Capítulo II: El Hombre Real
La Ciencia del Hombre
En 1935, Alexis Carrel, un médico francés - uno de los investigadores más eminentes del Rockefeller Institute y Premio Nobel de Medicina en 1912 - dedicaba un capítulo entero de su libro "La Incógnita del Hombre" a señalar la notoria falta de una ciencia que resumiese de un modo coherente y práctico todo lo que sabemos del ser humano. Carrel decía que "Para adquirir un conocimiento mejor de nosotros mismos, no basta con elegir en la masa de los conocimientos que ya poseemos aquellos que son positivos, y hacer con su ayuda un inventario completo de las actividades humanas. (...) Hace falta, sobre todo, gracias a esos documentos, construir una síntesis que pueda utilizarse."
Es curioso pero, mientras tenemos una cantidad muy importante de disciplinas y especialidades que se ocupan del Hombre, más de medio siglo después y aún a pesar de estas advertencias, seguimos sin tener una Ciencia del Hombre propiamente dicha. Nos sigue faltando la ciencia que, de algún modo, ordene, sistematice y estructure los múltiples conocimientos que vamos juntando acerca de nosotros mismos a lo largo de las investigaciones a que se dedica un número cada vez mayor de disciplinas y especialidades. Nuestra civilización tiene, decididamente, varios problemas con su capacidad de síntesis. Porque la falta de una visión de conjunto se observa no sólo en lo que al conocimiento del Hombre se refiere - lo cual sería bastante grave ya de por si - sino que se extiende en mayor o en menor medida a la totalidad del conocimiento científico.
La orfandad de la Antropología
La lista de disciplinas directamente relacionadas con el Hombre es realmente larga. Sin contar especialidades auxiliares - aunque de ellas se obtienen muchas veces los datos más interesantes - piénsese solamente en que una rápida enumeración incluiría: medicina, psiquiatría, sociología, historia, etnología, economía, arquitectura, pedagogía, filosofía, derecho y política. Si formásemos una Universidad con todas las carreras que son posibles hoy en día, más de la mitad de las Facultades estaría dedicada a disciplinas directamente relacionadas con el ser humano y su actividad cotidiana.
Frente a esto es notable que la Antropología, una ciencia de la que se supone que tiene por objeto el estudio del Hombre, se halle tan huérfana de conexiones y relaciones verdaderamente estructurales con todas las demás ramas del saber. Lo que hoy conocemos como Antropología es apenas poco más de lo que ya los griegos y los primeros viajeros occidentales habían recopilado. Le hemos agregado solamente un enorme montón de datos más o menos curiosos, una cantidad quizás no mucho menor de teorías y algunos conocimientos actualizados a partir de disciplinas auxiliares; más algunas modas intelectuales contemporáneas no exentas de una fuerte distorsión ideológica.
Aparte de ello, nuestra antropología actual está más interesada en la investigación de lo primitivo que en la comprensión de lo contemporáneo. Así, mientras nuestros antropólogos dedican largos años de estudio y consumen presupuestos a veces no del todo despreciables en la investigación de los hábitos de alguna tribu primitiva, seguimos sin terminar de comprender la estructura real de nuestras propias sociedades urbanas altamente tecnificadas. Ni siquiera hemos establecido una clasificación satisfactoria del Género Homo.
Históricamente han existido por lo menos tres tendencias que han desgarrado nuestro conocimiento antropológico impidiéndole llegar a una síntesis práctica: la pasión por lo "exótico", el cientificismo materialista y el romanticismo filosófico.
Comenzamos por colocar nuestro interés fuera de nuestra propia sociedad y durante todo el Siglo XIX nos deleitamos con muy interesantes relatos de viajeros que describían la vida y las costumbres de pueblos colocados en los márgenes de nuestra civilización y de nuestros imperios. Con el auge de las ciencias exactas, armamos luego una antropología dedicada a medir huesos, ángulos faciales, capacidades craneanas, pesos, estaturas, secciones de cabellos y mil detalles físicos más que también arrojaron datos curiosos e interesantes pero que no terminaron nunca de decirnos algo realmente relevante acerca del ser humano. Y como esto fue así, tapamos el bache con explicaciones filosóficas más o menos fantasiosas; más o menos especulativas; algunas de ellas muy ingeniosas; pero que, en su enorme mayoría, sólo sirvieron para dar algún fundamento antropológico a dogmas y doctrinas establecidas a priori.
De esta forma, a partir de narraciones descriptivas de los indios de América y de los negros del África, se construyeron filosofías especulativas como la del "noble salvaje" de Rousseau o enciclopedias de antropología física como la de Topinard. De hecho, hasta la Segunda Guerra Mundial, la enorme mayoría de nuestros conocimientos antropológicos se refería, ya sea a series de mediciones de caracteres físicos en seres humanos, o bien al estudio de sociedades tribales tales como los indios americanos, los pueblos africanos, los de las islas del Pacífico Sur o los aborígenes australianos. Después, empujados en buena medida por las teorías marxistas que tenían interés en investigar los "medios de producción precapitalista", el interés se concentró en las sociedades campesinas de América Latina, Asia y algunas partes de Europa.
Hacia la segunda mitad del siglo XIX, Edward B.Tylor ponía los fundamentos de la antropología social británica con sus estudios sobre los indios mejicanos y sus antecesores. Su compatriota, Henry J.S. Maine codificaba las leyes de la India y escribía obras que más tarde influenciarían las teorías de hombres como Stuart Mill. En los Estados Unidos, Lewis H.Morgan hacía estudios sobre los indios norteamericanos y del Canadá. Hacia principios del siglo XX, H.R.Rivers se dedicaba a la sociología comparativa de los pueblos del Pacífico Sur; Franz Boas estudiaba a los esquimales y E.Durkheim analizaba la religión y el ritual de las sociedades tribales. Los antropólogos posteriores siguieron aproximadamente por la misma senda: Malinowski estudió los pueblos de Nueva Guinea, Evans-Pritchard y Fortres trabajaron sobre las sociedades africanas.
Sería injusto decir que todos estos estudios - y las elaboraciones posteriores cuya lista sería demasiado extensa para citar aquí - carecen de interés. Lo que sucede es que su utilidad real para nuestra sociedad occidental contemporánea es muy dudosa. Todo lo que la antropología actual nos brinda son datos más o menos prolijamente recopilados. Sobre esta base de datos se han construido luego las más variadas - y a veces hasta disparatadas - especulaciones intelectuales, fuertemente polarizadas por algún paradigma cultural o ideológico subyacente. La hipótesis de que el conocimiento de las sociedades primitivas ayudaría a comprender la nuestra es, a priori, una hipótesis aparentemente razonable. Pero sólo ha podido ser demostrada en forma parcial porque prejuicios de orden cultural e ideológico han influido tanto sobre estas investigaciones que los resultados prácticos logrados resultan manifiestamente discutibles. Como diría Carrel: no constituyen algo que realmente pueda utilizarse.
Las fantasías antropológicas.
Careciendo así de una verdadera Antropología actuando de síntesis de conocimientos parciales y a veces hasta atomizados, carecemos - en consecuencia - de una idea estructurada de nosotros mismos. Suplimos esa falta de visión coherente con ideologías y deformaciones profesionales teñidas de contenido ideológico. La visión que del Hombre tiene un médico es completamente diferente a la que tiene el sociólogo, la cual a su vez difiere de la del docente siendo que ésta no tiene gran cosa que ver con la del político. Muchas veces el único vínculo común entre todas estas visiones parciales, profesionalmente deformadas, se halla en un sustrato ideológico: un médico liberal probablemente tenga varios puntos en común con psicólogos, sociólogos, filósofos e historiadores liberales. Pero difícilmente encuentre muchos puntos de contacto con profesionales socialistas o conservadores de las mismas especialidades. Más adelante se verá como esta tendencia reaparece en la visión que tenemos de nuestra Historia y, quizás, tengamos aquí buena parte de la explicación: distintas cosmovisiones arrojan concepciones del Hombre y éstas muy fácilmente pueden dar lugar a también distintas interpretaciones de su desarrollo histórico.
Nuestra visión antropológica se halla más en función de nuestros grandes mitos que en función de nuestras verdaderas necesidades, condiciones, aptitudes y características. De alguna forma, el mito del noble salvaje de Rousseau ha conseguido perpetuarse en medio de tecnologías altamente sofisticadas y la antropología sigue rindiéndole culto, probablemente con la intención de demostrar que la tesis de la pureza del hombre primitivo que se corrompe sólo con la civilización es una tesis correcta. Y no lo es. Realmente ya sería hora de comprenderlo. Nuestra pasión por lo primitivo no es sino una reelaboración del viejo mito del Paraíso Perdido.
Nuestra civilización - quizás, dentro de este contexto, sería más apropiado decir nuestra tecnología - seguramente tiene mil problemas y mil defectos y presenta mil ángulos criticables y objetables. Seguramente podemos tener miles de razones para no estar satisfechos con nuestra sociedad. Pero los primitivos no son ni fueron mejores que nosotros. Ni el ser humano de la Edad de Piedra vivió en sociedades mejores que la nuestra, ni el Hombre de Neanderthal era mejor que el actual habitante promedio de cualquiera de nuestras grandes ciudades. Ni siquiera era más "sano". Vivía, en promedio, una cantidad mucho menor de años; su máquina biológica se gastaba mucho antes; estaba peor alimentado, peor vestido, peor alojado; era por lo menos igual de sanguinario, igual de mentiroso e igual de envidioso que cualquiera de nosotros. Quizás no fuese mucho menos inteligente; pero era mucho más, muchísimo más, ignorante.
Estaba, es cierto, muy bien adaptado a su medio. Por eso sobrevivió. Por eso pudo convertirse en nuestro antepasado. Quienes insisten en maravillarse con algunas de las aptitudes de los seres primitivos pasan cándidamente por alto el hecho de que ya no tenemos, por fortuna, ninguna necesidad de imitarlos. Los primitivos desarrollan las aptitudes que les impone su estilo de vida; nosotros desarrollamos las que nos impone el nuestro. Quienes argumentan que no seríamos capaces de sobrevivir en el Amazonas olvidan que los habitantes del Amazonas tampoco tendrían grandes chances de sobrevivir en cualquiera de nuestras megalópolis. A esto podría aplicarse algo que señaló Peter Drucker: "... la rata sabe todo lo que necesita saber para tener éxito como rata. Preguntarse si la rata es más inteligente que el hombre es una cuestión estúpida". Los habitantes de Manhattan saben lo que necesitan para ser habitantes de Manhattan. Es inútil y hasta estúpido pedirles que sepan hacer lo que hacen los indios del Amazonas. Y viceversa.
Es muy cierto que hemos perdido muchas aptitudes que nuestros antepasados cultivaron y perfeccionaron, a veces hasta extremos sorprendentes. Pero la pura verdad es que las hemos perdido porque no las necesitamos; o, por lo menos, hemos organizado nuestras culturas para no necesitarlas. Hoy nos damos cuenta de que algunas nos vendrían bien pero con la mayoría de ellas no sabríamos qué hacer en absoluto. Una mayor resistencia física, una mayor inmunidad natural a ciertas enfermedades, un mayor y más íntimo contacto con la Naturaleza, una mayor y mejor disposición a descubrir y disfrutar la belleza natural, el sacarnos un poco de encima la caparazón de hormigón armado y asfalto que nos aprisiona; todo eso es indudable que nos vendría muy bien. No sólo nos beneficiaría con ventajas de orden práctico sino que también nos ayudaría a restablecer cierto equilibrio mental y emocional que la histeria urbana nos hace perder.
