Dénes Martos - Los Atenienses
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La ciudad, el país y sus habitantes.

La ciudad

La Atenas moderna

Quien hoy se pasea por Atenas se encuentra - como dicho sea de paso en muchas ciudades de Europa - ante una especie de enigma espacio-temporal en donde muchas veces el presente y el pasado se confunden o, al menos, el presente parece estar descansando sobre las espaldas de un pasado milenario que se hace presente a cada rato y en todas partes.

Lo moderno en Atenas sigue aproximadamente ese lineamiento impersonal, esa especie de a-estilo o in-estilo que caracteriza a todas las grandes urbes contemporáneas. Un tráfico endemoniado, embotellado en calles demasiado estrechas para la esquizofrenia actual, trata de fluir por zonas que, a veces, alojan complejos industriales, y otras veces pasan por delante de esos monstruos de hormigón y vidrio que alojan oficinas y otros monstruos de hormigón que, a su vez, albergan esas jaulas para seres humanos que llamamos departamentos. De hecho, buena parte de la ciudad es relativamente nueva. Fue construida a partir de 1830, después de la guerra de independencia con la cual Grecia se segregó del Imperio Otomano y convirtió a Atenas en la capital del entonces Reino de Grecia.

Pero Atenas convive también con su pasado y este pasado se pierde casi en la noche de los tiempos. En esa misma ciudad del tráfico endemoniado y de los bloques de hormigón y vidrio está el Ágora donde Sócrates enseñaba a sus discípulos, el teatro donde nació la comedia y la tragedia de Occidente, y, por supuesto, el Partenón, el templo a Atenea, la diosa virgen protectora de la ciudad cuyo místico patronato parece no haber declinado en absoluto a lo largo de los milenios.

La Acrópolis

Escribir la historia de Atenas obliga a retroceder más de 4000 años y tratar de recuperar el momento en que un grupo de antiguos griegos se estableció sobre la cima plana de una colina que mucho después se conocería con el nombre de Acrópolis y que, en realidad, es simplemente el nombre de la "ciudad alta" para diferenciarla de la otra, la "baja", que, con el correr de los siglos, fue creciendo a los pies de esa colina.

En la época micénica sobre la Acrópolis hubiéramos encontrado, rodeados por una muralla, al palacio real, con sus dependencias y algún modesto templo. Con el correr de los siglos esto cambió y la Acrópolis se convirtió en un lugar público, con importantes funciones religiosas y políticas.

Actualmente se accede a la Acrópolis por el Oeste, por los Propileos, un edificio constituido por una nave central y dos alas. Las paredes del ala norte originalmente tenían frescos por lo que esta parte de la construcción es conocida como la Pinacoteca.

Al Sur de los Propileos podemos encontrar esa pequeña joya arquitectónica que es el templo de Atenea Nike, con sus columnas jónicas y sus dos pórticos.

De entre los monumentos clásicos del lugar, el templo de la diosa Palas Atenea - el Partenón - es el más antiguo. Fue construido por los arquitectos Ictinos y Callícrates entre los años 447 y 432 AC por iniciativa de Pericles, en parte para reemplazar a los edificios perdidos en el 479 AC cuando los persas incendiaron a la Acrópolis.

El Partenón es un templo dórico, construido en mármol blanco, con ocho columnas en los extremos y diecisiete a los costados. Originariamente, todas las partes superiores del edificio estaban decoradas. Los dos frontones tenían escenas relacionadas con la diosa Atenea. En el frontón Este, estaba representado el nacimiento de la diosa en presencia de los demás dioses mientras que el frontón Oeste mostraba la lucha de Atenea con Poseidón en la disputa por lograr el patronato de la ciudad.

En el lado Norte de la colina podemos encontrar el hermoso Templo de Erecteion, construido en el 420 AC. Es un edificio algo complejo pero, quizás su parte más bella es el porche Sur, otra de las joyas arquitectónicas del lugar, con su techo sostenido por las estatuas de seis doncellas: las Cariátides.

El Ágora, se extiende sobre la ladera noroeste de la Acrópolis. Aquí se encuentra el corazón de la antigua Atenas donde se reunía la asamblea política y tenían lugar los debates, las elecciones, las celebraciones religiosas, las actividades comerciales, los espectáculos teatrales y las competencias atléticas.

El país

Atenas se ubica en la región del Ática que forma una pequeña península triangular de muy modesto aspecto. En la antigüedad la superficie estaba cubierta de colinas estériles que separaban algunas llanuras de mediocres condiciones para la agricultura, regadas por ríos, uno solo de los cuales, el Cefiso, tenía agua todo el año.

Estas llanuras, sin embargo, presentaban algunas propiedades nada despreciables en la Grecia Antigua. Las llanuras de Maratón, Cefiso y Eleusis producían vino, aceite y trigo de excelente calidad. En el monte Pentélico había canteras de un mármol muy preciado. El Laurio poseía ricas vetas de plata y en las laderas del Himeto las abejas se encargaban de fabricar una miel deliciosa.

Las costas del Ática poseían las cómodas radas del Pireo y el Falero, lo que hacía la situación de Atenas respecto de islas del Egeo y costas del Asia Menor, muy favorable para el desarrollo del comercio y la expansión.

Las dimensiones

Una de las cuestiones que más llama la atención en la Grecia Antigua - y una de las que a veces más cuesta comprender del todo - es la relativa a los tamaños y a las proporciones. Grecia era pequeña. En realidad toda Europa da una impresión de pequeñez vista con los ojos del habitante del Continente Americano, acostumbrado a la enormidad de los espacios del Nuevo Continente y, sobre todo, acostumbrado a la gigantomanía cultural norteamericana para la cual, si algo ha de ser importante, por fuerza debe ser grande, nuevo, caro y aparatoso.

Pero Grecia era pequeña realmente. Las dos unidades políticas más grandes del mundo griego - al menos hasta el advenimiento de la hegemonía macedónica y el fugaz Imperio de Alejandro Magno - fueron, sin duda Atenas y Esparta. La Laconia espartana, aún añadiéndole el área de Mesenia, no ocupó mucho más de 8.500 Km.² con toda seguridad. El Ática ateniense representa algo así como 2.500 Km.². En total, ambas unidades políticas ocuparon, pues, una superficie de alrededor de 11.000 Km.² En la República Argentina, Atenas y Esparta juntas hubieran cabido cómodamente - y no una sino dos veces - en la superficie de la Provincia de Tucumán [3].

