturnas. «Hay otros momentos para leerlos» opina... con algo de ligereza (7).

Muerte para el adúltero y los animales lascivos

¡Y todo esto, en gran medida, había sido escrito por amor a la castidad! En cualquier caso, en el comienzo de la Biblia, la sexualidad queda estig­matizada, aparece como un mal, y la catástrofe se inicia con la horrible relación entre Adán y Eva, hasta que Yahvé pierde la paciencia y extermina a la humanidad, exceptuada la familia de Noé. Mientras el terrible pecado se repite no se interrumpen las amonestaciones, que son una característica de la moral judía. La lujuria se convierte en el mayor de los vicios. El llamado dodecálogo sexual maldice repetidamente la lujuria. ¡Ya en una antigua tradición de los Setenta la prohibición del adulterio en el Decálogo precede a la del asesinato! Y si el adulterio es castigado en la Biblia con la pena de muerte, lo mismo sucede con las relaciones incestuosas, la homo­sexualidad y el trato sexual con animales, en el que incluso las bestias viciosas deben ser ejecutadas. Sobre esto había una gran cantidad de pre­ceptos cúlticos de purificación. Es decir, todo aquello que tenía que ver con las funciones sexuales (embarazo, menstruación, parto) era impuro («lame'») y transmitía esa impureza, como podían hacerlo la lepra y todo lo que se relacionaba con la muerte. «Si un hombre yace con una mujer y hay eyaculación, ambos tienen que bañarse en agua; están impuros hasta la noche». La simple polución mancha. «Si un hombre tiene una eyaculación, que lave todo su cuerpo, está impuro hasta la noche». Inevitablemente, todo lo que ha tenido que ver con el impuro (cama, asiento, vestido, persona) se ensucia. Y, por supuesto, el impuro es apartado del santuario hasta que se haya purificado mediante una ofrenda o un sacrificio: ¡esto es lo principal!

Sobre todo en el culto, era obligatorio ocultar la «vergüenza» un aspecto que ya era decisivo desde Adán y Eva. Los sacerdotes sólo podían andar por el templo vestidos con calzones, para no violar el suelo sagrado, «para que no tengan que cargar con la culpa y morir». Y a una mujer que en una pelea agarrara a un hombre de sus partes sexuales había que cortarle la mano. «No debes conocer la compasión» exhorta la palabra de Dios (8).

La mujer seduce, no el hombre

Compasión con las mujeres, los judíos tuvieron más bien poca, lo que repercutió en el cristianismo tanto como la castidad religiosa.

En el relato de la Creación, o sea, desde el primer momento, la Biblia manifiesta la dependencia de la mujer respecto al hombre y su culpa: el auténtico sentido de la Historia. La mujer es la seductora, el hombre el seducido; disculpado y exonerado desde el principio. Todo el mito le busca excusas, como quien dice. No es su pene el que tienta a la mujer, sino que, como es fácil de colegir, el pene es objetivado en la serpiente, el antiguo símbolo fálico, y la serpiente tienta y convence a la mujer que, a su vez, enreda al hombre. Adán se defiende ante Yahvé: «La mujer que me diste me dio de la fruta y comí»; y, a continuación, Yahvé condena a Eva a parir con dolor y a servir al hombre: «El será tu señor». La historia judía de la caída por el pecado tiene diversos paralelos: en el mito sumerío o en el budista. Y lo mismo que en la Biblia, en la mitología germánica hay también una primera pareja humana, Aske y Embla; ¡pero su unión nunca es juzgada como pecado!

La lucha del culto de Yahvé contra las divinidades femeninas y sus religiones, tenía que volverse también contra el principio rector de esas divinidades, la condición femenina, apartando a la mujer de la vida pública. Si antes había sido santificada, ahora se convirtió en impura, fue oprimida y menospreciada.

