Capítulo IV: La memoria de la especie

El conocimiento del pasado

Nuestra idea acerca de cómo queremos vivir se halla íntimamente relacionada con la idea que tenemos de nuestras posibilidades y nuestra posición en el Universo. La noción de cómo queremos ser es algo bastante dependiente de la percepción de nuestras posibilidades acerca de cómo podemos ser en absoluto.

Y todo ello depende, a su vez, de la idea que tenemos acerca de cómo hemos sido. Nuestros proyectos se alimentan tanto de nuestra apreciación de posibilidades como de nuestra experiencia. Más aún: la mera noción de lo posible no es muchas veces sino una función de lo que ya hemos hecho. Imaginamos el futuro en función de lo que creemos que podemos hacer siendo que aquello que creemos poder hacer está formulado en función de lo que ya hicimos. En otras palabras, volveremos sobre el punto más adelante pero ya aquí conviene quizás subrayar que, en muchos aspectos, nuestro futuro es una función de nuestra Historia. La idea que tengamos de ella, la interpretación que hagamos de lo histórico, la forma y el modo en que evaluemos nuestra experiencia, todo ello condicionará nuestros proyectos, nuestra visión del porvenir y nuestra concepción de lo probable, lo posible y lo inevitable.

La conciencia histórica

Somos, de todas las civilizaciones que han existido sobre el planeta, seguramente la civilización con más elementos históricos incorporados. Por más que se nos diga que la Historia, como disciplina, es una especie de invento de los griegos, la verdad es que Grecia no tuvo Historia. Tuvo historias. No tuvo conciencia histórica propiamente dicha; tuvo una pasión por bellos relatos de trasfondo aproximadamente histórico. No cultivó Historia; usó Historia para construir su mitología, su poesía, su drama y su épica. En parte, quizás también por eso es que nunca llegó a ser un Imperio. Cuando lo intentó con Alejandro ya era tarde.

Roma, que sí llegó porque desde el inicio nació con vocación imperial, tuvo registros históricos y una conciencia mucho mayor de su pasado y de su desarrollo en el tiempo. Pero tampoco nos presenta una Historia tal como hoy la entenderíamos. La de los romanos es historiografía, a veces confiable, a veces escrita para halagar a ciertos personajes, a veces simplemente recopilada como una colección de hechos interesantes. No en vano, durante siglos, lo que llamamos cultura romana estuvo en manos de griegos emigrados o de romanos que se pasaban la vida tratando de imitar a los griegos. Pero al menos los romanos fueron prácticos y gracias a ese sentido práctico comenzaron a comprender que el pasado puede ser algo más que interesante: puede ser útil.

Pero, para que lo sea, debe haber sido estructurado y evaluado. Las sagas históricas no tienen más valor que una novela y cualquier historiografía no vale mucho más que una simple colección de estampillas. Para que los hechos del pasado sean Historia hace falta una reflexión sobre esos hechos. Hace falta una evaluación y una incorporación de las conclusiones a las pautas del proceso cotidiano de toma de decisiones. Tener conciencia histórica significa hacerse cargo de la experiencia histórica. Tener Historia implica no sólo conocer los hechos sino también el haber meditado sobre ellos. Y eso es algo que nosotros hemos venido tratando de hacer, en forma seria, sistemática y en profundidad, sólo desde el siglo XVII o XVIII en adelante.

Lo que sucede es que no siempre lo hemos logrado. A veces hemos procedido como los griegos, usando Historia para construir pasados gloriosos, con próceres de bronce y eventos heroicos, introduciendo gloria e inmortalidad allí en dónde - en verdad - sólo hubo fenomenales bataholas, inútiles carnicerías y una telaraña infernal de ambiciones, pasiones, caprichos y egoísmos entrecruzados. Otras veces procedimos más bien al estilo romano, coleccionando hechos en forma minuciosa, cuantificando todo lo posible los datos recopilados, para luego tratar de extraer de esas colecciones de datos algunas tendencias, modelos, moldes y patrones de conducta por medios estadísticos. Y lo peor de todo es que ni siquiera lo hemos hecho con sinceridad la enorme mayoría de las veces.

