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- LO QUE SE DISCUTE EN VENEZUELA
- Por Andrés Ruggeri
El retorno al poder de Hugo Chávez Frías marcó un hecho inédito en la
historia reciente de América Latina: por primera vez un golpe de estado
propiciado y encabezado por el poder económico concentrado y apoyado por
los Estados Unidos fue derrotado por la reacción popular. El suceso marcó
un punto de inflexión, más que en la historia del continente (algo que en
todo caso, aun está por verse), en nuestra propia percepción de los
procesos políticos que se están jugando en esta parte del mundo y, en
particular, en nuestra visión de lo que está viviendo el pueblo
venezolano.
Esto último viene a cuenta de la dificultad de comprensión y las
prevenciones que muchísima gente tenía o tiene acerca de la figura de
Chávez y la naturaleza del proceso por él encabezado, cosa que tiene
origen en prejuicios ideológicos reforzados o generados por los medios de
comunicación hegemónicos. Pareciera ser que haga lo que haga Chávez nunca
va terminar de desterrar la idea de que es un militar golpista,
esencialmente antidemocrático (aun cuando haya convocado y ganado varias
elecciones), un populista trasnochado que tarde o temprano va a perder el
apoyo de ese pueblo ignorante que manipula o que engaña, o un simple
reformista del que sólo hay que esperar el momento de la traición, en
diferentes versiones según quienes hagan la lectura. La cobertura que hizo
el medio progre por excelencia, Página 12, el día de la efímera dictadura
de Carmona Estanga, es una pieza de colección en cuanto a la cantidad (con
las honrosas excepciones de las notas de Bonasso y Bruchstein) de sesudas
elucubraciones acerca de por qué era obvio que Chávez no podía durar mucho
más en el poder. Demás está decir que quedaron superadas casi tan rápido
como el fallido golpe: pocas son las veces en que un diario pasó a merecer
ser envoltura de pescado tan velozmente.
Que tan acríticamente se haya aceptado la lectura de los medios de
comunicación venezolanos acerca de Chávez y, especialmente, lo que él
representa socialmente, lectura reproducida casi textualmente por los
medios nacionales, indica lo poco digerible que es lo que pasa en
Venezuela para ciertas concepciones prefabricadas de lo que debe ser un
proceso revolucionario, y lo mucho que se desconoce en estas latitudes de
un pueblo hermano como el venezolano. En otras palabras, frente a la
ignorancia general, las reacciones ante el fenómeno popular de Venezuela
hablan más de quien las produce que del fenómeno en sí. Y si bien los
acontecimientos del mes pasado llamaron la atención sobre esa región de
Sudamérica, es hora de empezar a discutir en serio lo que allí se está
desarrollando, para poder sacar conclusiones acerca de nuestra propia
realidad.
Hay a priori tres o cuatro lecciones obvias que nos deja Venezuela. La
primera es acerca del inmenso poder de los medios, o mejor dicho, empresas
de comunicación, y la vinculación de ellas con el poder económico. A su
vez, ese poder muestra también sus límites: los medios pueden disfrazar la
realidad, ocultarla, manipularla y hasta inventarla, pero cuando ésta los
sobrepasa y se les viene encima, quedan no sólo superados sino desnudos.
Hasta los medios que no hicieron otra cosa que hacerse eco sin ningún tipo
de filtro de lo que decían las empresas comunicacionales venezolanas (como
el grupo Clarín o La Nación), debieron admitir que la escandalosa
manipulación existió y fracasó, y que lo que pasaba en Venezuela no era lo
que aquellas intentaban mostrar. Es más que evidente que los multimedios
venezolanos no son otra cosa que una pata más de ese poder social y
económico tradicional que Hugo Chávez viene enfrentando y haciendo
retroceder desde hace tres años. Sus periodistas son tan concientes de
ello que huyeron de los edificios en que trabajaban, temiendo por sus
vidas, cuando vieron como se derrumbaba el golpe. La reacción popular
masiva que volvió a poner a Chávez en el palacio de Miraflores es la
contrapartida de este discurso omnipotente que sólo fue capaz de mostrarla
cuando fue evidente que no podía seguir negándola, y cuando hacerlo fue,
inclusive, un reflejo de espanto.
La saña con que los sectores dominantes actuaron contra los chavistas en
el escaso día de dictadura de que dispusieron y, especialmente, el
discurso revanchista, racista y macartista de que hicieron gala en aquel
momento (que hizo recordar a muchos argentinos la Libertadora del 55), da
buena cuenta del fenómeno. No solamente el proceso político, social y
económico desatado a partir del triunfo chavista en 1998 amenaza los
intereses de las clases dominantes venezolanas y de los EE.UU., sino que,
acabada toda legitimidad política de los partidos tradicionales que
siempre las expresaron, debieron acudir a "resolver" su problema sin
intermediarios ni testaferros. Estamos frente a la primera vez en que un
golpe de Estado no es encabezado por un militar o caudillo político, sino
directamente por sus verdaderos gestores, los dueños del poder económico.
Carmona, presidente de la cámara empresarial venezolana, Fedecámaras,
asumió la suma de los poderes públicos con total desprecio de cualquier
otra instancia de legitimación de su poder que no fueran ellos mismos. El
apoyo desembozado de los Estados Unidos y la Unión Europea al golpe nos
dio, además, una nueva medida de hasta qué punto la política exterior
norteamericana ha cambiado en lo que respecta al respeto y a la
conveniencia de los sistemas institucionales democráticos formales que
imperan en la región desde la década del ochenta.