En el Antiguo Testamento, el nombre del marido, «ba 'al» le señala ya como propietario y señor de la mujer («b'eulah»). El Levítico equipara a la mujer con los animales domésticos y en tiempos de Jesús sigue estando a la misma altura que el niño y el siervo. Por cierto que todavía en el siglo XX se reza en la sinagoga: «Te doy las gracias, Señor, porque no me has hecho infiel, ni siervo (...), ni mujer».

En la misa judía, como más tarde en el catolicismo, la mujer fue rigurosamente postergada. Se la excluyó de toda participación activa. Ora­ción, lectura, predicación, eran tareas del hombre. Se le prohibió el estudio de la Torah, pese a que éste se consideraba necesario para la salvación, y se la relegó en el templo hasta el vestíbulo. ¡Incluso los animales sacrificados  debían ser de sexo masculino! Los judíos también sabían que Dios casi nunca habla con mujeres, que el primer pecado vino por una mujer y que todos tenemos que morir por su causa; y llegan al extremo de afirmar que «el defecto del hombre es mejor que la virtud de la mujer».

También en la vida cotidiana la mujer fue desacreditada. Hablar con ella más de lo estrictamente necesario o dejarse guiar por su consejo estaba castigado con las penas del infierno; no se saludaba a las mujeres, ni se les permitía que saludasen a otras personas. Su vida valía menos; el nacimiento de un niño causaba regocijo, el de una niña se soportaba. El Antiguo Tes­tamento ignora a las hijas en el tratamiento de la sucesión; hasta podían ser vendidas como esclavas (9).

Poligamia y aversión a la virginidad

El Libro de los Libros siguió tolerando la poligamia, el concubinato con esclavas y prisioneras de guerra, el trato sexual con prostitutas y solteras que no estuviesen ya bajo custodia paterna y la separación (para los babi­lonios y los egipcios, también la mujer tenía derecho a separarse); y en cuanto los hijos alcanzaban la pubertad, el padre podía darles una esclava para «los esponsales». Por el contrario, cualquier relación extramarital de una mujer casada estaba castigada con la muerte.

La poligamia, que en algunos momentos tomó dimensiones considera­bles —Roboán tenía dieciocho mujeres y sesenta concubinas; el sabio Salomón, supuesto autor de varios libros del Escrito Sagrado, setecientas mu­jeres, además de trescientas concubinas—, no fue combatida por los profetas y estuvo autorizada hasta el siglo IX d.C. Los talmudistas formularon explícitamente la regla de que ningún judío podía tener más de cuatro mujeres a la vez y el rey, como máximo, dieciocho. Bien es cierto que ni la Biblia ni el Talmud (repetidamente condenado a la hoguera por la Iglesia) permitieron el maltrato a la mujer; lo hizo por primera vez el derecho medieval cristiano, que insistía en la monogamia.

Tampoco se dio entre los judíos una difamación del matrimonio ni un ideal de virginidad o de celibato. Los levitas y los sacerdotes debían casarse, aunque sólo con honradas vírgenes de Israel. El compromiso previo al matrimonio se llamaba «kiddushin» (encarnación) y la soltería era tenida por una desgracia, un castigo de Dios. Por ello, el hebreo veterotestamental no tiene ni una sola palabra que signifique soltero, porque la idea era completamente inusitada. En la época postexílica se instaba formalmente a los padres para que casaran a sus hijos cuanto antes: a las chicas a los quince años y a los jóvenes a los dieciocho. Asimismo, se consideraba la esterilidad como un oprobio; de ahí que Lot entregara a sus propias hijas.

Y en el Nuevo Testamento ¡María habla de la «humildad» de su con­dición de virgen! Se soñaba con que en el tiempo del Mesías las mujeres parirían a diario. Más tarde, el propio Talmud —y, de pasada, también el Corán, que valora el matrimonio con el mismo énfasis— obligaba al casa­miento y, a diferencia del hombre no espiritual, el rabino debía «yacer con su esposa cada noche, para mantener el cerebro limpio para sus estudios».

