La
«Buena Nueva» tenia tras Jesús la peor de las nuevas pisándole los talones:
la de Pablo. En Pablo toma cuerpo la contrafigura del "mensajero
alegre" el genio del odio, de la visión del odio. de ¡a inexorable
lógica del odio. ¡Este disangelista! ¡ Todo lo sacrificó en el altar
del odio! Y ante todo al Salvador. - FRIEDRICH NIETZSCHE |
CAPITULO 6: JESÚS
Ninguna palabra sobre el celibato
Ninguna palabra contra la mujer y el matrimonio
¿El «glotón y bebedor de vino» ... un asceta?
CAPITULO 7: PABLO
El nacimiento de la moral cristiana
Bueno es no tocar a ninguna mujer
| (...) Alegría, que ha nacido el hombre en el mundo. JUAN, 16. 21 Que se le perdonen sus muchos pecados, pues ha amado mucho. LUCAS, 7, 47 Jesús se ocupa del matrimonio celosa, casi apasionadamente. MARTÍN RADE, teólogo La vida sexual, en sí misma, no es para él pecado. HERBERT PREISKER, teólogo |
El ascetismo cristiano no tiene en Jesús ningún apoyo. Jesús representa el celibato, la discriminación femenina y matrimonial, los ayunos y otras prácticas penitenciales en tan escasa medida como el militarismo o la explotación.
Nunca se revolvió contra la libido como tal, nunca consideró lo sexual, per se, como contrario a Dios. La continencia tampoco desempeña ningún papel en el substrato tradicional común anterior a los cuatro evangelios. No cuesta mucho imaginar con qué radicalidad habría condenado Jesús el mundo de los instintos si el asunto le hubiera importado. En cambio solía relacionarse incluso con pecadores y prostitutas. Y las leyendas de su nacimiento virginal —que se encuentran sólo en los evangelios más recientes y siguen el modelo de los hijos de dioses, nacidos exactamente de la misma manera— tampoco incluyen ninguna clase de comentario ascético (1).
Una misteriosa sentencia bíblica reza: «Hay eunucos que ya nacieron así del seno de su madre. Y hay eunucos que fueron hechos eunucos por mano humana. Y hay eunucos que se hicieron a sí mismos eunucos por el Reino de los Cielos. El que pueda entender que entienda.» Pero este pasaje, que llevó a ciertos cristianos nada menos que a la castración (infra), sólo aparece en San Mateo. Falta en todos los demás evangelios; supuestamente, porque habría chocado a «los oídos de los gentiles» pero probablemente porque Jesús no lo dijo nunca, porque es una interpolación de Mateo. En tiempo de Pablo apenas era conocido. De lo contrario, ¿cómo habría podido ignorarlo el difamador de las mujeres y el matrimonio? ¿Cómo nos lo hubiera hurtado en el capítulo 7 de su primera Carta a los Corintios? ¿Acaso no admitió expresamente que no había ninguna palabra del Señor sobre la virginidad? Y, cosa notable, que Jesús no habla de los solteros o de los célibes («agamoi»), sino de los castrados, o sea, de quienes estaban incapacitados para el matrimonio («eunuchoi»). Ciertamente, el pasaje es difícil y admite varias interpretaciones. Pero lo que resulta incontestable es que en él no se determina concretamente a qué círculo de eunucos se refiere, por lo que la frase no puede servir de base a un celibato generalizado. Por lo demás, sólo excepcionalmente fue interpretada en ese sentido por los papas o por los sínodos.
Jesús se relacionó con las mujeres en completa libertad. No las consideraba de segundo rango y nunca las postergó. La idea no queda desmentida por el hecho de que no hubiera mujeres en el círculo de los doce apóstoles, pues éste es, claramente, una pura construcción simbólica tardía, que corresponde a los doce Patriarcas y a las doce Tribus de Israel. Las mujeres formaban parte de los discípulos de Jesús y, entre sus últimos seguidores, quizás fueran más numerosas que los hombres. Según una antigua versión de San Lucas, Jesús fue acusado por los judíos, entre otras cosas, de seducir y descarriar a las mujeres (y a los niños). Jesús se dirigía a las mujeres, lo que en un hombre, y aun más en un rabino, resultaba inapropiado (supra) y desconcertaba a sus prosélitos. Violó el sabbat por una mujer, curó espectacularmente a muchas mujeres, y éstas se lo agradecieron, le ayudaron y se mantuvieron a su lado hasta la cruz, cuando sus discípulos, a excepción de José de Arimatea, hacía tiempo que habían ahuecado el ala.
Jesús tomó parte en una fiesta de bodas. Por si fuera poco, ni siquiera condenó a una adúltera: «que se le perdonen sus muchos pecados, pues ha amado mucho» una sentencia que, desde luego, incomodaba ya a los primeros cristianos. Ningún otro texto neotestamentario ha sido tan reinterpretado, y repetidamente se ha intentado eliminarlo por las buenas. Lutero sacó de la historia la conclusión de que, probablemente, el propio Jesús, junto a María Magdalena (considerada por los cataros como su mujer o concubina) y otras personas, había violado el matrimonio para ser completamente partícipe de la naturaleza humana. En cualquier caso, como no consideraba a la mujer como una cosa, tampoco consideró el adulterio como un delito contra la propiedad. Aunque ciertos detalles apuntan en esa dirección, sigue sin poder probarse que él mismo estuviera casado; lo que en algunos momentos se ha creído muy posible.
