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- El naufragio de la prensa argentina
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Hugo Montero
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- Cómplice: bien
por ignorancia o por convicción, el periodismo en nuestro país se sumó al
desastre desinformativo sobre los hechos en Venezuela y dejó al desnudo la
verdadera cara de ciertos personajes.
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- “En las condiciones actuales, los capitalistas
privados inevitablemente controlan, directa o indirectamente, las
principales fuentes de información. Es, por lo tanto, extremadamente
difícil, y en la mayoría de los casos imposible, que el ciudadano llegue a
conclusiones objetivas y pueda hacer un uso inteligente de sus derechos
políticos”
- Albert Einstein, mayo de 1949
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- Frente a un fenómeno
extraordinario, el periodismo argentino parece optar entre dos opciones
bien marcadas: por un lado, puede evidenciar su total ignorancia ante el
suceso, puede ensayar respuestas que bordean lo absurdo, fingir
conocimiento de aquello que jamás se ha preocupado por investigar y hasta
puede, en el colmo del grotesco, desaparecer de la pantalla cuando la
sucesión de acontecimientos nada tiene que ver con lo enunciado. Por otro
lado, puede aprovechar la oportunidad para abandonar por un rato sus
principios democráticos, hacer del oportunismo el fundamento de sus
editoriales, tergiversar los hechos y hasta disimular el papelón con
bastante seriedad. Mucho de todo eso fue lo que dejó la compleja crisis
venezolana en la prensa de nuestro país.
- En esos días,
aquellos interesados en el tema Venezuela podían seguir la dinámica de los
acontecimientos por la pantalla de dos canales informativos: TN y
Crónica, aunque en la señal propiedad del Grupo Clarín contaban
con la seductora ventaja de escuchar a un “especialista en información
internacional”. Sucede que el especialista no mencionó jamás en los
dos primeros días de la crisis el concepto de “golpe de Estado”, explicó
sin rubores que “la renuncia” de Hugo Chávez “tarde o temprano iba a
llegar, nosotros lo anticipamos hace por lo menos un año y medio, lo que
no sabíamos es que iba a irse con las manos manchadas de sangre” y destacó
que la caída del presidente venezolano “es una advertencia para los
gobiernos de toda América latina, y en particular para Brasil, donde el
principal candidato es Lula”. Sin preocuparse por chequear la información,
desde TN se habló de una manifestación de opositores que llegaba “al
millón de personas”, mientras que en la edición de Clarín de ese
día se hablaba “de entre 50 y 150 mil personas”. Es decir, ni siquiera
parecía necesaria la lectura del diario insignia del multimedia de los
Noble a la hora de divagar al aire sobre el tema.
- La velocidad de
los hechos dejó a contramano también a los democráticos redactores
del diario La Nación, quienes desde un principio definieron
el golpe de estado como una “rebelión cívico-militar”, no se cansaron de
confirmar la renuncia de Hugo Chávez y, desde un editorial por demás
agresivo con el gobierno constitucional derrocado, señalaron: “(...)
Censuras a la prensa, persecución de opositores, chauvinismo barato y
peligroso fueron parte cotidiana del gobierno de Chávez, que, disfrazado
de su papel de Mesías, pretendía quedarse, según el mismo confesó, hasta
el 2021 en el poder, sin importarle de qué manera iba a conseguir esa
presidencia vitalicia. Lo de ayer también es una advertencia para toda la
región: cuando los gobernantes marchan solos, autistas, dividiendo y no
cumpliendo sus promesas, estas sociedades comienzan a salir en la calle,
como antes en Santiago de Chile, después en Caracas, Lima y hace poco en
Buenos Aires, para reclamar cambios urgentes y profundos. Lo más
importante, sin embargo, es que estos cambios, a diferencia de los ‘70 y
los ‘80, no son totalitarios sino democráticos, liderados muchas veces por
los propios partidos y las organizaciones obreras y empresariales. La
falsa democracia de Chávez, con sus elecciones amañadas y la corrupción
para ganar favores políticos, ayer se desbarrancó tras poco más de tres
años en el poder. Con la democracia como bandera, civiles y militares le
dieron el último empujón al coronel que convenció a su país de que un
golpe era beneficioso y que terminó víctima de su propia receta”. La
contradicción del último tramo es tan evidente que no merece comentarios.
- Incluso un
defensor de la democracia parlamentaria como Rodolfo Terragno se hizo
un lugar en Página/12 para expresar, en un artículo titulado El
sitiador sitiado, que “ahora,
en Venezuela, empresarios, obreros y ONGs se han unido. Es contra ellos
que disparó la Guardia Nacional, mientras Chávez -que alguna vez quiso
derrocar y asesinar a Carlos Andrés Pérez- se atrincheraba en algún lugar
para defenderse de quienes querrían colgarlo”. La imagen de Terragno
aplaudiendo la gesta golpista en Venezuela, casi al mismo tiempo que Raúl
Alfonsín estrechaba el brazo del nuevo cónsul del FMI en Argentina, bien
puede representar la síntesis perfecta de la destrucción de la UCR como
algo parecido a un partido político.
- Con Hugo
Chávez otra vez en el gobierno venezolano, las contradicciones y los
papelones mediáticos fueron eficientemente pateados debajo de la alfombra
y sus responsables continúan haciendo gala de toda su capacidad y
estupidez para desinformar a millones de argentinos. Sin embargo, cuidado.
Venezuela también fue un signo del papel que puede llegar a ocupar parte
de la prensa argentina en caso de una aventura reaccionaria de derecha por
estas tierras. Por ignorancia o por convicción, este sector del periodismo
ya eligió su trinchera.
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