En ese espacio vivían en la época anterior a la Guerra del Peloponeso unas 550.000 personas. Aproximadamente 300.000 o algo más en el área de influencia ateniense y unas 250.000 en la espartana. Si consideramos a los ciudadanos - y no a la población total - las cifras se hacen todavía mucho más exiguas. Atenas, en la época de su mayor desarrollo y esplendor, no llegó a tener mucho más de 40.000 ciudadanos. Esta cifra, comparándola con las demás ciudades, representaba para la época un enorme conglomerado urbano. Esparta, en su mejor momento, habrá llegado a tener 9.000 y después, durante mucho tiempo, osciló alrededor de la cifra de 2.000, al igual que Egina. Corinto habrá podido tener unos 10.000 ciudadanos, poco más o menos.

El resto estaba formado por esclavos y ciudadanos de segunda categoría, sin derecho a intervenir en la vida de la polis.

Los habitantes

Las oleadas inmigratorias

Sobre los primitivos habitantes de la Grecia Continental sabemos relativamente poco. A comienzos del segundo milenio AC comienzan a llegar los aqueos - es decir: los jonios y los eolios - desde el Norte. Se establecen en la zona y crean lo que se conoce como la civilización micénica; por Micenas, la ciudad más importante de la época.

Cerca de ochocientos años más tarde, hacia el 1.200 AC aproximadamente, llegan, también procedentes del Norte, los dorios. Temibles guerreros, portadores de las primeras armas de hierro, conquistan a la civilización micénica obligando a muchos jonios a abandonar el continente y a emigrar hacia las costas del Asia Menor que bordean el Mar Egeo. Sin embargo, no todos los jonios emigraron hacia el Este. Una parte de ellos quedó en el Ática continental. Allí se desplegó la ciudad de Atenas mientras los dorios, más al sur, fundaban la ciudad de Esparta, prácticamente en el centro del Peloponeso.

El desarrollo de Atenas

Es posible que, en un principio, a los dorios no les interesó demasiado el Ática desde el momento en que la región posee un suelo bastante poco generoso y, por lo tanto, relativamente mezquino para la agricultura. Este hecho, por su parte, impulsó a los atenienses hacia la única dirección en que podían expandirse económicamente: hacia el mar. Es decir: hacia el comercio. Con ello los atenienses le dieron a su desarrollo una nueva orientación, distinta de la tradicional.

En efecto, los griegos, en principio, no fueron comerciantes. En los poemas de Homero los comerciantes no son griegos sino fenicios. Pero los atenienses y, sobre todo, sus hermanos jonios establecidos en las costas egeas del Asia Menor, desarrollaron una gran sentido comercial y terminaron convirtiéndose, hacia los siglos VII y VI AC en la potencia económica del mundo griego. Sobre la base de este bienestar económico en ciudades como Mileto, Samos o Efeso, surgieron los primeros grandes filósofos.

Aparte de ello, después de las guerras contra los persas y en el último tercio del siglo V, Atenas emerge como potencia colonialista y hasta podríamos decir que imperialista si es que tiene sentido usar el término en este contexto.

La razón de esto está en el mar.

La tierra y el mar

En Grecia, al igual que en buena parte del Mediterráneo, usted no se encuentra con el mar. Lo que hará es llevárselo por delante. Tropezará con él a cada rato. El mar no es un elemento que se va a buscar; es un fenómeno que aparece por todas partes, lo busque usted o no; le guste a usted o no; lo disfrute usted o no. En las grandes estepas rusas, por ejemplo, allí en donde el horizonte se encuentra con el cielo, el hombre sabe que lo que sigue es otra tierra. En Grecia, el hombre sabe que más allá del horizonte lo que hay es la costa de enfrente. En los tiempos de Sócrates, sobre las estepas la opción al caballo era una carreta con una yunta de bueyes. En Grecia la opción a cabalgar o caminar era navegar.

Así y todo, los pueblos que en su momento invadieron y conquistaron el territorio de Grecia tuvieron actitudes bastante diferentes frente al mar. Todos navegaron, por supuesto. Hubiera sido casi imposible no hacerlo en Grecia. Pero no todos navegaron con la misma convicción, ni con el mismo entusiasmo, ni con la misma habilidad ni mucho menos con la misma intensidad.

Los dorios espartanos, por ejemplo, nunca llegaron a ser realmente buenos navegantes. Medidos en términos griegos quedaron siendo más bien ratas de tierra que navegaron a regañadientes, más por necesidad estratégica, militar y comercial que por convicción o entusiasmo. Esparta queda en medio del Peloponeso. Es una ciudad terrestre. No tiene puerto. Sus habitantes fueron hombres de la tierra. Hombres arraigados, apegados al terruño. Para esta clase de personas la palabra "patria" siempre significó y siempre significará la tierra de los antepasados y el mar nunca será mucho más que una vía de comunicación y un muy incómodo campo de batalla.

Los jonios atenienses en cambio fueron aparentemente mucho más ambivalentes al respecto. Atenas, por ejemplo, probablemente no nació como una ciudad portuaria. Pero siempre fue una ciudad con un puerto: el Pireo. Con el correr de los siglos el puerto y la ciudad quedaron intercomunicados y la comunicación incluso quedó defendida por muros de protección. En Atenas, la tensión entre el mar y la tierra firme se puede observar hasta en el diseño mismo de la ciudad.

Hay un hecho, quizás algo simbólico pero harto significativo y que con mucha frecuencia se ha pasado por alto a pesar de que caracteriza a toda esta situación de un modo casi perfecto. Cuando en el 403 AC, después de la derrota de Atenas por los espartanos, una autocracia terrateniente desplaza a los demócratas y accede por poco tiempo al poder un gobierno que será conocido como el de Los Treinta Tiranos, una de las primeras medidas que se toman es hacer que las tribunas de la Asamblea, que miraban hacia el mar, fuesen dadas vuelta para que miraran otra vez hacia la tierra firme.

Una forma algo drástica pero muy elocuente de hacerles recordar a los ciudadanos donde quedaba su verdadera patria, tan frecuentemente sacrificada en el altar de los buenos negocios, las ambiciosas aventuras y las relaciones internacionales.