Jesús concibió el matrimonio tan estrictamente como casi nadie lo hizo antes, pero no dijo lo más mínimo sobre su finalidad. Y no puede encontrarse ninguna palabra suya contra el mismo. En caso contrario, con qué ansia se habría agarrado a ella Pablo, el enemigo del matrimonio, en su primera Carta a los Corintios. En lugar de ello, tuvo que admitir que no contaba con ningún precepto del Señor al respecto. También en esto, Jesús compartía evidentemente la postura de los judíos. Cualquier mitigación de la libido en el interior del matrimonio —que luego se convirtió en ineludible exigencia de la Iglesia— tenía que parecerles absurda, una posición a la que alude aquella frase —rotunda afirmación del amor físico— según la cual los esposos deben ser «una sola carne».
Los propios hermanos de Jesús, que más tarde se sumaron a la comunidad, también estaban casados'así como sus primeros seguidores. Algunos incluso llevaron a sus mujeres consigo en los viajes misionales, entre ellos el principal apóstol, Pedro, quien, en todo caso, hablando por boca de San Jerónimo, «lavó la suciedad del matrimonio» por medio de su martirio.
Y es que, al fin y al cabo. Jesús mismo no era ningún asceta. El relato de su ayuno de cuarenta días es una mera parábola de la tentación que raya claramente en lo mítico y que, además, tiene numerosos paralelismos en Heracles, Zarathustra o Buda. Por otra parte, este dudoso ayuno es de lo más singular. Jesús no se instala, como Juan el Bautista, en el desierto; antes al contrario, se aleja de él, precisamente porque reprueba la mortificación. Y por supuesto, combate el ascetismo de los fariseos. No evita el mundo, los placeres o las fiestas, y en cambio ayuna tan poco que sus enemigos le tachan de «glotón y bebedor de vino». Sorprende la cantidad de veces que es invitado o anfitrión. Y sus discípulos, dice la Biblia, «no ayunaban»; asistían a los banquetes «con alegría» que por cierto se les iba cuando les tocaba ayunar en el nombre del Señor.
A comienzo del siglo II aún se sabía que Jesús no había predicado la mortificación. No había dicho: ¡reservad unos días de ayuno! ¡azotaos las espaldas!... la idea ya de por sí es una tontería. Por el contrario, la Carta de Bernabé, una instrucción procedente del círculo de los Padres Apostólicos, ordena lo siguiente: «¿Qué más me da vuestro ayuno? Y si dobláis la cerviz hasta el suelo y os metéis en un sayal penitencial y os acostáis sobre ceniza, no apreciáis eso como un ayuno satisfactorio (..), pero cada cual que se libre de la prisión de la injusticia y desate los lazos de los tratos forzados y libere a los oprimidos y rompa todo negocio malo. Comparte tu pan con el hambriento, y si ves a un desnudo, vístelo, y a quien esté sin techo recíbelo en tu casa» (2).
Entretanto, la reacción decisiva había comenzado ya con San Pablo.
| Pues los afanes de la carne significan muerte (...)-ROMANOS, 8, 6 Para San Pablo, el pecado de la carne precede casi siempre, en el catálogo de los vicios, a todos los demás.-BOUSSET, teólogo (1) En él, la mujer, como ser sexual, es tratada con un fuerte desprecio.-PREISKER, teólogo (2) Sólo un asceta para quien el matrimonio, en tanto que orden de la creación, ha perdido todo valor, puede hablar (...) como San Pablo.- CAMPENHAUSEN, teólogo (3) Habiendo recomendado su modo de vida célibe a todos los cristianos (1 Cor., 7, 25), Pablo ha servido en todas las épocas como testigo principal a favor del celibato, pese a haber añadido que en esta cuestión no contaba con ningún precepto concreto del Señor y sólo podía ofrecer un consejo puramente personal (l Cor., 7, 25).- DENZLER. teólogo (4) |
San Pablo, que considera que, fuera de Cristo y su doctrina, todo es «perjuicio» y «todo es estiércol» mientras él y sus semejantes son «el buen olor de Cristo» además de promover una serie de dogmas tajantemente antijesuánicos que han servido de auténtico fundamento al cristianismo, ya estableció la difamación de la sexualidad, la postergación de la mujer, el menosprecio del matrimonio y el ascetismo. (Baste decir que un libro plagado de citas de cierto autor católico no se apoya en ningún pasaje del Evangelio a la hora de afirmar, aventuradamente, que no fue San Pablo el primero en introducir la ascesis en el cristianismo, que la ascesis «en modo alguno es extraña» al «cristianismo de Cristo» y que el Ideal Pauli fue «el mismo Ideal Christi»)
Encontramos la raíz «askein» (infra) una sola vez en todo el Nuevo Testamento, y puesta en boca de Pablo, ese hombre supuestamente calvo y patizambo, que además sufría crisis alucinatorias, tal vez de origen epiléptico. Pese a todo, y en total contradicción con el Evangelio, sus cartas nos atruenan con la mortificación, el aniquilamiento de los afectos, el odio al cuerpo. La sarx, la carne, aparece como el auténtico asiento del pecado. En el cuerpo no hay «nada bueno»; es un «cuerpo para la muerte» todo lo que quiere «significa muerte» y «enemistad contra Dios». El cristiano tiene que «atormentar y someter» «crucificar» y «matar» al cuerpo, y así sucesivamente.