Y es que ni la infravaloración de la mujer ni las abundantes prescrip­ciones de purificación desembocaron entre los judíos en tendencias ascéticas, excepción hecha de sectarios marginales como los rechabitas, los terapeutas y los esenios (10).

Por el contrario, en el mundo helenístico, el ascetismo desempeñó un papel cada vez más importante.


CAPITULO 5. EL ASCETISMO EN LOS CULTOS MISTÉRICOS DEL MUNDO HELENÍSTICO

La autoconfianza de la antigua Helado se quebró aquí; el devoto parece apocado en su búsqueda de auxilio externo; se precisa de las manifestaciones y mediaciones de «Orfeo el soberano» para encontrar el camino de la salvación. – ERWINROHDE (1)

Al principio y durante bastante tiempo, Grecia permaneció fiel a la religión de Hornero, rindiendo tributo a la afirmación del mundo y a la alegría de existir frente al miedo religioso y a cualquier forma de fe espiri­tista. La vida propiamente dicha era, para los griegos, la vida corporal, fisiológica, sensual; el alma, por sí sola, era una sombra irreal en el Hades.

Sin embargo, en el curso del tiempo, se produjo un decidido cambio de opinión . Los griegos sustituyeron la alegría y el amor por la mortifica­ción, el descontento y la renuncia; sometieron sus cuerpos a ayunos, pros­cribieron el Más Acá en beneficio del Más Allá. El horizonte se transformó y alborearon los primeros síntomas de la locura de los milenios siguientes. Surgió un estado de ánimo pesimista, la polaridad de culpa y expiación, la mala conciencia, esa «bestia espantosa» según Lutero, o, en palabras de Nietzsche, ese «ojo verdeó anunciado por un espécimen «demasiado bueno» para este mundo, un espécimen para quien, evidentemente, todo cuanto le rodeaba era «tanto mejor» cuanto «más vil» fuese. Apareció un tipo profundamente desolador, negador en lo fundamental, pero que ejercía de ab­negado bienhechor, de salvador y redentor, algo caritativamente atravesado, sutilmente alevoso. Y, al mismo tiempo, comenzó a devaluarse la relación sexual con las mujeres, cuyo estatus social ya no dejó de descender.

A propósito de la felicidad en la mortificación

Hornero ya conoce a los selloi, los sacerdotes adivinos de Zeus en Dodona, «que no se lavan los pies y duermen en el suelo». Desde el siglo VIII hasta el VI profetas milagreros, sectarios que claman por el arrepenti­miento, llamados bácidas —Abaris, Aristeas o el más conocido, Epiménides—, predican la mortificación corporal como medio para favorecer al alma y reforzar el espíritu (2).

No obstante, todo esto permaneció hasta el siglo V en un segundo plano. Despreciado por las gentes instruidas y apartado de los cultos oficiales, apenas ejerció influjo sobre la vida griega cuando mayor era su esplendor cultural.

Fue tras las desgracias de la guerra del Peloponeso cuando menudearon los predicadores del arrepentimiento, beligerantes contra todo lo sexual, floreciendo toda clase de cultos ascéticos secretos, oscuros misterios y fi­losofías rigoristas que condenaban al cuerpo por cuenta del alma.

En el siglo VI surgió la primera religión salvífica de Grecia: el orfísmo. Se atribuyó a Orfeo, el mítico cantor, y produjo infinidad de «escritos sagrados». Quien viva de acuerdo con ellos, decían, sobrevivirá entre los bienaventurados; quien se obstine, tendrá un terrible destino tras la muerte. Según las creencias órficas, el alma se halla en el cuerpo como un prisionero, como el cadáver en la tumba. Regresa a la Tierra bajo formas de personas y animales constantemente renovadas, hasta su liberación definitiva mediante la negación del cuerpo, mediante la ascesis. De modo que los órficos, que se llamaban a sí mismos los «Puros» y practicaban ya una especie de «indulgencias» (fórmulas mágicas para liberar a vivos y muertos de las penas del Más Allá) y algo parecido a misas de difuntos, evitaban la carne, los huevos, las legumbres y la lana en los vestidos, aunque no confiaban en su propia fuerza, sino en la misericordia y la salvación divinas.