Pero difícilmente la gente que se mata levantando pesas en los gimnasios gana algo criando músculos capaces de enarbolar la espada de Carlomagno en una época en que, con apretar el botón adecuado, podemos lanzar un misil. Difícilmente ganemos mucho pudiendo predecir la lluvia con sólo olfatear el aire en una época en que cientos de satélites nos dan un panorama meteorológico razonablemente satisfactorio de un ámbito bastante mayor del que podríamos abarcar con la más sensible de nuestras narices. Poca ventaja podemos sacar de la aptitud de poder seguir la huella de un venado herido por varios kilómetros cuando hemos aprendido a criar ganado por decenas de miles de cabezas, sabemos conservar la carne en frigoríficos y, en lugar de tener que salir de caza todos los días, tenemos toda la comida que necesitamos a nuestra disposición en cualquier supermercado.
¿Por qué se supone que debemos admirar al hombre primitivo?. ¿Por qué se supone que comprenderemos a nuestra sociedad estudiando a los pueblos primitivos actuales siendo que ellos viven en un estadio que nosotros superamos hace por lo menos 40,000 años atrás?. Puede ser aproximadamente cierto que hace toda esa cantidad de años nosotros no éramos muy distintos a ellos; pero no menos cierto es que hace 40,000 años que comenzamos a diferenciarnos y, a lo sumo, podremos haber arrastrado reminiscencias atávicas cuyo conocimiento servirá para ilustrar algún detalle. Fundamentar el mito del igualitarismo en el hecho de que todos hemos sido primitivos alguna vez es hacer malabarismos dialécticos. Sería mucho más simple quedarse con el mito bíblico de Adán y Eva en el Paraíso Terrenal.
Por carecer de una Antropología que nos dé una explicación o, aunque más no fuere, una descripción aceptable del ser humano, carecemos de un concepto básico de identidad. No sabemos muy bien quiénes somos y cómo somos. Suplimos esta ignorancia abusando de visiones parciales y cultivando generalizaciones hipotéticas construidas sobre mitos con pretensiones de validez universal. El resultado es un saber que resulta peor que la ignorancia. Una especie de barbarie ilustrada que, para escamotear sus baches, adopta un fenomenal aire de autosuficiencia, afirma estar basada en la investigación científica, pero oculta con sumo cuidado la tendenciosa y distorsiva selección que ha hecho a priori del material brindado por esa investigación.
Armar el rompecabezas.
Y es una lástima porque, de juntar todas las piezas suministradas por las distintas disciplinas, si bien probablemente no obtendríamos el armado de la totalidad del rompecabezas que es el Hombre, podríamos casi con seguridad armar al menos un cuadro lo suficientemente coherente como para no necesitar de generalizaciones arbitrarias. Es harto probable que, aún con el tremendo cúmulo de datos aportados por todas las ramas del saber que tienen que ver directamente con el Hombre, no obtendríamos un cuadro completo y perfecto. Es casi imposible que podamos llegar a comprendernos cabalmente mediante el simple y mecánico procedimiento de juntar piezas de información sueltas tratando de hacerlas encajar según su forma exterior. Además, con la manía que tenemos por las ideas preconcebidas, lo más probable es que tarde o temprano terminaríamos por tratar de hacerlas encajar según algún modelo predeterminado y limaríamos subrepticiamente las incongruencias externas hasta lograrlo. Es cierto que un cruzamiento mecánico de enormes bases de datos no nos sería de gran utilidad. Pero podríamos al menos intentar un ordenamiento de los datos según su propia analogía inmanente y no según algún requisito político, cultural o ideológico. Es hora de despolitizar a la genética, desideologizar a la sociología y deseconomizar a la política; tan sólo para poner algunos ejemplos y con perdón por los neologismos.
En lugar de ir a buscar la explicación del Hombre en alguna tribu primitiva haríamos mucho mejor en profundizar nuestros conocimientos acerca de cómo se construye un ser humano. La información contenida en un sólo cromosoma probablemente pueda decirnos mucho más sobre nosotros mismos que toda una biblioteca dedicada a las costumbres del aborigen australiano. Todo el proceso mediante el cual desde hace millones de años un óvulo fecundado se convierte en un ser humano es tan extraordinariamente complejo y responde a unas reglas tan increíblemente delicadas que, en realidad, lo maravilloso es que salga bien la mayoría de las veces.
Tenemos que aprender a ser sobrios y realistas también en esto: como ya hemos visto, la Vida no emplea métodos especiales para construirnos. Los procedimientos que usa para construir un ser humano son esencialmente los mismos que emplea para cualquiera de los mamíferos superiores. No sólo los materiales básicos son muy similares; la estructura entera es muy similar: desde el ladrillo fundamental que es la célula hasta los mecanismos básicos que son los órganos. Desde el punto de vista anatómico y fisiológico, si bien es cierto que presentamos diferencias concretas comparados con otros animales, no somos sin embargo nada exclusivos. Esqueleto, columna vertebral, cerebro, aparato circulatorio y digestivo, pulgar oponible, visión, oído, reproducción sexuada y muchísimos otros caracteres más son patrimonio de un grupo muy vasto de seres vivos que comparten con nosotros el habitat de este planeta. Tenemos que tomar conciencia de que no somos tan especiales como lo quieren nuestros dogmas y como lo afirman nuestras doctrinas.
Nuestra historia biológica
Hablando en términos geológicos, la vida sobre nuestro planeta es un fenómeno bastante tardío. Si a los 4.6 billones de años que transcurrieron desde el momento en que la superficie terrestre comenzó a enfriarse los representáramos con una línea de 1 kilómetro de largo, la existencia de vida sobre el planeta estaría dada aproximadamente por los últimos 160 metros. En la misma escala, los 2.5 millones de años que pueden adjudicarse a la especie Homo representarían apenas los últimos 54 centímetros.
No obstante, no hay que dejarse engañar por estos juegos cronológicos. Los tiempos geológicos no son válidos así como así para los cálculos biológicos prácticos. Esa línea de apenas 54 centímetros, considerada en términos de vidas humanas, significa algo así como 100,000 generaciones de antepasados.
Para hacer posible a un ser humano, la Naturaleza ha tenido que ir pasando por una sucesión de etapas y realizar toda una serie de "inventos" dentro del ámbito del mundo vivo. El Hombre es heredero de muchas innovaciones y perfeccionamientos que la Vida ha ido haciendo a lo largo de millones de años, ensayando estas mejoras con seres que aparecieron sobre el planeta antes que nosotros; algunos de los cuales ya se han extinguido y otros con los cuales seguimos conviviendo. Se estima que actualmente viven sobre el planeta unos 2 millones de especies distintas; pero el 99.9% de los aproximadamente dos billones de especies que aparecieron durante los últimos 600 millones de años se hallan hoy extintas.
En forma muy genérica, podríamos citar por lo menos cinco "inventos" principales de la Naturaleza que han sido relevantes para el Hombre:
Los organismos biológicos más simples que conocemos - los seres unicelulares como, por ejemplo, las amebas - son virtualmente inmortales: se reproducen por la subdivisión de su propio cuerpo. En todos los demás, el organismo ha encargado a células especializadas la tarea de la reproducción y, eventualmente, la estructura orgánica principal muere. Si la muerte, como decía Goethe, no parece ser más que un truco que utiliza la Naturaleza para obtener más vida, el sexo es algo así como un muy ingenioso recurso para obtener una mayor diversidad de vida logrando el doble de formas orgánicas con una misma cantidad de especies.
La reproducción sexuada tiene la enorme ventaja de permitir la construcción de seres vivos mucho más complejos que los posibles mediante la simple subdivisión de una célula pero exige, en contrapartida, una serie de condiciones. Por de pronto, hacen falta dos seres bastante diferentes para hacerla posible y esto, en los animales más evolucionados, lleva a la necesidad de un mayor contacto social y a un cuidado más atento de la prole. De hecho, en los animales superiores se observa una marcada tendencia a suplir la cantidad por la calidad. Frente a, por ejemplo, los insectos que pueden tener miles y hasta cientos de miles de descendientes en cada ciclo, los mamíferos como el Hombre tienen una cantidad mucho más limitada de descendientes por parto. Sucede que la calidad requiere mayores cuidados, algo que la Naturaleza ha conseguido desplazando hacia el interior del seno materno las primeras fases de crecimiento y prolongando la coexistencia del grupo familiar para cuidar durante más tiempo a una descendencia que presenta períodos de desarrollo proporcionalmente más largos a medida en que se asciende en la escala de la evolución.
Mientras la sexualidad es un fenómeno que aparece ya en el reino vegetal, la existencia de un centro coordinador de procesos vitales y sensomotrices es algo típico del reino animal. Comenzando por un simple filamento en los animales más simples, siguiendo por estructuras cada vez más complejas y ramificadas, llegamos por último al complicado sistema nervioso central de los animales superiores. En ellos encontramos no solamente funciones biológicas más o menos "automáticas" controladas por un sistema nervioso central sino que el extremo frontal de este sistema, ubicado en estrecha conexión con los órganos de los sentidos se convierte en esa extraordinaria central de comando y control que genéricamente denominamos "cerebro".
Organismos más complejos y delicados requieren también condiciones internas más constantes. Sus máquinas biológicas funcionan dentro de determinados parámetros y esto quiere decir que deben independizarse hasta cierto punto de las variaciones del medio. En los seres más evolucionados esto se ha logrado controlando uno de los parámetros más críticos que es el de la regulación térmica con una sangre de temperatura constante y glándulas sudoríparas que en el Hombre se hallan repartidas por todo el cuerpo. Ha sido precisamente por la falta de este sistema térmico que los grandes saurios, otrora los dominadores del planeta, han desaparecido.
Los seres más evolucionados resultan más complejos porque tienen también una mayor cantidad y diversidad de órganos, especializados según funciones muy específicas. La sola existencia de este conjunto de órganos presenta ya de por sí un problema mecánico de sostén y fijación que la Naturaleza ha resuelto inventando el esqueleto interno, mucho más elástico y funcional que la dura caparazón externa de algunos animales y, dentro de este contexto, ha desarrollado esa maravilla estructural que es la columna vertebral. En el ser humano esta columna presenta no sólo múltiples articulaciones sino varias ondulaciones que la hacen no sólo flexible y sólida sino que sitúan el centro de gravedad justo en el lugar en que es necesario para posibilitar el caminar erguido.
Esta forma de caminar, considerada típicamente humana, se preanuncia en varios organismos anteriores al Hombre. En muchos vertebrados se observa ya una tendencia hacia un progresivo alzamiento de la cabeza por sobre el eje del cuerpo, con un desarrollo correlativamente mayor de los órganos de percepción lejana - tales como la vista y el oído - que permiten abarcar porciones cada vez mayores del medioambiente. En el Hombre esta tendencia llega a su máxima expresión, liberando las extremidades superiores de la tarea de sostener al cuerpo y dejándolas disponibles para la manipulación de objetos con una mano de pulgar oponible que es todo un capítulo aparte en el libro de los grandes inventos de la Naturaleza.
Cuando se repasan los mecanismos que la vida ha ido creando y ensayando para formar los organismos biológicos superiores llama realmente la atención la gran variedad de formas y la multiplicidad de recursos. Y no deja de halagar nuestro ego el hecho de que en el Hombre hallamos muchos de estos "inventos" en su más alto grado de refinamiento y perfección. Es lo que nos ha permitido creer durante mucho tiempo que éramos los Reyes de la Creación.