Repetidamente, Pablo —quizás un impotente desde su infancia, o al menos un hombre repleto de complejos sexuales— combate la «lujuria» (porneia), el «vicio» las «obras de la oscuridad» las «orgías y bacanales» la «lujuria y los libertinajes» el «trato con gentes lujuriosas» a los «lujuriosos» a los «adúlteros» a los «libertinos y pederastas» —el Nuevo Testamento llama a los homosexuales «perros»—, «los actos de impureza, fornicación y libertinaje». Estos pecados están por encima de todos los demás. Luego ya vienen la idolatría, la hostilidad, la violencia, la desavenencia y lo demás. Repetidamente se lee: «mortificad vuestros miembros apegados a lo terrenal, en los que habitan la lujuria, la inmoralidad, las pasiones, los malos deseos (...)». «¡Huid de la fornicación! Cualquier otro pecado que el hombre comete queda fuera de su cuerpo, mas quien fornica peca contra su propio cuerpo».
Con tales ataques contra el placer —es la hora del nacimiento de la moral cristiana—, Pablo se hunde por debajo incluso del judaismo de su tiempo. Los maestros de la Torah al menos fueron capaces de unir el menosprecio de la mujer con una valoración positiva de la sexualidad. En cambio, San Pablo, que en su Apología del Amor habla de sufrirlo todo, de soportarlo todo, de esperarlo todo, en Corinto entrega al Diablo a un amante (se supone que amante de una hija o hijastra suya) y declara que está maduro para el Infierno (5).
Claro que, como misionero, Pablo necesitaba a las mujeres; las elogia en las salutaciones de sus cartas como «colaboradoras» y «combatientes». También las equipara con el hombre, pero ante Dios (¡como hace con los esclavos y los señores!): una paridad que, por cierto, ya existía en el culto a Isis y, de modo similar, en los misterios de Eleusis y Andania. Sin embargo, en la práctica. Pablo priva a la mujer de la palabra en el culto, por principio. «Las mujeres en las asambleas de la comunidad deben callar, pues no les está autorizado hablar, sino que tienen que someterse (...)»: se trata del tristemente famoso «Mulier taceat in ecclesia», algo que ha hecho historia; y no sólo historia de la Iglesia. Ni la misma María le merece a Pablo una sola mención.
La pobre idea que tiene de la mujer queda demostrada por la jerarquía de la primera Carta a los Corintios: Dios-Cristo-Hombre-Mujer. Además le ordena —«en nada menos que dieciséis versículos» (Kari Barth)— el uso del velo durante la oración y el oficio divino: un signo de su inferioridad, pues llevar el velo significa «avergonzarse del pecado traído al mundo por la mujer». Pablo continúa difamando a la mujer, pues el hombre, por el contrario, «es la imagen y el reflejo de Dios. No es el hombre el que procede de la mujer, sino la mujer del hombre; tampoco fue creado el hombre por razón de la mujer, sino la mujer por razón del hombre». Y todavía se saca de la manga la Leyenda de la Caída del Antiguo Testamento en un sentido antifeminista: «Es así que la mujer debe llevar una señal de sujeción sobre la cabeza, por causa de los ángeles».
Hay que ser un siervo carismático de la Iglesia para poder escribir que en ese pasaje no se coloca «ni al hombre sobre la mujer ni a la mujer sobre el hombre» y hasta que, «bien mirado» Pablo rebajó la posición del hombre e «indirectamente» ¡inició la emancipación de la mujer! (6).
La descalificación del matrimonio también sume a los exegetas en dificultades insalvables. El apóstol no concibe una comunidad espiritual, emocional o social entre hombre y mujer, sólo la meramente sexual.
San Pablo abre la discusión con la frase fundamental: es «bueno para el hombre no tocar a la mujer». No proscribe el matrimonio, incluso lo considera mejor que abrasarse, pero desearía, no obstante, «que lodos los hombres fueran como yo» esto e.s, solteros. Lo califica expresamente como «recomendable». A hombres y mujeres, viudas y jóvenes, a todos los querría ver «libres» del matrimonio, serían «más felices» sin matrimonio; si lo admite es por simple concesión a la carne, como un mal necesario «por causa de la fornicación»: pero permanecer soltero «es mejor».
Por tanto, está bien claro lo que el apóstol enseña ahí en causa propia. No obstante lo cual. Pablo, según la exégesis católica, inaugura «un nuevo período para la mujer» concibe un «ideal femenino completamente nuevo» y entona «el Cantar de los Cantares del matrimonio» (7).
Seguiremos escuchándote.