Probablemente, el orfísmo'depende de la doctrina —en muchos aspectos análoga— de Pitágoras (ca. 580-510), el cual, aún en vida, gozó de una veneración casi divinizante: curó enfermedades del cuerpo y del alma, calmó una tormenta en el mar, sufrió burlas y persecuciones, descendió a los infiernos y resucitó finalmente de entre los muertos, anticipando muchos de los elementos del Nuevo Testamento. Pitágoras también rebaja a la mujer. «Hay un principio bueno» dice, «que ha creado el orden, la luz y el hombre, y un principio malo que ha creado el caos, la oscuridad y la mujer».

Influido por la doctrina pitagórica del alma. Platón admitió el uso de los mitos como mentiras pías y finalmente se entregó a una mística y una moral cada vez más nebulosas, hasta el punto de que, en su último escrito, quería ver muertos a los impíos pertinaces. Asimismo, para Platón —que en su Politaia predica una burda oposición cuerpo/alma, pero también la comunidad de mujeres— el cuerpo es una cárcel, el vecino malvado del alma, el placer del diablo; la salvación no está en este mundo, sino en el otro, con lo cual Platón se convirtió en el peor contradictor de Hornero, el «Moisés en lengua griega» según Clemente de Alejandría o, según Nietzsche, el «bienpensante del Más Allá» el «gran calumniador de la vida» «la mayor calamidad de Europa». Sus ideas —reconocibles en el pesimismo sexual de los estoicos y los neoplatónicos, enemigos del cuerpo y de la vida— han dejado su impronta en Occidente y el Cristianismo hasta hoy (3).

Purificación y blanqueo de almas en la antigüedad

Al igual que en el judaismo, también en el mundo helenístico se conoció la castidad cúltica que, más tarde, en el catolicismo, condujo al celibato. Una maniática búsqueda de faltas, que hacía estragos entre muchos pueblos y procedía del miedo a las temibles fuerzas del tabú y a la omnipresente amenaza de infección demoníaca, sirvió de base para un concepto de impureza que en un primer momento no fue moral, sino sólo ritual. Todo lo que tuviera que ver con la muerte, el nacimiento o las relaciones sexuales se consideró «impuro» pues estaba infestado por los malos espíritus. Se exigía la purificación ritual de toda aquella persona u objeto que estuviera impuro: no sólo el asesino u homicida, sus ropas y vivienda, así como todo aquel que se relacionara con él, sino también la parturienta y quien la tocaba, la que tenía un aborto o participaba en un nacimiento, el recién nacido, la casa en la que venía al mundo, quien asistiera a un entierro o estuviera junto a una tumba, etcétera. Como sucedió después en el primer cristianismo, en vista de tantos y tales temores se usaba agua corriente, aunque también barro, salvado, higos, lana, huevos, sangre de animales o cachorros de perros de raza; todas estas cosas desinfectaban, purgaban, absorbían, todas ellas purificaban y fregaban hasta completar la limpieza religiosa, en una palabra, hasta hacer del individuo una persona casi «nueva».

Al principio, el pecado también fue concebido como suciedad material —en muchas lenguas la misma palabra significa pecado y suciedad— y como se creía que, cuando se manchaba el cuerpo, también se manchaba el alma, para limpiar ésta, para «purificarla» y «blanquearla» había que proceder antes a la limpieza corporal mediante la mortificación. La primitiva imper­fección cúltica se había transformado en moral, y finalmente en pecado.

Los misterios griegos, que prometían una vida bienaventurada después de la muerte, habían remarcado especialmente las ideas de purificación. Nadie «con mácula» podía acceder al templo. Todos tenían que estar katharos, asperjándose con agua a la entrada y, llegado el caso, ofreciendo una víctima purificatoria o, como en el templo de Isis, evitando el consumo de carne y vino.