Pero, mirando las cosas de otro modo, desde una perspectiva más genérica y más sobria, la conclusión a la que llega el biólogo es casi opuesta: por más que nos maraville la gran cantidad de sutilezas que la evolución incorporó y perfeccionó en el organismo humano, al final de cualquier estudio en profundidad deberemos concluir que, bien mirado, no se observa ningún plan creativo especial para el Hombre. No hay un diseño biológico especial para los seres humanos en la Naturaleza. El Homo Sapiens puede, a lo sumo, presumir de tener más de esto y en algunos casos menos de aquello otro; pero, si hay un Plan Creador para la vida, se está haciendo cada vez más evidente que el Hombre participa de un Plan General y no es el privilegiado depositario de un modelo especial, concebido exclusivamente para él.
Esto es válido no solamente para aquellos aspectos materiales que hacen a su construcción física sino también para muchas otras capacidades cuya conexión con lo material no está demasiado bien determinada. Por ejemplo, memoria es algo que en grados diferentes posee una enorme cantidad de seres vivos. La inteligencia, entendida según la definición de Fischel como la capacidad de aprender a través de la experiencia adquirida, es una capacidad que - en diversos grados - ha sido comprobada no solamente en los homínidos sino hasta en varios animales de otras familias. A partir de los múltiples experimentos realizados con chimpancés sabemos que la capacidad de deducción, entendida como la facultad de descubrir relaciones no directamente experimentadas, es algo de lo cual disponen al menos ciertos simios.
Considerando objetivamente lo anterior se puede ver que, a pesar de muchos detalles morfológicos y fisiológicos, desde el punto de vista de una posición dentro del mundo de los seres vivos, casi todo lo que podemos decir del Hombre es que es un primate de caminar erguido, con escaso vello corporal y gran capacidad craneana.
Desde el punto de vista etológico - vale decir: desde la óptica de su comportamiento - las diferencias se hacen indudablemente mayores aunque también en este ámbito encontramos, por de pronto, diferencias que sólo son cuantitativas. En muchos animales se ha verificado la existencia de una estructura psíquica básica, una capacidad de recordar acontecimientos pasados y una cierta capacidad cognoscitiva que permite el empleo de la experiencia adquirida. En cierta forma el Hombre sólo posee estas facultades en una medida gradualmente mucho mayor; pero esta diferencia gradual es tan grande que aquí, de un modo que aún no está del todo claro, las diferencias de cantidad se convierten en diferencias cualitativas tan importantes que terminan dándole al ser humano un puesto relevante.
Por lo que sabemos, el Hombre es el único ser vivo capaz de pensar acerca de si mismo o, mejor dicho, pensarse a si mismo, colocándose como objeto de su propia observación y pensamiento. No sólo es capaz de una observación "hacia afuera", hacia el mundo que lo rodea, sino que, además, tiene capacidades de introspección que le permiten observarse "hacia adentro" y analizar o evaluar sus propios procesos internos. Esta capacidad es justamente la que le permite construir una cultura y pensar por medio de conceptos, es decir: por medio de "símbolos", siendo que ha llevado esta facultad a tal perfección que hasta es capaz de simbolizarse a si mismo.
La capacidad cultural, por supuesto, no está determinada por un solo elemento. Le viene dada al Hombre como resultado orgánico de toda una serie de facultades típica y exclusivamente humanas en gran medida relacionadas con su posibilidad de razonar por símbolos. Entre las más esenciales cabría señalar:
No resulta, pues, del todo imposible establecer con alguna precisión las cualidades que caracterizan y tipifican al Hombre dentro de la naturaleza, tanto en lo cuantitativo como en lo cualitativo. El problema de real envergadura se plantea cuando intentamos comprender su totalidad. El hecho es que no tenemos una visión clara y completa del Hombre, en parte porque carecemos del método específico que necesitaríamos para hacerlo y en parte porque con lo que llevamos visto apenas si hemos arañado la superficie del problema.
La herencia
Todo lo anterior puede resultar una suscinta y medianamente aceptable descripción de como somos pero no nos explica realmente cómo hemos llegado a serlo y tampoco nos dice gran cosa acerca de cómo es que la naturaleza se las ingenia para que podamos seguir siéndolo de generación en generación. Para tener una idea acerca de esto necesitamos recurrir a otro campo: el de la genética.
Una de las características típicas de todo ser vivo es la posibilidad de engendrar una descendencia igual a la de los progenitores. Sabemos - y esto realmente es una perogrullada - que los gatos engendran gatos, los perros engendran perros y los seres humanos engendran seres humanos. Analizándolo en profundidad, sin embargo, el fenómeno no es tan banal como parece a primera vista.
En primer lugar: ¿Cuál es el criterio que empleamos para establecer la semejanzas y las diferencias?. En otras palabras: ¿Por qué llamamos ''perro" a cierta forma viviente y ''gato" a la otra; y ¿cuál es el criterio que nos permite agrupar muchos individuos biológicos en una u otra clasificación?. Evidentemente, analizando la totalidad de una forma viviente observamos toda una serie de detalles - más propiamente: caracteres - que nos permiten establecer comparaciones y ordenar luego esas comparaciones según una escala de similitudes. Cuando decimos, pues, que la descendencia es igual a sus progenitores estamos admitiendo implícitamente que en el Mundo Vivo existe la posibilidad de que los progenitores transmitan sus caracteres típicos a la descendencia, Al mecanismo biológico merced al cual esta transmisión es posible lo llamamos herencia.
Hacia 1865 un monje capuchino alemán, Gregor Mendel, comenzó a hacer experimentos con plantas. Cruzando entre si a guisantes de distintos caracteres llegó a descubrir las leyes básicas de la herencia de un modo completamente deductivo y a afirmar la existencia de un "factor hereditario" aún sin haber podido ver un gen en toda su vida. Los trabajos de Mendel, sin embargo, permanecieron en el olvido hasta que, a principios del siglo XX, Hugo De Vries en Holanda, Carl Correns en Alemania y Erich von Ischermak-Seysenegg en Austria volvieron sobre el tema y confirmaron aquellas conclusiones originales. Con ellos y con los trabajos de Garrod (1902), de Farabee (1905) y los de Fischer (1908/1913) la genética adquiere indiscutible categoría científica.
El principio básico de las "Leyes de Mendel" es, en realidad, algo bastante simple. Si dejamos de lado los grandes grupos en que la taxonomía clasifica a los seres vivos y nos limitamos a estudiar una sola categoría clasificatoria no tardaremos en ver que, aparte de los caracteres comunes a toda la categoría, observamos también diferencias individuales que nos permiten distinguir a un individuo de otro. Aparte de todos los caracteres que nos permiten decidir si determinado animal es un mamífero o un pez, un gato o un perro; dentro de la categoría de los gatos podemos establecer con bastante claridad, no solamente distintos tipos de gato (p. ej. gatos de Angora y gatos siameses), si no también si se trata de mi gato o del gato del vecino. Y en todos estos casos son los caracteres observados los que nos permiten decidir.
Si profundizamos más aún en el tema y nos ponemos a observar sistemáticamente las similitudes y las divergencias que se producen entre los progenitores y su descendencia, podremos constatar varios fenómenos recurrentes. Si tomamos, por ejemplo, una cantidad estadísticamente relevante de parejas de seres vivos de reproducción sexuada, que difieren entre si en toda una serie de caracteres, y luego comparamos esta serie con los caracteres equivalentes de los hijos e hijas de estas parejas podremos establecer varios casos típicos.
A)- En el caso de una herencia fusionada los descendientes presentan caracteres intermedios o distintos de los caracteres de sus padres.
B)- En el caso de una herencia yuxtapuesta los hijos presentan algunos caracteres maternos y paternos simultáneamente.
C)- En el caso de una herencia alternativa algunos hijos presentan los caracteres del padre y otros los de la madre. (Un caso especial de herencia alternativa es la llamada herencia ligada al sexo y se verifica cuando los varones presentan los caracteres del padre mientras que las mujeres tienen los de la madre).
Además, un análisis cualitativo del fenómeno hecho sobre la base de un gran número de observaciones nos llevaría a constatar cinco casos generalmente recurrentes:
1)- La herencia inmediata es el caso de la herencia directa y se verifica simplemente toda vez que los caracteres de los padres aparecen también en la descendencia.
2)- La dominancia se verifica cuando en un tipo de caracter heredado por la descendencia predomina el de uno de los progenitores, generalmente en una proporción de aproximadamente 3/4 a 1/4 es decir: el 75% de la descendencia presentará los caracteres dominantes y el 25% los recesivos.
3)- El homocronismo se produce cuando ciertos caracteres aparecen en la progenie solamente cuando ésta llega a la edad en que aparecieron en los padres.
4)- Se habla de acumulación cuando la regularidad con que se transmite determinado caracter puede ser explicada por un gran número de antepasados que también lo presentan. En general, se ha verificado que, mientras mayor sea el número de antepasados que presentan un determinado caracter, con tanta mayor probabilidad se transmitirá este caracter a la descendencia.
5)- Atavismo es el caso en que, en uno o varios caracteres, los hijos se parecen más a algún antepasado lejano que a sus padres.
De los fenómenos de observación directa que estuvieron a su alcance Mendel dedujo ciertas leyes generales:
1)- Deben existir factores hereditarios que hacen posible la transmisión de caracteres de padres a hijos. Hoy sabemos que estos factores existen y los llamamos genes.
2)- Para cada caracter determinado existen generalmente dos factores. Por ejemplo para un caracter como la altura puede haber un gen que produce plantas altas y otro que produce plantas bajas. Estos "pares" de genes se llaman hoy "alelos". Por convención, se utiliza una letra mayúscula para simbolizar el caracter dominante y la misma letra en minúscula para el recesivo. Cuando el par de alelos es del mismo tipo (por ejemplo AA) se dice que hay una condición homocigota para ese caracter; en caso contrario, cuando el par de genes es de distinto tipo (por ejemplo Aa) se habla de una condición heterocigota.
3)- En el momento en que las células sexuales se forman, los alelos se dividen en forma pareja. Consecuentemente, una célula sexual madura (gameto) presenta solamente un factor o alelo del par que hace a un caracter. El par será reconstituido en el momento de producirse la fecundación, con una parte aportada por el gameto femenino y la otra por el masculino. (Ley de la segregación)
4)- Alelos de diferentes caracteres se dividen independientemente al momento de formarse los gametos. (Ley de disposición independiente)
5)- Las células sexuales o gametos se unen al azar, de una manera completamente indiferente a los alelos que portan.
Nuevamente, sin embargo, estamos ante algo que, básicamente, no va más allá de lo superficial. Las leyes de Mendel, accesibles por observación directa, todavía no nos dicen gran cosa de los mecanismos biológicos subyacentes.
El mecanismo de la herencia
Los organismos vivos se construyen con unidades biológicas básicas llamadas células. Dentro del núcleo de estas células hallamos un elemento de fundamental importancia para el proceso hereditario: los cromosomas. Las células humanas normales cuentan con 46 cromosomas. Sin embargo, tanto en el óvulo femenino como en el espermatozoide masculino hallamos solamente 23 cromosomas por cada célula. Cuando estas células germinales se unen para constituir un óvulo fecundado se recompone el número de 46 cromosomas por la suma de los 23 cromosomas maternos más los 23 paternos.