No nos hemos aproximado a la Historia para aprender de ella sino para demostrar con ella alguna de las tantas teorías que se nos ha ocurrido inventar. Los pocos intentos de reflexionar históricamente a fin de obtener conocimientos prácticos y útiles han quedado, en la enorme mayoría de los casos, en el ámbito académico. Han sido trabajos muy serios, a veces de evaluación histórica, a veces de filosofía de la Historia y no pocas veces de revisión histórica, que mayormente no han trascendido más allá del relativamente estrecho círculo de especialistas en el tema. Ni la Política, ni la Sociología, y mucho menos el periodismo o el público en general se han dignado enterarse de su existencia. Más aún: en casos como el de Spengler, por ejemplo, no han querido enterarse, negándose la mayoría de las personas a aceptar el razonamiento aunque más no sea a título de hipótesis de trabajo.

Las mentiras Históricas

Así es como, a los efectos prácticos, la Historia realmente vigente no es un compendio de nuestra experiencia pasada sino una recopilación de imágenes más o menos distorsionadas que nos interesa coleccionar porque resultan útiles para dar un supuesto fundamento histórico a teorías e hipótesis actuales. Nuestra Historia oficial es, así, aquello que encontramos de "interesante" en el pasado. Y aquello que no nos resulta "interesante" es como si nunca hubiese existido. En otras palabras: vamos hacia el pasado con ideas preconcebidas, declarando de antemano qué importa y qué no. Realizamos juicios de valor (y hasta morales) a priori y, aún antes de haber comprendido los hechos tal como sucedieron, ya tenemos clasificados a los "buenos" y a los "malos" de la Historia. Les adjudicamos a nuestros favoritos virtudes que nunca tuvieron y les enrostramos a los supuestos villanos defectos y vicios que, en realidad, fueron patrimonio común de toda una época y hasta de toda una cultura.

Si todo fuese un simple juego intelectual la práctica hasta podría resultar medianamente divertida. Realmente: para cualquiera que haya ido tan sólo un poco más allá de la superficie de nuestros textos históricos habituales, no resulta exenta de gracia la forma y la manera en que la Historia Oficial y los comentaristas oficiosos tratan a nuestro pasado. En un casi desesperado afán por darle un fundamento histórico a los dogmas vigentes se llega no sólo a la tergiversación sino hasta a los atentados contra el sentido común.

Desgraciadamente sin embargo, no se trata de un juego. Se trata de una estrategia y una práctica que muchos llevan a cabo porque existe la malsana creencia en que el recurso puede ser utilizado impunemente. Se comete la increíble torpeza o, al menos la ingenuidad intelectual, de creer que las mentiras históricas son prácticamente inofensivas; que se trata de simples exageraciones más o menos poéticas que en el fondo no dañan mayormente a nadie. En ciertos círculos, especialmente los políticos, hasta se llega a una especie de admisión tácita del principio de que cada uno tiene algo así como un derecho a tener la Historia que más le conviene.

Las falsificaciones y tergiversaciones del pasado han estado a la orden del día desde que el mundo es mundo y son innumerables los ejemplos de mentiras históricas que podrían citarse.

Las orgías de Tiberio

Las famosas orgías del emperador Tiberio, por ejemplo, nunca tuvieron lugar. Gaio Suetonio Tranquillo, quien vivió entre el 75 y 150 de nuestra era aproximadamente, es el originador de la leyenda de las licenciosas costumbres en las que el emperador habría caído durante los últimos años de su vida. El pequeño pero importante detalle es que Suetonio nunca fué historiador. No pasó nunca de ser más que un aproximadamente entretenido chismógrafo y todo su relato probablemente no habría llegado a nosotros de no ser por una cita - muy corta por otra parte - de Tácito quien sí ha sido una fuente bastante seria pero cuyo juicio se hallaba fuertemente polarizado por su declarada intención de demostrar la decadencia de la clase dirigente romana.

El hecho concreto es que Tiberio, estrictamente hablando, ni siquiera fué emperador: rechazó el título de "Augustus" como había rechazado tantos otros honores que los adulones del Senado insistieron en ofrecerle. Huraño, hosco y poco amigo de las zalamerías, cuando el senado quiso bautizar un mes del calendario en su honor - de la misma manera en que el mes de Julio había sido denominado así en honor de Gaio Julio César y Agosto en el de Octaviano Augusto - Tiberio no pudo con su sarcasmo y rechazó la idea preguntando: "Y qué haréis el día en que tengáis trece césares?".