El ayuno tenía, principalmente, una función de reforzamiento. Así, a algunos visitantes del templo no se les dejaba comer cerdo o carne de salazón o, en algunos casos, ningún tipo de carne, mientras que en otras partes se prohibían los pescados o las bebidas embriagadoras. El 24 de marzo, día de la muerte del dios Atis (que resucitaba el 26: al tercer día), no estaba permitido comer nada hecho de semillas. Los iniciados de Eleusis —entre los cuales estuvieron Sila, Cicerón, Augusto, Adriano y Marco Aurelio—, tenían que abstenerse de ciertos platos durante la fiesta y en las vísperas, además, ayunar un día entero, después de lo cual tomaban la bebida sagrada, hecha de harina de cebada: indudablemente, se puede hablar de un sacramento (4).

Preludio del celibato

Pero, ante todo, el trato con los dioses presuponía la abstinencia sexual; cualquier persona que hubiese tenido una relación íntima, laicos incluidos, estaba inhabilitada para el culto. Según Démostenos, antes de visitar el templo o de tomar contacto con los objetos sagrados había que guardar continencia «durante un determinado número de días». También Tibulo (nacido hacia el 50 a.C.) canta:

«Lejos del altar llamo a permanecer a aquel que gozó de placer amoroso la noche anterior».

Del mismo modo, Plutarco (nacido unos cien años más tarde) advierte que, después de un contacto sexual, no se debe visitar el templo ni hacer ofrendas. Al menos tienen «que pasar «la noche y el sueño». No obstante, los plazos para guardar continencia fluctúan hasta los diez días. Al principio, lo único que contaba era el simple hecho de la relación sexual. Sólo más tarde se comenzó a tasar el pecado. Así, una inscripción del templo de Pérgamo exigía un día de purificación si la pareja estaba casada y dos en caso de relación extramatrimonial. En la fiesta ática de las Tesmoforias las «mujeres generadoras» que asistían al culto religioso debían guardar absti­nencia durante los tres días anteriores; nueve, en la fiesta chipriota correspondiente.

Ahora bien, la obligación de evitar la mácula y la copula carnalis era especialmente grave en el caso del sacerdote. El era el más próximo a los dioses y, como tal, también estaba más expuesto que nadie a los demonios; era durante el coito cuando se encontraba amenazado por los espíritus malignos, que escogían ese momento para penetrar en la mujer y dirigirse a su destino, preferiblemente a través de los orificios del cuerpo.

De modo que muchos cultos se encomendaban a vírgenes: los de Hera, Artemis, Atenea, y también los de Dionisos, Heracles, Poseidón, Zeus y Apolo. Claro que también eran humanitarios y, puesto que exigían absti­nencia sexual, escogían a personas a quienes les era menos penosa: mujeres mayores —que además estaban ya libres de la menstruación, que incapacitaba para el culto— o ancianos (como en el templo de Heracles en Fócida). En las Leyes de Platón, los sacerdotes debían tener más de sesenta años. A veces incluso se recuma a niños de uno u otro sexo, aunque generalmente sólo hasta la entrada en la pubertad. Claro que a algunos sacerdotes se les obligaba a mantenerse castos de por vida: es lo que sucedía en un templo de Tespia, o en el de Artemis en Orcomenos.