Algunos caracteres humanos y algunas patologías se explican ya por la estructura cromosómica, sin mayor necesidad de entrar en un análisis genético detallado. Los 46 cromosomas humanos se agrupan de a pares en la célula normal. El Par 23, por ejemplo, determina el sexo. En este Par, el óvulo femenino aporta siempre un cromosoma denominado X. El espermatozoide puede aportar, ya sea otro X, o bien un cromosoma denominado Y. Cuando el Par 23 queda constituido en XX la criatura a nacer será de sexo femenino mientras que la estructura XY dará criaturas de sexo masculino; algo que en la sabiduría popular es aprovechado para afirmar que "el sexo lo determina el padre". En realidad lo determina el azar, puesto que - según lo ya indicado antes - las células sexuales se unen independientemente de los caracteres que portan; aunque es cierto que genéticamente el sexo de la criatura se constituye sobre la base del aporte del espermatozoide y no del óvulo.
El mismo Par 23 puede también ser el origen de muy graves alteraciones de la conducta de un individuo. A veces, se ha comprobado que en algunos individuos dicho Par no se estructura ni en XX, ni en XY, sino en una configuración XYY, contando por lo tanto esta persona con tres cromosomas en lugar de dos (Trisomía del Par 23). Estadísticamente esta configuración ha sido bastante frecuente en criminales excepcionalmente agresivos. Con una trisomía del tipo XXY en el Par 23 el individuo presentará el llamado síndrome de Klinefelter: será masculino en apariencia, de estatura alta, con poco vello corporal y estéril. Otra malformación de este Par, conocida como el síndrome de Turner o configuración 45X, produce individuos de apariencia femenina, generalmente bajos de estatura, con genitales y caracteres femeninos poco desarrollados y también estériles. El mogolismo o, más propiamente, el síndrome de Langdon-Down responde a causas similares pero en este caso la estructura patológica se sitúa en el Par 2l y afecta estadísticamente a 1 de cada 800 nacimientos vivos, aunque la edad de la madre puede hacer aumentar mucho esta probabilidad subiéndola de 1 en 300 para madres de entre 30 y 40 años de edad y hasta a 1 en 40 para madres que tienen una edad superior a los 40 años. Otras trisomías bien estudiadas son las del Par 13 (síndrome de Patau) y del Par 18 (síndrome de Edwards), ambas productoras de múltiples defectos de nacimiento, incluyendo deficiencia mental y muerte prematura.
Dentro de los cromosomas, la unidad genética que "transporta" la información necesaria para construir los caracteres hereditarios es el gen. Desde el punto de vista funcional, los genes son unidades o factores hereditarios, situados por regla en una ubicación cromosómica fija, que se transmiten con las células germinales y gobiernan, afectan o controlan la transmisión y el desarrollo de un caracter.
Los genes no operan ni al azar, ni desordenadamente. Cuando un espermatozoide fecunda un óvulo, el cigoto así formado no es prácticamente nada más que una simple célula. No obstante, esta ''simple célula'' efectúa la maravilla de comenzar a dividirse y multiplicarse hasta construir un ser humano completo con sus ojos, sus brazos, su cabeza, sus órganos y sus glándulas. Este proceso de autoconstrucción no se efectúa al azar. Tiene lugar de acuerdo a ''instrucciones'' sumamente precisas contenidas en un ''código'' genético formado por la estructura de una sustancia llamada ácido desoxiribonucleico (ADN). Los genes, en realidad, son segmentos de la estructura del ADN. No son, propiamente hablando, portadores de un caracter determinado sino que contienen la ''instrucción'' o ''información'' gracias a la cual el óvulo fecundado construye el caracter en cuestión.
Pero no solamente el proceso excluye al azar sino también al desorden. La Naturaleza, que podrá tener muchos caprichos pero que también tiene sus normas, ha establecido toda una jerarquía genética según la cual ciertos genes gobiernan procesos más amplios que otros. El albinismo, por ejemplo, nos indica la existencia de un gen que controla la pigmentación de todo el cuerpo. Pero sabemos que hay otros genes subordinados que controlan la pigmentación de, por ejemplo, el cabello, la piel y los ojos.
La enorme mayoría de los caracteres normales responde a la acción conjunta de varios genes. Resulta muy difícil analizar aisladamente a los genes de más alta jerarquía porque su cambio, ausencia o transformación produce, inevitablemente, la muerte del embrión. Otras malformaciones genéticas producen enfermedades que, poco a poco, la medicina y la tecnología genética van comprendiendo y es bueno que así sea porque los datos estadísticos indican que las enfermedades genéticas están aumentando de una manera bastante preocupante. Entre 1935 y 1985 la mortandad infantil producida por enfermedades infecciosas descendió de un 25% a un 3% pero esa misma mortandad, originada por defectos genéticos aumentó de un 5% a un 15%. En los Estados Unidos, de cada 200 niños que nacen vivos, al menos uno presenta anormalidades cromosómicas. De los abortos espontáneos conocidos, entre un 50% a un 60% se debe al mismo problema. En un 6% de los niños que nacen muertos las causas se deben a defectos cromosómicos.
La patología genética ha identificado más de mil genes dominantes y unos 600 recesivos. De los genes dominantes muchos son letales en una configuración homocigota. Si uno de los progenitores posee una malformación de este tipo (como, por ejemplo, la llamada Corea de Huntington) la probabilidad de que la enfermedad sea heredada por la descendencia es de un 50% mientras que la probabilidad de transmitir una malformación genética recesiva, suponiendo progenitores heterocigotos, es del 25% por cada embarazo. La galactosemia, la fenilcetonuria y la enfermedad de Tay-Sachs son ejemplos de enfermedades genéticas recesivas.
Existen, además, unas 125 enfermedades genéticas recesivas ligadas al sexo bien estudiadas, en las cuales la madre es una portadora heterocigota que no padece la enfermedad pero que la transmite a través del cromosoma X. Los varones nacidos de estas mujeres tienen una probabilidad del 50% de ser afectados por la enfermedad. Las hijas que una mujer así puede dar a luz tienen una probabilidad también del 50% de ser portadoras heterocigotas igual que su madre. Más aún, si uno de los varones de esta descendencia se uniera a una mujer heterocigota normal, ninguno de sus descendientes quedaría afectado pero todas las hijas de la pareja tendrían una configuración heterocigota para el gen de enfermedades ligadas al sexo tales como la hemofilia o la distrofia muscular.
Las enfermedades o malformaciones producidas por la concurrencia de varios genes tienen una probabilidad de transmisión menor. En las familias en dónde hay, por ejemplo, un niño, o niña, con labio leporino o con obstrucción del estómago (estenosis pilórica), las probabilidades de recurrencia del fenómeno en otros hijos, o hijas, que la pareja pueda tener es del órden del 3 al 5%.
La Evolución
Las estimaciones varían, pero se estima que con 23 pares de cromosomas, el Hombre tiene por lo menos unos 100,000 genes relevantes. Aún sin llegar a considerar los genes, solamente los 23 pares de cromosomas tienen algo así como 8.388.608 posibilidades distintas de combinarse entre sí en el momento de formar un óvulo fecundado. Si se exceptúa el caso de los gemelos monocigotos, la probabilidad de que una pareja dada tenga dos hijos exactamente iguales está en el orden de uno en setenta billones aproximadamente. Ya esta consideración superficial revela que, dentro e ciertos parámetros, la naturaleza tiende más a la diversidad que a la uniformidad. De hecho, en la vida real, el proceso hereditario se halla condicionado básicamente por dos factores: las mutaciones y los procesos de selección.
El mecanismo de las mutaciones no está demasiado bien establecido todavía. Sabemos solamente que existen agentes mutágenos como, por ejemplo, los rayos X, los rayos ultravioleta y algunos productos químicos. Por otra parte también se han detectado mutaciones aparentemente espontáneas producidas por un cambio accidental en los procesos químicos de la célula. Una alteración del ADN, ya sea por sustitución, adición, inserción o eliminación, generalmente produce una alteración correspondiente del código genético, modificándose alguna secuencia de aminoácidos que, por último, dispara un cambio en alguna función biológica. Por otra parte, también una transposición, translocación o inserción a nivel cromósómico puede producir resultados similares. El cáncer, por ejemplo, es considerado como un proceso de mutación de determinadas células.
Si bien la mayoría de las mutaciones suele ser desfavorable para el individuo biológico en el que aparecen, algunas pocas pueden producir caracteres que representen una cierta ventaja en la lucha por la existencia. La teoría de la evolución, formulada por Darwin, establece a grandes rasgos que individuos con mutaciones favorables tienen mayores chances de sobrevivir y de reproducirse por lo que el caracter favorable tiene también grandes chances de ser transmitido a la progenie determinándose, con el transcurso de las generaciones, una presión selectiva positiva hacia el mantenimiento de dicho caracter. En un sentido inverso y por el mismo mecanismo, mutaciones desfavorables generarían una presión selectiva negativa y tenderían a desaparecer ya que sus portadores son menos aptos para subsistir.
Lo importante en esto es que presiones selectivas reducidas pueden producir cambios considerables en una población de seres vivos; sobre todo si el ámbito reproductivo es relativamente pequeño y se dan algunas condiciones favorables tales como el aislamiento geográfico. Todas las especies que hoy existen son muy probablemente el resultado de procesos evolutivos en los cuales las distintas formas de vida fueron mutando y seleccionándose, evolucionando así hacia una progresiva diferenciación.
Nosotros mismos, los seres humanos, no hemos surgido de un modo diferente. Los distintos "inventos" de la Naturaleza que nos son propios se han ido formando progresivamente y los hemos ido heredando a medida en que nos fuimos diferenciando de los demás animales. El Hombre es un mamífero que pertenece al orden de los primates y se relaciona, en secuencia de parentesco descendente, con simios, monos, tarsios y lemures. Los primeros fósiles de primates aparecen en yacimientos de hace unos 70 millones de años. Estos yacimientos contienen también los restos de los últimos dinosaurios. Unos 45 millones de años atrás, este grupo ancestral dio lugar a una rama secundaria que produjo primates más avanzados, bastante similares a los lemures actuales. Diez millones de años más tarde surgieron los primeros primates que constituyen la transición entre los lemúridos y los simios y los monos propiamente dichos que, a su vez, aparecen alrededor de 22 millones de años atrás.
A partir de aquí, las opiniones divergen. Muchos antropólogos han considerado al Oreopiteco, un primate que vivió en Europa hace unos 10 millones de años, como el primer homínido. Hoy en día, luego de descartar a otros candidatos como el Ramapiteco y el Sivapiteco, se sostiene que los homínidos surgieron hace unos 8 millones de años en cuyo caso los Australopitecos, de quienes poseemos varios fósiles hallados en África, serían los mejores candidatos al título.
Sea como fuere, lo único cierto es que los Australopitécidos se extinguieron y la primer evidencia de modos de vida que decididamente separan a la especie Homo de otros animales datan de unos 2 o 2.5 millones de años atrás. De aquí en adelante, se estima que solamente una especie homínida existió sobre la tierra, aunque en diversas etapas de su evolución le hayamos dado diferentes nombres. El llamado "Homo Habilis" está representado por fósiles hallados en el África oriental. El "Homo Erectus" pareció haber vivido tanto en Asia (según los restos hallados y bautizados como Hombre de Pekin y Hombre de Java), como en Europa (Hombre de Heidelberg). La especie "Homo Sapiens" apareció hace unos 250,000 años, tal como lo demuestran los hallazgos de Steinheim (Alemania), Swanscombe (Inglaterra) y Broken Hill (Zambia). Entre 100,000 a 40,000 años atrás vivieron los Homo Sapiens del tipo cuyos restos se hallaron en Neandertal (Alemania) y cuyas herramientas ya indican un alto grado de desarrollo. Finalmente, hace unos 40,000 años aparecen los primeros humanos auténticos, los Homo Sapiens Sapiens, en Europa y unos 20,000 años más tarde en América del Norte por la zona del Estrecho de Bering.