Hinterland vs Foreland

Esa tensión tuvo también su equivalente social y, a partir de esa equivalencia, también su correlato político. Las más antiguas y nobles familias atenienses - esas que en forma bastante nebulosa constituyeron lo que los autores en general denominan la "oligarquía", el "partido conservador" o la "aristocracia" de Atenas - eran básicamente terratenientes. Con una mentalidad y un ethos no demasiado diferente del de los espartanos. Fueron los que le dieron a Atenas su ejército, con sus hoplitas y su caballería. Y fueron los que le dieron a Atenas también la enorme mayoría de sus hombres famosos, la mayoría de los más democráticos incluidos. Más aún: una cantidad bastante notoria de estos hombres procedía de - o estaba relacionada con - una misma familia como por ejemplo la de los Alcmeónidas.

Pero este amplio núcleo social de patricios, eupátridas, hidalgos, aristócratas, o como queramos llamarlos, no fue un núcleo políticamente homogéneo. Como buenos griegos que eran, se pasaron la vida peleándose entre si. Si vamos al caso, buena parte de la Historia de Grecia, desapasionadamente considerada, es la historia de una larga, sangrienta, bastante estúpida y realmente aburrida guerra civil. Uno se harta de leer sobre batallas, alianzas, conflictos, traiciones, escaramuzas, tratados de paz entre griegos que se firman por cincuenta años y duran apenas seis (y con refriegas intermedias) o acuerdos que están prácticamente traicionados aun antes de ser negociados. Y esto que es válido para el contexto general, sin duda alguna es válido también para el contexto interno de las estructuras sociales.

El equiparar liviana y directamente estratos sociales con partidos políticos es, en relación con la Grecia Antigua, una construcción intelectual a posteriori de más que dudosa validez. Del mismo modo, en nuestras sociedades actuales también sería muy poco serio equiparar directamente, por ejemplo, a la burguesía con un partido conservador y al proletariado con un partido socialista. El grueso de la dirigencia socialista proviene de familias burguesas y la lista de los proletarios que se aburguesaron una vez que llegaron al poder - o a la posesión de una mediana fortuna - sería increíblemente larga.

Con todo, no es imposible establecer alguna tendencia, muy genérica y amplia, a condición de tener muy en claro que estamos hablando aquí de generalizaciones que, dado el caso concreto y puntual, muy fácilmente se convierten en abusivas. Porque al amplio contexto de los eupátridas terrestres no sería del todo incorrecto oponerle el otro contexto igualmente amplio - o quizás más amplio todavía - de comerciantes marítimos constituido por un amplio espectro de navegantes, armadores, mercaderes, marineros y artesanos preindustriales volcados principal aunque no exclusivamente a operaciones de importación y exportación.

Éstos fueron los que le dieron a Atenas su flota, su dominio de los mares; su poderío marítimo. De este sector provenía gran parte del dinero de Atenas (una buena proporción de la otra parte provenía de las minas de plata que la ciudad tenía en el Laurio). Estas eran las personas relacionadas con el resto del mundo. Eran los que más viajaban, los que más conexiones y conocidos tenían por todas partes. Eran, en todo caso, los realmente ricos; los poseedores de esa riqueza líquida, fácilmente intercambiable y realizable que es el dinero, en contraposición con aquella otra riqueza pesada, sólida, difícilmente realizable, que son las tierras, el ganado, las cosechas y, en general, los bienes de una nobleza terrateniente.

La historia política de Atenas se comprende bastante bien si se tiene presente esta tensión de poderes e intereses. Sobre todo si uno no cae en la trampa de establecer artificialmente bandos tajantemente separados para adscribir cada bando a una clase social. Por más esfuerzos que hayan hecho los marxistas al respecto, la teoría de la lucha de clases no ha servido demasiado para explicar la Historia. Menos todavía la Historia de Grecia.

El desarrollo social y político de Atenas, por lo menos, es casi imposible de explicar a partir de dicotomías dogmáticas. Tenemos eupátridas bastante democráticos como Solón y filósofos muy poco democráticos pero bastante plebeyos como, por ejemplo, el mismo Sócrates. Tenemos pacifistas eupátridas como Nicias y sanguinarios belicistas plebeyos de un curtidor de oficio como Cleón. Por todos lados las personas concretas cruzan sin ningún remordimiento de conciencia esas fronteras imaginarias que inventan los intelectuales. El agresivo imperialismo colonialista ateniense es, en gran parte, obra de los mercaderes marítimos. La delicada y amable estética arquitectónica de Atenas es, en gran medida, iniciativa de la nobleza terrateniente.

Lo único concreto que tenemos en Grecia es la tensión entre la tierra y el mar. La oposición, más conceptual y cultural que económica, entre aristocracia y plutocracia; entre los arraigados a la tierra y los arraigados al dinero. Es un antagonismo, básicamente cultural, entre "nacionales" e "internacionales" entendiendo ambos términos en sentido muy figurado. Es la ciudad con su hinterland terrestre disputándole el poder al puerto con su foreland marítimo [4]. Si quisiéramos reducirlo a una fórmula artificial fácilmente recordable, quizá podríamos llegar a decir que es Atenas en conflicto dialéctico con el Pireo.

Y esto explica bastante bien la larga hegemonía ateniense por sobre Esparta, a pesar de la superioridad militar y táctica de los lacedemonios. Hay que tener presente que, en general, cuando todavía no se habían inventado las fuerzas aéreas, los misiles intercontinentales y la vigilancia satelital, las potencias marítimas siempre prevalecieron por sobre las terrestres. Ésa fue, por ejemplo, la maldición que constantemente pesó sobre Alemania en su rivalidad con Inglaterra. Desde este punto de vista los espartanos vendrían a ser algo así como los alemanes de la Grecia Antigua mientras que los atenienses estarían más bien haciendo el papel de los ingleses. Aunque por favor, no tomen estas semejanzas demasiado en serio.

Pero esto, al mismo tiempo explica de un modo razonablemente satisfactorio también el gran predominio que con el tiempo fue adquiriendo en la política ateniense el estrato plutocrático de los mercaderes del Pireo y toda su esfera de influencia dentro de las familias eupátridas. Atenas fue potencia gracias a su flota. La batalla decisiva contra los persas en Salamina fue una batalla naval aún cuando la batalla terrestre de Platea la consolidara después.