En Roma, donde, por otra parte, el ascetismo ni siquiera se valoraba positivamente, las virgines sacrae (seis, en época histórica) debían guardar una estricta abstinencia. Reverenciadas pero reducidas a una especie de clausura, tenían que custodiar, al menos durante treinta años, el fuego de la diosa, aunque a veces prorrogaban sus servicios voluntariamente por algún tiempo. Enfundadas en el antiguo traje de boda romano, actuaban como esposas del pontifex maximus, que originariamente también las designaba, aunque más adelante se acordó echar a suertes la selección entre veinte muchachas nombradas por él. Aparte de este pontifex, ningún hombre podía pisar el templo de Vesta. Pese a ello, no cabe descartar una relación sexual secreta con el «dios» y aun menos el tribadismo. Si una vestal atentaba contra la castidad, era emparedada en vida —lo que sucedió unas doce veces— en el canyus sceleratus (un minúsculo rincón bajo tierra, con un lecho, una luz, algo de agua, aceite y vino), mientras que al profanador se le azotaba hasta la muerte. (Las sacerdotisas mejicanas y las vírgenes del sol peruanas también eran ejecutadas si violaban el voto de virginidad) (5).

Castración cúltica

La forma más radical de contención sexual correspondía a los sacerdotes de Cibeles, que se castraban ritualmente con un pedazo de vidrio, como dice Juvenal, o bien, como se lee en Ovidio, con una piedra afilada: lo que se atribuía a la antigüedad de la costumbre. El miembro amputado se ofrecía a la divinidad; tal vez, originariamente, para aumentar su fuerza. En todo caso, los griegos no se prestaron a ello y los romanos sólo en época cristiana, cuando la razón y el escepticismo estaban desapareciendo en medio de un clima de psicosis de masas seudorreligiosa.

Con la aniquilación del órgano genital, el mal era arrancado de raíz, por así decirlo, y la manía de perfección se convertía en absoluta. «Su ardiente fe» escribe Henri Graillot acerca de los sacerdotes eunucos de Cibeles, «su modo de vida austero y su estricta disciplina fueron un ejemplo sumamente eficaz. Muchas almas dubitativas se sintieron atraídas hacia estos intérpretes de la palabra divina, que eran superiores a otros hombres precisamente porque ya no eran hombres; escuchaban las confesiones y alentaban los exámenes de conciencia, pero también dispensaban consuelo y esperanza divina».

En cambio, entre los griegos el ascetismo sexual fue bastante más inhabitual y el celibato, en modo alguno la regla. Generalmente, a los sacerdotes y sacerdotisas sólo les estaba vedado un segundo matrimonio.

A propósito de la ciénaga del paganismo

En cualquier caso, el terreno para la campaña cristiana en favor de la castidad estaba ya preparado. Aparte de no pocas de las religiones mistéricas, también algunos pensadores se ejercitaban en la predicación moral. Epicteto llega al extremo de condenar la concupiscencia en las relaciones con las mujeres y —atendiendo a otro aspecto muy diferente— la Stoa y otras escuelas filosóficas, así como la novela de la época, equiparan la mujer al hombre, al menos en teoría. Y es que el Nuevo Testamento, en general, está cuajado de postulados éticos tomados de la época precristiana.

Mientras que Franz Overbeck, el amigo de Nietzsche, uno de los teólogos más honestos que Dios ha tenido a bien damos, manifestaba que el cristianismo ha hecho su aparición en un mundo «cuya cultura estaba a tal altura que podemos preguntamos con fundamento si la humanidad de hoy en día la ha vuelto a alcanzar (..)» los católicos ven la cosa de un modo distinto. De modo que el paganismo rebosa de «corrupción» y «focos de vicios perversos»; «ante Crista» todo es una «ciénaga». Ni siquiera el budismo, que rechaza rotundamente la lujuria y el adulterio, aporta «ningún rasgo amable». Y en cuanto a la elevada posición de la mujer egipcia, no vale la pena reflejarla «con más detalle» pues no encaja bien en el enfoque adoptado. En cambio la «imagen de la inmoralidad de las mujeres romanas en tiempo de Cristo» es «tan repugnante que (..)»... que no necesitamos «trazar paralelismos con nuestro tiempo». «Estos se imponen francamente y llenan de inquieta preocupación a los hombres reflexivos». Y bien, ¿se ha llegado, después de tanta educación cristiana, al menos al punto del que se partió? (cf. infra).

Sigamos la pista a los casi dos milenios de cruzada contra el placer (6).