Rehacer la línea evolutiva de la especie Homo es como tratar de rehacer el cauce de un río desaparecido a partir de algunas lagunas casualmente conservadas: podemos determinar una orientación general pero el desarrollo preciso de la trayectoria se nos escapa. Hay una cantidad muy grande de ramificaciones posibles y con casi total seguridad la evolución del Hombre no ha sido lineal como lo indica la diversidad de razas y etnias en las que aún hoy se diferencia la especie. Por otra parte, la evolución no es un capítulo cerrado. Los mismos procesos genéticos que dieron lugar a los restos fósiles que hemos ido enumerando se hallan intactos, operan sobre nosotros mismos y seguirán actuando, seamos - o no - conscientes de ello; nos guste - o no - admitirlo. La evolución no se detuvo en alguna parte hace veinte o diez mil años. Con cada ser humano que nace, vuelve a operar.
Herencia y medio
La gran discusión que sacude al mundo académico en la actualidad no se refiere a los mecanismos de la herencia - que están siendo cada vez mejor estudiados y comprendidos - sino a la medida, a la forma y a los métodos a que el Hombre puede recurrir para intervenir o modificar el proceso evolutivo.
Por de pronto, no todos los caracteres de una especie se comportan de una manera igual a lo largo de la vida del individuo biológico. Sabemos que hay caracteres estables y caracteres inestables frente al medio. Capacidad craneana, ángulo facial, color de ojos, etc.etc. son ejemplos de caracteres estables. Otros, como por ejemplo, peso corporal, color de la piel - dentro de determinados parámetros - y musculatura, son caracteres más o menos fuertemente variables, dependiendo del clima, la alimentación o la actividad desarrollada por el individuo. Dentro de este contexto incluso hay gradaciones: la estatura es, por ejemplo, mucho más estable frente al medio que el peso corporal. La gran discusión gira alrededor de una cuestión de proporciones: ¿en qué medida un ser humano concreto está "determinado" por su conformación genética y en qué medida su "materia prima básica" genética puede ser modificada por influencias del medioambiente.
El problema se plantea - y resulta especialmente espinoso - porque hemos verificado que no solamente los caracteres físicos son heredables. Una cantidad muy relevante de caracteres psíquicos también se halla sujeta al mismo proceso de codificación genética. Lo que sucede con los caracteres psíquicos es que resultan bastante más difíciles de analizar porque, por un lado, es realmente complicado determinarlos o medirlos estadísticamente y, por el otro lado, requieren largos tiempos de observación sobre un número estadísticamente relevante de individuos, y hemos venido haciendo estudios sistemáticos con aceptable envergadura solamente desde hace unos 50 o 60 años. Además, debe tenerse presente que, en el caso de los caracteres humanos, la experimentación está excluida por motivos obvios.
Así y todo, la investigación de gemelos y familias enteras - una técnica iniciada por Francis Galton, el primo de Darwin - ha demostrado que existe una fuerte componente hereditaria en caracteres psíquicos tan importantes como, por ejemplo, temperamento, carácter, talentos, tendencias, voluntad e inteligencia. Estadísticas muy precisas prueban irrefutablemente la heredabilidad de la capacidad intelectiva. Familias enteras prueban la heredabilidad del talento. La familia Bach en el campo de la música y la de los Bernoulli en el de las matemáticas son tan sólo los ejemplos comúnmente más citados. Lo mismo se ha comprobado para familias enteras de criminales y psicópatas.
La influencia del medio sobre los procesos hereditarios ha sido investigada principalmente mediante la observación de gemelos. Así ha sido posible comparar concordancias y discordancias de gemelos monocigotos, portadores de la misma dotación genética, criados en medios diferentes. Además, se ha analizado también - estadísticamente - la variabilidad de poblaciones enteras. Las conclusiones objetivas a las que han arribado todos estos estudios señalan que el medio es, sin duda, un poderoso agente pero su influencia es limitada. Además, en las distintas fases de su desarrollo (infancia, madurez, vejez) el Hombre es diferentemente sensible a la presión del medio y, por si esto fuera poco, también se ha demostrado que existen tipos humanos que son más estables que otros frente a las influencias ambientales.
Si dejamos los prejuicios ideológicos de lado, todo lo que sabemos acerca los procesos reales que concurren a formar un Hombre real apunta hacia una conclusión bastante difícil de aceptar por los dogmas vigentes: la carga genética no nos determina, pero nos define; el medio nos condiciona, pero no nos transforma.
El debate sobre la inteligencia.
Entre los caracteres no-físicos mejor estudiados y más investigados está, sin duda, la inteligencia. Sin embargo, esta cuestión ha suscitado una cantidad realmente tan increíble de escándalos, enfrentamientos y diatribas, tanto en el ámbito periodístico como en el académico, que pocos pueden hoy establecer el estado real en que se encuentra la controversia. De hecho, lo que está en juego no es poco. Es nada más y nada menos que uno de los mitos más caros a varias ideologías: la infinita educabilidad del ser humano; la idea de que es posible lograr la homogeneización cultural de los individuos mediante procesos educativos adecuados y mediante una determinada influencia del medioambiente, explicándose - recíprocamente - las conductas indeseadas por una educación defectuosa o por una influencia adversa del medio.
Este mito, que dominó la cultura sociopolítica de Occidente durante por lo menos los últimos 150 años está comenzando a ser puesto en duda y, si bien todavía encuentra ardientes defensores como veremos en seguida, no menos cierto es que en el ámbito académico, entre los verdaderos especialistas que han dedicado muchas veces una vida entera al tema, ha perdido casi todo su antiguo brillo.
En 1961, Arthur R. Jensen, Profesor de Psicología Pedagógica de la Universidad de Berkeley publicó, en el "Harvard Educational Review" su artículo: "¿En qué medida podemos incrementar el Cociente Intelectual y los logros académicos?" ("How much can we boost IQ and scholastic achievement?"). El artículo produjo un revuelo mayúsculo porque, aún cuando lo allí afirmado por Jensen no fuese nada nuevo para los biólogos, los psicólogos no habían querido enterarse de ello. Incluso Jensen mismo, antes de este artículo, había publicado trabajos en los que trató de estructurar una teoría para explicar las desigualdades objetivas observadas en materia de talento y capacidad a través de influencias ambientales. Pero encontró que cada vez eran más y más complicadas las suposiciones y las hipótesis que debía hacer de modo que, al final, terminó aceptando la importancia de la herencia, reconociendo que para ciertos fenómenos ya no podían ofrecerse explicaciones ambientales verosímiles.
A consecuencia del escándalo, La "Harvard Educational Review" cesó de publicar el trabajo de Jensen a modo de separata unitaria y sólo volvió a difundirlo cuando estuvo en condiciones de agregarle artículos desacreditadores escritos por J. Kagan, J. Hunt, J. F. Crow, C. Bereiter, D. Elkind, L. J. Cronbach y W. F. Brazziel. Más tarde, la editorial incluso publicó un ejemplar adicional con aportes contra Jensen escritos por B. J. Light, P. V. Smith, A. L. Stinch-Combe, M. Deutsch, F. S. Fehr, y T. J. Cottle.
Así y todo, la avalancha de críticas no pudo evitar que otros científicos retomaran el tema. Richard Herrnstein, con su libro "El Cociente Intelectual en la Meritocracia" ("IQ in the Meritocracy") atacó el problema con un enfoque bastante semejante al de Jensen y William Shockley, Premio Nobel de Física, llegó a conclusiones también similares. El resultado fue que, en 1972, la Universidad de Stanford le prohibió a Shockley hacer uso de la cátedra acusándolo de "difundir teorías racistas". El recurso no tuvo mayor éxito principalmente porque la cuestión de la heredabilidad de la inteligencia ya estaba instalada al otro lado del océano, en Inglaterra, y estaba siendo estudiada por un hombre que desde ningún punto de vista podía ser acusado de racismo. Hans Jürgen Eysenck, un científico alemán que había llegado a Inglaterra en 1933 como refugiado político, publicó en 1971 su "Raza, Inteligencia y Educación" ("Race, Intelligence and Education") seguido de "La Desigualdad del Hombre" ("The Inequality of Man") dos años más tarde.
Pero lo que no había sido logrado con la controversia intelectual se intentó luego mediante el terror. Eysenck fue asaltado y apaleado por un grupo de jóvenes al tratar de exponer sus "Teorías actuales sobre la Inteligencia" en la School of Economics, mientras que en los Estados Unidos uno de sus libros era rechazado sistemáticamente por distribuidoras y librerías. Jensen, por su parte, sólo pudo entrar a la Universidad acompañado de una fuerte custodia. Como consecuencia de esta campaña intimidatoria unos 50 profesores universitarios norteamericanos publicaron una declaración en la que condenaban los hechos y puntualizaban: "Hemos examinado una gran cantidad de material probatorio acerca del posible papel de la herencia en el desarrollo de las capacidades y el comportamiento de los seres humanos y somos de la opinión que las mencionadas influencias hereditarias son muy fuertes. ". Más tarde, 27 profesores del ámbito europeo también adhirieron a esta declaración.
La discusión prosiguió durante la década del ‘80 con mayores o menores altibajos académicos, tanto en los EE.UU. como en Europa hasta que, de pronto, volvió a estallar públicamente en 1995 con la aparición del libro "The Bell Curve" por los norteamericanos Murray y Herrnstein. Esta obra provocó una verdadera avalancha de artículos periodísticos que lo condenaron en todos los tonos imaginables. Con todo, del mar de protestas y diatribas no surgió un solo argumento válido que rebatiera ninguno de los seis puntos básicos sobre los cuales Murray y Herrnstein fundamentaron su trabajo y que eran como sigue:
1). Existe un factor general de capacidad cognitiva en función del cual los seres humanos se diferencian.
2). Todos los tests estandardizados de aptitud académica o de desempeño miden este factor en alguna medida, pero los tests de Cociente Intelectual, expresamente diseñados para ese propósito, son los que lo miden de la manera más exacta.
3). Los puntajes del Cociente Intelectual se condicen con lo que las personas quieren significar cuando utilizan las palabras "inteligente" o "capaz".
4). Los puntajes del Cociente Intelectual son estables, si bien no de un modo absoluto, y se mantienen durante la mayor parte de la vida de una persona.
5). Aplicados correctamente, los tests de Cociente Intelectual no están demostradamente polarizados en contra de grupos sociales, económicos, étnicos o raciales.
6). La capacidad cognitiva es sustancialmente heredable, en una medida aparentemente no menor del 40% y no mayor del 80%
El "factor g"
La objeción más frecuente que se plantea a las mediciones psicométricas de la inteligencia es que el concepto mismo de "inteligencia" no está todavía del todo bien definido. De hecho, es cierto que se han propuesto varias definiciones. Según William Stern "la inteligencia es la capacidad general de un individuo para adecuar conscientemente su pensamiento a nuevas exigencias"; David Wechsler, por su parte opina que "la inteligencia es la capacidad sintetizadora o global de un individuo para actuar con conocimiento de un objetivo, pensar racionalmente y desenvolverse dentro de su medioambiente"; Charles Spearman define a la inteligencia como ''la capacidad de deducir relaciones y correlaciones". Arthur Jensen establece que "es la facultad de pensar en forma abstracta y resolver problemas".
En última instancia, no es muy difícil de ver que todas las definiciones apuntan en el mismo sentido general: se trata de lo que Murray y Herrnstein definieron como capacidad cognitiva, o sea: la capacidad que un ser humano tiene para conocer y comprender. La medición de esta capacidad la venimos practicando desde 1905, año en que el psicólogo francés Alfred Binet diseñó el primer test de inteligencia prácticamente utilizable. Fue perfeccionado más tarde por Lewis Terman en la Universidad de Stanford y sigue siendo uno de los más utilizados aunque también se han desarrollado muchos otros.