Mas tarde, la superioridad de Atenas en la Guerra del Peloponeso contra Esparta estuvo dada por las múltiples flotas que Atenas pudo poner en el mar. Repasen un poco la historia de esta guerra y verán un mismo ciclo repetido hasta casi el cansancio: cada vez que a Atenas le destruyen una flota su estrella declina y, al cabo de bastante poco tiempo, Atenas se las arregla para armar otra flota y vuelve a la carga. En Atenas, la reina de las batallas no fue la infantería sino la marina. Esto se reflejó muy marcadamente en la política interna ateniense en donde - a pesar de las rivalidades y las guerras - los círculos del hinterland estuvieron, por regla, cultural y espiritualmente siempre bastante más cerca de los espartanos que los círculos del foreland.

La clerucía y el imperialismo

Por último, esta configuración de factores explica también un rasgo adicional del poderío ateniense: su marcada tendencia al colonialismo y al imperialismo económico.

En parte esto se manifestó a través de la práctica de la "clerucía" y en parte a través de la costumbre de exprimir - y ocasionalmente hasta de robar - a los aliados.

Cuando las fuerzas armadas atenienses conquistaban un territorio, con frecuencia expropiaban un área para colonizarla con ciudadanos atenienses. Estos colonos - los "clerucos" - retenían plenamente su condición de ciudadanos atenienses, incluyendo el derecho al voto, la obligación del pago de impuestos y el servicio militar. Con ello quedaban política y socialmente segregados de los pueblos conquistados ya que, además de lo mencionado, gobernaban sus ciudades según el modelo ateniense y, al menos en teoría y en principio, representaban los intereses de Atenas en la región. De todas formas, los territorios ocupados por los clerucos solían ser, por supuesto, los más fértiles para la agricultura y estos asentamientos servían también, obviamente, como bases militares que facilitaban en alto grado el control de los pueblos sojuzgados.

La clerucía de Salamina, conquistada a Megara hacia el Siglo VI AC, fue probablemente una de las primeras en establecerse. Cuando, después de las guerras contra los persas, durante los Siglos V y IV, se constituyen las alianzas, principalmente marítimas, que unen política y económicamente a distintas ciudades bajo la égida de Atenas, la clerucía se convierte en una práctica habitual del colonialismo ateniense.

En general, estas colonias de clerucos se fueron construyendo a lo largo de las principales vías de comunicación marítima y sirvieron de bases para la armada ateniense. Tal es el caso, por ejemplo, de la estratégica clerucía de Sestos sobre el Helesponto (actualmente Estrecho de los Dardanelos) que guardaba la ruta hacia el Mar Negro, y de otras como Samos o Naxos entre las muchas que podrían mencionarse.

Además de su función militar y económica, las clerucías cumplieron también una importante función demográfica: permitieron descomprimir el conglomerado urbano ateniense y exportar hacia las colonias el exceso de población. En forma recíproca, sin embargo, esta política produjo en el largo plazo un reflujo de influencias que trajo consigo una marcada cosmopolitización en la vida y en la cultura de Atenas. Es curioso y notable pero cierto: Esparta, que siempre fue una ciudad abierta, vivió básicamente concentrada en si misma mientras Atenas, que durante mucho tiempo estuvo amurallada y protegida por fortificaciones, dispersó su exceso de población por todo el Mar Egeo y se convirtió en una urbe casi internacional.

La diferencia está en el puerto. El Pireo, indudablemente, marcó el destino de Atenas.

El colonialismo, sin embargo, no lo explica todo. Paralelamente a las clerucías, Atenas desarrolló un comportamiento que muchos hoy no dudarían en catalogar de imperialista.

La Liga de Delos

En el 478 AC, apenas un año después de vencidos los persas en la batalla de Platea y por iniciativa de Atenas, se establece una confederación de ciudades griegas que en los libros de Historia figura con el nombre de Liga de Delos aun cuando los participantes no le pusieron ese nombre. Si uno estudia un poco a fondo las circunstancias de esta alianza, muy pronto queda meridianamente claro que lo de "confederación" o "liga" es sólo una forma de decir. Es una linda denominación para una situación de hecho en la cual la mayoría de los participantes no tuvieron mucho para elegir.

Por de pronto, Atenas estaba en la cumbre de su gloria después de haber vencido a los persas. Pero la victoria se había dado en la Grecia continental y eso no quería decir, para nada, que en el Siglo V las ciudades griegas del Asia Menor estuviesen libres de la amenaza persa. Tengamos presente que el poderío persa se quebrará definitivamente recién luego de las campañas de Alejandro Magno, algo que sucederá en el Siglo IV AC, es decir: poco más o menos cien años más tarde. De modo que estas ciudades necesitaban del respaldo de la Grecia continental y Atenas, con su flota y su orientación marítima, estaba en las mejores condiciones de darla. O por lo menos, de prometerla. Por otra parte, Atenas tenía sumo interés en expandir su radio de influencia - sobre todo aprovechando el hecho de que los espartanos no demostraban mayor interés en avanzar demasiado más allá de su posición continental - y esto tampoco venía sin un interés bastante específico en materia de recolección de impuestos y tributos, amén de la concreta posibilidad de ganancias por la vía del comercio y el intercambio.

La Liga de Delos se organizó así alrededor de Atenas como epicentro político, económico y militar. Fue Atenas la que se reservó el derecho de designar a los jefes militares de la Liga. Fue Atenas la que estableció el monto de las contribuciones a aportar o, en su defecto, la cantidad de naves a poner a disposición de la alianza. Fue Atenas la que, nada casualmente, manejó el dinero para lo cual nombró a 10 tesoreros atenienses aun cuando, al principio, el tesoro en si estuviese físicamente depositado en el Templo de Apolo en Delos. A pesar de que, en teoría, todos los miembros participantes tuviesen un voto cada uno en la asamblea anual que debía reunirse precisamente en Delos, no es muy difícil establecer, en términos políticos prácticos, quien tomaba las decisiones importantes en última instancia. Si tengo el músculo militar, manejo el dinero, dispongo de una posición geopolítica favorable y encima gozo de cierto prestigio, bien puedo darme el lujo de concederle a los demás eso de "un hombre - un voto". En las Naciones Unidas las cosas no se manejan de un modo muy diferente hasta hoy en día. Y díganme si en un conflicto entre Haití y los EE.UU. resultaría demasiado difícil adivinar cual de los dos prevalecerá.