Este hombre, en los últimos años de su vida, simplemente se retiró a sus posesiones en la isla de Capri, no para celebrar orgías, sino para poder gozar de una paz y una tranquilidad que la vorágine política de su época le había negado. Lo cual, por supuesto, no quita que aún hoy miles de turistas viajen a Capri para ver un sitio que, de no tener el libidinoso aura de las supuestas orgías del emperador, carecería para muchos de verdadero encanto turístico.

El error de Colón

Así como Tibero no dedicó los últimos años de su vida a francachelas impúdicas, Colón tampoco dedicó los mejores de su existencia a explicarle a un hato de ignorantes que la tierra era redonda. En primer lugar, la teoría de la esfericidad del planeta no sólo había sido sustentada ya por los griegos sino que éstos mismos habían calculado su diámetro. Eratóstenes de Cirene (275-195AC) había estimado la circunferencia terrestre en 39,600 km.; una magnitud extraordinariamente cercana a los 40,008 km que hoy sabemos que tiene. Ptolomeo de Alejandría (100-70AC) sin embargo, suponiendo también una tierra esférica, había llegado a calcular esta circunferencia en tan sólo el equivalente a 28,350 km y, probablemente, este error fué el que arrastró Estrabón (63AC-21DC) llevándolo a calcular unos 27,000 km. Por la época de Colón, ningún matemático ni cartógrafo serio dudaba ya que la tierra era redonda. La idea de un planeta plano, durante muchos años sustentada por los hombres de ciencia, había sido abandonada hacía rato. Lo que, no obstante, seguía en discusión era su verdadero tamaño.

Tanto es así que, antes de que Cristóbal Colón apareciera en su corte, el rey Juan II de Portugal le había mandado preguntar al entonces famoso médico, cartógrafo y matemático italiano Paolo del Pozzo Toscanelli cual era, a su criterio, el mejor y más corto camino hacia la India. En una carta fechada el 25 de junio de 1474 y dirigida al canónigo Fernan Martins, confesor del rey, Toscanelli no sólo respondió que ese camino debería ser a través del Atlántico sino que, hasta adjuntó un mapa. Más tarde, Toscanelli y Colón intercambiaron cartas, reiterando el científico italiano su opinión.

Lo irónico es que ambos terminaron estando equivocados. Según Toscanelli, la distancia entre Europa y la India representaría "cerca de un tercio de la circunferencia terrestre". De ello Colón calculó unos 78° (cuando en realidad son 229°) estimando un grado sobre el ecuador en 83.36 km cuando, en realidad, implica 110.54 km. Esto fué lo que los cartógrafos y matemáticos portugueses y españoles se negaron a aceptar como correcto y por eso dudaron de la viabilidad del proyecto. Colón es un caso típico de aquellas personas totalmente equivocadas que, no obstante, tienen la suficiente suerte como para terminar teniendo éxito. De no haberse encontrado América a mitad de camino; de haber tenido que navegar realmente desde España hasta la India, tanto él como toda su tripulación hubieran muerto y desaparecido en alta mar.

Lutero, los Habsburgos y el Papa

Millones de protestantes siguen hasta el día de hoy creyendo firmemente en que el 31 de octubre de 1517, a las doce horas del mediodía, Martín Lutero selló su suerte como reformador religioso clavando sus famosas 95 Tesis en la puerta de la iglesia de Wittenberg. Nadie pone en duda la gran influencia de Lutero en el proceso de la Reforma, ni es tampoco una cuestión de tratar de menoscabar su importancia, pero esto de las 95 Tesis clavadas en la puerta de la iglesia no es más que una leyenda. Simplemente es algo que jamás ocurrió. Es una historia que nace del prólogo que Melanchton escribió para el segundo tomo de las Obras Completas de Lutero y jamás pudo ser documentada, ni por los testimonios del propio Lutero ni por ningún testigo presencial de la época.

Pero no solamente se han inventado historias. También se han inventado - y falsificado - títulos y honores. Por ejemplo, el de "Archiduque" (Erzherzog) que Rodolfo IV de Habsburgo se endosó a si mismo no sólo no le fué otorgado por ningún rey sino que el título nobiliario mismo es una invención pura. Nunca había existido antes. Los Habsburgos fueron los primeros "Archiduques" que conoció la Historia y el titulejo lo sacaron ellos mismos de su galera de triquiñuelas políticas, una práctica - por lo demás - bastante común si se recuerda que, en realidad, nadie le concedió el título de Emperador a Pedro el Grande de Rusia y Napoleón terminó sacándole la corona al Papa de las manos y coronándose a si mismo.