Los tests de inteligencia miden un cociente intelectual (CI). En los niños, este cociente representa la relación entre la edad mental y la edad real; es decir, el grado de desarrollo intelectual. En los adultos expresa la relación entre la capacidad intelectual del sujeto y la media promedio estadística de la población para la cual el test está estandarizado. Este media se halla cuantificada con un CI igual a 100 y las estadísticas demuestran que los puntajes del CI de una población se distribuyen alrededor de la media de un modo que, a grandes rasgos, coincide con una curva de distribución normal.
Los tests han querido ser relativizados con el argumento que miden sólo lo que quiere medir quien los ha diseñado. Por supuesto, es obvio que los tests de inteligencia miden la inteligencia según la definición de inteligencia que se ha utilizado para elaborar el test de inteligencia. Esto es casi una tautología. Si quiero medir temperaturas, tendré que definir mi concepto de temperatura y diseñaré un termómetro que mida temperaturas según la definición que acabo de establecer. Después, sería ridículo que alguien critique mi termómetro con el argumento de que no sirve para medir distancias. O que el termómetro diseñado para medir grados Farenheit no muestre grados centígrados.
En los puntajes que arrojan los tests se incluyen seguramente también factores tales como memoria, facilidad de palabra, fantasía, fuerza de voluntad, constancia, motivacionalidad, empeño, velocidad de percepción, capacidad de concentración y de expresión. Pero resulta ser que estas cualidades también son heredables en un grado que oscila entre un 50% y un 70% y si definimos a la inteligencia como la facultad de actuar con sentido, resolver problemas, pensar racionalmente, aprender, o hallar una relación óptima con el medio ambiente, todas las cualidades antes mencionadas son necesarias para cualquiera de estas funciones y, por lo tanto, no tienen por qué estar distorsionando inaceptablemente los puntajes obtenidos por tests que miden una capacidad cognitiva.
Por lo demás, en las investigaciones sobre esfuerzos mentales conscientes que se han realizado, reiteradamente apareció un factor común. Spearman lo denominó "g", por general intelligence (inteligencia general). Problemas tales como repetir series numéricas en sentido inverso, dominar laberintos, hallar analogías lingüísticas, hacer girar figuras geométricas mentalmente o desarrollarlas en forma abstracta, poner relatos dibujados en la secuencia correcta o reconocer el principio modificador en series numéricas y cadenas simbólicas, etc. etc. pueden todos parecer bastante diferentes entre si. Sin embargo, quedó demostrado que no hacen falta facultades completamente diferentes para resolverlos y todas convergen en un factor que es, precisamente, el "g" ya señalado. No ha podido diseñarse ningún test serio y prácticamente utilizable que no contuviese un porcentaje de entre 75% a 90% de este factor.
Precisamente porque la proporción de "g" - aún siendo alta - resulta variable, puede muy fácilmente ser correcto distinguir distintas formas de inteligencia. Por ejemplo, según la propuesta de Castell, deberíamos diferenciar entre inteligencia cristalizada y fluida. La inteligencia cristalizada reflejaría en gran medida el conocimiento adquirido a través de la capacidad lingüística y puede, por ello, aumentar hasta edades avanzadas; aunque también puede disminuir cuando el caudal idiomático se pierde, por ejemplo, por falta de uso. La inteligencia fluida, por el contrario, se mediría por tests casi completamente carentes de elementos culturales; estando así muy estrechamente vinculada con factores genéticos.
Se aprecia, pues, que distintas definiciones y distintas precisiones en lo que a la capacidad cognitiva se refiere son ciertamente posibles aún cuando, en última instancia, todas apunten en alguna medida hacia un concepto común. Lo que resulta un verdadero disparate es pretender, como lo quieren ciertos intelectuales con mayor peso periodístico que académico, definir a esa capacidad cognitiva como "la habilidad para triunfar en la vida". Con verdaderas nebulosas conceptuales como la "inteligencia emocional", realmente no se puede encarar ningún trabajo serio. Con el mismo principio podría decirse que el talento musical consiste en la habilidad para hacerse famoso o que la capacidad matemática se define como la habilidad de amasar grandes fortunas.
Inteligencia y educación
Sabemos, pues, que de una persona a otra existen diferencias, a veces muy marcadas, en cuanto a capacidad cognitiva. La pregunta del millón es en qué medida estas diferencias responden a factores genéticos y en qué medida dependen de factores ambientales.
Por de pronto, lo primero que debe decirse es que no hay ningún especialista en genética que afirme que la capacidad cognitiva está completa y absolutamente determinada por la dotación hereditaria. En cambio, es cierto que existen psicólogos, sociólogos, antropólogos, filósofos y hasta periodistas que niegan toda influencia relevante de la conformación genética.
Para zanjar de algún modo la cuestión se han ensayado distintas alternativas. Durante algún tiempo se sostuvo la hipótesis de la "interacción" según la cual padres genéticamente bien dotados podrían darle a sus hijos también un medio familiar excepcionalmente favorable, por lo que los hijos de personas inteligentes se desempeñarían mejor no porque heredaran la inteligencia de sus padres sino porque crecerían en un medio más rico en estímulos. Sin embargo, esta doble ventaja de tener padres inteligentes y además crecer en un medio más favorable - llamada "covariablilidad" por los psicometristas - pudo, al final, ser aislada y medida. Luego de muchas discusiones se estableció que las estadísticas, covariabilidad incluida, arrojaban una heredabilidad de la capacidad cognitiva de alrededor del 67%.
La primer pista de la heredabilidad de la inteligencia se obtuvo en su momento con los trabajos de Galton quien halló que los parientes de 415 personajes importantes de la historia inglesa tenían una capacidad intelectual superior a la media normal. Sin embargo estos datos podían ser discutibles ya que cualquier hijo de estas familias, al educarse dentro de un medio especial, podía haber desarrollado sus aptitudes gracias a la educación y no por herencia genética. Lo que hacía falta, pues, era realizar tests de capacidad cognitiva sobre individuos con distinto grado de parentesco y, dentro de lo posible, educados en medios también distintos. Esto es precisamente lo que se logró mediante varios estudios muy precisos, entre los cuales se destacan los realizados sobre gemelos criados por separado en distintos ambientes familiares.
Jensen recopiló el resultado de 141 estudios, realizados por diferentes investigadores de todas las tendencias. El material se fue recopilando a lo largo de 50 años, comprendiendo 8 países de 4 continentes, y contiene los datos de 30.000 pares de correlaciones. El resumen de los resultados se indica en la Tabla siguiente
|
CORRELACIONES DE CAPACIDAD COGNITIVA |
|
VALORES EMPÍRICOS Y TEÓRICOS |
|
Correlaciones entre |
Cantidad de Estudios |
Media empírica de r (*) |
Valor teórico 1 (**) |
Valor teórico 2 (***) |
|
Personas no emparentadas |
|
|
|
|
|
Niños criados por separado |
4 |
-.01 |
.00 |
.00 |
|
Padres adoptivo y niños adoptivos |
3 |
+ .20 |
.00 |
.00 |
|
Niños criados juntos |
5 |
+ .24 |
.00 |
.00 |
|
Parentesco colateral |
|
|
|
|
|
Primos en primer grado |
1 |
+ .16 |
+ .14 |
+ .063 |
|
Primos en segundo grado |
3 |
+ .26 |
+ .18 |
+ .125 |
|
Tío/tía sobrino/sobrina |
1 |
+ .34 |
+ .31 |
+ .25 |
|
Parentescos directos |
|
|
|
|
|
Hermanos criados por separado |
33 |
+ .47 |
+ .52 |
+ .50 |
|
Hermanos criados juntos |
36 |
+ .55 |
+ .52 |
+ .50 |
|
Mellizos de distinto sexo |
9 |
+ .49 |
+ .50 |
+ .50 |
|
Mellizos del mismo sexo |
11 |
+ .56 |
+ .54 |
+ .50 |
|
Gemelos criados por separado |
4 |
+ .75 |
+1.00 |
+1.00 |
|
Gemelos criados juntos |
14 |
+ .87 |
+1.00 |
+1.00 |
|
Abuelos y nietos |
3 |
+ .27 |
+ .31 |
+ .25 |
|
Padres (en su etapa adulta) e hijos |
13 |
+ .50 |
+ .49 |
+ .50 |
|
Padres (en su niñez) e hijos |
1 |
+ .56 |
+ .49 |
+ .50 |
(*) Correlaciones corregidas
(**) Suponiendo elección deliberada de la pareja y dominancia parcial
(***) Suponiendo elección casual de la pareja y genes exclusivamente aditivos, es decir: modelo poligénico simple.
Lo primero que llama poderosamente la atención es que, mientras la capacidad cognitiva de gemelos criados juntos se asemeja en un 87%, la de los criados por separado sigue asemejándose en un 75%, algo que se condice bastante bien con el 55% de similitud que se observa entre hermanos normales criados en la misma familia y el 47% de hermanos criados por separado.
Los trabajos de Jensen no solamente resistieron todo tipo de críticas y objeciones sino que, además, resultaron confirmados por las estadísticas educacionales. La influencia de la educación y del sistema educacional sencillamente no resultó tan poderosa como tradicionalmente se había sostenido. Incluso investigadores, que en otras cuestiones tienen opiniones divergentes como Jensen y Jencks, están de acuerdo en esto.
Por ejemplo, el que una escuela tenga, o no, una gran cantidad de medios didácticos no tiene ninguna influencia sobre la capacidad cognitiva. En los Estados Unidos, el substancial aumento del presupuesto para la educación, que durante años se ubicó muy por encima del aumento del producto bruto interno, no ha podido producir, en materia de capacidad cognitiva, ningún aumento en la media promedio estadística de la población.
Contrariamente a lo que opinan muchos pedagogos y sociólogos, tampoco la disminución del número de alumnos por aula ha ocasionado una mejora demográficamente relevante en los resultados. Existe, eso si, una relación positiva entre años de escolaridad y el nivel de capacidad cognitiva (a mayor cantidad de años cursados, mayor capacidad) pero esto es fácil de explicar por el hecho de que personas más capaces eligen también carreras que requieren una cantidad mayor de años de estudio. También es cierto que, en algunos casos, en ambientes en que se ha estimulado deliberadamente la capacidad cognitiva, ciertos niños han mejorado entre 20 y 30 puntos en los tests de inteligencia. Pero no menos cierto es que esto no ha sido así en todos los casos, ni tampoco 20 o 30 puntos de mejoría son prueba de un poder excepcional por parte de la educación, siendo que se inscriben bastante bien en el 20 o 40% de influencia que la mayoría de los genetistas no tiene ningún inconveniente en adscribirle al medio.
Finalmente, una de las pruebas definitivas de la alta heredabilidad de la capacidad cognitiva está dada por el hecho de que es posible demostrar que el fenómeno responde aceptablemente bien a lo que en genética se conoce como "la tendencia a la regresión a la media". En una población normal, pequeñas desviaciones genéticas se compensan entre si y la composición genética del conjunto se mantiene estable alrededor de la media promedio estadística, algo que es posible expresar matemáticamente con la fórmula de Hardy-Weinberg. La capacidad cognitiva también sigue esta tendencia ya que se ha comprobado que la descendencia de una pareja con excepcionalmente alto Cociente Intelectual generalmente - aunque no siempre - presenta una capacidad ligeramente inferior a la de sus padres, mientras que la descendencia de parejas de excepcionalmente baja performance intelectual es generalmente - aunque no siempre - levemente superior a la de sus progenitores.