Pues los trámites tampoco fueron muy diferentes en la Liga de Delos. Hubo, es cierto, acciones contra Persia pero la relativamente larga lista de escaramuzas y batallas no debería confundirnos. En primer lugar, muchas de estas acciones favorecieron más a Atenas que a las ciudades que teóricamente debieron haber defendido. En segundo lugar, tampoco fueron tantas si consideramos que la Liga estuvo vigente aproximadamente durante 74 años, desde su constitución en el 478 AC hasta la victoria de Esparta sobre Atenas en el 404 AC. Además, el tesoro de la Liga fue transferido de Delos a Atenas en el 454 AC, luego de que la flota de los aliados fuese destruida en una fracasada campaña a Egipto.

Y no sólo eso: buena parte del dinero de la Liga fue usada por los atenienses para el embellecimiento y la construcción de su propia ciudad. Pericles, por ejemplo, usó generosamente el dinero ajeno para financiar su más que ambicioso programa de obras públicas. A lo cual todavía tendríamos que agregar que, con el correr del tiempo, la participación en la alianza se hizo cualquier cosa menos voluntaria.

Desde algo así como el 448 AC en adelante, la Liga de Delos no es más que una estructura formal para institucionalizar la hegemonía ateniense. Pero la tendencia ya venía desde mucho antes. Por ejemplo, alrededor del 472 AC Caristo fue obligada a integrarse a la alianza y Naxos, que no estaba nada entusiasmada al respecto, terminó integrada a la fuerza. Hacia mediados del Siglo V AC los atenienses aplastaron sin mucho remordimiento los independentismos demasiado activos de Tasios, Mileto, Eritrea y Colofón. Y hacia fines del mencionado siglo pulverizaron las revueltas de Mitilene y Calcídice, amén de varias otras que siguieron a la derrota ateniense en Sicilia. No creamos que en aquella época la situación era muy distinta a la de hoy. La libertad es algo muy lindo y muy bueno cuando los que gozamos de ella somos nosotros. Eso de concedérsela también a los demás ya es harina de otro costal. En esta materia los atenienses no pensaban de un modo muy diferente al de los diplomáticos de las grandes potencias actuales.

Atenas, por supuesto, también hizo uso y abuso de su posición hegemónica dentro de la Liga durante la Guerra del Peloponeso, esa demencial guerra fratricida que enfrentó a Atenas y a Esparta, que significó la ruina de la Grecia Clásica y que, con distintas alternativas, se prolongó durante 27 largos años (431-404 AC). No obstante, durante los 33 años de relativa supremacía espartana (404 - 371) Atenas volvió por sus fueros y todavía intentó revivir una segunda Liga formando una alianza con Rodas, Bizancio, Mitilene, Metimna y Cos como núcleo básico (377 AC). Esta nueva Liga llegó a abarcar unas 50 ciudades en total pero fue de corta vida. Cuando en el 371 los espartanos resultan derrotados por los beocios, la alianza se fue desbandando y por último terminó siendo desmantelada definitivamente por Filipo II de Macedonia, el padre de Alejandro Magno.

Por más que el empleo del término puede resultar discutible, la existencia del "imperialismo" ateniense está tan bien documentada que no hay forma de barrerla bajo la alfombra de la Historia. Atenas no fue la idílica ciudad democráticamente amante de la paz, dedicada a la filosofía, a las ciencias, a las bellas artes y a las bellas obras que nos pintan los autores convencionales. Fue la capital de una potencia marítima y mercantil, con ínfulas colonialistas y expansionistas. Y la verdad es que no fue demasiado amada en su zona de influencia. Ni siquiera por sus hermanos jonios que, en la mayoría enorme de los casos, la acompañaron más por necesidad, por obligación y hasta por coerción que por entusiasmo patriótico o ideológico.

Y esto es lamentable porque, en realidad, la idea original de la Liga de Delos no fue una mala idea. Para quienes han leído mi pequeño ejercicio anterior sobre "Los Espartanos": ¿quieren que les cuente algo interesante? La idea original fue de Arístides. El que la armó y la puso en marcha en el 478 AC fue él. Previó que, luego de Platea, ni Grecia Continental - ni mucho menos Atenas por si misma - tenían seguridad alguna contra los persas que mantenían su imperio intacto aun a pesar de la circunstancial derrota. Hacía realmente falta una alianza entre los griegos para enfrentar a los persas y Arístides se puso a construirla con la misma minuciosidad y casi con el mismo criterio estratégico con el que, muchísimo tiempo más tarde, Bismarck trataría de armar un cerco protector alrededor de Alemania.

Sin la habilidad de Arístides "El Justo" y, sobre todo, sin su prestigio universalmente reconocido, Atenas nunca hubiera podido concretar esa alianza a su alrededor. Arístides fue el primer tesorero de la Liga y no sólo manejó a satisfacción de todos la gruesa suma de dinero formada por los aportes de los confederados sino que, incluso, fue él quien estableció al principio los aportes de cada uno de ellos de un modo justo y equitativo, para lo cual tomó como base los impuestos que esas mismas ciudades le habían tenido que pagar a los persas después del 493 AC. De este modo construyó un argumento prácticamente irrebatible: "¿Quieren defenderse de los persas? Muy bien. Para esa defensa, aporten anualmente a una caja común lo mismo que le han venido pagando en concepto de impuestos al rey de Persia durante los últimos 15 años." ¡Brillante!

Quizás ahora se entienda un poco mejor la simpatía personal que le tengo a la figura de Arístides y que no hice ningún esfuerzo por disimular en Los Espartanos (ni pienso hacer ahora aquí). Es que de verdad fue un gran hombre. Uno de los muy pocos auténticamente grandes que podemos contabilizar en nuestra Historia.

Admito que, quizás, lo estoy magnificando o glorificando un poco. Pero ¿qué quieren que le haga? El tipo me cae bien. Es capaz, es inteligente, es leal y - por favor, no lo olviden - después de manejar todo ese montón de plata, el hombre murió en tal pobreza que sus funerales tuvieron que ser pagados por el Estado.

¿Me podría alguno de ustedes mencionar a alguien así entre los políticos de hoy?

Y no pretendo varios nombres. Me conformaría con apenas uno.

Uno solo.