La guerra fría volvió durante algunas horas en Venezuela: los yanquis no
solamente no reconocieron el golpe como tal sino que desnudaron
completamente su concepción de que "su" democracia es pura y
exclusivamente el instrumento de gobierno necesario para el mantenimiento
de las relaciones sociales capitalistas neoliberales y la subordinación al
poder imperial. Esto, que quizá es una obviedad, quedó absolutamente
transparentado. La ilusión que sostuvo el posibilismo progresista durante
todos estos años, según la cual la política revolucionaria era un
imposible, pero también lo eran los golpes y las dictaduras porque el
mundo ya no lo permitiría (y mundo significa los Estados Unidos), terminó
de caerse a pedazos en las pocas horas de dictadura empresarial
venezolana. Como un reflejo retrasado de las épocas de Reagan, la embajada
cubana era asaltada por grupos de choque de la colectividad gusana
mientras los dirigentes de la empresa nacional de petróleo gritaban
eufóricos el cese de los envíos de petróleo a la isla y las rubias
oxigenadas de la clase alta caraqueña brindaban por la caída del "payaso".
Sin embargo, el pueblo venezolano sorprendió a todos, demostrando la
profundidad de la Revolución Bolivariana y, sobre todo, la profundidad de
las esperanzas depositadas en ella. Los sorprendió a los golpistas, y nos
sorprendió a los que seguíamos, angustiados, los hechos a la distancia. Y
estos hechos nos demuestran que pese a todo hay grandes continuidades en
la historia política latinoamericana que no están tan rotas como los años
90 parecieron demostrar. Lo primero que queda claro es que los movimientos
populares transformadores existen, no son una reliquia de un pasado
lejano. Y que ningún proceso de cambio social llega muy lejos si no cuenta
con esa fuerza inmensa que significa el apoyo y la creación misma de los
sectores sociales populares, con su movilización callejera y con la
organización constante, de todos los días. Al mismo tiempo, lo ocurrido en
Venezuela vuelve a poner en el centro de la discusión el papel del Estado
y el poder que éste detenta. A contramano de ciertas interpretaciones de
moda, el pueblo venezolano tomó como punto crucial de la disputa la
defensa y conservación del poder del Estado, única herramienta que poseen
para implementar políticas y asegurar su cumplimiento a pesar de los
grandes poderes económicos. Por otra parte, el apoyo popular no basta sin
un apreciable poder de fuego. La garantía de que el proceso venezolano no
derive en una guerra civil cruenta y sin cuartel, en una nueva y
recrudecida Colombia, es el equilibrio de fuerzas que el chavismo mantiene
en las fuerzas armadas, y que logró socavar rápidamente el poder de la
dictadura empresaria. Esto tiene muchas razones, desde el carácter del
ejército venezolano hasta el profundo arraigo que en él tiene el hombre
que encabezó dos rebeliones militares hace diez años y que ahora simboliza
y concentra todos las aspiraciones, los sueños, los odios y los
resentimientos de una sociedad dividida, pero sobre todo implica que la
fuerza popular ha logrado resquebrajar una de las principales garantías
para que un sistema de opresión se mantenga en pie, que es su poder
represivo. Y si los oligarcas caribeños no se han atrevido aún a dar el
paso de la guerra civil no es por prudencia ni por miedo al derramamiento
de sangre, algo que nuestra historia reciente ha probado de sobras que no
les importa, sino por pánico a perderla.
Lo que ocurrió en Venezuela no es un hecho más en la historia revoltosa y
caótica de América Latina. Es el nudo de una situación que cada día se
pone más complicada, con los Estados Unidos decididos a no perder
posiciones por todos los medios a su alcance, y estos son muchos y no
tienen límites morales ni políticos más allá de su propia conveniencia. No
es casualidad cómo han evolucionado los distintos procesos políticos a
partir del triunfo chavista en 1998. La situación actual está latente
desde aquel momento y si no había estallado todavía fue por circunstancias
que tienen que ver más con los tiempos políticos y las correlaciones de
fuerza que con la disputa en sí. La diferencia entre la política de
Clinton y la de Bush no es una cuestión de grado solamente: se defienden
los mismos intereses, pero mientras el primero intentaba mantener el
status quo, el segundo busca alterarlo bruscamente hacia una dominación
semicolonial desembozada, donde hablan únicamente el garrote y los
dólares. No es solamente Venezuela: es Colombia, es Cuba, es el mundo
entero (con preferencia marcada hacia los lugares donde abunda el
petróleo). La evidencia de la marcha de la izquierda brasilera hacia el
triunfo electoral pone histéricos a los gurúes de Wall Street, mientras
aquí avanza a marchas forzadas la implantación definitiva de una política
de destrucción permanente de la economía nacional. Somos todos peones en
un juego de ajedrez donde se juegan muchas cosas, como nuestra propio
destino, y aun nos falta tener una estrategia para poder jugarlo.
Por último, el fracaso del golpe del 11 de abril no significa que el
peligro haya pasado: al contrario, cuanto más sientan los poderosos de
siempre la amenaza de perder sus poderes y privilegios, más dispuestos
estarán a intentarlo todo. Esta es una constante en su conducta social, y
nuestra historia abunda en ejemplos que lo demuestran.
12/5/02
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