Y si del Papado se trata, no puede dejar de mencionarse el caso del supuesto edicto del emperador Constantino según el cual este soberano romano le habría comunicado al Papa Silvestre su decisión de elevar al obispo de Roma a la categoría de "obispo de todos los obispos del mundo" y a la Iglesia de Roma por sobre la propia dignidad imperial, haciendo del Papa un juez supremo en todo lo referente a la fe y al culto sagrado. Este famoso documento, conocido durante más de siete siglos como "El Legado de Constantino" es una falsificación. Fué perpetrado por la Curia romana hacia el año 750 y descubierto recién en el siglo XVI por Lorenzo Valla, a la sazón secretario papal, cuyo trabajo Ulrico von Hutten mandó imprimir y publicar en 1519.

La elegante Bastilla

Una de las leyendas de la mitología contemporánea nos cuenta que el 14 de julio de 1789 el pueblo de París, no pudiendo soportar más la opresión monárquica, salió a las calles y comenzó una revolución tomando por asalto la Bastilla, una lóbrega prisión en dónde el régimen encerraba en condiciones inhumanas a los buenos ciudadanos revolucionarios víctimas de una represión tan brutal como injusta.

El cuadro ha dado la vuelta al mundo en mil imágenes y variantes diferentes para ilustrar tanto las insoportables condiciones de la época como los nobles ideales de los impulsores de la Revolución Francesa. La realidad, por desgracia, fué bastante distinta. Los idealistas de la Revolución Francesa terminaron montando guillotinas, una práctica bastante común entre los idealistas de todos los tiempos que en no pocas oportunidades ejercieron su idealismo asesinando a todos sus oponentes. Pero, además, los revolucionarios franceses no comenzaron asaltando a la Bastilla. En realidad, nunca hubo tal asalto. La Bastilla se rindió y fué entregada por su comandante, de Launay, luego de algunos desórdenes y tiroteos bastante poco relevantes.

Pero, si bien es cierto que hubo al menos algún grado de violencia en la rendición de la Bastilla, lo que sí ya es ficción pura es su supuesto carácter de mazmorra del pueblo en dónde el régimen encerraba a los revolucionarios republicanos. En realidad, hacia fines del siglo XVIII ni siquiera había una cantidad importante de prisioneros en la fortaleza. En 1782 la cantidad total de presos ascendía a diez; en mayo de 1788 a veintisiete, cifra que descendería abruptamente a nueve entre diciembre de 1788 y febrero de 1789. El 14 de julio de ese año los revolucionarios de Paris apenas si pudieron hallar y liberar a siete presos en total.

Para colmo, la Bastilla nunca fué una prisión para criminales comunes sino, más bien, una especie de cárcel de lujo para personajes de la nobleza que habían cometido la torpeza de incurrir en alguno de los "delitos de caballero" tales como no pagar sus deudas, matar a alguien en un duelo, llevar una vida licenciosa o ser políticamente demasiado irrespetuosos. La prueba de ello es la lista de los detenidos. Sería algo larga de tratar en detalle pero baste con decir que podríamos citar al mariscal de Bassompierre, encerrado por órden de Richelieu; al duque de Richelieu (resobrino del cardenal) encerrado allí varias veces a causa de sus aventuras galantes en una de las cuales fué aprehendido no sólo in fraganti sino completamente desnudo; o al cardenal Rohan, obispo de Estrasburgo, que fué a dar con sus huesos a la Bastilla por órden de Luis XVI quien, no obstante, lo mantuvo allí con todos los lujos y comodidades que correspondían a su investidura. Se podría mencionar, además, a personajes pintorescos como el "conde" Cagliostro, un charlatán italiano cuyo verdadero nombre fué José Balsamo y que se hacía pasar por nigromante, vidente y taumaturgo dotado de misteriosos y sobrehumanos poderes.