Cultura y condición humana
La gran discusión acerca de la heredabilidad de la inteligencia ha tenido, en realidad, un valor bastante ambivalente. Por un lado, nos ha forzado a revisar algunos mitos, nos ha colocado más en el plano de la realidad y ha llamado la atención sobre el hecho de que, si es cierto que estamos construyendo una civilización en dónde el know-how - es decir: el Saber - jugará un papel cada vez más importante en la distribución del Poder, la importancia de la capacidad cognitiva individual seguramente irá en aumento desde el momento en que dominar los problemas de una civilización cada vez más complicada requerirá también de una élite dirigente cada vez más capaz e inteligente.
Sin embargo, por el otro lado, la adoración fetichista de la inteligencia puede llevarnos a un frío eficientismo casi mecanicista, haciéndonos olvidar que, sea como fuere que definamos académicamente la inteligencia, en última instancia la misma no es más que una capacidad muy útil para resolver problemas. Por ello, cuando tenemos un problema lo que necesitamos es una persona inteligente. Pero cuando necesitamos un amigo, cuando buscamos a una persona para amar, cuando queremos simplemente sentirnos bien en la compañía de alguien; lo que buscamos no es necesariamente a una persona inteligente sino a una buena persona.
Aquí lo que se abre es el abismo que separa dos conceptos esencialmente diferentes aún cuando estén, en alguna medida, interrelacionados. Una cosa es la civilización como resultado del cúmulo de conocimientos, técnicas, métodos y procedimientos que hemos ido inventando para sobrevivir y mejorar nuestras condiciones de confort y seguridad. Otra, bastante distinta, es la cultura como contexto general del universo de ideas, convicciones, tendencias, opiniones, costumbres, pasiones y aversiones que nos lleva a razonar sobre cual podría ser una vida mejor. No una vida más llena de seguridades y comodidades, sino una vida que valga la pena de ser vivida.
El ser humano no es solamente un constructor de civilizaciones; también ha sido un constructor de culturas. Paralelamente a un proceso evolutivo, en el cual la selección de los más aptos premia en no pocas oportunidades a los egoístas y a los desconsiderados, se ha ido dando también un proceso de integración cultural dentro de cuyo marco muchas veces el individuo se sacrifica en beneficio de los demás y dónde existen comportamientos innatos en la especie que delimitan esferas de acción y ponen límites a las agresiones.
Cultura y diversidad
A la diversidad de formas vivientes que surge como resultado de la selección evolutiva, en el caso del ser humano se le suma la diversificación cultural que, en su multiplicidad de manifestaciones, es aún mayor. El Hombre vive en culturas y éstas siguen siendo muy diferentes entre si, aún a pesar de la adopción cada vez más universal de los elementos de una civilización occidental que concurren a dar una apariencia superficial de uniformidad.
Tanto es así que los intentos filosóficos de destilar una "cultura humana universal" en forma abstracta han fracasado con mayor o menor estrépito. Resulta ser que no es tan fácil llevar a un común denominador la enorme variedad de manifestaciones culturales y todo lo que se ha podido lograr, como lo hizo Mühlmann, es establecer una serie de principios muy generales y amplios que resultan ser más una guía orientadora que una síntesis. Según los mismos:
A)- En todas las culturas se observa alguna forma de organización económica y el desarrollo de una determinada tecnología tendientes a satisfacer las necesidades básicas de alimentación, vivienda y protección.
B)- En todas se observa alguna reglamentación referente a las relaciones entre los sexos y alguna institucionalización del contacto entre los progenitores y la descendencia. En ninguna cultura estas relaciones son de una naturaleza puramente física; en todas se hallan normadas por usos y costumbres.
C)- Toda cultura tiene también normas de convivencia para grupos sociales que están más allá del núcleo familiar. Estas normas establecen distintos principios de reciprocidad que regulan distintos aspectos de la vida en común.
D)- Todas las culturas presentan manifestaciones artísticas de diversa índole que se expresan en expresiones personales tales como poesía, danza, música y leyendas, o en creaciones que modifican el medioambiente según algún criterio estético.
E)- En todas se puede detectar también principios morales, es decir: concepciones sobre lo que "está bien" y lo que "está mal". Estos principios regulan la concepción que los partícipes de una cultura tienen de una organización social óptima y, generalmente, se hallan fundamentados sobre bases religiosas o, por lo menos, sobre preceptos trascendentes.
Por desgracia, no sabemos muy bien en qué medida los medios culturales son intercambiables, es decir: en qué medida son posibles los procesos de "transculturación". En principio, es obvio y sabido que el "transplante" de un individuo de una cultura a otra no ocasiona su muerte, por lo que la adaptación cultural parecería tener una fuerza menor que la adaptación biológica. Sin embargo, no hay que olvidar que se trata aquí justamente de los factores que más típica y esencialmente diferencian a los seres humanos del resto del mundo vivo, por lo que una simple supervivencia biológica aún no es prueba suficiente de una posibilidad de adaptación ilimitada. De hecho, todo indica que las personas y los grupos humanos no resultan modificables en cualquier dirección cultural. Por lo poco que sabemos, es altamente probable que existan diferenciaciones no sólo individuales sino incluso colectivas, relacionadas con procesos de selección biológica hacia determinados tipos de comportamiento, que no sólo ponen límites a los procesos de transculturación sino que ocasionan una modificación más o menos extensiva de las pautas culturales cuando éstas pasan de un entorno a otro.
La diversidad cultural no sólo acompaña a la diversidad biológica. De hecho, la supera. La cantidad de entornos culturales diferenciados que es posible detectar sobre el planeta supera holgadamente las posibles clasificaciones raciales basadas exclusivamente sobre caracteres físicos visibles y medibles, aún cuando tampoco deja de ser cierto que - muy a grandes rasgos - resulta posible establecer cierta correspondencia entre los grandes grupos culturales y los biológicos.
Etología o ciencia del comportamiento
Cuando Konrad Lorenz consiguió atrapar por algunos años la atención de las personas hablándoles del comportamiento de los animales y, entre ellos, del Hombre, sus libros vivieron lo que normalmente vive un best seller pero muy pocos se atrevieron a sacar de esos trabajos las consecuencias inevitables. Peor aún: varios de los sucesores de Lorentz explotaron el filón produciendo libros en dónde, siguiendo la moda ecologista, se hacían grandes esfuerzos por demostrarnos qué sorprendentemente "humanos" resultaban los animales.
Lo correcto hubiera sido sacar exactamente la conclusión inversa porque lo que queda claro de los trabajos de etología es lo sorprendentemente "animales" que somos los humanos. Desde el momento en que la evolución de la vida sobre el planeta no comenzó con el Hombre, somos nosotros los que compartimos con el mundo animal toda una serie de comportamientos y no es el mundo animal el que tiene el capricho de tratar de imitarnos. Somos nosotros los que hemos heredado, en la larga cadena de nuestra evolución, toda una serie de instintos, tendencias, comportamientos y condicionamientos y el hecho de que hallemos estos elementos - o al menos rastros de ellos - también en otros seres vivos no es sino prueba de que no hay una Vida especialmente diseñada para nosotros sino una Vida que rige para todos y de la cual se nos ha concedido el privilegio de poder participar. Poniendo las cosas en su justa perspectiva histórica y antropológica, no es el comportamiento del pato o de la ballena el que se parece en algunas cosas al del ser humano; son ciertos comportamientos humanos los que se parecen al de algunos animales. No es el chimpancé el que tiene posibilidades de comportarse casi como un ser humano; es el ser humano el que lleva, como un fenómeno de arrastre genético, ciertos comportamientos similares al del chimpancé siendo que ambos comparten un fenómeno común que es el de la Vida.
Lo que no hay que perder de vista en ningún momento es que existe una diferencia sustancial entre comportamientos y fenómenos pre-culturales que descansan enteramente sobre bases instintivas y aquellos que resultan de una acción volitiva, plástica e inteligente.
La organización de los insectos gregarios tales como las abejas y las hormigas; la utilización de "herramientas" por parte de ciertos animales; la existencia de "códigos" de comportamiento que impiden, por ejemplo, al lobo matar a otro lobo que adopta la "posición de rendirse"; son todos fenómenos instintivos que pueden parecer muy similares a ciertos comportamientos humanos pero tienen una base bastante diferente al comportamiento cultural del Hombre. Las "herramientas" utilizadas por ciertos animales, como por ejemplo los chimpancés, y cuyo empleo fue estudiado por muchos especialistas (Goodall, Kortlandt y Schaller, entre varios otros), no pueden - así como así - equipararse a nuestro arsenal de utensilios técnicos ya que, propiamente hablando, el concepto de "herramienta" requiere - según Mühlmann - no sólo que algunos "objetos" sean "manipulados" ad hoc para determinados fines sino que se los utilice "en forma constante y orientada hacia el mismo fin último, en cada situación reiterada" convirtiéndose así en "componentes constantes de un equipamiento técnico permanente".
Además de ello, el Hombre se ha ido diferenciando de los animales también por la amplitud de su fantasía creadora y, sobre todo, por su capacidad de poner en juego una constancia y una paciencia que le permiten no sólo tomar una distancia en el tiempo a veces muy grande entre la acción y el resultado final buscado sino que, además, prueban su capacidad de "objetivar" este resultado final. Tanto es así que en actividades culturales superiores, como por ejemplo la investigación científica, los objetivos últimos pueden llegar a distanciarse tanto de la acción inmediata que el "comportamiento cotidiano habitual" hasta llega a constituirse en un fin en si mismo, sólo remotamente relacionado con un fin conceptual último buscado o deseado.
Tradición y acumulación
La gran desventaja que tiene el chimpancé frente al Hombre es que todo chimpancé que nace, no sólo tiene que aprender de nuevo a ser chimpancé sino que sus progenitores inmediatos son prácticamente los únicos que pueden enseñarle a serlo. En el mundo animal hemos hallado solamente indicios muy débiles de una acumulación aditiva de descubrimientos, inventos, herramientas o conocimientos.
En el Hombre, en cambio, las distintas formas de transmisión del Saber, desde la tradición oral, pasando por la escritura y hasta el almacenamiento de datos sobre soportes magnéticos, ha permitido que cada generación pueda construir sobre los fundamentos que la anterior ha legado. De esta manera, el Hombre actual es probablemente mucho más similar a su antecesor de hace 40,000 años atrás desde el punto de vista genético que del cultural. En otras palabras: el cambio cultural se produce a un ritmo incomparablemente más rápido que la evolución genética.
Este dato ha sido demasiadas veces pasado por alto. La multiplicidad y la diversidad de las formas culturales, que en cierta forma acompaña pero que en conjunto excede a la multiplicidad de variantes genéticas de la especie Homo, se corresponde con un proceso de diferenciación e individualización étnica frente al cual las teorías obstinadamente igualitaristas aparecen como un intento infantil de subrayar elementos comunes elementales y de escasa relevancia. En realidad sólo entre los animales instintivamente gregarios hallamos estructuras de convivencia iguales: cada colmena y cada hormiguero se estructuran de acuerdo a casi exactamente los mismos principios hasta el punto en que no es muy exagerado decir que habiendo estudiado a uno ya se sabe todo lo que hay para saber. Además, dentro de cada una de estas estructuras gregarias el observador puede hallar solamente una cantidad bastante limitada de variantes, tanto en cuanto a formas físicas como en cuanto a funciones y comportamientos.
En las sociedades humanas, en cambio, la multiplicidad es tan grande que el aislar factores o denominadores comunes se hace muy difícil - por no decir casi imposible - toda vez que se asciende más allá de lo banal y lo superficial, o se desciende por debajo de ciertos mecanismos instintivos.