Los esclavos

Si echamos ahora una mirada a la estructura social de Atenas, hay algo que quisiera mencionar de entrada, antes de ir a otras cosas.

La enorme mayoría de los que nos han estado hablando de Grecia - y especialmente de la democracia ateniense - esquivan olímpicamente la cuestión. Cuando la mencionan, si es que la mencionan, lo hacen con alguna vaga indicación perdida en el contexto de alguna frase subordinada que menciona la esclavitud, principalmente para que nadie pueda decir después que los esclavos de Grecia ni se mencionaron en la obra. La idea tácita o implícitamente aceptada parecería ser la de que, en comparación con el Partenón, la Venus de Milo, la filosofía de Platón y los discursos de Pericles, el asunto de los esclavos en Atenas es un asunto menor por lo que, pasemos rápido a otra cosa; no vale la pena detenerse en ello.

Lo lamento: vale la pena detenerse en los esclavos. Y ¿saben por qué? Para empezar, porque eran muchos. Y, además de eso, todas las hermosas cosas antecitadas difícilmente hubieran sido posibles sin ellos. De modo que, aunque más no sea por decencia intelectual y algo de gratitud histórica (la gratitud histórica es generalmente la única gratitud que consiguen los esclavos), no estaría mal que les prestemos un poco de atención.

Si repasamos toda la Historia de la humanidad, el fenómeno de la esclavitud aparece con sorprendente frecuencia. Al punto en que, si lo tomamos con un mínimo de elasticidad conceptual, incluso podríamos comprobar que no ha desaparecido hasta el día de hoy. Pero no hilemos tan fino. Mantengámonos en el ámbito de las épocas pasadas.

La existencia de esclavos en varias sociedades históricas es bien sabida. Sin embargo, ya no tan sabido es que se puede hacer una diferenciación - quizás algo sutil pero creo que bastante importante desde el punto de vista humano - entre las sociedades que han tenido esclavos. En efecto: podemos distinguir bastante bien entre "sociedades esclavistas" por un lado y "sociedades con esclavos" por el otro. Y la diferencia fundamental está en si toda la actividad productiva de una sociedad - o al menos su mayor parte - está basada en el trabajo de esclavos humanos o si este trabajo cautivo es importante pero, en última instancia, tan sólo un factor más entre varios otros de igual o mayor relevancia.

Las ópticas para juzgar esto, por supuesto, pueden variar. Pero, en términos genéricos se obtienen resultados bastante confiables aplicando un triple criterio diferenciador. Por un lado, el criterio cuantitativo: cuando la población esclava constituye más de, digamos, el 20% de la población podemos empezar a sospechar que probablemente se trata de una sociedad esclavista. Por el otro lado, tenemos el criterio cualitativo: en las sociedades típicamente esclavistas los esclavos no están a cargo de tareas menores - como, por ejemplo, en el Buenos Aires de la época de la colonia - sino, todo lo contrario, desempeñan un papel importante y a veces hasta esencial en los principales procesos de producción. Y finalmente, el criterio extensivo: muy probablemente estamos ante una sociedad esclavista cuando el concepto de "esclavo" se puede aplicar, no tan sólo al hecho explícito en si sino que, además, ese concepto se ajusta bastante bien también a toda una gama adicional de formas de dependencia laboral o social.

Aplicando estos tres criterios en forma simultánea, encontraremos que hay solamente cinco sociedades en toda la Historia Universal sobre las cuales existe amplio consenso en cuanto a que fueron "sociedades esclavistas": Grecia, Roma, Brasil, el Caribe y los Estados Unidos de Norteamérica.

Curiosamente, el Egipto teocrático, por ejemplo, fue así una "sociedad con esclavos" y no una "sociedad esclavista" como sí lo fue, por ejemplo, la Atenas democrática. Según toda la evidencia recolectada por los arqueólogos y los antropólogos, difícilmente los esclavos en el Egipto antiguo hayan representado mucho más del 10% de la población total.

Hacia el Siglo V AC Atenas contaba con unos 100.000 esclavos y esto representaba entre el 33% y el 50% de la población [5]. La mayoría de los atenienses poseía al menos un esclavo. Platón, por ejemplo, supo tener 50 esclavos a su servicio y se conoce el caso de un ciudadano de Atenas que poseía mil esclavos a los cuales alquilaba.

Esta proporción es bastante representativa de toda la Grecia antigua, excepto en Lacedemonia en donde es muchísimo mayor porque los "helotas", que realizaban todas las tareas agrícolas, fueron unas 10 veces más numerosos que los propios espartanos.

No obstante, también es cierto y también debe ser dicho que Grecia trató a sus esclavos ciertamente mucho mejor que Roma. Por ejemplo, durante buena parte de la Historia de Atenas los esclavos de esta ciudad:

Los griegos en general creían en la condición natural del esclavo aunque es muy significativo que no dejaran de considerar la existencia de una comunidad de intereses vitales entre el esclavo y su amo. Aristóteles, por ejemplo, sostenía que:

"La naturaleza, teniendo en cuenta la necesidad de la conservación, ha creado a unos seres para mandar y a otros para obedecer. Ha querido que el ser dotado de razón y de previsión mande como dueño, así como también que el ser capaz por sus facultades corporales de ejecutar las órdenes, obedezca como esclavo, y de esta suerte el interés del señor y el del esclavo se confunden." [6]

El esclavo en Grecia no constituyó, pues, una excepción. Fue parte integral y constitutiva de la sociedad y el derecho de una persona a poseer otra persona fue cuestionado en muy escasas oportunidades; y esto no sólo en Grecia sino en todo el mundo civilizado de la época. Una persona distinguida simplemente consideraba impropio el realizar tareas para las cuales existían personas de menor nivel, específicamente: extranjeros y esclavos.

La participación del "pueblo" en las decisiones políticas debe entenderse, así, de un modo muy restringido. Por de pronto, la mayor parte de la población (esclavos, extranjeros y mujeres) estaba completamente excluida. De esta forma no es de extrañar que el número de los ciudadanos con plenos derechos resultase lo suficientemente reducido como para poder reunirse en un lugar físico determinado para discutir los asuntos públicos. Además, la estructura esclavista de la sociedad, también explica cómo estos ciudadanos tenían tiempo en absoluto para dedicarse a esos menesteres. Ciertamente, los ciudadanos atenienses no trabajaban entre 9 y 12 horas por día para dedicarse a la política en sus horas libres.