Y, por último, no deberíamos dejar afuera a nada menos que al marqués de Sade a quien los revolucionarios no encontraron en la Bastilla por tan sólo una cuestión de diez días: el 4 de julio de 1789 el sádico marqués fué encerrado en un manicomio, salvándose así la vanguardia de la Revolución Francesa del dudoso honor de haber iniciado su gloriosa gesta liberando a uno de los psicópatas más célebres de todos los tiempos.

El arte de dibujar mapas

Las mentiras históricas no se han limitado a la falsificación de títulos, leyendas, documentos y sucesos. Países enteros, fabricados muchas veces más sobre los mapas de las mesas de negociaciones que sobre los campos de batalla, se han prácticamente inventado una Historia. A partir de ella han tratado luego de hacer valer pretensiones y privilegios. El resultado, no pocas veces ha sido que esas pretensiones, fundamentadas en aquellas ficciones históricas, terminaron desencadenando guerras que costaron la vida de cientos de miles cuando no de millones de personas, como ha sucedido reiteradamente en el área de Serbia y con varios de los países que se fueron inventando luego de la desaparición del Imperio Austrohúngaro.

En otros casos, un desconocimiento premeditado de hechos históricos básicos ha llevado al sostenimiento y mantenimiento de sistemas sociopolíticos que, por una combinación de ignorancia histórica con soberbia ideológica, han precipitado en la miseria, la pobreza y la desesperación a Pueblos enteros. En no pocas oportunidades, interpretaciones completamente caprichosas de ciertos hechos históricos tendenciosamente seleccionados han servido de base a esquemas ideológicos que, convertidos en dogmas revolucionarios, le terminaron disputando el Poder al sistema constituido, con tal violencia que países y regiones completas se vieron envueltas en huracanes de sangre y muerte. Y todo para que, en aquellos casos en que el dogma revolucionario salió casualmente triunfante de la revuelta, al cabo de muy pocos años acabara reconociendo su propia inviabilidad intrínseca y comenzara a devenir en estructuras muchas veces casi exactamente opuestas a las declamadas. Algo que, con sólo consultar un buen manual de Historia, hubiera sido totalmente previsible.

No; decididamente: la fabricación de Historias a gusto y paladar del consumidor no es un entretenimiento inocente. Lleva a errores fatales. Conduce a situaciones en que la vida del ser humano ya no es posible porque se han eliminado las condiciones mínimas requeridas. Ese tipo de errores se paga con sangre. Raramente con la sangre de los intelectuales y manipuladores históricos que ven pasar los acontecimientos desde sus torres de marfil. Para ellos siempre habrá un argumento más; para ellos siempre existe algún recurso dialéctico; para ellos siempre es posible comenzar de nuevo arrancando, acaso, con un "si, pero....". Para todos los demás, sin embargo, este tipo de errores se traduce en largas filas de tumbas diseminadas por múltiples cementerios dónde yacen lado a lado quienes creyeron realmente en la ficción histórica y quienes nunca terminaron de entender en realidad lo que estaba sucediendo.

Pasado y pasión

La falsificación histórica es un crimen precisamente porque muchos seres humanos terminan sinceramente creyendo en ella. Hay un mecanismo psíquico al que podemos llamar entusiasmo, fe, credibilidad, ingenuidad o como querramos ponerle, pero que es tremendamente poderoso. No es fácil ponerlo en marcha. Pero una vez que se dispara es cierto que mueve montañas. Quizás no por si mismo, en una forma cuasi mágica, pero ciertamente en forma mediata, creando las herramientas y haciéndonos aceptar todos los sacrificios. La fe es lo que nos puede hacer fanáticos. Y el fundamento último de una fe es siempre histórico. Prácticamente no hay religión que no contenga una Historia del Mundo o, al menos, una cosmogonía de valor equivalente. La Biblia está repleta, además, de genealogías y relatos históricos algunos de los cuales le han servido hasta a los arqueólogos.

El por qué la Historia se halla tan estrechamente conectada a nuestra fe y a nuestras pasiones es algo que puede explicarse por lo que señalábamos al principio de este capítulo. Nuestro presente, todo lo que somos en este preciso instante, no es nada más que un punto de aplicación de dos fuerzas históricas: la de lo que fué, o sea el pasado; y la de lo que será, es decir el futuro que en si mismo también es Historia - ya ahora mismo, y no solamente cuando se haya convertido en el pasado de otro futuro todavía más lejano.