Los rituales
De la gran variedad de conductas humanas teóricamente posibles, cada cultura específica selecciona una gama relativamente muy estrecha de comportamientos y los eleva a la categoría de modelos que no sólo cuentan con la sanción aprobatoria social sino que, en alguna medida, se convierten en más o menos obligatorios para cada individuo. La ventaja que de esta manera se obtiene es doble. Desde el punto de vista del conjunto, el comportamiento de los distintos integrantes de la sociedad se hace, al menos aproximadamente, predecible. Desde el punto de vista del individuo, significa una economía nada despreciable en materia de toma de decisiones, al relevarlo de la necesidad de tener que decidir un comportamiento adecuado ante cada situación y brindándole, además, la seguridad de pertenecer a una estructura organizada en la cual muchas cuestiones vitales están "solucionadas de antemano" por la confiabilidad en el comportamiento de los demás. En esto descansa precisamente el principio de la responsabilidad: el individuo que se halla integrado a una cultura bien establecida puede confiar en la forma en que habrán de responder sus semejantes ante determinadas situaciones normadas por las pautas de convivencia establecidas.
Sabemos, además, que esta estructura se apoya sobre un estrato fuertemente arraigado en nuestra historia biológica y varios de nuestros comportamientos elementales son rastreables hasta actitudes sorprendentemente similares del mundo animal. Esto es justamente lo que Lorentz desarrolló cuando llamó la atención sobre "rituales" o patrones de comportamiento que se pueden observar entre ciertos animales y que encuentran un equivalente en el comportamiento humano. El concepto de territorialidad, según el cual un mínimo de espacio es necesario para el pleno desarrollo de las facultades y las actividades de cada individuo y de cada grupo social; el concepto del cortejo sexual según el cual los machos de un grupo tratan de "impresionar" a las hembras con distintas actitudes más o menos ostentosas siendo que, recíprocamente, las hembras tratan de "agradar" o llamar la atención mediante distintos tipos de adornos; las actitudes de "subordinación" o sumisión que invariablemente ponen fin a las agresiones que tienen lugar cuando los individuos del grupo dirimen sus cuestiones de jerarquía o de Poder; - todo ello encuentra un paralelo en actitudes humanas habituales y es muy probable que estos comportamientos estén en el Hombre fuertemente anclados en esa memoria genética de la especie que es el instinto.
Lo que sucede es que, para el Hombre, estas conductas más o menos instintivas y "naturales" - en realidad son las únicas "naturales" estrictamente hablando - no resultan suficientes. En el comportamiento de los animales se observa un respeto muy estricto por las "reglas de juego" establecidas en el ritual de la especie. El comportamiento del ser humano es bastante más imprevisible y es justamente por ello que las normas de convivencia en las sociedades humanas necesitan ser reforzadas; ya sea mediante a una referencia a un Poder suprahumano como en el caso de las normas morales de origen religioso; ya sea mediante la amenaza de castigos y penalizaciones como en el caso de las normas jurídicas y sociales; ya sea mediante la institucionalización de la Autoridad, una de cuyas funciones principales es, precisamente, la de garantizar la posibilidad de una convivencia sobre la base de pautas culturales compartidas.
El mundo interior
Una de las capacidades más extraordinariamente desarrolladas que posee el ser humano es la expresión. Para ella ha creado herramientas excepcionalmente flexibles: los idiomas simbólicos.
Los estímulos provenientes de nuestro entorno y las acciones que realizamos sobre él constantemente se entrecruzan con un mundo interior de percepciones e imágenes que influyen mucho sobre nuestro comportamiento. Este mundo interior es hasta probablemente mucho más rico, variado y diverso que los entornos exteriores que construimos. Hay aquí todo un universo de, fantasías, mitos, leyendas, cosmovisiones, ideologías, teorías, tendencias e ideas; en proceso de constante elaboración; permanentemente variable; momentáneamente fijado en ideas; transmitido oralmente o por escrito y, en muchos casos, integrado estructuralmente a las pautas de comportamiento en la forma de arquetipos.
Es imposible hacer un resumen sintético de la multiplicidad de esta vida interior, no sólo por su gran diversidad sino, quizás sobre todo, por su tremendo dinamismo. Con nuestra vida interior estamos casi siempre dos, tres y hasta diez pasos adelantados respecto del momento presente. Las formas en que nos imaginamos el futuro, las condiciones bajo las cuales nos hacemos una idea de cómo deberían ser las cosas, desencadenan verdaderos procesos evolutivos de selección mediante los cuales aceptamos ciertos elementos ideales y vamos descartando otros. Con ello, nuestra noción del tiempo se hace mucho más amplia y nos permite planificar, es decir: abarcar en nuestras acciones no solamente nuestro propio futuro sino, incluso, el de las generaciones que nos seguirán. A partir de nuestro mundo interior terminamos muchas veces construyendo los mundos que otros habrán de heredar.
Para hacer a este mundo íntimo comprensible para los demás debemos expresarlo y a estos fines hemos inventado principalmente el lenguaje hablado pero también otras formas de comunicación que muchas veces perfeccionamos en medios de expresión artística. En el idioma, los objetos quedan despojados de las circunstancias de una situación determinada y de las sensaciones conexas con dicha situación; se convierten en conceptos o símbolos de la realidad que pueden luego ser recombinados e interconectados mediante el razonamiento lógico o la fantasía. La correspondencia entre el símbolo y la realidad sigue siendo, en todo caso, casi puramente convencional por lo que todo idioma debe ser aprendido en contraposición a ciertas otras formas de expresión, mucho más básicas, que forman parte del comportamiento heredado o instintivo.
Lo extraordinario del lenguaje humano es que permite retener y transmitir no solamente la experiencia directa del individuo sino también la de otras personas o grupos. El haber hallado la forma de fijarlo mediante la escritura no solamente permite ampliar los alcances de nuestra memoria individual sino que posibilita la construcción de un verdadero registro de la memoria de la especie, principalmente dentro del ámbito cultural al que se refiere un idioma específico. El chimpancé, con mucha suerte, sólo puede saber cómo se manifiestan sus progenitores inmediatos. Nosotros, gracias a la escritura, podemos saber con bastante aproximación cómo se manifestaba y expresaba Aristóteles hace más de dos mil años atrás.
Cultura y entorno
Muchas personas ni se dan cuenta pero los seres humanos vivimos en una especie de mundo intermedio. Los contactos que tenemos con el verdadero mundo exterior son a través de todo un universo de implementos y de símbolos que nosotros mismos nos hemos fabricado. Sin un entorno adecuado, formado por nuestros semejantes, moriríamos indefectiblemente muy poco después de nacer. Pocos seres vivos, si es que hay alguno, nacen tan patéticamente indefensos y desvalidos como el ser humano. Pocos también, si es que hay alguno, necesitan tanto de una interacción tan múltiple con sus semejantes para desarrollarse plenamente. Vivimos en culturas desde hace cientos de miles y, acaso, desde hace un buen par de millones de años y es por eso que todos los intentos de destilar artificialmente al ser humano "natural" de entre las miles de formas de comportamiento culturalmente condicionadas ha resultado una tarea condenada al fracaso.
En realidad, hemos hecho con nosotros mismos algo idéntico a lo que les hicimos a los animales que criamos para nuestro provecho: nos hemos autodomesticado. Este proceso no solamente ha aumentado la posibilidad de perpetuar ciertas mutaciones genéticas que han producido la diversidad física de la especie sino que, simultáneamente, nos ha permitido dominar el medio construyendo condiciones que fomentaron precisamente esa posibilidad. No solamente nos hemos adaptado a ciertos medioambientes sino que, a partir de cierto momento en nuestra evolución, comenzamos a adaptar el medioambiente a nuestras propias exigencias, ambiciones, sueños e ideales.
La presión selectiva que de esta manera hemos establecido depende así mucho más de las condiciones culturales que de las meramente biológicas. Pero, aún así, estas condiciones culturales no son omnipotentes. Toda cultura debe ser aprendida, comprendida y transmitida y, como se ha visto antes, la capacidad cognitiva - es decir: la capacidad para aprender, comprender y transmitir - sigue teniendo una fuerte base genética. Los seres excepcionales, los genios y los héroes, no han sido nunca totalmente explicables tan sólo por su entorno y, además, sólo cuando su obra cayó en manos de seres humanos realmente capaces fue que se obtuvieron aquellos grandes logros que hoy nos permiten tener las posibilidades que tenemos.
El Hombre real
El cuadro del Hombre que se obtiene a partir de un enfoque multidisciplinario, como el que - a muy grandes rasgos - se ha delineado aquí, difiere de las concepciones usuales de un modo bastante substancial. Cuando de nosotros mismos se trata, estamos demasiado acostumbrados a manejarnos con generalizaciones abusivas y con conceptos genéricos que, o bien no tienen ningún asidero en datos estadísticos concretos, o bien resultan de la recopilación de lo intrascendente y lo superficial.
La constante de nuestra evolución como especie es la diferenciación y la diversificación. La Humanidad, como tal, no existe. Es una entelequia y sólo podemos seguir afirmándola porque no tenemos una ciencia realmente capaz de abarcar nuestra real diversidad. La Humanidad, como concepto, es una abstracción. Más precisamente: es una generalización abstracta que se basa en mitos.
Si no construimos una Antropología digna de ese nombre nos pasará lo mismo que les pasó a los comunistas rusos con el Proletariado y los pueblos que fueron conquistando e incorporando al Imperio Soviético. Así como los comunistas no pudieron meter a los seres humanos concretos dentro de la camisa de fuerza de esa abstracción que fue el Proletariado, del mismo modo fracasará el capitalismo liberal si intenta meter a esos mismos seres humanos en la camisa de fuerza de aquella otra abstracción que es la Humanidad.
Debemos tener esto muy en claro si es que aspiramos a tener un futuro. Será cuestión de repetirlo hasta el cansancio, pero algún día todos deberemos entender que la Vida no es posible de cualquier manera. Es posible sólo y dentro de ciertos límites. Somos animales con una fantástica capacidad de adaptación y prueba de ello es que, contrariamente a muchas de las demás especies que, por lo general, se hallan confinadas a un habitat geográfico, el Hombre ha sido capaz de sobrevivir desde el Ártico hasta el Ecuador. Pero hasta esta notoria capacidad de adaptación tiene un límite. Y el drama es que no sabemos muy bien dónde está, con lo que corremos el peligro de averiguarlo a costa de algún desastre porque, de todos los animales del planeta, somos los que más capacidad tenemos para alterar y modificar nuestro habitat.
El hecho de que hayamos podido sobrevivir desde el Ártico hasta el Ecuador no significa que podríamos lograrlo de cualquier manera y en cualquier parte. En realidad, no todos los seres humanos han desarrollado aptitudes para sobrevivir en el Ártico y no cualquiera resistiría una residencia permanente en el trópico. La posibilidad de extender nuestra civilización hacia todas las latitudes se ha hecho en muchos casos a costa de enormes inversiones en aire acondicionado, transporte de alimentos y sistemas de comunicación de todo tipo. No todos los alemanes se sentirían a gusto en China, ni cualquier ruso viviría feliz en el entorno cultural de una tribu africana.
La verda es que no sabemos muy bien cuales son todos los mecanismos que permiten el desarrollo pleno de las posibilidades de cada cultura en cada entorno y en cada medioambiente. Ni siquiera está demostrado que todos los seres humanos poseen las mismas posibilidades potenciales, por más que nuestros dogmas igualitaristas lo afirmen con tanta energía.