Además, la democracia ateniense no era representativa sino directa. Los ciudadanos tenían que asistir a un promedio de unas 40 asambleas por año; algo que no hubiera sido posible si el sistema político no hubiera tenido el carácter específicamente urbano que tuvo. Imagínenese que en nuestro país tuviésemos 40 elecciones por año. No trabajaría nadie. Pues, en Atenas pasaba algo parecido: una capa, minoritaria, de la población se dedicaba a hacer política y a discutir de filosofía. La otra, mayoritaria, trabajaba para hacerlo posible.

El suelo pobre del Ática obligó a Atenas a depender fuertemente de la importación de granos. Consecuentemente, los atenienses se hicieron más comerciantes que agricultores. La ciudad y su población crecieron a medida en que la riqueza de estos comerciantes crecía, con un constante flujo de extranjeros a la ciudad que buscaban en ella un mejor lugar bajo el sol.

El hecho de que la casi totalidad de los ciudadanos eran urbanos permitió que los mismos concurriesen a las asambleas sin tener que realizar largos viajes. La centralización urbana y poblacional contribuyó, simultáneamente, a un elevado sentido comunitario y a un considerable sentimiento de pertenencia y espíritu de grupo.

La esclavitud contribuyó sustancialmente a todo ello, a tal punto que la democracia ateniense - y, de hecho, toda la democracia griega - descansó, en última instancia, sobre las espaldas de una masa de esclavos y ciudadanos de segunda categoría. Fue la existencia de esclavos lo que permitió la acumulación de riqueza y lo que permitió a los relativamente escasos ciudadanos de pleno derecho abandonar la agricultura de subsistencia (como la que se siguió practicando en Esparta) y a dedicarse a otras empresas más lucrativas aunque menos productivas.

Atenas, en buena medida, fue una democracia de mercaderes. Hasta la propia ciudad, es decir: el Estado mismo, poseía esclavos (los hieroduloi) encargados de gran parte de la burocracia administrativa y hasta de tareas policiales, porque, por ejemplo, Los Once que hemos mencionado en el capítulo anterior y que atendían al servicio penitenciario, estaban asistidos por esclavos. Es fácil de ver que el relativamente muy bajo costo de esta administración favoreció en buena medida la viabilidad de la democracia ateniense, acelerando la urbanización tanto de Atenas como de otras ciudades.

El pagarle poco a los policías y a los empleados públicos no es una costumbre tan moderna como se cree comúnmente.

Otro aspecto, muy estrechamente relacionado con lo que venimos viendo, es el concepto fundamentalmente aristocrático que el griego tenía respecto del trabajo manual y de la producción de bienes y servicios.

De la aristocracia hablaremos luego, pero es sabido, por ejemplo, que la discusión acerca de la naturaleza de un "buen" gobierno tuvo gran importancia entre los intelectuales griegos. Platón y Aristóteles alimentaron la discusión política con ideas que han perdurado durante más de dos mil años y, curiosamente, ambos propusieron sistemas básica y fuertemente construidos sobre criterios elitistas. Además, más allá de Platón y Aristóteles, otros filósofos también propusieron modelos de la ciudad-estado "perfecta".

Estudiados en detalle, sin embargo, todos estos sistemas confluyen en última instancia en versiones más o menos dispares de un sistema básicamente aristocrático aunque más no sea por el hecho de que solamente una determinada y minoritaria clase de personas podían considerarse verdaderos ciudadanos y solamente estas personas tenían derecho a voto en absoluto. Como lo dice Robert Flaceliere: "Una democracia con tantos y significativos prejuicios acerca del trabajo manual y del comercio; una democracia que le otorga derechos ciudadanos a una minoría tan reducida de la población - una democracia así ¿no posee una extraña semejanza con un régimen aristocrático?" [7]

En última instancia, incluso la filosofía griega tiene aún una deuda impaga con la esclavitud. Gracias a ella los ciudadanos libres quedaron exentos de los desgastantes trabajos requeridos por la supervivencia cotidiana y así, una pequeña porción de la población quedó en libertad para pensar en otras cosas. En lugar de preocuparse por el próximo almuerzo o por el próximo desayuno, algunos griegos tuvieron de este modo el privilegio de poder preocuparse por la próxima teoría ética, moral, metafísica; o bien y dado el caso, por la próxima teoría política.

De este modo, no es de extrañar que este tipo - considerablemente restringido - de democracia se extendiese con relativa rapidez. Las decisiones colegiadas abarcaron campos cada vez más amplios: de la elección de los funcionarios públicos principales se pasó pronto a los referéndum sobre las cuestiones más diversas y se llegó hasta a los jurados masivos que debían dirimir las cuestiones de los procedimientos criminales. En Atenas, para mediados del Siglo V AC todos los ciudadanos varones adultos tenían derecho a participar de la Asamblea y, por lo tanto, de la elección de los principales funcionarios públicos. Los poderes del Areópago fueron disminuyendo hasta que después del 462 AC quedó reducido al papel de una corte judicial con jurisdicción sobre ciertos crímenes solamente.

En los demás cuerpos colegiados, por otra parte, a partir de Pericles se instituyó la práctica de remunerar la participación en ellos, con lo que la integración de unos cuantos ciudadanos a las cuestiones públicas no debe haber sido para nada tan desinteresada y altruista como se nos quiere hacer creer desde la escuela primaria. Si bien es cierto que estos pagos no implicaban sumas exorbitantes, ilustra bastante bien el trasfondo de la ética política ateniense el sólo hecho de que se remunerara "el tiempo perdido" a ciudadanos que de todos modos no tenían mucho más que hacer que perder el tiempo de un modo aproximadamente elegante.

Con todo, ni esto hubiera permitido los alcances logrados en materia de participación ciudadana de no haber tenido aquellos egregios ciudadanos la posibilidad de dejar prácticamente todos los asuntos cotidianos en manos de esclavos. Mientras los democráticos señores atenienses discutían de política en los lugares públicos, una masa de esclavos seguía trabajando para mantenerlos.

Se me dirá que esto se aplica igualmente y más todavía a Esparta. Es cierto. Pero hay una diferencia: Esparta no tuvo jamás pretensión alguna de ser democrática. Y por si alguien sigue sin percibir todavía la diferencia, quizás no esté de más puntualizar exactamente en qué consiste.