Probablemente uno de los que mejor ha explicado cómo actúa la Historia sobre nuestros actos, cómo se entreteje con nuestro comportamiento, ha sido Ortega. En su brillante prosa decía este gran intelectual español: "... a diferencia del mundo físico las cosas humanas no sólo están en el tiempo sino que el tiempo está en ellas. Una nación, un hombre, una palabra, un gesto existen también en un presente; son en cuanto presentes y ahora, pero en ese su presente resuena el pasado y palpita el futuro... De suerte que en las cosas humanas no solamente se trata de que tienen un pasado y tienen un futuro, como en el mundo físico, sino que están hechas, en su presente, de pasado y de futuro."

Nuestro "presente" no es siempre nada más que un instante; esa especie de infinitésima de tiempo que llevó a Descartes a sostener que la conservación del mundo físico le resultaba ininteligible si no suponía a un Dios volviendo a crear el mundo a cada nuevo instante para evitar que todo desapareciese en el pasado del instante anterior. Sin entrar en el terreno metafísico, nuestras pasiones son esencialmente "históricas" porque constituyen una actualización instantánea de todo lo que hemos hecho para llegar a ser lo que somos y, al mismo tiempo, constituyen también un acto de fe mediante el cual afirmamos enérgicamente lo que deseamos o creemos que podemos llegar a ser. Para volver a Ortega a quien en esto vale la pena citar con cierta extensión: "... nuestra vida va empujada "a tergo" por el pasado incesantemente; como un vendaval mágico sopla el pretérito sobre el dorso de nuestra existencia, moviéndonos a acciones que nosotros consumamos pero de que no somos inventores y ni siquiera entendemos. Por eso el hombre y todo lo humano en él es realidad histórica, pues... es literalmente verdad que está, por de pronto, hecho de pasado, porque una de sus partes, la que hemos llamado su espalda, consiste presentemente en pasado, en eficacísimo pasado".

La alquimia del tiempo

Es por todo lo anterior que puede comprenderse la verdadera magnitud del crimen que se comete al tergiversar o falsificar la Historia. Parece una paradoja pero, por poco que se lo piense, resulta dramáticamente real: quien nos tergiversa el pasado en realidad nos está robando el futuro. Al menos el futuro posible, ese futuro que podemos tener precisamente por haber tenido el pasado que tuvimos; siendo que otros futuros nacidos de una Historia manipulada podrán parecernos teóricamente viables pero resultarán - casi inevitablemente - en fracasos estrepitosos porque están fuera del contexto de nuestra cultura y de nuestra verdadera evolución. No se condicen con la experiencia acumulada por nuestros antepasados y resultan verdaderos "saltos al vacío" para los cuales no estamos, ni cultural ni biogenéticamente, preparados. Nuestro futuro posible es el futuro que podemos tener en función del pasado que ya tuvimos; un pasado que no podemos ni debemos cambiar.

La manía de ir a buscar en la Historia los argumentos que fundamenten algún dogma intelectual - y de torcer la Historia cuando los hechos no terminan de encajar - es, no sólo una proposición al suicidio sino, además, la peor manera de entender eso que Ortega dió en llamar la "razón histórica". En sus propias palabras: "La razón histórica, que no consiste en inducir ni en deducir, sino lisamente en narrar, es la única capaz de entender las realidades humanas, porque la contextura de éstas es ser históricas, es historicidad."

Pero si Historia es "narración" o - como podríamos ponerlo de otra forma - la narración de los hechos de los Hombres; entonces es forzoso que nos detengamos un poco en una narrativa que ha producido algunas de las más bellas historias que ha conocido el Hombre de todas las culturas: los Mitos.

La Historia es la base del Mito y el Mito es la base del entusiasmo y la pasión. Y no hay nada de importante sobre la faz de la tierra que se haya hecho sin entusiasmo o sin pasión. Lenin seguramente no hubiera estado de acuerdo, pero es la pasión la verdadera locomotora de la Historia. Es la que cierra el círculo produciendo hechos históricos que, a su vez, se convierten en Mitos manteniéndose así encendida la llama sagrada que ha acompañado al Hombre a lo largo de toda esta colosal aventura de ir descubriendo sus posibilidades, sus límites, sus profundidades y - no en última instancia - sus propios errores.