Pues, por si hace falta señalarlo, la diferencia está en la hipocresía.

Sea como fuere, tampoco debemos perder de vista que un sistema complejo, como lo es todo sistema político, no depende nunca exclusivamente de un solo factor. Sería una tremenda exageración deducir de lo antedicho que la democracia ateniense - y la democracia griega así como toda la política griega en general - fue un producto de las condiciones de producción económicas dadas por la esclavitud. Una interpretación materialista de la Historia siempre es posible ya que, por desgracia, no hay nada en este mundo que impida hasta las más extrañas especulaciones intelectuales. Pero una interpretación de esta clase siempre me ha parecido más la versión de la Historia desde la óptica de un contador público que el intento de una interpretación integral de los hechos desde el punto de vista de un ser humano que trata de entender las acciones y las motivaciones de los otros seres humanos que lo precedieron.

La democracia griega no es un "producto" de la esclavitud. Pero le debe bastante. Le debe por lo menos tanto como todos los demás sistemas de gobierno de aquella época. De cualquier modo que sea, la democracia griega y la esclavitud son dos hechos inseparables y sólo la hipocresía - la de entonces y la de hoy - hace posible afirmar la una tratando de ignorar a la otra.

La de antaño es disculpable. De hecho, en la Grecia de los Siglos V y IV AC a nadie en su sano juicio se le hubiera ocurrido pensar que la esclavitud es algo moralmente condenable. Era el orden natural de las cosas. Uno tenía una mujer, tenía hijos, tenía una casa, tenía animales domésticos y tenía esclavos. Puede sonar incomprensible considerándolo con nuestros criterios actuales pero, ante una objeción al sistema, en aquella época cualquier griego hubiera preguntado "¿Y qué hay de malo en ello?". A ningún ateniense se le hubiese ocurrido que los esclavos y los extranjeros formaban parte del "pueblo" de Atenas. Para ellos Atenas era una democracia puesto que en su gobierno participaban todos los ciudadanos. Y objetivamente era cierto: de hecho participaban. Que no todos eran ciudadanos y más aún, que la mayoría no lo fuese, no le habría causado ningún conflicto de conciencia a ningún ateniense.

No. La hipocresía de antaño consistía en otra cosa. Consistió en presentar a la democracia ateniense como algo casi perfecto o, por lo menos, como la forma de organización política más excelsa de toda Grecia, negándole esa calificación a las otras ciudades-estado, cuando en muchas de esas demás ciudades el sistema no era para nada tan diferente. Pericles nos mintió al respecto: su famoso discurso fúnebre, analizado en detalle y puesto en contexto, no es más que una bastante buena pieza de propaganda política dirigida al consumo interno de sus propios partidarios y a la consolidación de su propia posición política ante la opinión pública. Lo veremos en detalle más adelante.

La hipocresía actual es mucho menos justificable. Deberíamos saber - y mejor aún: deberíamos admitir - que lo que llamamos democracia es, en rigor, una construcción intelectual "a posteriori" que tiene muy poco que ver con el sistema político que gobernó realmente a los griegos, fuesen estos atenienses, espartanos, tebanos o corintios. La democracia heredada de los griegos es un mito. La democracia moderna, no solamente no es un desarrollo evolutivo de la democracia ateniense. Ni siquiera es parecida.

La democracia ateniense era esclavista y aristocrática. Con nuestros criterios actuales ni siquiera la llamaríamos democracia. En el mejor de los casos, la definiríamos como una especie de oligarquía, más o menos permisiva y más o menos comunitaria. Las normas sociales en Atenas se basaban en gran parte sobre la esclavitud, y presuponían en gran medida tanto esa esclavitud como un bastante rígido sistema de castas. Fue la esclavitud la que permitió a los ciudadanos asistir asiduamente a las asambleas. Fue la esclavitud la que le permitió a los filósofos dedicarse a la especulación sobre problemas abstractos, entre ellos la política. Fue la esclavitud la que aceleró la urbanización de las ciudades-estado como Atenas. Y fue la esclavitud la que permitió a los relativamente bien posicionados en la escala social el dedicarse a la política.

No fue, por supuesto, lo único que permitió todo ello. Pero lo fue en gran medida y es casi impensable que la democracia griega surgiese de los demás factores si éstos no hubiesen tenido el sustrato común de la esclavitud para viabilizarlos y sostenerlos en el tiempo.


Bien. Hemos hablando ya bastante de los atenienses y, como no podía ser de otro modo, hemos desembocado en su famoso sistema político. Sin embargo, antes de tratar este sistema con más detalle y para comprenderlo bien, lo que tenemos que hacer es detenernos y ver un poco el cuadro general.

Para ello les propongo que hagamos una muy breve y muy rápida excursión para sobrevolar desde bastante altura la Historia de Grecia. No para entrar en esos miles de aburridos detalles de batallas, expediciones y nombres propios con que nos atosigaron nuestros queridos profesores de Historia sino más bien para tener las referencias indispensables que nos permitirán poner en su debido contexto todo lo que seguirá después.

Sócrates aún sigue en la cárcel y no teman: prometió no escaparse de allí y no lo hará. Volveremos a él cuando tengamos en la mano todos los elementos para entender por qué tuvo que beber la cicuta.


Notas

3)- La Provincia de Tucumán en la República Argentina tiene una superficie de 22.524 Km.²

4)- Para usar la terminología acuñada por el inglés George G. Chisholm (Cf. Handbook of Commercial Geography, 1888)

5)- Los porcentajes varían mucho y son imprecisos porque, obviamente, es difícil calcular el volumen poblacional total con absoluta exactitud sobre la base de los datos concretos disponibles. Con todo, el mínimo del 33% indicado debe ser considerado como la proporción más optimista imaginable si tenemos en cuenta que había solamente algo así como 40.000 ciudadanos y que, por lo tanto, al menos 260.000 personas sobre unas 300.000 estaban excluidas de un modo u otro. Esto, por supuesto, incluye mujeres, niños, artesanos, comerciantes, extranjeros y esclavos propiamente dichos.

6)- Aristóteles - Política - Cap. I

7)- Flaceliere, Robert. "Daily Life in Greece at the Time of Pericles". New York, Macmillan, 1966

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Dénes Martos - Los Atenienses